CR O NI C A
DEL
EMPERADOR CflSüOS V
CRÓNICA
DEL
EMPERADOR CARLOS V
COMPUESTA POR
Alonso de Santa Cruz,
SU COSMÓGRAFO MAYOR,
Y PUBLICADA POR ACUERDO DE LA REAL ACADEMIA M LA HISTORIA
POR LOS ACADÉMICOS DE NÚMERO
. Ricardo Beltrán y Rózpide y D. Antonio Izpz y Delgado— Aguilera.
,i Ir
6rrñ&$^üft%*r*rTi>
S¿É^
MADRID
Imprenta del Patronato de Huérfanos de Intendencia é Intervención Militan
Caracas, número 7.
1923
r:^::
::_-:.-: ::r_f ?^ -,^f - -:
OCTAVA PARTE
DE LA
Crónica del muy Alto y muy Poderoso Católico y justo
Príncipe D. Carlos, Emperador de Romanos y Rey de Alemania,
y de España primero de este nombre.
CAPÍTULO PRIMERO
De las cosas que acontecieron el año de mil quinientos cuarenta
y siete. Primeramente cómo estando el Emperador en la
villa de Hala, en la provincia de Suevia, se le vino á rendir
la ciudad de Ulma y el Duque de Vitemberg. Y cómo Su
Majestad se vino á Ulma, donde se le vinieron á dar obe-
diencia las ciudades de Augusta y Argentina y todas las más
de Alemania que estaban en la I-iga- y l&s condiciones con,
que Su Majestad las recibió en su gracia.
Después de reducidas al servicio del Emperador la ciudad
de Rotemburg y las villas de Norliuga y Bonfinguen, los prin-
cipales de la ciudad de Ulma dieron tanta prisa á reducirse al
servicio de Su Majestad que en el mismo tiempo que el Conde
Palatino estaba en Hal,a estaban ellos allí, y entraron á hablar
á Su Majestad en su cámara (á la hora que les fué mandado),
donde le hallaron asentado en una silla. Y estando el Conde
Palatmo delante se hincaron de rodillas y con semblante que
mostraban de lo que tenían en los ánimos, el principal de ellos
dijo en suma estas palabras :
— 10 —
Y dos días después de estas nuevas vinieron los Burgomaes-
tres de la misma villa, y Su Majestad los recibió con las mis-
mas condiciones que á los otros, reservando para sí lo que al
bien de la Germania convenía hacer. Y luego otro día vinieron
juntas siete ciudades, todas de la IJga, entre las cuales Memin
guen y Quenten (de quien ya tengo hecha memoria).
De manera que antes que Su Majestad partiese de Briuz ya
todas las ciudades de Suevia, excepto Augusta, estaban redu-
cidas á su obediencia, porque (como tengo dicho) la victoria
del Emperador peleaba en todas las partes de Alemania.
Y partiendo el Emperador de Briuz tomó su camino para la
ciudad de Ulma, pasando por el Ducado de Vitemberg, y llegó
á ella en seis jornadas, y ya los de la ciudad habían enviado
á los confines de su señorío Embajadores muy bien acompaña-
dos para recibir al Emperador, los cuales hablaron en español
por parecerles que era más acatamiento hablarle en la lengua
que más natural le era y que más trataba, que no en la propia
de ellos. Y la habla fué ofreciéndole la ciudad y particular-
mente las personas y haciendas y todo aquello que unos hom-
bres muy determinados de servir á su Príncipe podían ofrecer.
Y Su Majestad les respondió en espaiiol dándoles una respuesta
muy humana, tanto que la gente de guerra le llamaban ordi-
nariamente unser vater, que quiere decir nuestro padre.
Y estando Su Majestad en una villa de las de Ulma vinieron
á él Embajadores de la ciudad de Augusta, porque les pareció
que Su Majestad no podía dejar de ir sobre la dicha ciudad. Y
aunque se enviaron á rendir al Emperador, era con condiciones
que Su Majestad no las aceptó en ninguna manera, porque le
suplicaban que perdonase á Sebastián Jartel, y que á lo menos
que si esto no era servido, sus castillos los dejase á sus hijos.
Mas no queriendo Su Majestad conceder ninguna cosa de aques-
tas, ellos dijeron que Jartel estaba dentro en Augusta y que
tenía dos mil hombres y mucha parte en el pueblo, y que aqué-
llas eran fuerzas tan grandes que ellos no bastaban á echarle
de ellas. Y Su Majestad respondió no se fatigasen por aquéllo,
que él iría muy presto allá y le echaría.
Y como los Embajadores fueron vueltos á Augusta con esta
— 11 —
última resolución de Su Majestad fué tanto el temor del pueblo
que acordaron de rendirse. Y estando los del Senado en casa de
la villa tratando esto entró Jartel y les dijo cómo él sabía lo
que trataban, que era concertarse con el Emperador, y que
por él no lo dejasen de hacer porque él determinaba de irse,
y que por ventura que aquel servicio que le hacía con su ida
y los otros qtie le pensaba hacer serían parte para que Su Ma-
jestad le perdonase. Y así se fué de la ciudad lo más encubier-
tamente que pudo camino de Suiza. Y los de Augusta vinieron
á Ulma, donde Su Majestad estaba, y el día y hora que les
fué señalado vinieron á Palacio, y Su Majestad los recibió en
una sala sentado en una silla con todas las ceremonias imperia-
les. Y de esta manera, diciendo primero los títulos que ordina-
riamente se suelen decir á los Emperadores :
«Tenemos entendido los de Augusta la grandeza de nuestro
pecado y también el castigo que merecemos por él. Mas cono-
ciendo por experiencia que la vuestra grandeza y clemencia es
tanta que todos aquellos que os han ofendido si después de
arrepentidos de sus yerros os piden misericordia la hallan en
vos, os osamos suplicar que pues nosotros arrepentidos de los
nuestros y con ánimo de serviros (mejor que todos) , venimos á
socorrernos de vuestra clemencia seáis servido que la que no os
ha faltado para con ellos no falte para con nosotros. Y pues
nos entregamos á vuestra voluntad, suplicamos que sea de ma-
nera que la desgracia que merecemos torne en la gracia que de
tan piadoso Príncipe se espera».
Y el Emperador les respondió conforme á los de Ulma, po-
cas palabras más ó menos. Y después les mandó levantar, y le
vinieron á besar la mano como los de las otras ciudades también
lo habían hecho (porque esta era la ordinaria cortesía de los
alemanes).
Y después de rendidas Augusta, Ulma y Francanfort, envió
Argentina á pedir salvoconducto á Su Majestad para que sus
Burgomaestres pudiesen venir á Ulma, y el Emperador se lo
dio. Y así vinieron á poner su ciudad debajo de su amparo v
obediencia. Y las condiciones que generalmente Su Majestad
puso al Conde Palatino y al Duque de Vitemberg y á todos los
- 12 —
otros caballeros y á todas las ciudades son que particularmente
sean de Liga perpetua con la casa de Austria y den por nin-
gunas todas las otras Ligas que hasta allí hayan hecho con
otros, y que no pudiesen hacer ningunas sin licencia de Su Ma-
jestad, y que se declaren enemigos del Duque Juan de Jasa v
de Felipe Landgrave de Hesia, y que castiguen á todos los sol-
dados que salieren ó hubieren salido de sus tierras á servir á
algíín Príncipe contra el Emperador y se obliguen á recibir
gente de guerra en los lugares que Su Majestad la qusisiese
poner, así como Jamburg con su coronelía en Augusta y el
Conde Juan de Nasao en la suya en Ulma y las doce compa-
ñías que el Conde de Bura metió en Francanfort. Y sin esto
les puso Su Majestad otras condiciones, reservando algunas en
sí para ponerlas á tiempo conveniente. Y después de hecho
esto Su Majestad quiso descansar en la ciudad de Ulma algunos
días y curarse allí de su gota.
CAPÍTULO II
Cómo el Emperador, sabiendo que el Duque de Jasa había tor-
nado á recobrar las tierras que el Rey de Romanos y el Du-
que Mauricio le habían tomado y que tenían sus inteligen-
cias con los del Reino de Bohemia, determinó de ir contra
él von su Ejército, juntándose en el camino con el Rey de
Romanos y Duque Mauricio, y con la gente que traían fué
sobre el campo del dicho Duque y lo venció y desbarató,
tomando su persona en prisión y la del Duque de Brancuic.
En el año pasado dejamos dicho cómo el Rey de Romanos
y el Duque Mauricio habían entrado con mucha gente de .i
pie y de á caballo en el Ducado de Sajonia y tomado al Duque
todas las ciudades y villas principales de él. Do cual como supo
el Duque que aquel tiempo estaba juntamente con Uandgrave
en campo contra Su Majestad, procuró cómo se deshiciese aquel
Ejército para poder ir á socorrer á sus tierras. Y así dijimos
que había ido componiéndose con las ciudades y tomándoles
— 13 -
dinero para pagar la gente de guerra. Y como fuese en su Es-
tado con mucha gente de á pie y de á caballo que consigo lle-
vaba, tornó á recobrar todos los lugares y ciudades fuertes que
el Rey y el Duque le habían tomado. Y no sólo recobró su
Estado, pero aun había ya ocupado algunos lugares en el Reino
de Bohemia para ponerlo en harto peligro, y había tomado á
Jacomestal (que es un valle en aquel Reino muy principal), de
donde son todos los mineros que en él hay. Y esta empresa
había sido hecha más por su voluntad de los bohemios, los
cuales con disimulaciones fingían el rendirse.
1,0 cual como supiese el Emperador, viendo que la cosa era
de tanta importancia, informado no sólo por cartas del Rey
de Romanos su hermano, mas también por las de sus Ministros,
que había enviado á saber particularmente lo que pasaba, co-
menzó de nuevo á poner orden en la empresa, viendo que era
tan necesaria su persona en ella como para la pasada, porque
el Duque Juan Federico con la gente que entonces tenía (que
era 4.000 de á caballo y 10.000 infantes), se había dado tan
buena maña que no tenía por cobrar de su Estado sino á Zui-
bica, ni había dejado al Duque Mauricio otra cosa sino á Tre-
sen y á Dipsia. Y á la Zuibica guardaba todavía el Duque Mau-
ricio con buena infantería.
Por manera que se podía decir que tenía toda la Sajonia ó
Jasa y Bohemia puesta en tales términos que muy abiertamente
le confesaban por amigo, sin hacer en esto memoria alguna
del Rey para no hacer por el Duque todo lo que convenía, y
había llegado la desvergüenza de los bohemios á tanto que con
una honesta disimulación tenían detenidas las hijas del Rey en
el castillo de Praga.
Y antes que el Emperador partiese de Ulma había proveído
algunas cosas que parecían bastantes para excusarse del nuevo
trabajo de su persona, enviando ocho compañías de Infantería
y ochocientos de á caballo, y con ellos al Marqués Alberto de
Brandamburg, el cual demás de esto había llevado consigo otros
mil de á caballo. L,a cual gente junta con la del Rey y con la
del Duque Mauricio estaban superiores á la que tenía el Duque
Juan de Sajonia, si la manera del tratar la guerra fuera con-
- 14 -
forme á los aparejos de ella. Pero pasó la cosa diferente que
al principio se creía.
Y así viendo el Emperador que las cosas del Estado de Jasa
que todavía tenían necesidad de que Su Maj estad se hallase
personalmente en la dicha guerra, determinó de no perdonar á
trabajo ni peligro suyo viendo en el que estaban las cosas del
Rey de Romanos su hermano y las del Duque Mauricio, y junto
con esto lo que de allí podía resultar para toda Alemania, por-
que dejar que aquel fuego que estaba encendido fuese más ade-
lante era poner la victoria pasada en los términos que estab.í
antes que se alzase.
Y así consideradas todas estas cosas, el Emperador partió
de la ciudad de Ulma á cuatro días del mes de Marzo, ha-
biendo proveído que la Infantería española y tudesca partiese
de su alojamiento llevando con ella alguna artillería, que tomó
de los de Ulma.
Y el Duque de Vitemberg, que por su enfermedad no había
podido venir como por el Emperador le había sido mandado,
pero como ya estuviese bueno vino el mismo día que Su Ma-
jestad partió de Ulma á darle la obediencia que un Príncipe
vencido debe á su vencedor y señor. Y así estuvo en la sala es-
perando que el Emperador acabase de comer sentado en una
silla en que le traían cuatro hombres (porque su enfermedad no
podía estar de otra manera). Y Su Majestad salió pasando cabe
él sin mirarle, lo cual no dejó de mirar el Duque. Y el Em-
perador se asentó con aquellas ceremonias que en tales casos
se solían hacer, estando el Mariscal del Imperio con la espada
sacada y puesta en el hombro. Y el Canciller del Duque y todos
los de su Consejo se hincaron de rodillas quitados los bonetes
(habiendo dicho al Emperador los títulos que á su costumbre
solían decir), le dijeron en nombre de su amo1 estas palabras:
«Yo con toda la humildad que debo y puedo me presento
delante de Vuestra Majestad y públicamente confieso que le
he ofendido gravísimamente en la guerra pasada y he merecido
toda la indignación que contra mí tuviere. Por lo cual yo tengo
todo el arrepentimiento que debo, el cual es igual á la razón
que para tenerle hay. Y así yo vengo humildemente á suplicar
— 15 —
á Vuestra Majestad, por la misericordia de Dios y por. vía na-
tural clemencia, que Vuestra Majestad por su bondad me per-
done y de nuevo me reciba en su gracia, porque á él solo y no
á otro ninguno conozco por supremo Príncipe y natural señor
mío, al cual prometo que en cualquiera parte que yo esté
servirle con todos los míos como humildísimo príncipe y vasa-
llo y subdito suyo, con toda aquella obediencia y sujeción y
agradecimiento que debo para obedecer la grandísima gracia que
ahora recibo. Demás de esto me obligo de cumplir fidelísima -
mente todo lo que en los capítulos que por Su Majestad me
han dado se contiene».
Y el Canciller del Emperador y del Imperio por mandado
de Su Majestad respondió lo siguiente :
«La Majestad Cesárea, nuestro señor clementísimo, ha en-
tendido lo que el Duque Udalrico de Vitemberg humildemente
ha propuesto, suplicado y ofrecido. Y viendo su arrepenti-
miento y que públicamente confiesa cuan gravemente ha ofen-
dido á Su Majestad y cuan dignamente merece su indignación,
teniendo respecto á que ha implorado y pedido por la miseri-
cordia de Dios perdón de todas estas cosas. Su Majestad Cesá-
rea por la honra de Dios y por su natural clemencia, especial-
mente porque el pobre pueblo (que no pecó) no padezca, tiene
por bien de olvidar la ira é indignación que contra el Duque
tenía y perdonarle clementísimamente, con condición que el
Duque cumpla y guarde todas las cosas á que se ha ofrecido y
está obligado.
Lo cual oído por el Duque de Vitemberg dio grandes gra-
cias á Su Majestad por ello, y así le prometió de serle fidelí-
simo. Y á todo esto estaban de rodillas su Canciller y todos los
de su Consejo, estando el Duque asentado en su silla, quitado
el bonete bajo de todo el estrado (porque antes por sus Em-
bajadores había enviado á suplicar á Su Majestad dejarle estar
así, porque su dolencia no permitía estar de otra manera que
fuera razón).
Y pasado esto Su Majestad se puso á caballo y prosiguió
su camino y vino á Guinguen, donde habían estado los enemi-
gos alojados el año pasado. Y de allí fué á Norlinga, dond¿
— 16 -
el tiempo y no haberse purgado se juntaron con la gota, la
cual tuvo tan recia que le puso en extremada flaqueza, .por lo que
todos tenían poca esperanza de que tan presto Su Majestad
convalecería. Pero como él se diese prisa á curar con lo que en
aquel tiempo podía, comenzó á mejorar y á levantarse de la
cama.
Y en este tiempo se le fué siempre acrecentando su campo
al Duque de Jasa, y había deshecho al Marqués Alberto y deshé-
chole todo su campo y prendí dolo, lo cual fué de esta manera.
El Marqués Alberto estaba en un lugar que se llamaba Ro-
quelez, porque los que gobernaban la guerra contra el Duque
de Sajonia tenían repartida la gente en frontería contra él. Y
así el Rey de Romanos estaba con su campo en Tresen y el
Duque Mauricio en Freberg con el suyo y el Marqués Alberto
con diez compañías y mil setecientos de á caballo en este lugar
que he dicho. Y demás de esto tenían proveída á Coibricia y
á Lipsia, la cual algunos días antes había sido combatida por
el Duque de Jasa ; pero fué muy bien defendida por los que
en ella estaban, y la villa de Rochelez, donde el Marqués Al-
berto tenía su frontería, era de una señora viuda hermana de
Landgrave, la cual entretenía al Marqués Alberto con danzas
y banquetes (que eran fiestas acostumbradas en Alemania),
mostrándole tanta amistad que le hizo estar más descuidado de
lo que á un Capitán convenía estar en la guerra, avisando por
otra parte al Duque de Jasa, el cual como estuviese en Gaete,
tres leguas pequeñas de allí, con muy buena gente de á caballo
y treinta compañías de Infantería, amaneció otro día sobre el
Marqués Alberto, el cual pareció ser bien combatido con el
Duque en la campaña, y finalmente fué roto y él fué preso,
habiendo peleado más como valiente caballero que como astuto
Capitán ; donde hubo algunas opiniones, porque unos decían
que el lugar no se podía defender y otros que si estuviera en
él que le llegara presto socorro del Duque Mauricio, y otros
dijeron que quiso guardar que no fuesen rotas cuatro compa-
ñías que alojaban en el arrabal de la villa, y que por eso se
puso en campaña con los otros que estaban dentro de ella. Por
manera que él perdió 400 ó 500 de á caballo entre muertos v
— 17 —
presos, y mucha gente de los otros se recogieron al Rey de
Romanos, quedando alguna parte de los demás en servicio del
Duque dé Jasa, el cual ganó todas las banderas de la Infan-
tería, de la cual murieron pocos porque muchos se recogieron
al Rey y al Duque Mauricio, y otros que tomó presos jurando
de no ser contra él, los mandó soltar.
Y el Marqués Alberto fué llevado á Gota (un lugar fortí-
simo del Duque), el cual como hubiese esta victoria, no cu-
rando de ir contra el Duque Mauricio como todos pensaban que
lo hiciera, comenzó luego á entender en las cosas de Bohemia
y envió á Tumer Hiermé con 600 de á caballo y 12 bande-
ras, el cual se señoreó del valle de Jacomistal con muy buena
voluntad de los bohemios (aunque muy disimuladamente), y
este era el fundamento de todo lo que ellos y el Duque pensa-
ban hacer.
Y sabida esta nueva por el Emperador y viendo que el Rey
y el Duque Mauricio sostenían la guerra guardando las fuerzas
principales y no sacando la gente de ellas para tentar otra vez
la fortuna, se dio prisa á partir de Xorlinga, á donde pocos días
antes que partiese le habían venido los Burgomaestres de Ar-
gentina, ciudad fortísima y poderosísima (como está dicho), y
se habían puesto debajo de la obediencia de Su Majestad, y él
los recibió con las condiciones que le pareció que se les debían
de poner, entre las cuales fué que le jurasen por Emperador
(lo cual no habían hecho ningún Emperador pasado) y que re-
nunciasen las Digas que tenían hechas y jurasen de no entrar
en ninguna donde la casa de Austria no entrase primero, y
que castigasen á todos los soldados de su tierra que habían sido
contra Su Majestad, y pusiesen gravísimas penas á los que de
allí adelante saliesen contra él, y echasen de sus ciudades á
todos los rebeldes y deservidores de Su Majesta 1, y entre ellos
era uno Capitán general, llamado el Conde Guillermo de Fus-
temberg, el cual negociaba su perdón con todas las diligencias
y justificaciones que él podía. Y dieron lo que les fué impuesto
por Su Majestad, y la artillería y municiones que les mandó
(como todas las otras ciudades lo habían hecho), y sin esto
otras cosas que yo dejo de escribir ppr no ser prolijo.
— 18 —
Partido el Emperador de Norlinga, tomó el camino de Nu-
remberg, llevando consigo dos regimientos de los viejos, el uno
del Marqués de Mariñano y el otro de L,uiprando Madrucho (el
cual poco antes que el Emperador partiese de Ulma había muer-
to de calenturas). Perdió el Emperador en él un buen servidor
y un hombre de guerra, de quien se tenía esperanza que va-
liera mucho en Alemania. Y sin es„tos dos regimientos había
mandado hacer otro de nuevo, el cual hizo un caballero de
Suevia llamado Janzbalther. Y asimismo llevaba toda la Infan-
tería española y todos los hombres de armas de Ñapóles y 600
caballos ligeros, y mil caballos tudescos del Gran Maestre y
del Marqués Juan y del Archiduque de Austria. Y había en-
viado delante el Emperador al Duque de Alba, el cual había
alojado en torno de Nuremberg este Ejército que dicho tengo,
excepto algunas compañías que habían quedado para en guarda
del Emperador.
Y como el Duque llegase á la dicha ciudad, metió ocho
compañías en ella, que eran del regimiento del Marqués de
Mariñano. Y eso se hizo así porque lo requería la autoridad
como por hacer estar á raya al pueblo común. Y el Emperador
fué recibido en aquella ciudad con mucha demostración de pla-
cer de todos los de ella, alojándose en el castillo que era su
acostumbrado alojamiento, donde estuvo cinco ó seis días en-
tendiendo en acabar de recoger el campo y en su salud, porque
aun todavía le seguían sus indisposiciones.
Y de allí concertó con el Rey de Romanos y el Duque Mau-
ricio que se viniesen á juntar con él con su Infantería y Ca-
ballería á término señalado en la villa de Egra, donde él había
de ir, para que desde allí se hiciese la misma guerra. Y á esta
causa el Rey de Romanos partió de Tresen, ciudad del Duque
Mauricio, el cual también partió de Fraiberg, y yendo juntos
entraron en Bohemia por la Teñorez, para tornar á atravesar
los montes (de que ella está rodeada) y juntarse en Egra con
e! Emperador.
Mas los bohemios mostraron en este tiempo abiertamente
su intención y declararon no ser vanas las esperanzas que el
Duque de Jasa tenía en ellos. Los cuales se ""extendieron á tanto
- 19 —
<jue fué causa de haber muchas opiniones, las cuales no escribo
por no saberlas averiguadamente.
Y en este tiempo ya Su Majestad había caminado tres jor-
nadas después de haber partido de Numberga, donde le vino
un gentilhombre del Rey de Romanos haciéndole saber cómo
después que habían entrado él y el Duque Mauricio en Bohe-
mia, un caballero de aquel- Reino había juntado mucha gente
y cortado los bosques y atajados los pasos por donde habían
de pasar para venir á Egra, y que habían probado á pasar por
dos ó tres partes y siempre se les habían estorbado por el dicho
caballero, por lo que les había de ser forzado de rodear algunas
jornadas para pasar las montañas por algunos castillos de al-
gunos caballeros de Bohemia que con él iban ; enviando á de-
mandar á Su Majestad algunos arcabuceros españoles para que
más fácilmente pudiese ser señor de aquellos bosques. Y el Em-
perador proveyó todo lo que convenía (aunque después no fué
necesario que los españoles llegasen al paso, porque los caba-
lleros bohemios que con el Rey iban le sirvieron tan bien que
se lo tuvieron desembarazado). Y aquel caballero bohemio no
llegó con su gente allí, el cual había nombre Gaspar Fluc, hom-
bre muy principal en aquel Reino (á quien ya con mucha razón
el. Rey otra vez había quitado su hacienda, aunque después le
había hecho merced de ella). Por manera que la mayor parte
de aquel Reino hizo una muy ruin demostración contra su Prín-
cipe.
Y estando el Emperador tres leguas de Egra vino allí el
Rey de Romanos, su hermano, y el Duque Mauricio y el Mar-
qués Juan Jorge de Brandanburg, hijo del Elector (porque ya
su padre se había concertado con el Rey en servicio del Em-
perador). Y á esta causa había enviado á su hijo al (sic) de
Su Majestad á esta guerra. La gente de á caballo que vino
con el Rey sería 800 caballos. El Duque Mauricio trajo 1.000 y
el Marqués Juan Jorge 400, los unos y los otros bien adere-
zados. Y demás de estos vinieron con el Rey qoo caballos lige-
ros muy buenos, los cuales traían lanzas gruesas, que se daba
gran encuentro con ellas, y escudos hechos de madera anchos
ti
abajo y hasta la mitad, y de allí íbanse angostando hasta que
— 20 —
acababan en una. punta que les salía sobre la cabeza, combados-
con un pavés, en los cuales ellos traían divisas á su modo. Y
algunos traían jacos de malla y cimitarras y estoques muchos,
de ellos y unos martillos con astas largas, con que se ayudaban
muy bien. Y esta fué la Caballería que vino con el Rey, y no
trajo Infantería ninguna porque en Tressen había dejado cua-
tro compañías y la otra entrando- en Bohemia se había ido á
sus casas, quedando solamente con él una compañía que des-
pués mandó que se alojase en Egra. Ni tampoco el Duque Mau-
ricio trajo Infantería, porque dejó con ella proveídas á Lipsia
3r Zurbica.
Y pues el Duque de Jasa estaba cerca de ellos con ocho ó
nueve mil tudescos muy buenos y otros tantos hechos en la tie-
rra, que no eran malos, y tres mil caballos armados, muy esco-
gidos de las doce compañías y del resto de la Caballería, estaba
con Tumer Hiermé (como está dicho) y repartida por otras
partes.
Y el Emperador partió para Egra, ciudad cristianísima (que
no era poca maravilla estando cerca de bohemios y sajones),
porque en los unos había muy pocos cristianos y en los otros
no había ninguno. Y otro día que allí el Emperador llegó, que
fué á cinco días del mes de Abril, vino el Rey de Romanos y
se detuvieron en ella la Semana Santa y Pascua de Resurrección.
Y en este tiempo vino el Duque de Cleves á suplicar ai
Emperador por el Duque de Sajonia, su cuñado. Y pasada la
fiesta se partieron luego, habiendo enviado al Duque de iUba
un día adelante con toda la Infantería y parte de la Caballería,
el cual envió cuatro compañías de Infantería y tres de caballos
ligeros con D. Antonio de Toledo á una villa adonde estaban
dos banderas del Duque de Jasa, con los cuales hubo una pe-
queña escaramuza, y se rindió la villa y los soldados dejaron
las banderas y armas. Y toda aquella tierra de Jasa que confina
con la de Egra es áspera y llena de bosques y pantanos hasta
llegar á una villa llamada Plau ; seis ó siete leguas de Egra
se comienza á extender la tierra y haber muy hermosas cam-
pañas y praderías, muy llena de castillos y lugares, en los más
de los cuales el Duque tenía gente de guerra. Y juntamente
— 21 —
•con esto él andaba conquistando algunos lugares de los que
hasta allí no había ganado.
Y en este tiempo el Emperador con toda la diligencia posi-
ble caminó la vuelta de su enemigo, porque ninguna cosa más
deseaba de hallarse con él con todas sus fuerzas en la campaña,
y temía no se le metiese en alguna de las cuatro tierras fortí-
simas que tenía, las cuales eran Bucherga, Gotta, Sonabualt y
Heladrum, el cual había ganado de los Condes de Mansfeld
pocos días había. Y cada una de éstas era tan fuerte que á
meterse dentro el Duque era dilatar la guerra muchos años.
Por manera que Su Majestad usando de mucha diligencia
■caminó la vuelta de Maisen, villa del Duque Mauricio, la cual
la había tomado en este tiempo el Duque de Jasa, y estaba en
ella con su campo por ser lugar oportuno para cualquier des-
deñó (sic) que quisiese tomar, por tener puente sobre el río
i
Albis y ser cerca de Bohemia, donde esperaba gran socorro de
infantería y gente á caballo y también para irse á Vitemberg
(si conviniese) .
Y estando el Duque de Jasa en este lugar Su Majestad
prosiguió su camino, viniéndosele á rendir algunas villas que
estaban cerca de él, y deshaciendo la Infantería que por aque-
llas partes el Duque de Jasa tenía repartidas, porque un día
salieron ciertas compañías que el Duque Mauricio tenía en un
lugar suyo y fueron sobre otro que estaba junto á su aloja-
miento, donde había^ siete compañías del Duque de Sajonia, y
combatieron el dicho lugar y lo rindieron, sabiendo que venía
el Ejército del Emperador allí junto, tomando á los soldados y
banderas y armas. Y el Príncipe de Salmona deshizo asimismo
tres compañías, que las trajo á Su Majestad. Y otra deshizo Un
Capitán de arcabuceros español y algunos húngaros. Y un Ca-
pitán de Su Majestad llamado Jorge Espreche, con siete com-
pañías de tudescos y algunos de á caballo, deshizo siete compa-
ñías de Infantería que el Duque tenía en un lugar llamado
Jeneberg, y trajo las banderas á Su jMaj estad.
Y así llegó el Emperador á tres leguas de Maisen con si
campo, y queriéndolo alojar le vino nueva que Tumer Hiermé
estaba con su gente legua y media de allí. Y el Emperador,
— 22 —
no alterando nada por ello, proveyó que 200 de a caballo hún-
garos por una parte y 200 caballos ligeros por otra descubrie-
sen la campaña, y entretanto reposase todo el campo. Y los
descubridores llegaron al lugar que decían que estaban los ene-
migos, y no solamente no los hallaron, mas no tuvieron nueva
que aquel día hubiesen parecido por allí gente de á caballo ni
soldados, sino unos que aquella mañana habían prendido cier-
tos caballos ligeros españoles, de los cuales se supo que el Du-
que de Jasa estaba en Maisen de la otra parte del río Albis
y había fortificado su alojamiento. Y el Emperador estuvo aquel
día y otro, porque había diez días que la Infantería caminaba
desde que partió de Egra y estaban ios soldados muy fatigados.
Y teniendo propósito Su Majestad de ir á Maisen y hacer
allí puente de barcas para procurar de pasar de la otra parte á
combatir con su enemigo, le vino nueva cómo se había levan-
tado de allí y caminado la vuelta de Vitemberg. Y sabida esta
nueva, consideró que yendo á Maisen con el campo (que era
el río arriba) se perdería tanto tiempo que ya el Duque de
Jasa por la otra parte estaría muy lejos de Vitemberg (que era
el río abajo) y parecióle que habiendo vado por allí podría
pasar á tiempo que alcanzase á su enemigo. E informándose
de algunos de la tierra le dijeron que tres leguas del río abajo
había dos vados, los cuales eran hondos y podían ser defendi-
dos de los que de la otra parte estuviesen.
Y en este tiempo llegó el Capitán Aldana con algunos arca-
buceros de á caballo españoles que por mandado del Emperador
habían ido á descubrir los enemigos, del cual se supo que se
alojaban aquella noche en Milburg (que era un lugar de la otra
banda de la ribera) tres leguas de allí, por donde decían que
había vado, mas que sus caballos habían pasado á nado.
Y como esto oyese el Emperador, pareciendo que no era
tiempo de dilatar la jornada, envió luego á llamar al Duque
de Alba para que se proveyese de lo que convenía, diciéndole
cómo su determinación era pasar el río por vado ó puente y
combatir los enemigos. Y fundado sobre esta determinación,
ordenó las cosas conforme á ella, lo cual parecía á muchos
imposible por estar los enemigos de la otra banda del río y el
— 23 •-
camino ser largo y otras cosas que había que parecía ser estorbo
á la presteza que necesario era tenerse. Mas el Emperador
quiso que su consejo se supiese en efecto. Y así mandó que la
artillería y barcas de la puente caminasen luego aquel día an-
tes que anocheciese, y en pos de ella los tres regimientos tudes-
cos y toda la Caballería en la orden acostumbrada de los otros
días. Y aquella mañana hizo una niebla muy oscura, mas como
llegaron cerca del río se fué alzando la oscuridad y lo comen-
zaron á descubrir, viendo los enemigos alojados de la otra
parte en la villa llamada Milburg, con 6.000 infantes, solda-
dos viejos, y cerca de 3.000 á caballo, porque los demás tenían
con Tumer Yllermé (ó Hiernié) su Capitán, y los otros se ha-
bían deshechado (sic) con las catorce compañías que Su Majes-
tad de camino había tomado. Y juntamente tenía 21 piezas de
artillería, y él estaba bien asegurado, porque pensaba que si el'
Emperador iba á pasar por donde él estaba en Maisen se le
tenía gran ventaja para esperar ó irse donde quisiesen, y que
no podrían pasar por donde él estaba por la anchura y pro-
fundidad del río, por ser la parte de la ribera donde él estaba
muy superior á la por donde Su Majestad venía, y guardada
de una villa cercada y un castillo. Y el alojamiento del campo
del Emperador estaba señalado cuando él llegó y repartidos los
cuarteles, que sería á las siete horas de la mañana. Y mandó
que la gente de á caballo estuviese en la misma orden que
estaban sin alojarse. Y el sitio del campo era cercano al río,
más había en medio de él y el de los enemigos unas pedre-
rías y bosques (aunque no muy grandes) que llegaban á par
del río.
Y á la hora que tengo dicho el Emperador y el Rey de Ro-
manos tomaron algunos de á caballo y adelantáronse á topar al
Duque de Alba, que había venido delante y había ya recono-
cido bien los enemigos. Y considerando que el río era bien de-
fendido de ellos, pensaba no haber medio de poder pasarse.
Y en esto el Emperador/ hablando con el Rey y el Duque,
ordenó' que se buscasen algunos de la tierra que más particu-
larmente supiesen el vado que se sabía por la relación y de lo
que hasta allí se tenía, porque le parecía no ser razón empren-
— 24 —
der cosa tan grande tan temerariamente y sin saber cómo se
emprendería, en lo cual se puso mucha diligencia.
Y así el Duque de Alba vino al Emperador de ahí á uu
rato y le dijo cómo traía buena nueva de cierto vado que había,
y que traía hombre de la tierra que lo sabía muy bien. Y así
Su Majestad fué á él con el Rey de Romanos y el Duque de
Alba y el Duque Mauricio y vio que los enemigos estaban de
la otra parte del río, teniendo repartida su arcabucería y arti-
llería por la ribera, y que estaban puestos á la defensiva de
dicho paso y de la puente que traían hecha de barcas, la cual
estaba repartida en tres piezas para llevarla consigo por el río
abajo con más facilidad. Y por aquella parte que pensaba que
era el vado tenía el río 300 pasos de ancho, y la corriente,
aunque parecía más, traía gran ímpetu, por donde hacía más
dificultoso el pasaje.
Y á esta causa ordenó el Emperador que se pusiesen junte
á la ribera algunas piezas de artillería y 800 ó 1.000 arcabuce-
ros españoles, los cuales juntamente con la artillería disparasen
en los enemigos para que se apartasen y no fuesen tan señores
de la ribera y ellos viniesen á ser señores de ella, aunque estaba
más descubierta que la de los enemigos. Dos cuales en este-
tiempo poniendo muchos arcabuceros en sus barcas las lleva-
ban por el río abajo, por donde fué necesario que los arcabu-
ceros del campo de Su Majestad saliesen á la ribera á evitarlo,
lo cual hicieron con tanto ímpetu que entraron por el río mu-
chos de ellos hasta los pechos y comenzaron á dar tanta prisa
de arcabuzazos á los de la ribera y á los de las barcas, que
matando muchos de ellos se las hicieron desampaiar, y así de-
jaron de ir por él río más adelante. Y esta arremetida que hi-
cieron los arcabuceros fué estando el Emperador delante, y
juntamente arremetió con ellos hasta el río, donde se comenzó
la escaramuza de una ribera á la otra, tirándose los unos á los
otros con mucha arcabucería y artillería. Y los del campo de
Su Majestad les dieron tan grande prisa que se conocía ya
ventaja de .su parte, tirando los enemigos más flojamente. Por
lo cual mandó Su Majestad que viniesen otros mil arcabuceros
con Arce, Maestre de campo de los de Lombardía, para que
— 25 —
fuesen los enemigos más reciamente apretado». Y así anduvo la
escaramuza tan caliente que de una parte y otra parecían muy
á menudo hacer salvas.
Y en este tiempo la puente que Su Majestad había mandado
traer llegó á la ribera, mas la anchura del río era tan grande
que se vio no bastar las barcas para ello, y ¿así fué necesario
que se pasasen por las barcas que los enemigos habían desam-
parado de la otra parte. Los cuales comenzaron á desamparar
la ribera por los muchos tiros que los arcabuceros del campo
de Su Majestad les tiraban, mas no tanto que no hubiese mu-
chos á la defensa.
Y viendo el Emperador que era necesario ganarles su puente
mandó que la arcabucería pusiese toda la diligencia para que
se ganase. Y así súbitamente desmandaron algunos arcabuce-
ros españoles, los cuales nadando con las espadas en las bocas
atravesadas llegaron á los dos tercios de la puente que los ene-
migos llevaban el r.ío abajo (como dicho habernos). L,os cuales
arcabuceros llegaron á las barcas tirándoles los enemigos mu-
chos arcabuzazos de la ribera, y las ganaron matando algunos
que habían quedado dentro. Y así las trajeron y así entraron
tres soldados españoles á caballo armados, de los cuales se ahogó
el uno en presencia de todos.
Y como fuesen ganadas las barcas, estando toda la arcabu-
cería tendida por toda la ribera y señora de ella, los enemigos
comenzaron del todo á perder el ánimo y la suya. Y en este
tiempo el Duque de Alba tornó á decir á Su Majestad certifi-
cadamente cómo el vado era descubierto y se podía pasar. Y
así el Emperador quiso proseguir su determinación y pasar él
río, porque estaba determinado de combatir aquel día y no dar
lugar á que el Duque de Jasa ocupase aquellas fuerzas (que
dicho tengo) . Y así el Emperador con muy gran prisa comenzó
á pasar la Caballería por su mandado el vado, y que junta-
mente que de su puente y lado los enemigos se hiciese una
por donde pasase la Infantería española y luego los tres regi-
mientos de alemanes. Y con la diligencia que el Duque de Alba
había traído en descubrir el vado haciendo buscar guías y hom-
bres prácticos del río, halló un villano muy mancebo al cual ha-
— 26 —
bían tomado los enemigos el día antes dos caballos, y poi ven-
ganza de su pérdida se vino á ofrecer que él mostraría el vado.
Y venida toda la Caballería la ribera del río, Su Majestad
mandó quedar á la guarda del campo nueve compañías de ale-
manes y 500 caballos tudescos, 250 del Marqués Alberto, que
de la rota de su señor se habían recogido al Rey de Romanos,
y otros tantos del Marqués Juan de Brandenburg. Y luego
mandó comenzasen á pasar los caballos húngaros, de los cuales
y de los que el Emperador tenía ya habían comenzado á pasar
antes que los enemigos hubiesen acabado de salir de la villa.
Los cuales como hubiesen probado todas las cosas necesarias
para la defensa y les hubiesen aprovechado poco, perdieron
toda esperanza de sostener el vado, viendo que el Emperador
se lo había combatido y ganado. Y así determinaron de irse de
aquella villa á otra que se llamaba Torgas si no pudiesen darse
tanta prisa para llegar á Vitemberg ó combatir en el camino
con el campo del Emperador, no teniendo lugar para una de
estas dos cosas.
Y el Duque de Alba, por orden de Su Majestad, mandó que
toda la Caballería húngara y el Príncipe de Salmona con sus
caballos ligeros pasase el río, llevando cada uno un arcabucero
á las ancas. Y luego pasó con la gente de armas de Nápoíes,
llevando consigo al Duque Mauricio y á los suyos. Y luego el
Emperador y el Rey de Romanos con sus escuadrones llegaron
á la ribera, yendo el Emperador en un caballo castaño oscuro,
con un caparazón de carmesí con franjas de oro, armado de
unas armas blancas y doradas, no llevando sobre ellas otra cosa
sino la banda muy ancha de tafetán carmesí listada de oro v
un morrión tudesco y una media asta como venablo en las
manos, y se metió á las aguas siguiendo al villano (que era la
guía que dicho tengo), el cual tomó el vado más á la mano
derecha el río arriba de lo que los otros habían guiado, y el
suelo era bueno, mas la profundidad era tanta que subía á las
rodillas de los caballos, y en algunas partes nadaban los ca-
ballos, mas era poco estrecho. Y de esta manera salieron á la
otra ribera, y el Emperador hizo dar á su guía dos caballos
y 100 escudos.
— 27 —
Y en este tiempo como fuese acabada de hacer la puente
pasó la Infantería española, á la cual seguía la alemana, poi-
que esta orden había dado el Emperador, y los húngaros y
caballos ligeros, dejando los arcabuceros que habían pasado á
las ancas, se adelantaron yendo escaramuceando y entrete-
niendo los enemigos, que caminaban con la mayor orden y
prisa que podían sin dejar en la villa de Milburg ningún sol-
dado, lo cual se había pensado que hicieran. Y á esta causa
se habían pasado arcabuceros con los caballos ligeros. Mas el
enemigo con todo sus campo iba siempre ganando la ventaja
de la tierra que podía, repartida su Infantería en dos escuadro-
nes, y nueve estandartes de Caballería repartidos de manera
que cuando los caballos ligeros húngaros los apretaban volvían
á ellos y molestaban, de manera que daban lugar á que su In-
fantería en este tiempo pudiese caminar.
Y el Emperador con el -mayor trote que pudo sufrir la gente
de armas siguió el camino que los enemigos llevaban por aque-
lla campaña tan ancha y rasa. Y porque el polvo que su van-
guardia hacía era muy grande y el aire lo traía á dar en lo¿
ojos, se puso Su Majestad sobre la mano derecha de ella. Y
así hizo dos cosas, la una tener la vista libre para lo que fuese
necesario y la otra prevenir para que los escuadrones fuesen
en la orden que convenía. Y así se puso en parte él y el Rey
de Romanos, su hermano, con sus dos escuadrones, para que
siendo su vanguardia puesta en peligro estuviese á punto para
socorrerla acometiendo á los enemigos, los cuales iban tan fuer-
tes que era conveniente cosa hacer cualquiera previsión.
Y el Duque de Alba con la gente de la vanguardia fué es-
caramuzando siempre con los enemigos tan cerca que ellos se
pararon y comenzaron á tirar de su artillería. Y el Emperador
á esta causa se dio más prisa á igualar con la vanguardia. Y
en este tiempo su Infantería aún no parecía, ni la artillería
que con ella había de venir. Y esto era á tres leguas tudescas
del río Albis. Y el Emperador se había dado gran prisa con
la Caballería, porque con ella sola emprendió de deshacer á
su enemigo, el cual si Su Majestad esperara su Infantería tu-
viera lugar de llegar al cabo su intención.
— 28 —
Eran los caballos de la vanguardia del Emperador 400 ca-
ballos ligeros con el Príncipe de Salmona y otros tantos con
D. Antonio de Toledo y 50 húngaros, porque 300 se habían
enviado aquella mañana á reconocer á Torgas con 100 arca-
buceros á caballo españoles. Iban más 600 lanzas del Duque
Mauricio y 200 arcabuceros á caballo y 220 lanzas de armas de
las de Xápoles con el Diique de Castro Villa. Y la batalla eran
dos escuadrones del Emperador, que sería de 400 lanzas y 300
arcabuceros tudescos de á caballo, y el del Rey de Romanos era
de 600 lanzas y 300 arcabuceros de á caballo. Eos enemigos iban
en la orden que dicho tengo, que eran 6.000 infantes en dos
escuadrones y nueve estandartes de Caballería en que había 600
caballos y un guión del Duque de Sajonia que andaba acompa-
ñado de So ó 90 de á caballo, proveyendo por sus escuadrones
lo que convenía. El cual, como al principio no hubiese descu-
bierto sino en la vanguardia de Su Majestad por quitarle la
vista el polvo de la batalla, parecíale que fácilmente podía re-
sistir aquella Caballería, pero después que hubo descubierto la
batalla donde el Emperador y el Rey de Romanos iban, viendo
claramente en la orden y en el caminar su determinación, se
volvió entre sus escuadrones y determinó con la mejor orden
que pudo de ganar un bosque que estaba en su camino, porque
le pareció que con su Infantería podía estar allí tan fuerte que
venida la noche podría irse á Vitemberg (que era lo que él
deseaba) y si conviniese combatir hacerlo con más ventaja suya,
porque Torgas no le había parecido cosa segura para dejarse en-
cerrar en él . Y ganado aquel bosque (que era lleno de pantanos)
y caminos estrechos, mandó á su arcabucería de á pie y á toda la
de á caballo que hiciesen una acometida en la Caballería ligera
del Emperador para que más cómodamente su Infantería ganase
el sitio que él quería, lo cual hicieron harto vivamente.
Y en este tiempo (como está dicho) el Emperador se había
igualado con la vanguardia y había hablado con el Duque Mau-
ricio muy alegremente, y á la gente de armas de Ñapóles animó
para la batalla con muy buenas palabras, y dándole el nombre
que era de Santiago, España, San Jorge é Imperio, caminaron
la vuelta de los enemigos al paso que convenía ; yendo así igua-
— 29 —
lados todos los escuadrones, la batalla halló á su mano derecha
un arroyo, donde cayeron algunos caballos. Y porque los de-
más no hiciesen lo mismo fué necesario que la batalla se estre-
chase y la vanguardia pudiese pasar sin que se mezclase del
un escuadrón con el otro. Y á esta causa la vanguardia que
iba al lado se pasó adelante al tiempo que los enemigos que-
rían comenzar la carga (que tengo dicho), lo cual hicieron en
los caballos ligeros en muy buena orden.
Y en este tiempo el Duque de Alba, conociendo la buena
ocasión, envió á decir al Emperador que él se afrontaba con
los enemigos, y así lo hizo por una parte con la gente de ar-
mas de Ñapóles y el Duque Mauricio con sus arcabuceros por
la otra, y luego su gente de armas y la batalla de Su Majestad,
que había tornado á ganar la mano derecha, movieron contra
los enemigos con tanto ímpetu que de súbito comenzaron á dar
la vuelta, apretándolos tanto la gente de guerra del Emperador,
que otra cosa no les dieron lugar sino de huir. Y así comen-
zaron á dejar su Infantería, la cual al principio había inten-
tado de hacer una poca de resistencia para recogerse al bosque,
pero como la Caballería se revolviese con ella en un momento
fueron todos rotos, y los húngaros y caballos ligeros tomando
un lado acometieron por un costado, y con gran presteza co-
menzaron á ejecutar la victoria.
Y de esta manera se llegó al bosque, por el cual eran
tantas las armas derramadas por el suelo que daban grandísimo
estorbo á los vencedores, donde se halló muy gran número de
muertos y heridos y se hubieron muchos prisioneros. Y el Em-
perador siguió el alcance una legua, y toda la Caballería ligera
y mucha parte de la tudesca y de los hombres de armas del
Reino le siguieron tres leguas. Y el Emperador paró en un
prado que estaba en medio del bosque, donde hizo recoger al-
guna gente de armas, porque toda estaba tan esparcida que tan
sin orden andaban los vencedores como los vencidos, lo cual
fué causa de asegurar la victoria si algún inconveniente suce-
diera á los que iban delante.
Y en este tiempo vino el Duque de Alba adonde estaba Su
Majestad, el cual á la ida había ido más adelante siguiendo el
— 30 —
alcance, armado de unas armas doradas y blancas con su banda
colorada encima de su caballo bayo. Y el Emperador lo recibió
muy alegremente. Y estando en esto vinieron á decir á Su Ma-
jestad cómo el Duque de Jasa era preso, y en su prisión pre-
tendían ser los principales dos hombres de armas españoles de
los de Ñapóles y tres ó cuatro caballos ligeros españoles é ita-
lianos y un Capitán español y un húngaro. Y Su Majestad
mandó al Duque de Alba que lo trajese, y así fué traído de-
lante de él, el cual venía en un caballo frisón con una gran
cota de malla vestida y encima un peto negro con unas correas
que se ceñían por las espaldas, todo lleno de sangre de una
herida ó cuchillada que traía por el rostro en el lado izquierdo.
Y así se presentó al Emperador. Y el Duque se quiso apear
y quitar un guante para tocar la .mano al Emperador (según
costumbre de Alemania), mas él no lo consintió lo uno ni '«>
otro porque él venía trabajado y fatigado de la sed y de la
herida, á lo cual debió tener respeto el Emperador más que á
lo que él merecía. Y él se quitó el chapeo y dijo al Emperador
(según costumbre de Alemania) :
«Poderosísimo^ y graciosísimo Emperador, yo soy vuestro
prisionero. Y el Emperador respondió : Ahora me ¡lamáis Em-
perador, diferente nombre es ese del que me solíades llamar.
\ esto dijo porque cuando el Duque de Jasa y Eandgrave traían
el campo de la Eiga en sus escritos llamaban al Emperador Car-
los de Gante, y el que piensa que es Emperador. Y así los ale-
manes del campo de Su Majestad cuando aquello oían decii
decían : Deja hacer á Carlos de Gante, que él os mostrará si
es Emperador. Y por esta causa el Emperador le respondió esto.
Y después le dijo que sus méritos le habían traído á los tér-
minos en que estaba. A las cuales palabras el Duque de Jasa
no respondió nada, sino alzando los hombros bajó la cabeza,
suspirando tornó á decir al Emperador que le suplicaba que le
tratase como á su prisionero. Y el Emperador le respondió que
él sería tratado según lo merecía. Y mandó al Duque de Alba
que con buena guarda le hiciese llevar al alojamiento del río
(que era el que el Emperador había tomado aquel día mismo
cuando tomó el vado)
— 31 —
Y el Duque Mauricio aquel día yendo y ejecutando la vic-
toria, uno de los enemigos llegó por detrás y púsole un arca-
buz en parte que si acertara á dar fuego le mataba, el cual fué
luego hecho pedazos él y su caballo por los que con el Duque
iban.
Fueron muertos de la Infantería de los enemigos hasta 2.000
hombres y heridos muchos, que dejándolos allí se pudieron sal-
var aquella noche, y otro día fueron presos 800. Y de los de
á caballo fueron muertos (según se pudo estimar) más de 500.
El número de los presos fué muy mayor, porque entre los ale-
manes del campo de Su Majestad hubo muchos, porque como
la nación fuese una se pudieron mejor encubrir. Por manera
que se supo que se recogieron en Vitemberg de los de á pie
y de los de á caballo 700 hombres.
Ganáronse quince piezas de artillería, dos culebrinas largas
y cuatro medias culebrinas, y cuatro medios cañones, y cinco
medios falconetes, y grandísima copia de munición. Y otro día
se ganaron otras seis piezas, y asimismo todo el carruaje, del
cual la gente de á caballo hubo gran suma de ropa y de dineto.
Fueron ganadas 17 banderas de Infantería y nueve estandar-
tes de los de á caballo.
Fué preso el Duque Ernesto de Brancuig, el cual en la
guerra pasada era el que principalmente traía todas las escara-
muzas que los enemigos hacían. Y asimismo fueron presos otros
muchos hombres principales. Y el hijo mayor del Duque de
Jasa fué herido en la mano derecha y en la cabeza y derribado
del caballo, y después de ser puesto en él por los suyos se
salvó y entró en Vitemberg. Y de los del campo de Su Majes-
tad murieron hasta 50 de á caballo.
El cual vencimiento se hizo á veinticuatro de Abril, víspera
de San Marcos. Y comenzóse sobre el río x\lbis á las once horas
del día, y acabóse á las siete de la tarde.
— 32 —
CAPÍTULO III
Cómo el Duque de Jasa fué preso en la batalla y Su Majestad
le perdonó la. vida con ciertas condiciones que le puso, y de
la partida del Rey de Romanos para Bohemia con Ejército
de gente para sojuzgar. Y cómo Landgrave se vino á 'ren-
dir al Emperador, el cual lo recibió haciendo con él ciertü;
capitulaciones que había de guardar. Y cómo finalmente to-
das las ciudades marítimas y las demás de Alemania vinie-
ron á dar la obediencia al Emperador.
Después que Su Majestad hubo vencido la batalla mandó
recoger la gente que allí estaba y se volvió á su alojamiento,
donde llegó á una hora de la noche. Y otro día mandó recoger
la artillería y municiones y grandísimo número de arma,s. Y
los húngaros y caballos ligeros trajeron muchos prisioneros
porque habían seguido la victoria adelante tres leguas de donde
había sido el alcance.
Y el Duque de Jasa fué dado en guarda por el Duque de
Alba á Alonso Vivas, Maestre de campo de los españoles dei
Reino de Ñapóles, y juntamente el Duque Ernesto de Brancuig,
el cual había sido preso en la batalla por un tudesco vasall.)
del Rey de Romanos y criado del Duque Mauricio.
Y en este lugar estuvo el Emperador dos días, en el cual
tiempo se le rindió Torgas. Y así determinó de ir sobre Vi-
temberg, cabeza del Estado del Duque Juan y principal vills
de las de la elección. Y como tierra importante la tenía el Du-
que muy bien fortificada y con mucho número de artillería.
Y de camino fué por Torgas, donde estaba un castillo de los
más hermosos de toda Alemania, donde el Duque Juan tomaba
más ordinariamente su pasatiempo.
Y en este camino se supo de los prisioneros cómo el Duque
esperaba á Tumer Yllier-me con la gente que había llevado á
Bohemia y 20 compañías que los de aquel Reino le enviaban
y mucha gente de á caballo con ellas, mas la presteza del Em-
perador lo había atajado. El cual pasó el río Albis media legua
— 33 —
más abajo de Vitemberg, por puente hecha de barcas, y se alojó
entre unos bosques á vista de la ciudad, y la cual como estu-
viese el Emperador determinó de combatir y para ello hubiese
mandado proveer las cosas necesarias. Determinó de suspender
el dicho combate por causa del Marqués de Brandamburg, Elec-
tor, que era venido allí á suplicarle por el Duque Juan de Sa-
jonia por los mejores medios que él podía. Y Su Majestad ha-
bía considerado algunas cosas, entre las cuales tuvo muy gran
consideración al Duque de Cleves, yerno del Rey de Romanos
y cuñado del Duque de Jasa, que con grandísima instancia ha-
bía procurado salvar la vida á su cuñado con aquella parte de su
Estado que fuese posible, por donde comenzó á inclinarse más
á la misericordia que se debía tener de un Príncipe puesto en
tan miserable fortuna que no á poner en efecto su primera de-
terminación, que era cortarle la cabeza. Y así comenzó á tratar
lo que convenía para que el Duque Juan quedase castigado, y
junto con esto no se dejase ejecutar la clemencia de Su Ma-
jestad. Y así, tratando lo uno y lo otro, el Emperador se re-
solvió conforme á su natural condición, que fué dar la vida
al Duque Juan de Jasa, con las condiciones que fueron bastantes
para recompensa de que muchos le juzgaron que era digno.
Y estando dentro de Vitemberg la mujer del Duque y su
hermano y los dos hijos menores, y en Gotha estaba el hijo
mayor, que había escapado herido de la batalla, los cuales todos
esperaban el suceso de lo que al Duque tocaba, al cual el Em-
perador perdonó la vida por intercesión de los que los tra
taban, y le fué quitado el cargo de Elector y las villas que so-
lían andar con el dicho cargo, de las cuales la principal era
Vitemberg y Torgas y otras muchas, y le fué mandado que
entregase toda la artillería y municiones (que era un número
granelísimo), porque de sola Vitemberg se sacaron 222 piezas
de artillería, sin otras menudas. Y Su Majestad le dejó en To-
ringia ciertos castillos y villas, y mandó que la fortaleza de
Gotha (que era inexpugnable) fuese derribada por el suelo, en
la cual se hallaron 100 piezas de artillería, sin la menuda y
100.000 pelotas y otras municiones. Y que quedase el Duque
preso en la Corte del Emperador ó en cualquiera otra parte
— 34 —
que le mandase (ó su voluntad fuese). Y le mandó luego en-
tregarlas banderas y estandartes y artillería que había ganado
al Marqués Alberto (el cual estaba en Gotha), y Su Majestad
le mandó luego venir á su Corte. Y en lo que tocaba á la reli-
gión, aunque al principio estuvo muy duro después respondió
tan blando que por entonces á Su Majestad le pareció no ser
menester tratar más de ello. Y su hermano -perdió una villa,
la cual Su Majestad dio al Marqués Alberto. Y asimismo mandó
al Duque que entregase todos los castillos que tenía usurpados
á los Condes de Mansfelt y de Quima : lo de las iglesias y mo-
nasterios de Jasa con lo usurpado á particulares quedó á la dis-
posición de Su Majestad, el cual viendo que lo principal que él
pretendía (era lo que tocaba á la religión) comenzaba á llevar
buen camino, tuvo por bien todas estas condiciones y no quiso
que una casa tan noble y tan antigua y que tanto servicio había
hecho á la suya en los tiempos pasados quedase tan destruida
y tan del todo deshecha, que viendo en esto seguir más la equi-
dad y mansedumbre que no la ira y justa indignación á que el
dicho Duque le había incitado en las dos guerras que con él ha-
bía traído.
Por manera que quedó el Duque Juan vivo y castigado con
un castigo tan grande que uno de los más poderosos Príncipes
de Alemania venía ahora á ser un caballero privado en ella,
y los hijos lo serán más porque han de poseer entre todos lo que
ahora él posee.
Y después que fué rendida la ciudad de Vitemberg, de la
cual salieron 3.000 hombres de guerra, el Emperador mandó
entrar cuatro compañías en ella. Y á diecinueve días del mes
de Mayo y dos días después que se rindió la dicha ciudad salió
la Duquesa de ella á ver á Su Majestad y hacerle reverencia, y
vino á la tienda donde estaba y con ella el hermano del Duque
Juan y su mujer, hermana del Duque Ernesto de Braneuig, y
un hijo del Duque Juan (porque el otro había quedado malo en
Vitemberg) y el otro estaba en Gotha. Viniéronla acompañando
los hijos del Rey de Romanos y el Marqués de Brandamburg,
Elector, y otros señores alemanes. Y ella allegó ai Emperador
con toda humildad y se hincó las rodillas delante de él. Mas
— 35 —
Su Majestad la levantó y recibió con toda cortesía (como si
estuviera en su primera fortuna), lo cual á todos movió á pie-
dad, y suplicó á Su Majestad algunas cosas que tocaban al
Duque, á todo lo cual fué respondida clementísimamente. Y
así se volvió por donde el Duque su marido estaba, que era
en el cuartel del Duque de Alba (entre la Infantería española)
y le visitó, habiendo pedido primero licencia á Su Majestad.
Y así se volvió al castillo de Vitemberg.
Y otro día el Emperador fué á ver la ciudad y entró en el
castillo y visitó á la Duquesa, lo cual pareció á todos muy bien,
y visitación muy semejante á la que hizo Alejandro á su mujer
<le Darío.
Y en este tiempo vinieron tres Capitanes de los confines de
Tartaria y Moscovia, cerca del río Boristenes (que era llamado
Nepor) á ofrecer al Emperador su servicio con 4.000 de á ca-
ballo. Y Su Majestad les respondió agradeciéndoselo mucho y
que la guerra estaba en términos que ya no era menester. Y
así se fueron. Y también vino un Embajador del Rey de Túnez
á tratar con el Emperador ciertas cosas de parte de su Rey y
á ofrecerle otros tantos alarbes para la guerra.
Y estando en estos términos la guerra de Jasa el Empera-
dor había enviado un caballero de su casa, llamado Lázaro
Svendi, para que tuviese á Gotha con dos compañías y diese
libertad al Marqués Alberto y estuviese en ella hasta que estu-
viese derribada por el suelo. Lo cual se hizo así, y las otras
villas y fortalezas se rindieron por sus términos.
Por manera que en Jasa no quedó cosa que hacer, sólo lo
de Bohemia estaba de mala manera contra el Rey de Romanos,
mas los de aquel Reino enviaron Embajadores al Emperador
con las más palabras blandas que pudieron y ofrecimientos que
supieron. Y Su Majestad las oyó y los detuvo hasta despa-
charlos cuando á él pareciese.
Y en estos días el Duque Enrique de Brancuig, el mancebo
que estaba sobre Brema con 2.000 de á caballo y 4.000 infantes,
al cual el Emperador le había ayudado para aquella empresa
por ser enemigo de los Duques de Mumburg, luteranos v de
la Liga, fué desbaratado del Conde de Mansfelt, rebelde lute-
— 36 —
rano, y de Tunrer YUierme, Capitán del Duque Juan de Jasa,
el cual con la parte que tenía en Bohemia por unos grandísimos
rodeos se juntó con el Duque de Masfelt, y juntos tenían 4.000
de á caballo y 12 ó 13.000 infantes. Y el Duque Enrique de
Brancuig se quejó después al Emperador de un Capitán que
también hacía guerra en aquellas partes con comisión de Si:
Majestad, diciendo que no se había con él juntado á tiempo
que convenía, por donde el Emperador lo mandó prender á él
y á otros Capitanes que con él estaban.
Por manera que las fuerzas del Duque Juan de Jasa eran
tan grandes (como él decía después), si el Emperador tardara
doce días él le pudiera salir á recibir con 30.000 infantes y
7.000 de á caballo, que eran fuerzas bastantes para pelear
contra el Ejército del Emperador.
Y luego que desbarataron al Duque de Brancuig se comen-
zaron á deshacer no sólo éstos, mas Landgrave, que en estos
días no dejaba de sustentar todas las cosas que él pensaba que
le podían valer, las cuales dejó caer, perdiendo toda la espe-
ranza de sus tramas y socorros forasteros.
Y en esto se vio cuánto importaba en Alemania la .persona
del Duque Juan y su poder, porque después que él fué des-
hecho y preso no tuvo fuerza ninguna, él que pensaba que go-
bernaba todas las de Alemania. Y así Landgrave comenzó luego
por intercesión del Duque Mauricio, que ya era Elector, á tra-
tar su perdón, y al principio propuso condiciones harto gran-
des, y entendían en ello junto con el Duque#Mauricio el Elec-
tor de Brandamburg, á los cuales el Emperador tuvo grandí-
simo respecto y por su contemplación oyó lo que le proponían
de parte de Landgrave, mas no por eso dejó de hacer lo que
convenía, y así les respondió lo que él quería que hiciese, y
Landgrave replicó añadiendo algo, dejando siempre las cosas
que le convenían, á lo cual el Emperador respondió resuelta-
mente que él no quería tratar con Landgrave, que hiciese lo
que le pareciese.
Y como esta respuesta se diese á Landgrave (el cual á aque-
lla sazón estaba á ocho leguas del campo de Su Majestad en
una villa del Duque Mauricio llamada Álpsia), luego se partió
— 37 —
cou grandísima desesperación diciendo que por ninguna cosa
de este mundo se pondría á los pies del Emperador para soco-
rrerse de su misericordia, entregándose á su voluntad. Y con
esta determinación escribió al Duque Mauricio que procurase
su venida al campo del Emperador y la concertase, y de su
mano escribió las capitulaciones con que se quería entregar,
que eran las mismas que Su Majestad quería. Y así se concertó,
y la conclusión de todo esto tomó el Emperador en la villa de
Hala de Jasa, camino de las tierras de Eandgrave, para donde
Su Majestad con su campo caminaba. Y el mismo día que entró
en ella (que fué á diez días de Junio) llegó el Marqués Al
berto de Brandamburg, á quien como está dicho Su Majestad
había dado libertad y mandado volver los estandartes y ban-
deras y artillería que había perdido. Y el Emperador se holgó
en extrema manera con él, el cual en llegando á Su Majestad re-
dijo : Señor, yo doy muchas gracias á Dios y á vos. Y no dijo
otra palabra, lo cual pareció que bastaba.
Y dos días antes que Su Majestad partiese de Vitemberg
se había partido el Rey de Romanos para la ciudad de Praga
coi} 2 ó 3.000 de á caballo suyos y del Duque Mauricio y 5,0
6.000 infantes, con los que después el Emperador le envió, que
era el regimiento del Marqués de Mariñano. Y ordeno Su Ma-
jestad que el Rey se partiese luego, porque la calor de la vic-
toria tan grande acrecentaría las fuerzas del Rey para que el
Reino de Bohemia que ya temía tanto las del Emperador pu-
diese con más facilidad ser traído por fuerzas ó por voluntad
íi la del Rey y ser reducido á su obediencia.
Y un día antes que Su Alteza partiese, los Capitanes hún-
garos vinieron á besar las manos del Emperador y á suplicarle
se acordase de socorrer á Hungría, y le hicieron una habla con-
forme al tiempo y á su fortuna. Y el Emperador les respondió
consolándoles, y escribió á los Estados de aquel Reino con
-aquellas esperanzas dignas de su persona y oficio, y mandó dar
á cada uno de los dichos Capitanes una cadena de oro de valor
de 300 escudos y hacer una paga á toda la otra gente suya.
Lo cual ellos tuvieron en mucho, por ser dada de gracia. Tam-
bién Su Majestad dio allí la investidura de la elección al Du-
— 38 —
que Mauricio con las vilias que con ella solían andar. Y porque
entre las cosas grandes se viese que tenía memoria de las pe-
queñas, mandó á los soldados que habían entrado á nado y
ganado las barcas un vestido de terciopelo carmesí á su modo
y 30 escudos á cada uno y sus ventajas en sus banderas.
Y llegado el Emperador en Hala de Jasa, que era una villa
muy grande del Obispado de Mandamburg, la cual el Duque
Juan había hecho suya, Su Majestad se fué á alojar á las
casas que solían ser del Obispo. Y allí determinó después la
venida de Dandgrave para que se pusiese en efecto lo que por
intercesión de los dichos Electores Su Majestad había habido
por bien de concederle, y los capítulos que sobre ello se hicieron
ponemos en el capítulo siguiente.
Y venido el día en que Landgrave había de ser en Hala de
Jasa (que era á 18 de Junio), llegó á ella con 100 de á caballo
y fuese á la posada de su yerno el Duque Mauricio. Y otro día
después de comer, á la hora que el Emperador mandó, vino á
palacio acompañado de los Electores. Y el Emperador estaba
en una sala con aquellas ceremonias acostumbradas en aque-
llas cosas, donde había muchos señores alemanes y caballeros
que vinieron á ver lo que ellos nunca creyeron ni L^mdgravc
decía que había de ser. El cual llegado delante del Emperador,
quitado el bonete, se hincó de rodillas y su Canciller también,
el cual en nombre de su señor dijo estas palabras :
«Serenísimo y muy alto y muy poderoso y muy victorioso é
invencible Emperador y graciosísimo señor : Habiendo Felipe
Langrave de Hesen ofendido en esta guerra gravísimamente á
Vuestra Majestad y dado la causa de toda justa indignación in-
duciendo á otras personas á que cayesen en la misma falta,
por lo cual Vuestra Majestad podrá usar de todo rigor en el
castigo que él. merece, y el cual confiesa humildísimamente que
con razón le pesa de todo su corazón. Y siguiendo los ofreci-
mientos que él ha hecho para venir delante de Vuestra Ma-
jestad, y él se rinde á Vuestra Majestad de todo punto y fran-
camente á su voluntad, y suplicando humildemente por el amor
de Dios y por su gran misericordia Vuestra Majestad sea con-
tento usando de su bondad y clemencia de perdonarle y olvidar
— 39 —
la dicha ofensa y de levantar el bando del Imperio que tan
justamente Vuestra Majestad había declarado contra él, per-
mitiendo que torne á poseer sus tierras y á gobernar sus vasa-
llos, los cuales suplica á Vuestra Majestad sea servido de per-
donar también y recibirlos á su gracia. Y él se ofrece para
siempre á reconocer á Vuestra Majestad y acatarle por su solo
derechamente ordenado de Dios Soberano señor y Emperador,
y obedecerle y hacer en servicio de Vuestra Majestad y del
Sacro Imperio todo aquello que un Príncipe y vasallo es obli-
gado á hacer, y para siempre perseverará en esto, y que no
hará ni tratará jamás cosa en contrario y reconocerá su gran
clemencia y el perdón que de Vuestra Majestad ha alcanzado,
para lo cual él desea y deseará toda su vida poder para servirlo
con aquel agradecimiento que es obligado, de manera que Vues-
tra Majestad conozca por efecto que Landgrave y los suyos
guardarán y obedecerán todo lo que son obligados por los ar-
tículos que Vuestra Majestad fué servido de otorgarle».
Las cuales palabras fueron al pie de la letra las que I^and-
grave dijo. Y el Emperador mandó á uno de su Consejo, ale-
mán, que estaba allí para responder en su nombre, dijese lo
siguiente : «Su Majestad, como clementísimo señor, ha enten-
dido lo que Landgrave de Hesen ha dicho. Y* aunque Eandgrave
confiesa que le ha ofendido tan gravemente de suerte que él
merecía todo castigo, aunque fuese el más grande (que se : •
pudiese dar), lo cual á todo el mundo es notorio. Mas no obs-
tante esto, teniendo Su Majestad respecto á que se viene á
echar á sus pies, y por usar de su acostumbrada clemencia y
también por intercesión de los Príncipes que por él han rogado,
es contento de levantar el bando que juntamente había decla-
rado contra él y de no castigarle cortándole la cabeza (lo cual
él había merecido) por la rebelión usada contra Su Majestad,
ni le quería castigar por prisión perpetua ni menos por confis-
cación de sus bienes ni privación de ellos más adelante, lo que
se contiene en los artículos que clementemente Su Majestad 1:
había concedido, y que le recibiría en su gracia y merced y
á sus subditos y criados de su casa, entendiéndose que cumplan
todo lo contenido en los dichos artículos y que no vayan directa
— 40 —
ni indirectamente en ninguna cosa contra ellos. Y Su Ma-
jestad quiere creer y esperar que Landgrave con sus subditos le
servirán de aquí adelante la gran clemencia que con ellos ha
usado».
Y en todo este tiempo Land grave estuvo de rodillas, y des-
pués se levantó. Mas Su Majestad no le tocó lá mano ni le
hizo ninguna señal de cortesía. Fué cosa muy notable verle á
él hincado de rodillas y preso y junto cabe él al Duque Enrique
de Brancuig (á quien él había tenido en prisión) y con liber-
tad. Y acabado esto el Duque de Alba allegó á él y le dijo que
se fuese con él á cenar. Y así sacó de Palacio á Landgrave y
le llevó al castillo donde el Duque posaba, y rogó á los dos
Electores que se viniesen con él.
Y después de cenar el Duque dio á Landgrave un aposento
en el castillo, y mandó á D. Juan de Guivara, Capitán del Em-
perador del tercio de Lombardía, que lo guardase. Por manera
que los dos cabezas de los luteranos que tanto habían hecho
en el desasosiego de la cristiandad permitió Dios viniesen á
poder del Emperador con medios tan honrados para él como
siempre será notorio mientras que el mundo durare.
Y de lo que de cada uno de estos Príncipes se juzgaba diré
aquí en breve. El de Jasa era hombre de muy grande ánimo y
muy afable y discreto, y á su modo de buena gracia en todo
lo que decía y liberal, por lo cual era bien quisto en toda Ale-
mania y más sosegado que Landgrave, por cuyo consejo decían
que había comenzado la guerra el año pasado, el cual era muy
diferente del Duque, por ser desasosegado en extremo y muy
amigo de tratos, no teniendo aquella afabilidad en su conver-
sación, antes se veía tener ingenio levantado. Y cuanto á lo
del ánimo, no tenía entre la gente aquella opinión que el
Duque de Jasa, y como había sido el que había andado más
diligente en las tramas pasadas y había sido Capitán gene-
ral de la Liga, había dado ocasión que se hablase de él más
que del otro, siendo de muy mayor autoridad la del Duque
de Jasa que la suya. Y antes que Landgrave allí viniese había
sucedido en Hala una pasión entre los soldados españoles y
tudescos, la. cual iba tan adelante que fué necesario que el Em-
—.41 —
perador saliese y se pusiese en medio de los unos y de los otros,
lo cual fué remedio muy necesario para que la cosa que estaba
encendida no pasase adelante.
Y asimismo dio el Emperador licencia á los Embajadores
bohemios, diciéndoles en suma que él intercedería con el Re\
para que si aquel Reino estuviese agraviado en algo lo desagra-
viase. Mas que esto se había de entender viniendo ellos primero
á la obediencia del Rey y haciendo lo que eran obligados, y
cuando esto no hiciesen que Su Majestad no podía dejar de te-
ner las cosas del Rey su hermano por propias suyas. Y esto
fué en breve lo que el Emperador les mandó responder, aunque
en sus cartas y respuestas fueron mejor y más largamente res-
pondidos.
Y en Hala vino á Su Majestad una gran congratulación de
la victoria de parte del Papa, y un Breve que le escribió de
puro renombre de Máximo Perfortísimo.
Y acabadas estas cosas el Emperador partió de Hala, ha-
biendo proveído como se derribase Gotha y se llevase la arti-
llería de allá á Francanfort. Y también proveyó como se derri-
basen todas las fuerzas de Landgrave, excepto una que Su Ma-
jestad le dejó. Y que la artillería y municiones de todas partes
se llevasen á Francanfort, porque allí determinó de mandarlas
juntas todas, salvo las 100 piezas de artillería de Vitemberg,
que envió 50 de ellas á Milán y las demás á Ñapóles, y las
200 que se tomaron á Landgrave y las 100 de Gotha quedaron
á las ciudades que el Emperador había rendido cuando deshizo
el campo de la Liga, juntándoles allí para llevarlas á Flan-
des. Y de estas 400 piezas acordó que se enviasen á España 100
con otras 140 que él tenía para enviar allá. Y asimismo proveyó
como todas estas cosas se pusiesen luego en efecto, cumplién-
dose todos los capítulos que se dieron al Duque y á Landgrave.
Y en este tiempo aconteció que como el Secretario Idiaguez
que iba de España á donde estaba Su Majestad, estando una
jornada de su Corte yendo en una barca por un río abajo, le
salió otra barca con alguna gente al encuentro y lo mataron á
él y á sus criados. Y como esto supo Su Majestad, mandó ir
allá personas que buscasen los cuerpos y los hiciesen enterrar ;
— 42 —
lo cual se hizo así, y nunca se supo quién fuesen los que lo
habían hecho.
Y el Emperador partió de Nuremberg, llevando el camino
de Bomberga por no apartarse de Bohemia á causa de dar calor
á las cosas del Rey de Romanos. Y fué por el camino de Tu-
ringia, tierra fértil, aunque llena de pasos ásperos, los cuales
los de la tierra tenían muy bien fortificados esperando el su-
ceso de Alemania. Y el Emperador los pasó muy bien, porque
al vencedor no le es nada dificultoso. Y en este camino de
Turingia vino á humillarse al Emperador el hijo mayor del
Duque de Jasa, que estaba en Gotha, y ratificó todo lo que
por su padre se había otorgado. Y Su Majestad le oyó y recibió
muy bien. Y después de haber tratado los negocios le llamó y
preguntó cómo estaba de la herida . de la cabeza y de la mano,
del cual favor mostró el mancebo muy gran cotitentamiento.
Y venido el Emperador á Bomberga, recibió allí el Delegado
del Papa. Y desde allí vino á Nuremberg, donde se detuvo
algunos días esperando á tener resolución de la ciudad en que
se tendría la Dieta, porque Ukna, donde se pensaba tenerla,
no estaba con la salud que convenía para ayuntar en ella a
toda Alemania, pues habían de venir todos los principales y
de todas las ciudades de ella.
Y en este tiempo la ciudad de Lubecg se había venido á
presentar á Su Majestad y á mostrar cómo nunca le habían de-
servido, tomando por intercesor al Rey de Dinamarca, el cual
trató la composición de ella con Su Majestad, por ser tan amiga
suya. Bragint y otras buscaron medio para lo mismo, porque
sabían cuan en la mano el Emperador tenía su castigo, porque
no era menester su persona y Ejército para castigarlos, sino
mandar á los señores vecinos, que eran Marqueses de Bran-
damburg y Duques de Brancuig, que les hiciesen la guerra, lo
cual ellos deseaban como cosa de que les podría proceder gran
provecho. Hamburg se vino á rendir estando el Emperador en
Nuremberg. Y así la cabeza de las ciudades marítimas fué la
primera de las que se vinieron á rendir, haciendo á Su Majes-
tad un grande servicio de dinero y poniéndose debajo de la
obediencia imperial, la cual no reconocían hasta aquel tiempo,
— 43 —
haciendo otras cosas que al Emperador pareció que se debían
de mandar. Y lo mismo hizo Brema, Brancuig é Ylilicen. Y
asimismo negociaron sus perdones los Duques de Posiren y
Lucemburg. Y se vinieron á rendir otros muchos lugares de
que no hago mención por la prolijidad.
Y de esta manera compuso el Emperador todas las cosas
de Alemania que estaban en la cumbre de la soberbia y pre-
sunción sin tener razón, obligando á todos los Príncipes que
estuviesen por la determinación de la Iglesia, así como al Conde
Palatino y al Duque Mauricio, Elector, y al Marqués de Bran-
damburg y al Duque de Vitemberg y á Landgrave. La capi-
tulación del cual ponemos aquí como arriba prometimos.
CAPÍTULO IV
De las cosas que Felipe de Landgrave de Hesia prometió cum-
plir en satisfacción de susymuchas malas obras hechas con-
tra el Emperador Carlos Quinto.
Primeramente, el dicho Landgrave se echó á los pies del
Emperador y dio así ya todas sus tierras en gracia ó desgracia
de Su Majestad, suplicando á Su Majestad por su aseguración
y merced. Él prometió de ser obediente Príncipe y servidor
de Su Majestad, y queriéndole perdonar, que sería talmente
grato que Su Majestad recibiría contentamiento y satisfacción.
Que él prometía de honrar y acatar á Su Majestad como á
su único señor y Emperador, como conviene á un obediente
Príncipe y vasallo, y ser presto siempre á seguirle en todo lo
que por unión, derecho y paz de la nación alemana Su Majestad
mandare.
Prometió asimismo de obedecer y ayudar á entretener la
cámara del Imperio, según que por la orden de Su Majestad
le cupiese.
Otrosí : prometió de ayudar juntamente con los otros Es-
tados del Imperio contra el turco, según y cuanto su poder se
extendiere adelantar la voluntad y mandado de Su Majestad.
- 44 —
Que promete de quitarse luego de todas las Ligas, las cua-
les, ha tenido hasta ahora, así en Alemania como en otra partes,
y especialmente de la de Esmalkalde, y ser obligado de notifi-
car las personas particularmente y presentar las cartas y obli-
gaciones de esos á Su Majestad, y especialmente de todos los
subditos de Su Majestad, y del Serenísimo Rey de Romanos ex-
presamente, y á los que son y fueren obedientes á Sus Majes-
tades.
Que no hará Liga ni concierto con persona alguna, salvo
exceptuando á Su Majestad Cesárea.
Que él no consentirá por manera alguna que los enemigos
de Sus Majestades ni otras personas por ellos traten ni tengan
comercio en las tierras del dicho Landgrave ; antes, que sea
obligado de echarlos y forzarlos á salir de ellos.
En caso que Su Majestad Cesárea quiera castigar persona
alguna de cualquiera calidad ó condición que sea, que el dicho
Landgrave no deba hacérsele adherente ni embarazar el mandado
de Su Majestad. Y en cualquiera ocurrencia dejar el paso por
sus tierras y fortalezas á quien Su Majestad mandare.
Que él revocará todos los vasallos y subditos suyos los cua-
les sirven y sirvieran de aquí, adelante contra Sus Majestades,
y á todos los que en esto fueren desobedientes á tal revocación,
que si no comparecieien dentro de catorce días les confisquen
todos sus bienes á servicio y provecho de Su Cesárea y Cató-
lica Majestad ; pero reservando el derecho que tendrá el dicho
Landgrave á los feudos de los antedichos desobedientes.
Y que por remediar en parte los castigos (sic: debe ser gas-
ios) que por su causa Su Majestad ha hecho, que sea obligado
de darle 150.000 florines pagados en esta ciudad de Hala,
100.000 dentro de tres semanas, después de la data de la capi-
tulación, y los demás en término de cuatro semanas después
de la dicha paga. Y aún, según los grandes daños y gastos que
él ha causado, él merecería dar mucho más, todavía no siendo
en su poder de dar mayor suma, suplica á Su Majestad se
contente de lo antedicho-.
Que el dicho Langrave debe luego allanar la fortificación
de todas sus tierras y fuerzas Ilecto, Zigeon (ó Braniente, Cas-
— 45 -
fel), suplicando á Su Majestad le quiera de las dos dichas fuer-
zas dejar una para su habitación y aseguración, ofreciéndose
y prometiendo de mandar siempre jurar á los Capitanes y sol-
dados que él tuviere en la dicha fuerza que serán en todo lea-
les á Su Majestad. Y en caso que el dicho Dandgrave hiciese
contra estos artículos ó en otra manera contra Su Majestad,
que deban guardar la dicha fuerza por Su Majestad y echar
al Landgrave de ella.
ítem : que no deba fortificar ni mandar fortificar plaza nin-
guna en sus tierras sin sabiduría y consejo de Su Majestad
Cesárea ó del Rey de Romanos.
Que luego deba entregar toda la artillería, pólvora, pelotas
y otra cualquiera manera de munición que él tiene en su po-
der, de la cual por gracia le dejará lo que le pareciere nece-
sario para la fuerza que le quedare.
Y que deba luego entregar y dar libre al Duque Enrique
de Brancuig y á su hijo todos los que le hubieren prendido
de su parte, y volver al dicho Duque todas sus tierras y con-
certarse con ellos por los daños recibidos, y librar los subditos
del juramento que tienen al dicho L,andgrave de Hesia.
Más ; que si le hubiesen tomado alguna cosa por fuerza al
Administrador ó Gran Maestre de Prusia, ó hecho sin razón ó
á otras personas, que sea obligado á volverles y entregar lo
suyo á todos y no agraviar más á nadie.
Y que el dicho L,andgrave no deba tomar pendencia ni que-
rella contra el Rey de Dinamarca ni otras personas, las cuales
no hubiesen querido en estas guerras pasadas de Alemania se-
guir su mal propósito.
Más ; que todos los presos que ha preso en esta guerra ó de
otra manera tuviese obligados sobre su fe, los mandase sin nin-
gún rescate luego librar.
Que él debe guardar derecho á todos los que á él ó á sus
tierras le pretenden tener, de manera que por los Comisarios
que Su Majestad para esto ordenase se pueda amigablemente
concertar, ó en falta de ellos debe estar á lo que la Cámara del
Imperio conociere justo.
Su Majestad perdona á todos los subditos y criados del di-
— 46 —
cho Eandgrave por sus delitos pasados con que juren y se obli-
guen á la dicha capitulación, lo cual los hijos del dicho Land-
grave que fueren en edad conveniente deban también de rati-
ficar y firmar.
Más; que la nobleza y subditos del dicho Landgrave sean
obligados y juren tener y guardar ni más ni menos que él la
capitulación, con condición que cada vez que el dicho Land-
grave haga contra los artículos susodichos ó de otra manera
contra Su Majestad, que no solamente no le deban consentir
en ello, más aún sean obligados con todo su poder á entregar
su persona en manos de Su Maj estad Cesárea.
Los dos Electores de Sajorna y de Brandamburg y el Duque
Volfgange der Baibrug ( ?) se deben obligar en razonable forma
que los antedichos artículos serán guardados y tenidos, y en
caso que el dicho Landgrave no le quisiese hacer, que los
tres susodichos Príncipes deban juntamente con los subditos
y vasallos del dicho Landgrave, con Ejército poderoso y con
todo su poder, esforzarle y constreñirle á ello y á la obediencia
de Su Majestad.
Dióse esta dicha capitulación firmada y sellada de los dichos
á Su Majestad á los veinticuatro días de Junio de 1547, en el
cual día había venido Landgrave á los pies de Su Majestad á
pedirle perdón (como dicho habernos), y cómo perdonándole la
vida le habían mandado tener preso como estaba en poder de
Juan de Guivara, Capitán en el tercio de Lombardía.
CAPÍTULO V
Cómo el Rey de Romanos, estando en la ciudad de Praga, en
el Reino de Bohemia, tuvo algunos recuentros con los de
la ciudad, donde como fuesen vencidos, determinaron de ve-
nir á la obediencia del Rey, y Su Alteza los perdonó, dán-
doles ciertos capítulos que cumpliesen, lo cual ellos hicieron.
Partido el Rey de Romanos con su Ejército del campo del
Emperador fué á la ciudad de Praga, á la cual llegó á tres días
de Julio, y halló en ella (que es en el Reino de Bohemia la más
— 47 —
principal) á los ciudadanos con ruin intención y no poca sober-
bia, y Su Alteza los mandó citar para que viniesen á responder
á ciertos capítulos de cosas que ellos habían hecho contra él
Y como se acabase el término de la citación, el Rey lo prorrogó
por otros cuatro días, al, cabo de los cuales comenzaron á tirar
con arcabuces á los del campo de Su Alteza, que estaban de la
otra parte del río Albis (que pasa por medio de la dicha ciu-
dad). Por manera que les fué forzado hacer lo mismo y tocar
al arma, y el Rey dio orden en detenerlos, porque no viniesen
en rompimiento.
A causa de no haber llegado allí el Marqués de Marinan
con su gente, y sabiendo que estaba ya á cuatro leguas de allí,
le envió el Rey su gentilhombre para que diese prisa en su
venida.
Y l.os de la ciudad perseveraron un poco en su propósito,
y no contentos del tirar de los arcabuces, dispararon asimismo
algunas piezas de artillería, con que mataron é hirieron cinco
ó seis personas, y comenzaron á fortificarse á prisa, haciendo
sus reparos, sacando artillería y poniéndola en ellos y en la
puerta de la puente, y enviaron por mucho socorro á los luga-
res comarcanos á la otra parte del río, de los cuales les vino
luego mucha gente y entraron en la ciudad.
Y á esta causa el Rey envió un día, antes que amaneciese,
buen número de caballos húngaros y á Carlos Jaradín con ellos,
para que pasasen el río á vado, y estando de la otra parte les
amonestasen primero que se tornasen á sus casas y que estuvie
sen en ellas en paz, y que no queriéndolo hacer los matasen. Y
siendo ya de día, como los de la ciudad sintiesen la gente de
á caballo, salieron de la otra parte cerca de 1.000 hombres con
sus escopetas y otras armas contra ellos á un cuarto de. legua ;
y como los del Rey les acometiesen, los rompieron á todos y
fueron matando en ellos hasta meterlos por las puertas de la
ciudad, de donde les tiraron con muchos mosquetes y alguna
artillería. Fueron muertos de los bohemios pasados de 250, y
presos hasta 110, y de los del Rey no hubo ningún muerto.
Y con esta mano que se les dio, y con venir luego al medio
día el Marqués de Mariñano con su Infantería, ablandaron mu-
— 48 —
cho y prometieron luego de tornar á quitar la artillería y dejar
sacar bastimentos. Y enviaron á suplicar á Su Alteza les alar-
gase más el término para responder á la citación que les había
enviado. Lo cual fué con astucia y maldad, porque en aquel
medio pensaban proveerse de gentes. Y así escribieron doce
cartas para diversas partes pidiendo ayuda, y de ellas enviaron
solamente tres, de las cuales fué tomada una, aunque después
se arrepintieron y tornaron á revocarlas.
Y el día que se había cumplido el término en que habían
de responder á la citación, fueron al castillo de la ciudad vieja
y nueva y del cía mi dente (sic) hasta 500 personas, pocas más
ó menos, adonde estando el Rey sentado en una sala grande
con los Obispos, Barones y gentileshombres, que había hecho
venir para jueces, les mandó decir que diesen respuesta á la
citación donde ^estaban puestos los artículos de lo que habían
hecho contra Su Alteza. Y ellos por sí y en nombre de sus ciu-
dades respondieron que conocían haber errado gravemente, y
puestos de rodillas le suplicaron los quisiese perdonar. A lo
cual el Rey les mandó responder que ellos sabían bien lo que
habían hecho en su deservicio los días pasados y en aquel tiem-
po. I,o cual por que á todos fuese notorio y manifiesto lo mandó
leer allí, y fué harto más largo y más cumplido de lo que se
les había enviado en la citación. Y acabado de leer, todos pues-
tos de rodillas en tierra, llorando la mayor parte de ellos, tor-
naron á suplicar á Su Alteza les perdonase, tomando por roga-
dores al Infante D. Hernando, su hijo, y al Duque de Augusta
y al de Tejín y á los Obispos y Barones que estaban presentes,
los cuales lo suplicaron al Rey y él les mandó responder que
si tenían alguna cosa que decir en su descargo lo hiciesen. Y
ellos tornaron á pedir lo que antes, y así Su Alteza les mandó
responder que teniendo consideración á los que en su nombre
se lo rogaban les perdonaba y recibía en su gracia, y que él
les daría algunos capítulos que quería que se cumpliesen, y
que mientras se los daba quedasen allí todos detenidos en una
estufa grande que estaba en la misma sala donde los mandó
meter, los cuales apenas cabían. Y después de comer les envió
los capítulos siguientes :
— 49 --
«Primeramente, que quitasen los sellos de la Liga que te-
nían hecha á la primera Dieta que tuviéramos del Reino, con
lo cual nos contentamos, porque entonces nos parece que será
mejor que nos den en nuestras manos todos los privilegios que
tienen para reformarlos y quitar los que fuere nuestra volun-
tad y dejar los que nos pareciere, porque á la verdad hay al-
gunos que es necesario que tengan.
Que nos den asimismo todos los privilegios de los oficios,
que son muchos á causa de hartos males y desórdenes.
Que nos den todas, las rentas, castillos, vasallos, para que
sean nuestros de aquí adelante.
Que nos otorgvten todas las letras y escrituras de Ligas y
Confederaciones é inteligencias que tienen hechas con el Juan
Federico ú otra persona cualquiera, entre las cuales pensamos
hallar algunas que sean bien á propósito.
Que el servicio de la cerveza que nos habían concedido por
tres años, sea perpetuo para siempre.
Que nos den toda la artillería y municiones que tienen para
traer al Castillo, sin que les quede ninguna, y que todas las
armas que hubiere y tuviere cada uno (de espada á fuera) las
pongan en la casa de la ciudad para que hagamos de ellas lo
que fuere á nuestra voluntad y servicio. Y que habiendo cum-
plido todo esto estaremos contentos de perdonar á todo el pue-
blo, excepto algunas personas que queremos castigar, porque
era necesario para la justicia».
Y como los dichos capítulos fuesen vistos por ellos, aunque
les parecieron muy graves, al cabo dijeron que los concedían
y tenían por buenos, pero que sería menester proponerlos al
pueblo, y para ello mandó Su Alteza soltar hasta 40 ó 50 per-
sonas para que entendiesen en la ejecución de ellos. Y como el
pueblo los viese los aceptó todos y entregaron sus privilegios
lo más presto que pudieron, y llevaron asimismo mucha parte
de la artillería, y se pusieron las armas de toda la ciudad en
la Casa, según Su Alteza les pidió.
Y así fueron cumplidos los capítulos y sueltas las personas
que estaban detenidas en el entretanto se ejecutasen. Y des-
pués que todo fué cumplido, acabó Su Alteza de juzgar aquel
— 50 -
Reino, y en los libros y privilegios que se hallaron en el archivo
que estaba en la ciudad de Praga (que es la cabeza del Reino),
los cuales se dieron á Su Alteza. Por el concierto que entre ellos
se había hecho se halló el fundamento de aquel Reino, y como
los Reyes sucedían jure hereditario y no por elección como los
bohemios pretendían y habían pretendido muchos años había,
haciendo guardar este privilegio á los Reyes que ellos elegían.
Y lo mismo había hecho al Rey de Romanos, el cual estableció
por virtud de dichos privilegios que el Reino de allí en adelante
sucediese á hijos y herederos del Rey que fuese de Bohemia,
como antiguamente se hacía. Y arjlicó á su fisco grandes ren-
tas de la ciudad y de otros lugares y caballeros del Reino que
habían sido rebeldes.
Y Su Majestad dio al Rey de Romanos los mineros de plata
que tenía el Duque de Sajonia en los confines del dicho Reino,
que eran de mucho valor. Por manera que acrecentó el Rey
de Romanos y de Bohemia en el dicho Reino más de 500.000
ducados de renta cada año, y mandó hacer justicia de muchos
que habían sido llamados culpados en el levantamiento que
habían hecho y dio á los bohemios leyes nuevas y manera cómo
habían de vivir en toda buena policía.
CAPÍTULO VI
De las sesiones y cosas que en este año se hicieron y fueron
determinadas en el Concilio que se celebró en la ciudad de
Trento.
Primeramente se celebró el decreto de la sexta sesión acerca
de la Justificación á 13 de Enero, en el cual determinó el Sa-
crosanto Sínodo que cada uno conociese y confesase que como
todos los hombres hubiesen perdido el estado de la inocencia
por la prevaricación de Adán y quedasen sucios y por natu-
raleza hijos de ira y siervos del pecado debajo del poderío del
diablo y de la muerte, y no solamente las gentes por naturaleza,
mas aún los judíos (según lo que Moisés decía) no podían de
— 51 -
■«lio ser librados ni levantarse, aunque en ello no se hubiese
perdido el libre arbitrio. Por lo cual el Padre Celestial había
enviado á Jesucristo, su Hijo, á los hombres, el cual estaba
declarado y prometido antes y en tiempo de la ley por muchos
Santos Padres. Como viniese la hora y cumplimiento del tiempo
para que pudiese redimir á los judíos que estaban debajo de la
ley y á las otras gentes que no seguían justicia para que la
tomasen y recibiesen todos y se hiciesen hijos por adopción.
Y aunque fuese muerto por todos, no por eso todos recibían
el beneficio de su muerte, sino sólo aquellos á quien era comu-
nicado el mérito de su pasión, porque como en la verdad si los
hombres no nacieran de la simiente de Adán no fueran injus-
tos con el derramamiento de su simiente, y mientras fueron
concebidos por él contrayeron la justicia. Y así mientras no
fueren tornados á renacer por Cristo nunca serán justificados,
al cual le es atribuido por el mérito de su pasión y gracia, con
la cual se hacían justos.
Con las cuales palabras de justificación estaba manifiesto lo
que fuese limpio, de manera que hubiese traslación de aquel
estado en el cual nace el hombre hijo del primer Adán, hasta
■el estado de la gracia y adopción de los hijos de Dios por el
segundo Adán, Cristo Nuestro Salvador. Por lo que se había
•de tener venir la gracia al hombre por Jesucristo ; conviene, á
saber por su llamamiento, por el cual es llamado, no por sus
merecimientos, los cuales de suyo eran contrarios á Dios por
los pecados, y que la gracia les ayudase á convertirse á la jus-
tificación de ellos mismos obrando se dispusiesen, consintiendo
y obrando libremente á la misma gracia, porque tocando Dios
el corazón de un hombre con la lumbre del Espíritu Santo, el
cual no hiciese cosa recibiendo aquella inspiración, aunque la
pudiese desechar de sí,' no por eso podría sin la gracia de Dios
moverse á justicia delante de Él.
Y dispónense á la dicha justicia mientras son como Dios
por la divina gracia por oirle, por el cual conciben la fé y li-
bremente son movidos en Dios creyendo ser verdad lo que di
finamente les es revelado y prometido.
La cual disposición ó preparación conseguía la misma jus-
— 52 —
tificación, la cual no era sola remisión de pecados, mas santifi-
cación, y renovación del hombre interior por la gracia y dones
que por su voluntad recibía, por donde hombre injusto se ha-
bía hecho justo, y de enemigo amigo para ser según esperanza
heredero de la vida eterna. Y las causas de esta justificación
era la final la gloria de Dios y de Cristo y la vida eterna, y
la eficiente Dios misericordioso que limpiaba de su propia vo-
luntad y santificaba, señalando y uniendo con santo espíritu
de promisión, que era la prenda de nuestra heredad, y la me-
ritoria era Nuestro Señor Jesucristo su unigénito hijo por su
muy gran caridad con que nos amaba satisfaciendo por nosotros
á Dios Padre con su santísima pasión en la Cruz, por donde
había merecido la justificación satisfaciendo aceroa de Dios Pa-
dre por nosotros, y la instrumental era el sacramento del bau-
tismo, que era sacramento de la fe, sin la cual ninguno podía
ser justificado. Finalmente, la única y formal causa era la jus-
ticia de Dios, no por la que Fd era justo, sino por la que hacía
justos : conviene á saber por la que después que Él daba se
renovaba en el espíritu de nuestras ánimas, y por la cual ver-
daderamente no solamente nos reputábamos, pero nos llamá-
bamos justos y lo éramos recibiendo justicia cada uno según
su medida, la cual repartía el Espíritu Santo á cada uno como
quería y según la propia disposición de cada uno y según sus
obras, porque ninguno podía ser justo si no le eran comunica-
dos los merecimientos de la pasión de Cristo, la cual se hacía
en esta justificación de limpio mientras era infundida por su
santísima pasión la caridad de Dios por el Espíritu Santo en
sus corazones, donde en la dicha justificación, con remisión dfr
los pecados, todas estas cosas juntamente infusas tomaba el
hombre por Jesucristo, al cual se le ingería Fe, Esperanza y
Caridad ; porque la Fe si no era con Esperanza y Caridad no
venía perfectamente con Cristo ni hacía miembro vivo de su.
cuerpo, por lo cual verdaderamente se decía que la Fe sin obras
era infructífera y muerta y que no valía nada en Cristo ni
circuncisión ni prepucio, sino sola Fe que obraba por Caridad.
Y acerca de lo que decía el Apóstol, justificarse el hombre por
Fe y de gracia haberse de entender. Que somos dichos ser jus-
— 53 —
tincados por Fe, por ser la Fe principio de la salud humana y
fundamento y raíz de la justificación, sin la cual era imposible
agradar á Dios ni venir al gremio de sus hijos. Y que asimismo
decimos ser justificados de gracia, porque ninguna cosa de
aquellas que precedían á la justificación, como era fe y obras,
merecían la gracia de la justificación, porque si era gracia y¿
no era por causa de las obras.
Y aunque era necesario creer que no se habían de remitir
ni nunca fueron jamás remitidos los pecados sino graciosamente
y por la divina misericordia y por Cristo, por lo que ninguno
se había de jactar ni tener confianza ni certidumbre de la re-
misión de sus pecados, lo cual se había de decir ser vano, como
los herejes y cismáticos el día de hoy tenían contra la Iglesia
católica con confianza apartada de toda piedad.
Y así los que eran justificados y amigos de Dios y sus fami-
liares eran renovados de día en día', yendo de virtud en virtud ;
con la fe recibida en la dicha justicia por la gracia de Cristo
■crecían en buenas obras y eran más justificados.
Y que ninguno había de pensar (aunque fuese justificado)
ser reservado de guardar los mandamientos ni usar de aquellas
■cosas temerariamente prohibidas, debajo de excomunión de
los Santos Padres, diciendo los preceptos de Dios no ser posi-
ble guardarlos un hombre justificado; porque Dios no mandaba
lo imposible, mas mandando amonestaba á hacer lo que cada
uno podía, y á pedir lo que no podía y ayudarle para que pu-
diese, y sus mandamientos eran fáciles.
Y que ninguno había de presumir mientras viviese de escu-
driñar el misterio de la divina predestinación para tener ser él
del número de los predestinados, como si fuese verdad que el
justificado no pudiese pecar de allí adelante, y si pecase le ha-
bía de ser concedido el perfecto estado en que antes que pecase
estaba, porque sin especial revelación no se podía saber los
que Dios tiene para sí elegidos. Y que asimismo del don de la
perseverancia, del cual estaba escrito que el que perseverase
hasta la fin sería salvado. Lo cual no se podía saber de otro
sino de aquel que era poderoso para hacer perseverar en el es-
tado de perfección á aquel que en él estaba, y al que caía res-
/
— 54 —
tituirlo en el -mismo estado, y que no tuviese ninguno certi-
dumbre en sí, sino solo Dios.
Y que si después de recibida la gracia de la justificación
cayesen por el pecado, podrían otra vez ser justificados ayu-
dándoles Dios, y podrían tornar á recuperar la gracia perdida
por él sacramento de la penitencia y por los méritos de Jesu-
cristo, porque no era otra cosa justificación sino una separación
de lo que estaba caído.
Y por esta razón si los hombres justificados hubiesen con-
servado perpetuamente la gracia recibida ó hubiesen recuperado
la perdida se habían de proponer las palabras del Apóstol, que
dice : «Si abundáredes en toda buena obra sabed que todo vues-
tro trabajo no es en vano para con el Señor, porque Dios no
era injusto para que se olvidase de vuestra obra y del amor
que mostrastes en su nombre, y no queráis perder vuestra con-
fianza, la cual tendrá grande remuneración. Y por eso los que
bien obrasen hasta la fin y esperaren en Dios, se les prometía
la vida eterna, así como gracia concedida misericordiosamente
á los hijos de Dios á Jesucristo».
Y después de esta católica doctrina, la cual si alguno fiel y
firmemente no recibiere no podrá ser justificado, tuvo por bien
el Santo Sínodo de añadir aquí estos cánones para que no sola-
mente se sepa lo que se ha de tener y seguir, mas lo que t>e.
ha de huir y evitar.
CAPITULO VII
De ciertos cánones que en la sexta sesión fueron aprobados
por el Santo Concilio, los cuales habían sido determinados
por los Santos Padres en los Concilios que habían tenido.
Primeramente, si alguno dijese el hombre poderse justificar
delante de Dios por sus obras, ahora fuesen hechas según
fuerzas de la Naturaleza humana, ahora por doctrina de la ley
sin la divina gracia y por Jesucristo, sea descomulgado.
Asimismo si alguno dijese para esto solo la divina gracia
ser dada por Jesucristo para que el hombre más fácil y justa-
— 55 —
mente pudiese vivir y merecer la vida eterna, como si por solo
el libre albedrío, sin la gracia lo uno y lo otro, con trabajo
y dificultad se pudiese alcanzar, fuese descomulgado.
Si alguno también dijese el hombre poder creer, esperar,
amar y tener verdadera contrición <vomo era obligado) para
que la gracia de la justificación le fuese concedida, y esto sin
prevenir inspiración del Espíritu Santo y su ayuda, fuese des-
comulgado. Y si alguno dijese el libre albedrío del hombie
movido y despertado de Dios no obrar nada, siendo excitado
y llamado, y consintiendo con Dios, el cual le disponía y apa-
rejaba para alcanzar la gracia de la justificación y no poder
disentir (si quisiese) ni hacer ni recibir como en el tiempo que
estaba sin ánima, fuese descomulgado. Y si alguno dijese no
ser en . poder del hombre hacer sus carreras malas, mas antes
malas obras, así como de Dios era obrarlas buenas, y esto no
sólo por remisión, mas antes propiamente y por sí de manera
que fuese obra propia suya, no menos que era el » perdimiento de
Judas y que el llama-miento de San Pablo, fuese descomulgado.
Y si alguno también dijese que todas las obras que eran
hechas antes de la justificación por cualquiera razón ó causa
fuesen hechas verdaderamente ser pecados, por donde mere-
ciesen el odio de Dios, y tanto el pecar más gravemente cuanto
más vehemente se esforzase á disponerse para la gracia, fuese
descomulgado.
Si alguno dijese ser pecado temer el infierno, por el cual
temor ocurríamos á la misericordia de Dios, doliéndonos de
nuestros pecados y apartándonos de ellos, ó hacer á los peca-
dores más peores, fuese descomulgado.
Si alguno dijese el impío ser justificado con solo la fe, así
que entienda no ser necesaria otra cosa para obrar y conseguir
la gracia de la justificación y no ser necesario aparejar ni dis-
poner de su parte y propio motu de su voluntad, fuese des-
comulgado.
Y si alguno dijese que los hombres sin la justicia de Jesu-
cristo, por la cual merecieron ser justificados, ser justos por
ella misma formalmente, fuese descomulgado.
Y si alguno dijese el hombre justificarse ó por sola la retri-
— 56 -
bución de la justicia de Jesucristo ó por sola la remisión de los
pecados sin gracia ni caridad, los cuales fueron infundidos por
ei Espíritu Santo en sus corazones y éste en ellos, ó también
la gracia con la cual somos justificados ser tan solamente un
favor de Dios, fuese descomulgado.
Si alguno dijese la fe que nos justificaba no ser otra cosa
sino confianza de la divina misericordia que perdona los peca-
dos por Jesucristo, ó solamente ser la confianza con lo que era-
•mos justificados, fuese descomulgado.
Si alguno dijese ser necesario á todo hombre para conseguir
remisión de los pecados y creyese cierto y sin ninguna duda
haberle sido remitidos los pecados por causa de su natural fla-
queza é indisposición, fuese descomulgado.
Si alguno dijese el hombre haber sido absuelto de sus pe-
cados y ser justificado por razón que crea de cierto el ser ab-
suelto y justificado no haber sido otro justificado, sino el que
verdaderamente hubiese creído el haber sido justificado, y con
sola esta fe haber conseguido la absolución y justificación,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese el hombre renacido y justificado haber sido
obligado por fe á creer el haber sido justificado y cierto en el
número de los predestinados, fuese descomulgado.
Si alguno dijese y tuviese por cierto aquel gran don inefable
de la perseverancia haberlo tenido él cierto hasta el fin, y esto
sin haberlo alcanzado sin especial revelación, fuese descomul-
gado.
Si alguno dijese no haber acontecido la gracia de la justi-
ficación sino á los predestinados para la vida, y todos los otros
restantes que han sido llamados haber sido de cierto llamados,
pero no haber recibido gracia como hombres predestinados por
poderío divino para mal, fuese descomulgado.
Si alguno dijese los preceptos de Dios haber sido imposi-
bles de guardarse, no sólo al hombre justificado, pero al cons-
tituido en gracia, fuese descomulgado.
Cualquiera que dijese no habernos sido mandado en el Evan-
gelio otra cosa más de la fe y todas las otras cosas de más
haber sido diferentes ni haber sido preceptos ni prohibiciones,
— 57 —
mas cosas libres y no pertenecer á los cristianos los diez man-
damientos, fuese descomulgado.
Cualquiera que dijese, por más justificado y perfecto que
fuese un hombre, no haber sido obligado á guardar los manda
mientos de Dios y de la Iglesia, mas solamente á creer como
que lo que nos haya sido prometido por el Evangelio fuese una
promesa desnuda y absoluta de la vida eterna, sin condición
alguna de guardar los mandamientos, fuese descomulgado.
Cualquiera que dijese el que ha sido justificado haber po-
dido perseverar sin especial socorro de Dios en la justicia re ■
cibida ó no poder perseverar en el dicho socorro, fuese desco-
mulgado.
Si alguno dijese el hambre que una vez había sido justifi-
cado no poder pecar más ni perder la gracia, y asimismo que
él cayese y pecase nunca verdaderamente haber sido justifi-
' cado, ó por el contrario, haber podido evitar quitar los pecados
veniales que en la vida había cometido sin ayuda especial de
Nuestro Señor, así como la Santa Madre Iglesia lo tenía de
Nuestro Señor, fuese descomulgado.
Si alguno dijese no haberse podido conservar la justicia
recibida ni -menos haberse aumentado por buenas obras hechas
delante de Dios, sino las obras haber sido fruto tan solamente
de la justificación alcanzada y no haber sido causa de su au-
mentación, fuese descomulgado.
Si alguno dijese haber pecado el justo en cualquiera buena
obra ó venial ó mortalmente, y por ello haber merecido penas
eternas, y por solo esto no haber sido condenado, porque Dios
aquellas obras no las había imputado para su condenación,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese los justos por las buenas obras que en el
servicio de Dios hubiesen hecho, haber de esperar de Dios la
perdurable recompensa por su misericordia y merecimientos
de Cristo, si hubiesen perseverado siempre obrando bien y
guardando los divinos mandamientos hasta la fin, fuese desco-
-mulgado.
Si alguno dijese que perdida la gracia por el pecado haberse
asimismo perdido la fe siempre, ó la fe que ha quedado no ser
— 58 —
verdaderamente fe, aunque no haya sido vana, y también que
el que hubiese tenido fe sin caridad no haber sido cristiano,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese no haber ningún pecado mortal sino de
infidelidad, y no haber otro .más grave que el de la infidelidad,
y haberse perdonado el pecado después de una vez haber íeci-
bido gracia, fuese descomulgado.
Cualquiera que dijese aquel que después de haber sido bau-
tizado hubiese caído y no haber podido levantarse del pecado
por la gracia de Dios, ó ya que pudiese con sola la fe haber
podido recuperar la justicia perdida sin el sacramento de la
penitencia, así como lo tenía la romana y universal Iglesia
instituida por Jesucristo y por sus Apóstoles y lo ha confesado,
guardado y enseñado hasta ahora, fuese descomulgado.
Si alguno dijese el justo pecar cuando hubiese obrado por
intento de haber conseguido la vida eterna, fuese descomulgado.
Si alguno dijese las buenas obras del hombre justificado
haber sido así dones de Dios, de •manera que no hayan sido
bienes merecidos del bien justificado ó el mismo justificado
por buenas obras que hayan sido hechas por él por la gracia
de Dios y por méritos de Jesucristo, no haber merecido ver-
daderamente aumento de gracia y vida perdurable y la con-
secución de la dicha vida eterna y ta-mbién el aumento de la
gloria, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que después de haber recibido la gracia
de la justificación así serle remitida la culpa á cualquier peca»
dor que hiciese penitencia y serle quitada la culpa de la pena
eternal, de manera que no quedase ninguna culpa para en pago
de la pena temporal, así en este siglo como en el venidero, y
en el purgatorio (pie antes que subiese al reino de los cielos,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese por esta doctrina católica de justificación
declarada en este Santo Sínodo por el presente decreto haber
sido derogada por alguna parte la gloria de Dios por los mere-
cimientos de Jesucristo Nuestro Señor, mas antes no haber
sido ilustrada la verdad de nuestra fe y también de Dios- y la
gloria de Jesucristo, fuese descomulgado.
59
El decreto de los sacramentos de la Iglesia, que fué hecho en
el Santo Sínodo en la siete sesión, á 3 de Marzo de 1547.
Después que el Sacrosanto Sínodo hubo tratado de la salu-
dable doctrina de la justificación, le pareció ser conveniente
tratar de los santísimos sacramentos de la Iglesia, por los cua-
les toda verdadera justicia ó comienza ó después de comenzada
se aumenta ó después de perdida se repara, y llegándose á la
doctrina de las sagradas letras y traducciones apostólicas y al
consentimiento de los otros Concilios y Santos Padres, deter-
minó que fuesen establecidos estos presentes cánones, y que
los otros que faltaban para perfección de la obra saldrían á
luz adelante mediante la voluntad de Dios Nuestro Señor.
Si alguno dijese que los sacramentos de la nueva ley no
fueron constituidos por Jesucristo Nuestro Señor, ó ser más ó
menos que siete, conviene á saber : bautismo, confirmación,
eucaristía, penitencia, extremaunción, orden y matrimonio, ó
alguno de estos siete no ser verdadero y propiamente sacra-
mento, fuese descomulgado.
Si alguno dijese los sacramentos de la nueva ley no diferir
de los sacramentos de la vieja ley, sino que eran otras cere-
monias y ritos extraños, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que estos siete sacramentos ser entre sí
iguales, que por ninguna razón uno fuese más digno que otro,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese los sacramentos de la nueva ley no ser
necesarios para la salvación, mas superfluos y sin ellos, ó por
su voto por sola fe poder alcanzar los hombres de Dios gracia
de justificación, aunque todos y cada uno de ellos no fuesen
necesarios, fuese descomulgado.
Y si alguno dijese estos sacramentos haber sido instituidos
para aumento de sola la fe, fuese descomulgado.
Y si alguno dijese los sacramentos de la nueva ley no tener
la gracia que significaban, ó la propia gracia no traer estorbo
á los que no se confesaban y fuesen recibidos casi tanto como
señales exteriores por fe de gracia ó de justicia y como algunas
— 60 —
señales de perfección cristiana, con las cuales cerca de los hom-
bres fuesen discernidos los fieles de los infieles, fuese desco-
mulgado.
Si alguno dijese no ser dada gracia siempre y á todos por
los dichos sacramentos cuanto fuese de parte de Dios, aunque
los recibiesen según orden más alguna vez y algunos, fuese
descomulgado.
Si alguno dijese que los sacramentos de la nueva ley no
daban gracia ex opere opéralo, mas bastar solamente la fe de
la promisión divina para alcanzar la gnacia, fuese descomul-
gado.
Si alguno dijese que en los tres sacramentos, conviene ú
saber : bautismo, confirmación y orden, no ser imprimido el
carácter en el ánima (que es cierta señal espiritual, que no se
puede quitar), los cuales no se podían reiterar, fuese desco-
mulgado.
Si alguno dijese todos los cristianos tener poder en la pa-
labra y en administrar todos los sacramentos, fuese descomul-
gado.
Si alguno dijese que en los ministros mientras celebran y
dan los sacramentos no requerirse á lo menos intención de
hacer en tal acto lo que hace la Iglesia, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que el ministro estando en pecado mortal,
por manera que hubiese guardado todas las cosas esenciales que
pertenecen al celebrar y dar el sacramento, no aprovechar ni
celebrar, fuese descomulgado.
Si alguno dijese las reglas recibidas y aprobadas por la
Iglesia Católica en la administración solemne de los sacramen-
tos acostumbrados á ser añadidos ó ser menospreciados, ó ser
dejados por voluntad de los ministros sin pecado, ó poder ser
mudados en otros nuevos por cualquier prelados de las iglesias,
fuese descomulgado.
Acerca del bautismo.
Si alguno dijese el bautismo de San Juan haber tenido la
misma fuerza que el de Cristo, fuese descomulgado.
Si alguno dijese el agua verdadera y natural no ser de ne-
•'.
- 61 —
cesidad del bautismo, y que por esto aquella palabra de Nues-
tro Señor Jesucristo : «Si alguno no fuere renacido del agua
y del Espíritu Santo, la retorciese á alguna metáfora», fuese
descomulgado.
Si alguno dijese en la Iglesia romana no ser verdadera la
doctrina del sacramento del bautismo, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que el bautismo era dado por los heréticos
en el nombre del Padre, é Hijo, del Espíritu Santo, con inten-
ción de hacer lo que la Iglesia hace, no ser verdadero bautismo,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese el bautismo ser libre, conviene á saber,
no ser necesario para la salvación, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que el que es bautizado que no podría,
aunque quisiese, perder la gracia en cualquiera manera que
pecase cuanto quisiese si' no quisiese creer, fuese descomulgado.
Si alguno dijese los bautizados ser hechos deudores por el
bautismo de tan sola la fe y no para guardar toda la ley de
Dios, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que los bautizados ser libres de todos los
preceptos de la Santa Madre Iglesia, así de los escritos como
los que no fueron traspasados, de manera que no sean tenidos
de guardarlos si ellos de su voluntad no quisiesen someterse á
ellos, fuese descomulgado.
Si alguno dijese así haber de ser tornados á llamar otra vez
los hombres á la memoria del bautismo recibido y á todos los
votos que se hacían después del bautismo y entendiesen ser va-
nos por fuerza del procedimiento ya hecho en el bautismo, casi
fuesen apartados por estas cosas y por la fe que profesaron
en el mismo bautismo, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que todos los pecados que fueron hechos
después del bautismo por la sola memoria y fe del bautismo
recibido, ó ser perdonados ó hacerse veniales, fuese desco-
mulgado.
Si alguno dijese que el verdadero bautismo dado según
orden se ha de reiterar á aquel que hubiese negado la fe de
Cristo acerca de los infieles volviéndose á penitencia, fuese
descomulgado.
— 62 —
Si alguno dijese que los niños que no tienen habilidad para
creer tomando el bautismo no haber de ser computados entre
los infieles, por lo cual cuando viniese á los años de discreción
haberse de tornar á bautizar ó ser necesario dejar su bautismo,
el cual ellos recibieron no actualmente creyendo ser bautizados
en sola la fe de la Iglesia, fuese descomulgado.
Si alguno dijese que los dichos niños cuando viniesen á
estado de mancebos á vez de ser preguntados si quisiesen tener
por bien lo que sus padrinos en sus nombres prometieron
cuando fueron bautizados, y ellos respondiesen que no, se hu-
biese de dejar á su arbitrio, y no habérseles de dar otra pena
para constreñirlos á la vida cristiana, sino que fuesen prohi-
bidos de tomar el sacramento de la eucaristía y los otros sacra-
mentos, fuese descomulgado.
Acerca de la confirmación.
Si alguno dijese la confirmación de los bautizados ser cere-
monia ociosa y no verdadero y propio sacramento, ó que en
otro tiempo no hubiese sido otra cosa que cierta instrucción
con la cual los que estaban cercanos á la adolescencia manifes-
taban la razón de su fe delante la Iglesia, fuese descomulgado.
Si alguno dijese pecar contra el Espíritu Santo aquellos que
atribuían alguna virtud al sagrado cisma de la confirmación,
fuese descomulgado.
Si alguno dijese que el ordinario ministro de la santa con-
firmación no ser solo el Obispo, sino cualquiera otro simple
sacerdote, fuese descomulgado.
Cánones renovados para reformación de la Iglesia.
El Santo y Sagrado Sínodo, entendiendo proseguir lo co-
menzado acerca de la reformación de la Iglesia y religión cris-
tiana, determinó de estatuir los cánones siguientes, salva la au-
toridad de la Sede Apostólica en todas cosas.
Primeramente que á ninguno sea dado regimiento de igle-
sias catedrales que no fuese de legítimo matrimonio y de edad
— 03 —
madura y de letras y ciencia, conforme á la constitución de
Alejandro III, promulgada en el Concilio Lateranense.
Que ninguno de cualquier dignidad, grado y preeminencia
que fuese presuma de recibir ó juntamente retener muchas me-
tropolitanas ó catedrales iglesias en título ó encomienda ó en
cualquiera otro nombre contra lo instituido en los sacros cá-
nones, teniéndose por muy dichoso regir una iglesia, bien y
fructuosamente para provecho de las ánimas que le son enco-
mendadas.
Y el que tuviere muchas iglesias contra el tenor del de-
creto reteniendo en sí una cual él más quisiere, las demás per-
teneciesen á proveerse á la libre disposición de la Sede Apos-
tólica dentro de seis meses, y haciendo lo contrario fuesen
tenidos á dejarlas dentro de un año, y de otra manera de las
dichas, excepto la que últimamente hubiese alcanzado, todas
las demás tenga creído que se han de vacar.
Y los beneficios inferiores, principalmente los que tenían
curas de ánimas, se hubiesen de ejercitar por personas hábi-
les y dignas y que residiesen en el mismo lugar, y que ellos
mismos tuviesen este cuidado, conforme á la constitución de
Alejandro III y á la de Gregorio X, y siendo hecha de otra
manera la colación ó provisión fuese en sí ninguna, y el or-
dinario que diese el dicho beneficio supiese que incurría en
las penas del Concilio general.
Y cualquiera que de aquí adelante recibiese muchos bene-
ficios curados, ó por otra manera incompatibles beneficios
eclesiásticos habidos por vía de unión por su vida ó por enco-
mienda perpetua ó por cualquier otro nombre y título contra
la forma de los sacros cánones y principalmente de la constitu-
ción de Inocencio itl y que por vigor de la dicha constitu-
ción fuese privado de ellos.
Que los ordinarios de los lugares compeliesen á cualquiera
que tuviese muchos beneficios curados, ó de otra manera bene-
ficios incompatibles eclesiásticos, á que diesen sus dispensa-
ciones y que procediesen conforme á la constitución de Gre-
gorio X. Y que los dichos ordinarios proveyesen por diputa-
ción de Vicarios idóneos y congruente asignación de la porción
— 64 —
de los frutos. Y en ninguna manera fuese menospreciado el
cuidado de las ánimas y los beneficios no fuesen defraudados
de los debidos oficios, y que pudiesen ser examinados de los
ordinarios, así como delegados de la Sede Apostólica, las ape-
laciones, privilegios y cualesquier exenciones con especial di-
putación de jueces é inhibiciones de ellos y uniones perpetuas
hechas de cuarenta años á esta parte. Y los que por vía de
robo y fuerza los hubiesen alcanzado fuesen declarados por nin-
gunos. Y las que constase ser hechas, y aquellas que de allí
adelante á instancia de cualquiera se hiciesen, si no fuesen con-
cedidas por causas legítimas ó razonables, llamados delante del
ordinario del lugar á quien pertenecía la averiguación, se pre-
sumiesen ser poseídas subrepticiamente, si no fuese determinada
otra cosa por la Sede Apostólica.
Y cualesquier beneficios eclesiásticos curados que se halla-
sen perpetuamente anejados á iglesias catedrales ó colegiales ó
otras iglesias ó monasterios ó beneficios ó colegios ó lugares
píos, fuesen visitados cada uno un año por los ordinarios de los
dichos lugares, los cuales solícitamente curasen y proveyesen
que fuesen servidos por Vicarios idóneos perpetuos, según pa-
reciese convenir para el buen regimiento de las dichas iglesias,
dándoles la tercera parte de los frutos del tal beneficio, ó más
ó menos conforme al arbitrio de los ordinarios, por manera
que fuese bien servido, no obstante cualesquier apelaciones,
privilegios, exenciones y diputación de jueces é inhibiciones de
ellos.
Y que los ordinarios de los lugares fuesen obligados á visi-
tar cada año cualesquier iglesias en cualquiera manera exentas
por la autoridad apostólica, y proveyesen de oportunos reme-
dios del derecho para que fuesen reparadas las cosas que hu-
biesen menester reparación, y no fuesen defraudados los oficios
necesarios en el regimiento de las iglesias, excluidas del todo
las apelaciones, privilegios, costumbres prescriptas de tiempo
inmemorial y diputaciones de jueces é inhibiciones de ellos.
Y que no fuese lícito á los Capítulos de las iglesias (siendo
Sede vacante) dar licencia ó letras dimisorias ó reverendas
desde el día de la vacatura del ordinario hasta un año, así según
— 65 —
la disposición del derecho común como de otro privilegio, ó de
costumbre ó fuerza, si no fuesen constreñidos por ocasión de
algún beneficio eclesiástico recibido ó por recibir. Y si el Ca-
pítulo hiciese lo contrario, le fuese puesto entredicho eclesiás-
tico. Y si fuese constituido en menores órdenes sin ningún
privilegio clerical, gozasen de la exención de las cosas crimi-
nales. Y los que en mayores órdenes constituidos quedasen
suspensos en la ejecución de las órdenes á la voluntad del Pre-
lado que viniese. Y que las licencias de no poder mudar, con-
cedidas por solo un año, no se extendiesen á más, salvo en
los casos declarados por derecho.
Y los que fuesen presentados ó elegidos ó nombrados por
cualesquier personas eclesiásticas (aunque fuesen por Nuncios
de la Sede Apostólica) á cualesquier beneficios eclesiásticos, no
fuesen instituidos ni confirmados en ellos ni fuesen admitidos,
aunque so color de algún privilegio ó costumbre prescripto de
inmemorial tiempo, si no fuesen hallados primero idóneos por
los ordinarios, y no les valiese ninguna apelación para que no
fuesen examinados, exceptos los presentados y elegidos ó nom-
brados de las Universidades y Estudios generales.
Y que las licencias de promover á cualquiera no valiesen
sino á los que tuvieren causa legítima declarada en la dicha
licencia, por lo cual no pudiesen ser ordenados de los propios
Obispos, y entonces que se hubiesen de ordenar de Obispo que
residiese en su diócesis ó de otra cualquiera que diese órdenes
por él, habiendo precedido examen riguroso.
Y por que en las causas de los exentos había constitución
del Papa Inocencio III, que comenzaba: «Noblentes (?) y el
vSacro Sínodo determinó de innovarla é innovó añadiendo sobre
ello que en las causas civiles de los mercenarios y miserables
personas clérigos, regulares y seglares neceitados que andaban
fuera de los monasterios en cualquiera manera exentos, aunque
tuviesen cierto juez de su parte diputado por la Sede Apostó-
lica, y en los otros si no tuviesen el dicho juez, fuesen compeli-
dos \T constreñidos de lo que acerca de su regla eran obligados
á pagar la deuda delante de los ordinarios, así como delegados
de la Sede Apostólica, no valiéndoles en ninguna manera acerca
— 66 —
de lo dicho privilegios, exenciones, diputaciones de conserva-
dores é inhibiciones».
Y que procurasen los ordinarios que los hospitales fuesen
gobernados diligente y fielmente de sus administradores, como
quiera que fuesen, exceptos en cualquiera manera por la cons-
titución del Concilio Vienense, la cual constitución determinó
de innovar el Sínodo y la innovó con las derogaciones en ella
contenidas.
Decreto de ¡a reformación hecho el año 1547, á 13 de Enero.
El Santo y Sagrado Concilio amonestó y dio por amones-
tados los Patriarcas, Primados, Metropolitanos é Iglesias ca-
tedrales, Prefectos y de cualquier título ó nombre que fuesen,
que tuviesen cuidado y vigilancia de todos sus subditos, y que
pues Dios los había constituido sobre ellos para regir la Iglesia,
la cual Él había redimido por su propia sangre, no destrayén-
dose (sic) por cortes de Príncipes eclesiásticos y seglares, ó
en negocios temporales, menospreciando el residir en sus Obis-
pados.
Y tuvo por bien el Sagrado Sínodo de establecer los antiguos
cánones, los cuales por causa de los tiempos casi estaban
fuera de la costumbre acerca de los que no residían. Y por vir-
tud del presente decreto innovó, y para más firmeza de su re-
sidencia y para más reformar las costumbres en la Iglesia, los
estatuyeron y confirmaron en la manera siguiente :
Y si alguno se ausentase de su patriarcado ó primado, ó de
su iglesia metropolitana ó catedral por seis meses continuos con
cualquier título, causa ó nombre ó cometida por derecho de
cualquier grado, dignidad y preeminencia que fuese por legítimo
impedimento, no habiendo causas justas y suficientes; incu-
rriesen luego en perdimiento de lia cuarta parte de los frutos
de un año, la cual fuese aplicada por el superior eclesiástico
para la fábrica de la iglesia del dicho lugar. Y si perseverasen
por otros seis meses en la misma ausencia, perdiese la otra
cuarta parte de los frutos, aplicada para lo mismo. Y si cre-
ciese su contumacia fuese castigado por la rigurosa censura
de los cánones.
— 67 —
Y que estando ausente el Metropolitano, el Obispo á él su-
fragáneo más antiguo residiendo, que le pudiese mandar que
residiendo so pena de entredicho no entrase en sus iglesias por
tres meses, y fuese obligado de denunciar al Papa por sus le-
tras ó por mensajero' contra los dichos ausentes como fuese su
mayor ó menor contumacia, para que por vía de autoridad
•de la suprema Sede Apostólica pudiesen las iglesias ser pro-
veídas de buenos y provechosos Prelados.
Asimismo mandó que los inferiores de los Obispos que te-
nían beneficios, que requerían personal residencia de derecho
ó de costumbre, ó por título ó encomienda, fuesen compelidos
por convenientes remedios de los sacros cánones de residir
ellos por sus ordinarios como á ellos pareciese convenir
para el buen regimiento de la iglesia y pata aumento del di-
vino culto, considerada la calidad de los lugares y personas,
y que no les valiesen para eximirse de la residencia ningunos
privilegios ni indultos perpetuos de no residir ó de recibir de
los frutos en ausencia, quedando en su fuerza y vigor las in-
dulgencias y dispensaciones temporales de diversas y razona-
bles causas, concedidas y aprobadas legítimamente delante del
ordinario, en las cuales fuese el oficio de los Obispos proveer
en esta parte como delegados de la .Santa Sede Apostólica,
de manera que tuviesen siempre cuidado de nombrar Vicarios
idóneos, dándoles renta suficiente y moderada para que tuvie-
sen cuidado de las ánimas, y que ninguno se pudiese eximir
por privilegios ni exención alguna.
Y que los Prelados de las iglesias entendiesen en corregir
prudentemente los excesos de los subditos, y á ningún clérigo
singular ó regular que anduviese mendigando fuera del mo-
nasterio (aunque pensase que había ele estar seguro) so color
del privilegio de su orden. El cual si pecase pudiese ser punido
y corregido, según los estatutos de los cánones del ordinario
del lugar, así como delegado de la Sede Apostólica.
Y que los capítulos de las Iglesias catedrales y de las demás
iglesias, ni las personas de ellas no se pudiesen defender con
algunas exenciones, costumbres, sentencias, juramentos; con-
cordias las cuales tanto obligaban á sus autores pero no á los
— 68 —
sucesores para que se eximiesen, que no fuesen corregidos,
visitados ni enmendados, según las reglas canónicas y auto-
ridad apostólica, ó por ellos ó por otros cuales á ellos pare-
ciese tantas y cuantas veces fuese necesario.
Y que á ningún Obispo por cualquiera privilegio ó color
sea lícito ejercitar los pontificales en diócesis de otro Obispo
si no tuviese licencia expresa del ordinario del lugar y en per-
sonas sujetas solamente al ordinario. Y si de otra manera lo
hiciese el dicho Obispo fuese suspendido luego del ejercicio
de los pontificales. Y los ordenados fuesen suspensos en cuanto
á la ejecución de las órdenes.
Y á mediado Marzo se deshizo el Concilio, y la ocasión que
hubo para ello fué la principal la voluntad del Papa, que días
ha había enviado cierto camarero suj^o con un acompañado
á Trento para que negociasen con los delegados para que tu-
viesen manera cómo deshacerlo, porque supo que se quería
tratar de la reformación de la Iglesia y de costumbres. Y asi
comenzaron desde entonces los Legados á decir cómo había
pestilencia en aquel lugar y que sería bueno irse á otra parte.
Y la pestilencia era cierta enfermedad que en Italia suele venir
muchos años, que llaman peliche, como de sarna. E hicieron
que Venecia se guardase y no dejase entrar á los de Trento
(á causa de que morían en él). Pero el Cardenal de Trento
les envió á decir que no difamasen su ciudad, sino que envia-
sen á hacer la pesquisa y hallarían estar sana la tierra. Y asi
lo hicieron, y desde ahí en adelante nunca más se prohibieron
de comunicar con los de la ciudad de Trento. Pero como en
este tiempo muriese de modorra un Obispo italiano llamado
(está en claro) de Capacho, del Reino de Ñapóles, los Delega-
dos procuraron que se tuviese congregación, donde "se propuso
la traslación del Concilio á la ciudad de Bolonia, lo cual no
causó pequeñas diferencias entre los Ob'spos, tanto que se
tornó á hacer congregación otro día siguiente sobre el mismo
negocio, y tan de veras y con tanta instancia, que se mandó
— 69 —
llevar plumales y mitras pfera hacer luego la traslación y se-
sión ; pero no fué posible, porque tornó á haber votes diversos,
y en allegar causas y razones de la una parte y de la otra
se tardaron dos horas después de medio día. Y el viernes 22 del
dicho mes se tornaron á juntar, y se celebró la traslación del
Concilio á la ciudad de Bolonia, después de dicha la misa del
^Espíritu Santo, y hechas las ceremonias acostumbradas el Car-
denal de Monte, primer Presidente, propuso la partida, y dijo
las razones y causas que le movían á hacerla lo mejor que supo.
Y luego se leyeron ciertas informaciones que se habían tomado
de la poca salud del pueblo y pareceres de los médicos. Y des-
pués votaron todos por su antigüedad como solían. Por manera
que hubo 38 votos que consentían y aprobaban la traslación >
y 14 en contrario, los cuales protestaron muy reciamente y con
gran libertad ante Dios y el Santo Concilio, que no eran de
voto ni parecer que se mudase á otra parte, sino que se aca-
base en la dicha ciudad, pues las enfermedades no eran tantas
que hubiesen de bastar á hacer tan gran novedad en negocio
tan grave, mayormente estándose Alemania en lo de la fe
(como de antes) y ser Trento lugar elegido y nombrado por
el Papa y los Príncipes cristianos para efecto del reducimiento
de los alemanes, y que primero era razón que lo consultaran
con Su Santidad y Majestad. Pero no obstante esto, se deter-
minó la traslación y celebración del Concilio de la octava se-
sión en Bolonia para 21 de Abril, diciendo que por causa de
las enfermedades y dolencias les faltarían en breve los man-
tenimientos, por lo que los Prelados se irían poco á poco, á
cuya causa convenía trasladarse á Bolonia. Y que si después
fuese necesario para las cosas de Alemania tornar á volver á
la dicha ciudad, se haría fácilmente consultando sobre ello á
Su Santidad y al Emperador.
Y á 23 de Marzo, sábado, 110 quedó ninguno en lia ciudad
de Trento de los que habían votado la traslación ; solos que-
daron el Cardenal, de Jaén y los Obispos de Badajoz, Calaho-
rra y Astorga, Huesca, Canaria y de Cerdeña y el Obispo de
Alguer y el de Megara y el de Callar y el de Castellamar y
de Lauchano (en el Reino de Ñapóles) y el Arzobispo de Pa-
— 70 --
lermo y los Obispos de Fesuli y et de San Marcos italianos,.
y el Obispo de Porto en Portugal.
CAPÍTULO VIII
De las Corles que el Emperador mandó hacer en la ciudad de
Augusta, donde vinieron todos los Electores y muchos otros
Príncipes y Prelados y Procuradores de las ciudades del
Imperio. Y las cosas que por Su Majestad fueron propues-
tas en las dichas Cortes.
Arriba dijimos cómo estando el Emperador en la ciudad de
Nuremberg, habiéndose allí compuesto todas las ciudades marí-
timas, viendo la poca salud que había en la ciudad de Ulma,
determinó de venirse á la de Augusta para tener allí las Cor-
tes que pensaba hacer en Alemania, en la cual entró por el
mes de Agosto, é hizo llamamiento de Cortes á i.° de Septiem-
bre. Y vinieron á ella los seis Electores, conviene á saber : de
los eclesiásticos Sebastián, Arzobispo de Maguncia, y Juan,
Arzobispo de Trever ; Adolfo, Arzobispo de Colonia, y de los
seglares Federico, Duque de Baviera, y Mauricio, Duque de
Sajonia, y Landgrave de Turingia, y Joaquín, Marqués de
Brandamburg. Vinieron asimismo otros Príncipes eclesiásticos
y seglares, como fueron el Cardenal y Obispo de Trento, y el
Arzobispo de Salsburg, y los Obispos de Viasburg, Constan-
cia y el de Augusta, y los Condes de Fustemberg y de Sol-
mes, y de Brestain, y Guillermo de Balburge. Asimismo otros
muchos Obispos que estaban ausentes enviaron sus Embajado-
res, y lo mismo hicieron otros señores de Alemania sujetos
al Imperio, como fueron el Duque de Vitemberg y el de Sa-
boya, y el Bulgravio de Misna, y los Condes de Nasao y de
Otuguen, Regastain y de Uldemburg, y el Barón de Limburg.
Y de las ciudades vinieron Embajadores de Colonia, Aquis-
grán, Maguncia, Vormes, Espira, Franfordia, Bairenburga ,
Ratisbona, Xumberga, Ulma y otras.
Los cuales como fueron juntos en la ciudad de Augusta ,
fué Su Majestad con ellos un día á la Casa de la ciudad, á
-, 71 —
donde estaba aderezado muy ricamente su asiento y el de los
Electores y de los otros Príncipes y Prelados del Imperio, ante
los'' cuales Su Majestad mandó leer la proposición siguiente:
El Emperador hace declarar á los Estados del Sacro Impe-
rio, que piensa que tendrán memoria de su paterna afición y
solicitud continua que ha tenido de los negocios y cosas to-
cantes á esta Germania desde el principio de su Imperio hasta
ahora, y que siempre ha buscado todas las vías posibles para
que en todo el dicho Imperio hubiese paz, justicia, reposo y
unión, y que la policía y buenas ordenanzas se hiciesen y ob-
servasen, y que para esto Su Majestad muchas veces dejando
sus Reinos y Señoríos patrimoniales con riesgo de su persona,
y no embargante sus malas indisposiciones y aun grandísimos
gastos y daño de las dichas sus tierras, Reinos y Señoríos (de
las cuales hay algunos años que está ausente) , ha hecho todo
lo que ha podido y aún más para con expedientes buenos y
amigables medios se pudiese dar remedio á los grandes bulli-
cios y revueltas, y por preservar la dicha nación de inconve-
nientes y peligros en que según la apariencia podía caer.
V aunque Su Majestad tenía esperanza de hallar alguna
oportunidad y expediente para que en fin pudiese librar la di-
cha Germania de los aparentes peligros é inconvenientes y
reducirla' á buena unión y concordia, y para esto había conve-
nido y convocado los Estados en la Dieta que últimamente se
celebró en Wormancia, y que en aquélla no se pudo tomar re-
solución por algunas importantes causas, señaladamente por
la ausencia de la mayor parte de los dichos Estados, había
sido Su Majestad prorrogando la dicha Dieta y transferídola
á la ciudad de Ratisbona, y nombrado el día de los Reyes del
año de cuarenta y seis. Todavía Su Majestad ha hallado en esta
misma no menores dificultades que en la precedente de Wor-
mancia. De manera que habiendo requerido algunos Príncipes
y Electores para que personalmente se hallasen en dicha Dieta
y para que en presencia se pudiesen más fácilmente persuadir
á lo que convenía para la buena y breve dirección de los nego-
cios, y que también persuadiesen á otros á lo mismo con espe-
ranza que al cabo con ser todos presentes se podía acabar todo
— 72 —
de una vez y todo á buena fin y extirpar las divisiones y di-
sensiones, y que Su Maj estad no obstante su indisposición llegó
allí primero que los Estados. Pero con todo esto no vino á
ella sino un solo Elector y pocos otros Príncipes y Estados, y
aun la mayor parte de ellos se fueron de Ratisbona sin esperar
licencia de Su Majestad, y ella viendo esto que no se podían
conveniblemente tratar los negocios por los cuales era indicta
la dicha Dieta sin presencia ele los ausentes, dio también li-
cencia á algunos para que se fuesen.
Y por esto sucedió que por no haber comparecido los Elec-
tores y otros Príncipes y Estados, no se pudo tomar ni tratar
resolución alguna en los negocios más que en Vormes. Y así
quedó entonces sin efecto lo que Su Majestad por su gran afi-
ción que tiene al bien público y reposo y tranquilidad á esta
nación esperaba, y todavía queda con el mismo deseo ni tiene
otro más á pechos que de buscar vías y medios y hacer todo
lo que pudiere para meter y entretener paz y justicia en el Sa-
cro Imperio.
Viendo Su Majestad que las dichas Dietas pasadas, señala-
damente la de Ratisbona, quedaron ilusorias por la contuma-
cia y menosprecio y pláticas intolerables y contrarias, con las
cuales se nabía puesto y se tenía la dicha Germania en turbu-.
lencias y llena de divisiones y violencias y la autoridad impe-
rial intolerablemente ofendida (como todos los Estados saben/,
ella pretendió de poner remedio en esto, como lo declaró é hizo
notificar por sus propios Comisarios, mensajeros y letras á mu-
chos Estados, con declaración general que hizo de su intención
y causa de la empresa y de querer tratar amigablemente el
negocio de la religión. Y pues que Dios por su divina bondad
ha dado á la dicha empresa de Su Majestad el progreso y fin
que todos los Estados saben, de lo cual le dan muchas gra-
cias, ha hecho convocar la presente Dieta para tratar el nego-
cio de la religión y otros puntos concernientes á la entera paci-
ficación, reposo, quietud y tranquilidad del dicho Imperio.
Y porque la diferencia de la religión ha sido y es raíz, fun-
damento y causa de toda la mala ventura que es venida en
esta Germania, y que cada día va de mal en peor, de manera
— 73 —
que si se hubiese de arraigar más y esto se hubiese de sufrir
no se habría de esperar jamás firme paz, quietud ni concor-
dia. Y habiendo Su Majestad ya tanto trabajado por atajar este
grandísimo mal, así con los Estados de la Germania como en
procurar el Concilio (el cual ha sido indicto y convocado en
Trento en la nación Germania), según que los dichos Estados
lo han suplicado, por ende ella tiene por bien y por cosa nece-
saria y está determinada del todo de no más diferir ni remitir
este punto, antes se entiende que se reduzca á final determi-
nación por todas las vías católicas que para esto, se podrán
hallar. Y que en esto se mire desde ahora y con esto firmar
paz y unión y concordia cristiana en esta Germania, con la
cual Dios sea servido y la dicha Germania quede tranquila y
torne á su antigua prosperidad, como ha sido y es siempre la
intención y deseo de Su Majestad.
Y porque haciendo esto, en lo demás se hallan 'harto bas-
tantes las ordenaciones y constituciones del Landfriden, Su
Majestad tiene por bien dejarlo en los términos en que está.
Pero si los Estados piensan ser necesario de remediar ó acla-
rar alguna cosa en ello, Su Majestad holgará de entender el
parecer y aviso de los Estados y no dejar de hacer la provisión
en todo lo que fuese necesario.
Verdad es que para la confirmación de la dicha paz es nece-
sario de haber común é igual justicia, y Su Majestad no en-
tiende de dejar con menosprecio suyo y perjuicio de todos los
Estados y con vergüenza de toda la nación alemana el canter-
gericht más tiempo desproveído y el mundo sin justicia en
manera ninguna. Pero pues que la presentación de los asesores
que otras veces se acordó por muchas causas que intervinieron
hasta ahora fué estorbado, y ahora algunos Príncipes y Esta-
dos y Prelados y ciudades acordaron á Su Majestad de obede-
cer á la justicia que Su Majestad ordenara en el Imperio y de
pagar su rata para el entretenimiento del dicho camergericht ,
Su Majestad requiere á todos los Estados que en beneficio de
obra tanto necesaria y por haber más presto la justicia en el
Imperio, que los Estados remitan la disposición del camerge-
richt por esta vez generalmente y del todo á Su Majestad, y
— 74 — .
tengan por bien de pagar su rata para la sustentación de él.
Y Su Majestad ofrece y entiende de proveer de un camerrich-
ter que sea persona calificada y docta para hacer honra á Su
Majestad y al juicio, y que él haga su deber. Y asimismo que
Su Majestad provea de asesores y de otras personas calificadas
y suficientes, y les hará tomar juramento de hacer justicia
t l
igual y ordinaria á todos.
Y pues por el mucho tiempo que el dicho juicio de la cá-
mara ha sido desproveído se son acumulados infinitos proce-
sos, que el número ordinario de consejeros y asesores no será
bastante para la vista y definición de ellos, así de los viejos
como de los que por apelaciones después serán divolutos, y
los que de cada día sucederán, parece á Su Majestad que sería
necesario de crecer el número á lo menos de hasta diez asesores
supernumerarios, conforme al derecho, leyes, ordenaciones y
constituciones de\ Imperio, de ios cuales diez se podrán tomar
para henchir los lugares que como por semejante causa otra
vez se hizo, los cuales ayuden á la decisión de los dichos pro-
cesos, por 'muerte ó de otra manera vacaren de los ordinarios,
reservando para después á los Estados que tienen derecho de
presentación su derecho de ella, al cual por esta vez sola y de
su consentimiento sería derogado.
ítem : á fin que los Estados no vengan á mayor diferencia
y discordia y pleitos, y por causa de la jurisdicción y bienes
eclesiásticos desposeídos Su Majestad quiere tener por reser-
vado de tratar ahora luego amigablemente entre los Estados,
0
y en caso que no se pudiese hallar concierto, de dar modo y
orden convenible de lo que se ha de hacer en este caso.
Cuanto á la ayuda contra el Turco, de la cual ha sido tra-
tado en las precedentes Dietas, Su Majestad deja esto hasta
la venida del Serenísimo Rey de Romanos, su muy caro her-
mano, el cual en breve llegará aquí, y entonces avisará más
particularmente de la tregua hecha con el dicho Turco, y de
la que se habrá de mirar y proveer en tal caso.
ítem : siendo informado Su Majestad que sea mirado y
practicado entre los Estados de muchos avisos para igualar las
tasas y contribuciones del Imperio y de cómo se podría orde-
— 75 —
nar una general y durable moneda en él dicho Imperio, y ha-
biendo Su Majestad en las Dietas pasadas de Wormancia y Ra-
tisbona pedido la relación de lo que se había avisado en esta,
no alcanzándole aún á esta causa, Su Majestad requiere á los
Estados que le informen acerca de estos puntos en qué térmi-
nos anda el negocio. Y Su Majestad tendrá cuidado de proveer
y procurar todo lo que fuere convenible para la justificación
de las tasas y reformación de la moneda.
Otrosí : Su Majestad Cesárea ha mandado que se miren las
ordenanzas de la policía que los Estados entregaron, avisaron
y entendieron, y Su Majestad en breve declara su voluntad é
intención en este caso.
Por el postrero, aunque Su Majestad tuvo voluntad en al-
gunas Dietas pasadas de entender y determinar las diferencias
de la sesión, pero á causa que los Estados no dieron sus títu-
los y documentos y por otros impedimentos este negocio se ha
quedado hasta ahora, pero al fin que las dichas diferencias que
ya de tanto tiempo acá duran se determinen ya una vez, y
para que haya de allí en adelante entre los Estados mejor vo-
luntad y afección, Su Majestad pide y requiere que los Esta-
dos que tuvieren diferencia alguna en la sesión entreguen luego
todos sus títulos y razones de que se piensan aprovechar, y
Su Majestad después de haberlo visto y examinado todo pro-
veerá y entenderá de componer amigablemente con aviso de
los Estados que no fueren parte las dichas diferencias ó deter-
minarlas de otra manera como conviniere y sea razón.
Allende de esto, pues Su Majestad Cesárea por la afección
paternal y clementísima que tiene á la nación alemana y á los
Estados de ella desea mucho procurar todo aquello que puede
servir y para el bien de ella, y que Su Majestad halla que de
algún tiempo acá contra la costumbre antigua del Imperio se
han tenido muchos apartados por algunos Estados entre sí mis-
mos con diversas persuasiones, y de donde se han sucedido
muchas contrariedades é impedimentos, y muchos han sido di-
vertidos de sus buenas opiniones que antes tenían, allende de
lo que no es lícito en cosas del Imperio que son de tanta im-
portancia, antes cada uno ha de decir y dar su voto y aviso
rr /*
íO —
en el ayuntamiento de todo el Consejo (según la costumbre an-
tigua- de Alemania, y esto según su entendimiento lo mejor
que alcanzaren), y esto á fin que todas las cosas se puedan
acabar tanto mejor y reducir á buen concierto. Por esta causa
Su Maj estad requiere y es su intención que los Estados y cada
uno de ellos se hayan de apartar de semejantes particulares
consejos y persuasiones, y cada uno decir su parecer libre-
mente en ayuntamiento de todo el Consejo y guardar y espe-
rar la resolución sobre ello.
IvO cual todo Su Majestad ha querido notificar á los Estados
como clementísimo Emperador, y requerirlos juntamente con
esto otra vez muy encarecidamente que tomen á pechos todos
los puntos sobredichos y que los piensen y examinen con dili-
gencia y cuidado y se muestren en todo esto según la petición
de Su Majestad y confianza que de ellos tiene, y que usen en
esto de breve tratación con prisa (en cuanto fuere posible), y
Su Majestad tendrá cuidado de reconocer y agradecerlo á los
Electores, Príncipes y Estados, á todos en común y á cada uno
en particutlar, con toda amicicia y clemencia.
CAPITULO IX
De bo que en suma respondieron los Príncipes, Prelados, Con-
des y Barones del Imperio á la proposición que Su Majes-
tad les había hecho.
Después que los Electores, Príncipes y Prelados hubieron
oído lo que el Emperador les había propuesto, le respondieron
que ellos lo verían más despacio y que responderían á Su Ma-
jestad lo que les pareciese. Y con esto salieron aquel día de las
Cortes, en las cuales se juntaron muchas veces, y al cabo de-
terminaron de dar á Su Majestad la siguiente respuesta :
Primeramente dieron muchas gracias á Su Majestad por la
benevolencia que con ellos había usado, ofreciendo de obedecer
á aquélla en todo lo que fuese lícito. Y porque habían diferido
algún tanto la respuesta (aunque no voluntariamente) supli-
— 77 —
caban á Su Majestad les tuviese por excusados, pues no había
sido por su culpa.
Y cuanto al primer artículo de la proposicón, concerniente
á lo de la religión, decían ser á todos manifiesto que no sola-
mente tocaba esta controversia á la Germania, pero aun siendo
común este negocio de la religión á otras naciones. Por lo cual
parecía que no se podía remediar sino con general Concilio,
i
que antes de ahora había sido pedido en muchas Cortes. Y final-
mente, se había alcanzado por Su Majestad que no solamente
se debía continuar el Concilio convocado en la ciudad de Tren-
to, pero aun siendo común este negocio de la religión, que los
otros potentados de la cristiandad, especialmente los Arzobis-
pos y Obispos de Alemania, de donde había nacido esta disen-
sión, interviniesen ellos mismos en el dicho Concilio ó por sus
diputados personas doctas é idóneas, al cual fuesen también
llamados y oídos con suficiente seguridad y salvo conducto de
las órdenes de la confesión Augustana é inducidos por Su Ma-
jestad para que consintiesen en este general Concilio, conmo-
viéndoles á que se sometiesen y obedeciesen á la determina-
ción de él, con condición que si algunos artículos fuesen con-
cluidos, de los cuales no constan fuesen revistos. Y los Estados
de la dicha Augustana confesión oídos sobre ellos enteramente
y entendida la razón de su doctrina que no pareciese haber sido
tratado y determinado el negocio sin oir la parte y con esto
tuviesen causa de excusarse en algún tiempo, esperando que
Dios Nuestro Señor daría su gracia por que su pueblo que
tanto tiempo había que estaba desconsolado y desolado fuese
reducido á la verdadera doctrina.
Cuanto á lo que tocaba á la paz pública, porque Su Majes-
tad admitía que se pudiese rever y mejorar con ofrecimiento de
ayudar en ello de que le hacían muchas gracias, ofreciendo de
elegir y depurar juntamente con los Electores algunas personas
para esta revista como negocio público y provechoso, y decla-
rar á Su Majestad todo lo que en esto pareciese conveniente.
Y aunque la presentación de los asesores del juicio de la
Cámara fuese con grandísimo perjuicio de manera que los Es-
tados con dificultad lo pudiesen conceder á Su Majestad sin
— 78 —
disminución de la autoridad de ellos (atento que todas las or-
denaciones del Imperio les atribuían este derecho desde tiempo
innumerable), y que para este juicio de la Cámara era necesario
diputar hombres no solamente doctos, mas aun expertos, de
todas las religiones y estatutos municipales, lo cual sólo su-
piese hacer cómodamente por los Estados del Imperio y que la
causa moviente á Su Majestad á esta petición suya por la ma-
yor extinta todavía por mostrar su obediencia, y que se viese
como no deseaban sino toda la paz y tranquilidad del Imperio,
consentían que Su Majestad pudiese diputar á los asesores del
juicio de la Cámara con estas condiciones que se seguían.
Es á saber : que el. Emperador por esta vez pudiese de con-
sentimiento de los Estados á Su Majestad concedido constituir
el juicio de la Cámara por personas honestas, hábiles y doctas,
competentes, sabias y calificadas naturales de Alemania y ex-
pertas de las religiones, costumbres y estatutos municipales de
aquélla, con que las dichas personas fuesen obligadas de hacer
el debido juramento conforme á las ordenanzas del juicio de la
Cámara Imperial.
ítem : que Su Majestad quisiese tomar estas tales personas
de los círculos del Imperio conforme á la costumbre que hasta
ahora se había guardado, nombrando y señalando á cada círculo
sus asesores para que faltando alguno de ellos pudiesen los Es-
tados de aquel tal círculo diputar otro en su lugar.
ítem : que en el receso de esta Dieta se proveyese expresa-
mente que esta concesión ó admisión de los Estados no los
perjudicase con ninguna manera á ellos ni á sus privilegios de
derecho ó de costumbre, conforme al ofrecimiento hecho por
Su Majestad en la proposición. Y con esto' pedían también que
en el dicho juicio de la Cámara fuese diputado un juez con-
veniente y natural de Alemania.
Y porque en el dicho juicio de la Cámara pendían al pre-
sente muchas causas indecisas, consentían los Estados en favor
á la justicia que Su Majestad, demás del número acostumbrado,
pudiese á sus costas de ellos adjuntar al dicho juicio de la Cá-
mara diez personas doctas por dos años y si necesario fuese por
tres, tan solamente para la expedición de los antiguos negocios
— 79 —
y aun de los otros conforme á la moderación y amparo del
juicio de la Cámara, de manera que si no fuese con razonables
causas no sirviesen estas diez personas para otros negocios
sino á la expedición y relación de las causas antiguas, por que
los asesores ordinarios no echasen la carga á los adjuntos y
fuese causa de estar ellos ociosos y perezosos.
Demás de esto les parecía ser necesario que en la presente
Dieta se reviese y reformase la ordenación del juicio de la Cá-
mara por personas doctas y expertas de ella para que se pu-
diese alcanzar la debida justicia en Alemania.
Y aunque no pareciese grave que Su Majestad entretuviese
este negocio de la Cámara en todo, á lo menos por alguna parte
todavía por conservación de la justicia y común tranquilidad,
queriendo mostrar la obediencia que tenían á Su Majestad, eran
contentos de conservar los asesores del juicio de la Cámara y
habidos de las órdenes del Imperio, aunque fuese contra la
costumbre hasta ahora introducida, y no obstante que hasta
ahora los Estados nunca habían podido ser inducidos á esto
hasta que se pudiese hallar algún modo ú obra con que el dicho
juicio de la Cámara se conservase sin pesadumbre de Su Ma-
jestad y de los Estados. Quisieron ofrecer de tratar entre los
Estados por razón de la jurisdicción y bienes eclesiásticos que
habían sido quitados y ocupados dándoles gracias por ello,
le suplicaron que por sí ó por sus comisarios promoviese este
negocio. Y en caso que las partes no se pudiesen concertar ami-
gablemente quisiese Su Majestad proveer de administración de
justicia por vía ordinaria á cualquier agravio.
Cuanto á lo que tocaba á la ordenación de la policía, los
Estados pidieron la respuesta de Su Majestad; pero en lo que
tocaba al derecho de la sesión remitieron las partes que de ello
tenían diferencia á Su Majestad.
Finalmente, dijeron que los Estados que no podían encu-
brir á Su Majestad haber sido ellos luego después de hecha la
proposición resolutos y aparejados de elegir alguno de los Es-
tados, lo cual comunmente se llamaba ¿a schufsmachen?,
sobre todos los artículos del Imperio ; es á saber : la revista de
la paz pública, ordenación de la Cámara, tasa de la contribu
— 80 —
don del Imperio y ordenación de la manera para que debiesen
proveer el negocio conforme á la costumbre hasta ahora intro-
ducida, y requirieron sobre esto muchas veces á los Electores;
pero no lo habían podido alcanzar hasta ahora en grandísima
dilación y tardanza de todos los negocios de contra la costum-
bre del Imperio, por lo cual pidieron á Su Majestad por utili-
dad de conservación de la unión entre los Estados procurase
que los Electores de aquí adelante no dilatasen los negocios de
esta manera, sino según la costumbre antigua del Imperio.
Y para que aquello se pudiese en tanto más presto expedir,
consintiese en estos delegados y de presente los suyos para
que estos negocios de manera se pudiesen conservar unión é
igualdad entre los Estados y órdenes del Imperio, encomen-
dándose con esto humildemente á Su Majestad.
Fecha á ocho días del mes de Octubre de este año.
í
CAPITULO X
Be la respuesta dada por los Príncipes electores á la proposi-
ción que Su Majestad les había mandado proponer en estas
dichas Cortes.
Y en este mismo día los Príncipes electores dieron respuesta
á Su Majestad acerca de la proposición que Su Majestad les
había propuesto en la manera siguiente :
Primeramente, cuanto á lo de la religión dijeron que no
entendían harto claro la proposición del Emperador, si Su
Majestad pedía el consejo de los Electores ó verdaderamente
si ella estaba ya resuelta de los remedios de esta disensión y
controversia de la religión. Por lo cual no queriéndose anticipar
los dichos Electores al consejo y parecer de Su Majestad de-
seaban esto, y que si ella estaba ya resuelta del modo y forma
del componer la dicha disensión y controversia, lo declarase
todo á los dichos Electores, los cuales determinarían después
sobre ello y ayudarían de buena gana cuanto les fuese lícito
y se pudiese con razón á determinar en que la dicha contro-
versia fuese fenecida y acabada.
— 81 —
Pero que si la dicha proposición de Su Majestad se hubiese
de entender así que se requiriese en esto el consejo y parecer
de los dichos Electores, estaban aparejados á declarar lo que
sentían en ello.
Y habiendo en este punto diversas opiniones entre los Elec-
tores, la una parte de ellos fué de parecer que ninguna vía se
podía proponer mejor que remitir esta controversia al Concilio
convocado en Trento para que se continuase allí, esperando
que por esta vía ordinaria con el ayuda de Dios se podría venir
á verdadera concordia. Pero suplicaron á Su Majestad que en-
tretanto hasta que el Concilio se acabase proveyese de remedios
con que la Germania en pacífico regimiento y gobernación,
los cuales remedios de que les fuesen comunicados consulta-
rían sobre ello, ayudarían y proveerían de buena gana cuanto
fuese lícito y razonable, no pareciéndoles necesario tocar nada
por entonces.
El salvoconducto y otras cosas contenidas en las respuestas
de los Príncipes, que Su Majestad como católico Empeíador y
abogado de la Iglesia sabría imponer conveniente manera en
todas estas cosas en las cuales no tenían que hacer los Estados.
La otra parte de los Electores fué de parecer que no se debía
de anticipar ni adelantar (como arriba está dicho) al de Su Ma-
jestad. Pero rogáronle todavía que la controversia de la reli-
gión remitiese al Concilio general libre cristiano que en Trento
ó en otra parte de Alemania se celebrase y que Su Majestad
de su imperial oficio proveyese que en este Concilio se prove-
yesen todas las cosas con debida manera, y que todo el tratado
y conclusión se instituyese, hiciese y determinase cristiana y
piadosamente, conforme á la Sagrada Escritura, pospuestas to-
das pasiones con reformación cristiana ele los eclesiásticos y
seglares, así en la cabeza como en los miembros, y extirpación
de la falsa doctrina y abusos. Y que el Papa se sometiese á este
Concilio y no presidiese en él y los. que le eran obligados con
juramento fuesen libres de él en este caso, porque en otra ma-
nera no sería libre el Concilio.
De más de esto Su Majestad hiciese que los Estados de la
confesión Augustana fuesen llamados al dicho Concilio, y pro-
- 82 -
veyese de su Imperial Majestad y potestad que éstos con los
otros íuesen revistos y suficientemente oídos, y consultasen y
concluyesen todos juntamente, y todos en común fuesen revis-
tos los artículos que se dicen haber sido determinados por el
dicho Concilio de Trento sin haber sido oídos estos Estados y
la mayor parte de los otros de toda la Cristiandad.
Y que como aquellos Estados estuviesen aparejados de en-
viar al dicho Concilio hombres doctos, píos y amadores de paz,
suplicaron á Su Majestad los recibiese en su protección y pro-
veyese que pudiesen ir, estar y partir seguramente del Concilio.
Y asimismo, confiando enteramente que Su Majestad se ha-
bría como cristiano Emperador de manera que el loor de Dios
y la doctrina cristiana y la verdad fuesen ensalzadas y susten-
tadas, se remitían del todo al arbitrio de Su Majestad para que
él dispusiese la vía y forma con que fuese celebrado el cristiano
libre y general Concilio, en el cual se hiciese y procediese todo
tratando la conclusión pía y cristianamente (como dicho es) ,
pospuestas todas pasiones conforme á la orden de la Sagrada
Escritura (suplido), juntamente con una cristiana y útil refor-
mación de la falsa doctrina y de todos los abusos (así en la ca-
beza como en los pies y miembros) , esperando sin duda que
Dios Nuestro Señor daría á Su Majestad como se tuviese la
manera debida en esto.
Y asimismo, remitieron también al arbitrio de Su Majestad
que se prescribiese y estatuyese una cristiana y debida refor-
mación, que en este medio hasta el- fin del Concilio la nación
alemana fuese retenida en pacífica gobernación, de manera que
pudiesen conversar los unos con los otros pía y cristianamente
y ninguno fuese agraviado por otro contra justicia.
ítem : cuanto al artículo de la paz. Habiendo propuesto Su
Majestad ningún remedio ser más conveniente que la consti-
tución de la pública paz antiguamente promulgada, publicada
y declarada, que si entretanto los Estados pensasen haberse
de corregir ó declarar algo cerca de esto, que Su Majestad los
oyese de buena gana y proveyese en ello.
Los Electores discurrieron harto largo en su respuesta sobre
este artículo en cuántos y en qué puntos tuviese necesidad la
— 83 —
dicha constitución de enmendación ó declaración (los cuales
dejamos de traducir y notar aquí por causa de brevedad) , es-
pecialmente no habiendo declarado su intención en esto los
Estados de los Príncipes.
ítem : cuanto al juicio de la Cámara, los Electores, consi-
derando algunas razones, les pareció que debían advertir en
gran manera y suplicar á Su Majestad como en cosa muy im-
portante que fuese constituido un juez docto, honesto é idóneo
de la misma nación alemana y que supiese bien las constitu-
ciones de la. dicha provincia.
Y en lo que tocaba á la accesión de los asesores, aunque
en esto derogase algún tanto el derecho antiguo de presenta-
ción que pertenecía á los dichos Estados, todavía eran conten-
tos (á petición de Su Majestad) de remitirle á su arbitrio por
esta vez la diputación de los diversos asesores con tanto que
sean doctos, suficientes y naturales de Alemania y prácticos
de las costumbres de las dichas tierras y estatutos, con los jura-
mentos acostumbrados (conforme á las ordenanzas del Imperio)
y del juicio de la Cámara, las cuales quedasen enteramente en
su fuerza y vigor, y que los dichos asesores se recibiesen según
era costumbre de los Electores y círculos, diputados si ahí se
hallasen y después de allí en adelante se nombrasen y dipu-
tasen á cada Elector y círculo sus asesores para que se supiese
el que había de tener derecho de presentar en lo venidero, y
cuando faltase alguno de los dichos asesores que se proveyese
y declarase en el receso de esta Dieta conforme á la voluntad
de Su Majestad esta diputación no fuese perjudicial al derecho
de presentación ó pertenecer á los Estados.
Fueron asimismo contentos los Electores que para expedir la
multitud de los pleitos y causas de más del número de los dipu-
tados por un tiempo cierto pudiesen ser elegidos otras diez per-
sonas con salarios, los cuales juntamente con los asesores acos-
tumbrados oyesen suficientemente las partes y determinasen las
causas así viejas. como nuevas, según al juicio de la Cámara pa-
reciese ser necesario la diputación de las dichas diez personas.
Remitieron asimismo los Electores al arbitrio de Su Majes-
tad con las condiciones arriba declaradas.
— 84 —
Y cuanto al entretenimiento del juicio, los dichos Electores
ofrecieron tomarlo en sí juntamente con los Estados por algu-
nos años y á lo menos por tres venideros concertándose entre
ellos de la tasa, suplicando á Su Majestad que habiendo consi-
deración á los gastos que hasta aquí habían tenido fuese servido
de contentarse con esto, y entretanto mirase juntamente con
ellos de manera que se pudiese entretener en lo venidero el
dicho juicio á provecho de Su Majestad y de los dichos Esta-
dos, 3^ que se declarase el tiempo que fuese constituido para el
dicho juicio y cuando comenzase, y que Su Majestad eligiese
por lugar á Espira como ciudad muy suficiente para este ne-
gocio.
Fueron de parecer los dichos Electores que el Procurador
fiscal debiese proceder contra los Estados que consintiesen del
entretenimiento de los tres años pasados y que no habían pa-
gado aún su salario, guardándose igualdad en esto y en todo
lo que de allí se hubiese, sirviese para el ayuda del entreteni-
miento venidero.
ítem : cuanto á los despojos de la jurisdicción eclesiástica,
fueron contentos los Electores que Su Majestad mirase que se-
compusiesen y concertasen amigablemente las diferencias, su-
plicando á Su Majestad que en caso que no se pudiese hacer
el tal concierto fuese servido de considerar alguna manera y
orden conveniente con que las partes ausentes no fuesen agra-
viadas y cada uno pudiese brevemente alcanzar su derecho por
razón de lo que hubiese sido despojado.
En lo de la ayuda contra el Turco, los Electores consintie-
ron que se difiriese el negocio hasta la venida del Serenísimo
Rey de Romanos, diciendo que habían holgado de entender la
tregua hecha con el Turco como más largamente pensaban ser
informados por su Real Majestad.
Y cuanto á la moderación de la tasa y ordenación de la
moneda, dijeron los Electores haber sido tratadas y redimidas
por escrito en las Cortes pasadas muchas cosas sobre esto, las
cuales por diversas causas no se habían podido resolver, y por
esto no se había hecho hasta ahora ninguna relación á Su Ma-
jestad, á la cual suplicaban los tuviese por excusados, ofre-
— 85 —
•
ciéndose á estar aparejados á tornar otra vez con la primera
ocasión todo lo que en ello se hubiese hecho para poder hacer
■entera relación á Su Majestad.
Cuanto á la policía, los Estados guardaron la resolución de
Su Majestad sobre ello.
Y en lo de la sesión, dijeron que pensaban que los Estados
que tenían entre sí alguna controversia sobre ella proponían
sus derechos á Su Majestad para que finalmente se averiguase
esta diferencia.
Y cuanto á los consejos apartados y otras cosas anexas y
contenidas en la proposición, se ofrecieron de obedecer á Su
Majestad como conviniese y a}^udarían y proveerían todos los
negocios cuanto pudiesen.
Hecha á ocho días de Octubre. /
Y en este tiempo mientras Su Majestad daba orden en las
cosas de la Cámara Imperial y en la paz pública y policía que
se había de tener en las ciudades, villas y lugares del Imperio,
determinó antes de tratar de las cosas de la religión escribir á Su
Santidad, suplicándole tuviese por bien de hacer volver los
Cardenales sus Legados y á los otros Arzobispos y Obispos qué
estaban en la ciudad de Bolonia á la de Trento, donde se había
comenzado á hacer* el Concilio, dando muchas causas por que lo
debía hacer.
Y lo mismo escribieron los Electores eclesiásticos que eran
destinados á Concilio, suplicándole á Su Santidad que pues
aquella provincia que tan apartada había estado de la fe y de
la obediencia de la Sede Apostólica y quería ahora, por gracia
de Nuestro Señor, reducirse á todo, que Su Santidad fuese ser-
vido de enviar con presteza á los Prelados que habían de ir á
Trento, pues cuanto más dilación hubiese en ello más tardaría
el remedio que esperaba darse.
Para lo cual asimismo había enviado Su Majestad por Em-
bajador á Su Santidad al Cardenal de Trento para que en nom-
bre de Su Majestad y del Serenísimo Rey de Romanos y de
todas las órdenes del Sacro Imperio suplicase que los Cardena-
les y Obispos que estaban en Bolonia los mandase volver á
Trento, y que no perdiese tan buena ocasión ganada con tantos
— 86 —
trabajos y peligros. Y asimismo envió Su Majestad á D. Diego
de Mendoza (su Embajador en Roma) para que si Su Santidad
pusiese alguna dilación en ello y no quisiese efectuar su justa
demanda, que pública y secretamente tomase testigos de lo
que pasaba y que hablase á todos los Procuradores que en Bo-
lonia estaban para que si Su Santidad lo rehusase y ellos pusie-
sen alguna dilación, protestase públicamente ser injusta la
traslación del Concilio y todas las cosas que allí se habían he-
cho. El cual requerimiento como fuese hecho por D. Diego de
Mendoza al Papa, Su Santidad tomó término para consultar
sobre ello con los Cardenales que estaban en Bolonia, los cuales
fueron de parecer que el Concilio estuviese en Bolonia y que
había sido justamente y por legítimas causas allí trasladado.
El cual parece aprobó Su Santidad, en la verdad más por la
pasión que tenía por la muerte tan fresca de su hijo Pero Luis
Frenesio, al cual habían muerto ciertos caballeros de la ciudad
de Plasencia, como adelante se dirá, y de no quererle Su Ma-
jestad -mandar restituir la ciudad de Plasencia, que por no
ver que no era lícito lo que Su Majestad y los del Sacro Imperio
le pedían
CAPITULO XI
*
Cómo el Príncipe Don Felipe fué á Nuestra Señora de Guada-
lupe á estar la Semana Sania. Y de allí fué á tener Cortes
á la villa de Monzón, en el Reino de Aragón, las cuales
después de acabadas se volvió á la villa de Alcalá de He-
nares. Y de algunas muertes de Reyes y otros señores que
en este año hubo y mercedes que Su Majestad hizo de
Obispados y Encomiendas y otros oficios. Y de cosas que
acontecieron en Italia.
Lo que en este tiempo aconteció en España fué que el Prín-
cipe Don Felipe, después de haber estado todo el año de cua-
renta y seis y de este de cuarenta y siete hasta el mes de Marzo
en la villa de Madrid, determinó que se mudase la Corte, y
— 87 —
porque Su Alteza había de ir este año á la villa de Monzón á
tener allí Cortes de los Reinos de Aragón y de Valencia y Prin-
cipado de Cataluña, mandó que la Corte se aposentase en la
villa, de Aranda de Duero para tenerla cerca de Aragón, donde
él había de estar para las cosas que sucediesen en el Reino de
Castilla, y Su Alteza de camino.
Y entretanto que la Corte se aposentaba, acordó de ir á
Nuestra Señora de Guadalupe á tener allí la Semana Santa. Y
así partió de Madrid, yendo acompañado del Arzobispo de
Toledo D. Juan Martínez Silíceo, su maestro, y del Marqués
de Villena. Y pasando por la villa de Tala vera vino á la Puente
del Arzobispo, y de allí á Guadalupe, donde como dicho tengo
tuvo la Semana Santa, y oyó los Oficios divinos y se confesó
con el prior de dicho Monasterio y recibió el Sacramento con
aquella contrición y devoción que él siempre lo acostumbraba
á hacer y como el tiempo lo demandaba. Y allí le vino á besar
las manos el Conde de Feria.
Y después de pasada la Pascua partió del dicho Monasterio
y volvió á Talavera, donde se le hicieron muchos regocijos y
fiestas de toros y juegos de cañas. Y luego como fuesen acaba-
das partió de allí para la villa de Escalona (que es del Marqués
de Villena), donde le hizo grandes fiestas el dicho Marqués.
Y de Escalona se partió para la villa de Cadalso para una casa
que el Marqués allí tenía de placer. Había en ella mucha caza
de puercos, venados y conejos y otros diversos géneros de ani-
males, y de pasatiempo. Ea cual casa y caza contentó tanto al
Príncipe que ya el Marqués se había arrepentido de haberlo
llevado á ella.
Y de allí partió para Aranda de Duero, donde la Corte ya
estaba aposentada. Y después de haber estado en ella algunos
días partióse por el mes de Junio para las Cortes de Aragón,
llevando consigo al Arzobispo de Sevilla y el Obispo de Eugo y
el Almirante de Castilla (aunque también para ello fué llamado
el Duque de Escalona y lo rehusó poniendo algunas excusas) .
Fué el Almirante mucho como gran señor acompañado de
muchos caballeros y continuos de su casa, haciendo siempre
plato á todos los caballeros de la Corte. Fueron también el
— 88 -
Marqués de Mondéjar y el Conde de Oí tientes y el de Fuen-
salida, y á cabo de algunos días el Marqués de Cuéllar.
Y como Su Alteza llegase á la villa de Monzón halló que
eran ya venidos todos Señores, Caballeros, Síndicos y Procu-
radores de aquellos Reinos, entre los cuales vino el Duque de
Cardona y de Segorbe y el Duque de Gandía. Y así se comen-
zaron las Cortes, yendo Su Alteza el primer día á ellas propo-
niéndoles las necesidades que el Emperador su Señor tenía á
causa de las guerras de Alemania, pidiéndoles le ayudasen con
alguna suma de dinero la maj-or que pudiesen, lo cual les en-
cargó que hiciesen con toda la más brevedad que pudiesen,
porque había mucha necesidad de su presencia en los Reinos
de Castilla Y los Señores y Síndicos de aquellos Reinos res-
pondieron al Príncipe que ellos hablarían entre sí y harían lo
que Su Alteza les mandaba. La cual estuvo en Cortes en la
dicha villa de Monzón lo restante de este año.
En el cual tiempo aconteció cierta cuestión entre los criados
del Almirante de Castilla y los del Arzobispo de Sevilla (por-
que el uno vivía enfrente del otro) , y los criados del Arzobispo
entraron en casa del Almirante dándose cuchilladas con sus
criados. Por lo que el Almirante y el Arzobispo estuvieron muy
sentidos. Y el Almirante se quejó al Príncipe, porque parecía
tener alguna razón (y aun se dijo haber dicho al Príncipe pa-
labras muy recias), diciendo que si no fuese por Su Alteza que
entrara en casa del Arzobispo é hiciera y aconteciera.
Y asimismo hubo otro ruido entre los criados del Duque de
Cardona con otros, y porque el Duque favoreció á sus criados
recibió el Príncipe mucho enojo. Y el Duque sabido quién
había sido el culpable lo mandó entregar á la justicia de Corte
y así ceso todo el ruido.
Sucedió asimismo que un D. Alonso Fajardo, vecino de la
ciudad de Murcia, se dejó decir en público muchas palabras
desacatadas contra el Emperador y contra los Ministros de su
justicia, diciendo que no la hacían ni la guardaban y otras
cosas así. Y como el Príncipe lo supiese, mandó que se hiciese
información de ello, y sabida la verdad le mandó prender y
enviar al castillo de Játiva (que es en el Reino de Valencia).
— 89 —
Y Su Alteza viendo que los Síndicos y Caballeros de aque-
llos Reinos que estaban en las Cortes le ponían dilación en
concluirlas y otorgar el servicio (como le tenían de costumbre),
les hizo una habla con la serenidad y palabras que convenía,
dándoles á entender la manera con que habían de servir á sus
Príncipes y Reyes y cómo se habían de guardar de tratar con
ellos cautelas ni malicias ni dilaciones para ser bien quistos de
ellos. Y les dijo otras cosas convenientes y muy notables á este
propósito. Y á esta causa vinieron á concluir las Cortes muy
presto, lo cual fué tenido á mucho por ser la primera cosa que
el Príncipe había hablado en público sobre plática pensada. Y
como fueron acabadas se partió Su Alteza de Monzón y vino
víspera de Navidad á Alcalá de Henares á tener las Pascuas
con las Infantas sus hermanas.
Y en este año aconteció por el mes de Mayo- en la ciudad de
Ñapóles un gran alboroto á causa que el Delegado de Su San-
tidad y el Visorrey de Ñapóles D. Pedro de Toledo quisieron
poner en la dicha ciudad inquisición y de hecho la pusieron
(como en España estaba) . El cual alboroto fué tan grande que
si el Visorrey no se retirara al castillo de Castilnovo se tuvo
por cierto que en aquel ímpetu y alteración le mataran. Y como
fueron pasados algunos días á cabo de los cuales pareciendo que
todo estaba sosegado tornó otra vez el Visorrey á volverse al
castillo acompañado de muchos gentileshombres y caballeros
del Reino de Ñapóles é hizo prender los cinco más principales
de ellos, y mandó cortar las cabezas á los tres que eran Juan
Cafarra, César Mormillo y á uno de la casa Bravuoazia. Y
luego la mañana siguiente los trajeron así muertos y los pu-
sieron en la plaza de la ciudad sobre un paño negro para que
los viese todo el pueblo.
I^os cuales como fueron vistos de los caballeros y ciudada-
nos fueron movidos á ponerse en armas, de tal manera que en
pocas horas mataron más de mil españoles é italianos que
había en la ciudad y entre ellos al Regente del Visorrey y á
otros muchos napolitanos que se señalaron en este negocio par-
ciales al Visorrey. Y fueron quemadas y saqueadas muchas
casas bien principales y si más daño pudieran hacer lo hicie-
— 90 —
ran. Y asimismo en este alboroto se abrieron las cárceles y se
libraron todos los presos que en ellas había, y se abrieron las
puertas de la ciudad dejando entrar todos los desterrados y
bandoleros.
En este tiempo se tiraban del castillo mucha artillería á los
de la ciudad (aunque poco aprovechó) . Y el Visorrey se quedó
en el castillo, y otros decían haberse ido á Gaeta con los espa-
ñoles que pudieron escapar.
Era el apellido de los de la ciudad en este alboroto : ¡ Viva
el Rey y muera el Visorrey y su mal Consejo ! Y todos los lu-
gares comarcanos vinieron á favorecer á los de la ciudad. Y la
cabeza de ellos fué el Príncipe de Bismano, que era el más prin-
cipal y bien quisto de aquel Reino y muy amado de la gente
común.
Y luego fué avisado Andrea Doria para que enviase las
galeras á Ñapóles y el Duque de Florencia sus caballos ligeros
contra los de la dicha ciudad, los cuales estuvieron amotinados
muchos días. Y los de la ciudad determinaron de enviar sus
Embajadores al Emperador, suplicándole se moderase en el
poner de la inquisición y de recibir sus disculpas. *
Y Su Majestad los tornó á remitir al Visorrey, y con que
ellos se volvieron muy descontentos y lo hicieron saber á la
ciudad, de que se siguió en ella grande alteración y fué causa
que otra vez se alborotase. Y los españoles que estaban dentro
del castillo de Castilnovo y de los otros castillos hubieron cierta
refriega con los de la ciudad en que hubo entre muertos y he-
ridos de los italianos más de 350 hombres y de los españoles
más de 150, los cuales saqueron una parte de la ciudad hasta
donde decían la Rúa Catalana y un Monasterio de frailes fran-
ciscos que llaman Nuestra Señora la Nova, y estando fuertes
los españoles en él se lo ganaron los de la tierra por ser cosa
que importaba á causa que desde allí podían hacer daño á Cas-
tilnovo. Hasta que poco á poco se fueron reduciendo al servicio
del Emperador, el cual envió á la ciudad para que se hiciese
justicia de los culpados al Doctor Mohedano, Oidor de la Rota
en Roma.
Y este año murió el Rey de Inglaterra, el cual antes de sa
— 91 —
muerte había mandado degollar al Duque de Neoforque (el
mayor Señor de su Reino, de edad de setenta años). Díjose
haber sido la causa de su muerte por cartearse con Francia
para entregarles á Bolonia. Y el Rey de Inglaterra dejó un
hijo de muy pequeña edad, y en su vida se dijo haberle man-
dado que en todo lo que le tocase siguiese el consejo del Empe-
rador Don Carlos, y que nunca perdiese su amistad.
Y por el mes de Junio hicieron el Emperador y el Rey de
Romanos, su hermano, treguas con el Gran Turco por espacio
de tres años.
Y á veintisiete días del mes de Enero murió la Reina de
Hungría de parto de una hija, estando en este tiempo el Rey
de Romanos su marido ocupado en la guerra contra el Duque
de Sajonia, y el Emperador le envió á monsieur de Bosu, su
Caballerizo -mayor, para que le consolase de su parte.
Y el primer día de Abril murió el Rey Francisco de Francia
en un lugar junto á París llamado Rambuleto, de edad de
cincuenta y tres años, habiendo reinado treinta y tres. Sus
honras y enterramiento se hizo en Francia el más solemne que
nunca hasta allí se había hecho. Y por su muerte fué elegido
por Rey el Delfín, su hijo, llamado Enrique.
Y por el mes de Julio murió D. Francisco de los Cobos,
Comendador -mayor de I^eón y Secretario de Su Majestad, en
la ciudad de Vera (donde él era natural) , habiendo ido á ella
desde Madrid mal dispuesto y con pensamiento que por ser
su naturaleza pudiera cobrar salud con ella.
Y asimismo murió en Madrid D. Alvaro de Córdoba, tío del
Duque de Sesa, hermano de su padre, Caballerizo mayor del
Príncipe D. Felipe, el cual era muy buen caballero y muy
bien quisto de todos los de la Corte y muy privado de Su
Alteza.
— 92 —
CAPITULO XII
De cómo fueron hechos en las Indias occidentales tres Arzobis-
pados, y los del Consejo Real, por mandado del Emperador ,
remitieron á las Cancillerías todos ios pleitos eclesiásticos y
otros que ante ellos pasaban para que ellos conociesen siem*
pre de ellos. Y oirás muchas cosas que en este año pasaron.
Y en este año el Papa Paulo Tercero, á suplicación de Su
Majestad, hizo en las Indias occidentales tres Arzobispados me-
tropolitanos, el de la ciudad de Santo Domingo (que era en la
India española), á quien dio por sufragáneos los Obispados de
la isla de San Juan y de la isla de Cuba y el de Cartagena,
Santa Marta (Nuevo Reino de Granada) y el de Venezuela.
El segundo Arzobispado fué el de la ciudad de los Reyes (en
la provincia del Perú), al cual dio Su Santidad por sufragá-
neos los Obispados del Cuzco y de los Charcas y el de Po-
payán y el de Panamá. El tercero Arzobispado es el de la ciu-
dad de Méjico (en la Nueva España), al cual dio por sufragá-
neos los Obispados de los Angeles, Chiapa, Honduras, Gua tí-
mala, Guajaca, Mechuacan. Y las Audiencias que Su Majestad
al presente tiene en todas las provincias de las Indias occiden-
tales son seis y las siguientes : En la ciudad de Santo Domingo
(en la isla Española), y en la ciudad de Méjico (en la Nueva
España), otra entre las provincias de Honduras y Guatimala,
y otra en la ciudad de los Reyes (en la provincia del Perú), y
otra en el Nuevo Reino de Granada (falta la 6.a ; Nueva Ga-
licia ó Guadalajara).
Y asimismo aconteció que los del, Consejo, por mandado dz
Su Majestad, para quedar muy desembarazados y mejor en-
tender en la gobernación del Reino, remitieron á las Audien-
cias Reales de Valladolid y Granada todos los pleitos que ante
ellos pendían, especialmente los eclesiásticos que venían á ellos
por vía de fuerza ó por derecho de patronazgo del Reino ó
por cualquiera otra manera.
Y dio Su Majestad nuevo poder á las Audiencias para que
— 93 —
pudiesen librar las provisiones en aquellas causas, como los
del Consejo las libraban. Por manera que los del Consejo Real
si no eran pleitos que estaban ante ellos en grado de mil qui-
nientas doblas ó de expedientes ó cosas de gobernaciones del
Reino generales, no entendían en otras cosas de que ellos da-
ban comisión ó residencias de Corregidores y Justicias del
Reino.
Y por el mes de Julio hizo el Papa Consistorio y creó tres
Cardenales : el uno francés, llamado monsieur de Renes, criado
del nuevo R.ey de Francia Enrique, de la Casa de Guisa, y el
otro el Duque de Sora, hermano del Duque de Urbino, y el
otro guardó en su pecho (decían que para quien el Emperador
quisiere nombrar), y Su Majestad no quiso importunarle por él,
sino sólo que tornase el Concilio á la ciudad de Trento (porque
esto era lo que él pretendía).
Y pensóse que estos dos Cardenales había Su Santidad crea-
do por dos nuevos matrimonios que había hecho, el uno de la
Victoria, su nieta, con el Duque Urbino, y porque el Duque
de Sora renunciase el Ducado á su hermano el Duque. Y el de
Francia se había hecho porque Horacio Frenesio, nieto del
Papa, había casado con una hija bastarda del Rey Enrique de
Francia .
Y en este año murió en la ciudad de Cuenca D. Sebastián
Ramírez, Obispo de la dicha ciudad y natural de Villaescusa,
el cual se había retraído á Cuenca, dejando la presidencia de
Valladolid por hacer lo que convenía á su Obispado. Proveyó
Su Majestad aquel Obispado al Licenciado Muñoz, Obispo de
Tuy y Presidente de la Cancillería de Valladolid. Y el Obis-
pado de Tuy proveyó Su Majestad al Maestro San Millán, Ca-
tedrático de propiedad en la ciudad de Salamanca, persona de
perfecta vida y gran doctrina. Dio asimismo el Obispado de
Ciudad Rodrigo al Doctor Aceves, Canónigo de Burgos.
Murió en este año el Conde de Castro (Visorrey que era de
Navarra), y el Príncipe D. Felipe estando en las Cortes de
Monzón proveyó el dicho cargo á D. Luis de Velasco, Veedor
de los Continuos, mientras que el Emperador mandaba otra
cosa. Proveyó Su Majestad el Obispado de Popayán (que es
— 94 -
en la provincia del Perú en las Indias occidentales) al Maestro
Valle, Catedrático de metafísica en Salamanca,
Y el Emperador, estando en las Cortes de Augusta, hizo
en ella consulta de .mercedes á muchos señores y caballeros de
su corte y casa, y de muchas encomiendas, tenencias, fortalezas,
oficios que estaban vacos en España. Entre los cuales hizo
merced al Marqués de Vélez del Adelantamiento del Reino
de Murcia y tenencia de la ciudad de Lorca (que estaba vaco
por muerte de su padre D. Pedro Fajardo). Y al Marqués dc-
Poza hizo merced de la Capitanía de hombre de armas y de
otras cosas que estaban vacas por la muerte de D. Sancho de
Rojas su hijo. Hizo merced á Doña María de Mendoza, mujer
que había sido del Comendador mayor de León D. Francisco
de los Cobos, de un cuento de renta de juro cada año por su
vida. Y asimismo hizo merced de la Encomienda nuryor de
León á su hijo D. Diego de los Cobos, Marqués de Camarasa.
Y en el oficio de Secretario sucedió Juan Vázquez de Molina,
su sobrino, que antes era Secretario del Consejo de la Guerra y
había estado en Alemania por Secretario de Su Majestad en
lugar del Comendador 'mayor de León. Y en el oficio de Se-
cretario del Consejo de la Guerra sucedió Francisco de Ledes-
ma, Oficial del Secretario D. Francisco de los Cobos, Comen-
dador mayor de León (ya dicho).
Y en este año murió el Conde de Monteagudo D (está
en claro). Y asimismo murió el Conde de C*oruña, D. Alvarez
de Mendoza.
CAPITULO XIII
Cómo el Conde de Flisco se quiso alzar en la ciudad de Ge-
nova en nombre del Rey de Francia, y no habiendo efecto
su intención fué ahogado en la mar, retrayéndose á sus ga-
leras, saltando de una á otra para irse con ellas á ponerse
en salvo, y la justicia que la Señoría hizo de los que habían
sido participantes en la traición con el dicho Conde.
Al principio de este año aconteció en Genova que el Conde
de Flisco (como hubiese mercado del Papa cuatro galeras so co-
— 95 —
lor de quererlas armar para enviarlas á la mar) puso en público
y en secreto muchos soldados en la ciudad. En la cual como
se murmurase de la estada de aquella gente fué el ¿hcho Conde
en persona á disculparse con el Príncipe Doria y le dio tantas
satisfacciones que le aseguró bien y le convidó á comer para
el primer día del año en un gran banquete que tenía determi-
nado de hacer, y lo mismo hizo al Capitán Juanetín Doria y á
su mujer, y á D. Centurión y á su hijo y á otros parientes
principales 3^ muy cercanos á los sobredichos, todos los cuales
tenía pensado hacer matar aquella noche y luego salir con sus
soldados y otros sus consortes y apoderarse de la ciudad.
Y quiso Dios salvar al dicho Príncipe y á todos los demás
con darle el mal de gota que nunca antes había tenido, y con
la gran pena que tenía no quiso ir al banquete. Y á esta causa
no fueron los otros. Y otro día siguiente, á los dos de Enero,
puso por obra su mala intención por otra vía, y fué convi-
dando á cenar hasta veinticinco ó treinta mancebos de los más
principales de la ciudad (los cuales á él parecía que consenti-
rían fácilmente á su maldad). Y al cabo de la cena hizo enten-
der á todos lo que tenía pensado, que era quererse alzar con la
ciudad, y con el favor de Francia echar fuera al Príncipe Doria
y á Juanetín Doria (del cual decía que le había querido matar
muchas veces), y que por todas las vías que podía ser procuraba
hacer gran señor y que mostraba ánimo de hacerse tirano n
todos los que le siguiesen, y por esto era bien atajarle los
pasos.
Y con estas razones ú otras amonestó á todos los que le
siguiesen en la empresa, dándoles á entender que al que no le
siguiese no le iría bien de ello. Y así salieron todos con él
(salvo dos que lo rehusaron), y de los que salieron con él le
desampararon luego muchos y se fueron á sus casas. Y los que
le siguieron con todos los soldados fueron para el arsenal adonde
estaban las galeras del Príncipe Doria, y á la boca del dicho
arsenal hizo echar á fondo una galera por que no pudiesen
las otras salir. Y con su favor se amotinaron todos los forza-
dos y esclavos de las dichas galeras.
Y como el ruido de todo esto fuese sentido en casa del Ca-
- 96 —
pitan Juanetín Doria, envió dos criados suyos, uno en pos da
otro, á saber la causa del ruido. Y como ninguno de ellos vol-
viese con respuesta, porque en llegando los mataba la gente
del Conde, á la fin hubo de salir el dicho Juanetín Doria con
un solo criado á ver qué era el ruido y socorrer con su presen-
cia lo que pudiese. Y dio luego con la gente del Conde y le
preguntaron quién era, y como él respondiese que era Juanetín
Doria, le dijeron que él era á quien buscaban, y le dieron una
cuchillada por la cara y le pasaron con dos arcabnzazos que le
tiraron, de que luego cayó muerto, y á par de él su criado.
Y por otra parte fué un hermano del, Conde con alguna de la
gente y se apoderó de las puertas de la ciudad, y anduvo por
mucha parte de ella donde vivía la gente baja, apellidando á
voces : «¡ libertad !» y «¡ Flisco, Flisco y Francia !», y «¡ Viva
el populo!», y «¡Fuera nobles!». Pensando que con tal ape-
llido se moviera el pueblo á seguirle, y le salió muy al revés,
porque no le siguió nadie, sino la gente noble que como fuese
ya el alba salieron de Palacio con los soldados de la plaza y le
apretaron tan reciamente, maltratando á él y á los suyos, que
le fué forzado retirarse para donde tenía sus galeras, y ai subir
en la una de ellas, queriendo después saltar en otra, cayó en la
mar, y como estaba armado se fué luego á fondo y se ahogó.
Y su hermano y los demás sabida la desorden se fueron
huyendo, pero no obstante esto fueron muchos de ellos presos.
Y el Príncipe Doria salió luego de la ciudad para cobrar sus
esclavos forzados, el cual después de haber recocido los más
que pudo se volvió á la ciudad, donde fué bien recibido. Y
luego se apaciguó todo y se formaron las cosas del Señorío, acre-
centando mayor número de soldados para guarda de Palacio.
Y el cuerpo del Conde de Flisco estuvo debajo del agua
que no se supo de él ocho días ó diez, al cabo de los cuales
lo hallaron debajo de la popa de una galera (habiéndolo man-
dado buscar el Príncipe). Y como lo sacaron del agua fué con-
sultado* con la señoría qué se haría de él, y .mandaron que se
volviese á echar al agua dos leguas de donde lo habían hallado
con unas pesas al pescuezo, diciendo no ser razón privarle do
la sepultura que Dios le había dado.
- 97 —
Y al cabo de algunos días la Señoría de Genova hizo justi-
cia de los malhechores y personas que habían sido rebeldes
(entre los cuales fueron los cuatro hermanos del Conde Flisco,
llamados Juan Albris (sic), Juan Labio, Octobono y Cornelio,
los cuales fueron desterrados perpetuamente y desolada su casa
de palacio y sembrada sal en ella, y las cosas que tenían en
Genova quedaron á discreción de la Señoría ; y Rafael Saco
de Zabona y Vicente Carcayo, su camarero, y Jacomete Conté,
fueron desterrados perpetuamente y desoladas sus casas y sem-
bradas de sal!. Y Juan Bautista Fresco, Verino y Cipión del
Carreto, Domingo Gacilopo, Jerónimo Gajavento y Desiderio
Cambialancia y Tomás Varze, todos seis fueron desterrados per-
petuamente y confiscados sus bienes y casas á la discreción de
la Señoría. Y Bautista Imperial Valiano, Jerónimo Use de Mar-
meloyo, Gaspar Frescoboto Cir ejido y Julio Fragoso, todos es-
tos ocho fueron desterrados por cincuenta años y confiscados
los bienes de los cuatro primeros. Y asimismo fueron otros des-
terrados por diez años y otros por menos.
CAPITULO XIV
Cómo fué muerto á puñaladas el Duque de Piasencia Pero
Luis Frenesio por ciertos caballeros de la dicha ciudad, la
cual fué entregada á D. Hernando de Gonzaga, Capitán
general y Gobernador del Estado de Milán, debajo de cierta-
capitulación que con él hicieron en nombre de Su Majestad.
Había tres ó cuatro años que el Papa había dado á Pero
Luis Frenesio, su hijo, las ciudades de Parma y Piasencia (que
tenía la Iglesia), á la cual en recompensa dio el Ducado de
Camarino.
Y como Pero Luis tuviese las dichas ciudades por suyas,
se fué á ellas y las fortificó lo mejor que pudo, viviendo mal
y muy tiránicamente, haciendo grandes agravios á los morado-
res de las dichas ciudades y sus tierras. Y entre otros fué uno
el Conde Palavesino, que estando en uno de sus castillos fuertes
— 98 -
(donde tenía su continua habitación) le mandó venir á residir
á la. ciudad de Plasencia, y como no viniese tan presto como
él lo había mandado envió bastante gente y artillería contra
él, y el Conde le huyó. Y á esta causa le mandó tomar los
castillos y fuera traída su mujer á Plasencia, sin dar orden para
que fuese restituida á su marido (puesto que muchas veces se
lo suplicaron).
Y en el tiempo que había guerra en Francia dejó pasar
por su Estado á Pero Estroci con más de 4.000 italianos que
llevaba en servicio del Rey de Francia, y cuando por allí fue-
ron otros que enviaba Juan de Vega (Embajador del Empera-
dor en Roma) en servicio de Su Majestad, dejaron y maltra-
taron á muchos de ellos, de lo cual Juan de Vega se enojó
mucho y escribió al Emperador lo que pasaba, dándole á en-
tender cuan francés era el dicho Duque de Plasencia. Y no
obstante esto se tuvo por cierto que había sido en la Liga el
Conde de Flisco para que intentase lo que hizo (lo cual se supo
por cartas que se hallaron en poder del dicho Conde después de
muerto). Y Su Majestad lo envió á llamar para que se discul-
pase de esto, y él se excusó con decir que era enfermo. Y
visto esto le mandó que se fuese á disculpar á Milán delante
de su Consejo, y tampoco lo quiso hacer, por lo que se hacía
proceso contra él.
Y en este tiempo como el Conde de Palavesino fuese de
gran ingenio y muy bien emparentado en la ciudad de Plasen-
cia y valeroso, se tuvo por cierto haber dado industria y ánimo
para que ciertos caballeros (que asimismo estaban muy senti-
dos del mal tratamiento del dicho Duque) lo procurasen de
•matar. Los cuales después de haber consultado entre sí muy
secretamente la manera que en ello se debía tener, efectuaron
sr. propósito, hallando oportunidad un sábado á 10 de Septiem-
bre, habiendo ido el dicho Duque á comer con Segismundo
(camarero suyo), y los dichos caballeros entraron donde él es-
taba. Los cuales eran el Conde Juan Angisola, Juan Luis (Al-
férez de Plasencia), Alejandro Palavesino y Camilo y Cipión
sus hermanos, con jacos de malla, y el Conde Agustín Lando,
en esta orden : el Conde Juan Angisola con cinco hombres ai-
— 99 -
mados muy bien con espadas, capas y malla fueron á la ante-
cámara del Duque y se arrimaron á las ventanas, y Juan Luis,
Alférez, con otros cinco hombres, se fueron á pasear á una
lonja delante de cierta sa^a (á la guarda de la cual estaban
cuatro tudescos), y Alejandro Palavesino y sus hermanos se
comenzaron á pasear por el palacio de la fortaleza.
Y de esta manera estuvieron todos los dichos esperando al
Conde Agustín Lando para que luego como lo viesen entrar
-en la fortaleza comenzasen á hacer según la orden que entre
ellos había sido dada. Y así lo pusieron por obra, porque
•entrando el Conde Agustín á caballo con cuatro mozos de espue-
las bien aderezados, tomando las alabardas de la primera guar-
dia de los tudescos los mataron á todos, y al -mismo punto, si-
guiendo cada uno la parte de lo que le era encomendado, el
Alférez mató los cuatro tudescos que estaban en la sala de
guardia, donde fué herido en un brazo Alejandro Palavesino,
y el Conde Juan Angisola mató al Duque con sus propias ma-
nos, y uno de los del Conde dio una herida á Camilo de Fo-
jano, que estaba hablando con el Duque. Y fué asimismo he-
rido el Doctor Julio Copulato (que estaba allí).
Y hecho esto cerraron el castillo, poniendo artillería y arca-
buces á las puertas y ventanas. Y como estuviese una pieza
de artillería en la plaza, enviaron allá uno del castillo y la en-
clavó. Y luego como se extendió el ruido por la ciudad se puso
en orden la Infantería y fueron contra el castillo, y el Conde
Juan Angisola, por desviarlos del propósito que llevaban,
"hizo tomar el cuerpo del Duque por una pierna y lo mostró
fuera de una ventana á la gente diciendo: «¡Oh, Patria mía,
Patria dulce! Amados hombres y soldados, ¿qué queréis ha-
cer ? ¿ No me conocéis, compañeros y hermanos míos ? Veis
aquí el traidor que nos quería destruir v matar. Veis aquí,
señores ciudadanos, el que nos había puesto la viga y yugo al
pescuezo, aquel que no se apacentaba de buena voluntad de otra
cosa sino de nuestra sangre é injurias. Dejad las armas y vol-
veros á dar gracias á Dios que os ha restaurado de un tan gran
cautiverio y os ha puesto en libertad». Y dicho esto y otras mu-
chas buenas palabras, se apaciguaron. Y así el Conde se quitó
— 100 —
de la ventana, dejando caer el cuerpo del Duque en un foso.
Y pasado esto lo enviaron á hacer saber á D. Hernando de
Gonzaga aquella misma noche (que estaba en Milán), el cual
partió luego con obra de 500 de á caballo y vino á seis millas
de Plasencia á un lugar, y de allí hizo sus tratos aquella noche
con los de la ciudad. Y otro día de mañana partió con toda
su gente para Plasencia, y antes que llegase á ella con una
milla le salieron á recibir los matadores con todo el pueblo,
apeUidando : «¡Imperio! ¡ Imperio !», con tan gran contenta-
miento y ruido de campanas que parecía que habían salido de
una muy esquiva prisión. Y luego le entregaron las llaves del
castillo y ciudad, y él las recibió en nombre de Su Majestad.
Aunque otros quisieron decir que después de la muerte de!
Duque los matadores habían tirado tres piezas de artillería,
dando señal á D. Hernando de Gonzaga, Capitán general de
Su Majestad, y á D. Juan de L,una, el cual había hecho llamar
á ciertos de sus Capitanes y les había dicho que estuviesen -í
punto y apercibidos para que todas veces que sintiesen tiros
de artillería sería necesario ir á Milán, porque había entendido
que el Emperador estaba mal dispuesto. Y que así la noche
siguiente el Alcaide de Cremona había venido á Plasencia con
su gente y entrado el domingo de mañana, y el lunes adelante
se había salido á recibir el Conde Agustín á D. Hernando de
Gonzaga hasta el río Po, y en nombre de la comunidad había
pedido que los dejasen en el estado y condición que solían
debajo del amparo del Papa Clemente, y le habían dado los si-
guientes capítulos :
Primeramente, que el Emperador por ningún tiempo pueda
apartar ni empeñar la ciudad de Plasencia ni su Condado á
persona alguna (aunque sea de la sangre suya propia), mas
que siempre la ciudad sea venida debajo del Estado de Milán.
Y que 110 pueda cobrar de la dicha ciudad y Condado
sino aquellas rentas ordinarias que solían llevar antes del seño-
río y dominio el Papa Paulo Tercero, cuando no se imponían
pechos ni otros tributos.
Y si acaeciese á Su Majestad de poner pechos ó tributos á
algún Estado de Milán, por ninguna vía ni en ningún tiempo
— 101 —
pudiese ser Plasencia agraviada sino por la décima parte. V
esto por los buenos servicios que ella tiene hechos.
ítem : que Su Majestad haga gracia y perdone á todos los
desterrados que hayan cometido crímenes de lese majestatis,
igualmente á los desterrados de Plasencia y del Estado de Mi-
lán y á los que son desterrados por homicidios y heridas (aun-
que no se hayan hecho entre ellos paces), como el caso no haya
sido pesado.
ítem : que se restituya los bienes á todos aquellos que le
son confiscados y llevados y están incorporados por la Cámara.
Y si fuere alguna persona á quien fueren confiscados y por
suerte no fuese hábil para haberlos, quiera Su Majestad sean
■dados á los más próximos parientes y descendientes de la tai
línea.
ítem : que perpetuamente envíe un Gobernador ó Presi-
dente al Gobierno de Plasencia, que sea Senador asistente en
el Senado de Milán con la misma autoridad que allí lo tenía el
Presidente de Ciemona.
ítem : que perpetuamente Su Majestad deba elegir un Se-
nador que residiese en el Senado de Milán, el cual sea del Con-
cejo de los Doctores de Plasencia.
ítem : que Su Majestad confirme todos los estatutos, decre-
tos, ordenaciones acostumbradas que se guardaban en la ciu-
dad de Plasencia en el tiempo del Duque de Milán.
ítem :que Su Majestad confirme todos los privilegios y exen-
ciones que tienen los señores feudatarios de Plasencia, reser-
vando siempre el decreto del mayor maestrazgo.
ítem : que ninguna causa civil que valga hasta allí de dos
escudos de renta se pueda llevar á Milán, antes se ha de reco-
nocer en Plasencia, excepto las feudadas de mil escudos abajo.
ítem : que en Plasencia se puedan ejercitar todas las armas
y artes que se ejercitan en Milán.
ítem : que todo ciudadano y caballero pueda estar y habitar
fuera de Plasencia á su voluntad, no obstante que haya estatu-
tos y decretos en contrario.
Y que todos aquellos que tienen feudos y bienes del Estado
de Plasencia sean obligados á guardar fidelidad y obediencia
— 102 —
á Su Majestad y pagar los cargos juntamente con la ciudad de
Plaseneia, y en otra manera sean punidos y castigados.
ítem : que el dicho Sr. D. Hernando de Gonzaga prometa
que el Emperador aprobará y rectificará y confirmará los pre-
sentes capítulos dentro de treinta días siguientes.
Y D. Hernando de Gonzaga se contentó de lo que con él
por Su Majestad capitulaban. Y con mucho regocijo de los.
que le salieron á recibir y de los que quedaban en la ciudad
y castillo entró en él, y á la hora despachó para que Su Ma-
jestad confirmase la dicha capitulación.
Y al cuerpo del Duque que estaba en el foso, siendo ya
casi noche, ciertos frailes franciscanos movidos de caridad lo
tomaron y enterraron. Y á la mañana hallaron sobre su sepul-
tura un epitafio que decía : Hic jacet P. L. Far. Pauli P. P.
3¿t Maximi filio qui propter nos et propter nostram salutem
descendit ad infernos. Y el segundo día dicen que lo hallaron
sobre tierra hecho pedazos.
Y D. Hernando de Gonzaga permitió que se saquease la
casa de sal que el Duque tenía, y el pueblo la saqueó. Y antes
que la llevasen toda la .mandó cerrar y vender la que quedaba
á cuatro cuatrines la libra, disminuyendo el acrecentamiento
que antes valía, quitando las imposiciones y tributos muy gran-
des que el Duque tenía puestos. Asimismo mandó quemar todas
las escrituras criminales en la plaza. Y los criados del Duque-
huyeron luego, excepto Polliano y dos médicos y un secretario,
á los cuales D. Hernando de Gonzaga puso en mucha guarda.
Y envió gente á las tierras de Plasencia, que tomaron á Flo-
renzola y al Burgo de Sanchodino y á Castilguelfo, y combatie-
ron la Corte Mayor y la tomaron y halláiouse en el castillo-
20.000 escudos y 100 piezas de plata, las cuales y la moneda se
repartieron entre los que habían sido en la muerte del Duque.
Y como el Papa (que en este tiempo estaba en Perosa) su-
piese la muerte del Duque, su hijo Pero Luis, la recibió con
mucha paciencia, y envió al Duque Octavio, su nieto, á Parma
(habiéndoselo enviado á pedir los de la dicha ciudad) para darle
la posesión de ella. Y así fué muy bien recibido de ellos, por
ser contrarios muchos de los placentinos. Y asimismo envió-
— 103 —
el Papa un correo al Emperador para que enviase á mandar
á D. Hernando de Gonzaga que le dejase Plaseñcia y todo el
Estado al Duque de Castro, su nieto, pues era de su padre,
Pero Luis Frenesio, el cual había sido muerto sin culpa.
CAPITULO XV
De las cosas que acontecieron el año 154S. Primeramente de
cierta protestación que hizo D. Diego de Mendoza al Sumo
Pontífice Paulo Tercero en nombre del Emperador D. Car-
los, estando Su Santidad en el Sacro Senado, á 23 días de
Enero.
Viendo Su Majestad que las protestaciones hechas por el
Cardenal de Trento y por su Embajador D. Diego de Mendoza
no- habían aprovechado para atraer al Papa que hiciese volver
los Cardenales y los otros Prelados que estaban en la ciudad
de Bolonia á la de Trento, determinó de enviar á Roma al Li-
cenciado Vargas, Fiscal de su Consejo Real, para que él junta-
mente con D. Diego de Mendoza hiciesen cierta protestación
donde se narrase todo lo que Su Majestad había procurado
para que el Concilio general se tornase á hacer en Trento, y
ahora nuevamente le tornasen á referir lo mismo, señalándole
muchas causas suficientes para ello, la cual D. Diego de Men-
doza en nombre de Su Majestad leyó y protestó á Su Santidad
estando en Consistorio con los Cardenales, que fué la siguiente : '
Santísimo Padre : Como la república cristiana admirable-
mente estuviese levantada, la religión manchada en gran ma-
nera estuviese corrompida y toda Alemania se dividiese y apar-
tase del gremio de la Iglesia, el invictísimo Carlos Rey de los
Romanos, Emperador siempre augusto (cuyo Embajador soy,
y cuyas veces tengo), pidió con grandes suplicaciones al Papa
León y después á Adriano y á Clemente, de santísima me-
moria, y al cabo á Vuestra Santidad, beatísimo Paulo Tercio,
le concediesen Concilio universal para todo el pueblo cristiano,
y por razón de su dignidad y por descender á sus continuas
— 104 —
peticiones y por restaurar las cosas perdidas, Vuestra Santidad
tuvo por bien de señalar á Mantua primero y después á Vi-
cencia para que allí fuese convocado todo el general Concilio.
Y porque ninguna de estas dos ciudades fué tal para que eu
ellas cupiesen hombres de tantas y tan diversas provincias y
donde cómodamente se pudiesen juntar mudóse el propósito,
y al cabo por voluntad de nuestro Emperador, de consenti-
miento de todos los Príncipes cristianos, pidiéndolo con gran
instancia los alemanes, Vuestra Santidad por causa de los ale-
manes «mismos, por los cuales principalmente se hacía y orde-
naba este Concilio, una ciudad que se dice Tridente, lo cual
tuvieron ellos por bueno, porque Vuestra Santidad así se le
había concedido en las Cortes hechas en Ratisbona, que el Con-
cilio se celebraría en Alemania. Este asiento pareció bien razón
que el lugar es muy idóneo para ello, por la libertad, seguri-
dad y oportunidad que tiene por estar en tal sitio puesta, que
está tan cerca de los italianos como de los alemanes y no muy
lejos de los franceses y españoles. Y por eso el Obispo de ella,
Cristóbal Mandrucio, varón asaz bueno, piadoso Príncipe del
Sacro Imperio y muy amigo de Su Santidad. Y además desto
hay grande aparejo de las cosas necesarias para el manteni-
miento, según más largamente declara Vuestra Santidad en la
bula de la indición.
Ssñalóse, pues, el Concilio general de consentimiento y
aplauso de todos para la ciudad de Trento, y fueron enviados
Legados de Vuestra Santidad los reverendísimos Cardenales de
Paris-mon y Sampolo, los cuales fueron enviados por Vuestra
Santidad, y Embajadores del Emperador el religiosísimo Obispo
Atrevatense y el ilustre varón Granvela y y o D. Diego de Men-
doza. Pero no le pareció á Vuestra Santidad que aún era tiempo
para que se comenzase el Concilio, según que en la segunda
bula é indición más largamente se dice. Hasta qué después
tornó Vuestra Santidad á enviar Legados Cardenales al reve-
rendísimo Cardenal de Monte y al Cardenal de Santa Cruz y
a) de Sampollo, y Fuimos Embajadores del Emperador yo, don
Diego de Mendoza, y el ilustre varón D. Francisco de Toledo,
ausente, con los cuales se juntaron algunos Embajadores de
— 105 —
otros Príncipes y otros muchos Obispos de diversas naciones
venían de muy extrañas partes del .mundo con grandes gastos,
con mucho trabajo.
En fin se juntaron y comenzóse el Concilio tan deseado y
pedido de todos los cristianos. Y lo primero que en él se trató
fué las causas de la religión y reformación de las costumbres.
Y á la sazón traía el Emperador guerra contra los enemigos y
violadores del Sacro Imperio, en la cual se tuvo gran cuenta
que se hiciese principalmente para amparar y amplificar la re-
ligión cristiana, y con consejo de Vuestra Santidad se hizo que
los que por razón no podían ser sojuzgados por armas fuesen
vencidos.-
Y como las cosas estuviesen en estos términos, y como dije
lo primero que se trató en el Concilio fué la causa de la religión
y reformación de las costumbres, la cual pedía grandes fuerzas
y consejo, ésta se resfrió en tan gran manera que apenas bien
se propuso, puesto que Su Majestad y los alemanes lo hubiesen
pedido con tanta instancia así á Vuestra Santidad como á los
Pontífices sus antecesores.
Y como el Emperador por su gran esfuerzo y bondad hu-
biese apaciguado y allanado á Alemania, en lo cual no poco
le importaba á Vuestra Santidad y al Santo Concilio, con es-
peranza y certidumbre de la venida de aquellos que hasta allí
habían recusado el Concilio, levantáronse los reverendísimos
que dicen ser Legados de Vuestra Santidad con grande alboroto
y sin pensar, sin saberlo (según ellos afirman) Vuestra Santi-
dad, y sin hacérselo saber por una liviana causa que por ellos
fué fingida y mañeada, y trataron de la traslación del; Concilio,
para lo cual no dieron espacio para en ello poder pensar ni
tomar consejo, sino de tal suerte se hizo que un día lo propu-
sieron y otro lo determinaron, y otro después se fueron ellos
y otros muchos Padres, personas muy reverendas (que los si-
guieron) .
A esta determinación, Santísimo Padre, contradijeron mu-
chos Obispos de grande autoridad, hombres que tenían gran
celo de la reformación de las costumbres y religión cristiana,
v públicamente inspirando en ellos el Espíritu Santo (por cuya
— 106 —
causa aquello principalmente se debía de hacer) condenaron y
tuvieron á mal, así el propósito de mudar el Concilio como
el haberse ido aquellos reverendos Cardenales á Bolonia. Y
públicamente dijeron y afirmaron aquella traslación del Conci-
lio ser injusta, y por tanto ellos se querían quedar en Tri-
dento (como en su lugar legítimo y señalado para el Concilio).
En este tiempo nuestro invictísimo Emperador, mientras
la congregación de los Obispos estaba en Bolonia, como hubiese
vencido á su enemigo en la provincia de Sajonia 3^ vencido
dos Capitanes, el uno en batalla y el otro que se rindió, y apa-
ciguada toda Alemania, habiendo hecho y acabado él solo
guerra tan ardua y tan peligrosa, nunca dejó su propósito y
determinación que tema de que el Santo Concilio se prosiguiese
y fuese adelante. Y muchas veces envió á decir á Vuestra San-
tidad por mensajeros, especialmente por el Legado de la Sede
Apostólica, por el ilustre Sr. Juan de Vega, y también por don
Diego de Mendoza, Embajador de Su Majestad, con muchos
ruegos antes de la guerra comenzada y después de acabada,
que Vuestra Santidad hiciese volver al Concilio aquel los reve-
rendos Padres que estaban en Bolonia, amonestándole que pro-
veyese de suerte que se evitasen muchos escándalos á la reli-
gión cristiana (los cuales cierto se seguirían) si no se conti-
miase y acabase el Concilio en Trento.
Entre estas cosas mandó Su Majestad llamar á Cortes á los
alemanes para la ciudad de Augusta (en Alemania), las cuales
aún hoy día se celebran. Y en ellas se determinó por voluntad
libre y espontánea de los alemanes de todo estado y condición
y de consentimiento de todas las ciudades, pidiéndolo nuestro
Emperador, que todos los alemanes fuesen convocados al Con-
cilio para que se tratasen aquellas cosas sobre las cuales el
Concilio se había dado. Y se decidiesen y determinasen con la
autoridad sacrosanta del Concilio. Los cuales pretendieron de to-
mar y recibir al Santo- Concilio de Trento y que determinada-
mente y sin ninguna contradición lo harían.
El Emperador envió á Vuestra Santidad por Embajador al
reverendísimo é ilustrísimo Sr. Cistóbal Mandrucio, Cardenal
y Príncipe de Trento, para que en nombre de la Sacra Majestad
— 107 —
y del Serenísimo César Rey de Romanos y de todas las Orde-
nes del Sacro Imperio hiciese saber á Vuestra Santidad el Santo
Concilio de Alemania y le suplicase hiciese aquellos Padres que
estaban en Bolonia que volviesen al Concilio comenzado en
Trento, y no perdiesen tan buena y tan honestísima ocasión
ganada con tantos trabajos y peligros, y tornada ahora de nuevo
á restaurar para que la causa de la religión se volviese á tratar
de general consentimiento de todos los cristianos* y de los ale-
manes, á cuya causa se había constituido el Santo Concilio en
Trento. Y se tratase con la grande autoridad de la Sacrosanta
Sede Apostólica y se aumentase y fuese adelante para gloria
inmortal de Vuestra Santidad. Y esto lo hiciese Vuestra San-
tidad públicamente delante de aquellos reverendísimos Carde-
nales.
Y allende de esto mandóme á mí, que había, venido á Sena
á componer y ordenar las cosas de aquella república, que tu-
viese cargo de este negocio para que si Vuestra Santidad pusiese
en ello alguna dilación ó excusa y no quisiere tomar esta oca-
sión que tenemos entre manos de tan justa demanda de Su
Majestad, con celo grandísimo de la reformación de la religión
cristiana, que pública y secretamente tomase testigos á los mis-
mos reverendísimos Cardenales y á todos los Embajadores de
todos los Príncipes que en Roma estuviesen de lo que pasaba.
Y demás de esto, me mandó que hablase á todos los Pro-
curadores y á los consiliarios suyos que en Bolonia esperaban
respuesta de esto de aquellos Padres que allí estarían, para que
si ellos y Vuestra Santidad lo rehusasen ó pusiesen alguna dila-
ción, yo, en nombre de Su Majestad, en general ayuntamiento
de todos, protestase ser injusta la traslación del Concilio y de
todas las cosas allí hechas y seguidas ser ningunas y de ningún
valor. Hízose, pues, beatísimo Padre, después de haber sido
requerido secreta y públicamente primero del reverendísimo
Príncipe de Trento, á nueve días del mes de Diciembre, y des-
pués por mí á catorce del mismo mes, á hora del .medio día, de-
lante del ayuntamiento de los reverendísimos Padres, con la di-
vina humildad, rogando á Vuestra Santidad humildemente por
la sangre de Nuestro Señor Jesucristo y por sus entrañas nos
— 108 —
concediese lo que teníamos pedido. Y Vuestra Santidad tomó
término para consultar y tomar consejos sobre ello de los Padres
reverendísimos que estaban en Bolonia, los cuales dieron en esto
su parecer no menos vano y engañoso que en lo pasado y muy
pernicioso para la religión cristiana y para escándalo y detri-
mento de toda la Iglesia. El cual parece en alguna manera á
Vuestra Santidad haber aprobado teniéndolo por bueno aquél
haberse apartado de Trento, aquella congregación hecha en
Bolonia llamándola Concilio general, y dándole tanta autoridad
que escribe al reverendísimo Cardenal de Monte, Obispo proe-
nestino, y la respuesta del Emperador cuanto á los mismos
Obispos por su propia autoridad se osaron atribuir.
Demás de esto respondió Vuestra Santidad dilatando el ne-
gocio, poniendo inconvenientes irrectos y mal formados para
la ocasión que entre manos teníamos, porque ¿qué puede ha-
ber en el mundo más ajeno de la verdad que en un negocio
tan grave y de tanta importancia negocio de la religión cris-
tiana y del Espíritu Santo, trastornar y revolver el negocio de
la causa, dar sentencia y pronunciarse juez antes que el juicio
se le difiera (sic)f ¿Y aquellos que estaban enfermos y querían
ser sanos y que hasta aquí desviaba del verdadero camino y
ahora pedían religión y reformación de costumbres y confor-
midad de todas las disensiones, y que pedían este Concilio se
hiciese en Trento, y donde estaba comenzado allí se acabase,
lo cual creían ser medicina para sus conciencias, se les dene-
gase y alargase con engaños y rodeos? ¿Y qué mayor incon-
veniente sino que se dé mayor crédito á aquellos que aun entre
sí tienen poca concordia, hombres de poca autoridad y de bajo
suelo que dicen no haberse de proseguir el Concilio? ¿Y que
no atribuya Vuestra Santidad entera fe á nuestro Emperador \
Rey de Romanos y á otros Príncipes y Estados alemanes que
están juntos en públicas Cortes y envían á un reverendísimo
Cardenal y Príncipe del Sacro Imperio para que haga saber á
Vuestra Santidad de tan santo propósito como los alemanes
tienen, lo cual claramente se colige de las respuestas que así
públicamente como secretamente Vuestra Santidad ha dado,
pero yo no sé qué pedíamos á los alemanes? ¿Qué deseábamos
— 109 —
de ellos tantas veces con tantos caminos y gastos y trabajos en
guerra dudosa, donde tanto se ha arriesgado, sino esto que
teníamos de ellos ya alcanzado?
Perdió Vuestra Santidad todos los trabajos pasados por la
religión cristiana, perdió la ocasión grande que tenía de restau-
rar y restitiür la fe, perdió la causa de la religión, pues era
amonestado y requerido, pues está cierto este Concilio general
habiéndose señalado por causas muy graves y necesarias á
ruego de nuestro Emperador, viniendo en ello todos los Prín-
cipes cristianos, pidiéndolo los mismos alemanes, concordando
en ello todos los Obispos lo en él comenzado y tratado de con-
sentimiento todos sin causa gravísima, sin consejo de los Prín-
cipes y gran necesidad y sin guardar la orden del derecho,
sin consejo de todos los Padres no poderse mudar ni solicitó
hacerlo ; porque de aquí viene muchas veces que estas tales
traslaciones y mudanzas hechas sin causa, sin consejo de los
Príncipes, suelen con gran peligro de la religión levantar y
mover muchas discusiones en la república cristiana, y algunas
veces los Concilios ya ordenados con la división del pueblo cris-
tiano se deshacen y desconciertan. Pues la causa de esta tras-
lación fué ninguna, sino tomada la primera ocasión que se les
vino á aquellos reverendísimos Cardenales.
Hicieron, como tengo dicho, lo que quisieron, diciendo ha-
ber no sé qué calenturas y aires corruptos de la ciudad, tra-
yendo testimonio procurado de algunos sobornados médicos,
principalmente de sus criados y cocineros vilísimos. Y con esta
flor y poca ocasión se fueron de Trento, no habiendo entonces
ni después, según claramente pareció, ninguna causa ni aun
de aquel vano temor que ellos tenían. Demás de esto fuera bien
dar parte á Vuestra Santidad de esta ida, porque tuviera algún
color, pues en tan breve espacio de tiempo corría poco riesgo
en esperar, pues la cosa no era tan repentina, según que por
el suceso pareció. Pero ellos mismos confiesan haber sido sin
hacerlo saber á Vuestra Santidad, y así Vuestra Santidad lo
afirma en la carta que escribió al reverendísimo Cardenal de
Monte y en la respuesta dada á nuestro Emperador. Las cuales
menoscabaron mucho la autoridad de Vuestra Santidad, tanta
— 110 —
fué la prisa de estos Cardenales y Legados que ni ellos qui-
sieron dar parte á nadie ni quisieron oir á los que les decían
ser bien primero se diese parte á Vuestra Santidad y á nues-
tro Emperador Carlos, siempre augusto.
Y como nuestro invictísimo César trabajase siempre de am-
parar y amplificar la religión, Ija Iglesia y al Santo Concilio,
no dejó de amonestárselo muchas veces por sus mensajeros,
diciéndoles que no querían pasar por aquella traslación y sus-
pensión del Concilio. Menospreciaron también y no curaron
de la orden del derecho ni guardaron aquel conocimiento de
causa que por las constituciones sinodales está mandado cerca
de las traslaciones de los Concilios, haciendo cosa liviana y de
poco perjuicio lo que en sí es de la mayor importancia que
puede ser. Porque fuera bien que ellos oyeran de buena gana
las justas contradicciones de aquellos gravísimos Padres que
con tanta doctrina y buen celo y pura conciencia no consentían
en ello, y mirar sus razones y examinarlas, y no echándoles
por alto y apenas bien oídas hacer lo que se les antojó, pues
con justo título se debían preferir, pues más graves y más
firmes eran en la religión cristiana. Podrían con razón los Pa-
dres de muchas naciones impedir esta traslación como volun-
taria y perniciosa á la república cristiana. Porque dado que
fuera necesaria, fuera razón que se guardaran los decretos de
los Sagrados Concilios y fuera por sus términos conforme á
derecho, escogiendo el lugar más cercano en Alemania y más
oportuno ; lo cual convenía hacer porque los alemanes por
cuya causa el Concilio se hacía pudiesen venir seguros. Y no
hay razón para poder defender el haberse ido á Bolonia (que
es ciudad puesta en medio de Italia, subdita al Imperio de ]a
Iglesia), adonde está claro que los alemanes no habían de que-
rer ir.
Escogieron, pues, lugar que todos pudiesen fácilmente re-
husar por muchas causas que al presente callo. Y esto no para
proseguir el Concilio, sino para con muchos detrimentos de los
cristianos y decoloración y deformación del estado esclesiástico
y de la república cristiana deshacerlo, haciendo que no pasase
adelante. Y siendo como son los Concilios estatuidos para qui-
— 111 —
tar disensiones, sustentar la religión y enmendar las costum-
bres, esta traslación de los Padres reverendísimos lo turbó todo
y lo echó todo á perder.
Pero como el nuestro invictísimo César, como verdadero y
legítimo Emperador de los Romanos, esté obligado á aumentar
4 ...
y defender la Iglesia, lo cual ha hecho desde el principio de
sus reinos y de su Imperio, como de muchos tiempos á esta
parte esté al cargo de los Emperadores amparar los Concilios
y conservarlos hasta tanto que todos los negocios por cuya
causa se hacen en su lugar y con su orden queden en perfec-
ción. Y como haya pensado de componer y apaciguar las di-
senciones de Alemania (que es provincia principal del Imperio),
y gran miembro de la Iglesia para restituir la religión cristiana.
Y como el principal intento y cuidado de Su Majestad sea
corregir y enmendar con favor de Vuestra Santidad y del Santo
Concilio las gentes y naciones de España y de otros Reinos y
Señoríos de donde es Rey y verdadero señor, lo cual verdade-
ramente se cumpliría si Vuestra Santidad el Concilio señalado
para Trento y comenzado en Trento, en el mismo Trento lo
prosiguiese y acabase.
Viendo, pues, nuestro invictísimo Emperador esta Ida de
estos Legados, y como ellos la llaman traslación hecha sin or-
den legítima ni fundada por ley ni por causa ni razón ni con-
sejo. Y viendo á toda Alemania (á quien este negocio princi-
palmente tocaba) pedir Concilio y prometer de estar en él y
recibirlo por Santo. Ahora como bueno y obediente hijo de
Vuestra Santidad y de la Santa Madre Iglesia, pide v requiere á
Vuestra Santidad por las llagas de Jesucristo no deje de la
mano ocasión tan buena de tanto tiempo y con tanto trabajo
adquirida para componer y restaurar la religión cristiana, y
que se acuerde Vuestra Santidad de ayudar y dar favor á las
ovejas que Nuestro Señor le dejó encomendadas, mandando
á los que dicen ser sus Delegados volver luego á Trento, con
todos los demás Obispos que con ellos fueron, pues por Vues-
tra Santidad estaba el lugar ya aprobado para que allí se hi-
ciese el Concilio y lo comenzado en él se prosiguiese y aca-
base. Lo cual en ninguna manera podrían rehusar mandándolo
— 112 —
Vuestra Santidad, pues ellos así lo han prometido de volver,
viniendo los alemanes al Concilio luego que aquella falsa sos-
pecha de enfermedad se resfriase. Y esto Vuestra Santidad lo
prometió muchas veces á nuestro Emperador por sus Embaja-
dores y llegados.
Y pues así es y casi un año es ya pasado que aquella pesti-
lencia ó mortandad (si alguna hubo) está ya apaciguada, todo
tranquilo, quitada toda razón de temor, pidiéndolo los alema-
nes, prometiendo ellos mismos de su libre y espontánea volun-
tad de recibir el Santo Concilio libremente y sin ninguna con-
dición. ¿Qué es la causa qué no vuelven á acabar lo comenzado í
¿Dónde, de derecho y razón, se debe proseguir? Y si Vues-
tra Santidad hiciese esto que se le suplica haciendo tornar
por su autoridad apostólica á los Legados ya dichos á lia ciu-
dad de Trento y en ello no se pusiese dilación ni dificultad,
hará cierto cosa muy necesaria al pueblo cristiano y muy agra-
dable á la divina Majestad. De otra suerte, no queriendo Vues-
tra Santidad venir en tan justa petición hecha en tiempo y en
ocasión tan necesaria como al presente se nos ofrece, lo cual
por cierto no es de creer de hombre que tiene á su cargo toda
la cristiana república y de quien tiene las veces de Nuestro
Señor Jesucristo.
Yo, D. Diego de Mendoza, en nombre del piadosísimo é in-
victísimo D. Carlos, señor nuestro, Emperador de los Romanos,
por su especial poder que para ello tengo y en nombre de todo
el Sacro Imperio, de sus Reinos y Señoríos, después de haberle
hecho secreta y públicamente muchas amonestaciones y denun-
ciaciones evangélicas, y esto como tengo dicho no una ni
dos, sino infinitas veces, y en este amplísimo y religiosísimo
Consistorio de Cardenales, día de miércoles, antes de medio día,
á 14 de Diciembre y en el mismo lugar después de martes en
la tarde á 27 de Diciembre, estando presentes los reverendísimos
Padres y los Embajadores de los Príncipes, después de otia
protestación hecha en lunes, después de medio día, á 16 de
Enero, por los Embajadores de nuestro Emperador, estando
en el general ayuntamiento en Bolonia, ahora de nuevo protesto
y digo la dicha traslación ó ida de aquellos reverendísimos
— 113 —
Cardenales á Bolonia ser ilegítima y ninguna y todas las cosas
de allí seguidas y ejecutadas y las que de aquí adelante se
harán y siguieren ser afectas de ningún valor y ser ocasión de
engendrar muchas disensiones, rijas y escándalos en la Iglesia
de Dios y gran pestilencia y peligro al pueblo cristiano, y
ser amenazas para que la fe católica y la universal Iglesia de
Dios esté en gran peligro, y para escandalizar y colorar su es-
tado, y para resolver la entereza y majestad de Nuestra Santa
Madre Iglesia. Y por el consiguiente ser de ningún momento
y de ningún efecto y ser de ninguna fuerza ni adelante tener
vigor ni substancia ni lo hecho por aquellos Legados y Obispos
que están en Bolonia, tener aquella autoridad de Vuestra San-
tidad que se requiere para que en negocio de tanta importancia
y que tanto importa á la universal república cristiana, princi-
palmente para aquella provincia donde poco entienden de esta
reformación de costumbres, lo por ellos determinado tenga fuer-
za de ley ni valga cosa alguna.
Demás de esto, en nombre del invicto Emperador de Roma-
nos nuestro señor, y por su especial mandado protesto y de-
nuncio á Vuestra Santidad que la respuesta dada por Vuestra
Santidad en este negocio fué inepta y no conveniente, llena
de humo. O por mejor decir, fuese cosa de burla, pues ni en
razón ni en derecho se fundaba.
También protesto todos los daños, alborotos, disensiones,
mortandades, rencillas, muertes, divisiones de pueblos, es-
cándalos en la Iglesia de Dios, peligros en la religión cristiana.
Y finalmente, todo y cualquier detrimento que se siguiere ó
pudiese seguirse, que todo se imputará á Vuestra Santidad,
pues pudo y debió poner remedio en ello y de forma y de cien-
cias del Pontificado era obligado á remediarlo hasta poner su
sangre y su vida.
También protesto que el invictísimo nuestro Emperador
don Carlos está fuera de toda culpa y negligencia si por caso
de este negocio sucedieren algunas tempestades y tormentos
á la Iglesia de Dios. Y protesta con todas sus fuerzas de ir
contra ello y ser siempre en amparo y protección de la Iglesia,
y de hacer todo aquello que debe á su dignidad, porque es
— 114 —
i
Emperador y Rey y hará aquello que el derecho manda, y lo
que las leyes y ordenanzas de los santos Padres hallare que
se deba guardar. Y protesto todo lo demás que en nombre de
nuestro invictísimo Emperador por la mejor vía que puedo y
debo y me convenga protestar.
Y asimismo á vosotros reverendísimos Cardenales que es
tais presentes, digo que en caso que Su Santidad se descuidare
en lo que tengo dicho ó por otra cualquiera vía dejare ó difi-
riere la reformación de las costumbres, la instrucción de la reli-
gión, la unión y conformidad de las provincias de Alemania
tal cual se requería hacer en el santo Concilio. Y si vosotros
de la misma suerte fuéredes en esto negligentes, protesto lo
mismo que he protestado á Su Santidad del mismo modo y
orden. Y así lo protesto en nombre del piadosísimo Emperador
D. Carlos, y digo que haré esta protestación dos ó tres veces
y tantas cuantas me convengan y en el lugar y donde me pa-
reciere ser necesario. Y á todos los presentes tomo por testigos
y pido y requiero á los Notarios que aquí están ó á cualquiera
de ellos hagan de todo lo susodicho públicos instrumentos.
CAPITULO XVI
Cómo el Emperador, con parecer de grandes letrados y hom-
bres de buena vida, determinó de dar cierta orden y ma-
nera de vivir así en la fe como en costumbres á la gente
del Imperio, sometiéndola á lo que en el general Concilio
se determinase.
Después que D. Diego de Mendoza hubo leído la dicha pro-
testación, Su Santidad le respondió que lo vería más despacio,
y que él le hablaría sobre ello. En conclusión no se hizo cosa
de las que el Emperador y Electores y los demás Príncipes del
Imperio y ciudades deseaban. Y así determinó Su Majestad
luego de mandar hacer en aquellas Cortes cierta reformación
católica para quitar los abusos y escándalos, para plantar y
conservar la disciplina católica con que aquellos Estados pu-
— 115 —
diesen vivir y estar piadosa y pacíficamente hasta tanto que se
hiciese el Concilio general y hubiesen de tener y guardar lo
que en él fuese determinado. Y para ello mandó juntar el
Emperador muy buenos letrados en Santa Teología y de sanas
conciencias para que se guardase lo que entre ellos se consti-
tuyese, y por parte de Su Majestad fueron nombrados el Arzo-
bispo de Maguncia y Enrique Acoss y Jorge Segismundo Do-
seld, y por el Rey de Romanos Sandinico Magreche, y por el
Arzobispo de Maguncia el Provisor de su Iglesia; por el Ar-
zobispo de Colonia, Enardo Quilich; por el Arzobispo de Tre-
vers, Nicolás de Lain, Canónigo; por el Elector Duque Mauri-
cio, Eustaquio de Sichleben ; por el Arzobispo de Salzpruque,
Jacobo Enríquez Manus ; por el Duque de Ba viera, Leonardo
Eque, y por los Prelados de toda Alemania, el Abad Bonarance ;
por todos los Condes y señores, Hugo de Manhort ; por todas
las ciudades francas, Jacobo Sturm, Jorge Peserer. Y demás
de las personas susodichas, para que en discordia suya pudiesen
intervenir á tener voto en lo que se había de mandar y orde-
nar fueron nombrados por el Emperador el confesor de Su
Majestad el Doctor Maluenda, el Doctor Julio Fulco. Los cuales
se juntaron muchas veces y trataron sobre todos los artículos
de la fe en que los luteranos ponían duda, para la averiguación
de los cuales determinaron tomar la materia desde la creación
del mundo, é hicieron este presente tratado que se sigue :
Del estado del hombre antes que pecase.
Dios en el principio de todas las cosas crió al hombre á su
imagen y le adornó de gracia é hizo que fuese recto así en las
fuerzas del cuerpo como en las del ánimo, y que no fuese per-
turbado con algunos malos movimientos, sino que en él obede-
ciese la carne al espíritu y las otras inferiores virtudes del
ánimo á las superiores. Y como el ánimo del hombre fuese tan
bien ordenado, dejóle Dios en su propio albedrío para que no
tuviese menos fuerza para elegir lo bueno y lo malo, y si bien
— 116 —
hubiera usado de esta libertad y obedeciera á los mandamientos
que Dios le dio, guardara para sí y para sus descendientes los
bienes de justicia que del Omnipotente Dios había recibido y
no le faltara nada para bien aventuradamente vivir, ni la ham-
bre, ni la sed, frío ni calor, ni el dolor, ni enfermedad alguna,
ni la misma muerte le afligiera. Y finalmente evitara todo pe-
cado y vicio, y ningún pecado pudiera poner en peligro á él
ni á sus descendientes.
II
Del estado del hombre después que pecó.
Empero después que nuestro primer padre vino contra el
mandamiento que Dios le había dado, cayó en la pena que Dios
le había antes puesto, y perdió el excelente y muy hermoso
don de la justicia original, y de aquí la provocación y el vicioso
hábito de la codicia, el cual para siempre contradice al espíritu
y á las otras superiores virtudes del ánimo. El cual pecado-
conviene á saber : privación de justicia daba á Dios cuenta jun-
tamente con la concupiscencia la extendió en todos sus descen-
dientes de arte que con él naciesen todos los que venían á esta
vida, y ninguno pueda vivir sin el dicho pecado aunque sea
un niño de un día nacido, conforme á las escrituras. De aquí
nos vino aquella llaga de nuestra naturaleza que ningún hom-
bre entienda las cosas que son del espíritu ni elija libremente
lo que conviene antes de la gracia como aborrezca (sic), y
concupiscencia y deseo de la carne y las cosas que en él seño-
rean y la enemistad sea contra Dios y contra su ley, y tanto
más impida en el bien cuanto más le persuade el mal.
Y aun que el tal hombre retiene libertad de albedrío (aun-
que enferma y dañada), de la cual así como de fuente manan
las virtudes morales de los mismos y acciones de ellas, empero
no puede allegarse á la justicia que está delante de Dios antes
que él le dé favor y amparo. Mas antes el hombre es siervo
del pecado, esclavo de Satanás, enemigo de Dios y sujeto á
los males de este mundo, porque la fatiga, la hambre, sed, frío,
— 117 —
calor, dolor, enfermedad. Finalmente, le derrueca la muerte :¡
porque por un hombre entró el pecado en este mundo, y la
muerte por el pecado.
Estas penas sobredichas son de la transgresión del mandado
divino, las cuales son comunes á los bautizados y de nuevo
nacidos, con los que pecaron. Pero á los que de nuevo nacieron
se las da Dios por que se ejerciten en ellas, y á los injustos y
malos para que sean castigados en ellas. A esto se ha de aña-
dir que en el tal hombre, al cual el pecado original ensució la
natura, tan solamente está y se renueva por la gracia si no
reina en él Satán, juntamente con la mala concupiscencia, el
cual Satán le tiene constreñido con los lazos de su servidum-
bre y obra en él de manera que viva en sus deseos haciendo
la voluntad de la carne y pensamientos y ajunte el pecado ori-
ginal que recibió de sus padres con los suyos, y se haga hijo
de la ira, como dice el Apóstol. De arte que si muriese en aquel
estado desventurado, por la sentencia de Dios sería echado en
la gehena adonde los condenados padecen con perpetua pena,
donde como dice Isaías : «Ni su fuego se amatará ni su gu-
sano de conciencia morirá».
III
De la redención que Cristo Nuestro Señor hizo.
Así que Dios es rico y abundante en misericordia, no que-
riendo que pereciesen los que él había hecho, envió á su hijo
al mundo para que como le fuese imposible al hombre librarse
tuviese la redención en Nuestro Señor por su sangre, y como
■está escrito oor el Apóstol, puso D!os en verdad sobre su Hijo
más iniquidades para que en su cuerpo llevase los pecados á
la cruz, y enclavándolos en el madero aquesta inocente como
padeciese por nosotros pecadores y satisfaciese nos redimió, y
así agradó á Dios Padre para que él nos librase á nosotros,
-desventurados y ensuciados con los pecados y nos salvase por
su sangre y nos pusiese en gracia con Él, porque verdadera-
mente (como dice San Pablo) Dios estaba en Jesucristo recon«
— 118 —
ciliando y allegando así al mundo, no mirando sus pecados. Y
aunque Dios de balde y por su santo nombre nos es favorable
y limpia nuestras maMades por sí, empero porque no pareciese
que perdonaba nuestros pecados sin que hubiese alguna satis-
facción para demostrar su justicia, mezcló justicia con miseri-
cordia, según que es su incomprensible sabiduría é inmensa
bondad. Y quiso que la sangre de su Hijo fuese puesta por
precio de nuestra redención, para que las penas que nosotros,
pecadores habíamos de dar sufriese aquel inocentísimo Cordero
en la Cruz para que nosotros pudiésemos tomar y usurpar el
precio de nuestra redención, que nos faltaba de sus llagas
para nuestra salvación y salud. Porque como benignísimo Pa-
dre tuviese piedad, de nosotros de gracia, empero no tuvo mi-
sericordia sin que interviniese la sangre de su Hijo para que
lo que aquí á nosotros de balde nos vino confesemos que lo>
hemos recibido de los méritos y justicia de Cristo. Por ma-
nera que cualquiera se huelga y gloría hasta aquesto en el
Redentor y Salvador nuestro, pues que de Él lo recibió.
IV
De la justificación del hombre, que quiere decir de la remisión
de los pecados.
Después de esto, el que se redime con la preciosa sangre de
Dios y á quien se aplica el merecimiento de su pasión, aqueste
luego se justifica, que quiere decir que halla remisión de sus
pecados y que se absuelve de la eterna damnación y se renueva
por el Espíritu Santo, y de injusto se hace justo. Porque Dios
cuando justifica al hombre no se ha con él como hombre, de
arte que tan solamente le perdone el pecado libre ; pero aún
le hace mejor (lo cual los hombres ni pueden ni suelen hacer) ,
porque comunica con él de su Espíritu Santo, el cual limpia
el corazón del hombre, y por la caridad infusa en el mismo
corazón le incita á que desee lo que es bueno y justo, y después
de deseado por obra lo siga.
Aquesta es aquella verdadera razón de justicia que se nos
— 119 —
alega, la cual deseaba David cuando decía : ((Cría en mí, Señor,
limpio corazón y renueva en mis entrañas espíritu derecho».
De aquesta escribe el Apóstol diciendo : «Lavados, santifica-
dos y justificados estáis». Y cuando dijo que Dios nos salvó
según su misericordia por el lavar de la regeneración y renova-
ción del Espíritu Santo, al cual en nosotros infundió abundan-
temente por Jesucristo Nuestro Salvador, para que justifica-
dos por su gracia fuésemos herederos de la vida eterna, según
«
esperamos.
Y aunque esta justicia que nace de la fuente de la ley del
Espíritu Santo es más abundante que fué la de los escribas
y fariseos, empero en aquellos que tienen en esta ley no me-
nos la concupiscencia repugna al espíritu, mientras que aquí
viven. Y de aquí viene que los mismos sirvan á la ley de Dios
en el entendimiento, pero con la carne á la ley del pecado
y no vivan sin él.
Así que como el hombre no alcance plena perfección de
justicia mientras que aquí vive en verdad de Cristo, que no es
sabiduría, justicia, santificación y redención, nos socorre en
aquesta parte largamente. De arte que así como hizo por la
comunión de su justicia la justicia del hombre que participa
con' la suya así la acrecienta, de arte que se renueve cada día
más hasta que se haga del, todo perfecta en la morada eterna,
y alcanza al hombre perdón por el merecimiento de su sangre
preciosa y justicia perfectísima. De arte que lo que el hombre
por su flaqueza menos puede, aquesto se cobre por la perfec-
:ión del mismo Cristo y se nos dé. De aquí viene aquella
consolación de San Juan : «Hijitos, estas cosas os escribo para
que no pequéis; si alguno pecare, á Cristo tenemos por abo-
gado acerca del Padre ; Él es favorable para rogarle por los
pecados» .
Concurren de verdad el merecimiento de Cristo y justicia
que se alega, para la cual somos renovados por el don de la
caridad, que se alega para que por ella vivamos en este siglo
piadosa, justa y templadamente, esperando la esperanza bien-
aventurada y advenimiento de la gloria del gran Dios y Sal-
vador nuestro. Empero el merecimiento de Cristo para que sea
— 120 —
causa de nuestra justicia, para que como caigamos y erremos
en muchas cosas que pueden turbar nuestros ánimos y traerlos
á desesperación, respiremos y tomemos alientos en el mismo
merecimiento de Jesucristo y hallemos con qué podamos resistir
firmísimamente y restribar para la esperanza de la salud, por-
que todas las cosas tenemos firmísimas y. perfectísimas en
Cristo Nuestro Salvador, al cual visten los piadosos, con el
cual se les conceden todas las cosas, según el Apóstol. Todas
las cosas nos son firmísimas y macizas, perfectísimas paia
que nos sustentemos con ellas para la viva esperanza.
V
De la utilidad y fruto de la justificación.
Tienen de verdad los justificados paz acerca con Dios por
Nuestro Señor Jesucristo, porque Dios les es aplacado, miseri-
cordioso y favorable, de arte que puedan esperar, pues siéndole
enemigos Dios los reconcilió por la muerte de su Hijo. Mucho
mejor hemos de decir que siendo reconciliados se salven, usando
las palabras del Apóstol, las cuales están llenas de consuelo.
Y allende de esto los que son justificados son los mismos
adoptados por hijos de Dios para que sean herederos del Eterno
Padre en los Cielos, y juntamente herederos con Cristo (como
dice vSan Pablo) y tengan ya derecho de aceptar la herencia
que es la vida eterna.
VI
De la manera que toma el hombre la justificación.
Y aunque Dios no justifica al hombre por las obras de jus-
ticia que Él hace, sino según su misericordia, y aquesto de
balde, sin merecerlo í)l. De arte que si el hombre se quisiese
jactar y alabar, lo deba de hacer en Cristo, por cuyo mereci-
miento se redime del pecado y se justifica, empero Dios mise-
ricordioso no sea con el hombre en aquesto como una cosa sin
— 121 —
sentido, sino llévale queriéndolo Él, porque en tal hombre
recibe los beneficios de Cristo, si no es precediendo la gracia
de Dios, mediante la cual su entendimiento y voluntad se mueve
á aborrecer el pecado ; porque como el pecado haga aparta-
miento entre Dios y nosotros (como dice Isaías), ninguno se
puede allegar á la gracia y misericordia si no se aparta pri-
mero por penitencia del mismo pecado. Y así dijo San Juan :
«Como aparejase el camino para el Señor, haced penitencia,
porque se allega el Reino de los Cielos».
Iviiego la misma gracia divina mueve el entendimiento del
hombre para Dios, y este movimiento es de fe, por la cual cre-
yendo sin duda á las Escrituras Santas, consiente eu ellas y
en las promesas en ellas contenidas, porque el mismo Cristo
luego que acabó la penitencia buscó la tal fe diciendo : pues '
que se cumplió el tiempo y se allega el Reino de Dios, haced
penitencia y creed en, el Evangelio.
Y el que así cree y por el temor de la divina justicia con
el cual es herido, se convierte á considerar la misericordia de
Dios y redención por la sangre de Jesucristo, este tal es levan-
tado, y moviéndole la gracia de Dios concibe confianza y es-
peranza para que crea en la esperanza de la misericordia pro-
metida y no en la de su merecimiento, dando gloria á Dios,
y así es llevado á la caridad.
Y el que estriba en tal fe de misericordia divina y mereci-
miento de Cristo, ése confía en ella, recibe la promisión del
Espíritu Santo, y así se justifica por la fe en Dios, según las
Escrituras, de arte que no solamente se remita el pecado, pero
aun sea santificado y sea renovado por el Espíritu Santo. La
cual fe alcanza el don del Espíritu Santo, con el cual se de-
rrama caridad en nuestros corazones, la cual en cuanto se
allega á la fe y esperanza en tanto somos justificados poi1 la
justicia que verdaderamente nos está allegada, y aquesta justi-
cia de tal manera consta de Fe y Esperana y Caridad que si la
nna de estas virtudes le quitásemos quedaría manca.
— 122 —
VII
De la caridad y buenas obras.
I,a caridad, que es fin del precepto y cumplimiento de la ley
luego que entra en la justificación, es abundante y concibe é
incluye dentro de sí misma las simientes de todas las buenas
obras, la cual como está aparejada para llevar buenos frutos
de justicia, así los lleva en los que están justificados y cuantas
veces debe y no se le quita la facultad de obrar por algún im-
pedimento, así que la fe que por amor obra no parece viva,
mas antes estéril y muerta (como dice Santiago), mas antes el
hombre, aunque tenga grande fe, si la caridad le falta queda
muerto (como dice San Juan) . Como principalmente la caridad
deba ser parte de la vida eterna en nosotros comenzada y al
fin se haya de acabar por glorificación. Porque aunque la fe
y esperanza falten cuando hayamos de pasar á la eterna mo-
rada, empero la caridad quedará y entrará con nosotros, para
según ella podamos vivir bienaventuradamente y gozar de
Dios y del siglo perdurable, el cual entonces no será todas las
cosas. Es empero la fe, no obstante esto, verdadera, por la cual
los cristianos son diferenciados de los infieles en cuanto "con-
sienten á las Escrituras y cosas reveladas por Dios, aunque la
misma fe esté apartada de la caridad.
De aqueste tan gran don de Dios, que cuanto más se acre-
cienta en nosotros tanto más la vejez de nuestra carne se dis-
minuye, y las buenas obras que manan de Él como de fuente
y son tan necesarias para la salud de cualquier justificado, de
manera que el que no las hiciere muchas veces pierda la gracia
de Dios y se aparte de Cristo como sarmiento inútil y echado
en el fuego (como el mismo Cristo lo dice en el Evangelio).
Y aunque estas obras sean tales que Dios tenga derecho de
pedírnoslas, y los santos hicieren todas las cosas que de ellas
les son mandadas deban conocer y decir que son siervos in-
útiles. Empero, como manera de caridad y de Dios, y sean
hechos efectos de la gracia de Dios, según su voluntad haya
— 123 —
prometido muy liberalmente pago á los que trabajan, tuvo por
bien remunerar á los que estas obras hicieren con bienes tem-
porales y eternos, según el Apóstol dice : «Abundad en toda
buena obra, sabiendo que vuestro trabajo no será vano en Dios,
porque no es el Señor injusto para que se olvide de vuestra
obra y amor que mostraste en su nombre».
Y también los justificados así como hechos siervos de la
justicia dando sus miembros á la justicia para la santificación,
obrando la gracia juntamente abundan de buenas obras, v
cuanto más de ellas abundan tantos mayores aumentos de la
justicia se les allegan. De arte que los que son justificados se
hagan más. La Escritura dice : «No tengas vergüenza de jus-
tificarte hasta la muerte». ítem : «el que es justo se justifique
más, y el que es muy fructuoso más copioso, como el mismo
Cristo enseña)). Y aquesta es aquella justificación de la cual
habla Santiago, primo del Señor.
L,o que queda es que aunque las obras que Dios mandó
como necesarias para la salud sean principalmente de hacer
conforme á aquello de Cristo : «Si quisieres entrar en la vida
guarda los mandamientos». Empero las cosas que fueron aña-
didas por preceptos se han de recibir piadosa y honestamente
aquéllas. También habernos de encomendar por que no discrepe-
mos del Espíritu Santo y de muchas cosas que nos fueron en-
comendadas en las Escrituras Sagradas, porque de otra manera
no sería útil ni bueno dejar ó vender el hombre todas sus cosas
y seguir á Dios y guardar virginidad y continencia. Mas antes
David con razón hubiese hecho burla del Micol cuando bailó
delante del arca del Señor. Y asimismo San Pablo en balde
perdonara el salario á aquellos á quien predicaba la palabra
de Dios.
Brevemente se han de discernir las obras sobre la distribu-
ción que se hace fuera del precepto usando del dicho de Cri-
sóstomo, de las cuales se hacen al contrario, porque ésta las
condena el mismo Cristo, así como levadura de los fariseos,
y las demás del Espíritu Santo las encomienda hablando á las
criaturas, diciendo : «Haz, Señor, las cosas voluntarias de mi
boca bien agradables».
• — 124 —
VIII
De la confianza de la remisión de los pecados.
Aquí nos hemos de guardar que no hagamos á los hombres
descuidados 6 muy confiados en sí, ó los traigamos á desespe-
ración ó congojosa duda. Así que como San Pablo diga que el
que no sabía de ningún pecado que tuviese más en aquesto no
ser justificado, porgue el hombre no puede creer sin duda de
su propia enfermedad ó indisposición que los pecados le son
perdonados. Mas empero si no debe de jactarse en sí mismo, no
por eso se ha de espantar para que dude de las promesas de
Dios y de la eficacia de la muerte de Cristo y de su resurrec-
ción, y desespere de poder alcanzar su salud y remisión de sus
pecados. Mas antes ha de tener la esperanza y certidumbre en
la preciosa sangre de Jesucristo, que por nosotros y por nues-
tra salud se derramó, en el cual debemos y podemos confiar,
confirmándonos con el Espíritu Santo, que da testimonio á
nuestro espíritu que seamos hijos de Dios.
IX
De la Iglesia.
Ahora hemos de tratar de la Iglesia, que es Universidad
de los fieles de Cristo, en la cual el Espíritu Santo así ayunta
á los nuevamente nacidos y cristianos que sean una casa y
un cuerpo que procede de un mismo bautismo y de una misma
fe, la cual, según San Pablo, es una en todos los cristianos.
Así es que fué necesario para que la vida de los cristianos sea
santa y buena, para que se allegue al perfecto fin adonde la
Iglesia va. Empero ninguno se persuada que lo ha de aprove-
char en buena vida, si no se ayuntare y aplicare á esta Uni-
versidad y comunión de los fieles. Sea, pues, la Iglesia casa
de Dios vivo, y aquel cuerpo cuya cabeza Cristo. Porque se-
gún San Pablo dice : Muchos somos un cuerpo en Cristo por
— 125 —
esta Iglesia. Y el mismo Señor Jesucristo se entregó á los ju-
díos para que le santificasen limpiándola con lavatorio de agua
en palabra de vida y para que la hiciese gloriosa que no tuviese
mancha ni ruga alguna ni otra cosa semejante, sino que fuese
santa y no manchada. Y como la Iglesia única sea aquella
paloma en un cuerpo de verdad, á sola esta sustenta y favo-
rece Cristo con su Espíritu, y así fuera de ella á ninguno da
los dones de su gracia.
Por manera que el que está fuera de la comunión de este
cuerpo no toma más vida del Espíritu Santo para la salud eterna
que algún miembro natural apartado y cortado de su cuerpo
para la vida natural, por razón que no es más vejetado del es-
píritu vital dependiente de una su cabeza. Así que hemos de
creer que ninguno que está fuera de la Iglesia cristiana y co-
munión suya espiritual podrá alcanzar la vida perdurable. Y
la razón de esta comunión es porque como el espíritu de Cristo
descienda de Él como de la cabeza en su cuerpo, que es la
Iglesia, y corra por todos los miembros, cada miembro toma
de Él lo que ha menester para salud y el bien que á cada
miembro viene esté á provecho general y á toda la dicha Uni-
versidad, porque como dice el Apóstol : Crecen los miembros
en caridad en todas las cosas en Cristo, que es cabeza, de la
cual todo el cuerpo está formado y trabado para servicio de i
cada miembro, y en lo que cada uno ha de obrar el aumento del
cuerpo obra en edificación suya en caridad, en tal ayuntamiento ,
y compañía de hombres es grande hermandad cuando los miem-
bros, cada uno por lo que toca, están solícitos y con cuidado,
y cuando está en trabajo el uno de los miembros todos lo están.
y si uno está gozoso todos lo están.
Y aunque esta Iglesia mientras que consta de tales miembros
que viven según caridad, es tan solamente de los santos y en
espiritual y visible, la misma también es sensible, á la que el
mismo Cristo demuestra diciendo: «Id á la Iglesia Católica».
A esta Iglesia pertenecen los Obispos que han de regir al
pueblo que Cristo adquirió con su sangre, y también pertene-
cen otros Obispos y Ministros, porque Dios dio así Apóstoles
como Profetas y Evangelistas y otros Pastores y Doctores. A
— 126 —
esta Iglesia pertenece la palabra de Dios, que entra por las ore-
jas, y á los sacramentos y llaves de atar y desatar el poderío
de apremiar por descomunión y el derecho de ordenar los Mi-
nistros y el dar de los oficios eclesiásticos y el derecho de ha-
cer cánones.
Y también deben las cosas que pertenecen á la parte sen-
sible y exterior de la Iglesia de servir en la consumación de
los santos y en sus oficios y en edificación del cuerpo de Jesu-
cristo. Y ya en la Iglesia no solamente están los santos, pero
también los malos, así como sus miembros (aunque secos), de
donde Cristo compara á la Iglesia no sólo á la red que se echa
en el mar, la cual comprende así buenos peces como malos, y
al campo sembrado que á las veces lleva buenas mieses junta-
mente con cizaña ; porque los que por el bautismo son hechos
miembros de la Iglesia muchas veces caen en pecados y se ha-
cen siervos del pecado y culpados para la condenación éter na I,
y aunque éstos pierden la gracia de la comunión de los santos
y de la Iglesia espiritual, pero no por eso dejan de allegarse
á la compañía exterior de los cristianos y de la Iglesia, 03'endo
la palabra de Dios y recibiendo los sacramentos y teniendo
todas las otras cosas sensibles comunes á la Iglesia, sacando
si fueren apartados de ella por excomunión, justa ó cisma ó
herejía ó por faltar los de la fe cristiana.
Desventurada es en verdad la suerte y estado de aquellos
que están en pecado mortal y apartados de la comunión espi-
ritual y andan en peligro de perpetua condenación ; mas porque
les es lícito oir la palabra de Dios y usar de sus sacramentos
para poder más útilmente con estas cosas así como instru-
mentos de la gracia divina ser restituidos más fácilmente á la
comunión de los santos, principalmente como el Espíritu Santo
por la obra de Dios sobre y por sus sacramentos salud en la
Iglesia exterior. Pero los cismáticos y heréticos y los que se
apartan de la fe cristiana, mientras que están en este peligroso
estado no tienen con qué se puedan ayudar y recrear, porque
no solamente están apartados de todo el cuerpo de la Iglesia
interior, mas aún de la exterior, como miembros apartados de
toda la unión de la Iglesia proceden en perdimiento de sí mis-
— 127 —
mos, indignos de estar en alguna parte del cuerpo de la Iglesia,
cuya unidad tan feamente y sin reverencia cortan y despeda-
zan. De aquí viene aquello que dice el Apóstol : Huye del
hombre herético después que una ó dos veces fuere amonestado,
pues sabes que está perdido el que está de esta manera y de-
linque, pues que por su propio juicio está condenado.
X
De las señales de la verdadera Iglesia.
Porque son diversos los ayuntamientos de la humana com-
pañía y congregación, cosa digna es conocer las señales con las
cuales la Iglesia de Dios se diferencia de las otras congregacio-
nes humanas, como principalmente los cismáticos y heréticos
que de la verdadera Iglesia se apartan y constituyen sus ayun-
tamientos, y no duden de darles autoridad y atribuir nombre
de Iglesia, y algunos de ellos digan que Cristo está en otro
lugar, de los cuales Cristo nos amonesta que huyamos y nos
apartemos.
Son, pues, señales de la verdadera Iglesia, que quiere decir
de aquella Gran Casa en la cual no solamente hay vasos de oro
y de plata, pero aún de madera y de barro y algunos para
honra y otros para menosprecio ; más sana doctrina y recto uso
de los Sacramentos, en los cuales la Iglesia se aparta de los ét-
nicos y judíos, los cuales carecen de sana doctrina y Sacra-
mentos de Nuevo Testamento. La tercera señal será la Huma-
nidad, la cual con vínculo de caridad y paz se contiene, y así
ajunta los miembros de la Iglesia, que no solamente siente
lo mismo que los Santos y Apóstoles aprobaron, pero aún
halle amonestando el Apóstol : Ruégoos por el nombre de
Jesucristo que lo mismo digáis todos y no haya entre vosotros
cisma, mas antes sed perfectos en el mismo sentido y en la
misma sentencia. I,a cuarta señal será que sea católica y uni-
versal para todos los lugares y tiempos continuada por los Após-
toles y sus sucesores, dilatada hasta los fines de la tierra como
Dios lo prometió diciendo : Pídeme y darte he gentes y here-
— 128 —
dad tuya y tu posesión y términos de la tierra. ítem : muchos
vendrán de Occidente y Oriente y asentarse han en los Reinos
de los Cielos con Abrahan, Isaac, Jacob. ítem : sereisme tes-
tigos Jerusalén y en toda la Judea y Samaría hasta lo último
de la tierra. Y lo mismo rogaré al Padre que os dé otro espíritu
que siempre esté con vosotros, espíritu de verdad, el cual, no
puede tomar el mundo.
Estas dos señales distinguen á la Iglesia de Jesucristo de
los ayuntamientos de los cismáticos y heréticos, los cuales rom-
pen el vínculo de la paz y se apartan en su daño de la cató-
lica unidad anteponiendo su parte al todo y á la universal
Iglesia.
XI
De la autoridad y poderío de la Iglesia.
Aunque la Escritura no se pueda desatar como Cristo dice,
3^ por eso es inmovible y mayor que toda autoridad humana,
empero tuvo la Iglesia autoridad de discernir las Escrituras
verdaderas de las falsas, y por esto determinó que el canon de
las Escrituras para apartar las verdaderas de las falsas, que se
decían ser de los Apóstoles la tuvo de declarar y sacar de las
mismas Escrituras los preceptos é inteligencias, por cvtento no
le falta Espíritu Santo que la guíe en toda verdad, así como
el mismo Cristo prometió. Y de aquí es aquello de San Pedro :
Toda profecía de escritura no se hace por propia interpreta-
ción, sino inspirados por Espíritu Santo hablaron así los santos
varones. Y aqueste poderío de interpretar principalmente es
necesario en aquellas cosas que son difíciles de entender, como
la cosa lo demuestra.
Tiene allende de esto la Iglesia tradiciones de Cristo y de
los Apóstoles por mano de los Obispos, traídas hasta el tiempo.
Las cuales el que las niega y arranca, aquél niega ser la misma
columna y fuerza de verdad. De este género son el bautismo
de líos niños y otras cosas semejantes.
Está también claro que la Iglesia tiene poderío de constreñir
— 129 —
y descomulgar, y aquesto por ordenanza de Cristo, de poderío
de ligar, á lo cual corresponde aquello del Apóstol : Quitad el
mal de vosotros.
Tiene también el poderío de sentenciar, porque á quien
le compete el poderío de constreñir de necesidad ha de tener
el poderío de sentenciar.
Y también si cuestiones dudosas se levantaren en la Iglesia
ella tiene poderío de juzgar y discernir, y aquesto le compete
por el sínodo y porque está legítimamente ayuntada por el Es-
píritu Santo. Y el mismo Espíritu Santo es visto determinar
según aquello del Concilio que se hizo en Jerusalén. Pareció al
Espíritu Santo y á nosotros. Así que ninguno ha de dudar ser
muy saludable la autoridad de los Concilios.
Y lo que de aquel Concilio se entiende tiene también pode-
río de constituir cánones, y aquesto por la utilidad de ella cuyo
poderío es para edificar en ó para destruir.
' XII
De los Ministros de ella.
Tiene la Iglesia doctrina divinamente enseñada la cual al
pueblo se le ha de declarar. Tiene sagradas cosas y no sagra-
das, las cuales cosas saludablemente y con piedad se han de
tratar para utilidad de los cristianos. Por lo cual los Ministros
que usando oficios necesarios para estas cosas ó pueden ó de-
ben faltar á la Iglesia ; empero estos oficios no son comunes
á todos los cristianos, mas el mismo Dios al principio dio algu-
nos profetas y otros evangelistas y dio también otros pastores
y doctores para el acatamiento de los santos y en obra del ser-
vicio y en la edificación del cuerpo de Cristo. Así que en el
tiempo de los Apóstoles no á todos les fué dado poderío para
usar de los oficios de la Iglesia, sino á ciertos que para esto
fueron apartados y elegidos. Porque como Barnabas estuviese
en Antioquía y Lucio Manachen y Paulo estando todos sacri-
ficando al Señor y ayunando (como San Eucas dice) en los
actos de los Apóstoles les dijo el Espíritu Santo : Apártame
— 130 —
á Paulo y á Barnabas para la obra para que los escogí. Así que
nos hemos de • guardar que no confundamos este sacerdocio
espiritual que es común á todos los cristianos que el Espíritu
Santo ungió, ni le comuniquemos con el extranjero, porque
no es de todos sino de aquellos que para aquesto son llamados
y rectamente ordenados. Lo cual no se puede hacer rectamente
sin grave y perniciosa perturbación de la Iglesia.
XIII
Del Sumo Pontifica y Obispos.
Y también porque la Iglesia que es de cabeza de un cuerpo
cristiano fácilmente se pueda contener en unidad aunque tenga
muchos Obispos, los cuales rijan su pueblo, al cual Cristo con
su precio y su sangre adquirió ; empero para remedio del cisma
tiene al Sumo Pontífice que tiene mando sobre los otros todos
con plenitud de poderío. Y aqueste por la preeminencia que
concedió á San Pedro. El cual sacerdocio del Sumo Pontífice
cuan útil sea para quitar las cismas de la Iglesia es muy claro
a aquellos que saben que muchas veces se han levantado cismas
por haber menospreciado á este Sumo Pontífice, como Cipriano
escribe y la misma cosa lo afirma.
Así que el Sumo Pontífice que tiene la cátedra de San
Pedro con el mismo derecho que Dios le dio y concedió di-
ciendo : Apacenta mis ovejas, ha de gobernar toda la Iglesia,
de la cual potestad ha usar no para destruir, sino para edificar.
Aqueste poderío concedió Dios á San Pedro y á sus sucesores
de tal manera que á todos los otros Obispos no quitase parte
del cuidado, sino quiso que fuesen verdaderos Obispos de su
Iglesia. Así que todos los cristianos deben obedecer al Sumo
Pontífice y cada uno en particular á su Obispo, según aquello
del Aposto! : Obedeced á vuestros prelados que velan por vues-
tras ánimas.
— 331 —
XIV
De los Sacramentos generalmente.
Los Sacramentos fueron instituidos principalmente por dos
causas : la una por que sean señal de aquella gran congregación
-que es la Iglesia, porque los hombres por ninguna otra manera
-se pueden ayuntar si no fuese por algún consorcio visible de
los Sacramentos, por lo cual Nuestro Señor Jesucristo ayuntó
la compañía del nuevo pueblo con muy pocos sacramentos y
fáciles de guardar y de dar á entender. Conviene á saber : con
•el bautismo y confirmación, eucaristía, penitencia y extrema-
unción, orden y matrimonio. La otra causa es porque no sola-
mente den á entender, pero también signifiquen y den la gracia
de Dios invisible, no por virtud de las cosas de fuera ni por
méritos del Ministro, sino de Dios que la ordenó, el cual obra
secretamente en ellos; así que aunque conviene que el Ministro
dé los Sacramentos sea bueno, empero el malo puede útilmente
ministrarlos y tener fuerza y vigor guardando la intención ne-
cesaria.
XV
Del bautismo.
Primeramente Cristo instituyó el Sacramento del bautismo
porque le es necesario al hombre para la salud para que sea
regenerador y renacido en nueva critatura, como en otra ma-
nera sea hijo de la ira, para que este bautismo fuese lavador de
nuestra regeneración, el cual no menos es necesario al hombre
para la vida nueva y espiritual que la natividad carnal para la
vida natural, porque ninguno puede alcanzar salud si no fuere
otra vez nacido en agua y en Espíritu Santo (como el mismo
Cristo dice) . Así que este Sacramento nos lava, santifica y jus-
tifica y hace que alcancemos remisión de nuestros pecados
originales como actuales. Por manera que este Sacramento es
- 132 —
tan saludable que al que lo toma se viste de Cristo, como dice
San Pablo.
Hácese este Sacramento de palabra de Dios y agua, porque
luego que las palabras se allega al elemento se hace Sacra-
mento, con cuyo lavamiento renacemos y nos limpiamos del
pecado. Así que todas las veces que el agua va al cuerpo por
de fuera tantas veces hemos de pensar que el espíritu que no-
vemos obra más de dentro.
Allende de esto la forma de las palabras sin las cuales este
Sacramento no se puede hacer, enseñó Cristo á los Apóstoles
cuando les mandó que bautizasen en nombre del Hijo y del
Padre y del Espíritu Santo. En aqueste precepto del Señor
cuantas veces se da el bautismo estriba la fe del que lo recibe
si es mayor, y si es infante la de la Iglesia y la de los padrinos,
que le sacan de pila y la palabra del Ministro, en cuanto dice :
Ego te bautizo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
A nosotros nos parece que es menester para conmover la
fe y consolación de los grandes que se bautizan que entiendan
los que son bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y
del Espíritu Santo, que se consagran, santifican y reconcilian
con Dios, y que ya son peculio y hacienda de Dios, que el
Padre y el Hijo y el Espíritu Santo en cuyo amparo ya pasan
y se ayuntan á Dios con alianza perpetua, porque renuncian al
Diablo y á sus obras y prometen que han de estar debajo de
la bandera de Dios, En cuanto toca al oficio de bautizar, aun-
que esto principalmente pertenezca al sacerdote, empero el
lego en tiempo de necesidad bien lo podrá hacer.
Y últimamente ni aun este Sacramento se ha de alterar,,
aunque lo haya hecho algún herético, con tal que lo haya hecho
en debida materia, forma é intención ; pues que aquesto no
conste por la dignidad del Ministro, sino por la verdad de la
palabra divina y unión del Espíritu Santo.
Y aunque el bautismo quite todas nuestras suciedades se-
gún las Escrituras, pero no quita toda mancha corrupta de
nuestra naturaleza (como arriba decimos) , porque nos deja la
concupiscencia que es inclinada para el mal quitada la pena.
— 133 —
La cual concupiscencia no deja de pelear contra el buen espí-
ritu del hombre mientras que vivimos en aquesta vida.
En lo cual la misma virtud del bautismo no falta, porque
no solamente quita toda la culpa del pecado, pero aun con-
firma nuestras fuerzas contra la concupiscencia que nos está
apegada y moviéndonos guerras de deseos. En el cual bau-
tismo así nos fortalecemos de toda fuerza de concupiscencia
que podamos recibirla 3' vencerla, amonestándonos el Apóstol :
Andad en espíritu y no cumpliréis los dedeos de la carne.
XVI
De la confirmación.
Así como al hombre para la vida del cuerpo no solamente
le es menester nacer y ser, pero aun crecer y ser sustentado,
así para la salud del ánima no solamente le es necesario ser re-
generado, pero ser confirmado en lo bueno más acrecentado
por la virtud del Espíritu Santo, para la cual cosa fué* insti-
tuido el Sacramento de la confirmación, la cual los Apóstoles
celebraron como pusieron las manos sobre los samaritanos con
-el útil efecto de este Sacramento, como está en los actos de los»
Apóstoles escrito. Y lo que aquí hicieron los Apóstoles lo hi-
cieron en nombre de Cristo. Y en el inducimiento de este mis-
terio no menos que en otras partes de su oficio son vistos usar
del poder de Cristo, porque este misterio estriba en las promi-
siones de Cristo y de la gracia del Espíritu Santo y donde El
como está escrito : Yo enviaré la promesa de mi Padre á vos-
otros, ítem : el Espíritu Santo abogado á quien mi Padre en-
viare en mi nombre á que os enseñara todas las cosas.
Y aunque el Sacramento de la confirmación al principio
fué celebrado por imposición de manos, empero la Iglesia luego
después del tiempo de los Apóstoles añadió la crisma, según
que los mismos Apóstoles habían enseñado para que señalasen
con signo exterior la unción interior del Espíritu Santo por
imposición de la señal de la cruz. La cual costumbre antigua
— 134 —
no deja de aprobar la Iglesia católica y creer que los siervos
que Dios regeneró de agua y espíritu que los mismos de tal
manera con este misterio consignados que tomen al Espíritu
Santo de los cielos de siete formas, conviene á saber : espíritu
de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de for-
taleza, espíritu de ciencia y piedad y temor. Como crea estas
cosas y la Iglesia católica testifique en la administración de
este Sacramento, la cual Iglesia es buena declaradora de los
misterios de Dios, y el que el otra manera siente niega la misma
fuerza de la verdad y firmeza.
Así que la fuerza de este Sacramento es que los que con él
son confirmados reciban el Espíritu Santo, con el cual puedan
resistir las tentaciones y asechanzas de la carne, mundo y del
diablo é ir adelante en la vida de salud y perseverar en ella.
Y porque los más de los que bautizan son infantes y no confie-
san' por sí la profesión de la fe, conviene que cuando ya sean
grandes é instructos en religión de Cristo se lleguen á recibir
el Sacramento de la confirmación en que confiesen por su boca
la fe de Cristo y obediencia de la Iglesia, y ayunos y confe-
sados reciban este Sacramento como está constituido por el
Concilio aurelianense. Pero no por eso pensemos que los niños
pequeños deban ser apartados de este Sacramento, pues él mis-
mo Cristo no dudó de ponerles las manos, porque aquí no damos
ley á las iglesias. El Ministro de este Sacramento sea el Obispo,
lo cual se aprueba por consentimiento de toda la Iglesia y
Apóstoles.
XVII
Del Sacramento de la penitencia.
Porque los hombres que por el bautismo y los otros Sacra-
mentos son de nuevo nacidos muchas veces tornan á caer en
graves pecados instituyó Cristo el Sacramento de la peniten-
cia, el cual después del bautismo nos sea como una segunda'
tabla en el naufragio, y para el uso de esto entregó la llave de.
desatar, diciendo : Toma el Espíritu Santo y á quien perdona-
— 135 —
redes los pecados le serán perdonados. Porque luego que verda-
deramente el pecador le pesare de sus pecados y se allegare
con confianza á la silla de la misericordia y creyere que en este
Sacramento recibe lo que Dios prometió, nácese como El cree
y no falta de este Sacramento lo que le fué prometido. Porque
así como los otros Sacramentos tienen fuerza de santificar así
este Sacramento consiste en la absolución del sacerdote, la cual
estriba en la ordejianza y palabra de Dios, el cual para esto da
su poder á los sacerdotes, diciendo : Así como me envió á mí
mi Padre así os envío yo á vosotros. ítem : el Espíritu Santo
abogado á quien mi Padre en mi nombre enviare á que os en-
señara todas las cosas.
Y aunque el Sacramento de la confirmación al principio
fué celebrado por imposición de manos, empero la Iglesia des-
pués del tiempo de los Apóstoles añadió : Recibid al Espíritu
Santo, á quien remitiereis sus pecados le serán remitidos. Pero
porque el sacerdote no solamente tiene poder de remitir, pero
aun de ligar como entramos le sea dado divinamente, parece
que en tanto tiene poderío de juzgar en cuanto recibió este
poder en entrambas las llaves, y no le puede ejercitar sino
es entendiendo si deba de remitir ó no, y el tal juicio no lo
puede tomar otra parte si no es de la confesión de la boca y
de la enumeración de los pecados, porque como los más delitos
de los hombres se cometan sin testigo y los ocultos pecados
hieran y maten al hombre y á su ánima, y á las veces sean
más graves y peligrosos que los manifiestos, el sacerdote de
aquestos no puede juzgar si no los cuenta y confiesa el que
los hizo y descubra sus llagas.
Así que en cuanto el remedio de la penitencia se nos de-
mostró para> sanar los delitos de los hombres, en tanto también
la confesión del penitente con enumeración de los pecados nos
es encomendada. Por lo cual el Sacramento de la penitencia,
como saludable y necesario, se debe de aprobar del pueblo cris-
tiano, así también la confesión y enumeración de los pecados
como no se ha de extender así tampoco no se ha de estrechar*
Porque los pecados, ¿quién los entiende? Así que se han de
contar los pecados, los cuales vienen á la memoria al que los
— 136 -
piensa, no con congoja, sino con diligencia y al que á sí mismo
se .sacude.
Los que no vienen á la memoria en la general confesión se
incluyen y también son perdonados como si fuesen confesados.
Y porque aquí de la absolución se pide perdón no nos pone
tanta carga la confesión cuanta consolación trae la absolución
al (palabra ilegible), aunque la satisfacción que limpia la
culpa y pena eterna á solo Dios se ha de atribuir; pero la sa-
tisfacción que consiste en los frutos de la penitencia y princi-
palmente en el ayuno, limosna y oración, siquiera nosotros
nos las tomemos como nos sea dada por los Ministros de los
Sacramentos, aquesta tal si la hiciéramos según fe y caridad
corta las causas de los pecados y da medicina á las reliquias
del pecado y mitiga y quita de él toda la parte temporal, y
finalmente se da para ejemplo.
Pero para que volvamos á la absolución del sacerdote, en
la cual consiste la fuerza del Sacramento de la penitencia, Id
forma y palabra de ella debe ser tal que el que confiesa puede
muy bien entender que se le remiten los pecados por la virtud,
mérito y beneficio de Cristo, conforme á la palabra é institución
suya, y dice : A quien perdonáredes los pecados, le serán per-
donados. Porque aqueste don es de Dios, y aunque la admi-
nistración es del sacerdote, como dice San Ambrosio.
XVIII
Del Sacramento de la eucaristía.
El que tornó á vivir en el Señor por el Sacramento de la
penitencia tiene necesidad de ser mantenido y crecer en el bien
espiritual, y así instituyó Cristo el Sacramento de la eucaris-
tía debajo de forma de pan y vino, en el cual se nos da el
verdadero cuerpo y sangre de Cristo, y por este espiritual
manjar nos ayunta así como á cabeza y miembros suyos para
que de Él seamos criados para todo bien y con los santos y
con su comunión seamos acrecentados en caridad, porque su
s
— 13? —
pan y su cuerpo somos todos los que de su pan participamos
(como dice San Pablo).
Iya forma de este Sacramento son aquellas palabras solem-
nes que Cristo nos dio cuando dijo : Este es mi cuerpo y el
cáliz de mi sangre. Si tanta autoridad damos á Cristo cuanta
debemos, no hay duda sino que luego que aquellas palabras
se dicen al pan y vino. De aquesto se hace verdadero cuerpo
y sangre de Cristo, y el que niega lo tal pone duda en la
potencia de Cristo y le acusa de vanidad, porque la substancia
de pan y vino se muda en verdadero cuerpo y sangre de Cristo.
Por lo cual nos hemos de guardar que no recibamos este Sa-
cramento indignamente, porque está escrito que el que indig-
namente lo come y bebe, come y bebe condenación para sí, no
juzgando bien del Cuerpo del Señor. Por aquesto muchos entre
vosotros estáis enfermos, flacos y mueren muchos. Por tanto
indignamente toma el Sacramento cualquiera que siente otra
cosa de lo que conviene ó no verdaderamente tendrán en su
seso, porque como dice San Agustín : Mude la vida el que
quiere tomar la vida, porque si no la tomare antes tomará
vida para condenación y más se corromperá por ella que no se
sanará, y más se matará que se vivificará. Así que aprobaise
tiene la costumbre de la Iglesia, la cual no lleva al hombre
ül Sacramento de la eucaristía antes que esté limpio del Sa-
cramento de la penitencia.
Tiene la eucaristía potestad de dar fuerza en el bien espi-
ritual, la cual cosa no puede haber lugar si no procediere pur-
gación de pecados. En la cual hemos de imitar á los buenos
médicos, que no dan las cosas que confirman al cuerpo hasta
que echen de él los malos humores, lo cual no haciendo no
aprovechan al cuerpo, antes lo dañan. Y cuanto mayor dili-
gencia se ha de poner aquí por que no tomemos indignamente
este Sacramento, tanto mayor consuelo reciben los que digna-
mente lo reciben y piensan que comen del pan enviado de los
Cielos, que después de comido da la vida al mundo, y de esto
reciben y entienden verdadera y espiritual fuerza contra todos
los males.
s
— 138 —
XIX
De la Sagrada unción.
Los Sacramentos que arriba pusimos traen grande utilidad
al género humano, porque le tornan á engendrar estando caído
por el pecado de la carne, y después de tornado a engendrar '
le confirman la gracia que recibió, y á los relasos restituyen
en la gracia de donde cayeron ó ayuntan á Cristo más firme-
mente á los restituidos, en el cual uso saludable no falta la
gracia de Cristo á los Sacramentos, mas antes por ellos como
por instrumentos se da á los hombres la dicha gracia, aunque
el provecho de estos Sacramentos por toda la vida esté 'mani-
fiestamente clara.
Empero fué instituida la Sagrada unción por que el hombre
cuando estuviese enfermo desease particular remedio, el cual
pudiese fortalecer en tiempo tan peligroso al ánima contra las
armas de Satanás por dar remedio' á su cuerpo. Y á esta unción
se allega la oración de la Iglesia, y los primeros que la ejerci-
taron fueron los Apóstoles, que por mandado de Dios, siendo
enviados á predicar el Evangelio, expelían los demonios y un-
taban con óleo á muchos enfermos y los sanaban. La cual un-
ción fué sacramental y figurativa y no corporal, á la cual se
seguía al principio de la fe una sanidad corporal de fuera como
señal de salud interior. Así como en otros Sacramentos se de-
mostraba una virtud interior para confirmación de la fe que
aún no estaba firme. Y esta dicha virtud se demostraba por
señales de fuera insensibles y por milagros ; pero ahora la fe
crecida y foitalecida no tiene necesidad de las señales que se
da aún á los que en ella no están bien firmes. El Apóstol San-
tiago demostró la orden de esta figurativa en saludable unión
que Dios instituyó, diciendo : Si está alguno enfermo entre
vosotros, lleve para sí los sacerdotes de la Iglesia para que
nieguen por él, untándole con óleo en nombre del Señor. Y la
oración de la fe salvará al enfermo y aliviarle ha el Señor.
¿Cuántas cosas hemos de hacer en la Iglesia del testimonio
— 139 —
de aquel que fué primo del Señor, y para qué le llamamos
testimonio?, pues que más verdaderamente se deba decir -man-
damiento, al cual como le promulgó el Legado apostólico de
Cristo, el mismo Cristo lo tuvo por firme como hecho de sí
mismo. Así que el que menosprecia este Sacramento es visto
menospreciar á Cristo y tener en poco la gracia que en cierta
manera nos dio por la sacra unión. Y aquesto sería tan peliT
groso cuanto grave es el discrimen en el cual anda el enfermo,
y no solamente del cuerpo, pero aun del ánima, al cual le llevan
las potestades de las tinieblas hasta el postrero tiempo de la
vida y lo aportan casi todas las artes para matar la salud del
hombre y procurar de matar el ánima con increíbles errores y
traerle en desesperación. Y el Apóstol Santiago nos manda que
esta unción se ha de dar á solos los enfermos, y así todos los
otros Apóstoles lo siguieron. Pero no se ha de dar á todos los
enfermos, sino á aquellos que están en peligro cuando se teme
el fin de la vida.
XX
Del Sacramento de la orden'.
En cuanto toca á los administradores de la Iglesia, cuanto
mayores con tanto mayor necesidad tienen del don y gracia
de Dios. Y aunque todos los sacerdotes son cristianos en cuanto
ofrecen á Dios los sacrificios espirituales y pueden en todo lu-
gar invocar el nombre de Dios, pero no todos son Ministros
de la Iglesia. Pero después del principio y fundamento de la
Iglesia son apartados y señalados algunos para el servicio de
ella que usaren de este oficio. Y así los dividió Dios, que éstos
no pudiesen todas las cosas por que no naciese perturbación de
tener ellos todo el poderío, porque Dios no es autor de con-
fusión.
Así que se instituyó el Sacramento de la orden con la señal
de la imposición de las manos y otras ceremonias que convie-
nen á este Sacramento, con el cual los que fuesen consagrados
tomasen la gracia para los oficios de la Iglesia, con la cual fue-
— 140 —
■
sen convenientes y hábiles para administrar los mismos oficios.
Y. de aquí viene aquello del Apóstol á Timoteo: No quieras
menospreciar la gracia que está en tí, que se te dio por la
profecía con imposición de manos del oficio de sacerdocio.
Aqueste Sacramento de la orden estriba en palabras de Cristo :
Así como me envió á mí mi Padre, así os envío yo á vosotros.
Séanles perdonados los pecados; predicad el Evangelio á toda
criatura. ítem : yendo y predicando, enseñadas las gentes, bau-
tizándolas, ítem : haced aquesto en mi memoria.
Así que á los que los Obispos por la sucesión de la Iglesia
ponen las manos para que sean ordenados, dándoles el poder
de administrar su oficio, el cual poder en dos maneras de orden
y de jurisdicción : debajo de la una cae el ministerio de la pala-
bra divina y la administración de los Sacramentos y la orden
de las Iglesias para la edificación de ellas; debajo de la otra,
el poderío de descomulgar y absolver á los penitentes.
Das órdenes que la católica Iglesia conoce son estas siete :
de los presbíteros, diáconos, subdiáconos, acólitos, lectores,
exorcitas, porteros. A los cuales le son los oficios distintos y
se les han de señalar ó como necesarios ó como útiles á las
Iglesias. De arte que es manifiesto que aquel siente mal de la
Iglesia cristiana cualquiera que quita ó menosprecia estas ór-
denes.
XXI
Del Sacramento del matrimonio.
Había ordenado Dios en el Paraíso el matrimonio, en el
cual el hombre y la mujer se ayuntasen para compañía perpe-
tua que no se pudiese dividir, según la palabra del Señor :
Dejará el hombre á su padre y á su madre y allegarse ha á
su mujer, y serán dos en una carne. Y aunque el matrimonio
era instituido por estrecha compañía de los hombres, empero
debajo de la ley los •matrimonios de nuestros antepasados en
la primera institución de él en dos maneras se diferenciaron
del verdadero matrimonio. Conviene á saber: que un hombre
se case con muchas mujeres, y á la que casase la pudiese
í 1
— 14
echar de sí enviándole libelo de repudio. De las cuales cosas
la primera se permitió por dispensación divina, y aquello había
de ser misterio para las cosas venideras para que por muchas
mujeres de un varón se diese á entender que Cristo había de
colegir la congregación de la Iglesia, así de la Sinagoga como
de otra muchedumbre de gentes que tomase esto para sí, que
con abundancia de 'muchas mujeres sirviesen á Cristo Salva-
dor, que había de nacer de la simiente de aquéllos El repudio
le prometió Moisés al pueblo por la dureza del corazón, te-
niendo por cosa más liviana el marido que quisiese mal á su
mujer, antes la echase de sí que no la tomase para que con
la muerte de ella tomase ocasión de casarse otra vez. Pero
después que vino la plenitud de la gracia Cristo restituyó el
matrimonio, así como restauró otras cosas que estaban en el
Cielo y en la tierra. De aquí es aquello de Cristo, que dijo :
El que hizo al hombre, á principio hízole macho y hembra,
y dijo por aquesta dejará el hombre á su padre y á su madre
y allegarse ha á su mujer y ser han dos en una misma carne.
Y á los que Dios ajuntó no los apartase el hombre. Y poco
más adelante dijo Moisés : Por la dureza de vuestro corazón
os permitió Dios que repudiásedes á vuestras mujeres. Al prin-
cipio no era así. Por lo cual el que deia á su mujer, si no
fuera por fornicación y toma otra, adulterio comete. Lo cual
el Apóstol declaró cuando dijo : No yo, sino Dios, manda á
los que están ajuntados en el matrimonio, cuando la -mujer no
sea parte del marido, lo cual si hiciese no se casase ó reconci-
liase con su marido.
Así que estas condiciones singulares del matrimonio cris-
tiano se comprueban con manifiestos testimonios de la Sagrada
Escritura. Da una es que sea el matrimonio de dos tan sola-
mente de marido y mujer, porque dice : Serán dos en una
carne. Y así ayuntados no sea lícito defraudado el uno dar
facultad de su cuerpo al otro tercero, prohibiéndolo el Apóstol
y diciendo : Da mujer no tiene poderío de su cuerpo, sino el
varón, y el varón tampoco del suyo, sino la mujer. La otra
condición es que siendo este vínculo del matrimonio una vez
ayuntado con sola la muerte se desata y no con divorcio, por-
— 142 —
que lo que Cristo da á entender que por la fornicación se
puede dejar la mujer, esta separación divide entre ellos la con-
versación de la cama y mesa, pero no el vínculo del matrimo-
nio. Así que cometerá adulterio cualquiera que á la que así
hubiere dejado tornare.
Porque Cristo por su misma causa hizo el matrimonio y le
construyó con vínculo más estrecho, para que así como Cristo
es un esposo de la Iglesia única, y aquesto con vínculo indi-
soluble, así un marido sea de una mujer con ayuntamiento
perpetuo, así como Cristo se ayunta con su Iglesia y esposa
para siempre. Por lo cual el matrimonio no solamente es con-
junción de varón y, hembra, pero de Sacramento por la gracia
de Dios, la cual nunca le falta, para que cuando la mujer
escomenzare á amar, así como Cristo á la Iglesia, así aquel
varón tenga con ella sociedad perpetua é individua. De arte
que con una se contente para siempre y no haga divorcio con-
tra la voluntad de aquesta. Sacando en las cosas que el derecho
divino declara, y porque Dios sustenta el -matrimonio por su
causa y le aprueba cuando los que en uno se ayuntan contraen
matrimonio, clara señal se da para que esperemos que el dicho
matrimonio ha de ser bueno y grato á Dios.
Y aunque el -matrimonio principalmente sea de contraer
por causa de engendrar, empero el que lo contrae por causa
de evitar la fornicación no peca, porque San Pablo lo dice :
Tenga cada uno su mujer por evitar la fornicación. Así que
la fuerza de este Sacramento es para que los hombres entiendan
que no son ayuntados por autoridad suya sino divina, y que
por ella tomaron la gracia con la cual el ayuntamiento legítimo
no se le impute á culpa, con la cual el cristiano santifique á
la mujer gentil que con él quisiere quedar y engendrar hijos
santos y ofrecidos á Dios, con la cual conserve perpetua fe,
amor y santificación con templanza. Así que pueden tener
matrimonio honroso, y en él puede haber cama sin pecado. Lo
cual como ignorasen los maniqueos facíanos y encracitas no
dudaron de reprender el matrimonio, la cual malvada temeri-
dad, como doctrina salida de los demonios, el Apóstol San Pa-
blo condena.
— 143 —
Y porque el vínculo del matrimonio es del todo tal y tiene
tanta fuerza para aj untarse que no sea otro vínculo de con-
junción humana que más constriña, lo cual como lo entendiese
Adán en el Paraíso, así habló de la mujer, á la cual Dios edi-
ficó en la costilla suya, y dijo : Este es hueso de mis huesos
y carne de mi carne. Y por aquesto se llamará virago, que
quiere decir mujer que representa varón, porque de varón fué
tomada, por la cual dejará el hombre á su padre y á su madre
y llegarse ha á su mujer, y serán dos en una misma carne. Así
el poderío paternal no es de tanta eficacia como aquesta con-
junción que hay entre el marido y la mujer. No se han de oir
aquellos que dicen que en aqueste tiempo se haya de apartar
el casamiento ó desposorio ó ser ninguno si no se allegare el
consentimiento de los padres. Y no quitamos ninguna cosa de
la obediencia que los hijos deben á los padres, pero no quere-
mos que los padres tengan poderío de apartar ó impedir el
matrimonio ; pero porque tenemos por honesto que los hijos
no se casen sin consentimiento de sus padres, hánse de amo-
nestar de aquesto por los predicadores si se haya de permitir á
los padres que castiguen la inobediencia de los hijos en aqueste
caso con quitarles los bienes ó darles menos dote, ó por otra
vía este cuidado sea de dejar á los que tienen la jurisdicción
ordinaria, los cuales procederán en ella conforme á sus reglas
y derechos.
XXII
Del sacrificio de la misa.
Así como al derecho natural introdujo la religión, sin la
cual ninguna gente vive, de esta manera todas las gentes y
por todos los siglos guardaron las ceremonias, sin las cuales
la religión no se puede guardar ni honrar ni suele. Y guarda-
ron en las mismas ceremonias la oblación como cosa principal,
las cuales gentes aunque, como dice Cipriano, los otros sacri-
ficios aborrecieron y temieron la circunscisión como cosa cruel
y contraria de la naturaleza ; pero con todo eso no repudiaron,
— 144 —
mas antes siguieron la ley de natura, perseveraron y retuvieron
los instrumentos de limpios sacrificios y quemar grosuras y de-
rramar delante de Dios ruegos como ofrendas, habiendo la na-
turaleza engendrado con los hombres el culto divino y limpián-
dolo divinalmente por los ánimos de todos. Y aquesto siendo
común y persuadido á los -mismos de todos lo tuvieron y pen-
saron que el culto de la oblación se debía á un solo Dios, por-
que ninguno pensó que había de honrar con ella sino á aquel
que él sabía ó pensaba que era Dios. La antigüedad del cual
culto comprueban los sacrificios de dos hermanos, Caín y Abel,
el primero de los cuales con sus ofrendas reprobó • Dios ; pero
aplacado miró y recibió la ofrenda del 'menor, Abel.
Mas esta manera de sacrificio Dios imprimió en las ánimas
de los hombres queriendo que todos se salvasen. Porque como
por el pecado de un hombre el universo género humano se su-
jetase á la ira de Dios y justa damnación, y tanto más grave
y peligrosa condenación les estuviese aparejada cuanto más
justa ira de Dios incitaban contra sí acumulando pecados con
pecados, Dios no queriendo que pereciesen los que Él había
formado, señaló un medianero y reconciliador para el género
humano, el. cual nos reconciliase con nuestro Hacedor y miti-
gase la ira justa de Dios con la oblación del sacrificio. Asi
que Dios queriéndonos bien envió á su Hijo al mundo en carne
humana, el cual recibiendo en sí nuestros pecados los llevó ú
la Cruz, y colgándose asimismo como sacrificio por nosotros
entrando por su propia sangre ad sancta sanctos halló la eterna
redención.
El Padre, mitigado con el loor de este precioso sacrificio,
remitió la ira y absolvió á los hombres que antes estaban lle-
nos de pecados sucios, injustos y sujetos á condenación, y ahora
lavados con la sangre de su Hijo los justificó y reconcilió. Así
la virtud y eficacia de esta única oblación, que no solamente
sirvió en aquel tiempo en el cual Cristo en carne se puso en la
Cruz por sacrificio ; pero aun abrazando las edades de los si-
glos, bastó esta virtud dicha de este sacrificio para limpiar los
pecados de todos los hombres que fueron desde el origen del
mundo y nacerán hasta el fin, porque verdaderamente Dios es-
— 145 —
taba en Cristo cuando reconcilió para sí el mundo. Y veis aquí
el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo y Él es el
que entreviene por nuestros pecados, y no solamente por los
nuestros, pero aun por los de todo el mundo, comprendiendo
los_ hombres de todas las edades, no solamente de un tiempo.
Y de aquí dice en el Apocalipsis : Se dice Cristo, ' cordero
que fué muerto en la origen del mundo, porque su sangre lim-
pió los delitos de todas las edades, desde el principio del mundo.
De aquesta oblación, que sola basta para la reconciliación del
yénero humano, dice San Pablo: Con una oblación consumió
y perfeccionó para siempre los santificados, y porque en el
mismo cordero le agradó á Dios que toda la muchedumbre ha-
bitase y por Él todas las cosas fuesen reconciliadas en Él
pacificando por la sangre de la Cruz todas las cosas que es-
tuviesen en los Cielos y en la tierra, y quiso renovar en Cristo
todas las cosas. Y en Isaías dice: Yo solo pisé el lagar por
cuya herida somos todos.
Y para que todos los hombres fuesen participantes de esta
eficaz oblación que plenísima y suficientísima y perfectísima-
mente mereció la salud de todos los hombres y pasase en sí
el fruto de ella, Dios desde el principio del mundo y debajo
de ley de natura despertó por divina inspiración cierta cos-
tumbre de sacrificar, y luego dada la ley demostró sacrificios
diversos, de los cuales era uno este uso, no para que los hom-
bres se reconciliasen á Dios ni mereciesen la salud, sino que
por estos sacrificios exteriores se ejercitase en los ánimos de los
hombres la memoria del sacrificio que había de ser, en el cual
Dios había prometido la redención de todos y se confirmase la
fe, y el fruto de él se aplicase á los que creían y esperaban
en la virtud del sacrificio que había de ser, 3- para que todas
las veces que estos sacrificios se celebrasen, los hombres con
ánimos agradecidos se recordasen así de los otros beneficios
de Dios, que ellos recibían continuamente por su benignidad
como de su salud que habían de recibir por el Reconciliador
que les estaba prometido.
Así que ningún sacrificio agraciaba á Dios hecho conforme á
la ley de natura ó de Moisés, por cuanto muchas veces confesó
10
— 146 —
que no tenía necesidad de aquellos sacrificios que se le ofrecían,
diciendo: Si tuviere hambre no te lo diré, porque mía es la
redondez de la tierra y lo que en ella está. ¿Por ventura tengo
yo de comer las carnes de los toros ó beber la sangre de los
cabrones ? Pero en cuanto estos visibles sacramentos eran de
aquel invisible sacrificio que había de ser si alguno los ofre-
ciese en la fe del Reconciliador que Dios había prometido, ha-
ciendo aquesto con aquestos sacrificios exteriores para que de-
mostrase la fe de Cristo que había de venir y pasase en sí el
fruto de este saludable sacrificio, el cual había concebido con
fe y esperaba con firme esperanza y declarase á Dios el agra-
decimiento de su ánimo por tantos beneficios. Tales sacrificios
como estos gratos eran á Dios y saludables á los que los hacían,
porque no se ofrecían por su propia virtud, sino del venidero
sacrificio, lo cual aplicaban por fe del que los ofrecía.
Y para que se entienda más singularmente la razón de los
sacrificios, único es el sacrificio de los. merecimientos, cuya
virtud eficaz para quitar los pecados de los hombres reconcilió
á los hombres que estaban apartados de Dios y sujetos á su ita
y condenación. Y mereció aqueste sacrificio saludable de Cristo
eterna salud y redención á todo el género de los hombres, en
la cual por todos los delitos de los hombres se dio por sacri-
ficio en la Cruz y perfeccionó para siempre los santificados
(cuyo merecimiento no merece aumento) porque es perfecto,
ni se disminuye ni agota porque es eterno. Por donde todos
los otros sacrificios ninguna cosa añaden á éste y ninguna cosa
por sí merecen si no aplican el fruto de esta singular oblación
á los que creen y sirven para ejercitar y retener en los ánimos
de los hombres la memoria de esta única oblación y confirmar
la fe y declarar el agradecimiento por todos los beneficios de
Dios.
Y son, pues, los semejantes sacrificios aplicatorios y comu-
nes á todas las leyes, mezclada-mente á todos los hombres, como
es el sacrificio del corazón contribulado y del espíritu humi-
llado. Y por honrar la piedad y aflicciones recibidas de la carne
y el sacrificio de los labios de los ruegos, oraciones y dar gra-
cias, y así otros algunos semejantes. Y algunos sacrificios fue-
•
— 147 —
ion propios de cada ley y propios á ciertos oficios de hombres
de la oblación, de los cuales los otros eran prohibidos por ame-
nazas y penas, como se contiene en el primero de los Reyes
y en el segundo Paralipomenon, y que ninguna ley ni religión
<de gentes careció de sacrificios, así como ahora están, porque
■estas tres cosas son entre sí tan conjuntas que necesario se
sigue una de otra ley, sacei dorio, sacrificio, como está en el
séptimo de los Hebreos. Así que los hombres que eran justos
debajo de natura y que tenían noticia de los prometimientos
de Cristo, creían en aquel que sabían que había de ser Salva-
dor y le ofrecían sacrificios, por cuya oblación declaraban la
fe y esperanza de la salud que había de ser, y por ésta demos-
traban su agradecimiento y codiciaban ser ayudados con lo->
merecimientos del saludable sacrificio que esperaban(. Y todas
las otras gentes imitando esta costumbre por la oculta inspira-
-ción que en sus ánimas estaba quisieron agradar con sacrificios
no á verdadero Dios, sino á aquel que pensaban ó fingían ser
Dios.
La ley dada por Moisés, que se allegaba á la ley de natura,
instituyó oblaciones exteriores, no para que la quitase, sino
para hacerla mejor, las cuales oblaciones significasen el sacri-
ficio que había de ser de Cristo, y cuantas veces la celebrasen
los judíos se acordasen con ánimos agradecidos de los otros be-
neficios de Dios y pasasen en la virtud de aquel sacrificio que
había de ser creyendo, esperando y orando.
Pero Cristo que no había venido á desatar la ley que era
natural y moral, mas antes á cumplirla, trayendo al mundo
su nueva ley, la cual antes había prometido por Jeremías, y
por no dejar á su ley manca é imperfecta contra la costumbre
•de las leyes que habían precedido, la quiso instituir con par-
ticular sacerdocio y sacrificio, porque fué necesidad, según la
sentencia del Apóstol, que sucediendo nueva ley también se
siguiese sacrificio particular y conveniente á ella, según está
'en el séptimo capítulo de los Hebreos, y que fuesen tomados
Sacerdotes ministros de este sacrificio, como se contiene en el
quinto capítulo de los Hebreos.
En la cual parte de la ley, que fué buena y santa y pía,
— 148 —
el mismo Nuestro Señor Jesucristo por que no faltase á su Igle-
sia, en la última cena, dando gracias á Dios, instituyó el Sacra-
mento de su cuerpo y sangre, encomendando dos provechos
de él para que se tomase de los fieles, así como mantenimiento
saludable del ánima, diciendo : Toma y come. Y para que
se ofreciese en memoria de su pasión el -ministerio de la cual
obligación, dándolo juntamente á los Apóstoles como Sacerdo-
tes de la nueva ley, dijo : Haced aquesto en mi memoria.
Así como ante el advenimiento ele Cristo Dios entregó ciertos
sacrificios á los padres, con los cuales moviesen en sus ánimos
la «memoria de este gran sacrificio que ellos esperaban, y con-
firmasen la fe y aplicasen así el fruto de él orando y creyendo,
y se acordasen como amigos gratos de los beneficios de Dios,
así Cristo encomendó á su Iglesia la limpia y saludable obla-
ción de su cuerpo y sangre debajo de figura de pan y de vino
para que renovásemos en nuestros ánimos con esta oblación la
memoria de su cuerpo, que por nosootros estuvo en la Cruz, y
el derramamiento de sangre y pasásemos en nosotros el fruto
de esta ensangrentada oblación, con la cual para siempre hizo
perfectos á los santificados ; aquesto es hacerlo en su memoria,
que quiere decir tanto como acordarnos de su muerte como
a-migos gratos y por la memoria y merecimiento de su pasión
rogar al Padre que nos reconcilia así.
Esta es aquella limpia y saludable oblación de aquel único
sacrificio con el cual se compró la salud de todos, y no sola-
mente significando, pero comprendiendo en sí la verdad de
aquellas cosas, que significaban las oblaciones de diversos sacri-
ficios antiguamente. Este es el mismo sacrificio del cuerpo y
sangre de Cristo, que en la Cruz se ofreció en otro. Este es
el mismo cordero y no otro, y mi Jesucristo en una parte y
otra. Pero entonces se ofreció pasible y ensangrentado, con la
cual oblación suficientemente impetró remisión de los pecados
á todos los que creen. Mas ahora ofrecemos al mismo Cristo
figurativamente y sin sangre y no pasible, no para que merez-
camos remisión de los pecados y salud de las ánimas, sino
para que tengamos la memoria de la pasión de Cristo y demos
gracias á Dios por la salud que se nos impetró en la Cruz, y
— 149 —
para que con fe y devoción apliquemos y apropiemos á nosotros
la remisión y rendención de los pecados.
Y este sacrificio tan saludable en el espíritu lo vio mucho
teimpo antes Malaquías cuando dijo : No tengo voluntad en
vosotros, dice el Señor de los Ejércitos, y no recibiré don de
vuestra mano, porque desde donde nace el sol hasta donde se
pone, grande es mi nombre en todas las gentes y en todo lugar
^e sacrifica y se ofrece en mi nombre oblación limpia. La cual
profecía que Malaquías dijo no se puede entender de sólo los
sacrificios espirituales, los cuales no son de ley alguna propia,
antes son comunes á todos los tiempos y hombres y duraron
mezclados con los sacrificios de los antiguos. Antes hemos de
entender de las palabras del profeta que quiso sentir del sacri-
ficio que había de suceder en lugar de los antiguos sacrificios;
de donde estas palabras se entienden de los sacrificios de Cristo
sacratísimo, no de aquel en el cual se puso en la Cruz por nues-
tros pecados, porque aquél no se hizo entre las gentes ni en
todo lugar sino en Judea, sino de aquel que él ofrece en su
iglesia por todo el mundo para la memoria de su muerte y para
pasar la virtud de él en todos los que creen. Y aqueste enten-
dimiento de aquel lugar de Jeremías se confirma por los testi-
monios de nuestros padres (como dice Ireneo) en el libro 4.0
contra los herejes, capítulo 32 : Recibió aquél que es de natura
de pan y dióle gracias diciendo: Este es mi cuerpo. Y confesó
semejantemente el cáliz de su sangre y nos dio enseñándonos
nuevamente la oblación del Nuevo -Testamento, la cual Iglesia
recibiendo de los Apóstoles la ofrece á Dios por todo el mundo.
De lo cual el Profeta Malaquías entendió diciendo, desde donde
nace el sol hasta donde se pone, mi nombre se glorifica entre
las gentes y se ofrece incienso en todo lugar á mi ' nombre y
sacrificio puro. Y San Agustín dice: Conocieron los que leen
haya dicho Melquisedech cuando bendijo Abraham, aunque
■son participantes de él vén que tal sacrificio se ofrece á Dios
por toda la redondez del mundo. De donde otro Profeta dice :
Aquél que según la carne es Israel no tengo voluntad en vos-
otros. Y San Ambrosio dice de este sacrificio de la nueva ley :
Antes se ofrecería cordero ó becerro agora á Cristo, como si
— 150 —
recibiese pasión, y ofrece á sí mismo como sacerdote. Crisós-
tomo: ¿por ventura no ofrecemos cada día haciendo conmemo-
ración de su muerte, y este sacrificio como es uno y muchos?,
porque una vez se ofreció «in sancta sanctos». Este sacrificio
es ejemplo de aquél y á él siempre ofrecemos y no ofrecemos
hoy uno y mañana otro, sino siempre el mismo. Anastasio dice :
Para siempre es el cordero de Cristo, porque cada día se ofrece
por los ministros de Dios la oblación teniendo á Cristo y al
Pontífice y sacrificio.
Y aquesta oblación que Cristo encomendó á la Iglesia en-
conmemoración de su muerte muchos dicen que él mismo la
ejercitó en la cena y que se ofreció al Padre á sí mismo en
figura de pan y vino, entre los cuales David llamando á Cristo
sacerdote demuestra que Cristo cumplió la figura del pan y del
vino, lo cual había precedido en el sacerdote Melquisedech,
según la orden del cual llamó á Cristo sacerdote. De lo cual
Cipriano en el libro 2° en la Epístola 3.a dice : ¿Quién puede ser
más sacerdote del Sumo Dios que Nuestro Señor Jesucristo, el
cual ofreció á Dios Padre el sacrificio que había ofrecido Mel-
quisedech, que es pan y vino que quiere decir cuerpo y sangre,
y luego en el Génesis por el sacerdote Melquisedech bien se
podría celebrar la bendición cerca de Abraham, procede delante
la imagen del sacrificio hecha en pan y vino, lo cual cumpliendo
el Señor y ofreciendo pan y cáliz mezclado con vino (corno-
dice San Bernardo) hablando de Cristo : Aqueste que por el
misterio del pan y del vino sea hecho sacerdote para siempre
según la orden de Melquisedech que ofreció pan y vino á los
sacerdotes mientras que Abraham volviese vencedor del ejér-
cito. Damasceno dice : En pan y en vino recibió Melquisedech
á Abraham el cual era sacerdote del alto Dios. Aquella mesa
significó esta mesa figurativa, así como aquel sacerdote de Cristo
llevaba delante de sí la imagen del verdadero sacerdote, di-
ciendo : Tú eres sacerdote según la orden de Melquisedech.
Semejantes testimonios se hallarán acerca ele San Jerónimo
, y San Agustín y San Crisóstomo y Teofilato. Según estas
cosas las Sagradas Escrituras y testimonios de los Santos Pa-
dres la Iglesia Católica conoce dos sacrificios de Cristo, los
— 151 —
mismos según substancia, pero diversos según la razón y
orden de ofrecer, el uno ensangrentado en la cruz y el otro
en el cual como sacerdote ofreció al Padre en figura de pan y
vino su cuerpo y su sangre en la cena, según la orden de Mel-
quisedech é instituyendo perpetuo sacrificio de la nueva ley y
encomendando á los Apóstoles y á ' sus sucesores que en su
memoria le hiciesen hasta la fin del mundo. De los cuales sa-
crificios, así como el modo de ofrecer es diverso, así el provecho
es apartado porque con el sacrificio ensangrentado impetró
Cristo reconciliación para los pecados y redención de todos los
hombres. El otro sacrificio se hizo por la memoria del de
arriba dicho y fué encomendado á la Iglesia en el cual repre-
sentamos al Padre de Cristo en cierta manera ensangrentada no
para que merezcamos redención de nuevo de nuestros pecados
sino para que apliquemos á nosotros con fe y devoción la re-
dención que se mereció en la cruz siguiendo el mandamiento
de Cristo, en el cual nos mandó que hiciésemos aquesto en su
memoria que quiere decir que por la memoria y merecimiento
de su pasión rogásemos á su Padre por nuestra reconciliación
ó remisión de pecados y salud de nuestras ánimas por la guarda
de nuestro cuerpos y haciendas.
Hasta aquí hemos demostrado con qué razones J testimo-
nios está fundado el sacrificio del altar, ahora digamos algunas
cosas acerca de su costumbre.
En la celebración del sacrificio del altar se mezclan á las
veces loores de Cristo, á las veces ruegos fieles del pueblo otras,
otras desgracias á las veces lecciones de Escrituras, donde bien
se llama sacrificio de loores y gracias y rogarías. En la cual
manera la Iglesia Católica representa el ejemplo de Cristo, el
cual derramó muchos ruegos á su Padre en el sacrificio de la
cena por la salud de la Iglesia, á la cual había de dejar en la'
tierra ; y derramó asimismo muchas rogarías al Padre consu-
miendo la cena figurativa con himnos y dádivas de gracias.
Pero aqueste continuo amonestamiento de San Pablo en el cual
quiere que primero se hagan rogarías, oraciones, suplicaciones,
gracias por todos los hombres y reyes y por todos los que están
puestos en la dignidad para que viviésemos vida sosegada en
— 152 —
toda piedad y castidad. Y la Iglesia guarda muy preciosamente
aquesto en la celebración del aftar según le parece á San Agus-
tín, las cuales rogarías hace antes que se comience á bendecir
aquello que está en la mesa del Señor y las oraciones cuando se
bendice y se santifica y las peticiones y ruegos cuando el pue-
blo se bendice y es encomendado á la misericordia y piedad de
Dios. Las cuales cosas acabadas y tomando el Sacramento el dar
de las gracias encierra todas las cosas y vee (sic) á San x\gus-
ti'n en la epístola 59 á Paulino, á donde la orden del celebrar
muy claro conocerás del sacrificio del altar el cual guarda hoy
la Iglesia. Pero esta orden recibida y confirmada como verás
cerca de otros varones católicos de todas las edades, los cuales
mezclando rogarias y gracias en la celebración de este sacrificio
merecieron un gran consentimiento consagrar la acostumbrada
hostia con rogaría solemne de la cual Crisóstomo ^obre San Ma-
teo «Homilía» 83 y ((De Sacerdocio», libro 3, y el gran Basilio
(De Espíritu Santo» hablando, capítulo 27, y Teofilato capí-
tulo 14 y San Ambrosio «De Sacramentis» libro 4.0, el cual
tiene en los libros que hizo esta orden de que ahora usa la
Iglesia.
De la memoria que se suele hacer de los Santos en el sacrificio
del altar, y de cómo se pide su intercesión y cómo se han
de invocar.
Así que como en este sacrificio del altar honremos la me-
moria de los Santos en este gran beneficio en el cual Cristo
se hizo á sí mismo oblación por todo su cuerpo místico, conviene
á saber, por la salud de todos los que creen como allí se hallan
de derramar ruegos según el ejemplo del Señor y amonesta-
ción del Apóstol por la salud de la Iglesia y como se hayan de
dar gracias por todos bus beneficios ; porque la Iglesia recoli-
giendo en sí todos sus miembros hace memoria de los que hu-
bieron salido de esta vida y viven acerca de Dios y principal-
mente en congregación abrazando en sí á los Santos escogidos
da gracias á Dios por ellos, el cual siendo ellos flacos de su
natura los fortaleció con don de su gracia para que sobrepuja-
sen á los vicios de la carne y alcanzasen del justo juez corona
— 153 —
de justicia varonilmente, peleando fuesen fuertes contra el pe-
cado y demonio y muerte y no por virtud, sino por la de
Dios. Y acerca de éste dar de gracias por los Santos y costum-
bre divulgada por toda la Iglesia lee acerca de Dinisio Ario-
pagita y Cipriano en el libro 3.° en la epístola 6, y acerca de
San Agustín en el libro 8.a «De civitate Dei», capítulo 27,
ídem 22, ídem 10.
Y no solamente honramos á los Santos y rogamos por ellos,
,pero aún pedimos ser fortalecidos con socorro de la guarda
divina, sintiendo derechamente ellos juntos con nosotros en
vínculo de caridad siendo ciudadanos de la misma comunión
y miembros del mismo cuerpo y también de un espíritu, de-
sear nuestra salud condoliéndose de nuestros males. Y por
tanto entrevienen acerca del común Padre que es Dios por
nuestras necesidades por 1 Cristo que es medianero de todos y
para haber de hacer aquesto por nosotros les persuada del de-
recho de la comunión en la cual están ayuntados con nosotros
y el precepto de Santiago que dice : Rogad unos por otros por
que os salvéis. Y la caridad que nos tienen les amonesta á esto
y vive la facultad que tienen para con Dios en la cual están
seguros de enfermedades y faltas. Y por manifiestos testimo-
nios de la Escritura conocemos que hacen esto en la otra vida.
En el 2.0 libro de los Macabeos, capítulo 15, adonde Onías se
conoce extender las manos y rogar por el pueblo. Y otro varón
admirable del cual se dice : Este es amador de los hermanos y
del pueblo de Israel, éste es el que mucho ruega por todo el
pueblo y la ciudad santa de Jerusalén. Jeremías profeta y Za-
carías dice : El ángel ruega por las ciudades de Judea, Señor
de los ejércitos, ¿hasta cuándo no habréis misericordia de Je-
rusalén y de las ciudades de Judea con las cuales estáis eno-
jado?
Y con aquesta fe pedimos los ruegos é intercesiones por
nosotros y de aquellos que viyen en carne con vosotros. Así
pedimos los ruegos de los Santos que viven acerca de Dios para
que ruegen por nosotros y los llamamos por su nombre y no
dudamos sino aquel que pide todas las cosas les era fácil de
hacer que los Santos denuncien nuestras peticiones ó por los
— 154 —
ángeles ó por otra vía que á ellos parezca, el cual hace que los
ángeles se huelguen en el cielo conociendo la conversión del
pecador.
L,os merecimientos, pues, de los Santos no decimos ser tales
cuales hallamos en Cristo, el cual poniéndose á sí mismo en la
cruz por nosotros y derramando su sangre mereció con Dios
y ganó al mundo plena reconciliación por los merecimientos
de los Santos, con los cuales ellos fueron salvos y nos ayudan
á nosotros. Fueron sacados de la fuente de toda la salud y me-
recimiento, conviene á saber, de la pasión de Cristo ; porque si
bien queremos mirar el rigor de la justicia las obras de los
Santos, aun muy virtuosas no bastarán para la salud de ellos,
conforme aquello del salmo 142. Delante de tí no será justi-
ficado ningún viviente. Y aquello de Cristo: Si hiciéredes todas
ias cosas que os son mandadas decid que somos siervos inútiles.
Y según aquello de San Pablo : No son dignas las pasiones de
este mundo de la gloria venidera, la cual se revelará en vos-
otros. Los merecimientos de los Santos por la misericordia y
liberalidad y gracia de Jesucristo no solamente les aprovecha-
rán á ellos para la salud, pero también á nosotros para amparo
é impetración de gracia divina cumpliendo Dios en ellos mi-
sericordiosamente lo que verdaderamente prometió cuando di.jp :
Yo soy tu Dios, fuerte celador y visitador de las maldades de
los hijos hasta la tercera edad y cuarta de aquellos que me
aborrecieron y haré misericordia en mil cosas á aquellos que
me aman y guardan mis preceptos.
Así los merecimientos de Abraham difunto aprovecharon á
su hijo Isaac y Jacob en aquesta religión enseñando á sus nie-
tos les mandó que invocasen á su nombre y al de sus padres,
lo cual Moisés con gran confianza hizo diciendo : Descanse tu
ira y se aplaque sobre la maldad de tu pueblo, acuérdate de
Abraham, Isaac y siervos tuyos de Israel. Y así David por la
gracia (con la cual pudo mucho acerca de Dios) siendo varón
agradable á Dios hizo que sus descendientes sintiesen en su
provecho el perdón de Dios muchas veces en el libro tercero
de los Reyes, capítulo 12, y en el cuarto, capítulo 19, é Isaías
27 y Ezequiel 14.
— 155 —
Be la memoria de los difuntos en Cristo.
Nuestro Señor Jesucristo, según la voluntad de su Padre,
poniéndose en la cruz para salvar á los hombres coligió dentro
de sí mismo como miembros suyos todos aquellos que creyesen
que este sacrificio estaba aparejado desde el principio del mundo
para salvar los hombres, previniendo con fe y voto y en los
tiempos venideros los hubiesen de tener por fe queriendo que
el fruto de su pasión viniese juntamente. á todos aquellos que
habían de ser miembros de su cuerpo. De donde de la Iglesia
común honrando la memoria de este sacrificio debe llamar á
todos sus miembros juntamente y no excluir á ninguno de
aquellos que fuesen capaces de la utilidad de este sacrificio,
según la liberal voluntad de Dios, así como primero se metía
la memoria de los Santos, así después se metía la de los cris-
tianos cerca del sacrificio del altar, los cuales cristianos se cree
que se apartaron de esta vida en la fe de Cristo, aunque no se
tenga certidumbre de ello si se hallan apartados limpios y pur-
gados. Pero diversa es la memoria que se guarda de los San-
tos y de los otros, porque la memoria que tiene de los Santos
no es porque roguemos por ellos, sino para que elfos nieguen
por nosotros y para que mejor nos alleguemos á sus pisadas.
La memoria que tiene de los otros es para que roguemos á
Dios por ellos y para que tenga por bien de darles lugar de
refrigerio, luz y pan por Nuestro Señor Jesucristo.
Y la razón de la comunión nos demanda la cual confesamos
con todos los Santos, demanda que no apartemos de nuestras
oraciones aquellos que fueron delante de nosotros en señal de
la fe; los cuales después de muertos nos están ayuntando con
ios vínculos espirituales y están tan allegados con nosotros como
un cuerpo espíritu con sus miembros y de un mismo vínculo
de caridad que la muerte corporal no los puede apartar del
ayuntamiento del cuerpo místico de Cristo.
Así que como Dios nos haya demostrado esta forma de orar
y que ninguno haya de rogar solamente por su provecho sino
por el de toda la comunión y lo mande por el Apóstol que
— 156 —
roguemos unos por otros para que nos salvemos, muy crudo
sería contra sus amigos J aliados y temerario contra Dios el
que apartase de la. comunión de las oraciones á los difuntos en
Cristo, lo cual veda la razón de^ la comunión espiritual y las
Escrituras divinas.
Y esta certidumbre divulgada por toda la Iglesia de Cristo,
,en la cual es añadida la memoria de los difuntos cerca de la cual
confesamos con todos los Santos como claramente se puede ver
haber dependido por el mandamiento apostólico de grandes tes-
timonios y dignos de fe, como dice Dionisio Ariopagita en el
libro de la Eclesiástica Jerarquía, capítulo y.°, acerca de las
rogarías que se han de hacer por los difuntos, la cual vino á
nosotros por preceptos de los Apóstoles y declararon diciendo :
Ruego aquella oración á la divina clemencia que perdone todos
los pecados al difunto, que fueron hechos por su humana fra-
gilidad y los lleve á la gloria. Y San Crisóstomo al pueblo de
Antioquía, homilía 69, dice : No sin causa estas cosas fueron
ordenadas de los Apóstoles para que en los misterios temero-
sos se haga conmemoración de lo difuntos, porque saben los
Apóstoles que de allí les viene á los difuntos mucho provecho,
como se pone al pueblo extendidas las manos y se ponga aquel
sacrificio horrible, ¿por qué razón para alcanzarles perdón?
Damasceno dice que los Apóstoles, discípulos del Señor y
Salvador, peregrinaron por el mundo predicando la palabra de
vida la cual habían visto por sus ojos, y dijeron que se había
de tener memoria en los Sacramentos de aquellos que ya ha-
bían salido de esta vida, la cual hasta agora firme y sin contro-
versia alguna guarda la Católica Iglesia de Cristo y de Dios
desde los postreros hombres de todo el mundo desde aquel
tiempo hasta el presente y hasta el fin del mundo. Agustino
también dice que no se ha de negar que las ánimas de los di-
funtos sean relevadas de los pecados con la piedad de los suyos
que viven cuando ofrecen por ellos en la iglesia ó dan li-
mosna. Pero estas cosas aprovechan á aquellos que estando
vivos merecieron que les aprovechasen, y lo semejante á esto
se podrá ver acerca de Epifanio, libro 3.0, contra los herejes,
y en Tertuliano, en el libro que escribe «Ad uxorem de corona
— 157 —
militis», y Ambrosio en la Oración por el Emperador Teodosio
de la muerte de su hermano, y en el libro 2.a de las Epístolas
«Ad Faustum», y Cipriano en el libro i.° de las Epístolas, y
Bernardo en el cántico i.° «Sermo 68».
Después de esta memoria de los difuntos y cuando ya otra
vez la Iglesia encomendó al clementísimo Señor la comunión
y salud de los que vivían, todos los otros ruegos se refieren
para la digna preparación del recibimiento de la sacrosanta
eucaristía, la cual parte de la misa es provechosa para los pre-
sentes y para los que toman la eucaristía sacramentalmente
ó á lo menos espiritualmente y verdaderamente para otros no
sirve, pues que uno por otro no puede ser bautizado así no
puede para su provecho tomar este Sacramento. Pero habiendo
el Sacramento tomado y hechas ya las otras cosas por orden
el de dar las gracias incluye todas las otras cosas, como dice
San Agustín.
De la comunión que se ha de ayuntar con el sacrificio.
Aquí en esta parte convendrá cuando se ofrece aquel sin-
gular y verdadero sacrificio revocar la vieja costumbre de la
Iglesia en el cual sacrificio mandaban los santos cánones que no
sólo interviniesen no solamente el que sacrifica, pero aun los
diáconos y otros ministros de la Iglesia, los cuales en los días
de fiesta como testigos de tan gran sacrificio y adjuctores del
servicio necesario fuesen participantes del ^recibimiento del
cuerpo y sangre de Jesucristo, pero también todos los fieles
para honrar la muerte de Jesucristo, y á representar la memo-
ria de .nuestra redención juntándose al sacrificio de nuestro
mediador han de ser amonestados para que tomen la gracia de
la santa comunión, estando antes confesados y absueltos y para
que continuamente con el sacerdote la participación de la di-
vinísima eucaristía.
De las ceremonias y uso de los Sacramentos.
Las ceremonias viejas que se añadían en el Sacramento del
bautismo no se han de dejar, conviene á saber: el exorcismo
— 158 —
y la abrenunciación y la profesión de la fe y la crisma y otras
cosas que pertenecen para alumbrar y significar la eficacia de
este Sacramento. Allende de esto que en las ceremonias anti-
guas que se añaden á la misa en la Iglesia Católica ninguna
cosa se mude, porque todas parecen muy convenientes para
lo que se trata en la misa. Y cuanto lo que toca al uso de
este sacrificio se han de decir en cada ciudad y en cada iglesia
de ellas que tenga propios sacerdotes y que sean más frecuen-
tadas aunque haya en la tal ciudad otras muchas, hanse de ce-
lebrar á lo menos dos misas al día, la una á la mañana para que
los que han de ganar de comer con sus manos comuniquen de
la eucaristía y se encomienden piadosamente á Dios, y la otra
misa se diga con más solemnidad la cual se cante á la hora
octava antes de medio día para que en ella se hallen presentes
„ los que quisieren encomendarse á Dios ó participar de la eu-
caristía.
Y que en las aldeas pequeñas se diga á lo menos una misa
los días del domingo y los de fiesta y para que el pueblo sea
traído al uso de las misas provechosamente los predicadores han
de amonestar al pueblo según que arriba se dijo, y que al
pueblo se le enseñen ciertas oraciones convenientes á cada
parte de la misa, y antes del Prefacio el clérigo ó diácono de-
clare el provecho verdadero de la misa y encomiéndele al pue-
blo según que arriba se ha declarado.
Y que en el canon en el cual ninguna cosa se mude tenga
asimismo su declaración clara y sucinta para que los clérigos
mejor entiendan lo que toca á su oficio y lo declaren al pueblo.
Las otras ceremonias de la Iglesia y Sacramentos se hagan
según que antiguamente estaba determinado acerca del precepto
del hacer de las ceremonias viejas, de las cuales si alguno
burlare ó diere causa ó superstición que se quite.
Y que haya en las iglesias altares y vestimentos de sacerdo-
tes, vasos, banderas, cruces, candelas, imágenes, pero de tal
manera que sean para memoria y no para que puedan idolatrar.
Y que no se haga concurso supersticioso á las imágenes y
estatuas ni la melodía de cantores.
Y que en las horas canónicas (lo cual el Apóstol nos enco-
— 159 —
mendó no se quiten de las iglesias) y que donde se hubiese
quitado se restituya principalmente en el día del domingo y de
otras antiguas solemnes fiestas. Y las cosas que se han añadido
de los Santos, parece que se han de revocar.
Las vigilias y exequias de los muertos se celebren según la
costumbre de la vieja Iglesia, porque sería cosa cruel que en
la Iglesia no se retuviese alguna memoria de ellos, así como
si las ánimas juntamente con los cuerpos se hubiesen muerto.
Los días de fiesta que están recibidos por la Iglesia se re-
tengan ya que no todos á lo menos los más señalados, como
los días del domingo y Natividad de Nuestro Señor, la Cir-
cuncisión, Epifanía, de Ramos y de Pascua con dos días si-
guientes, la Ascensión del Señor, el día de Pentecostés con dos
días siguientes, el día del Corpus Cristi, y los días de fiesta de
Nuestra Señora y de los Apóstoles San Juan Bautista y de
María Magdalena, San Sebastián, San Lorenzo, San Martín,
San Miguel y Todos los Santos. Y cerca de cada iglesia se guar-
dan las fiestas de aquellos Santos que fueron allí patrones para
que en las fiestas de aquellos Santos honremos á Dios y de-
seemos ser librados con sus oraciones y ser compañeros en sus
merecimientos. Y también los días de las rogaciones antes de
la Ascensión del Señor y la Letanía en el día de San Marcos.
Y también las procesiones acostumbradas por año según la cos-
tumbre antigua y semejantemente en la Semana Santa se guar-
den las solemnidades debidas acerca de las festividades de la
Iglesia y que en la vigilia de la Pascua y Pentecostés se apareje
el agua del bautismo con bendición solemne en todas las igle-
sias parroquiales.
Y como la abstinencia de las carnes no se tome por abomi-
nación sino por causa de temprancia como sea buena para sí
para castigar la carne y también el derecho común lo mande
que nos apartemos de comer carnes porque de otra manera no
podrían abastar los ganados si siempre se comiesen. Y que en
esta abstinencia se guarde la costumbre de la Iglesia antigua
y que no se coma carne el día del viernes y sábado. Y aunque
esta abstinencia la Iglesia no la tomó por alguna superstición
por algunos tiempos de los manjares (pues que sabía que todas
— 160 —
las cosas eran limpias como los pies y que ninguna cosa que
entrase por la boca podría ensuciar al hombre) , pero recibiólo
para domar á la carne y para que el ánima mejor se humillase
y apartase de malas codicias. Y principalmente la introdujo el
día del viernes y sábado para que los hombres estuviesen con
estos dos días de abstinencia más aparejados y más dignos para
recibir el Sacramento de la eucaristía y para oir la palabra de
Cristo, la cual se guardaba en otro tiempo más frecuentemente
en los días del domingo. Y también para que los hombres sa-
crificasen, su carne con aqueste voluntario castigo juntamente
con Cristo, la memoria de la pasión del cual principalmente
en estos dos días es muy honrada de los fieles. Y que se guar-
den los ayunos acostumbrados de la Iglesia, pero de tal ma-
nera que á esto noxsean obligados los que excusa la necesidad,
como son los que tienen grandes trabajos y los peregrinantes
y mujeres preñadas y los niños que maman y los viejos y en-
fermos.
Ni se repruebe la bendición de aquellas cosas las cuales se
hacen para el provecho de los hombres con exorcismos y otras
oraciones, con tal condición que las operadoras que de allí na-
cen no se atribuyan á las mismas cosas sino á la virtud divina.
Y que se tenga aviso que las mismas cosas no se pasen á algún
género de encantación ó superstición.
Y aunque hemos de sentir con el Apóstol que aquel que es
soltero tiene cuidado de las cosas del Señor y que por aquello
hemos de desear que haya muchos clérigos los cuales como
estén sin mujer verdaderamente son continentes; empero como
muchos clérigos ahora estén casados en muchos lugares y no
quieran dejar las mujeres que hasta aquí, y sobre aquesto haya
sentencia del Concilio general, por haber mudanza en aque-
llas cosas no se podría hacer sin gran perturbación, según que
ahora son los tiempos, no se manda otra, cosa.
Y que aquello no hemos de negar, aunque el matrimonio
sea por sí honroso (según la Escritura Sagrada) , mas que aquel
que no tomó mujer y verdaderamente es continente hace me-
jor, según la Escritura.
Y que la misma razón es del uso de la eucaristía debajo de
— 161 —
'entrambas epecies, á lo cual muchos están acostumbrados y no
pueden ser apartados de ello en este tiempo sin gran perturba-
ción y movimiento de cosas. Y porque el Concilio general al
cual se sometieron todos los Estados del Imperio tiene gran
diligencia y cuidado, que en aqueste caso se provea á las con-
ciencias de muchos y al sosiego público los que hasta aquí han
recibido aquel uso de la eucaristía debajo de dos formas y no
le quieren dejar, sobre el cual negocio también esperan la
deliberación y sentencia del Concilio. Pero aquellos que abra-
zan con el uso de entrambas á dos maneras no deben de re-
prender la costumbre antigua de comunicar debajo de una
forma ni han de perturbar los unos á los otros hasta que sobre
aquello determine el Concilio general.
Y aunque el Sacramento de la eucaristía se instituyó de-
bajo de dos formas no hemos de entender que Cristo es divi-
dido en carne contra lo que las Escrituras divinamente ense-
ñan, sino que está entero debajo de cada forma. Y porque en
el Sacramento de la eucaristía está el verdadero cuerpo y
sangre de Cristo, en aqueste Sacramento con razón se debe
adorar á Jesucristo. ítem : el Sacramento de la eucaristía que
una vez con palabras se consagra, aunque esté así mucho tiem-
po, pero todavía queda Sacramento y cuerpo y sangre de Je-
sucristo hasta que se tome.
Las cosas que pertenecen á la disciplina de la clericia y
pueblo parecen muy necesarias para quitar los escándalos de
las Iglesias y dan gran ocasión á la pertubación de estos tiem-
pos. Así que si la Majestad Cesárea procurare alguna reforma-
ción útil á las Iglesias no solamente el que es deseoso de la
santa fe y religión y de la pública tranquilidad no la ha de
querer repudiar, pero aun todos han de suplicar á Su Majestad
humildemente que presto la lleve á efecto.
ii
— 162
CAPITULO XVII
Cómo ei Emperador en estas Cortes mandó hacer cierta paz
pública entre los Electores y Príncipes del Imperio. Y dio
cierta instrucción que habían de guardar acerca de la po-
licía de las ciudades de Alemania y de la reformación del
juicio de la Cámara Imperial.
Y después que Su Majestad hubo dado orden en las cosas
de la fe, determinó para concluir lo que tanto deseaba de dar
cierta reformación en las cosas de la paz y polícia de Cámara. Y
en cuanto á lo de la paz, la cual fué hecha entre todos los
Príncipes Electores del Imperio y los otros, así eclesiásticos
como seglares, so pena que quien la quebrantase pagase mil
marcos de oro, la mitad para la Cámara del Emperador y la otra
para el que le fuese quitada la hacienda ó hecha injuria por el
tal quebrantador de paz, ó prohibiese asimismo que ninguno
de ellos se sustentase bandoleros ni malhechores ni salteadores
en sus casas y lugares, ni les ayudase para poderse sustentar
ni ellos los sustentasen, so pena que el que lo contrario hiciese
allende de la pena en tales casos por derecho establecida pu-
diese proceder el riscal como contra persona que había incu-
rrido en crimen lese magestatis, y le pudiese excomulgar y
ponerle otras muy más graves penas como transgresór de la paz
pública.
Y que cualquiera de ellos que hiciese mal al otro, el dicho
fiscal pudiese tratar el pleito contra él á su costa y mandarle
pagar todas las costas que hubiese hecho con la gente que hu-
biese traído contra él ó lo que más hubiese gastado. Y que
si matase al delincuente, no pudiéndolo prender ó defendién-
dose, no obstante la muerte, fuesen obligados sus herederos á
pagar, más las costas que hubiese hecho el matador.
Y que si alguno hubiese comprado hacienda de malhechor
fuese obligado á perderla. Y que los Príncipes y Señores no
— 163 —
recibiesen haciendas ni castillos de .malhechores para tenerlos
como tutores.
Y cuanto á la policía, fueron determinados por el Empera-
dor muchos artículos concernientes al bien y utilidad del Im-
perio y nación germánica, que no se habían podido determinar
en muchas Dietas pasadas, de los cuales diremos aquí algunos.
Primeramente, que el que dijere pese á Dios, ó descreo de
Dios, ó voto á Dios, ó no haber poder en Dios ú otras cosas
•semejantes, que perdiese la vida ó algunos miembros de su
cuerpo, conforme como á la justicia pareciese.
Y si fuesen soldados ó criados de señores, se les quitase
del salario lo que pareciese á la justicia, y se diese á los pobres
ó á mujeres huérfanas para casarse. Y si fuese señor sujeto al
Imperio fuese el fiscal contra él y lo hiciese castigar.
Otrosí : que en tiempo de guerra los soldados no pudiesen
robar los templos é iglesias ni las cosas benditas de ellas ni á
los monaterios de frailes ni monjas ó personas de gran edad ó
enfermas ni á los aldeanos ni mujeres preñadas ni á doncellas,
so pena de la vida y perdimiento de los bienes.
Y si anduviesen algunos soldados ú otras gentes homicida-
juntas robando algunas casa públicas y privadas y pueblos, se
juntasen las comunidades, los echasen del Reino y si hubiesen
hecho algún daño hiciesen de ellos justicia.
Y cerca de los vestidos mandó el Emperador á cada regi-
miento y cabildo de las ciudades que so pena de dos marcos
de oro hiciesen dentro de un año cierta pragmática para que
la gente común de su ciudad anduviesen honestamente vesti-
dos. Y si los cabildos no la hiciesen, que procediese el fiscal
imperial contra ellos y los ejecutase en la pena susodicha.
Y que los caballeros y personas nobles de sangre no pudie-
sen traer sayos de terciopelo ni de raso carmesí si no fuese dé
damasco ú otras sedas, con condición que fuesen guarnecidos
con seis varas de terciopelo y pudiesen traer anillos y cofias
de oro que pesasen doscientos florines á lo más, y forros de
martas. Y si fuese Canciller ó Camarero ó Mayordomo de algún
gran Príncipe ó Señor, pudiese aunque fuese noble traer él y
sus hijos las vestiduras dichas.
— 164 —
Y que las mujeres de estas personas pudiesen tener cuatro-
sayas, la una de terciopelo y las demás de damasco ó sedas, y
no tuviesen alguna tela de oro ni de plata. Y si quisiesen guar-
necer las sayas fuese con perlas y plata labrada ú oro, y esta
guarnición fuese en los sayuelos, siendo la guarnición de media
cuarta de una vara. Y que pudiesen traer gorras y cofias de
oro que tuviese de costa cada una de éstas de oro cuarenta flo-
rines. Y que pudiesen traer collares de hasta doscientos florines
y cintas para ceñirse que tuviesen de costa cuarenta florines.
Y los Doctores y sus mujeres é hijos pudiesen traer vestidos,
guarnecidos y cadenas y anillos de oro y otras cosas semejan-
tes, conforme á su estado. Y los Condes y grandes señores no
pudiesen traer vestidos de tela de oro y de plata, sino de ter-
ciopelo y de carmesí y otras sedas, con que no fuesen guarne-
cidos con hilo de oro ó plata, y pudiesen traer cadenas de hasta
quinientos florines y forros de martas con que fuesen cebelinas,
y sus mujeres pudiesen traer vestidos de seda guarnecidos con
tela de oro y plata, y no vestido de oro y plata entero, y pu-
diesen traer cadenas de oro de hasta seiscientos florines.
Y acerca de las guarniciones de caballo, que ninguno que
fuese Conde, Caballero, Barón ó escudero pud.ese traer guarni-
ciones de caballo de terciopelo ó de tela de seda ó de oro c
plata ó que tuviese oro ó plata, si no fuesen Archiduques, Du-
ques y semejantes Príncipes; los cuales pudiesen traer guarni-
ción de cabMllo hasta valor y costa de tres florines y no más, y
no las pudiesen guarnecer con oro ni latón, salvo si no fuesen
ciertos géneros de Barones que llaman en Alemania rittcr. Y
esto no se había de entender en caballos cuando estuviesen
armados de guerra.
Y que no se pudiesen hacer contratos logreros, so pena que
el que los hiciese perdiese la cuarta parte de sus bienes para
el propio de la ciudad.
Y que no se pudiesen hacer monipodios ni juntas de perso-
nas que juntamente mercasen cosas para tornar á vender des-
pués más caro, so pena de perdimiento de sus bienes para los
propios de la ciudad.
Otrosí : que ninguno mercase trigo ni otra semilla ó cosa
— 165 —
que estuviese por coger, so pena de perdimiento de todos sus
bienes.
Y que ningún señor pudiese tener en sus tierras judíos,
si no fuese teniendo privilegio para ello del Imperio, y que
los dichos judíos no pudiesen mercar vestidos ni otras ropas
que fuesen robadas ó hurtadas y que las que mercasen no las
deshiciesen, sino que las tuviesen puestas en sus tiendas que
todos las viesen ciertos días.
Asimismo que no se vendiese paño que no fuese mojado y
tundido, y que los paños enteros fuesen primero que se ven-
-diesen muy mojados y no fuesen tirados, so pena de perder
el paño.
Otrosí : que los mercaderes que se alzaban los sacasen do
las iglesias y les hiciesen pagar lo que debían, á los cuales
aunque tornasen á estar ricos no les fuesen dadas dignidades
ni oficios ; pero á los que se alzasen habiéndose perdido con
justo título pudiesen tener oficios y dignidades y concertarse
con sus acreedores.
Y sobre los pobres y vagabundos mandó Su Majestad que
las ciudades tomasen los hijos de los dichos hombres pobres
y los sustentasen á su costa, y los pusiesen á oficios á que
ellos fuesen inclinados, y á los mayordo-mos de hospitales donde
estuviesen les fuese tomada cuenta cada año. Y que los gitanos
no pudiesen andar por las ciudades ni por los otros lugares.
y si anduviesen fuesen castigados.
Otrosí : que los Procuradores y Jueces no sostuviesen plei-
tos de poca importancia ni consintiesen que las parte en sus
dichos dijesen cosas afrentosas ni apooad.iq. llamándose de
bellacos ú otras palabras injuriosas.
Y acerca de los boticarios mandó Su Majestad que fuesen
visitados en cada ciudad para que las aguas y otros simples
los tuviesen recién hechos para que pudiesen aprovechar en
los compuestos
Y que no se imprimiesen coplas ni farsas feas y deshonestas
ni libros de liviandades ni otras cosas de aquesta calidad, ni
se dijesen por las calles pullas ni cantares ni cosas deshonestas.
Otrosí : que los plateros hiciesen el marco de plata que
— 166 —
fuese de catorce onzas, y antes que fuese labrado lo llevasen
á los ensayadores para que le pusiesen el sello de la ciudad.
Las cuales dichas cosas y otras muchas que Su Majestad
inandó hacer para la buena policía de las ciudades de Alema-
nia mandó á sus Jueces y Justicias en ellas se guardasen é
hiciesen guardar á todos so graves penas.
Y en lo del juicio de la Cámara, Su Majestad eligió para ello
personas doctas y de buena conciencia y avisados de las cosas
de Alemania y naturales de la misma tierra, y sin éstas eligió
otras diez personas para que por un año ó dos despachasen jun-
ta-mente con ellos los muchos pleitos y negocios que había en
el Imperio.
Y asimismo otorgaron todos los Estados una contribución
general de 24.000 infantes y 4.000 de á caballo, pagados por
seis meses, para emplearlos contra cualquiera que así fuera del
Imperio como dentro de él quisiese mover contra Su Majestad
alguna cosa, ó contra algún miembro de los dichos Estados. Y
los dineros para la paga necesarios se depositaran y guardaran
para cuando fuese menester servirse de ellos, con intención de
crecer la djcha suma de un tiempo á otro, para que siendo au-
mentada se pudiese mejor efectuar lo que dicho tengo.
Y allende de esto concedieron los Estados al Serenísimo Rey
de Romanos para sostenimiento de sus fronteras y fortificación
de ellas (quedándoles á pagar entretanto que duraba la tregua
hecha por cinco años con el Turco). Y en caso que no se rom-
piese durante la dicha tregua pasados los cinco años de ella,
otorgaron una décima (que á su uso se llama común dinero)
para defensión de la Germania, el cual junto podía llegar á
cerca de dos millones de florines.
Otrosí : trató Su Majestad confederación perpetua entre to-
dos los Estados del Imperio y todas las tierras altas y bajas y
Condado de Borgoña para sostenimiento y defensión de ellas,
ni más ni menos como si fueran miembros del Imperio.
— 167 —
CAPÍTULO XVIII
Cómo el Emperador D. Carlos dio la investidura de Elector y
de otros Estados á Mauricio, Duque y Conde Palatino de Sa-
jorna. Y las solemnidades que en el tal acto se hicieron.
Y en este tiempo, estando e1 Emperador en la ciudad de
Augusta teniendo Cortes á veinticuatro días del mes de Febrero,
el Duque Mauricio, Elector y Archimariscal del Sacro Impe-
rio, Duque y Conde Palatino de Sajonia, L,andgravio de Tu-
ringia, Marqués de Misniaburg, Gravio de Mademburga y Al-
demburga, Conde de Viena, Barón de Pleisa y en el Reino de
Bohemia Duque de Sagano, etc., recibió la investidura de la
dignidad de Elector y de los dichos Principados y Señoríos por
el Emperador D. Carlos, sobre un cadalso que estaba en la
Plaza Mayor de la dicha ciudad, delante de Su Majestad, en
esta manera :
Salió el Emperador de Palacio con los Electores y subió en
el dicho cadalso, pasando por medio de la Casa de las Danzas,
que allí junto estaba, para vestirse del hábito que convenía
para celebrar la dicha fiesta con la corona imperial. Y allí se
vistió por mano del Elector de Brandemburgo, su Camarero
mayor. Y juntamente se vistieron los Electores de su hábito
electoral, y acompañado de ellos se subió Su Majestad al ca-
dalso y se asentó debajo de un palio de oro en una silla real
cubierta de terciopelo carmesí, estando cubierto el asiento de
paños de brocado y cojines de lo mismo.
Iba vestido el Emperador como acostumbraban los Pontí-
fices vestirse cuando quieren decir misa, significando que el
Emperador de Romanos ha de ser en todas las partes vengador
y defensor de la religión cristiana, y el hábito desde el más
pequeño hasta el mayor era de esta manera :
Primeramente las calzas, llamadas brusequinas, que le su-
ben poco más de la rodilla, de carmesí, y los zapatos de grana
con perlas y piedras preciosas. I„a segunda era una vestidura
— 168 —
larga y ancha abierta por delante, de carmesí, con mangas y con
una faja pequeña por abajo y por arriba de grana. La tercera
el humeral (que dicen), de lienzo blanco y delgado adornado
con piedras preciosas y diamantes por detrás. El cuarto era
el alba, que es una vestidura de lienzo blanco por detrás y
por delante, sobre el borde y sobre las mangas una vuelta
grande adornada de oro y perlas preciosas. La quinta era una
cintura blanca de seda con un nudo grueso á los cabos con
puntas de oro, que pendían diferenciadas con piedras preciosas
grandes y redondas con su orden todas y extendidas. La sexta
era una estola de hilo de oro retorcida y seda amarilla bordada,
con una cruz á los cabos de la una y de la otra parte de piedras
preciosas con bordaduras de oro. La séptima era una túnica
primera de hilo de oro y amarillo bordada, y á los largos de
las orillas de las -mangas unas fajas de perlas chapeadas de oro,
forradas en carmesí, cerrada por detrás y por delante. La oc-
tava era una túnica segunda, hecha de la misma manera, con
mayor copia de perlas, con el collar tejido de lo «mismo. La
nona era el manípulo tejido de oro forrado en carmesí, con cru-
ces compuestas de oro y perlas. La décima, la capa (que dicen)
de oro, tejida de puro hilo de oro con el águila partida, la
cabeza de seda negra tejida encuna con una faja á los lados
muy larga, de perlas grandes y redondas y diamantes y esme-
raldas y zafiros y rubíes grandes (que llaman balajes) , y encima
la capilla que colgaba de la cerviz entre las espaldas, diferen-
ciada de perlas de gran valor, con el rostro del Emperador Cario
Magno. Encima de la cual estaba la imagen de Dios Padre,
de perlas y piedras preciosas. Las cuales dos imágenes de la
una y de la otra parte tenían las columnas de Hércules, entre
las cuales pasaba el mar Océano, que iba por el estrecho á dai
en el mar Mediterráneo, y delante de la entrada de él, en el
mismo mar Océano, estaban unas ballenas nadando y vaciando
por la boca como tempestad esmeraldas y rubíes grandes y otras
piedras preciosas. En lo más alto de la capilla estaba un nudo
de oro tejido con hilo de oro y en medio un gran zafiro. La
oncena era la corona imperial, que subía hacia arriba en dos
cuernos como mitra obispal. Esta corona tenía en la delantera
— 169 —
una cruz de cinco diamantes, muy grande y muy ricamente
figurada, y por detrás dos vendas pendientes, de oro y carmesí,
con los bordes de hilo de oro. Toda la corona, con la mitra
que había dentro de sí, era de oro puro y alrededor con mu-
chas piedras preciosas muy ricas, como rubíes grandes y dia-
mantes y esmeraldas y perlas que relucían -mucho y que tenían
un medio círculo que cercaba toda la mitra á manera de asa
retorcida de ambas partes. La docena eran los guantes tejidos
de puro oro, adornados con perlas y nudos de hilo atados.
El hábito de los Electores era una vestidura larga y ancha
hasta los pies, cerrada por todas partes; vestíase por la cabeza,
con mangas largas y apartadas de ella, que se apretaban con una
faja por detrás debajo de la vestidura y estola, con las mangas
forradas de armiños preciosos y las vueltas de ellas de las mis-
mas pieles y de una muceta redonda de las mismas con los
pelos hacia afuera, con muchas colas- de las mismas pieles pen-
dientes asimismo por la cabeza, la cual llegaba hasta el pecho
y sobre los hombros, de la cual salía una faja larga de la misma
manera que la vestidura y forrada en las -mismas pieles con sus
bordes de lo mismo. Y este hábito era vario, según el estado
y diferencia de los Electores, con la substancia y calidad, por-
que en la color y hechura no lo era, porque los eclesiásticos lo
traían de grana y los seglares de terciopelo carmesí. El bonete
era largo y ancho, forrado en las mismas pieles, y lo alto era
de una parte de las mismas pieles de la misma manera, y la
vestidura diferenciada para los eclesiásticos de grana y los se-
glares de carmesí. Y los jubones y calzas y zapatos tienen de
grana ó de terciopelo carmesí los seglares, y los eclesiásticos
de paño negro.
Y cuando el Emperador salió de Palacio iban delante de él
dos escuderos que llevaban las columnas de Hércules, que era
la divisa del Emperador, y después iban algunos Príncipes, como
eran Maximiliano, Archiduque de Austria ; Filiberto Manuel,
Príncipe de Piamonte ; Guillermo, Duque de Julier ; Ernesto,
Arzobispo de Salsburg ; Bolfgango, Maestre de los Caballeros
teutónicos de la Alta Alemania ; Melchor, Obispo Herbipoli-
tano; Mauricio, Obispo Cistense; Julio Pflugo, Obispo Num-
— 170 —
burgense; Juan, Obispo Misnense; Valentino, Obispo Hildes-
hemense; Maximiliano, Conde de Bura ; Joaquín, Señor de
Ri, Capitán de la guarda del Emperador ; Filiberto, Barón de
Monfalconet, y D. Juan Manrique de Lara, Mayordomos del
Emperador.
Tras éstos iba el Arzobispo de Trever, Elector, porque
los reyes de armas que solían ir ante el Arzobispo de Trever
no estaban presentes sino cuando el Emperador estaba vestido
con los Electores, y cuando salía de la Casa de las Danzas para
ii al cadalso, y después acabada la solemnidad se tornaba á
Palacio, aquellos reyes de armas iban delante en su lugar.
Y después del Arzobispo de Trever iban los Electores se-
glares, conviene á saber : el Conde Palatino del Rhin, que lle-
vaba la Manzana del mundo, y el Marqués de Branda-mburg,
que llevaba el cetro, en medio de los cuales era el lugar del
Duque de Sajonia, que había de llevar la espada, que era el
que entonces pedía (sic) la dignidad de Elector. Después de
de esto y delante del Emperador iba el Mariscal del Imperio,
que llevaba la espada del Emperador, porque el Rey de Bohe-
mia no estaba allí cuyo es el primer lugar delante del Empe-
rador ó del Rey de Romanos. Y después del Mariscal Menor,
el Mariscal de Sajonia, Elector estuviese ausente, porque el
•mismo Rey de Romanos era ahora el de Bohemia. Tras el Ma-
riscal Menor venían luego dos Electores eclesiásticos, el Arzo-
bispo de Maguncia y el Arzobispo de Colonia, próximos y pos-
treros.
Y la orden con que se sentaron fué la siguiente : A la mano
derecha, junto al Emperador, estaba sentado Sebastián, Arzo-
bispo de Maguncia, Elector y Archicanciller de Alemania.
Después, en el segundo lugar, estaba vacuo para el Rey de Bo-
hemia, coronado y elegido Archicopero, que estaba ausente
porque ni su lugarteniente Cario, Barón de Linaburge, Copero
menor, hereditario del Imperio y Sacro Romano, tampoco es-
taba presente.
Y después de este lugar estaba sentado Federico, Conde
Palatino, Archimaestresala, cuyo lugarteniente era Guillermo,
Barón de Walturg, Maestresala menor, hereditario del Sacro
— 171 —
Romano Imperio. A la mano siniestra estaba sentado Adolfo,
Arzobispo de Colonia, Elector y Archieaneiller de Italia. Des-
pués de él, Joaquín, Marqués del Brandamburg, Elector, Ar-
chicamarero, que daba aguamanos al Emperador, ó á la Real
Majestad á la mesa, teniendo las fuentes y echando agua, cuyo
lugarteniente era Carlos, Conde de Zolnera, Camarero menor
hereditario del Sacro Romano Imperio. Porque el lugar de en-
tremedias de los dos estaba vacuo para Mauricio, Duque de Sa-
jorna, Mariscal, que pedía entonces la investidura, y cuyo lu-
garteniente era Espandolío de Papenhaima, Mariscal .menor he-
reditario del, Sacro Imperio Romano. Frontero del Emperador
estaba sentado solo en una silla Juan, Arzobispo de Trever,
Elector y Canciller mayor de Francia y del Reino de Arélate.
La ciudad de Arélate es en Francia cabe la ribera de Roma,
entre Marsella que tiene al Oriente y el mar Mediterráneo á
Mediodía, y las Aguas Muertas al Occidente, y Aviñón á Sep-
tentrión. Y de esta villa tomó nombre el Reino de Arélate, que
antiguamente fué muy grande, porque estaba repartido en siete
provincias en Marsella, y en la otra que pasó después en el
Ducado de Saboya, y en la que tomó nombre del Delfinazgo,
que en tiempo del Emperador Carlos Cuarto fué pasado del
Imperio por venta al Rey de Francia, y en la que tiene nombre
la una y la otra Borgoña, y en la de Loteringia y en parte de
Soisons. Y contenía debajo de sí en nombres antiguos los pue-
blos de los Alobrojes, Hedos, Boamitios, Secuano y Suizos. Y
era extendido desde el mar Mediterráneo hasta los de Trever y
la selva de Ardenas.
Y volviendo al lugar de los Electores y demás Príncipes
eclesiásticos y seglares, detrás del Emperador estaban sobre un
colgadizo los trompetas de Su Majestad y atabaleros á caballo,
que á la salida del Emperador de Palacio y á la subida de él
con los Electores al cadalso y cuando corrían los caballeros,
sonaban las trompetas y tañían los tambores en la plaza de i a
i:na parte y de la otra.
Había dos banderas cabe el cadalso de infantería de ale-
manes y muchos millares de hombres que miraban desde la
plaza y ventanas y tejados.
— 172 —
Y después que todos estuvieron sentados hizo señal el
tr.opeta que estaba entre los caballeros que habían de correr
delante del cadalso que estaban esperando en una calle para
venir á correr alrededor del cadalso donde se hacía el acto. Y
así tocando la trompeta corría delante, al cual seguía todo d
escuadrón de caballeros corriendo de tres en tres, entre los cua-
les tras la sexta bandera venía la bandera colorada (que llaman
sangrienta) sin ninguna pintura de armas en ella, la cual traía
Cristóbal de Ragevitz.
Eran los caballeros que corrían ciento, poco más ó menos,
entre los cuales el Elector Palatino tenía cuatro bandas de ca-
balleros, y el Elector de Brandamburg, cinco. Los nobles de li
corte del Duque Mauricio eran cerca de treinta, vestidos de
terciopelo. Comunmente todos estos caballeros llevaban unas
banderitas coloradas, con las armas de la dignidad electoral y
de Sajonia puestas en los bonetes. Y asimismo los caballos en
que iban llevaban las mismas banderitas alzadas entre las orejas,
y plumas blancas y coloradas en la cabeza y en las ancas pues-
tas. Y al correr de estos caballeros los trompetas tocaban las
trompetas y lo mismo los atabaleros sus atabales.
Y entre tanto que el Duque Mauricio Elector estaba en otra
calle frontero del cadalso al cabo de la plaza con su escuadrón
de caballeros en que había 120 pocos más ó menos, y todos
éstos eran Príncipes, Condes, Barones, Señores, Caballeros de
espuela dorada y Nobles que le honraban ; entre los cuales el
Elector de Maguncia tenía tres banderas de á tres y el de Tre-
ver cuatro y el de Colonia cuatro J el Cardenal de Trento
cinco y el Cardenal de Augusta tres, y Enrique, Duque de
Branscuig, dos, y la Landgravia y Bolfgango, Conde Palatino,
tres. Eos nombres de los cuales dejamos de poner por evitar
prolijidad.
Y después que el escuadrón de los caballeros hubo corrido
tres veces alrededor del cadalso, salieron de este postrero es-
cuadrón del Duque Mauricio tres Príncipes, es á saber : ¿\lberto,
Duque de Ba viera, y Enrique de Branscuig, que iba á su mano
derecha, y Bolfgango, Conde Palatino del Rhin, de las dos
puentes que iba á su mano siniestra.
— 173 —
Y así á caballo vinieron hasta llegar al cadalso y al pie de
él se apearon y subieron al cadalso, haciendo la reverencia á
menudo cuando subían y después se hincaron de rodillas de-
lante del Emperador, así como Embajadores que venían á pedir
la dignidad del Elector é insignias Reales para el Duque Mau-
ricio. Y Enrique, Duque de Branscuig, comenzó su razona-
miento en esta manera :
Pues que así es que la Sacra Católica y Cesárea Majestad
del Emperador ha dado á Mauricio, Duque de Sajonia, la digni-
dad de Elector con algunos Señoríos que antes poseía Juan
Federico, Duque de Sajonia, y lev había señalado este día para
que pareciese á recibir la investidura de ella. Por tanto que él
parecía allí presente en su nombre y la pedía humildemente
por ende que su Majestad, por su benignidad y clemencia, se
la quisiese dar y las insignias reales de la dignidad y de todos
los otros Señoríos. Y para así merecerlo acerca de Su Majes-
tad y del Sacro Romano Imperio él se ofrecía siempre presto y
aparejado á toda obediencia y servicio.
Y acabado su razonamiento de esta manera el Emperador
habló al Arzobispo de Maguncia, el cual levantándose llamó
juntamente á todos los Electores, y estando todos en pie delante
del Emperador juntando entre sí las cabezas calladamente lo
consultaron delante del Emperador. Y después cuando fué de-
terminada y concluida la consulta, el Arzobispo de Maguncia
con alta voz respondió á la petición del Duque de Branscuig
en esta manera :
Que Su Majestad Cesárea, pensados y considerados los ser-
vicios que el Duque Mauricio y su hermano el Duque Augusto
habían hecho á Su Majestad y al Sacro Imperio, estaba presto
y aparejado de darle lo que pedía con tal que el Duque Mau-
ricio estuviese presente á pedir.
Oída aquesta respuesta, aquellos tres Embajadores, haciendo
las gracias á Su Majestad con mucha humildad y reverencia
en nombre del Duque Mauricio por tan clemente favorable vo-
luntad, levantándose del cadalso descendieron de él y tornando
á subir en- sus caballos se fueron para el Duque Mauricio que
estaba lejos del cadalso á caballo en hábito de Elector, con el
— 174 —
cual había venido desde su posada, y le dieron la respuesta que
el Emperador les había mandado dar. La cual después de sabida
por él corrió luego con su escuadrón precediéndole 12 trom-
petas suyos y un atabal á caballo y 10 banderas coloradas con
las banderas de las armas de la dignidad de Elector y de todos
los otros señoríos de su ditado (sic), las cuales todas iban
delante de él hasta llegar al cadalso.
Y descendiendo del caballo juntamente con aquellos tres
Príncipes que habían primero venido con la Embajada y tor-
nado con la respuesta y algunos otros Duques 3*- Condes y Se-
ñores, los cuales traían las banderas de la dignidad electoral y
de los Señoríos, y subió al cadalso precediéndoles las dichas
10 banderas, y tras él los dichos tres Príncipes. Subieron hasta
donde el Emperador estaba y se hincó tres veces de rodillas
delante de Su Majestad, haciéndole acatamiento ; y llegando el
Duque Mauricio se le puso un cojín de brocado delante de Su
i
Majestad. Mas el Duque Mauricio antes que llegase él se hincó
de rodillas en el palio de brocado que estaba tendido; y jun-
tamente con él á la mano derecha Enrique, Duque de Brans-
cuig, y á la siniestra Juan Hoyert, Conde de Mansfelt, en nom-
bre del Duque Augusto, hermano del Duque Mauricio, que
había de recibir juntamente las insignias reales. Y detrás de
los Príncipes que habían venido antes con el mismo Duque de
Branscuig para pedir las insignias reales, todos hincados de
rodillas. Y tras éstos estaban otros tres Caballeros consejeros,
Cristóbal de Taubenhain y Conrado de Bemelberg y Mauricio
de Felich. Y de la una parte y de la otra á los lados estaban
aquellos que tenían las banderas.
Y entonces Enrique, Duque de Branscuig, hizo casi el
mismo razonamiento que arriba había hecho por el Duque Mau-
ricio, pidiendo lo mismo para el que estaba allí presente, el
cual así acabado el Emperador mandó al Arzobispo de Magun-
cia que estaba allí presente levantado en pie que le respondiese
que Su Majestad vistos y considerados los muchos y leales y
diligentes servicios del Duque Mauricio y de su hermano el
Duque Augusto que le habían hecho y al Sacro Romano Im-
perio, que Su Majestad estaba movido é inclinado para darles
— 175 —
y otorgarles por su clemencia lo que pedían, con tal que hi-
ciesen el juramento acostumbrado.
Las cuales palabras el Arzobispo de Maguncia llamando á
los otros Electores se las puso delante. Y entonces el Duque
Mauricio, levantándose se llegó más cerca é hincóse de rodi-
llas en el cojín que estaba delante del Emperador, y Marcuar-
dos de la Piedra, prepósito de Maguncia, dio un libro de los
Evangelios cubierto de grana al Elector Arzobispo de Magun-
cia, el cual lo puso abierto en el regazo del Emperador, y
tornándose á sentar en su lugar leyó al dicho Duque Mau-
ricio Elector la forma de juramento (como tenía en su papel) .
Y así le hizo al Emperador y al Sacro Imperio el Duque Mau-
ricio el juramento acostumbrado, por aquellas mismas palabras
y de la misma manera que se acostumbraba poner en los usos
de los feudos.
Y después Pandolfo de Panpenhaima, Mariscal menor del
Imperio, dio al Emperador en sus manos la espada, el cual dio
á besar los cabos de ella al dicho Duque Mauricio, y se la dio
luego en las manos así como Archimariscal del Sacro Romano
Imperio y él la tornó á dar á Panpenhaima (su Mariscal) . El
pomo de esta espada con los otros cabos de la cruz y el nudo
son de oro fino labrados con piedras preciosas, así como esme-
raldas, zafíes, rubíes y perlas compuestas y relucientes.
Y después de hecho esto aquellas diez banderas que allí
estaban por orden fueron dadas por orden al Emperador en
sus manos por cada uno de aquellos que las tenían, comen-
zando desde la que tenía las armas de la dignidad de Elector.
El cual por orden como le fueron dadas las tomó por encima
con la mano y las dio juntamente al dicho Duque Mauricio y
al dicho Conde de Mansfelt en nombre del Duque Augusto
para que tomase con su mano por abajo. Dándoles juntamente
con ellas á ellos las tierras y señoríos de aquellas insignias
que antes tenía y poseía Juan Federico, Duque de Sajonia.
Y luego las dio y entregó á aquellos que las habían traído.
Y entonces tornó á dar el Mariscal la espada á Su Majestad,
el cual la entregó al Elector Mauricio en las manos, el cual la
recibió haciéndole muchas gracias con gran acatamiento y re-
— 176 —
verenda á Su Majestad y al Sacro Romano Imperio. Se levantó
y se sentó en medio del Arzobispo de Colonia y del Marqués
de Brandamburg Electores, en su lugar el cual le era debido
de uso y costumbre.
Los nombres de las banderas eran los siguientes. Y las que
estaban á la mano derecha cuando el Duque estaba ele rodillas :
La primera bandera era de la dignidad de Elector, la cual traía
Enrique, Duque de Branscuig. La segunda era del landgra-
viado de Turingia que es Principado, llevábala Carlos Víctor,
Duque de Branscuig. La tercera, del burggraviado de Magdem-
burg, la cual llevava Enrique, Conde de Leiningen. La cuarta,
del Condado de Viena, llevábala Bertoldo, Señor de Leipa, en
Cromania, Mariscal del Reino de Bohemia. La quinta, del burg-
graviado de Aldenburg, la cual llevava Echio, Conde de Sal-
mia. Y las que estaban á la mano siniestra eran la bandera del
Ducado y Principado de Sajonia, llevábala Felipe, Duque de
Branscuig. La segunda era del Marquesado de Misnia, que era
también Principado, traíala Ernesto, Conde de Regastain. La
tercera, del Palatinado de Sajonia, la cual llevaba Juan, Conde
de Ortemburg. La cuarta era de la Baronía de Pleisa, la cual
traía Guillermo, Señor de Leipa, en Cromania. La quinta era
ia bandera colorada (que llamaban sangrienta) , sin ningunas
armas, la cual llevaba Cristóbal de Raguevitz (como de antes
está dicho) .
Y el Ducado de Sagona no dio Su Majestad la investidura
al dicho Duque Mauricio, porque ya la había recibido del Rey
de Romanos, como Rey de Bohemia, al cual el dicho Ducado
de Sagona está sujeto.
Y después de esto el Elector de Sajonia habiéndose sentado
en su lugar como Mariscal mayor con la espada, Austria, rey
de armas del Emperador, tomó todas las banderas de la mano
de los que las traían cada uno por sí, comenzando de la que
tenía las armas de la dignidad de Elector, J después pasando
á la bandera de Sajonia y á la de Turingia y á la de Misnia y á
la del burggraviado de Magdemburg, etc. Las cuales mostró
y presentó á Su Majestad con reverencia caídas hacia abajo,
y después las echó todas del cadalso abajo por dos partes sem-
— 177 —
brandólas entre la gente para que las llevase quien quisiese.
Lo cual así hecho el Emperador y los Electores, levantán-
dose del cadalso, se entró en la Casa de las Danzas á quitarse
los vestidos. Y el Elector de Sajonia iba delante de sí como
Mariscal mayor con la espada. Y poco después el mismo con
el vestido de Elector se salió solo y descendió del cadalso, y
subiendo en su caballo juntamente con todos los Príncipes,
Condes, Barones, Señores, Caballeros y Nobles que le habían
honrado en aquella fiesta se tornó á su posada.
Y después el Emperador con los otros Electores, quitado
el vestido de aquella solemnidad, se salió, precediendo por su
orden los que llevaban las columnas y los hombres de armas y
Panpenhaima, Mariscal menor del Imperio, con la espada des-
cendió del cadalso y se fué á su Palacio Real.
CAPÍTULO XIX
De las fiestas que se hicieron en Alcalá de Henares, estando
allí el Principe D. Felipe. Y cómo Su Alteza hizo llama-
miento de Cortes para Valladolid, donde mandó mudar la
Corte. Y la venida del Duque de Alba en postas desde Ale-
mania á la dicha villa.
Después que el Príncipe D. Felipe vino á Alcalá de He-
nares, todo el tiempo que estuvo en la dicha villa se fué en
muchas fiestas y regocijos que allí se hicieron, y entre ellas
fué un torneo de á caballo donde entró Su Alteza y lo hizo muy
bien. Y se hicieron otros muchos torneos de á pie y muchas
justas, sortijas, toros y juegos de cañas.
Y vino este tiempo de Alemania Rui Gómez de Silva,
criado del Príncipe, el cual' había enviado Su Alteza desde
Monzón á visitar al Emperador á Alemania cuando Su Majes-
tad estuvo muy malo. Y asimismo vino el Duque de Alba con
la nueva de cómo Su Majestad mandaba ir al Príncipe D. Fe-
lipe y á la Infanta Doña María á Alemania para casarla con
el Príncipe Maximiliano, hijo del Rey de Romanos. Y que
12
— 178 —
para la ida Su Altezza ordenase su casa al uso de Borgoña.
Y como se viniese la Semana Santa, determinó el Príncipe
de ir á tenerla en el Monasterio de La Mejorada, junto á Ol-
medo, habiendo hecho primero llamar á Cortes para la ciudad
de Segovia, donde pensaba ir.
Y después de venido á Alcalá el Duque por la posta con las
nuevas que dicho tengo, hizo con el Príncipe que se llamase
para Valladolid, diciendo á Su Alteza que habiendo de hacer
jornada tan larga no tenían sus criados donde aparejarse . no
tan barato como en la dicha villa.
Y como fué pasada la Pascua se partió para la villa de Va-
lladolid, donde ya había llegado la mayor parte de la Corte,
y el Duque de Alba estaba aguardando (el cual había venido
de Alba de visitar á la Duquesa su mujer, habiendo estado
con ella algunos días) .
Y antes que Su Alteza viniese á ella se hizo un pasquín ó
libelo infamatorio diciendo mal de cuantos había en la villa
como contra los que habían entrado de la Corte (digo de los
caballeros y personas principales y entre ellos cupo la suya
al Duque de Alba que estaba ya dentro como dicho tengo) .
Este pasquín es el segundo provincial, porque el primero se
hizo en tiempo del Rey D. Enrique el cuarto.
La copia del Duque de Alba decía :
A fray Duque Gravedad
y nuestro mayordomo,
no sé por dónde ni cómo
se ha sabido la verdad ;
pero dígoos sin dudar
que el provincial ha jurado
cuando llegó el mes logrado
nunca vos podréis llegar (i) .
Y los Alcaldes de la Cancillería, por no estar allí los de la
Corte, prendieron sobre sospecha á algunas gentes, y entre
(1) Desde «Este pasquín, etc.», es una apostilla con la indica-
ción del sitio á interpolar. Es de letra diferente, pero contemporá-
nea y de igual tinta.
. . __ 179 —
•ellos á un caballero natural de Valladolid que se llamaba don
Diego de Acuña. Y como no hallaron probanzas bastantes con-
denaron á muchos á destierro, y á D. Diego de Acuña conde-
naron por los indicios que contra él había en diez años de
destierro del Reino.
Y después de entrado el Príncipe en Valladolid, habiendo
estado algunos días se supo la determinación del Emperador,
que era que no fuese su hija Doña María en Alemania, sino
-que el Príncipe Maximiliano vendría á Castilla á casarse con
ella y á quedar por Gobernador. Y con esta nueva dejaron mu-
chas gentes de adivinar de quién había de quedar por Go-
bernador, pues el Príncipe y la Infanta Doña María se iban,
de que no poco murmullo hubo en el Reino sobre ello, diciendo
unos que el Condestable y otros que el Duque de Calabria,
otros que el Arzobispo de Sevilla y el Patriarca juntos.
Y á la partida de Monzón se juntaron algunos grandes de
Castilla en Medina de Rioseco, como fueron el Almirante y el
Conde de Benavente, su cuñado, el Condestable J Duque de
Nájera. La cual junta siendo en tiempo que se decía que al
Príncipe querían sacar de estos Reinos, no sonó bien en Aranda
donde estaban los Consejos, aunque aquellos señores no estu-
vieron allí sino siete ú ocho días holgándose y tomando placer.
Entre los cuales se dijo haberse tratado de enviar á suplicar
á Su Majestad que en ninguna manera fuese servido de sacar
al Príncipe de España, porque en ello no hubiese peligro que
"había muchos. Bastaba dar muy gran desconsuelo y orfandad
á todos los de estos Reinos. Aunque otros dijeron que esta
junta se había hecho allí -por pensar que el Duque de Alba
había de quedar porv Gobernador, y que si aquello fuese se
declarasen en enviar grandes supl'caciones á Su Majestad sobre
ello, para que no lo permitiese ; porque en la verdad era muy
envidiado por razón de su privanza y otras cosas.
Y después de venidos los Procuradores de Cortes á Valla-
dolid, que fué después de las ochavas de Pascua de la Ascen-
sión, se juntaron todos en el Monasterio de San Pablo, donde
el Príncipe D. Felipe les comenzó á hacer la plática diciendo
cómo les había mandado juntar 3' que el Secretario Juan.. Yaz-
— 180 —
quez les diría el para qué y lo demás. Y luego Juan Yázquez
hizo la habla proponiéndoles las necesidades de Su Majestad y
allende de las ordinarias las guerras que había tenido en Ale-
mania, por donde estaba más alcanzado que nunca estuvo ; y
tiue así era menester que le hiciesen el socorro mayor que
hasta allí habían hecho.
Y por parte de los Procuradores les fué respondido que be-
saban las manos de Su Majestad por las mercedes qu^ les ha-
cía en darles parte de sus cosas y que ellos se juntarían y ha-
blarían sobre lo que les era mandado y darían la respuesta.
Y así se juntaron muchas veces en el dicho Monasterio y
cuando era menester el Patriarca y el Secretario Juan Yázquez:
y las más veces el Dr. Escudero, del Consejo Real y de la
Cámara de Su Majestad, á la cual se determinaron de servir
allende del servicio ordinario que eran 300 (está en claro y
más 150 cuentos de extraordinario. Y suplicaron á Su Majestad
que por cuanto ellos traían algunos capítulos de sus ciudades
de cosas cumplideras al servicio de Su Majestad y al bien de
sus Reinos, tuviese por bien de mandarlos ver y responder á
ellos lo que más viese que conviniese al servicio de Dios y pro-
vecho de sus Reinos. Los cuales capítulos en substancia fueron
los siguientes.
CAPÍTULO XX
De las peticiones que los Procuradores de Cortes dieron á Su
Majestad de cosas cumplideras al servicio de Dios y de estos
Reinos. Y lo que Su Majestad respondió á las dichas peti-
ciones ó capítulos.
Primeramente suplicaron á Su Majestad mandase que las
leyes de estos Reinos que por su mandado había recopilado el
Doctor Pero López, y al presente entendían que las corregía
y enmendaba el Doctor Escudero, de su Consejo Real y Cá-
mara, se imprimiesen y publicasen para que viniesen á noticia
de todos.
— 181 —
Otrosí : Su Majestad mandase á los Contadores mayores no
se entremetiesen en ad-ministrar la hacienda de las rentas rea-
les, sino que dejasen hacer libremente sus oficios á los diputa-
dos del Reino, excepto en ser jueces entre partes ó entre los
diputados ó algunos pueblos ó personas particulares. Y que
cuando los dichos diputados pudiesen y quisiesen alguna razón
de cosa tocante al dicho encabezamiento general que estuviese
en los libros se la diesen, y que se juntasen con los dichos
diputados cuando ellos viesen que convenía para platicar algu-
nas dudas que incurriesen en el despacho de los negocios del
dicho encabezamiento general.
Otrosí : hacían saber á Su Majestad que en muchas ciuda-
des, villas y lugares de sus Reinos había Escribanos que no eran
del número ni de los Ayunta-mientos ante quien pasaban escri-
turas importantes, y no las sacaban las partes. Y muriendo los
tales Escribanos, quedaban los registros en poder de los here-
deros, y como no sucedía nadie en el oficio se perdían los tales
registros, lo cual era gran daño para muchos. Suplicaron á Su
Majestad mandase que cuando los tales Escribanos muriesen
sin suceder otro Escribano en los tales registros, mandase que
se diesen al Escribano de Ayuntamiento donde lo tal acae-
ciese para guardarlos por inventario, porque las partes los pu-
diesen hallar.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad lo mismo que habían su-
plicado en las Cortes de Madrid, mandase dar arancel -moderado
.á los Contadores mayores y sus oficiales.
ítem : suplicaron mandase que se ejecutase la ley que maii-
'daba que no se diese oficio á letrado sin que hubiese estudiado
diez años en Universidades.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que de allí en adelante
ningún teniente de merinos en los lugares donde los merinos
mayores tenían la vara de merced, cuando hubiese hecho resi-
dencia una vez su teniente no pudiese tornar á ser merino por
el tiempo que fuese Juez ó Corregidor el que le tomase la re-
sidencia.
Y asimismo suplicaron á Su Majestad que los Corregidores
y Jueces de residencia no pudiesen tomar ni tener por sus ofi-
— Í82 —
cíales de Alcaldes ma3rores ni alguaciles del campo ni carceleros
á los oficiales y alguaciles que han tenido los Jueces á quien.
tomasen la residencia, porque sabiendo los pueblos y vecinos
que han de ser tornados á proveer en los dichos cargos no osa-
ran de temor pedir ni denunciar cosa contra ellos en la resi-
dencia que se les tomaba.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que las sentencias que
se diesen en las Cancillerías Reales de estos Reinos se ordenasen
todas en el acuerdo y por los mismos Oidores y no se encomen-
dasen á los Relatores ni Secretarios que las ordenasen diciéndoles
la substancia de ellas. Y primero que se pronunciasen se leyesen
en el dicho acuerdo, porque muchas veces acontecía que los Se-
cretarios ó Relatores que las hacían por no ser letrados poner
en ellas algunas palabras que causaban más dificultades y plei-
tos de los que en el pleito había antes de la sentencia.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los Alcaldes
de su Corte diesen traslado de las comisiones que llevasen á
las personas que se las pidiesen, siendo de los que ante ellos,
litigasen y contra quien procediesen para allegar de su justicia.
Otrosí : le suplicaron fuese servido que luego que hubiese
vacantes en el Consejo y Audiencias Reales se proveyesen sin
dilación y á personas que conviniesen para los dichos oficios
que tuviesen letras y conciencia y experiencia, por el mucho-
daño que recibían sus Reinos en diferir las provisiones.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase proveer que se
visitasen las Audiencias de Cancillerías de tres en tres años,
y que lo mismo se hiciese en las Audiencias de los grados de
Sevilla y de Galicia, y las visitas que se hiciesen se viesen y
determinasen después de hechas con toda brevedad, porque
así convenía al servicio de Dios y de Su Majestad y bien de
estos Reinos, y que las visitaciones se hiciesen por uno de stt
Consejo Real ó persona de conciencia y experiencia, porque
así convenía en su gobierno y bien de estos Reinos.
Otrosí : le suplicaron mandase se hiciese la recopilación de
las leyes de las alcabalas y tercias y de otras leyes y cuadernos
con que se arrendaban todas las rentas reales, por la gran con-
fusión que había, de la que resultaban muchos achaques.
— 1S3 —
Asimismo suplicaban á Su Majestad mandase que los ropa-
vejeros no pudiesen tornar á vender ni deshacer ropa ninguna
que hubiesen comprado sin tenerla colgada á su puerta á lo
menos por tiempo de diez días, donde manifiestamente se pu-
diese ver por todos, poniéndoseles alguna pena corporal, porque
de esta manera se descubrirían los hurtos que en los lugares
donde había ropavejeros se hacían en confianza de la venta
que allí podían haber y que no se habían de descubrir los di-
chos hurtos, porque los ropavejeros del barato que de ellos
hacían entendiendo que eran hurtados los deshacían y desba-
rataban.
Otrosí : le suplicaron mandase proveer como se quitasen y
evitasen los estancos é imposiciones que había en muchos luga-
res de señoríos de estos Reinos, principalmente en el de Gra-
nada y Sevilla y en todas las ciudades, villas y lugares de An-
dalucía generalmente, y en otras muchas partes de estos Reinos
Otrosí: suplicaron á Su Majestad por evitar pleitos y mo-
lestias y costas mandase que los hijosdalgo fuesen admitidos á
oficios de Alcaldes y Regidores y otros oficios de sus Ayunta-
mientos, sin embargo de cualquiera suplicación que interpusie-
sen los tales Concejos, á los cuales quedase su derecho á salvo
para seguir su justicia si quisiesen.
Otrosí : -suplicaron á Su Majestad no diese licencia para
traer armas, y si se diese fuere obedecida y cumplida, pues se
daban á título de enemistados, y que se las pudiesen tomar
andando la queda, pues á la tal hora el que tuviese enemigos
era razón que estuviese en su casa y no por las calles ni en
otros deshonestos lugares. Y que cuando presentasen la cédula
i
de licencia ante la justicia diesen información de la enemistad,
y que esto mismo se entendiese para las que estaban dadas an-
tes de ahorss y los de la Inquisición las daban á personas que
habían resumido corona.
Otrosí : le suplicaron mandase que todos los Escribanos de
estos Reinos, así del Consejo como de Cancillerías y Concejos
y Ayuntamientos y otros cualesquier Escribanos, diesen cartas
de pago de los derechos que les llevasen de los procesos, así
criminales como civiles. Y finalmente que Su Majestad -mandase
— 184 —
proveer la petición que sobre este caso se había dado en las
Cortes de Segovia.
A 15 cual Su Majestad respondió que se guardase y ejecu-
tase lo respondido en las Cortes de Segovia, excepto lo de los
mandamientos, en los cuales bastaba que se pusiesen los dere-
chos de ellos.
Otrosí : le suplicaron que pues las tercias de estos Reinos
eran de patrimonio Real libres de toda retribución y pecho
eclesiástico, que mandase que el Comisario general no permi-
tiese que se repartiese subsidio alguno sobre las tales tercias
ni sobre los juros situados en ellas ni se hiciesen sobre ello
molestias á personas que los tenían por privilegio de Su Ma-
jestad.
Y asimismo le suplicaron que mandase no se repartiese
subsidio ni otra contribución alguna á los monasterios de mon-
jas observantes ni hospitales, porque como eran pobres eran
gran cargo para ellos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase á los -médicos y
cirujanos que después que hubiesen visitado al doliente la se-
gunda vez de enfermedad alguna, no le pudiesen visitar la
tercera sin que le amonestasen que se confesase, porque se ha-
bía visto por experiencia morir muchos sin confesión, porque
también sería causa que sabiendo los enfermos que los médicos
lo dicen por la pena que tienen no se escandalizarían ni congo-
jarían de ello.
Y asimismo suplicaron mandase que en su Corte y en todas
las ciudades, villas y lugares de estos Reinos á las mujeres
conocidamente -malas que llamaban rameras y mujeres enamo-
radas ó cantoneras estuviesen en lugares apartados de la con-
versación de las mujeres honestas. Y que en la Corte sus Al-
caldes diputasen lugar conveniente para las dichas mujeres, sin
que se pudiesen mezclar con mujeres casadas y honestas, y en
las otras ciudades, villas y lugares lo proveyesen las justicias
de Su Majestad. Y cuanto á los cantares sucios y pullas y des-
honestidades que se decían y cantaban por las calles y en otros
lugares, -mandase debajo de alguna pena que no se dijesen y
que no se imprimiesen coplas ni farsas de cosas deshonestas,
\
— 185 —
porque los niños se vezaban á leerlas y les quedaba en la cabeza
lo malo de ellas.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que se labrase
moneda de vellón en las Casas de la .moneda, que fuese de ley
y condición que todos holgasen de usarla, por la mucha falta
que había en sus Reinos de ella.
ítem : suplicaron á Su Majestad mandase que en ninguna
manera hubiese regatones de pan ni de carne ni de pescado
fresco ni salado ni de otros -mantenimientos por el gran daño
que de ello venía á estos Reinos, porque aunque los años eran
abundantes luego los regatones encarecían el pan y otros man-
tenimientos.
Otrosí : suplicaban á Su Majestad mandase á los Corregido-
res, so graves penas, tuviesen especial cuidado acerca del plan-
tar de los montes y las riberas y conservar los montes viejos
como les estaba -mandado por sus instrucciones, las cuales ellos
no cumplían ni ejecutaban, á cuya causa el Reino padecía gran
necesidad de leña y los pastos se habían disminuido por ha-
berse rompido muchos montes viejos.
' Otrosí : le suplicaron -mandase que se guardase la instruc-
ción que estaba dada sobre la orden de la cobranza de las bu-
las y que no se pudiese poner pena de excomunión sobre ello,
y que los Comisarios de la Cruzada no se entremetiesen en los
testamentos de los difuntos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que se guardase
la pragmática del Reino en la forma del elegir caballos gara-
ñones para las yeguas, de manera que en la elección de los di-
chos garañones hubiese personas diputadas de cada Concejo
juntamente con el Gobernador ó Justicia, y que hiciesen el pre-
cio de los caballos y el número de yeguas que cada caballo
había de traer, y que aquéllas se echasen no á más, porque así
convenía.
ítem : dijeron que por cuanto -muchas ciudades, villas y lu-
gares que eran en algunos partidos de estos Reinos, especial-
mente en el Marquesado de Villena, tenían costumbre que las
Gobernadores y Jueces de residencia y sus tenientes y Alcaldes
mayores abocasen así el conocimiento de las causas civiles y
— 186 —
criminales que de primera instancia conocían los Alcaldes or-
dinarios en cada ciudad, villa y lugar de los dichos partidos,
suplicaron á Su Majestad mandase que los susodichos dejasen
usar libremente sus oficios á los Alcaldes ordinarios de primera
instancia.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que en las causas civiles
y criminales que pendiesen de primera instancia ante los Go-
bernadores y sus tenientes, estando en los pueblos y saliendo
de ellos y de la jurisdicción de cada un pueblo, los Alcaldes or-
dinarios tomasen el conocimiento de las tales causas civiles y
criminales en el estado que el Gobernador y Justicias mayores
los dejasen y los feneciesen y acabasen como hallasen por jus-
ticia, sin que las Justicias mayores se lo pudiesen impedir ni
perturbar.
Otrosí : que los Gobernadores y Jueces de residencia y Al-
caldes mayores de los dichos partidos estando en un pueblo
no pudiesen traer á los vecinos de otro pueblo donde las Jus-
ticias mayores estuviesen de primera instancia en las causas
civiles y criminales á pedimento de parte ni de oficio, sino que
cada vecino fuese convenido y juzgado en el pueblo donde era
vecino, como siempre se había hecho.
ítem : le suplicaron mandase á los de su Consejo Real guar-
dasen y cumpliesen lo que les estaba mandado, que era que re-
mitiesen los pleitos eclesiásticos á las Cancillerías, desocupán-
dose de ellos, por que tuviesen tiempo para otros negocios,
pues á su oficio competía propiamente la gobernación de estos
Reinos, y no entendiesen en los pleitos ordinarios ni eclesiás-
ticos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los despa-
chos que se hubiesen de dar en respuesta de estos capítulos ó
de los de las Cortes pasadas, se diesen y entregasen á los di-
putados que residían y adelante residiesen en esta Corte por el
Reino tocante al encabezamiento general, para que ellos los
enviasen para quien perteneciesen.
A las cuales peticiones Su Majestad respondió que se hiciese
en ellas como se lo suplicaban, y que los del Consejo diesen
las provisiones necesarias para el cumplimiento de ellas. Y asi-
— 187 —
mismo dieron otras peticiones, que por ser las respuestas de
un tenor como de las pasadas las pondremos aquí juntas.
Suplicaron á Su Majestad mandase que los Escribanos hi-
ciesen residencia, que aunque estaba proveído no se guardaba
ni se ejecutaba, y que el Escribano que fuese condenado en
la residencia ó en cualquiera cosa tocante á su oficio no le pu-
diese usar ni usase hasta tanto que por los de su Consejo Real
fuese vista su residencia y determinado lo que se hubiese de
hacer sobre ello.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los Jueces
tomasen las confesiones y testigos por sus mismas personas
en los casos que las leyes disponían, y en los otros casos los
tomasen los Escribanos principales de los oficios y no sus ofi-
ciales, aunque tuviesen títulos de Escribanos, so graves penas.
Y asimismo que las querellas se diesen ante los Jueces y no
ante los Escribanos, so las dichas penas.
ítem : le suplicaron que ningún Escribano pudiese poner ni
pusiese por testigo á ninguna escritura ni auto que hiciese
criado ni escribiente ni deudo suyo dentro del cuarto grado de
consanguinidad ni afinidad, ni otro algún Escribano, so pena
que el que lo hiciese fuese habido y tenido por falsario y no
pudiese usar más del dicho oficio.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que el Escribano público
que tuviese hijo ó yerno ó hermano letrado, no pagasen ante
ellos las causas en que abogasen los tales letrados, hijos, yer-
nos y hermanos de los dichos Escribanos. Y lo mismo se enten-
diese en los Procuradores que tenían hijos ó deudos Escribanos.
ítem : le suplicaron mandase que en cada lugar del Reino
hubiese dos Escribanos públicos, donde los Escribanos públicos
tuviesen sus escrituras, porque no se perdiese ninguna.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que al tiempo
que su Corte y Consejo se mudase de un lugar á otro se tuviese
gran «miramiento y cuidado en las carretas y bestias de guía
que se daban, porque era mucho daño que los labradores reci-
bían en ello. Y mandase que de aquí adelante no se diesen ca-
rretas ni bestias de guía si no fuese para llevar la recámara de
Su Majestad y de Su Alteza y de las otras personas Reales, y
— 188 —
para los oficiales de sus casas que tenían en ellas salarios y
quitaciones, y se tasasen y moderasen las carretas y bestias de
guía de que se hubiesen de dar á los de los Consejos y Casa
Real.
Otrosí : suplicaron á Su Maj estad mandase los Jueces de co-
misión siendo recusados tomasen al ordinario por acompañado,
y que no fuesen á costa de los culpados. Y que los Jueces de
términos hiciesen residencia, y que cumplido el trayecto (pone
tr.°) de sus oficios fuese un receptor de la Cancillería de su
partido á saber si había algunas quejas contra ellos é hiciese
información sobre ellos y la llevase á la Cancillería para que
en ella se proveyese contra él.
Otrosí : le suplicaron que los Jueces de comisión no hiciesen
diversos procesos en un delito, y que lo mismo hiciesen los
Jueces ordinarios de estos Reinos.
ítem : le suplicaron que los Corregidores por ninguna vía
que fuese no hiciesen concierto con sus tenientes ni Alcaldes
sobre el salario ni derechos que hubiesen de llevar, so graves
penas, y que jurasen de guardarlo y hacerlo así, y lo mismo
jurasen sus tenientes y Alcaldes al tiempo que fuesen recibidos.
Otrosí : le suplicaron mandase que se efectuase lo que se ha-
bía respondido en las Cortes de Segovia acerca de lo que tocaba
á las medidas de pan y aceite, para que fuesen iguales en todo
el Reino, lo cual convenía que se hiciese con toda brevedad.
ítem : le suplicaron mandase que los arrendadores de las
salinas ó dueños de ellas no pudiesen poner precio por la sal,
de lo que podían y debían llevar por ella conforme al cuaderno
de ellas, y que no sacasen la sal fuera de las dichas salinas para
revenderla al mayor precio que pudiesen.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad -mandase proveer general-
mente y por ley lo que tenía prometido á las ciudades y villas
de estos Reinos por sus cédulas y provisiones Reales acerca del
acrecentar de los oficios, para que se fuesen consumiendo como
se fuese acabando por muerte ó privación hasta que quedasen
en el número antiguo, y que no se pudiesen acrecentar más de
ahí adelante.
Asimismo le suplicaron que la misma pena que las leyes
— 189 —
daban á los que se alzaban se diese á los que decían que que-
braban, constando que en las negociaciones y contractaciones
que habían hecho había habido algún engaño ó malicia.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad se guardasen y ejecutasen
las leyes y pragmáticas de estos Reinos que disponían que los
que diesen á usura fuesen castigados, de lo cual tuviesen ex-
preso cuidado los Corregidores, y en las residencias se les hi-
ciese cargo de ello.
Asimismo mandase tasar y moderar los intereses de los cam-
biadores 'y cambios y mercaderes, de tal manera que no pudie-
sen exceder ni llevar- más de al respeto de 10 por ioo al año, y
que cuando hiciesen lo contrario incurriesen en pena de muerte
y perdimiento de todos sus bienes.
Otrosí : que Su Majestad mandase que las rentas de los pro-
pios de las ciudades, villas y lugares de estos Reinos, por ser
rentas menudas se cobrasen de los arrendadores y otras perso-
nas que las debían, como se cobraban y podían cobrar las ren-
tas reales de Su Majestad.
Otrosí : por cuanto Su Majestad había respondido en las
Cortes de Segovia que declarando las partes de estos Reinos
donde se llevaba el diezmo lo mandaría proveer habida infor-
mación de la costumbre, declaraban que se llevaba el dicho
rediezmo en los Arzobispados de Toledo y Sevilla y Obispados
de Córdoba, Jaén, Avila y Ciudad Rodrigo y Ecija y otras par-
tes de estos Reinos, suplicaron á Su Majestad proveyese de ahí
en adelante no se llevasen.
Suplicaron asimismo á Su Majestad que de allí en adelante
que no se pagasen diezmo de dinero, porque se arrendaban las
tierras de las yerbas viejas que nunca se habían rompido ni
labrado, para lo cual Su Majestad mandase á los de su Consejo
se informasen de la costumbre que en ello había y de todo lo
demás que conviniese, y que entretanto no se pudiese pedir el
dicho diezmo.
Otrosí : mandase que la moneda forera no se pudiese cobrar
de cinco en cinco años, sino de siete en siete, como era uso
y costumbre, porque de otra manera estos Reinos recibirfen
notorio daño.
— 190 —
Otrosí : suplicaron á Su Majestad .mandase que los lugares
de las behetrías que antiguamente solían pagar galeotes de ca-
torce en catorce años, ó de siete en siete, los cuales no solían
pagar servicios y ahora los pagan, no pagasen los dichos galeo-
tes, porque andaban muy cargados y no k> podían sufrir.
Asimismo suplicaron mandase que los Jueces guardasen á
los caballeros hijosdalgo las libertades que tenían de no ser
puestos á cuestión de tormentos, so graves penas. Y que los
tales hijosdalgo no fuesen presos por deudas, conforme á las
leyes.
Otrosí; suplicaron á Su Majestad mandase que los minis-
tros de' la Santa Inquisición tuviesen sus salarios situados y no
fuesen pagados de las penas y confiscaciones de los delincuentes
y sus bienes, y que los inquisidores no conociesen de los delitos
de sus oficiales, especialmente de familia, si no fuesen contra
los que impidiesen el ejercicio de sus oficios, y que los dichos
inquisidores no conociesen de los dichos delitos que come-
tiesen los penitenciados, fuera de lo que tocaba á su penitencia
y casos en que cometieran herejías, y que no conociesen sino
de los casos permitidos en derecho, sin entremeterse en otro
delito alguno de los que las Justicias eclesiásticas y seglares
debía y podían conocer.
Asimismo suplicaron á Su Majestad mandase limitar tiempo
de tres años en que se exigiesen á los católicos los bienes que
hubiesen habido de los condenados para la Inquisición, porque
pasado aquel tiempo no se les pudiese pedir, y que las dotes
no se pudiesen pedir ni confiscar, siendo católicas las dotadas.
Suplicaron asi-mismo á Su Majestad fuese servido de man-
dar que ningún mercader ni otra persona que fuese tratante-
pudiese ser monedero, y si lo fuese que no pudiese gozar de
los privilegios ni exenciones de monedero contra sus acreedo-
res, que el número de los monederos fuese moderado.
Otrosí : que los -médicos no recetasen en las boticas de sus
hijos y yernos y hermanos, y que recetasen en romance, y que
los boticarios no pudiesen vender solimán ni cosa ponzoñosa
sin licencia de médico.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase visitar los Estu-
— 191 —
dios de Salamanca, Alcalá y Valladolid por personas de expe-
riencia y doctrina como los había en su Real Consejo, y dar
orden que no hubiese cátedras de propiedad, sino que vacasen
de tres en tres años ó de cuatro en cuatro, porque es cosa más
provechosa para los estudiantes.
Asimismo suplicaron á Su Majestad mandase guardar y eje-
cutar las leyes que hablaban sobre los juegos, y que si por causa
alguno jugase, que no fuese sobre palabras, porque sobre la
cobranza habían sucedido en estos Reinos muchos alborotos y
muertes y pérdidas de hacienda, y que plateros ni mercaderes ni
otras personas trajesen joyas ni otras mercaderías á rifar donde
hubiese juegos, porque allí se vendía al doble de lo que valía
cada cosa, de donde redundaba mucho daño en la república.
Otrosí : suplicaron mandase que los extranjeros no tuviesen
trato en las Indias, por ser como era en perjuicio de estos Rei-
nos y para más fácilmente sacar los dineros de ellos.
Otrosí : le suplicaron mandase que las sentencias que se
diesen por los Jueces de los Ayuntamientos de seis ( sic) mara-
vedíes abajo las ejecutase la Justicia, so pena si no lo hiciesen
no obstante que los Corregidores ó sus tenientes no las quisie-
sen firmar ni juntarse con los dichos Jueces.
Otrosí : que Su Majestad mandase que los Jueces de estos
Reinos por sus personas pronunciasen las sentencias definitivas
de trance y remate, como lo hacían los Oidores de las Canci-
llerías Reales.
Asimismo le suplicaron que las Justicias de estos Reinos no
ejecutasen obligación ni contrato alguno sin que primero las
viese y examinase. Y que los Escribanos no pudiesen dar man-
damientos ejecutorios sin que el Corregidor ó Justicia en las
espaldas de la dicha obligación ó contrato dijese ó firmase de
su nombre como había sido vista y examinada.
Otrosí : que por cuanto estaba mandado por los capítulos
de Corregidores que las condenaciones que se hiciesen á los Jue-
ces de residencia de tres mil maravedíes abajo las pagasen siu
embargo de apelación, suplicaron á Su Majestad mandase que la
ley se extendiese á seis mil maravedíes, lo cual se ejecutase
conforme á la lev.
— 192 —
Otrosí : le suplicaron mandase que ningún alguacil ejecu-
tase conocimiento reconocido, sino que volviese al Juez para
que le diese mandamiento para hacer la dicha ejecución.
Y asimismo le suplicaron fuese servido de mandar que los
alguaciles de su Corte no partiesen de la dicha ciudad ó villa
donde estuviesen sin dejar allí las prendas que tuviesen sacadas
por deudas ó por sus derechos ó las vendiesen, notificándolo á
las partes cuyas eran para que las viniesen á quitar ó desem-
peñar.
Asimismo le suplicaron que los Corregidores y Jueces de re-
sidencia ni sus oficiales ganasen salario hasta que diesen las
fianzas (como eran obligados).
Otrosí : le suplicaron -mandase que los señores y caballeros
de estos Reinos en sus tierras no arrendasen las merindades ni
alguacilazgos, y lo mismo se hiciese en todo el Reino por el
gran daño que se recibía de ello.
Otrosí : mandase que los Jueces visitasen los términos de su
jurisdicción y los montes, y pusiesen de allí en adelante por
capítulo de Corregidores y lo de-más que pareciese para la buena
gobernación.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que ninguno
vendiese sus bienes raíces á iglesias ni monasterios ni cofradías
ni á personas eclesiásticas, mandando que los contratos que así
se hiciesen fuesen ningunos y el comprador perdiese el precio
para la Cámara, y la posesión volviese al pariente más cercano
del vendedor, y que ningún Escribano tomase ni hiciese escri-
tura de las tales ventas, y si la hiciese por el mismo hecho per-
diese el oficio. Y si algunas iglesias y monasterios ó cofradías
heredasen algunos bienes ó raíces, fuesen obligados á vender-
los dentro de un año.
Y asimismo Su Majestad pusiese por ley que si desde allí
adelante algún hijo, hija, nieto, nieta se casase ó metiese en
religión sin licencia de sus padres y abuelos, siendo menor de
veinticinco años, el que lo tal hiciese y el monasterio en que
fuese recibido- no pudiese heredar ninguna parte de los bienes
de sus padres y abuelos por ninguna vía que fuese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que lo mismo
— 193 —
pudiesen acusar los hermanos, muertos los padres, y si no tu-
viesen hermanos los pudiesen acusar los curadores.
Otrosí : le suplicaron que declarase por ley la costumbre
general de estos Reinos, que era que los parientes más propin-
cuos heredasen abintestato á los clérigos, como ellos heredaban
á los tales parientes.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los arren-
dadores y Corregidores de los votos de Santiago demandasen
lo que hubiesen de haber dentro de cuatro -meses después de
llegado el plazo, é hiciesen diligencias sobre ello, y que si en
el dicho tiempo no lo pidiesen ni hiciesen diligencia, que aquél
pasado no lo pudiesen pedir ni demandar en ningún tiempo.
Otrosí : Su Majestad mandase dar libertad á los oficiales que
viniesen á vivir á estos Reinos para hacer en ellos armas y ta-
picería, pues había en ellos tantos mejores aparejos que en
otros Reinos extraños si hubiese oficiales para ello, y se enno-
blecerían estos Reinos y no se sacaría tanto dinero de ellos.
Y asimismo le suplicaron mandase con todo rigor se guar-
dasen las leyes que hablaban acerca del sacar de la moneda y
oro y plata fuera de estos Reinos, porque allende de la que se
sacaba para Su Majestad, llevaban los que iban en su servicio
muy gran cantidad por otras vías, así de negociación como
de ganancia que en ella sentían.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que en todos
estos Reinos se guardase la pragmática que estaba hecha acerca
del .medir de los paños sobre tabla, y que no se midiesen con
pulgada, porque de ello se recibía mucho daño.
Y que Su Majestad mandase que no se batiese oro ni plata
en estos Reinos para guardamecies, so graves penas, y que se
guardase y ejecutase la pragmática de estos Reinos que hablaba
sobre lo dorado.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que no se cazase
en ningún tiempo del año con redes ni perros ni con perdigones
ni reclamos, porque era grande inconveniente y se destruía la
caza, y que las ciudades de estos Reinos pudiesen hacer orde-
nanzas cuales pareciesen convenientes par.a la dicha guarda, po-
niendo en ellas las penas que fuesen justas.
13
— 194 —
Otrosí : mandase que ninguno comprase el jabón por junto,
por el mucho daño que venía á estos Reinos de ello.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los obreros
y jornaleros saliesen á trabajar cuando saliese el sol y volviesen
cuando se pusiese, y no fuesen á trabajar á otras partes sino
aquellas para donde fuesen alquilados y cogidos á jornal.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que no hubiese
Procuradores de bulas, sino que las leyesen y publicasen los
curas y clérigos de las parroquias y lugares por la gran desor-
den que en esto había.
Asimismo le suplicaron mandase declarar algunas dudas que
había en las Leyes de Toro, por no estar tan declarado lo en
ellas contenido como convenía, la cual declaración importaba
mucho en estos Reinos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase proveer que los
caballeros cuantiosos (sic) hiciesen un alarde solo en un año
por el mes de Marzo ó por Septiembre y que cumpliese el tal
caballero con presentar en el alarde un caballo suficiente, aun-
que -no fuese el del alarde pasado, porque de esta manera cesa-
rían muchos perjuicios y fraudes que en esto había.
Otrosí : le suplicaron -mandase que los Gobernadores y Jue-
ces de residencia y sus Alcaldes mayores de los dichos partidos
no llamasen ni sacasen á los oficiales ni Alcaldes ni mayordo-
mos de Concejo ni receptores de unos lugares á otros para to-
marles las cuentas de los propios de los Concejos y penas de su
Cámara Real y obras públicas y gastos de justicia, pues de
derecho no se podía hacer.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase á las Justicias
de los puertos que no consintiesen que se vendiesen naos á los
extranjeros, y que al tiempo que sus dueños saliesen con ellas
de los dichos puertos diesen fianzas que las volverían y traerían
testimonio de lo que de ellas hicieron.
Otrosí; suplicaron á Su Majestad mandase que las escrituras
de ventas y bienes raíces, censos, truecos J cambios no se
pudiesen hacer sino ante los Escribanos del número de la villa
de Valladolid, y si algunas pasasen y se otorgasen ante los
Escribanos reales ó Notarios apostólicos que no fuesen del
— 195 —
número, que las tales escrituras no hiciesen fe ni fuesen nin-
gunas.
A todas las cuales peticiones respondió Su Majestad que
lo que en ellas le suplicaban lo tenía ya proveído por leyes y
pragmáticas de estos Reinos, las cuales mandaba que se guar-
dasen y ejecutasen.
Y asimismo se dieron otras peticiones que por ser diferen-
tes respuestas se pondrán aquí abajo cada una por sí.
Primeramente suplicaron á Su Majestad fuese servido de
dar orden como con toda brevedad volviese á estos Reinos de
Castilla y residiese en ellos como en Reinos tan principales,
porque sería hacerles gran merced y darles gran contentamiento,
y para que esto se pudiese hacer le suplicaron tuviese paz con
los Reyes y Príncipes cristianos, pudiéndolo buenamente hacer.
Otrosí : le suplicaron fuese servido de mandar que el Prín-
cipe nuestro Señor no saliese de España, pues sería notorio
daño de estos Reinos. Y si Su Majestad era servido que Su
Alteza pasase á visitar los Reinos y Señoríos que Su Majestad
tenía en aquellas partes, fuese después de la venida de Su
Majestad á estos Reinos, como lo tenían escrito por carta á
Su Majestad con Juan Pérez de Cabrera, Procurador de Cor-
tes de la ciudad, de Cuenca, y que se entendiese luego en que
Su Alteza se casase en estas partes de España, pues su edad
lo requería y estos Reinos recibirían gran bien por el bene-
ficio que conseguirían en que su Real persona hubiese más
generación.
A lo cual Su Majestad respondió que antes que determinase
la ida del Príncipe su hijo había mirado lo que le suplicaban
y que por convenir tanto lo había mandado poner en ejecu-
ción, para que habiendo visitado los Estados que tiene en
aquellas partes, y entendiendo la gobernación y costumbre de
ellas, pudiese volver á estos Reinos.
Otrosí : dijeron "que por cuanto en las Cortes pasadas des-
pués que Su Majestad las había mandado celebrar en la ciu-
dad de Segovia el año de 1532 hasta las que se habían celebrado
el año de 1544, los Procuradores que en las dichas Cortes ha-
bían recibido suplicaron á Su Majestad y al bien pro común de
__ 190 _
er.tos Reinos, según se contiene en la suplicación que por los
dichos Procuradores fueron hechas en las dichas Cortes.
Y Su Majestad había mandado responder á los dichos capí-
tulos que mandaría platicar y entender en ello á los de su Con-
sejo, y á otros respondió que se escribiría sobre ello á Su
Santidad, lo cual hasta allí sabían que se había entendido en
ello ni cumplido ni efectuado cosa alguna de ello, suplicaron
á Su Majestad que los dichos capítulos que así habían que-
dado por determinar se efectuasen y cumpliesen, pues eran
provechosos para estos Reinos y buena gobernación de ellos.
A lo cual Su Majestad respondió que él había mandada
ver á los de su Consejo que viesen los capítulos de las Cortes
pasadas de que ellos hacían memoria, y que aquéllos y éstos
que ahora daba mandaría responder con brevedad lo que con-
viniese.
ítem : suplicaron á Su Majestad mandase ser servido de oir
personalmente todos los capítulos generales que los Procura-
dores del Reino daban y diesen de allí en adelante y los par-
ticulares de los lugares y provincias, y que esto hiciese en
presencia de los Procuradores de Cortes que los hubiesen he-
cho y fuesen diputados para él, por que pudiesen informar de
palabra las dudas que en ello hubiese, para que Su Majestad
los proveyese con acuerdo de los de su Consejo como cum-
pliese al bien de estos Reinos.
A lo cual Su Majestad respondió que lo que le suplicaban
había mandado hacer y se había hecho en éstas lo que en las
otras pasadas se había acostumbrado á hacer.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad fuese servido por hacer
bien y merced á estos sus Reinos de quitar la pragmática de
las muías, porque por experiencia se habían visto los grandes
daños, peligros, vejaciones y costas que por razón de ella se
han seguido á los naturales de ellos, especialmente ahora que
andaban muchos á ínula por las licencias que tenían, siendo
mancebos y sanos y pudiendo andar á caballo, y los viejos y
enfermos y personas de letras destruían los caballos J los en-
carecían, lo cual parecía muy feo y muy desigual.
A lo cual Su Majestad respondió que había por bien por
— 197 —
el bien público de estos Reinos de moderar la dicha pragmá-
tica, permitiendo y dando licencia á todos y á cualquier per-
sona para que libremente pudiesen andar de campo en muías
y en otras cualesquier bestias caballares, aunque no fuesen de
cualquier tamaño y medida que fuesen sin embargo de la dicha
pragmática.
Y asimismo le suplicaron hiciese merced á estos sus Reinos
■de darles el encabezamiento perpetuo, pues á Su Majestad y
á los Reinos estaba bien ó á lo menos se lo mandase Su Ma-
jestad prorrogar por otros diez años, después de cumplido el
tiempo del encabezamiento que ahora corría.
A lo cual Su Majestad respondió que cuando fuese tiempo
•de tratar lo que se le suplicaba mandaría mirar lo que convi-
niese á su servicio y bien del Reino.
Otrosí : le suplicaron á Su Majestad se efectuase lo que se
había respondido en las Cortes de Segovia el año de 1532
sobre llevar los derechos de las vistas de los procesos los Es-
cribanos de las Audiencias, para que el Presidente y Oidores
de las Cancillerías enviasen su parecer cerca de ello. Y si lo
habían enviado lo viesen de su Consejo y determinasen breve-
mente lo que convenía.
A lo cual Su Majestad respondió que estaba tomada resolu-
ción en su Consejo acerca de lo contenido en su petición y
dado arancel, el cual mandaba que se guardase y efectuase.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que hubiese
arancel para los derechos que los Alcaldes de la hermandad
habían de llevar, porque en no hacerse redundaba mucho daño
y perjuicio.
A lo cual Su Majestad respondió que se guardase lo que
estaba proveído por las leyes de la hermandad, y lo que no
estuviese determinado los Alcaldes llevasen los derechos con-
forme á su arancel Real del Reino, sin embargo de otra cos-
tumbre que tuviesen en contrario.
Asimismo le suplicaron mandase proveer lo contenido en
las Cortes de Segovia sobre el llevar de los derechos los Jueces
eclesiásticos para que los Prelados moderasen sus aranceles
conforme al Real.
— 198 —
A lo cual Su Majestad respondió que se guardase lo que
acerca de ello estaba proveído en las Cortes de Toledo y que los
Corregidores y Jueces de residencia tuviesen cuidado de que se
guardase entretanto que se escribía á Su Santidad sobre ello.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los Provi-
sores hiciesen residencia como lo hacían las otras Justicias de
estos Reinos y que ningún Provisor pudiese tener el oficio más
de dos años. Y asimismo hiciesen residencia los Notarios y
oficiales de los dichos Provisores.
A lo cual Su Majestad respondió que en cuanto á los Pro-
visores y Jueces eclesiásticos mandaba que se efectuase lo con-
tenido y proveído en las Cortes de Segovia. Y cuanto á los
jueces de los Prelados y personas eclesiásticas mandaba que se
guardasen las leyes de estos Reinos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase proveer lo con-
tenido en las Cortes de Segovia sobre los aposentos de la
Corte, y que el aposentador mayor fuese caballero natural de
estos Reinos, y que la nómina de los que se hubiesen de apo-
sentar se presentase ante el Concejo y Justicia y Regidores de
la ciudad ó villa donde se hubiese de hacer el aposento, y como
fuese acabado de hacer el aposento mandase Su Majestad que
uno de su Real Consejo ó Alcalde de su Corte juntamente con
dos Regidores de la dicha c'udad visitasen el dicho aposento
y viesen si estaba hecho conforme á la dicha nómina y leyes
de estos Reinos y á lo que convenía.
Y Su Majestad respondió que para la orden del aposento
estaba muy bien proveído lo que convenía, y para la desorden
que decían que había, tenía por bien y le placía que cuando
conviniese se visitase el aposento.
Otrosí : le suplicaron mandase que no se trajese ropa de
las aldeas para la Corte y Consejo de Su Majestad, y que lo
mismo se entendiese en la Corte de la Reina Doña Juana nues-
tra Señora.
Y Su Majestad respondió que en cuanto al traer la ropa de
las aldeas tenía por bien que lo proveído en las Cortes pasadas
se prorrogase por otros tres años. Y en lo de la casa de la Reina
nuestra Señora mandaba que no se hiciese novedad.
— 199 —
Asimismo le suplicaron que mandase que en los casos que
el Juez procediese de su oficio y condenase en algunas penas,
que no pudiese llevar parte el denunciador, sino que su parte
se aplicase á la Cámara, y lo que se condenase por las orde-
nanzas se aplicase para los propios de las ciudades y villas.
A lo cual Su Majestad respondió que le placía que cuando
el Juez procediese de su oficio no llevase la parte que se había
de dar al denunciador, y en lo demás mandaba que se guardasen
las leyes de sus Reinos.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que en denun-
ciaciones de blasfemias que no se pudiesen tomar por testigos
los criados de los alguaciles ni hombres de justicias, y si algu-
nos tomasen no hiciesen fe.
A lo cual respondió Su Majestad que los Jueces ante quien
se denunciasen semejantes casos hiciesen lo que fuese justicia,
teniendo respeto á la calidad de la persona y testigos.
ítem : le suplicaron mandase que se guardase lo que se
había respondido en las Cortes de Segovia para que los Jueces
del vino y montazgo presentasen sus poderes antes que usasen
de sus cargos. Y que lo mismo se entendiese é hiciesen lo mismo
los Alcaldes de las salinas y seda y puertos secos y almojari-
fazgos.
A lo cual Su Majestad respondió que tenía por bien que lo
proveído en las Cortes de Segovia acerca del servicio y mon-
tazgo y moneda forera se extendiese á los ¿Alcaldes de las sa-
linas y seda y puertos secos y almojarifazgos. Y cuanto á lo
de las instrucciones y provisiones, que se vería en su Consejo.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los ladrones
por el primer hurto fuesen señalados en las mejillas de la
cara de una escalera y por el segundo hurto los echasen á las
galeras perpetuamente ó los ahorcasen, porque eran muchos
ios ladrones que había.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo y
Audiencias platicarían lo que convenía que se hiciese sobre ello
y enviasen sus pareceres á su Consejo para que proveyesen lo
que más conviniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que si las sentencias
— 200 — .
dadas por los Jueces ordinarios del Reino se confirmaban en
las Cancillerías, que las tales sentencias como la ejecución de
ellas se hubiesen de remitir al Juez ordinario para que las
penas de la Cámara las cobrase el receptor de la ciudad ó
villa y la parte que perteneciese al Juez la pudiese el mismo
Juez cobrar.
Otrosí : le suplicaron mandase que las probanzas de los
hijosdalgo que estaban hechas hasta el día de hoy se les die-
sen á los hijosdalgo signadas de Escribano de los hijosdalgo
ante quien pasaron y firmadas y signadas de los dichos Alcaldes
y Notarios conforme á derecho, porque á muchos se les tenían
retenidas ; y lo mismo se hiciese de ahí en adelante, por que los
dichos hijosdalgo las tuviesen y guardasen y pusiesen en re-
caudo como cosas en que les iba su libertad.
A lo cual Su Majestad respondió que las Audiencias platica-
sen sobre ello y enviasen su parecer á los de su Consejo para
que se proveyese lo que más conviniese.
Otrosí : le suplicaron mandase ver las averiguaciones y
razones que daban y habían presentado los pueblos que decían
que no habían de pagar servicio, para que siendo justicia se
repartiese sobre ellos los otros pechos del Reino.
A lo cual Su Majestad respondió que nombraría personas
de su Consejo para que juntamente con los Contadores viesen
los procesos é informaciones que sobre ello había é hiciese jus-
ticia.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase proveer acerca
de lo contenido en las Cortes de Segovia para que se acrecentase
la pena á los que se casasen dos veces, porque así convenía
según la frecuencia del delito.
A lo cual Su Majestad respondió mandando que las Justicias
tuviesen especial cuidado de ejecutar en ellos las penas esta-
blecidas por derecho y leyes de estos Reinos, y que la pena
de destierro de cinco años que la ley les daba de partida se
entendiese para sus galeras. Y que por esto no se entendiese
disminuirse la dicha pena que según derecho y leyes de estos
Reinos se debiese de dar.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que en cada
— 201 —
pueblo grande se pusiese una persona que fuese tasador á quien
se llevasen las escrituras y procesos civiles y criminales á tasar
para que los Escribanos llevasen los derechos de ellas conforme
á la tasación J no más.
A lo cual Su Mai estad respondió que se guardasen las leyes
del Reino y las Justicias tuviesen el cuidado que eran obligados
en la tasación para que no se llevasen derechos demasiados.
Otrosí : le suplicaron mandase que en estos Reinos no hu-
biese protomédicos ni protoalbéitares por ser de ningún pro-
vecho, porque reprobaban á los hábiles y suficientes dando
título á los inhábiles por dineros, y se entremetían en otras
cosas muy diferentes á su oficios, y mandase á las Justicias
ordinarias guardasen las leyes acerca del visitar de las boticas
y otros oficios.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo
viesen las leyes y pragmáticas y cédulas que sobre (ello) esta-
ban dadas y platicasen en ello y se lo consultasen para que
proveyese lo que más conviniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase efectuar lo con-
tenido en la respuesta de la petición que se dio en las Cortes
de Segovia para que se redujesen los hospitales que hubiese
en cada pueblo á uno general ó dos, dejando en pie las memo-
rias de los hospitales, en lo cual, allende de hacer servicio á
Dios, se quitarían muchos inconvenientes.
Y Su Majestad respondió que se diesen provisiones nece-
sarias conforme á lo respondido en las Cortes de Segovia, para
que se proveyese lo que conviniese.
Otrosí : le suplicaron mandase escribir á Su Santidad, como
estaba pedido en las Cortes de Madrid en el año de 34, acerca
de los entredichos que en estos Reinos se ponían, y que los
conservadores no citasen de una dieta en adelante, y que los
priores, comendadores y religiosos no aceptasen oficios de con-
servadores. Y que los que tenían dignidades, canongías y be-
neficios curazgos en las iglesias de estos Reinos y estuviesen
fuera de ellos los viniesen á^residir, y que hubiese dos Prelados,
uno de los puertos á aquella parte y otro de los puertos á esta
parte para que conociesen de las apelaciones que se interpusie-
— 202 —
sen de los Jueces delegados y conservadores de Su Santidad.
A todo lo cual respondió Su Majestad que visto lo que en
el Concilio se proveía y ordenaba en las cosas contenidas en
este capítulo miraría lo que se pudiese y debiese proveer acerca
de ello.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase proveer que
cuando se hiciesen repartimientos del subsidio se tuviese el
miramiento y cuidado que convenía para que se hiciese bien
conforme al verdadero valor, y que el Comisario mandase de-
clarar los verdaderos valores.
A lo cual Su Majestad respondió que se platicaría con el
Comisario general para que se diese la orden que en ello se
debiese tener.
Otrosí : le suplicaron mandase proveer para que el pan que
los pueblos hubiesen de dar, demás el precio del encabeza-
miento general, lo diesen en dinero y no en pan tasado á
precio moderado. Y lo mismo hiciesen con el pan situado que
había en algunas ciudades y villas del Reino, porque pagándolo
en pan se recibía notorio daño, y Su Majestad señalase día en
que el Reino se obligase para la paga de ello.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo
juntamente con los Contadores platicasen lo contenido en su
petición y consultasen con él la resolución que en ello tomasen
para que vista se proveyese lo que más conviniese á su servicio
y bien del Reino.
Otrosí : le suplicaron mandase que todas las Justicias de
estos Reinos guardasen la pragmática de los trajes y que no
se echase guarnición ninguna en sayos, ni capas, ni calzas, ni
jubones, ni hubiesen pespuntes en los dichos vestidos. Y lo
mismo se hiciese y guardase en los vestidos de las mujeres de
cualquiera calidad y condición que fuesen, y mandase que nin-
gún sastre pudiese hacer los tales vestidos con guarnición
alguna.
A lo cual Su Majestad respondió que se guardase la prag-
mática hecha por él, y en lo demás contenido en su suplicación
los de su Consejo lo platicasen con las personas que les pa-
reciese que conviniese y tomasen resolución, la cual consulta-
— 203 —
sen con él para que mandase proveer lo que más conviniese al
bien de estos Reinos.
Otrosí : le suplicaron mandase que los Reinos de Aragón
y Valencia bajasen la moneda de oro al precio que valía en
estos Reinos, porque con ello no se sacaría de ellos la moneda
de oro para los Reinos de Aragón y Valencia.
A lo cual Su Majestad respondió lo mismo que en la peti-
ción pasada.
Otrosí : le suplicaron mandase que ningún mercader ni
otras peronas pudiesen sacar de estos Reinos cordobanes la-
brados ni por labrar ni en los borceguíes ni en guantes para
otros Reinos extraños.
A lo cual Su Majestad respondió que no se sacasen cordoba-
nes de estos Reinos, curtidos ni en otra manera, so pena que el
que lo hiciese por la primera vez perdiese los cordobanes con el
doblo y por la segunda los cordobanes y la mitad de sus bienes
y por la tercera incurriesen en pena de muerte y en perdi-
miento de todos sus bienes.
Otrosí : le suplicaron mandase se ejecutasen las leyes que
hablaban en prohibir la saca de las carnes de estos Reinos y
que no se diese licencia á los arrendadores de los puertos secos
para dejarlas sacar pagando el diezmo de ellas, ni en otra ma-
nera ; y que mandase no se matase en estos Reinos ningún ter-
nero, ternera, cordero ni cordera, y que los ejidos que los
Concejos habían rompido por licencia de Su Majestad mandase
que los dejasen luego, y que de allí en adelante no los arasen
por la falta que había de dehesas para los ganados. Y Su Ma-
jestad mandase asimismo que en estos Reinos no entrasen ga-
nados de Portugal y que so graves penas prohibiese que ninguna
persona pudiese comprar ningún ganado para tornar á reven-
der, excepto las personas que fuesen á carnicerías de pueblo.
A lo cual Su Majestad respondió mandando que la pragmá-
tica por él hecha acerca de que no se matasen terneras se eje-
cutase y que se extendiese á los terneros. Y en cuanto al ve-
damiento de la saca de las carnes y á lo que decían de los puer-
tos, sus Contadores lo viesen y le enviasen su parecer, para que
viéndolo con los de su Consejo lo mandase proveer. Y en lo
— 204 —
de los ejidos que decían que estaban ajenados y rompidos y
vendidos se informasen los de su Consejo de ello y diesen las
provisiones necesarias para que se quitasen y redujesen á los
Concejos cuyos eran.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los oficiales
de los Regimientos y Cabildos que tuviesen tiendas ó tratos pú-
blicos los dejasen, y que de allí en adelante no pudiesen tener
los dichos tratantes los tales oficios, si no fuesen los que sir-
viesen las Casas Reales.
A lo cual Su Majestad respondió que cuando se proveyesen
los oficios que decían tendría advertencia que se proveyesen
á personas cuales conviniese. Y mandó que cuando se tomasen
las residencias los Corregidores y Jueces se informasen de lá
calidad de los. Regidores y tratantes y de sus tratos é inconve-*
nientes que se seguían de ello, y diesen noticia de ello, al Con-
sejo para que proveyese lo que conviniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad que por cuanto algunas
personas tenían por trato de comprar por vía de recatonia to-
das las mercaderías de paños y sedas y otras provisiones y man-
tenimientos que venían á las ferias de Medina y Villalón para
tornarlos á vender en las mismas ferias y otros mercados para
la provisión de las villas y lugares de estos Reinos, por lo
cual y porque había más de una venta en las dichas mercade-
rías se encarecía mucho el precio de ellas, suplicaron á Su Ma-
jestad mandase remediar como no hubiese semejantes recato-
nes en las dichas ferias J mercados.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo
platicasen en ello para que se proveyese lo que conviniese al
bien del Reino.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que en los pue-
blos donde hubiese obraje de paños hubiese casa de veedoría,
porque de no haberla recibían los Reinos gran perjuicio, por-
que los paños que en él se labraban tenían grandes defectos.
A la cual petición respondió Su Majestad lo que en la
pasada.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase ver las pragmá-
ticas hechas sobre el obraje de los paños y las modificaciones
— 205 —
que después se hicieron de ellas en el año 1529 y cierta pro-
visión que se dio en el año de 1532 y todo lo demás que con-
viniere verse y se platicase en su Real Consejo con hombres
de experiencia del dicho obraje, y visto lo uno y lo otro man-
dase proveer lo que más conviniese.
A lo cual Su Majestad respondió lo mismo que en las dos
pasadas.
Otrosí : le suplicaron mandase que los tundidores no car-
dasen los enveses de los paños con carda viva ni frisasen los
paños con trementina, porque era grande el perjuicio que los
paños recibían.
A lo cual Su Majestad respondió lo mismo que en las tres
pasadas.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que el zapa-
tero no fuese curtidor, por los muchos inconvenientes que de
ello se seguían, que fueron declarados en las Cortes de Valla-
dolid del 28.
A lo cual Su Majestad respondió que se diese noticia á los
de su Consejo de los lugares donde aquello se hacía, y que se
proveería lo que más conviniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase platicar en su
Consejo con hombres de experiencia la orden que se podría
tener para que se vistiese más barato la gente llana y ciuda-
dana, por el gran daño que recibían de no poderse vestir sino
de paños finos ó de otros que á lo menos costaban á 20 y 22
reales la vara, ó si sería bien que á falta de no hacerse en el
Reino que entrasen paños forasteros, sin embargo que tuvie-
viesen aquella cuenta que el obraje de los paños hablaba con
que el mercader que los trajese ó vendiese declarase al que los
vendiese que aquel tal paño era extranjero.
A lo cual Su Majestad respondió que de allí en adelante se
pudiesen traer y vender en estos Reinos paños de extranjeros,
aunque no tuviesen la cuenta de los paños de ellos, y que los
mercaderes de vara los pudiesen vender declarando como eran
extranjeros y habiéndolos primero mojado á todo mojar, so
pena de 10.000 maravedíes, repartido á la Cámara, Juez y acu-
sador.
— 206 —
Otrosí: suplicaron mandase que ninguna persona arren-
dase el pan de las rentas de los maestrazgos ni otras rentas
de iglesias y monasterios, ni Obispados, ni beneficios, ni Es-
tados de señores ni caballeros, ni encomiendas á dinero, pues
ellas eran rentas de pan, porque con hacerse así los Prelados
y señores y caballeros cogerían los frutos que les pertenecían
y habían de haberse de sus diezmos y rentas y venderlos á un
precio que las gentes los pudiesen comprar, y el dinero que
por ellos les diesen se quedaría y gastaría en estos Reinos, que
era gran beneficio de ellos.
A lo cual Su Majestad respondió que había por bien y man-
daba que la pragmática hecha por él contra los revendedores
de pan se extendiese y entendiese asimismo á los arrendadores
que vendiesen pan de lo que hubiesen habido de los tales
arrendamientos y se ejecutase así en los unos y en los otros.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los pueblos
eligiesen todos y cualesquiér oficios públicos y de Consejos
que solían y acostumbraban elegir los Regidores conforme á las
leyes de estos Reinos, como generalmente se hacía . en ellos
por votos, que era donde la mayor parte de los Regidores vo-
taban, y en ello se excusarían muchas discordias y debates y
pasiones y perjuros.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo
habían mandado tomar cierta información de las ordenanzas
acerca de lo que suplicaban, y vista proveería lo que en tal caso
conviniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad fuese servido de mandar
señalar los puertos donde se servíase á la entrada del ganado
ó si fuese á la salida se serviase por las que estuviesen vivas
y pagase al serviciador la costa (y) yerba del ganado que ser-
viase, pues llevaría ovejas con carneros.
A lo cual Su Majestad respondió eme los de su Consejo oídos
los Contadores platicasen y viesen la orden que se podía tener
para que cesasen los inconvenientes que decían y la consulta-
sen con él para que mandase lo que conviniese.
Otrosí : le suplicaron permitiese que los que vivían en las
costas de mar y en los confines de Reinos como era Galicia,
— 207 —
pudiesen traer todo género de armas, porque así convenía á
todo género de defensión de Su Majestad J Reinos, y' que se
entendiese que las pudiesen traer tres leguas en rededor de los
dichos puertos y no más.
A lo cual Su Majestad respondió que habida información
del Gobierno y Alcaldes mayores de aquel Reino, por los de
su Consejo proveyesen lo que convenía.
Asimismo hicieron saber á Su Majestad que en muchas ciu-
dades, villas y lugares de estos Reinos que eran de las Ordenes
de Santiago, Alcántara y Calatrava y otras partes había muy
grandes bandos y diferencias á causa que las Escribanías públi-
cas y las de los Gobernadores de las dichas provincias y Ordenes
andaban por arrendamientos, y unos años las arrendaban en un
bando dando por ellas cuatro ó cinco veces más de lo que valían
y otro año las tornaban á pujar los contrarios por vengarse unos
de otros sus injurias y rencores, suplicaban á Su Majestad
mandase poner el remedio que conviniese.
A lo cual Su Majestad respondió que declarando en su
Consejo los lugares é inconvenientes se proveería lo que con-
viniese.
Otrosí : suplicaron á Su Majestad mandase que los que
hubiesen cortado madera en las provincias de Vizcaya y Gui-
púzcoa de diez años á esta parte plantasen de robles todas las
tierras en que habían cortado árboles, y que de allí en adelante
mandase que ninguno pudiese cortar árbol sin que plantase
dos de roble por él.
A lo cual Su Majestad respondió que los de su Consejo
proveyesen como los Corregidores de aquellas provincias hu-
biesen especial cuidado del remedio y provisión de ello.
Otrosí : hacían saber á Su Majestad que en el Reino de
Galicia y en muchas partes de estos Reinos y Señoríos que
eran de montañas había y se criaba en ellos mucho número de
fieras grandes como eran osos, lobos, puercos, jabalíes y ve-
nados que hacían gran daño en los panes y en otros sembrados
y en todo género de ganados de que se sustentaban y mante-
nían los labradores que cerca de allí habitaban, por causa que
muchos Grandes y caballeros sustentaban que no los corriesen
— 208 —
y matasen por su pasatiempo y recreación, y si algún labrador.
lo intentaba hacer lo maltrataban poniéndole gran miedo y
amenazas, suplicaron á Su Majestad mandase remediar lo que
conviniese á su servicio.
A lo cual Su Majestad respondió que el Gobernador y Al-
calde mayores del Reino de Galicia informasen á su Consejo
de ello para que visto se consultase con él.
Asimismo suplicaron á Su Majestad mandase proveer que
el Comisario general de la Cruzada ni sus delegados no diesen
impetras ni licencias para pedir ni hacer padrones, pues no
era necesaria ni ellos la podían ni debían dar ni competía á
sus oficios darlas, y mandase que se revocasen las que estaban
dadas, y si algunas se diesen fuese por término limitado, por
que demás del daño que recibían los pueblos se introducía en
la república una nueva manera de vagabundos y gente perdida,
los cuales decían muchas falsedades y mentiras y hacían en-
tender á la gente simple muchas cosas contra nuestra fe ca-
tólica.
A lo cual Su Majestad respondió que los lugares donde
aquello se hacía ocurriesen á su Consejo, donde se proveería
lo que conviniese para el remedio de lo que decían.
Otrosí : hicieron saber á Su Majestad que á causa de pasar
tantas mercaderías como pasaban á las Indias, no solamente
estos Reinos, mas las dichas Indias eran gravemente perjudi-
cados, porque las más de las cosas que llevaban tenían de ellas
provimiento bastante (si usasen de él) , porque tenían mucha
lana y muy buena con que podían hacer muy buenos paños en
gran cantidad de algodón. Y en algunas provincias de las dir-
chas Indias había mucha seda de que se podían hacer muy
buenos rasos y terciopelos y en ellas había mucha corambre
para hacer calzado de que se proveían otras provincias, lo
cual todo dejaban de hacer á causa de llevárselo hecho de estos
Reinos, y los naturales de ellos que vivían en aquellas partes
no tenían cuidado de trabajar, y con la riqueza de ellos había
tanto exceso en los vestidos de los hombres y mujeres que ellos
residían que no daban lugar á que los de estos Reinos de
Castilla pudiésemos vivir por ocasión de las grandes ganancias
— 209 —
que los mercaderes que trataban en las dichas Indias hacían.
Por manera que aquellas tierras y éstas están muy damnificadas.
Suplicaron á Su Majestad mandase que los del Consejo de las
Indias se juntasen con los de su Consejo Real y tratasen y
platicasen el remedio del dicho daño.
A lo cual Su Majestad respondió que los del Consejo de las
Indias se juntasen con los del Consejo Real y platicasen sobre
su suplicación y se resolviese en lo que pareciese que convenía
proveerse, y le avisasen de la resolución que tomasen para que
vista pudiese mejor determinar lo que su servicio fuese.
Asimismo se dieron otras muchas peticiones cerca de otras
muchas cosas tocantes al servicio y buen gobierno de la re-
pública, de las cuales por no haberse proveído cosa en ellas
no hacemos al presente mención.
Y mandó Su Majestad á todos los Corregidores y Justicias
de su Reino viesen las dichas peticiones y respuestas dadas
por Su Majestad á ellas, y las guardasen, cumpliesen y ejecu-
tasen, y las hiciesen cumplir y ejecutar en todo y por todo
según en ellas se contenía, como le Tes y pragmáticas suyas y
por él hechas y promulgadas en Cortes, y contra la forma de
ellas no fuesen ni consintiesen ir ni pasar ahora ni en ningún
tiempo so la pena en que caían é incurrían los que quebranta-
ban cartas de sus Re3^es y Señores naturales, so pena de su
merced y de 10.000 maravedíes para su Cámara á cada uno que
lo contrario hiciese. Y por que lo susodicho fuese público y
notorio mandaba fuese pregonado públicamente en su Corte
para que viniese á noticia de todos. Dada en la villa de Colibre,
que es en el Principado de Cataluña, á ocho días de Noviembre.
Y lo que trajo Juan Pérez de Cabrera, Procurador de la
ciudad de Cuenca, á quien los Procuradores de Cortes habían
enviado á Su Majestad á Alemania suplicándole que fuese ser-
vido que el Príncipe D. Felipe su hijo no saliese de España,
y que si fuese necesaria su salida no se partiese hasta que Su
Majestad tuviese por bien de venir á estas partes, y que el
Príncipe se casase. A todo lo cual Su Majestad respondió di-
ciendo que les agradecía su buena voluntad y se lo tenía en
servicio, y que cuanto á la ida del Príncipe no se podía excu-
14
— 210 —
sar, porque habiendo de suceder en tantos Reinos fuera de los
de España era razón que todos ellos lo viesen y conociesen,
pues había de ser su Señor. Y en cuanto á lo demás, él tenía
bien entendido la necesidad que había que el Príncipe se ca-
case, para más asegurar la sucesión, y que él tenía determinado
de entender en ello como convenía al servicio de Dios.. Y
cuanto á lo de su venida á España que él les tenía en señalada
gracia y servicio el deseo que de verle tenían y que él espe-
raba en Dios que le daría orden como en las cosas de aquellas
partes, especialmente en las que tocaban á la fe y religión, se
asentasen, lo cual como hubiese hecho se desembarazaría para
venir á España.
CAPITULO XXI
Cómo el Príncipe D. Felipe fué por las Infantas sus hermanas,
que estaban en Alcalá de Henares, y las trajo á Valladolid.
Y de otras cosas que acontecieron á señores de estos Reinos
y provisiones que Su Majestad hizo de Obispados.
Sabida por el Príncipe D. Felipe la determinación de Su
Majestad, que era que el Príncipe Maximiliano viniese á Es-
paña á casarse con la Infanta Doña María y que ambos gober-
nasen el Reino, determinó de ir por las Infantas sus hermanas,
que estaban en Alcalá de Henares, y traerlas á Valladolid, para
que allí -más cómodamente se pudiese hacer la fiesta.
Y así se partió de Valladolid con algunos caballeros de la
Corte v fué á Madrid y á Alcalá de Henares, donde procuró
que las Infantas se pusiesen en orden con toda su casa con
mucha brevedad.
Y después de estar todo á punto las sacó de la dicha villa
y las trajo á la de Valladolid y á su posada, que eran las casas
del Conde de Benavente, por no querer posar en las del Comen-
dador mayor.de León por causa de haberse allí muerto la Prin-
cesa Doña María, su mujer.
Y en este año aconteció que como el Marqués de Monte-
— 211 —
mayor íué casado con una hermana de Juan de Vega, Visonxy
de Sicilia, en la cual entre otros hijos tenía dos hijas muy her-
mosas, de una de las cuales (quisieron decir) que el Marqués
su padre se había enamorado y que le hacía todas las demostra-
ciones y tratos (quitado aparte el carnal) que suelen hacer los
hombres á las mujeres de quien se quieren aprovechar.
Y la madre celosa de ver esto dicen que escribió á su her-
mano Juan de Vega este negocio, y que Juan de Vega lo escri-
bió al Emperador, el cual envió á mandar que uno de los de su
Consejo fuese á la ciudad de Toledo y secretamente hubiese la
información de lo que sobre el tal caso pasaba, y que el Mar-
qués fuese castigado si se hallase culpado en el tal delito, y si
no, no fuese publicada tan fea cosa.
A lo cual fué el Licenciado Hernando de Montalvo, del Con-
sejo Real, yendo con ocasión de ir á entender en ciertos tér-
minos entre Toledo y otra villa allí vecina. Y estando enten-
diendo en los dichos términos tomó él solo sin Escribano la
información, tomando el dicho á las mujeres familiares y á hi-
jas y al mismo Marqués y á la Marquesa su -mujer. Y por muy
secreto que Montalvo lo quiso hacer fué luego publicado en
Toledo y en la Corte y en el Reino. Y si en la información
halló culpa al Marqués, no se supo más que le sacó á su mujer
é hijas de su casa. Y por mandado de los del Consejo se de-
positaron en un monasterio de monjas de Santa Clara, de la
Orden de San Francisco (que está junto á Avila). Y el provin-
cial de San Francisco de la dicha nrovinHa determinó que no
se recibiesen en el dicho monasterio, diciendo que las monjas
de Santa Clara tenían una bula que ningunas mujeres legas
pudiesen dormir en los dichos monasterios. Y los del Consejo
le tornaron á -mandar que sin embargo de la dicha bula diese
licencia á las dichas monjas que las tuviesen en el dicho mo-
nasterio. A lo cual tornó á replicar el provincial que no lo haría
sin una bula del Papa por donde lo permitiese. Y tornando á
replicar los del Consejo le pusieron penas de perder la natuia-
leza de estos Reinos y que fuese habido por extraño de ellos.
Y como el provincial estuviese todavía en su pertinacia, fué
mandado salir del Reino, el cual lo hizo así y se fué á Portugal
— 212 —
Y el Consejo mandó á las -monjas que abriesen el monasterio y
que recibiesen á la Marquesa y á sus hijas, las cuales lo hicie-
ron así.
Y aconteció asimismo que como D. Antonio de Luna, señor
de Fuentidueña, trajese pleito con el Duque de Escalona sobre
el Condado de Santisteban, porque pretendía que no había he-
redero del señor de Fuentidueña, sino él que era su sobrino „
y así era la verdad que no quedaron hijos del tío, y por eso
había heredado á Fuentidueña y el derecho del Condado de
Santisteban. Pero aunque no hubo hijos tuvo una hija, que
había metido monja en Zamora más había de quince años que
había hecho profesión.
Y como el Duque viese que el pleito estaba ya para senten-
ciarse, concertó secretamente con esta monja que dijese que la
habían metido -monja por fuerza, para que ella pidiese el dere-
cho que D. Antonio pedía y tenía, lo cual era comenzar el
pleito de nuevo á cabo de más de treinta años.
Y como esta monja estando en el monasterio no podía dar
poder para el pleito sin licencia de superiores, fué tratado entre
el Duque y el Conde de Alba de Liste y sus hijos cómo sacasen
esta monja. Y así la sacó del monasterio un hijo del Conde de
Alba llamado D. Enrique, y no la supieron poner en cobro,,
porque á cabo de cuatro días la halló el Corregidor en la ciudad
de Zamora, y fué depositada por mandado de los del Conseja
en un monasterio en Sala-manca.
Y enviaron contra el delincuente y contra los demás á Za-
mora un Alcalde de la Cancillería, el cual tuvo presa á la Con-
desa de Alba ciertos días en su casa, la cual decían que había
impuesto en esto á su alnado D. Enrique, el cual trajo preso»
el Alcalde á la fortaleza de Simancas, donde estuvo muchos
días con un Capitán y veinte hombres que le guardaban. Y ve-
nido el Príncipe á Yalladolid, por ruegos del Duque de Alba
le alargaron las prisiones y vino á la Corte.
Y en este tiempo los de las Cancillerías de Yalladolid y
Granada quitaron las jurisdicciones á los señores, dando por
ningunas todas las sentencias que sus Corregidores y Justicias
habían dado de que iban apeladas ante ellos en los procesos por
— 213 —
defecto de no tener jurisdicción. Y é[ Príncipe D. Felipe antes
<ie su partida quiso remediar esto, diciendo á los Oidores de las
Cancillerías que no hiciesen novedad en tal cosa, pero ellos le
respondieron que si Su Alteza tuviera más edad no se pusiera
en mandarles lo tal, porque aquello convenía á su Estado y pre-
eminencias de sus Reinos que así se hiciese. Y como Su Alteza
viese, que no lo podía estorbar les -mandó que no pronunciasen
las tales sentencias hasta que él fuese partido. Y así se hizo,
porque después, en tiempo del Príncipe Maximiliano (después
de partido Su Alteza) mandó que no se hiciese novedad en
aquello.
Y en este tiempo aconteció en Italia que D. Hernando de
Gonzaga, Capitán general por Su Majestad en Italia, mandó
prender á un Conde llamado Julio Cibo, que tenía su Estado
en las montañas de Genova, y fué preso porque D. Hernando
alcanzó á saber que andaba en cierto trato de entregar él y
■otros amigos parciales la ciudad de Genova al Rey de Francia.
Y como fuese llevado á Milán, donde confesó todo lo que pa-
saba, le mandaron allí cortar la cabeza.
Y en este año dio Su Majestad el Obispado de Guadix á
v.n D. Martín de Ayala, fraile de la Orden de Santiago, por
fio haberlo querido aceptar un (está en claro) de Contreras
(como dicho habernos) , que murió en la ciudad de Sevilla este
año. En el cual y en la misma ciudad murió asimismo D. Her-
nando Cortés, Marqués, del Valle, de quien habernos dicho que
descubrió la provincia de la Nueva' España en las Indias y
conquistado la ciudad de Tenuxtithan, Méjico. Fué depositado
su cuerpo en el monasterio de Santo Isidro, de la Orden de
los Jerónimos, fuera de la ciudad. Heredó su casa D. Martín
Cortés, su hijo, el cual casó luego con una hija del Conde de
Aguilar D. (está en claro) de Arellano.
— 214 —
CAPITULO XXII
De lo que el Emperador hizo en la ciudad de Augusta después
que fueron acabadas las Cortes y reformadas las cosas de
la fe y de la policía de las ciudades del Imperio (i).
Ya tenemos dicho de todas las más cosas que se determina-
ron en la Dieta ó Cortes de Augusta, las cuales como fueron
concluidas Su Majestad determinó de reformar la gobernación
de la tierras y Estado que se tomaron del Duque Otabrich,
sobrino del Conde Palatino Elector, y mandó que íe prosiguiese
la guerra contra la ciudad de Argentina, porque aún en este
tiempo no se* había dado á la obediencia de Su Majestad. Lo
cual se hizo así y al cabo se concluyó, y sirvieron á Su Majes-
tad con gran suma de dinero. Y asimismo se prosiguió la
guerra por mandado del Emperador contra la ciudad de Cons-
tancia y le quemaron los arrabales con gran daño de las gen-
tes, y allí murió el Maestre de campo Alonso Vivas, que fué
á quemar aquella tierra con la infantería española.
Y en este tiempo se trató la pacificación 3^ reducción á la
obediencia del Imperio de las ciudades de la costa septentrio-
nal y (mar ?) germánico, que antes tenía muy poco reconoci-
miento al Imperio que arriba dijimos, que porque Su Majestad
no enviase gente contra ellos se habían venido á dar ; y Su Ma-
jestad los había aceptado con condición de ponerles leyes é
imposiciones cuales conviniesen á su servicio y al bien del
Imperio. Lo cual como fuese todo acabado, el Emperador de-
terminó de partirse para Brabante á la ciudad de Bruselas para
esperar allí al Príncipe D. Felipe su hijo.
Y antes de su partida había venido á Augusta el Rey de
Romanos su hermano á tratar el casamiento del Príncipe Ma-
(1) Este capítulo figura en el original mucho después; pero hay
en él ima apostilla de letra de Alonso de Santa Cruz que dice:
aEste capítulo se ha de poner antes que el Príncipe D. Felipe pen-
sase reformar su casa». Y así se pone.
— 215 —
¿similiano su hijo, Archiduque de Austria, con la Infanta Doña
María hija de Su Majestad ; y allí habían determinado que el
Príncipe viniese á España á hacer el dicho casamiento y que
fuese Gobernador de los Reinos de Castilla y de León junta-
mente con la Princesa Doña María su mujer. Y esta determi-
nación es la que arriba tenemos escrito. Que Su Majestad envió
á Valladqlid, por lo que fué necesario que el Príncipe D. Fe-
lipe fuese por, las Infantas sus hermanas á Alcalá de Henares
y las trajese á Valladolid, para que allí con ma3^or aparejo se
pudiese celebrar el casamiento.
(Hay un claro de cuatro ó cinco líneas) .
Partido que fué el Príncipe de la ciudad de Trento con su
Corte comenzó á caminar por tierra de Friol hasta llegar á las
de los Duques de Baviera.
(Hay un claro ele cuatro ó cinco líneas) .
Y á los 21 de Febrero llegó Su Alteza á la ciudad de
Augusta y saliéronle á recibir los más principales de la tierra.
Y á 24 del dicho mes dijo misa á Su Alteza el Cardenal de
Augusta en su iglesia, y después se fué á comer á la casa del
Obispado y comieron con el Príncipe el Cardenal y el Elector
Mauricio. Y después de comer el Cardenal llevó á Su Alteza
á su guardarropa y le dio una mesa de piedra labrada de imá-
genes de relieve todas doradas, las cuales eran toda la descen-
dencia de la casa de Austria, y la cubierta de la dicha mesa
era de terciopelo carmesí con las armas de Su Alteza y las del
Cardenal más abajo. Y le dio asimismo un escritorio de madera
muy artificialmente labrado dentro del cual estaban tres libros
de mano, el uno de la genealogía de la casa de Austria y los
otros de las vidas de los Emperadores y de algunos Príncipes
de la misma casa. Y encima del dicho escritorio estaba un
reloj grande con todos los planetas y cursos celestiales; tenía
las horas, medias y cuartos, que era cosa mucho de ver.
Y de la ciudad de Augusta partió el Príncipe para la de
Ulma, donde allegó á 26 de Febrero, y en tres días que allí es-
tuvo se le hicieron algunas fiestas y servicios, á cabo de los
cuales se partió para Bruselas por tierras del Duque Vitemberg.
Y á los 4 de dicho mes le salió á recibir al camino el Gran
- 216 —
Maestre de Prusia con ioo caballeros de su casa. Y asimismo
salieron al camino 400 soldados españoles que hicieron una
escaramuza con 300 caballos ligeros, los 200 de la guarda de
Su Alteza y 100 que traía el Maestre de campo Arce ; y todos
io hicieron muy bien, y fué una fiesta muy buena, y á tres que
salieron heridos les mandó Su Alteza dar á cada uno 50 ducados
para curarse.
Yendo por su camino á vista del castillo de Esperg, que era
muy fuerte y uno de los cuatro que tenían tomados al Duque
de Vitemberg, del cual le fué hecha muy gran salva con el
artillería, porque el Alcaide que era Luis Quijada tenía con-
sigo 300 soldados españoles, toda muy buena gente.
Y á los 8 de Marzo llegó el Príncipe á la ciudad de Espira,
donde le estaba esperando el Duque Arezcot con 1.800 hombres
de armas para acompañar a Su Alteza. hasta Bruselas, donde
el Emperador estaba.
(Hay en blanco casi todo un folio) .
CAPITULO XXIII
Cómo el Príncipe ordenó su casa por mandado del Emperador
su padre al uso de Borgoña, nombrando chamarlanes y ma-
yordomos y gentileshombres y todos los otros oficios de su
casa.
Y en este tiempo que el Príncipe D. Felipe tenía estas Cor-
tes en la villa de Valladolid, procuró por la instrucción que el
Emperador de Flandes le había enviado, con lo que más Su
Alteza acordó con el parecer del Duque de Alba, de ordenar su
casa al uso de Borgoña, nombrando los chamarlanes, mayor-
domos, gentileshombres de la boca y los de su casa.
Y así fueron nombrados por chamarlanes ó sumilleres (que
así se llaman en Borgoña) lo que en España camareros, D. An-
tonio de Rojas por sumiller de corps, que antes también lo era,
v por segundo sumiller fué nombrado Ruy Gómez de Silva,
caballero portugués que había venido de Portugal por paje de
— 217 —
la Emperatriz nuestra señora de gloriosa memoria.. Y por ma-
yordomos fueron nombrados D. Pedro de Avila, Marqués de las
Navas, y D. Pedro de Guzmán, Conde de Olivares, y Gutierre
López de Padilla (vecino de la ciudad de Toledo, hermano de
Juan de Padilla, Capitán general que había sido de la comu-
nidad), y D. Diego de Acevedo, vecino de Salamanca, hijo del
Arzobispo de Toledo D. Alonso de Fonseca. Y por gentileshom-
bres de la boca fueron nombrados por Su Alteza el Marqués
de Falces, Conde de Jelves ; D. Pedro de Avila, hijo del Mar-
qués de las Navas; D. Diego de Acevedo, hijo del Conde de
Monterrey; D. Gabriel de la Cueva, D. Bernardino de Mendoza,
D. Alonso de Tovar, D. Diego de Córdova, D. Pedro Manuel,
D. Luis de Carvajal, D. Antonio de Velasco, D. Diego de
Acuña, D. Alonso de Silva, D. Alonso Osorio, D. Francisco
de Mendoza, D. Rodrigo Manuel, D. Juan de Acuña y de Pa-
dilla, D. Fadrique Knríquez, D. Bernardino Manrique de.Lara,
D. Juan de Saavedra, D. Pedro Velasco, D. Miguel de Luna.
D. Diego Hurtado de Mendoza, D. Luis de Córdova, D. Gómez
Juárez de Figueroa, D. Hernando de Silva, D. Alonso de Cór-
doba, D. Iñigo de Mendoza, D. Hernando de Aragón, D. Juan
de Silva, D. Rodrigo de Moscoso, D. Fadrique Enríquez, hijo
del Conde de Alba; D. Estéfano Doria, D. Juan Tavera, don
Alonso de la Cueva, D. Hernando Carrillo y D. Alvaro de
Mendoza.
Fueron asimismo nombrados por caballerizos D. Antonio de
Toledo, caballerizo mayor, y Diego López de Medrano por su
teniente, y por contralor, que es como veedor en Castilla, á
Francisco Flores, vecino de Logroño, que antes era teniente-
de Mayordomo mayor de Su Alteza por D. Juan de Zúñiga, su
ayo y Mayordomo mayor.
Y por genileshombres de la casa D. Pedro de Quintana,
D. Pedro de Castilla, D. Bernardino Manrique, D. Iñigo de
Córdoba, D. Diego de Haro, Perafán de Rivera, D. Juan de
Avellaneda, Mansimo, D. Juan de Toledo, D. Gómez Manri-
que, D. Juan de Lanuza, D. Luis de Toledo, D. Diego López
Mejía, Ochoa de Salazar, D. Juan de Mendoza, D. Juan Niño
de Valladolid, D. Juan de Avila, D. Francisco de Velasco, don
— 218 —
Pedro de las Roelas, D. Pedro de Velázquez, D. Antonio de
Luna, D. Luis de Mendoza de Haro, D. Rodrigo Bazán, don
Iñigo de Alvarez Pacheco, D. García Sarmiento, D. Juan Niño
de Rojas, D. Iñigo de Avila, D. Bernardino de Avala, D. Ga-
briel Zapata, D. Lope Zapata; Garcilaso, hermano del Conde
de Palma; D. Luis de la Cerda, D. Tristán de Leguizamo,
D. Rodrigo de Benavides, D. Juan de Castilla, D. Carlos de
Luna, D. Diego de Leiva, D. Carlos de Saavedra é Iñigo López
de Zúñiga.
Fueron asimismo nombrados 31 pajes, y Cristóbal de Es-
tella por maestro de ellos, y Felipe de Valencia por su Cape-
llán, y por ayo Francisco de Olmedo.
Y de la capilla no hizo Su Alteza mudanza ninguna de la
que antes tenía, salvo que nombró por su Capellán mayor á
D. Pedro de Castro, Obispo de Salamanca. Y por sumilleres
del oratorio á D. Francisco Enríquez y á D\ Luprescio de Qui-
ñones, y á D. Antonio Bravo por sacristán mayor, y por pre-
dicadores fueron nombrados el maestro Constantino y Fray
Alonso Muñoz, de la Orden de San Francisco, y por Capellán
Francisco de Portugalete. Y sin éstos llevó en su capilla .mu-
chos cantores, entre líos cuales fueron tres contrabajos y cuatro
contraltos y tres tenores y cinco tiples y cinco mozos de capi-
lla. Y por músicos de tecla á Antonio Cabezón Ciego y á Juan
de Cabeza, su hermano, y á Narváez por maestro de los niños.
Y fué nombrado por Su Alteza por gentilhombre de su
cámara D. Juan de Benavides, y por guardajoyas Gil Sánchez
de Bazán, con dos ayudas. Y por médico mayor el Doctor Mo-
reno, y por médicos de su casa el Doctor del Águila y el Li-
cenciado Almazán. Y por grafier ó Contador á Francisco de
España.
Y asimismo nombró 1S11 Alteza seis criados para la ayuda
de su cámara, y á Miguel de Paredes por ugier de cámara, con
una ayuda. Y á Bernardino de Vaste aposentador de Palacio,
con tres ayudas, y un guardarropa con una ayuda. Por apo-
sentadores fueron nombrados D. Miguel de Velasco, aposenta-
dor mayor (como antes lo era) con otros once aposentadores.
Y por acemilero mayor Cristóbal de Ortega (como antes lo era) ,
— 219 —
y á Diego López por su teniente, con cuatro ayudas en el dicho
oficio.
Y en la panatería fueron nombrados Vicente Alvarez, por
sumiller, que es en castellano guarda, y Jorge de Lima por
ugier de sala, que va siempre delante de los que llevan el man-
jar, con dos ayudas. Asimismo fueron nombrados frutero y
suplicacionero.
Y en la chanzonería, que en España se llama botillería, fué
nombrado Hernando de Medina por sumiller, con tres ayudas.
Y en la cocina Diego Maldonado por escuyer, que es como
veedor en Castilla, y Perichin Falset cocinero mayor, con dos
ayudas. Y asimismo fué nombrado un portero de cocina y un
pastelero y un pota j ero y un bugier y un cocinero sumiller
de corps.
En la salsería fué nombrado por salsier Pedro de Vargas,
con dos ayudas, y un mayordomo de estrado y un mozo de
limosna.
Y por guarda mangier fué nombrado Francisco Romero por
comprador, con dos ayudas para escribir y guardar las cosas
de la despensa.
Y en la caballeriza fueron nombrados dos caballerizos é im-
ponedores de caballos, y dos maceros, y un rey de armas, y
diez trompetas, y un arcabucero, y un pintor, y dos armeros, y
un furrier con una ayuda, y un sastre, y un dorador, dos co-
rreos, dos mozos de fiambreras y doce lacayos.
Y fué nombrado por cerero mayor Francisco Benavides, y
Juan Díaz por tapicero mayor con dos ayudas, y Juan López
por boticario con una ayuda, Juan de Astorga por barbero con
dos ayudas.
Y asimismo fueron nombrados otros oficiales de la casa,
como calcetero, pellejero, zapatero, platero de oro y platero
de plata, entallador, portero de Palacio con una ayuda y
maestro de ropa de camas y de cordones, y una costurera y
dos lavanderas.
Y los salarios de los chamarlanes y mayordomos eran cada
día 48 plazas, y cada plaza en Castilla son diez maravedíes, y
el de los gentileshombres de la boca es de 36 plazas, y el de los
— 220 —
gentileshombres de la oasa 24, y otras tantas tenían otros ofi-
ciales mayores, y algo •más ó menos. Y de los oficiales menores
á 12 plazas y á menos. Esto se entiende sin raciones y otras
ayudas de costas y percances que tenían por sus oficios.
CAPITULO XXIV
Be las otdenanzas que el Príncipe D. Felipe mandó hacer para
que fuesen guardadas de los oficiales de su Casa Real, so
las penas en ellas contenidas.
Que cada sumiller ú otro oficial principal de cada oficio de
la casa de Su Alteza tenga gran cuidado de mandar cerrar la
puerta de su oficio sin dejar entrar á ninguna persona extran-
jera ni á otras, sino á los «jue tienen hecho el sacramento (sic)
á Su Alteza como criados suyos.
Asimismo que no dejen comer en los dichos oficios sino á
los que está ordenado que han de comer en ellos.
Que no dejen entrar en sus oficios para comer ni para otra
cosa á sus criados ni otros ningunos, y que cuando vinieren por
las raciones de comer para sus amos, se las den por la ventana,
que estará hecha en la puerta para ello, conforme al estiquite
(sic) que se dará á cada uno de los dichos oficiales principales.
ítem : que el cocinero mayor tenga el mismo cuidado en
lo que toca á la cocina de no dejar entrar á nadie, sino á los
que está ordenado que puedan entrar.
Que los dichos oficiales principales de cada oficio no puedan
admitir ningún mozo para sus oficios sin primero presentarle
al mayordomo mayor ó al mayordomo que sirviere.
Asimismo que cada principal oficial sirva á Su Alteza á las
horas ordenadas por sus personas, y no las ayudas que sirven
por ellos, si no fuere estando malo ó teniendo otra legítima
causa, de la cual ha de ser obligado á advertir al mayordomo
mayor ó al, mayordomo que sirviere.
Asimismo que el pastelero sea obligado á llevar él mismo
á la cocina de Su Alteza los pasteles y las otras cosas que tocan
— 221 —
á su oficio de hacer para la boca de Su Alteza, y no enviarlos con
criados suyos ni con otra ninguna persona. Y asimismo se manda
al cocinero mayor no los reciba de mano de otro ninguno.
Que el escudero de cocina, que es el despensero mayor,
tenga cuidado de hacer proveer el guardamangier de lo que
fuere necesario para el plato de Su Alteza cada día, y para el
plato de los mayordomos y raciones de los oficiales, conforme
á la orden que para ello está dada.
Que el escudero de cocina mande proveer la cocina de lo or-
dinario del plato de Su Alteza y de los mayordomos, y que
cuando se sirviere de la cocina esté presente y vea si se sirve
todo lo que se le había dado cada día, y que cuando hallara-
falta en ello avise al mayordomo que sirviere.
Y que de cualquiera cosa que se presentare, como son ve-
nados, aves y otras cualesquier cosa tocante á este oficio, no
sirva ninguna cosa de ello sin avisar al mayordomo que sirviere
para que sepa de Su Alteza si se ha de servir de ello ó no.
Lo mismo guardarán todos los otros oficiales en lo que se
podría presentar á Su Alteza tocante á sus oficios.
Que ningún oficial compre por sí mismo ningunas cosas
nuevas tocante á su oficio sin avisar al contralor, el cual to-
mará la razón para hacer lo que le mandaren los mayordomos,
para que ellos -manden proveer lo que fuere necesario.
Que todas las cosas nuevas que se hubieren de comprar por
los dichos oficiales, el dicho contralor haga los precios de ellas,
y que por la fe que de ello diere las pague el grefier ó la per-
sona que tuviere cargo de pagar el gasto de la casa.
Y que ningún oficial pueda dar ninguna cosa fuera de lo
que les es mandado por los estiques (sic) y ordinario que para
ello tienen.
Y que el grafier no asiente en su libro ninguna partida de
gasto si no fuere vista y señalada por el contralor, entiéndese
el gasto ordinario.
Que los mayordomos tengan bureo dos veces en la semana,
es á saber : el lunes para contar la despensa ó gajes, y el viernes
para oir las quejas de los oficiales y proveer las otras cosas de
la casa que se ofrecieren.
— 222 —
Que á cada bureo se hallen los oficiales que tienen cargo
cíe gastos con sus libros en que van asentados los tales gastos.
Y que el ujier de la sala sea obligado á avisar á los tales
oficiales los días del bureo para que vengan allí.
Y que el contralor tenga registro de todas las cosas que
hubiere en todos los oficios, como plata, manteles y otras cua-
lesquier cosas, y haga cargo de ellas á los tales oficiales mayo-
res de cada oficio, los cuales sean obligados á dar cuenta de
las tales cosas que son á su cargo en el bureo, siempre que el
mayordomo que sirviese lo pidiere.
Y que el dicho contralor vaya cada día á la plaza para in-
formarse de los precios como valen las cosas que se hubieren
de comprar para la provisión del guardamangier, para que con-
forme á aquello asiente los precios en el libro del guardaman-
gier y del comprador.
Y que el dicho contralor tenga cuenta con el especiero de"
las especias que se dieren al cocinero -mayor para el servicio
de Su Alteza en su cocina.
Que el dicho contralor tenga cuidado del pan que se diere
en la panatería tenga el peso que está ordenado, es á saber:
el pan de boca catorce onzas y el pequeño siete.
Asimismo hará el precio el dicho contralor del vino, cera ó
manteles y otras cosas de provisión que se compren para la
casa y servicio de Su Alteza en sus oficios.
Que no se den de la cerería ningunas hachas grandes ni
pequeñas á los que las han de haber sin que primeramente las
vea pesar el dicho contralor y las marque de la marca acos-
tumbrada. Y que. el cerero mayor ó sus oficiales no puedan dar
hacha á nadie sin que vuelva los cabos de las que primero
llevó, salvo si no fuere por mandado del mayordomo, porque
en el bureo no se las pasarán ningunas hachas que hayan dado
si no mostraren los cabos de ellas.
Que siempre que Su Alteza caminare, el contralor sea obli-
gado á ver las cargas de las acémilas, y que se asegure que lo
que llevan en ellas son cosas de los oficios y servicio de Su Al-
teza y no de otras personas algunas.
I^as cuales dichas ordenanzas, según que arriba están de-
— 223 —
claradas, manda Su Alteza se guarden y cumplan por todos los
oficiales, cada uno en su oficio, sin ir contra ninguna de ellas,
so pena que por la primera vez sea rayado un -mes de sus pa-
ga jes, y por la segunda de tres y por la tercera sea suspendido
de su oficio á voluntad de Su Alteza. Y por que todos los ofi-
ciales lo sepan y no pretendan ignorancia se manda al grefier
que á cada uno de los principales oficiales dé un traslado de
las dichas ordenanzas.
CAPITULO XXV
De la venida del Príncipe Maximiliano á España, y cómo lo
salió á recibir el Condestable de Castilla dos jornadas de la
villa de Valiadolid, y el casamiento que se hizo entre el
dicho Príncipe y la Infanta Doña María, hija del Emperador
Don Carlos. Y de la partida del Príncipe D. Felipe á Bar-
celona. Y de otras cosas que pasaron en la dicha villa.
En este tiempo se embarcó en la ciudad de Genova el Prín-
cipe Maximiliano, hijo del Rey de Romanos y sobrino del Em-
perador, el cual venía á España por su mandado para casar con
la Infanta Doña María, su hija. Y llegado á la ciudad de Bar-
celona por el mes de Agosto y malo de cuartanas, las cuales
le tomaron en el mar. Y luego que fué desembarcado fuele á
visitar de parte del Príncipe D. Felipe D. Diego de Córdoba,
criado de Su Alteza, hijo de Doña María de Córdoba, guarda
mayor que había sido de las damas de la Emperatriz, que Dios
tenía en su gloria.
Y el Condestable de Castilla D. Pero Fernández de Velasco,
como en estos días estuviese determinado por cartas del Em-
perador de ir á recibirlo hasta la raya de Aragón (porque hasta
allí había de venir con el Visorrey de Aragón), para lo cual
tuvo el Condestable aderezados grandes gastos, habiendo hecho
grande llamamiento de señores y parientes suyos y de otros
caballeros y servidores.
Y en cada jornada de las que el Príncipe Maximiliano ha-
— 224 —
bía de hacer tenía puestos muchos mantenimientos para todos
los que con él venían, y otros aderezos y suntuosidades muy
grandes. Y después por venir el Príncipe doliente de sus cuar-
tanas y muy mohino para recibir fiestas y regocijos, cesó todo.
Y después fué determinado que saliese hasta la villa de Aranda
de Duero, diez y seis leguas de Valladolid, aunque también esto
cesó. Y Su Alteza le dio sólo licencia para que saliese hasta la
villa de Olivares, cinco leguas de Valladolid.
Y en este tiempo el Príncipe Maximiliano había salido del
Reino de Aragón y venido á Aranda de Duero, donde el Prín-
cipe D. Felipe le envió á visitar con Ruy Gómez de Silva, su
segundo camarero.
Y el Condestable salió de Yralladolid una tarde y con él mu-
chos grandes y caballeros, como fueron el Duque de Alburquer-
que y el Marqués de Astorga, y el Conde de Salinas, y el Mar-
qués de Cogolludo, y el Mariscal de Fromesta D. Alvaro Bazán ;
D. Diego de la Cueva, hermano del Duque de Alburquerque ;
D. Diego de Acevedo, mayordomo del Príncipe D. Felipe, y
el Adelantado de Canarias y otros muchos caballeros. Por ma-
nera que llevaría más de 200 cabalgaduras, dejando aparte los
que salieron con él para volverse aquella noche á Valladolid,
que fué el Duque de Alburquerque y el Marqués de Astorga,
que lo llevaban en medio.
Y llevaría hasta 200 acémilas, pocas más ó menos, con sus
reposteros, y la en que iba su cama llevaba un repostero de
terciopelo muy rico bordado todo de oro, y la acémila muy
ricamente aderezada. Y sin las acémilas dichas llevaba otras
150 sin resposteros, cargadas de muchas provisiones y mante-
nimientos, y otros 20 carros cargados de lo mismo. Y fué aque-
lla noche á dormir á Tudela y otro día á Olivares.
Y luego el día siguiente vino allí el Príncipe Maximiliano \
lo salió á recibir el Condestable una legua, donde puso grandes
tiendas con mesas puestas llenas de mantenimientos para todos
los que con él venían. Y otro tanto hizo después de venidos
aquella noche al lugar. Venían con el Príncipe Maximiliano
desde Alemania el Cardenal de Trento y el Duque de Bran-
cuig,
— 225 —
Y otro día partieron el Príncipe Maximiliano y el Condes-
table de Olivares y vinieron á Tudela, tres leguas de Valla-
dolid, donde el Príncipe D. Felipe vino á ver por la posta,
acompañado del Duque de Escalona y del Duque de Alba y
del Duque de Sesa y de otros caballeros. Y llegó buen rato de
la noche y á tiempo que el Príncipe Maximiliano se entraba
en la cama, y estuvo con él hasta una hora y se volvió á Va-
lladolid á media noche.
Y el día siguiente estuvo el Príncipe Maximiliano por ser
día de la cuartana, y otro día adelante entró en Valladolid y
le salió á recibir el Príncipe D. Felipe con todos los grandes
y caballeros de la Corte. Y no salieron los Consejos porque
acordaron que pues que no era Rey de España ni ninguno de
sus hijos, no era razón de salir. Y el Condestable que con él
venía entró delante de todos los del recibimiento con una ropa
de brocado al uso antiguo, á la manera que la traían los per-
tigueros en las iglesias, llevando en ella mucha pedrería y per-
las y otros aderezos riquísimos. Delante de él iban muchos ins-
trumentos de música, y luego venía toda la gente cortesana y
la del Príncipe Maximiliano, viniendo Su Alteza á la postre.
Traíanlo en medio el Príncipe D. Felipe y el Cardenal de
Trento.
Y así llegaron hasta Palacio y el Condestable solo sacó de
la manga (sic) á la Princesa Doña María para desposarse, y
los desposó el Cardenal de Trento. Y aquella noche no se acos-
taron hasta cerca del día, porque se velaron antes asimismo
por mano del dicho Cardenal, el cual dijo la misa. Y fueron
sus padrinos el Príncipe D. Felipe nuestro señor y la Infanta
Doña Juana.
Y luego otro día siguiente en la tarde el Príncipe D. Felipe
hizo llamar á los del Consejo, y delante del Príncipe Maximi-
liano y de la Princesa Doña María su mujer, les hizo una habla
diciéndoles cómo la voluntad del Emperador su señor era que
obedeciesen al Príncipe Maximiliano y á la Princesa su mujer,
y los tuviesen el mismo cuento que á su misma persona. Y les
habló otras cosas acerca de esto, encargándoles la justicia y la
buena gobernación de estos Reinos. Y acabada la habla el Pa-
ís
— 226 —
triarca Presidente y los del Consejo quisieron como por gracia*
de lo dicho besar la mano al Príncipe D. Felipe y él dijo que
la besasen á los que quedaban, y Maximiliano no se la quiso
dar, y la Princesa la dio á todos.
E hiciéronse pocas fiestas á su casamiento (aunque estaban
aparejadas muchas) por causa de la indisposición del Príncipe
Maximiliano, pero todavía se corrieron algunas veces toros, y
los de la villa vinieron delante los de Palacio con hachas en-
cendidas de noche, corriendo con ciertos carros de fuego y otras
cosas de placer.
Y el Cardenal de Trento hizo á todos los grandes de la
Corte un banquete, el más soberbio que se vio en España, por-
que se dijo de cierto haber habido en él cerca de 370 diversida-
des de manjares, habiendo traído para ello de Italia más de
3c cocineros. Hízose el banquete con gran silencio y el servi-
cio con muy gran concierto, que parecía que los manjares se
hallaban en las mesas sin que nadie los hubiese puesto, tanto
que se afirmó y el Condestable lo dijo á todos los señores y
caballeros que allí estaban que todos juntos que quisieran hacer
otro tal no pudieran, no por falta de posibilidad, sino de la
orden y de las otras circunstancias que tuvo. Halláronse en el
dicho banquete veintiséis señores de salva, sin otros muchos
caballeros.
Y después de llegado el Príncipe Maximiliano estuvo el Prín-
cipe D. Felipe en Valladolid veinte días poco más ó ¿menos,
porque se decía que no había dineros para poder hacer su ca-
mino, y hubieron de tomar los que habían traído las hijas del
Marqués del Valle, prometiendo Su Alteza de hacérselo volver
dentro de cierto tiempo.
Y todos los grandes y caballeros que habían de ir con el
Príncipe D. Felipe vistieron á sus criados de los colores que el
Príncipe había vestido á los suyos, que eran amarillo y blanco
y encarnado. Pero cada señor y caballero los llevaba de varias
hechuras y diferentemente mezcladas y matizadas.
Y aconteció en este tiempo que como el Príncipe D. Felipe-
hubiese señalado por gentilhombre de su casa á D. Juan Niño,
hijo del Alguacil mayor de Valladolid, y como le. mandasen
— 227 —
llamar por el portero para que viniese á jurar á casa del ma-
yordomo mayor las ordenanzas conforme á las costumbres de
P>orgoña, el portero engañado con la semejanza del nombre
llamó á un -mancebo que se decía también D. Juan Niño, na-
tural de la misma villa de Valladolid. El cual (aunque espan-
tado que para aquello le llamasen) no por eso dejó de ir allá.
Y estando en aquel acto de la jura el grefier como le conoció
que no era el que llamaban díjole que se fuese, porque no era
él el que se había de llamar. Y pareciendo al Príncipe que dicho
mancebo quedaría corrido é informado que era caballero, dijo
que pues su ventura había sido aquella que él no se la quitaría,
y mandó que en aquel cargo quedasen en su servicio el uno y
el otro.
Y antes que Su Alteza se partiese había enviado quince días
había su recámara adelante, al cabo de los cuales se partió de
Valladolid un día antes que amaneciese con gran llanto de la
Princesa y de la Infanta sus hermanas y de todas las damas. Y
vino á juntarse con su recámara en una villa tres leguas antes de
Nuestra Señora de Monserrate, casi al fin del mes de Septiem
bre, y de allí fué á Barcelona, donde estuvo algunos días ade-
rezando las cosas de su partida.
Y otro día después de partido Su Alteza murió D. García
de Toledo, hijo mayor del Duque de Alba, al, cual su padre al
tiempo de la partida con Su Alteza había dejado desahuciado
x\e los médicos, la cual .muerte fué muy sentida por la casa de
Toledo, por ser la primera aldabada que la fortuna daba á la
puerta del Duque.
Y en todo el tiempo que el, Príncipe D. Felipe estuvo en
España nunca el Príncipe Maximiliano ni la Princesa su mujer
qiiisieron firmar ni que se les consultase negocio alguno hasta
que fué embarcado. Y así para firmar las libranzas y consultas
de negocios se enviaban con negocios (sic) á Barcelona y á
Palamós y á Colibre, que son lugares del Principado de Ca-
taluña.
— 22S —
CAPITULO XXVI
Cómo- el Principe D. Felipe partió de la ciudad de Barcelona
y de allí fué á Castellón y á Rojas y á Colibre, puertos de
España, y á la villa de Perpiñán, y de allí pasando el golfo-
de Narbona fué á Aguas Muertas, lugar dé Francia, donde
estuvo algunos días por no hacerle tiempo para su viaje,
al cabo de los cuales se partió y llegó á la ciudad de Ge-
nova, pasando por cerca de Marsella y por Saoyta.
Después que el Príncipe D. Felipe hubo estado algunos días-
en la ciudad de Barcelona y hubiesen venido las galeras que
había Su Alteza de llevar y estuviesen todas las cosas nece-
sarias para su viaje proveídas, determinó de embarcarse, yendo
con el Cardenal de Trento y el Duque de Brauscuig y el Al-
mirante de Castilla y el Duque de Alba y el Duque de Sesa
y el Marqués de Astorga, sin muchos caballeros así de su casa
como otros de estos Reinos que por servirle fueron con Su Al-
teza en aquella jornada. Por manera que irían hasta 500 de á
caballo y sus mayordomos el Marqués de las Navas y el Conde-
de Olivares y D. Diego de Acevedo y Gutierre L,ópez de Pa-
dilla y el Marqués de Falces y el Conde de Jelves, gentiles-
hombres de Su Alteza, y cerca de ocho mil infantes.
Y el día que se embarcó dijo la misa cantada el CardenaF
de Trento, el cual después de haber dado su bendición á todos
y bendecido el estandarte Real se fué el Príncipe á embarcar
y se embarcó en la galera capitana, tirándose en aquel tiempo
mucha artillería de todas las galeras, las cuales serían hasta
cerca de 60, pocas más ó menos, entre las de España y Genova
y Ñapóles y Sicilia, todas llenas de estandartes y banderas de
seda de muchos colores que era cosa de ver, de las cuales era
Capitán general el Príncipe Andrea Doria.
Y partió la Armada de la playa de Barcelona á 20 días del
mes de Octubre y fué hasta Castellón, donde estuvo algunos
días por correr vientos contrarios á su viaje. Y de allí salió el
primero día de Noviembre, y aquel día llegó al puerto de Rosas
— 229 —
y le fué hecha gran salva, así del castillo como de las galeras
y navios de la Armada. Y en llegando Su Alteza al dicho puerto
desembarcó luego y fué á ver la fortaleza y mandó que se cum-
pliesen algunas faltas que en ella había. Y otro día se tornó á
-embarcar y fué aquella noche á Cadaqués, donde Su Alteza
-salió de la galera y cenó y durmió en tierra aquella noche. Y
otro día 3 de Noviembre partió de Cadaqués con la Armada
y fué á Portovenefe y saltó Su Alteza en tierra con la mayor
parte de señores y sé fué por tierra hasta Colibre, donde dur-
mió aquella noche y estuvo otro día siguiente hasta después de
medio día que se embarcó, habiendo firmado allí las Cortes que
se habían hecho en Valladolid y otras provisiones de los Reinos.
Y como saliese á la mar hasta 25 ó 30 millas queriéndose
engolfar tornó á volver viento contrario, pero fué necesario vol-
ver á Portovenere y á Colibre, donde durmió aquella noche
en la fortaleza. Y otro día determinó Su Alteza de ir á Perpi-
ñán mientras hacía tiempo para embarcarse.
Y fueron con su Alteza el Duque de Alba y el de Sesa y el
Almirante y el Marqués de Astorga y el de Pescara y el Mar-
qués de las Navas y el Conde de Olivares y D. Diego de Ace-
vedo y D. Antonio de Rojas, su camarero mayor, y el caballe-
rizo -mayor y otros señores y caballeros. Y llegado á Perpiñái.
fué muy bien recibido de los de la villa.
Y otro día volvió á Colibre, pasando por la ciudad de
Elma, donde le fué hecha muy gran salva de artillería. Y
estuvo Su Alteza en Colibre hasta nueve días que partió la Ar-
mada con razonable tiempo, y después de atravesado el golfa
de Narbona llegó la Armada á Aguas Muertas (que es Francia),
adonde después que el, Príncipe hubo cenado en la galera le
vino á visitar el Capitán Paniz acompañado de seis caballeros,
y ofreció á Su Alteza de parte del Conde de Villastes, Visorrey
de la provincia de Languedoc, todo lo que Su Alteza quisiese
Tnandar. Y el Príncipe le respondió con buenas palabras, agra-
deciéndole sus ofrecimientos. Y los de Aguas Muertas vinieron
á ofrecer á Su Alteza la villa, trayendo un presente de venados
y dos jabalíes y un toro montes, pero el Príncipe no quiso ir
.á la villa ni menos ningún señor de la Corte.
— 230 —
Y á 1 6 de Noviembre partió Su Alteza con toda la Armada
con muy buen tiempo, y llegó á una isla que se llamaba Las Po*-
medas de Marsella, que estaba muy cerca de la ciudad de Mar-
sella, donde Su Alteza salió en tierra y comió.. Y antes que ano-
checiese se volvió á la galera. Y llegó allí un caballero de parte
del Conde de Tienda con ciertos barcos cargados de manteni-
miento en que venían cinco costales de pan cocido reciente
blanco -muy bueno, 20 carneros muy hermosos, 30 frascos de
vino y cuatro cabrones y diversos pescados frescos y otras infi-
nitas cosas, las cuales Su Alteza recibió muy graciosamente y
dio á este caballero una cadena de oro que pesaba más de 200
ducados y roo escudos para cada, uno de los barqueros.
partió Sil Alteza de las Pomedas de Marsella á los 16 de
Noviembre á la una después de medio día, 3^ llegó con muy
buen tiempo á las islas de Heras á los 17 á las dos horas
después de medio* día, y saltó en tierra y cenó y se volvió á
la galera. Y á los 18 de Noviembre partió Su Alteza de las
dichas islas con la Armada á las tres horas de la mañana, y aun-
que hacía mal tiempo llegó al puerto Mano á las once horas
antes de medio día, y luego saltó en tierra, donde oyó misa y
se volvió á la galera.
Y á 20 de Noviembre llegó allí una nao que venía de Genova
cargada de bizcocho fresco que enviaba el Embajador Figueroa^
que residía en Genova por Su Majestad, para refrescar la Ar-
mada, donde 'venían ¡mil y setecientos quintales de bizcocho^
la cual nao fué muy bien recibida. Y el dicho día á las cinco
i '.oras de la tarde vino á visitar á Su Alteza monsieur de Blesis
y le trajo un presente muy bueno en que había una barca grande
cargada de pan fresco, vino, muchos .capones, perdices, grana-
das y otras muchas cosas, lo cual todo recibió Su Alteza con
¡mucho placer y dio 100 escudos á cada barquero que lo traían.
y al caballero que lo trajo dio muchas gracias.
Y el dicho día á las once horas de la noche la Armada toda
se hizo á la vela y navegó adelante. Y otro día que fueron
21 de Noviembre llegó á las tres horas de la tarde á la isla de
Santa Margarita, adonde Su Alteza saltó en tierra y cenó, y
luego se volvió á la galera. Y á 22 de este mes se partió antes
— 231 —
que amaneciese y el castillo de Niza hizo la salva con su arti-
llería y la galera imperial respondió, y andando la Armada
navegando salió á recibir á Su Alteza el Capitán Penge y á
besarle las manos de parte del Duque de Saboya, y le trajo
cuatro barcas cargadas de vitualla en que había jabalíes, vena-
dos, terneras, 30 carneros y 30 pipas de vino, mucho pan fresco,
uvas, cidras, limones, naranjas, capones, faisanes, perdices,
tórtolas, palomas, ansarones, lambazos, muchas empanadas de
diversas cosas de caza y domésticas, muchas avellanas, casta-
ñas, almendras, nueces, camuesas, peras, membrillos y una
arca llena de confitura, muchos repollos y otras muchas yerbas
y otras cosas, que cierto fué muy hermoso presente, y Su Al-
teza lo recibió con mucho placer y regocijo y mandó dar á
cada barquero 100 escudos. Y luego vino en otra barca á besar
las manos de Su Alteza el Prior de Piamonte.
Y estando en esto vino una fragata de Genova y en ella
unos gentileshombres de aquella ciudad á besar las manos á Su
Alteza y á visitarle de parte de la Señoría.
Este mismo día estando navegando haciendo lindo sol, el
tiempo muy claro y muy bueno se demudó y se volvió muy
malo, por donde la Armada pasó gran trabajo tres leguas. Y al-
gunas de las galeras que no eran tan buenas veleras hubieron
de recibir unas maromas de las otras para que las ayudasen á
llegar en salvo. Y así llegó la Armada al puerto de Araja á los
2: de Noviembre á medió día, y á los 23 salió la Armada de
Araja á las tres de la mañana con buen tiempo. Y el Marqués
de Final salió al camino para besar las manos á Su Alteza, y
antes que llegase con buen rato hizo muy gran salva con su
artillería, y después llegó á juntar con la galera y besó la mano
.'i Su Alteza, haciéndole muy grandes ^ofrecimientos. Su Alteza
lo recibió muy bien.
Y después de todo esto la Armada siguió su viaje, y el
mismo día á las tres horas de la tarde llegó á vista de Saona, la
cual hizo muy gran salva con gran número de piezas de artille-
ría y la galera imperial le respondió. Y después la Ar-mada se
llegó al puerto y ciudad de Saona y Su Alteza saltó en tierra
y fué á posar en casa de una señora que se llamaba Doña Be-
— 232 —
nedicta, que era alnada del Príncipe Doria, la cual hizo aquella
noche banquete á Su Alteza y á todos los señores y caballeros
que con él iban. Y casi al cabo de la cena llegó el Cardenal de
Coria y D. Hernando de Gonzaga á besar las manos á Su Al-
teza, los. cuales fueron muy bien recibidos.
Y después de haber cenado Su Alteza y todos los otros se
volvieron á las galeras, y á la mañana por causa que no hizo
buen tiempo tornó Su Alteza á saltar á tierra y se fué á casa
de esta señora, adonde oyó misa y comió. Y después paseó por
Ja ciudad, cenó y durmió esta noche en la misma casa. Y otro
día que fueron 25 de Noviembre Su Alteza se tornó á embar-
car y todos los otros que estaban en tierra.
Y andando navegando, estando ya cerca de Genova poco
más de una legua, una de las galeras de la Arañada en que
había parte de la recámara de ciertos señores de Kspaña, topó
en un peñasco que estaba cubierto, por causa del descuido del1
piloto y se abrió por medio. Y aunque la mayor parte de la
ropa se perdió, la gente toda que en ella iba se salvó.
Y así el mismo día todo lo demás de la Armada llegó á
salvamento á vista de Genova, la cual hizo tan gran salva 4e
artillería que parecía que toda la mar y tierra se quería hundir,
y las galeras hacían otro tanto con muchas banderas de seda
que tenían puestas por todas las gavias de diversas colores,
cosa vistosa.
Y así llegada la Armada cerca de la ciudad vino una barca
grande toda cubierta de paño de grana que tenían aparejada,
en la cual Su Alteza saltó desde la galera. Y luego vinieron á
recibirle los Príncipes de la Señoría de Genova y á besarle las
manos. Y así llegada la barca á tierra salió adonde estaba apa-
rejado un palio de brocado de plata muy rico. Y estaban allí
al recibimiento 200 soldados armados de punta en blanco y 40
Capitanes, todos vestidos de sedas sobre las armas y 200 hom-
bres ancianos, los principales de la ciudad, vestidos todos de
ropas largas de terciopelo, y todos los oficios y Magistrados de
la ciudad.
Y así entrando Su Alteza debajo del dicho palio, los 200
soldados la -mitad de una parte y la mitad de otra hicieron
— 233 —
c?.lle. Y visto por Su Alteza que su guarda se tardaba á desem-
barcar empezó á caminar por entre medias de aquellos soldados
y se fué derecho para el palacio del Príncipe Doria, acompañado
de todos los que arriba hemos dicho y de muchos señores y d^-
otro gran número de gentileshombres y gente noble de la
ciudad.
Este palacio del Príncipe Doria estaba fuera de la ciudad,
y en mitad del camino estaba hecho un arco triunfal á manera
de templo con muy linda invención de pinturas, entre las cua-
les estaban figuradas las virtudes imperiales y otras cosas muy
excelentes. Y así llegó Su Alteza á Palacio, donde estaba apa-
rejado de diversos aparatos, todos en gran manera vistosos, con
gran cantidad de invenciones, todos lindísimos. Y así entrando
Su Alteza en el palacio, los que le habían acompañado se fue-
ron para que Su Alteza pudiese descansar (aunque la mar no
le tenía ninguna cosa trabajado) , todavía se retrajo por algún
rato á reposar.
Y en todo este camino nunca dejó el Príncipe D. Felipe
cada día de oir misa y rezar sus oraciones y tener mucha con-
versación con todos los señores que iban en la Armada, jugando
algunos ratos con ellos v tomando otros pasatiempos alegres y
m
de gravedad.
Y estando Su Alteza descansando en el palacio del Príncipe
Doria, por causa que los de la ciudad pudiesen acabar los ade-
rezos para el recibimiento que se había de hacer en su entrada,
fué avisado cómo en la ciudad estaba un caballero español que
•muchos años había que había huido de la cárcel de la Canci-
llería de Yalladolid y estaba sentenciado á muerte por haber
cometido un grave delito. Y Su Alteza envió á rogar á la Se-
ñoría que le hiciese placer que encarcelasen á aquel caballero,
lo cual luego pusieron por obra, y fué puesto en una torre
hasta ver lo que Su Alteza mandaba.
Y por causa de querer sacar este preso para llevarlo á las
galeras sucedió en la ciudad un grande alboroto antes que Su
Alteza entrase en ella, el cual fué apaeiguado por los Carde-
nales de Trento, Coria, Cibo y Doria y otros muchos señores
y caballeros. Los cuales Cardenales (salvo el de Trento) habían
— 234 —
venido allí desde Roma á recibir al Príncipe. Y la ciudad envió
cuatro ciudadanos de los más principales á dar cuenta á Su
Alteza y disculpa de aquel alboroto. Y -le enviaron el preso á-
las galeras de España.
Y á la ciudad de Genova vinieron dos compañías de arcabu-
ceros de á caballo, cuyos Capitanes eran Aguilera y Vargas,
ios cuales había enviado el Emperador desde Alemania para que
acompañasen al Príncipe por todo el camino que había de ir.
Era cada compañía de ioo arcabuceros, todos muy prácticos
en la guerra.
Y cuando á Su Alteza le pareció que estarían acabados los
aderezos que se hacían para su entrada y que todo estaba á
punto, mandó que algunos grandes de su Corte dijesen que ya
estaba descansado y que haría la entrada cuando ellos quisiesen.
Y asimismo mandó dar las libreas que había mandado hacer
para sus criados en España, que eran de amarillo y blanco y
encarnado.
Y en la ciudad estaban aparejadas grandísimas invenciones
de cosas, así de arcos triunfales como de otro edificios y tea-
tros con ricos atavíos y versos latinos que aquí algunos de ellos
diremos en romance, todos apropiados á la gloria y triunfo del
Príncipe B. Felipe nuestro señor.
CAPÍTULO XXVII
Del muy solemne recibimiento que fué hecho al Príncipe en la
ciudad de Genova y los muchos arcos triunfales é invencio-
nes que allí hubo, y los banquetes y fiestas que á Su Alteza
fuefon hechos en la dicha ciudad.
Primeramente, á la puerta de la ciudad (que se decía la
Puerta de Santo Tomás) estaban puestos dos gigantes con al-
gunas muy lindas pinturas, y en cuadro estaban escritos dos
versos que decían :
Don Felipe, Príncipe grande, mucho se huelga con vuestra
venida Crénova y sus montes altos y aguas y sus edificios.
Y encima de la puerta de la dicha ciudad llamada la Puerta
de Vaca estaban pintadas dos mujeres de color de mármol en
semejanza de la Fe y de la Libertad, y estaban con sus brazos
tendidos la una hacia la otra y tenía atados los dedos pulgar
üe la una á la otra. Y encima de ellas estaba una granada
cerrada, que significaba la unión, y una cabeza de Jano que
tenía dos rostros. Y entre medias de ellos estaban dos versos
latinos que decían :
Entrad, hijo digno de tal padre, de César nunca vencido y
más alto que todos.
Y en otro cuadro estaban escritos otros dos versos que
decían :
El cielo se huelga con vuestra venida, la tierra de Dala os
produce flores, la diosa Doris se regocija con su regazo abierto.
Y junto á San Siró estaban hechos tres arcos triunfales que
tomaban gran trecho de aquella calle, y se juntaba el uno con
el otro. Y en la delantera del primero había cuatro columnas
de bultos grandes, pintadas de colores de diversos mármoles con
sus basas y chapiteles dorados, y encima de ellas estaban unos
gestos que parecía que estaban soplando y en el soplar echaban
muchas flores encima de aquellas columnas. Y en el friso ó
•moldura que estaba entre medias de estas columnas estaban
escritas ciertas palabras en latín, que decían :
A D. Felipe, hijo de Carlos Quinto, muy grande y siem-
pre augusto.
Y encima de las molduras y remates de los dichos árboles
estaban puestos de un lado Júpiter y del otro Febo. Y en medio
de ellos estaba puesto el Príncipe D. Felipe armado encima de
un caballo y encima de su eabecera estaba pintada la Victoria.
Y debajo del arco de una parte estaba pintada Italia y de la
otra la Señoría, que lo recibían y se holgaban con su venida.
Y debajo del arco que miraba hacia la calle que decían de
los Bancos del un lado estaban árboles de palmas y entre ellos
algunas doncellas que cortaban de aquéllos ramos y los subían
arriba, adonde estaba figurado Su Alteza. Y del otro lado esta-
ban laureles y junto á ellos la Virtud, la cual no contentándose
de aquellas ramas para hacer la corona del Príncipe arrebataba
- 236 —
del fruto de aquellos árboles y los andaba sembrando por los
triunfos. Y en la delantera del arco estaban en latín estas pa-
labras :
Otra esperanza de nuevo mundo.
Y encima estaba figurado Su Alteza á pie y cabe de él Pro-
moteo (que decían Dios del mar) , verdadero conocedor de los
profundos secretos de ella y de la tierra, el cual abrazando sus
dos columnas en Egipto les decía en latín estas palabras :
Que Su Alteza pasaría allende de éstas del río Ganges.
Y á los lados del dicho arco estaban dos ninfas con sendos
cuernos de copia en las manos, que significaban grande abun-
dancia de todas las cosas y bienes con el ayuda de Su Alteza.
Y al cabo estaba la Fama que parecía que se quería levantar
para volar con deseo de rodear al mundo para llevar por él el
nombre del Príncipe D. Felipe.
Y entre un arco y el otro había muy gran trecho, donde
estaban pintadas algunas hazañas de las señaladas del Empe-
rador D. Carlos. Y de la otra parte del arco que miraba hacia
Septentrión estaban figuradas Alemania y Hungría levantadas
en pie, haciendo semblante de estar muy gozosas y alegres, la
una por haber sido pocos años atrás alterada de Sultán Solimán,
Gran Turco ; la otra por verse librada de las manos de los do-
mésticos tiranos de aquella provincia, siendo reducida á las
ordenanzas y gobernación del Sacro Imperio. Y en el medio se
veía el río Al bis, el cual iba á entrar en la mar con su antigua
ferocidad, y encima venían gentes bárbaras que traían riquísi-
mos dones, y debajo estaban escritas estas palabras :
Eas gentes que venían á la parte del Norte os traían gran-
des dones.
Y de la otra parte hacia Mediodía estaba figurada África,
la cual por verse juzgada y tributaria la más noble parte de sí,
que es adonde había sido Cartago, se estaba echada con mucho
sosiego. Y hacia el Occidente estaba de la misma manera des-
nuda India, adonde por el favor del Emperador y con el se-
gundo favor del cielo habían pasado las gentes é insignias de
Cristo. Y entre medias de ellas estaba el río Nilo, que parecía
que con semblante de mucha alegría abría su regazo, y que
— 237 —
con todas sus vestiduras convidada y llamaba al Príncipe don
Felipe, diciendo que fuese para él con estas palabras en latín :
L,a tierra os es debida por los hados.
Encima y debajo de estas provincias estaban trofeos y des-
pojos con las armas de cada una de ellas. Y sobre todas estaba
la Majestad del Emperador sentada en una silla tribunal, glo-
riándose en su pensamiento con el fruto de sus inmortales tra-
bajos. Y su asiento estaba puesto encima de la puerta de un
gran templo, dando á entender que Su Majestad en todos sus
hechos siempre había tenido por principal intento y cuidado la
defensión del Reino de Dios y de la santa fe católica. Y junto
á la silla estaban estas palabras en latín, que decían :
De mi virtud y verdadero trabajo aprende.
Y al principio y entrada de las dos calles que estaban á los
cambios estaban puestos en alto algunos aparatos muy excelen-
tes con ciertos gigantes que sostenían en sus hombros dos muy
lindos cuadros. Y en el primero estaban escritas en latín estas
palabras :
Todos los pueblos de Amberes (sic) de alegría y placer en
verte.
Y en el otro :
Con la buena dicha de vuestro padre y con la vuestra las
tierras del río Ganges y las de Asia se os rendirán.
Y en la plaza de San Jorge estaba hecho un arco triunfal
en que estaba figurada la historia de este santo con dos versos
en cada lado, en los cuales se contenía que la ciudad de Ge-
nova rogaba á aquel bienaventurado santo acompañase al Prín-
cipe D. Felipe y le hiciese con su favor alcanzar mucha gloria
en los siglos venideros.
Y más adelante, en una plaza que dicen de los Justinianos,
estaba levantado otro arco triunfal en el cual estaba pintada
la guerra de Túnez, y en un lado estaban escritos unos versos
que decían :
Huélgate excelente Casa de Austria, no menor que la de
Cibeles. Gózate dichosa con tal padre y con tal hijo.
Y del otro lado del arco estaba pintada la prisión del Duque
de Sajonia, con un letrero en latín que decía :
— 238 —
Don Felipe, gran señor, imitad sólo á vuestro padre.
Y la Iglesia Mayor, que se decía San Lorenzo, adonde Su
Alteza había de ir derecho el día de la entrada, estaba adornada
de riquísimos ornamentos cuanto era posible. Y en el medio
de ella estaban puestas las armas de Su Alteza, con un letrero
en latín que decía estas palabras:
Venid, buen Príncipe, y sea vuestra venida dichosa y buena
para vos y para nosotros y para la Italia.
Y junto al coro estaban puestas las armas imperiales con
estas palabras siguientes en latín :
Su Majestad pasará más adelante de los ríos de Ganges y
Eufrates y á vía que no pasó Alejandro, y que pasado el mar
Océano, que no lo pasó Hércules, y ha sojuzgado más adelante.
Y pues habernos contado todo el aparato artificial que se
hizo en la ciudad de Genova para la entrada y triunfo del Prín-
cipe D. Felipe desde el palacio del Príncipe Doria, donde Su
Alteza estaba aposentado hasta la Iglesia Mayor de la dicha
ciudad, contaremos ahora en suma las cosas notables que pasa-
ron en la entrada de Su Alteza.
Su Alteza entró en la ciudad de Genova á los S de Diciem-
bre de este año, y todas las calles desde el palacio hasta la
Iglesia Mayor estaban emparamentadas del un lado y del otro
de muy rica tapicería y alfombradas de seda. Y todas las ven-
tanas que eran muy muchas por ser las casas muy altas estaban
muy llenas de muy hermosas mujeres, todas muy ataviadas de
oro, seda, perlas y otras preciosas piedras, y se sentía salir de
todas aquellas casas suavísimo olor de excelentes perfumes.
Delante de Su Alteza iba gran número de señores y caba-
lleros así de España como de Italia y de otras partidas, todos
de dos en dos y también aderezados de atavíos cuanto era po-
sible, así de sus personas como de sus muy hermosos caballos.
Después había delante de Su Alteza 400 alabarderos á pie,
los 200 eran españoles é iban á la mano derecha y los otros 200'
eran alemanes é iban á la izquierda, y todos vestidos de ama-
rillo con las guarniciones blancas bordadas por encima con seda
encarnada y oro fino, que cierto era muy gentil vista.
Y adelante de Su Alteza v en medio de aquellos alabarderos
— 239 —
iba una gran ringlera de pajes muy bien concertados y vestidos
de la misma librea, y todos con las gorras en las manos. Des-
pués venía Su Alteza con un semblante y denuedo muy singu-
lar, mostrando en todo la realeza de su presencia semejar al
altísimo valor paterno. Luego cabe él venían los cuatro Carde-
nales ya dichos, los dos del un lado y los dos del otro, y des-
pués venía atrás grandísimo número de gente noble y caba-
lleros. Y todos los que iban adelante y atrás parecía que no
cabían de placer y alegría en sí, y no menos los ciudadanos.
Y andando Su Alteza muy despacio mirando á un cabo y á
otro todas' las particularidades ya dichas, llegó á la Iglesia de
la plaza, de la cual estaba muy guardada de ciertos Capitanes
que estaban repartidos á las bocas de las calles para que en la
dicha plaza no pudiese entrar ninguna gente plebeya á dar
fastidio ó embarazo á los que habían de entrar en la iglesia
y en ella.
Y así llegado Su Alteza á las gradas se apeó, y luego fué
recibido del Príncipe Doria y de otros muchos señores y de los
sacerdotes de aquel templo con muy graciosas ceremonias. Y
entrando hasta cerca el Altar Mayor, le cantó misa un Obispo
principal, la cual Su Alteza oyó con mucha reverencia y aten-
ción. Y acabada la misa se entró en un sagrario con muchos
señores principales, adonde Su Alteza con todos los demás se
hincó de rodillas y les fué mostrado el Santo Brial, en el cual
Su Alteza miró con gran devoción y acatamiento, dando mu-
chas gracias á Nuestro Señor de ver cosa tan excelente y tan
divina.
Este Santo Brial es' un plato á manera de un barreñón, en
ei cual Nuestro Señor Jesucristo cenó el jueves de la cena. Y
luego se tornó divina y misteriosamente de un color que no
hay en el mundo esmeralda por perfectísima que sea que se le
pueda comparar.
Y Su Alteza muy contento de haber visto tan alta reliquia
(siendo ya las dos horas de la tarde ó .más) se volvió por las
calles por donde había ido hasta llegar á palacio. Y ni á la ida
ni á la vuelta nunca quitó la gorra á ninguna de las mujeres
que le estaban á ver pasar, por causa que un Cardenal le había
— 240 —
dicho que no se usaba en aquella ciudad quitar la gorra á las
mujeres.
Y á 10 de Diciembre Su Alteza anduvo cabalgando por la
ciudad y fué á ver toda la cerca de ella, la cual le pareció muy
bien. Y después paseándose por la ciudad, habiendo sido infor-
mado que las mujeres estaban quejosas pareciéndoles que Su
. Alteza hacía poco caso de ellas, las -miraba con muy graciosos
meneos y dulces semblantes con señal, de mucho amor, qui-
tando la gorra á todas las que le parecía que lo merecían. Por
manera que toda la ciudad pareció tan llena de contentamiento
«
y de gozo que era cosa de maravilla verlo.
En todo el discurso de tiempo que estuvo Su Alteza en Ge-
nova, que fueron diez y seis días, hubo en la ciudad muchos
banquetes muy grandes y solemnes que hicieron ciudadanos
particulares, así á los grandes de España como á otros señores y
personas nobles que había en la Corte, entre los cuales banque-
tes hubo uno que hizo un ciudadano á todos los señores y ca-
balleros, que fueron 52 á la mesa y 31 damas muy hermosas,
que eran mujeres de personas principales de la ciudad, el cual
banquete costaría obra de mil ducados, y no hubo en él ningún
género de carne doméstica, sino todo montesino y caza de aves
bravas de todas las maneras que se pudo imaginar. Hubo mu-
chas maneras de músicas muy excelentes, y á la postre un
juego de primera que no se podía sacar menos de 300 escudos
de resto, y no se podía envidar ni tener menos de 40 escudos,
y hubo persona de los que jugaron que ganó 15.000 escudos.
De los otros banquetes no tocaremos cosa alguna por excusar
prolijidad ; baste que fueron muchos y grandes.
Estando }^a Su Alteza con toda su Corte para Milán de
partida, todos los señores así de España como de otras partes
hicieron muy grandes dádivas á sus huéspedes y huéspedas.
Y el Almirante de Castilla empresentó un caballo jinete á su
huésped que era el más hermoso que había en la Corte, en-
jaezado y ataviado de bordaduras de oro y plata y piedras
muy ricas que valía más de 1.500 ducados, que fué buen pre-
sente.
A los 11 de Diciembre, habiendo Su Alteza recibido aquel
— 241 —
triunfo, se partió camino de Milán con su Corte, despidiéndose
así del Príncipe Andrea Doria, como de otras personas que allí
quedaron. Y al Príncipe Andrea Doria dio Su Alteza un joyel
de gran valor y otra joya á la Princesa Doria muy rica y otra
á la mujer de Juanetín Doria. Y se fué á Gabi y desde allí á
la ciudad de Alejandría y á Tortona y á Hunguera, y de allí
á la ciudad de Pavía y á Pinarascol ; por todas las cuales ciu-
dades y lugares hicieron á Su Alteza recibimientos (aunque no
muy ricos por causas de su pobreza con las guerras pasadas) .
CAPITULO XXVIII
Cómo fué hecho al Príncipe D. Felipe un solemnísimo recibi-
miento en la ciudad de Milán, de muchos arcos triunfales
con muchas y muy sutiles letras é invenciones. Y los seño-
res y caballeros que acompañaron á Su Alteza. Y los muy
ricos vestidos y libreas que sacaron. Y otras cosas que allí
acontecieron.
A los 19 días del mes de Diciembre llegó Su Alteza con
toda su Corte á la ciudad de Milán, la cual tenía aparejado muy
gran recibimiento, así de muchos arcos triunfales como de otros
edificios y diferentes invenciones de las cuales diremos junta-
mente con la entrada de Su Alteza en la dicha ciudad.
Primeramente á la puerta por donde Su Alteza había de
entrar, que se llamaba la Puerta Tesinera, estaba hecha una
puente de madera muy grande con muy sutil artificio, la cual
era de largo 150 brazas (que cada braza de aquella tierra es
tres cuartas de ésta) , encima de la cual estaban puestas ocho
imágenes de bulto en forma de mujeres vestidas y aderezadas
de blanco. Y era cada una de ellas de estatura de seis varas
en alto; y las cuatro estaban sobre el antepecho del un lado
de la puente y las otras cuatro encima del otro. S:gnificaban
las ocho ciudades principales que tenía el Estado de Milán.
La primera era la misma ciudad, que tenía en la mano una
corona y un cetro y dos llaves, y después todas las otras siete
ífi
— 242 —
tenían su señal en la mano, como eran Cremona, Lodi, No-
vara, Pavía, Corno, Alejandría y Torona.
Y en mitad de la dicha puente estaba hecho un arco triun-
fal de alto de ii varas y más de 20 de ancho. Y la puerta era
20 varas en alto, sobre la cual estaba un letrero en latín que
decía estas palabras :
Felipe, Príncipe muy alto, en el cual resplandece la virtud
de tu padre Carlos Quinto, Emperador Augusto. La ciudad
de Milán, muy alegre, te promete fe duradera para siempre
y te anuncia esperanza de buena dicha.
Y á un lado de este letrero estaba un cuadro grande en que
estaba figurado el nacimiento de Su Alteza. Y del otro estaba
figurado cuando fué jurado por Príncipe de España. Y encirra
de todo estaban las armas de Su Alteza imperiales, y debajo las
de la ciudad y las de D. Hernando de Gonzaga. Y del otro
lado del . arco que miraba hacia la iglesia de Santo Eustor-
gio estaba un letrero en latín que decía estas palabras :
A vosotros os es concedido (aunque la fortuna no quiera)
vencer todas las cosas dificultosas, y de esto no nos habernos
de maravillar, porque el ánimo piadoso y bueno atrae á sí la
gracia divina.
Y á los lados de este letrero estaban puestos dos cuadros
grandes en que estaba figurado en el uno cómo el Emperador
estaba coronando al Príncipe, y en el otro cuando Su Alteza
se embarcó para venir en Italia.
Y llegado Su Alteza á esta puente á las cuatro horas de la
tarde adonde le había salido á recibir el Senado de Milán con
muy gran compañía, todos muy bien ataviados. Y César Gon-
zaga, hijo mayor de D. Hernando Gonzaga, acompañado de
12 caballeros, que eran todos Condes, vestidos de terciopelo
carmesí bordado de oro, con mucha pedrería y grandes cade-
nas y otros atavíos mu}^ ricos, los cuales tocios después acom-
pañaron á Su Alteza sirviéndole de mozos de espuelas.
Y también había salido al recibimiento Mucio Eí-forza con
150 mancebos milaneses de los principales de la ciudad, ves-
tidos todos de terciopelo blanco y raso blanco con forros de
tela de plata, y todo bordado de hilo de oro. Y cada uno de
— 243 —
ellos traía en la mano un hacha de hierro dorada y sin celada,
con la mitad del astil cubierto de terciopelo blanco. Y tra>
éstos vinieron en dos colegios todos los letrados de la ciudad
y otro gran número de la gente noble.
Y así fué recibido Su Alteza pasando por la puente, y
delante de sí iba su guarda que eran 300 arcabuceros de á
caballo, todos vestidos con sayos de terciopelo amarillo con
guarniciones blancas bordadas de oro y encarnado. Y luego
tras esta guardia venían tres Capitanes de caballos ligeros de
á 50 cada una. La primera del Capitán Federico Garín, el cual
iba vestido de muy rico brocado y su gente de terciopelo con
la una manga de librea de negro y amarillo. La segunda era
del Conde Cay aro ; la librea era una manga negra y blanca.
La tercera del Sr. Fluminio, con una manga naranjada y ne-
gra. Tras éstos venían 20 pajes vestidos de libreas de Su Al-
teza, caballeros encima de 20 caballos, jinetes muy hermosos.
Y después venían más de 150 caballeros de la casa de Su Al-
teza. Y tras ellos los Senadores, Magistrados y otras preeminen-
cias de la ciudad. Y luego tras ellos el Príncipe de Arco] i,
Marqués de Pescara, Marqués de Sarona y el Sr. Hernando
Castalio, todos vestidos de terciopelo carmesí bordado de oro.
Tras éstos iba la guardia de Su Alteza y los alabarderos,
todos vestidos de la librea. Y después iban muchos señores
así de España como de Italia y otras partes, como eran el
Almirante de Castilla, Duque de Alba, Duque de Sesa, Mar-
qués de Astorga, Conde de Luna, Marqués de las Navas, Conde
de Olivares, D. Hernando de Gonzaga, Marqués de Mello y
otros muchos señores principales. Y luego Su Alteza encima
de un hermoso caballo morcillo con las guarniciones doradas,
con un sayo de terciopelo pardo bordado extremadamente de
oro y un chapeo del mismo terciopelo con una pluma blanca.
Y á su mano derecha iba el Cardenal de Trento y á la iz-
quierda el Duque de Saboya. Y á pie iba de un lado D. César
Gonzaga con los 12 Condes (ya dichos) y del otro lado iba
D. Andrea de Gonzaga, hijo segundo de D. Hernando de Gon-
zaga, con 14 caballeros los más principales de la ciudad, ves-
tidos todos con jubones y calzas de terciopelo carmesí y bordado
— 244 —
todo de hilo de oro, y encima unas ropas del mismo terciopelo
hasta las rodillas, forradas todas de tela de oro.
Todos estos que dicho tengo habían venido en muy hermo-
sos caballos guarnecidos de terciopelo carmesí y oro. Y llega-
dos donde Su Alteza estaba, se apearon é hincaron de rodillas
y luego se pusieron á sus lados. Detrás de Su Alteza iban di-
versos Embajadores y entre ellos el de Venecia y Florencia.
Luego después venían cinco capitanías de hombres de armas
todos vestidos de terciopelo, oro y brocado. Traía cada capi-
tanía muy rico estandarte. Los Capitanes eran Alejandro de
Gonzaga, D. Francisco de Diamonte, el Conde de Somara, don
Raimundo de Cardona y el Conde Felipe Tornelio ; todos ade-
rezados de brocado, oro, seda y perlas y otras pedrerías.
Y con esta orden que hemos dicho comenzó Su Alteza á
caminar hacia la ciudad, y llegado á la puerta de ella tocaron
grandísimo número de trompetas, atabales, chirimías, sacabu-
ches, dulzainas, atambores y otras muchas diferencias de sona-
jes. Y el castillo comenzó á descargar tantos tiros de artillería
que no parecía sino que todo el mundo se quería hundir, y el
aire estaba lleno de humo de fuego que salía del castillo. De
manera que el estruendo fué tan grande y el regocijo tan cre-
cido que no se oían los hombres hablar unos á otros. Y la alegía
que tenía la gente común era tal que no parecía sino que cada
uno había de salvar su ánima con la venida del Príncipe.
Y en llegando á la puerta de la ciudad que sería de alto
de 30 varas y otras 30 de ancho y una puerta de hasta ocho
varas, y encima de ella estaban las armas de Su Alteza con
un letrero en latín que decía :
Tu diestra muy poderosa y ánimo invencible y saber con
el ejemplo de tu muy alto padre, te abrirá la puerta y entrada
á todo lo que conviniere para la honra y gloria de tu nombre.
Y yendo Su Alteza un poco más adelante estaban hechos
otros dos arcos triunfales con sus armas y muy lindas pinturas.
Y pasando debajo de ellos y yendo poco más adelante estaban
otros dos arcos triunfales, y encima del uno estaba una águila
muy grande y á los lados tenía dos bolas muy grandes que
echaban fuego, y estaban al pie de ellas dos figuras de bulto
— 245 —
tendidas y tenían en las manos dos cuernos llenos de frutas,
flores y espigas de trigo, que llaman cuerno de copia ó abun-
dancia. Y desde este arco al otro estaba todo el cielo cubierto
de tela azul llena de estrellas de oro. Y encima de los arcos
estaban las armas imperiales con las dos columnas y con el
mote de Plus ultra.
Y desde este arco hasta la plaza estaba toda la calle cu-
bierta de sargas blancas de Anacoste, y toda la calle estaba
ataviada de una parte y otra de muchas riquezas, las ventanas
con muy hermosas mujeres y muy bien aderezadas de oro,
seda, perlas y de otras joyas y de muy ricos atavíos. Y más
adelante donde estaba la pescadería estaba hecho otro arco
triunfal muy hermoso con cuatro columnas ceñidas con unas
hojas como de parra. Eran casi de 14 varas en alto. Y á los
lados del arco estaban unas muí eres que tañían unas trom-
petas. Y encima de él estaba una cabeza de un león que tra-
baba de las armas de la ciudad. Y debajo de todo esto estaba
un rótulo en latín que decía estas palabras :
Entre todas las generaciones de los Césares la tuya es la
más dichosa. La religión cristiana se regocija, porque tú has
de poner término y fines en lo último de la tierra.
Y encima de este arco había un edificio que le tenían dos
figuras á cuestas y á los dos lados estaban otras dos figuras
de la Fama que tenían en la una mano una trompeta y en la
otra una palma. Y en las alas del arco estaban cuatro figuras :
la primera tenía en las manos un mundo y debajo de los pies
dos hombres vestidos á la turquesa á manera de sojuzgados,
y encima de la cabeza tenían dos niños que le tenían una co-
rona, y al lado segundo estaba una figura sobre un trofeo, y
frontero de ésta estaba otra que tenía una corona en la cabeza
y un cetro en la mano, y estaba asentada debajo de un pabe-
llón, y frontero de ella estaba la otra que tenía vestidas unas
corazas y debajo de los pies un almete. Y todas estas figuras
tenían cada una su rótulo en latín. La primera tenía el suyo
que decía : Carlos V Emperador, Rey de Romanos. La segunda,
Maximiliano, Emperador de Romanos. Y la tercera, Felipe,
Rey de España. La cuarta, Fernando, Rey de Romanos.
— 246 —
Y de la otra parte del arco estaban otras figuras : la pri-
mera tenía un cetro en la mano y debajo de los pies diferentes
gentes sojuzgadas de ellos pidiendo misericordia y encima
estaba escrito: Felipe, Príncipe de España, hijo del Empera-
dor Don Carlos Quinto. Y debajo de la otra figura estaba es-
crito : Federico, Tercero Emperador Romano. Y debajo de la
otra : Maximiliano, hijo primogénito de D. Hernando, Rey de
Romanos, Archiduque de Austria. Y debajo de la otra estaba
escrito : Alberto Quinto, Emperador de los Romanos. Y en este
arco había otras muchas figuras y letreros que se dejan por
evitar prolijidad.
Pasó Su Alteza debajo de este arco y fué á la Iglesia Ma-
yor que llaman el Domo acompañado de toda la caballería que
hemos dicho. Y en la delantera de la iglesia estaba hecha una
muy linda arquitectura, y á la puerta estaban dos grandes
columnas enc'ma de dos leones de bulto, y á la mano derecha
estaba Judit con la cabeza de Holofernes en la mano izquierda
y en la derecha la espada. Y en la mano izquierda estaba Da-
vid con la cabeza de Goliat debajo de los pies, y encima de él
estaba figurada la figura de Josué cuando hizo parar el sol, y
la historia de Nabucodonosor cuando comía con las best:as.
Y del otro lado, encima de Judit, estaba figurado cuando por
mandado de Dios el ángel mató en una noche tanto número
de gente del ejército de Senaquerif.
Y en medio de la delantera de la iglesia estaba un letrero
en latín que decía :
La Iglesia muy alegre, después que por el muy Alto Em-
perador fué reparada la libertad cristiana y destruidos todos
los errores, recibe muy alegre á Felipe su hijo como piadoso ;
con el cual gran Capitán siendo él el que la defiende tiene
esperanza que cualquiera dote ó don le será prometido muy
dichoso y grande.
Y sobre este letrero estaba la figura del mundo y sobre él
las armas imperiales.
Y porque era ya noche cuando Su Alteza se apeó á la
puerta de la Iglesia Mayor y ya había en la plaza de ella más
de i .000 hachas encendidas ; y apeado Su Alteza salió la clere-
__ 247 —
cia á recibirlo hasta la puerta de la Iglesia. Y entrando dentro
hubo grandísima música de ministriles y muy gran cantidad de
buenos cantores. Estaba la iglesia más clara que si fuera medio
día por las muchas hachas que en ella había. Y Su Alteza
se fué al altar mayor donde le dijeron las oraciones y ceremo-
nias que á los tales principales se suelen hacer. Y después que
. hubo rezado se fué hacia palacio con mucha mayor compañía
de la que hemos contado.
Y á la puerta de palacio estaba hecho un arco triunfal muy
suntuoso, tenía de alto obra de 35 brazas y de ancho más de 20.
Y encima había un letrero en latín que decía :
Tú que eres el dador y causa de este regocijo público y
común, alégrate y regocíjate con gozo común las honras y en-
salzamientos divinos y nunca perecederos. Permite y ten por
bien que te sean guardados para cuando des la vuelta, y des-
pués de vencidos los enemigos tomes el triunfo de haber puesto
en paz toda la tierra.
Y encima estaban las armas imperiales y á un lado la Jus-
ticia y al otro la Templanza y Fortaleza y Prudencia. Y en
medio de ellas estaba figurado Su Alteza con la corona puesta
en la cabeza y un cetro en la una mano y en la otra una es-
pada. Y en cada esquina del dicho arco estaban dos muy gran-
des columnas, y entre ellas y la puerta del arco estaba del un
lado el Dios Marte de bulto y del otro lado una estatua de
Mercurio. Y otras muchas invenciones que dejo de decir por
no ser prolijo.
Y Su Alteza entró en el palacio á una hora de la noche y
¡se entró en su aposento á descansar, y cada uno de los demás
«e fueron á sus posadas y casas. Y Su Alteza quedó muy con-
tento y satisfecho del gran triunfo que se le había hecho, con
que toda la Corte se regocijó y tuvieron por cierto que nunca
tal recibimiento se había hecho.
Y á los 27 de Diciembre fué el Príncipe á comer en el
castillo de Milán. Y después de haber comido se paseó por
el dicho castillo y quiso verlo con todos los secretos de él y
toda la artillería, munición y bastimentos que en él había, y
se holgó mucho de ver tan inexpugnable fuerza.
— 248 —
Y saliendo del castillo, que serían á las dos horas de la
tarde, le estaba aparejado un torneo de á caballo de dos libreas,
el cual aunque fué breve fué cosa muy brava el encuentro. Por
manera que murieron dos caballos.
Y á los 30 de Diciembre se recitó en el palacio una come-
dia delante de Su Alteza y de todos los grandes y caballeros
de la Corte, la cual fué juzgada por la mejor que nunca se
había hecho así en el aparato como en los pasos é invenciones
y otras cosas que en ella hubo. Por manera que Su Alteza y
toda la Corte quedó con mucho gozo y contentamiento de cosa
tan buena.
Y otro día siguiente se hizo en palacio un torneo de á pie
bravísimo,, porque todos los que en él entraron eran soldados
fuertes y esforzados que fué cosa extremada de ver, y Su
Alteza quedó de él muy satisfecho.
Y esto que dicho habernos fué lo que aconteció á Su Al-
teza en el -año de 1548. Y en el año siguiente de 1549 diremos
lo demás.
Fué cierto este recibimiento vistoso y costoso por las di-
versidades muchas que en él hubo así de arcos como letras,
muy loado de todos los señores y caballeros de la Corte de
Su Alteza.
CAPITULO XXIX
Cómo el Príncipe Maximiliano y la Princesa Doña María su
mujer quedaron por Gobernadores de estos Reinos por el
poder que Su Majestad envió á Sus Altezas, juntamente con
cierta instrucción y orden que habían de tener acerca de la
expedición de los oficios y otras cosas, y la orden que ha-
bían de tener acerca de la gobernación de la justicia.
Dicho habenws cómo después de partido el Príncipe don
Felipe de la villa de Valladolid, quedaron en ella y en su
misma posada (que era las casas del Conde de Benavente) el
Príncipe Maximiliano y la Princesa Doña María su mujer ; á
— 249 —
los cuales Su Majestad había enviado poder general desde la
ciudad de Augusta en Alemania para que juntamente tuviesen
la gobernación y administración de aquestos Reinos y Señoríos
de Castilla, y pudiesen proveer en ellos durante su ausencia
todo aquello que él podría hacer y proveer estando presente,
sin exceptuar ni reservar cosa alguna para sí. Pero no obs-
tante esto envió á Sus Altezas una instrucción, encargándoles
que guardasen cierta orden acerca de la provisión de los oficios
y otras cosas, entre las cuales fué que la expedición de las cosas
ordinarias que se habían de despachar por Cámara se guardase
lo que se acostumbraba á hacer y Su Majestad hacía. Y espe-
cialmente encomendaba á Sus Altezas que no despachasen le-
gitimaciones de hijos de clérigos ni habilitaciones para usar
oficios ni facultades para hacer mayorazgos.
Y que no hiciesen merced ni gracia ni donación ni enaje-
nación á ningunos de sus vasallos ó jurisdicciones, rentas, pe-
chos ni derechos ni otra cosa perteneciente á su corona Real,
y que proveyesen todos los oficios de Consejos y de Justicia
que vacasen en su Corte y en las Cancillerías y Galicia y los
grados de Sevilla y Canarias con parecer del muy reverendo
Arzobispo de Sevilla. Y que no habiendo inconveniente en la
dilación, tendría Su Majestad por bien se le consultasen á ló-
menos los oficios de Consejo y las Cancillerías enviando su
parecer sobre ello, y que tuviesen por bien de no dar expec-
tativas ni proveer oficio de hacienda ni asiento en la Casa Real
en cualquiera manera que fuese por vacación ni renunciación,
sin consultaido con Su Majestad.
Y que proveyesen todos los oficiis por vacación y renun-
ciación y elección del Reino y de las Cancillerías. Fero porque
muchos caballeros de estos Reinos le estaban sirviendo en aque-
llas partes donde él estaba y era justo que hubiese algo en que
gratificarles y hacerles mercedes, recibiría mucho placer pro-
veyesen las Escribanías del Reino de 50.000 maravedíes abajo,
y las desde arriba se las remitiesen para que Su Majestad las
proveyese.
Y asimismo los otros oficios que vacasen en las ciudades de
Sevilla, Granada, Córdoba, Toledo, Burgos, Valladolid, Segó-
— 250 —
via, Salamanca, Jaén, para que Su Majestad hiciese merced
de ellos á quien le pareciese.
Y en las cosas que vacasen de la Iglesia, quitados Arzobis-
pados y Obispados que Su Majestad había de proveer, recibi-
TÍa placer que le remitiesen algunas piezas principales para que
él pudiese hacer merced de ellas á los que le estaban sirviendo.
Y que tenía por bien que no se proveyese ningún oficio
acrecentado en el Reino, ni hidalguías, caballerizas, naturale-
zas (como Su Majestad lo hacía) , por ser gran perjuicio del
Reino.
Y que proveyesen los oficios que vacasen en las Indias, así
de Justicia como de otros, mirando que los de la hacienda los
diesen á personas ele confianza y habilidad, no interviniendo
dineros, y. que solamente dejasen para que proveyese Su Ma-
jestad los oficios de fundidor, marcador y Escribano de juz-
gado y algunas de las gobernaciones que les pareciese.
Y asimismo envió á Sus Altezas cierta orden que mandasen
guardar en lo de la gobernación de los Reinos de Castilla, en-
cargándoles mucho tuviesen especial cuidado de la administra-
ción de justicia, y en las cosas que en ella tocasen no tuviesen
respeto á persona ni á suplicación de nadie. Y que tuviesen
las consultas ordinarias del Consejo los viernes de cada semana
y estuviesen Sus Altezas en ellos solos sin dar lugar que estu-
viesen otras personas sino las del Consejo.
Y porque en su ausencia de estos Reinos sucederían cosas
de las que Su Majestad solía tratar con los del Consejo que
decían del Estado, señalaba para ello al muy reverendo Arzo-
bispo de Sevilla y al Marqués de Mondéjar y á Juan Vázquez
de Molina su Secretario. Y que cuando tales cosas se ofreciesen
tuviesen cuidado de hacerlos llamar para comunicarlas y tratar
con ellos y proveyesen con su parecer lo que conviniese, y
mandasen se tuviese especial cuidado de las provisiones de las
fronteras para que estuviesen con el recaudo que convin ese,
y la gente de las guardas estuviese en la mejor orden y mejor
á caballo y armados que ser pudiese.
Y mirasen mucho Sus Altezas que las personas que se hu-
biesen de proveer para algunos cargos, fuera de los de Justicia,
— 251 —
fuesen las que conviniesen, tomando parecer de los Consejos
y personas que viesen que era mejor.
Y para la expedición de la Cámara señalaba Su Majestad
al Licenciado Galarza y al Licenciado Hernando de Montalvo,
de su Consejo, los cuales comunicarían con el reverendo Ar-
zobispo de Sevilla lo que había de calidad. Y para el despacho
de los dichos negocios de la Cámara y de los otros que con Su
Majestad se solían entender y despachar, mandaba que los
despachase Juan Vázquezz de Molina su Secretario y los- hiciese
y refrendase.
Y asimismo envió á encargar á Sus Altezas mandasen que
los Contadores mayores y los del Consejo de Indias, Ordenes
c Inquisición y Contadores de cuentas hiciesen sus Consejos y
audiencias y despachasen lo que se ofreciese como lo acos-
tumbraban, y cuando conviniese les consultasen lo que fuese
menester.
Y que los oficicios de corregimientos y otros de Justicia del
Reino los proveyesen consultándolos con el Presidente y se-
ñalándolos él; consultándolos con Su Majestad si les pareciese
los oficios principales, y mandasen que las cartas y provisiones
y cédulas que hubiesen de firmar de cualquier calidad que
fuesen se señalasen de los del Consejo y personas que para
ello estaban diputadas.
Y asimismo mandasen que las cartas, provisiones y cédulas
que señalasen los Contadores mayores de cuentas que los tra-
jesen á firmar al dicho Secretario Juan Vázquez y él las des-
pachase y refrendase y no otro alguno, por que acerca de ello
hiciese lo que le estaba mandado. Y todo lo que despachasen
en el Consejo de Indias que se hubiese de firmar por ellos lo
hubiese de despachar y refrendar el Secretario Juan de Samano.
Y 'con esta orden comenzaron el Príncipe Maximiliano y
la Princesa Doña María su mujer á gobernar y por virtud del
dicho poder de Su Majestad y firmaban en todas las cartas y
provisiones juntos; el Príncipe firmaba sólo: ((Maximiliano»;
y la Princesa : ((La Princesa», aunque después de algunos días
que el Rey de Romanos hizo al Príncipe Maximiliano su hijo
Rey de Bohemia, nunca más la Princesa firmó «La Princesa»,
— 252 —
sino «La Reina», y el Príncipe nunca dejó de firmar ((Maximi-
liano)), como solía, porque pareció que no siendo Rey de Cas-
tilla ni Príncipe de ella no se había de llamar en la firma Rey
ni Príncipe. Y los Secretarios al pie de las provisiones cuando
refrendaban decían : Por mandado de Su Majestad, Sus Al-
tezas en su nombre. Los cuales como supiesen de cierto que
el Príncipe D. Felipe había llegado en Italia mandaron hacer
en la villa de Valladolid una procesión general de alegrías
sobre ello, la cual fué desde la Iglesia Mayor al Monasterio de
San Pablo. Fueron en ella el Príncipe Maximiliano y la Prin-
cesa Doña María su mujer y la Infanta Doña Juana con sus
damas y los grandes que en la Corte se hallaron y los Conse-
jos y oficiales de la Casa Real y todos los demás.
Y á la entrada de la iglesia hubo alguna diferencia sobre
quién diría la misa, porque los frailes pretendían que pues
venía la procesión á su casa la habían de decir ellos, y el Ca-
bildo de la Iglesia Mayor decía otro tanto, pues venía la pro-
cesión de su iglesia (que era la principal de aquella villa) , y
los de ía capilla del Re}^ pretendían que pues venían allí los
Príncipes no la habían de decir otros sino ellos (como era de
costumbre) . Lo cual como fuese consultado á Sus Altezas
mandaron que la dijesen los de su capilla. Y predicó este día
Fray Tomás de Juara, fraile dominico, el cual trató sobre la
liegada del Príncipe D. Felipe en Italia (por qué se hacían
las alegrías) y sobre la victoria del Emperador contra Gon-
zalo Pizarro en las Indias, porque había cuatro ó cinco días
que había venido la nueva, y sobre la salud del Príncipe Maxi-
miliano, que había ocho ó diez días que le habían quitado
las cuartanas.
Y después de ido el Príncipe D. Felipe fué el Príncipe
Maximiliano á ver á su abuela la Reina Doña Juana á Tor-
desillas'dos veces, y la otra con la Princesa su mujer y con la
Infanta Doña Juana su cuñada. Y la Reina se holgó en extrema
manera con el nieto más que con ninguno de los otros nietos
ni hijos.
253
CAPITULO XXX
De las cosas que acontecieron en el año de 1549. Primeramente
las fiestas que D. Hernando de Gonzaga, Capitán general
del Emperador en Italia, hizo en Milán al Príncipe D. Fe-
lipe, y en el desposorio de su hija con el hijo de Ascanio
Colona. Y cómo Su Alteza partió de Milán para la ciudad
de Mantua, donde el Duque y Cardenal su- tío y*el Duque de
Ferrara le hicieron muchas fiestas y regocijos.
En fin del año pasado dejamos dicho el gran recibimiento
que se le hizo al Príncipe en la ciudad de Milán y cómo Su
Alteza había ido á ver el castillo, y de unos torneos y farsa
que se le habían hecho.
Y en este año como fué el primero día de Año Nuevo fué
Su Alteza á un banquete que le hizo D. Hernando de Gonzaga
en su casa y juntamente se hizo el desposorio de su hija con
Fabricio Colona, hijo del Sr. Ascanio Colona, Duque de Talla-
cor, y Su Alteza fué padrino de la desposada.
Y para este banquete y desposorio estaba hecha una sala
artificial de tablas y madera que sería de largo de 300 pies,
toda cubierta de infinitos árboles por encima, y después entol-
dada de riquísima tapicería y otros muy ricos atavíos. Y estaba
puesta una mesa en ella que tomaba del un cabo al otro.
Y llegó Su Alteza á la dicha sala una hora después de ano-
checido é hizo grandes mesuras á las damas que allí estaban,
así de gorra como de otras señales de amor y regocijo. Y luego
comenzó la muchedumbre de tañedores á tañer muy lindas
danzas. Su Alteza danzó tres danzas diferentes todas con la
desposada y las danzó tan sutilmente y con tanto primor cuanto
en el mundo fué posible. Y el Duque de Alba danzó con la
Princesa, mujer de D. Hernando de Gonzaga, y el Duque de
Mantua danzó con la desposada, y los otros grandes danzaron
también algunas danzas con otras damas principales que allí
estaban, muy hermosas.
— 254 —
Y acabado de danzar se hizo delante de Su Alteza el des-
posorio, y el Obispo Simoneta dijo las palabras convenientes
hasta que el Sr. Fabricio Colona desposado metió la sortija en
fd dedo á su esposa. Y acabado este auto -matrimonial se tornó
á danzar un rato, hasta que fué hora de cenar.
Y así dejado de danzar, comenzaron de sentarse una dama
y un caballero, primero los de España, y así se hinchió (sic)
casi toda la mesa del un lado y del otro de aquella manera.
Para Su Alteza tenían puesta una mesa pequeña á la cabe-
cera de la grande, encima de un estrado algo alto, por que pu-
diese gozar de la vista de cabo á cabo de la mesa grande, y para
hacer lo que á su servicio se debía en darle el sublime lugar.
Y luego Su Alteza mandó quitar aquella mesa pequeña y aquel
estrado, y tomó á la desposada de la mano y la hizo sentar á la
cabecera de la mesa grande en el lugar que para él estaba dedi-
cado. Y mandó sentar al Sr. Fabricio Colona á un lado á par
de su esposa y él se sentó al otro lado, y á par de sí hizo sentar
á la Princesa, mujer de D. Hernando de Gonzaga. Y así iban
siguiendo un caballero y una dama hasta el cabo de la mesa
del un lado y del otro.
La grandeza del banquete no es posible de contarla, pero
por que cada uno pueda considerarla sin que aquí se escriba
otra particularidad, solamente quiero decir ó alegar la menor
vianda, que fué la ensalada, la cual sola costó 600 escudos. Es-
taba figurado encima de la mesa el triunfo que se había hecho
á Su Alteza, así los arcos triunfales como la guarda de los ar-
cabuceros, alabarderos, caballos ligeros, hombres de armas, se-
ñores y Prelados y la librea de cada uno distintamente. De
manera que visto por Su Alteza cosa tan excelente dejó de sen-
tarse á la mesa y anduvo muy despacio á la redonda de ella,
mirándola y considerando cosa tan vistosa como lo era aquel
segundo triunfo. Y así acabado de verlo todo se fué á sentar
en el lugar que ya hemos dicho.
Y así fué prosiguiendo aquella cena, la cual pareció á todos
cosa que jamás fué vista. Y acabado el banquete tornaron á
danzar todos aquellos caballeros y señores con las damas. Du-
raron estas danzas hasta que amanecía. Y como vieron venir
— 255 —
el día Su Alteza se fué á reposar, y así lo hicieron los demás
que allí estaban.
Y queriendo Su Alteza favorecer más aquella boda po*
amor de D. Hernando de Gonzaga, su Capitán, mandó que se
hiciese un torneo de á pie en el palacio de D. Hernando y
que fuesen dos cuadrillas, queriendo su Alteza ser cabeza de la
una y que de la otra lo fuese el Duque de Sesa. Y así se 'hizo, y
Su Alteza sacó en su cuadrilla 24 señores de España, todos
vestidos de tela de plata bordada de oro, y el Duque de Sesa
sacó otros tantos vestidos de tela de oro encarnado bordado
de plata. De lo cual todos los que lo vieron quedaron muy ma-
ravillados, así de ver tanta virtud en un Príncipe como de ver
tanta riqueza y gala. Y acabado este gentil torneo hubo una
cena muy espléndida, la cual acabada se comenzó á danzar.
Duraron las danzas y el sarao hasta que ya quería amanecer,
y así Su Alteza se fué á descansar y lo mismo hicieron los otros.
Y el día de los Reyes se hizo un juego de cañas muy so-
berbio y muy costoso de diversas libreas lindísimas. Y en el
juego hubo muchos señores, entre los cuales fueron el Duque
de Sesa, Marqués de las Navas, Príncipe de Ascoli, Conde de
Luna, Conde de Cifuentes, D. Antonio de Toledo, D. Juan de
Granada y otros muchos caballeros de España y de otras par-
tes. El juego anduvo muy concertado, sin haber en él yerro
ni descuido alguno ni escándalo, y los jugadores estaban tan
bien aderezados y enjaezados y tenían tan buenos y hermosos
caballos que fué cosa deleitosa verle, así para los que lo habían
visto como para los que nunca lo habían visto.
Después á la noche recitó una comedia excelente que no fué
•menos buena y sentida que lo había sido la primera, así de
aparatos como de todo lo demás. Duró hasta las dos horas des-
pués de media noche, y Su Alteza recibió de verla muy grande
deleite y placer, diciendo que no esperaba de ver jamás cosa
tan buena y tan prima, y lo mismo dijeron todos los señores y
caballeros de la Corte.
Y acabada la comedia vinieron delante de Su Alteza los
seis hijos de D. Hernando de Gonzaga, todos armados de punta
en blanco, y cada uno de ellos llevaba delante de sí un ne-
— 256 —
grito que llevaba el almete encima de un tronco de lanza á
manera de pajes, y puestos delante del Príncipe de rodillas co-
menzó D. César, que era el mayor, á hacer un razonamiento
á Su Alteza, diciendo estas palabras :
Muy alto y muy poderoso Príncipe : ya sabe Vuestra Alteza
c¡ue todos los tributarios llevan á su señor el tributo y parias
que le deben, y así hicieron los Reyes Magos cuando en tal
noche como esta fueron á ofrecer á Nuestro Señor incienso,
mirra y oro. Y porque mi padre, vuestro vasallo, no tiene otra
cosa más cara ni más amada que poder ofrecer á Vuestra Al-
teza que sus propios hijos, se los envía y le hace servicio y pre-
sente de ellos y le suplica reciba el servicio con aquella sana
y verdadera voluntad con que él se lo ofrece.
Y el Príncipe con muy graciosas palabras y grandísimo agrá •
decimiento recibió este servicio, y con muy buenas razones y
poniendo la mano sobre los hombros á los unos y á los otros
con señal de mucho amor, y despidiéndose de todos se fué á
reposar. Y así lo hicieron todos los otros que allí estaban,
porque otro día habían de caminar camino de Mantua, el
cual hizo Su Alteza otro día siguiente, y fué aquella noche
á dormir á Marinan, y el Marqués de aquella villa le salió á
recibir acompañado de los mejores de ella y de algunos caba-
lleros, y al tiempo de la entrada le fué hecha gran salva con
la artillería.
A los 8 de Enero se partió Su Alteza y fué aquel día á dor-
mir á Lodi, y á la entrada tiró la ciudad mucha artillería, y
le tenían hecho tres arcos triunfales y enramadas todas las ca-
lles. Y después, á la noche, le hicieron muchas luminarias.
Estando Su Alteza aposentado en esta ciudad de Lodi le vino
á besar las manos el Conde Juan Anguijola, que era el que ha-
bía muerto á Pero Luis Farnesio, hijo del Papa, el cual traía
buena guarda en su persona. Y él con 20 gentileshombres de la
ciudad de Plasencia besaron las manos á Su Alteza, y de parte
de aquella ciudad le trajeron un plato grande de plata en que
estaba figurada la ciudad de Plasencia de bulto, que pesaba
más de 12.000 escudos. Y Su Alteza lo recibió muy gra-
ciosamente, y con grande agradecimiento y con amor despi-
_._ 257 —
dio al Conde y á los demás gentileshombres que con él iban.
Otro día se partió Su Alteza por la mañana y fué aquella
noche á dormir á un lugar que llamaban Recequito, y á la en-
trada la fortaleza hizo gran salva de artillería, en la cual Su
Alteza fué á dormir. Y toda la noche hubo muchas hogueras
por el lugar, y todas las ventanas llenas de luminarias.
Y de allí se partió el Príncipe á Cremona, y á la entrada
la fortaleza tiró mucha artillería y muy buena. Y salieron á
recibir á Su Alteza 200 gentileshombres de la ciudad, todos
hechos soldados y vestidos con jubones, calzas, gorras y zapa-
tos de carmesí con sus coseletes muy buenos. Traía cada uno
una pica, y el Alférez de toda esta gente venía con una ban-
dera rica, y su Capitán tras de él con tres criados vestidos de
la misma librea, con su pífaro y atambor. Cada soldado traía
mucho oro al cuello y venían en escuadrón. Y Su Alteza se
apartó en el campo para verlos andar.
A este escuadrón seguían 12 gentileshombres que traían
vestido jubones, calzas, gorras, talabartes, espadas y medias
botas de raso carmesí, sayos y capas cerradas de terciopelo ne-
gro forradas en raso carmesí y un botón de oro al cuello y vuel-
tas las faldas y echadas sobre los hombros, y sendos bastones
colorados en las manos. Y estos doce gentileshombres llevaron
en medio á Su Alteza y le acompañaron á Su Alteza hasta pa-
lacio y le apearon del caballo, y el Príncipe se lo agradeció
mucho.
Y otro día siguiente fué Su Alteza á Cénete, que es el pri-
mer lugar del Duque de Mantua. Y en llegando á la fortaleza
de aquel lugar hizo gran salva de artillería. Y estando aposen-
tado Su Alteza llegó el Cardenal de Mantua, tío del Duque de
Mantua, á besarle las manos, y así lo hizo, y fué muy bien re-
cibido. Y luego sé volvió por causa de dejar el lugar desem-
barazado, y dejó mandado que á todos los cortesanos se diese
pan, vino, pescados de todas maneras, huevos y frutas, velas
y hachas de cera, paja, cebada, y' así se hizo muy cumplida-
mente.
Otro día fué Su Alteza á otro lugar también del Duque de
Mantua, que se llamaba Castiluchi, el cual lugar hizo su salva
17
— 258 —
con la artillería, y á todos los cortesanos fué dada la misma
provisión que se les dio en el otro lugar, todo por mandado del
Duque de Mantua.
Y á 13 de Enero se partió Su Alteza de Castiluchi y llegó
aquel día á la ciudad de Mantua, y como en ella fuese sabido
que la pasada del Príncipe había de ser por allí, procuraron de
hacer algunos arcos triunfales á imitación de los que se habían
hecho en Milán, y según el poco tiempo que para ello tuvieron,
en la manera siguiente :
A la puerta de la Perdella, por la cual había Su Alteza de
hacer la entrada, estaba un arco triunfal de 15 brazas con dos
columnas de cada lado. Y á la entrada, á la -mano derecha, es-
taba la estatua de Ocno, fundador de la ciudad, con una letra
en el basis que decía : Ocno, fundador de la ciudad. Debajo
del cual estaba la Providencia con muchas espigas en la mano
derecha, y en la siniestra tenía un cuerno de riquezas y abun-
dancia de cosas que demostraban la providencia del fundador,
que había poblado la ciudad en lugar fértil y abundante. Y en
la frente del arco estaban dos Victorias y debajo de ellas estas
palabras en latín :
Este arco es dedicado á Felipe, Príncipe de España, en el
cual traemos la imagen del, padre, y nos espantamos de su
grandeza de ánimo v esperamos felicidad.
Y en el frontispicio del arco estaban tres escudos de armas,
las de Su Majestad en medio y las de Austria á la mano derecha
v las del Príncipe á la siniestra. Y al entrar del arco á la
parte de la ciudad, á la mano derecha, estaba pintado Argos
con su cayado de pastor, con los ojos con que mira fuera de la
ciudad abiertos y parte cerrados, denotando que el señor de la
ciudad está siempre velando del mal que le pueda venir sobre
sus subditos de fuera de ella, y dentro sólo lo que conviene.
Y en otro apartamiento estaba el Príncipe hecho de bronce, y
tenía por sombrero á la Fortuna con la faz descubierta, ligada
con una cadena á un mármol. Y en el tercero apartamiento
estaba la Seguridad arrimada á una columna, con el brazo de-
recho tenía la mano en la mejilla denotando el reposo de la
ciudad
— 259 —
Y en el otro lado siniestro del arco estaba un Jano armado
con las llaves, con la cara de Júpiter, que significaba el valor
del Príncipe en defensa de su pueblo, y el maduro consejo y
prudencia con que regía la ciudad. Y en el segundo aparta-
miento estaba Mercurio de bronce, que denotaba el tiempo de
Jano puesto por la paz de la tierra. En el tercero estaba una
Equidad con sus, balanzas en significación de la justicia admi-
nistrada igualmente á todas las personas por el señor de la
ciudad.
Y sobre el frontispicio estaban otros escudes de armas como
los que arriba dijimos. Y estaba sobre un pilar de mármol una
leona, y sobre ella estaba pintada una Cibeles con dos leones
á pie. Y junto á ella estaban dos cuadros donde estaban estas
palabras en latín :
Carlos Quinto César Augusto Africano, buen padre y buen
Emperador, y el Rey Felipe su hijo Rey ele España gran
Príncipe esperanza del siglo.
Y la diosa Cibeles denotaba la antigüedad de la Tierra y
tenía en el medio un águila que volaba con dos hijos que la
seguían, con tal letra : Así como el águila provoca á volar á sus
hijos pequeños.
Y á la puerta de la guardia estaba un arco antiguo de 50
brazas, y en la faz de él, hacia la faz de la plaza de San Andrés,
■estaba un Mercurio colocado de 10 brazas con este verso de-
bajo del pie :
Prometo todas las cosas dignas á tus grandes comienzos.
Y sobre la cabeza en lo más alto del arco estaba en latín
esta letra que decía : A la buena llegada.
Y á la faz del arco hacia la plaza del Domo estaba el Genio,
de ocho brazas, con una copa que sacrificaba sobre un altar,
-en el cual estaban puestas dos caras, una de Júpiter y otra
vieja que se escondía, las cuales estaban puestas por el Genio
tmeno y malo. Y estaba encima escrito: El genio del Príncipe.
"Y encima de esto estaba de relieve la Alegría, de grandeza de
10 brazas, con una palma en la mano derecha y en la siniestra
un cuerno lleno de diversas frutas, j^erbas y riquezas, y junto
á ella escrito : Pública alegría. Y junto estaban tres danzas
— 260 —
hechas de infantes una y otra de ninfas y la tercera de sátiros
que bebían y comían.
Y más adelante del Domo en cierta puerta que estaba en
una muralla estaban dos columnas de n brazas. Y en un
triángulo que estaba encima de ellos estaban dos Paces y en
el frontispicio dos Felicidades con el caduceo en la mano. Y
estaba en el medio una columna, y junto á ella estaban escrita^
estas palabras: A la felicidad de los tiempos. *
A la puerta del castillo estaban dos columnas de relieve,
y en el triángulo y frontispicio de la puerta estaban dos Victo-
lias que tenían una corona y en derecho de las columnas esta-
ban dos furias encadenadas con tal letra : A la augusta segu-
ridad. Y sobre el frontispicio estaban dos armas, unas de Su
Majestad J otras de Su Alteza.
Y en la otra puerta que era de alto 36 brazas y de ancho
20, estaban repartidos seis pilares cada uno de 17 brazas, que-
dando cinco espacios vacuos. En el primero estaba una Tebas
presa de los epigones y Tiresia con la hija Manto. En el se-
gundo vacío estaba puesto Marte. En el tercero el sacrificio de
Tireseo (sic) para saber hacia qué región había ido la hija.
En el cuarto estaba la Paz con una oliva en la mano derecha,
y un cuerno lleno de cosas y abundancia de cosas, que denotaba
la paz de la ciudad. Y en el quinto el sepulcro de Tireseo
muerto, y Manto que subía en una nao para venir en Italia.
Y del otro lado del arco en los apartamientos de él estaban
Manto como se casaba y había á Ocno por hijo ; 3^ en el si-
guiente estaba la Concordia con una copa en la mano derecha
y en la siniestra un cuerno de abundancia de cosas; y en el
tercero estaba Manto haciendo el agüero para que Ocno su
hijo edificase á Mantua, y haciéndolo se habían descubierto-
cuatro águilas que eran agüero de cuatro príncipes que habían
de suceder ; y en el cuarto estaba una Belona ; y en el último
la edificación de Mantua. Y sobre la puerta estaban las armas
de Gonzaga con el águila imperial que las cubría con las alas,.
y estaban allí escritas estas palabras :
Después de tomada Tebas, Manto, previniendo las cosas por
venir, mandó á su hijo Ocno que edificase á Mantua, la cual
— 261 —
había de ser favorecida perpetuamente debajo del amparo y
socorro de los Prínc'pes de Austria.
Y en el medio de la Corte de Castilla estaba un edificio y
Hércules puesto en él de relieve que sostenía dos columnas con
i este letrero en las bases :
Hércules las puso en parte adonde pensó que se acababa el
mundo y el Emperador ha hallado muchas más tierras ; y ahora
viene su hijo que por su gran virtud y merecimiento sujetará
y ganará lo restante de lo poblado.
Y á la entrada del castillo estaba un arco sustentado de seis
columnas de mármol y en la frontera de él estaba la siguiente
descripción :
Gonzaga J la familia Paleóloga quisieron poner á este sem-
piterno monumento á la liberalidad de Carlos Quinto Empe-
íador César Augusto por las grandes honras que de él habían
recibido y á la venida de su hijo Felipe.
Y á la entrada del arco estaba hecho un cuadro de bronce
en el cual estaba la manera cómo Su Majestad daba la corona
del Ducado á la casa de Gonzaga. Y á la mano derecha del otro
cuadro estaba un escudo de las armas de la ciudad de Mantua
por señal del Estado de que le concedían la investidura. Y
frontero del arco y en lo alto de él estaban dos estatuas, la
una del primer Marqués de Mantua y la otra del primer Cuque.
Y adornadas así las calles por donde Su Alteza había de
pasar, habiendo venido el Duque de Ferrara aquel día á Man-
tua, el cual salió á recibir á Su Alteza una milla antes que lle-
gase á la ciudad .trayendo toda su casa y el mayor aparato que
pudo. Traía más de ioo gentileshombres, todos muy bien ade-
rezados con martas, cebelinas y graneles cadenas de oro. Y Su
Alteza lo recibió muy amorosamente. Y luego más cerca de la
dicha ciudad le salió á recibir el Duque ele Mantua y el Car-
denal su tío, á los cuales el Príncipe asimismo recibió muy
bien holgándose mucho con ellos.
Y con esta compañía entró Su Alteza en la ciudad de Man-
tua, entrando primero las dos compañías de arcabuceros de su
guarda, á los cuales seguían 6o caballos ligeros del Conde de
Gayarzo y otros tantos del señor Flenineo (sic) con sus lanzas
— 262 —
en las manos y celadas en la cabeza bien aderezados. Luego
tras éstos todos los de la Corte del Duque de Ferrara y del
Duque de Mantua.
Y á la puerta de la ciudad estaban los Regidores de ellar
vestidos de terciopelo blanco con su palo de tela.de plata de
labores, donde hicieron las ceremonias acostumbradas. Traje-
ron á Su Alteza hasta Palacio, y detrás venía el Cardenal de
Mantua y á su lado derecho el Duque de Ferrara y á la iz-
quierda el de Mantua y más atrás el Duque de Alba y Capitán
de la guarda y el Camarero mayor; y delante de Su Alteza
venía su Caballerizo mayor con el estoque alzado, y más ade-
lante el Duque de Sesa y el Almirante de Castilla y el Marqués
de Astorga y D. Fernando de Gonzaga y el Marqués de Pes-»
cara y el Conde de Cifuentes y el de Luna y otros señores y
caballeros de España y de la tierra.
Venía delante de Su Alteza una compañía de gentileshom-
bres de la ciudad en cuerpo, vestidos todos de terciopelo blanco,
sayos y jubones y calzas de lo mismo, con unos bastones pla-
teados en las manos. Serían estos gentileshombres más de 70-
muy bien aderezados.
Y de esta manera vino Su Alteza hasta Palacio por una muy
larga y ancha calle que en hermosura y pulidas casas hacía
gran ventaja 5 las de Milán. Fué Su Alteza á posar en la casa
del Duque, la cual era muy buena y de muy buenas piezas, la
cual estaba aderezada de riquísimas tapicerías todas brosladas
de oro y seda y de otros excelentes atavíos é invenciones. Y
aquella noche se le hizo un banquete muy abundante de todas,
las cosas necesarias. Y envió aquel día Su x\lteza á visitar á 1í>¿
Duquesa madre del Duque de Mantua y otro día la fué á
visitar.
Y en seis días que el Príncipe estuvo en Mantua se le hi-
cieron muchas justas y torneos y cazas maravillosas, de que
Su Alteza recibió muy gran placer y quedó muy contento y
satisfecho. Y el Duque de Ferrara hizo un banquete á Su Al-
teza y á todos los grandes y caballeros que con- él iban, que
fué cosa nunca vista, porque la tapicería y oro y plata que
sirvió al banquete (que decían ser de este Duque) valía más de
— 263 —
.soo.ooo ducados, de lo cual quedó el Príncipe muy maravillado
y toda su Corte mucho más.
Y asimismo en aquellos días se hicieron á Su Alteza muchas
comedias y otras lindas fiestas que aquí no contamos por evitar
prolijidad.
CAPITULO XXXI
Cómo el Príncipe D. Felipe fué á la ciudad de Trento, pasando
por machos lugares de la Señoría de Venecia. Y el recibi-
miento que le fué hecho en la dicha ciudad y las fiestas y
banquetes que allí se le hicieron por parte del Cardenal de
Trento.
Y despedido Su Alteza de los Duques de Ferrara y Man-
tua y del Cardenal, tomó el camino de la ciudad de Trento
con toda su Corte. Y el día antes que Su Alteza se partiese
vino la Duquesa á Palacio á despedirse de él, trayendo consigo
á sus hijos, y estuvieron un gran rato sentados en dos sillas y
los niños en pie cabe Su Alteza, la cual les hizo muchas ca-
ricias y honra. Y fué á comer á una casa de placer del Duque,
cuatro millas de la ciudad, el más hermoso camino que- se había
visto, porque todo era de una muy hermosa y ancha calle, y
por los lados llenos de chopos y álamos muy altos puestos por
su orden, y dos acequias de agua, donde antes de la comida
fué á caza á un bosque que cerca estaba y mató dos puercos
jabalíes. La casa estaba muy ricamente aderezada y en ella
muchas camas de seda con recamos de oro y sus cobertores de
lo mismo, colgados muchos paños de seda con franjas de oro.
Y de allí fué el Príncipe á dormir á una villa de venecianos
i2 leguas de Mantua, donde le dieron un gran presente de
cosas de comer, y la casa donde Su Alteza comió estaba bien
aderezada y su arco triunfal (sic), llena de arrayanes y de
otras yerbas.
Y este día luego vino á besar las manos á Su Alteza el
Duque Octavio, nieto del Papa. Y otro día á 18 de Enero
partió Su Alteza de Villafranca y fué á dormir á Brisolengo,
— 264 — "
una villeta de venecianos, donde también le dieron presente y
casa bien aderezada.
Y otro día vino á Dulde, también de venecianos, los cuales
tenían muchas cosas de comer aparejadas en la plaza, lo cual
todo presentaron á Su Alteza.
Y de allí fué á dormr á Ala, diez millas del lugar ya dicho,
donde salió el Cardenal de Trento á recibir á Su Alteza con
mucha gente de á pie armada (porque toda la compañía de
gente de armas y caballos ligeros que Su Alteza traía del Es-
tado de Milán vinieron con él hasta tierra de venecianos y se
habían vuelto desde Dulce) . Y de Ala vino Su Alteza á dor-
mir á Robre, ciudad del Rey de Romanos.
Y otro día partió de allí para la ciudad de Trento, que son
12 millas, donde había arcos triunfales, y en la plaza de Pala-
cio un castillo de madera lleno de cohetes y en mitad de la
calle una muy grande estatua de un gigante, cuarenta palmos
de- alto. Hubo muy gran salva de artillería. Y en el camino
una milla de la ciudad salió el Duque Mauricio y el Cardenal
de Augusta, que vinieron á besar las manos á Su Alteza. Y asi-
mismo salieron el Cardenal Pacheco y otros muchos Obispos
que estaban en el Concilio. Y el Duque Mauricio y el Carde-
nal de Augusta llegaron á caballo sin apearse (porque Su Al-
teza se lo mandó) y descubiertas las cabezas- y muy bajados
tocaron la mano de Su Alteza á la costumbre de aquella tierra.
Y después tomando al Duque á la mano izquierda y al Carde-
nal á la derecha caminaron hacia Trento.
Venían detrás de Su Alteza el Cardenal ele Trento en medio
del Duque de Alba y del Cardenal de Jaén, y después todos los
Prelados españoles é italianos, yendo delante todos los señores
y la guarda y arcabuceros de la manera que habían ido en las
otras ciudades. Y así fué Su Alteza por la dicha ciudad hasta
la casa del Cardenal donde fué aposentado. Y aquella noche
se le dio muy cumplida cena y muchos servicios. Vinieron á
ella muchas señoras, así alemanas como italianas, muy gen-
tiles mujeres muy ricamente ataviadas.
Y Su Alteza se sentó poniendo á su mano derecha al Car-
denal de Augusta y á la izquierda al Duque Mauricio. Y así
— 265 —
se sentaron el Almirante de Castilla, el Marqués de Astorga,
Príncipe de Ascolí y el Conde de Olivares y el Marqués de las
Navas. Y más abajo en medio de la mesa se sentó el Duque de
Alba entre dos italianas muy hermosas, y más abajo se senta-
ron el Comendador Mayor de x\lcántara y el Marqués de Pes-
cara y D. x\ntonio de Toledo, Caballerizo mayor y otros ca-
balleros cortesanos y de la tierra.
Fué la cena muy regocijada y bien á la alemana, porque se
bebieron ' unos á otros largamente. Y Su Alteza muy regoci-
jado hizo la razón á las damas y aquellos señores que estaban
á la mesa.
Acabada la cena se comenzó la fiesta, y el primero que
salió fué Su Alteza que sacó á danzar una italiana la más
hermosa que allí estaba. Y después de Su Alteza danzaron
muchos ; y luego se comenzó otra danza á la alemana en que
andaban muchos juntos y á ratos se abrazaban la dama y
galán, y otras veces se daban otras vueltas, á donde el Príncipe
no anduvo tan desenvuelto como el Cardenal de Augusta y el
de Trento que danzaron y bailaron con sendas damas. Y des-
pués ele la fiesta hubo gran colación.
Y en los dos días siguientes que fueron viernes y sábado
caminó Su Alteza á Retirado. Y el Cardenal de Trento hko
muchos banquetes al Duque Mauricio y los otros señores. Y
otro día siguiente en la noche se hicieron grandes luminarias
en la montaña y gran salva de artillería y muchos regocijos
delante. Y luego otra noche siguiente hubo una fiesta regoci-
jada y graciosa en que salieron muchos hombres á pie y otros
hechos caballos con unas lanzas gruesas llenas de pólvora y
tornearon gran rato esgrimiendo con las lanzas, de donde sa-
lían de rato en rato cohetes con grandes estruendos y gran
suma de centellas que parecía todo un fuego.
Y otro día domingo convidó el Cardenal á Su Alteza á
comer en la misma sala donde la primera y por la misma orden
sentándose Su Alteza entre el Duque' Mauricio y el Cardenal
de Augusta. Duró el banquete mucho tiempo con gran regocijo
y placer. Y cuando Su Alteza se sentó á comer el Duque Mau-
ricio y el de Alba le dieron la toalla. Y después de la cena
— 266 —
hubo gran fiesta de danzas con las damas, como en la cena
pasada. Y aquella noche, 27 del dicho mes, se hizo una fiesta
muy graciosa en que hubo muchos faroles y luminarias y hom-
bres armados que hicieron un torneo de á pie combatiendo de
pica y espada. Y después vino una sierpe muy grande con muy
grandes alas llenas de pólvora 3^ cohetes, echando fuego por
todas partes. Y luego vinieron hombres armados y hechos ca-
ballos (como en la fiesta pasada se había hecho) con lanzas
gruesas llenas de pólvora y cohetes con que escaramuzaron, y
después de muchos combates le pegaron fuego y se ardió todo.
Y á la otra parte de la plaza estaba una boca del infierno
y á la puerta Hércules con el can Cervero asido con una ca-
dena, donde salieron diablos con una muía cubierta de cohe-
tes de pólvora con que hicieron travesuras mucho de reir, y
al cabo se quemó todo el infierno y Hércules. y el can Cervero
echando muy gran llama de fuego por la boca y cohetes.
Y después de acabada la fiesta y regocijos Su Alte: a se
hizo máscara y con él otros d;ez que fueron el Cardenal de
Trento y el de Augusta, el Marqués de Astorga y el Almirante
y el Duque de Alba y otros muchos caballeros. Y fueron en
casa del hermano del Cardenal de Trento donde se había hecho
el banquete, donde Su Alteza danzó la gallarda muy bien. Y
asimismo danzaron con las damas los dos Cardenales y los de-
más caballeros que con él iban.
Y acabadas todas las fiestas el Duque Mauricio suplicó á
Su Alteza quisiese favorecer con Su Majestad las cosas de
Landgrave. Y el Príncipe le respondió muy graciosamente y
le dio muy buena esperanza que haría lo que él deseaba y le
suplicaba. Y otro día se despidió el Duque Mauricio y el Car-
denal de Augusta y se partieron camino de Augusta; y Su
Alteza se partió el 29 con toda su Corte camino de Alema-
nia (sic).
— 267 —
CAPITULO XXXTI
De ciertas fiestas que la Reina María hizo al Emperador y al
Príncipe D. Felipe su hijo en la villa de Bince por el mes
de Agosto.
Habiendo Su Majestad y el Príncipe nuestro señor visitado
la mayor parte de las fronteras de aquellas tierras bajas, la
Reina María, por darle alguna recreación, tuvo en la villa de
Bince, lugar suyo, aparejados grandes fiestas y banquetes y la
primera de ellas fué un torneo en Palacio.
Los mantenedores del torneo fueron seis : el Marqués de Var-
gas, monsieur de Torlon y monsieur de Ferbin. Los tres hijos
de monsieur de Trafi salieron vestidos de raso encarnado y
blanco ellos y los padrinos, lacayos, pifaros y atambores. Los
Jueces fueron el Duque de Alba y monsieur de Ostrat y mon-
sieur de Bredesdres. Las armas con que combatieron fueron
pica y espada. De la pica tres golpes, de la espada siete, espada
de dos manos y de ella siete golpes, lanza con rogadiza, hacha
ó salvajina, y de ésta siete golpes, lanza de armas y de ella
un golpe, del tercio postrero de esta lanza, que es lo más grueso,
siete golpes. >
Junto al lugar en que estaban los Jueces había cuatro pa-
drones y de ellos colgaban cuatro escudos en que estaban pinta-
das estas formas de estas armas que he dicho. Los aventureros
tocaban en ellas las armas con que querían combatir. Hubo
muchos aventureros que las tocaron todas y combatieron de
ellas; otros que se contentaron con tocar solo la pica y la
espada.
Salió la primera cuadrilla de diez caballeros vestidos de ter-
ciopelo* negro y plumas negras y armas negras. Fueron el Prín-
cipe de Piamonte, el Conde de Masent, el Conde de Mega, mon-
sieur de Hobremonte, monsieur de Norcarisnen, el Barón de
Coblagri, monsieur de Pelu, Juan Quijada, D. Juan de Acuña,
Gaspar de Robles. Salió tras éstos otra cuadrilla de tres caba
lleros flamencos enmascarados con atavíos de romeros, vestidos
— 2G8 —
de color de raso blanco y azul y rojo. Y luego salió otra cua-
drilla de cuatro caballeros flamencos enmascarados con atavíos
de romeros vestidos de terciopelo pardo. La cuadrilla del Conde
de Jelves' salió tras éstas, vestidos de blanco, azul y amarillo,
el Marqués del Valle, D. Martín Cortés, D. García de Ayala,
D. Carlos de Saavedra, D. Pedro de las Roelas, D. Juan de Saa-
vedra .
Salieron luego de encarnado y oro el Comendador Mayor
de Alcántara, D. Luis de Avila, el Conde Castañeda, el Conde
de Cifuentes, D. Gómez de Figueroa, D. Luis Zapata, Ruy
Gómez de Silva.
Tras éstos entraron dos caballeros flamencos como cazado-
res, con sus venablos y muchos perros y caza, vestidos de teli-
lla verde. Entró luego un dragón echando fuego por la boca, y
dentro de él dos caballeros con hábito de salvajes.
Tras éstos salió el Duque Adolfo de Ostain, hermano del
Rey de Dinamarca; el Conde de Mansfelt, el Conde de Vastain,
vestidos á la tudesca, de tela de oro y plata y terciopelo negro.
Luego entraron de color blanco y negro y de oro y plata
con muchas franjas el Príncipe de Ascoli, el Conde de Aga-
monte, D. Alonso Pimentel, D. Francisco de Mendoza, hijo
del Marqués de Mondéjar, D. Diego de Leiva, D. Alvaro de
Mendoza, hijo del Marqués D. Pero González de Mendoza.
La última cuadrilla fué del Príncipe nuestro señor, y vino
de colorado y amarillo con muchas recamaduras. Y fueron el
Príncipe nuestro señor, el Príncipe de Piamonte, D. Juan Man-
rique de Lara, D. Juan de Bena vides, D. Rodrigo Manuel y el
Conde de Nieva. Su Alteza sacó por padrinos al Marqués de
Pescara y á D. Antonio de Toledo, su Caballerizo mayor. El de
Piamonte, el Conde de Nieva, á su caballerizo; D. Juan Man-
rique de Lara, á D. Antonio de Zmrga y á D. Juan Pimentel;
D. Juan de Bena vides, á D. Juan de Acuña y Padilla, á D. Pe-
dro de Avila; D. Rodrigo Manuel sacó á D. Pedro Manuel, su
hermano, y á D. Juan de Lanuza. Combatió Su Alteza muy bien
y con lindo aire de pica y espada, y lo mismo todos los de su
cuadrilla. Hubo folla, y señalóse en ella ,Su Alteza. Duró el
torneo desde las dos de medio día hasta las siete de la tarde.
— 2(39 —
Acabado el torneo la Reina María tenía aparejado un so-
lemne banquete á Su Majestad y á la Reina de Francia y á Su
Alteza y á muchos señores y damas de aquellas tierras. Cele-
bróse en una sala grande que estaba entapizada de muy rica
tapicería é historiada de oro y plata y seda. Su Majestad se
sentó debajo de un rico dosel de oro y plata é historias, y la
Reina de Francia á su lado derecho, y al izquierdo la Reina Ma-
ría, y tras ella el Príncipe nuestro señor. A cuatro ó cinco pa-
sos de la mesa de Su Majestad estaba otra muy larga á la mano
izquierda. Sentóse á la cabecera de ella el Marqués de Astorga,
y á un lado 'de la mesa la Condesa de Mansfelt, y junto á ella
el Príncipe de Piamonte, y luego la Marquesa de Vargas y el
Príncipe de Ascoli y el Conde de Agamonte y otros muchos
señores y caballeros y damas. Al otro lado- estaba sentado t_l
Duque de Olstingui y cabe él la Condesa de Reux y otras da-
mas y señores. De suerte que fueron de esta manera cuarenta
y seis personas. Fueron ambas estas mesas servidas superba-
mente de todo cuanto convenía. Hubo música de voces y de
ministriles mientras cenaban. Después de cenar hubo grandes
danzas. Su Alteza danzó con la Condesa de Mansfelt y con 1*
Condesa de Pinoi.
Más adentro de esta sala del banquete había otra pieza más
ricamente aderezada de tapicería de historias de oro y plata y
ur dosel muy rico con el escudo de la Reina María. Más adentro
había una cámara con una cama de plata. Los paños eran reca-
mados de oro y plata, la cosa más vistosa y rica que se había
visto. Este aposento' era de Su' Majestad; el de la Reina de
Francia y el de Su Alteza y de la Reina María eran de la misma
manera muy ricos.
Los precios del torneo se dieron de esta manera : A Marcos,
criado de la Reina María, se dio el precio de la espada de á
dos manos; á Gaspar de Robles, el de la jabalina ó hacha de
armas; á Juan Quijada, el de la espada; á monsieur Guirinay,
que fué uno de los salvajes, el de la pica ; á un hijo de Mingo
Bal, el de la lanza ; al Marqués de Vargas, uno de los mante-
nedores, un erancelín; al Príncipe nuestro señor, el de la folla,
que era un diamante, el cual dio luego á la Princesa de Pinoi.
— 270 —
Otro día después del torneo de á pie, á los 25 días de Agosto,
comenzaron algunos caballeros aventureros á probarse en la
ventura de la espada encantada, y probáronlo muchos, así de
Ja Corte del Emperador como de otras partes. Mas como ella
se guardaba para el Príncipe de España, cuyo valor y esfuerzo
mereció dar cima á esta ventura, en balde la tentaron los otros,
aunque algunos de ellos mostraron bien la valentía de sus per-
sonas y fuerza grande de sus brazos, y si no merecieron aca-
barlo á lo menos merecieron ser tenidos por caballeros de los
más esforzados y valerosos de su tiempo.
Debajo de las casas de la Reina María, hacia la parte del
Oriente, estaba un valle grande y espacioso que la cercaba por
aquellos dos lados ; las ventanas caían sobre él y descubrían
dos laderas de un bosque que descendía al vahe bien poblado
de árboles. Y al un lado de este bosque, entre el Septentrióu
y el Oriente, mandó edificar la Reina Doña María una rica casa,
a la cual puso por nombre Castillo Tenebroso, porque con ciert 1
industria y artificio era imposible, porque parecía á los ojos que
estaba cubierta de una oscura y espesa niebla.
Junto al castillo estaba una pequeña isla casi redonda, cer-
cada por todas partes de agua. El campo de esta isla parecía
ser cercado á mano poique tenía por tan buena orden plantados
muchos céspedes de tierra con su yerba, que parecían ladrillos
mazaríes cuadrados. Era llana toda la isla y sin árbol ni mata
ninguna ; solamente tenía hacia la parte del Castillo una gran
peña, sobre la cual estaba un padrón rojo en que estaba metida
una riquísima espada y no se veía de ella sino sólo la empuña-
dura por la una parte y por la otra la punta. Hacia la otra
parte de la isla había dos altas columnas junto al agua, donde
parecían señales de ser aquella parte más segura para puerto
que ninguna otra de la isla. x\llí atinaba un Capitán á dos
remeros que regían una barca cuando pasaba algún caballero
cuya virtud merecía entrar en la Isla Venturosa, que así se
llamaba la isla.
Para probar la ventura de la espada encantada sólo este
pasaje había ; por otra parte la entrada era imposible. Para ser
recibido el caballero aventurero en la barca había de pasar pri-
— 271 —
nero por pasos harto arduos y difíciles que guardaban tres bra-
vos caballeros, y combatían con cada uno de ellos con las armas
V condiciones que les fueron puestas. No podía pasar el segundo
paso sin que primero hubiese llevado lo mejor en la batalla con
el que guardaba el primero.
Y sus pasos estaban dispuestos de esta manera. A\ otro lado
del valle que inclinaba hacia el Poniente estaban dos padrones
que avisaban al aventurero que venía que pasase adelante, adon-
de hallaría quien le dijese lo que había de hacer. Más adelante
estaba una barrera cerrada, y junto á ella un padrón con un
escudo del Caballero del Grifo, que era el que defendía aquel
paso. En el padrón estaban escritas unas letras en lengua fran-
cesa (por ser la más común de la tierra), las cuales mandaban
al caballero que allí llegase ó á su escudero que tocasen una
bocina de marfil que colgaba de un padrón, y que luego le se-
ría respondido ; y avisábanle que había de correr tres lanzas
con el Caballero del Grifo antes que le fuese abierta la puerta
del paso. Y al son de la bocina venía un enano, el cual le decía
que luego sería recibido, y avisaba de su venida al caballero
mantenedor.
En este medio el Caballero del Grifo, habiendo oído el son
de la bocina, subía á caballo y se ponía en el lugar del com-
bate, y después mandaba al portero que abriese la puerta y
barrera. Y allí era recibido el aventurero á tres golpes de lanza,
y si el caballero aventurero hacía mejor su deber que el del
Grifo, era á saber si rompía mejor su lanza, si daba mejor su
encuentro ó si lo hacía mejor en las tres carreras que el man-
tenedor, podía pasar adelante muy fácilmente de este primer
paso. Y si el del Grifo lo hacía mejor su deber que el aventu-
rero, el aventurero era obligado á dar su fe de darse por su
prisionero á Norabros en el Castillo Tenebroso. Y por cuanto
e1 castillo era tenebroso é invisible, el caballero prisionero era
guiado por gentil eshombres, que para este efecto eran ordena-
dos, los cuales lo llevaban por el camino bien poblado de ár-
boles una parte y otra.
Y en caso que el caballero aventurero desarmase ó hiriese
al mantenedor de manera que no pudiese más correr, no era
— 272 —
obligado á correr las tres carreras, antes le era permitido de
pasar adelante. Y si al contrario aconteciese, quedaba el aven-
turero por prisionero como dicho es. Y el que hacía encuentro
feo perdía sus carreras y cumpliría la condición ya dicha.
El caballero que ganaba este primer paso era recibido luego
al segundo. Había de la puerta de la torre que ganaba el primer
paso á la puerta de la otra torre que estaba en el segundo una
buena carrera de caballo. Tiene de ancho veinte pasos, y sus ba-
rreras rojas y amarillas á los lados. Al principio de esta carrera,
á la mano derecha estaba un padrón, del cual colgaba un escudo
con una águila negra. Porque así se llamaba el que defendía
aquel segundo paso, el Caballero del Águila Negra. Estaba
asimismo una bocina de marfil colgada, á cuyo son, siendo to-
cada por el aventurero que entraba en este paso, salían primero
dos escuderos á caballo del Caballero del Águila Negra, ei
uno traía dos espadas y el otro dos lanzas, y presentadas al
aventurero escogía de ellas lo que mejor le parecía y volvía las
otras. A este punto estaba un caballero de la otra parte de la
carrera, el caballero mantenedor, y corrían sendas lanzas y com-
batían de las espadas á siete golpes. Y si el aventurero hacía
mejor su deber, así de lanza como de espada, érale permitido
pasar adelante, donde no, dábase por prisionero y era llevado
al Castillo Tenebroso.
Habiendo el caballero aventurero ganado el primer paso y
el segundo se le abría la puerta de la Torre Tenebrosa, y allí
se apeaba para pasar adelante al tercer paso, y entraba en una
plaza ancha, donde era recibido del' Caballero del León de Oro
á tantos golpes de espada y á tan luengo combate hasta qué
una ó dos de las espadas del aventurero ó mantenedor se le rom-
piese ó la perdiese, ó que el uno de los dos combatientes fuese
desarmado, herido ó desalentado. Y si el mantenedor hacía
mejor su deber que el aventurero, el dicho aventurero era obli-
gado á hacer lo que arriba está dicho. Mas si el aventurero
llevaba lo mejor del combate á este paso, se debía de decir y
declarar allí su verdadero nombre sin disimulación ninguna,
para que se escribiese y registrase en la memoria y número de
los caballeros estimados y valerosos. La cual memoria tenía
— 273 —
cargo de hacer el Capitán de la barca que los pasaba á la Isla
Venturosa, para esto establecida de la Reina hadada (sic),
adonde se guardaban otros muchos secretos.
Y siendo el caballero aventurero tan dichoso que sacase
fuera la espada encantada, debía seguir punto por punto la ins-
trucción que el dicho Capitán le diese, la cual se había de sacar
de la profecía escrita en dos columnas que estaban en la dicha
Isla para que seguramente pudiese pasar al Castillo Tenebroso
antes que desapareciese la nube, porque otra manera venía mu-
cho mal ó inconveniente de ello.
Estos tres pasos que hemos contado debía pasar el caballero
que venía á la prueba de esta aventura, y había de entrar en
ellos salvo con uno ó dos escuderos, y no le era permitido com-
batir con otras armas sino con las que en cada uno de los dichos
tres pasos le eran dadas y entregadas por los mantenedores.
Y ahora habéis de saber que estos tres caballeros del Grifo, el
del Águila Negra y del León de Oro, son de la Corte del
Emperador y de la Orden .antigua del Toisón.
Y por el servicio de la Reina de Hungría se encargaron de
guardar y defender los tres dichos pasos : el primero es mon-
sieur de Barbanzón, el Conde de Arambcrga ; el segundo el
Conde de Ostrat ; el tercero, el Conde de Agamat. En cada uno
de los tres pasos había puestos Jueces. En el primero D. Juan
Manrique de Lara, el Barón Monfalconete, Gutierre López de
Padilla, y del segundo y tercero, porque de su mismo lugar
se vio también lo uno como lo otro, eran Jueces el Duque de
Alba y el Marqués de Astorga, monsieur de Brevederades.
Este día, pues, á las tres horas y media de la tarde, estando
el Emperador y la Reina de Francia y la Reina de Hungría á
las ventanas con otras muchas damas de su Corte para ver el
suceso de la ventura, llegó un caballero negro, con unas armas
negras y doradas y un escudero con él, que le traía una lanza,
vestido de negro y con vina caperuza de luto española, y la
lanza teñida de negro. Y llegado á la barrera tocó la bocina
del padrón, y luego salió el Caballero del Grifo sobre un her-
moso caballo, y las cubiertas y lo que traían vestido era de color
encarnado y blanco. Y puestos el uno contra el otro arreme-
1H
— 274 —
tieron sus lanzas bajas con toda la furia de sus caballos, y á
la primera carrera ambos perdieron sus encuentros, y á la se-
gunda el mantenedor encontró su lanza en el caballero tan re-
ciamente que le hizo volar en muchas piezas; en la tercera
carrera el uno y el otro encontraron y rompieron muy bien sus
lanzas. El caballero negro fué preso y llevado al Castillo Te-
nebroso.
Tras éste llegó una doncella á caballo quejándose de un
caballero, vestida de telilla de oro encarnada y azul, y tras
ella un caballero bien armado de colores blanco y rojo, que se
dijo el Caballero de la V., que la traía por divisa en el escudo.
Y este era D. Juan de Acuña, criado del Emperador.
Y abierta la barrera y tomada la lanza se vino á encontrar
tan reciamente con el mantenedor que le rompió la mano de la
lanza, de suerte que no fué menester correr segunda carrera,
porque no quedó para ello el mantenedor. Fuéle abierta luego
la puerta de la torre, y habiéndole dado la lanza y espada salió
el Caballero del Águila Negra, de color blanco y negro, sobre
un gran caballo frisón, y corrieron sus lanzas y comenzáronse
á dar grandes golpes de las espadas, y porque de este combate
llevó lo peor el aventurero fué preso y llevado al castillo.
Vino luego un caballero que se dijo de la Pluma Blanca,
vestido colores blanco, rojo y morado. Este era el Conde de
Mansfelt. Ganó el primer paso á monsieur de Obremont, gentil-
hombre de la cámara del Emperador, que sucedió en lugar de
monsieur de Barbanzón para defender aquel paso, y ganó tam-
bién el segundo al Conde de Ostrat, y fué admitido al tercero
y de allí le enviaron á la prisión porque le desarmó el Conde
de Agamont, habiendo combatido harto valerosamente el Conde
de Mansfelt. Y porque sobrevino la noche no hubo caballero
que quisiese probar la ventura, á causa que el Emperador se
retiró.
Y otro día siguiente, 'siendo Jueces en el primer paso don
Juan Manrique de Lara, monsieur de Falconete, Mayordomos
de Su Majestad ; monsieur de Corbera, Juan Bautista Gastaldo,
v en segundo y tercero el Duque de Alba, monsieur de Trus,
monsieur de Bederrobadá, monsieur de Lanín y el Caballerizo
— 275 —
mayor del Emperador, llegó un caballero de cuerpo bien ar-
mado sobre un gentil caballo. Traía sayo y caparazón de telilla
de oro roja y verde y las plumas de los mismos colores. Ganó
la primera puerta y también la segunda, en el tercero combate
fué preso y llevado al castillo. Este caballero era monsieur de
Lain, natural de Francia, gentilhombre de la boca del Empe-
rador, que se pasó á su servicio con monsieur de Barbón.
Llegó luego un caballero flamenco; traía sayo y caparazón
de telilla de oro y plata negra, y del primer paso fué llevado
á prisión.
Luego vino un caballero español, sayo y caparazón de raso
blanco; ganó la primera y segunda puerta y en la tercera fué
preso. Este era D. Rodrigo Bazán.
Y estando combatiendo el pasado, llegó un caballero borgo-
ñon, que traía casaca y caparazón de telilla azul, y fué preso
por el primer mantenedor.
Tras éste vino un caballero que se dijo el Caballero Indio,
■con unas armas doradas. Traía sobre ellas sayo de terciopelo
negro con una faja recamada de oro. Ganó el primer paso, fué
preso en el segundo porque perdió la espada. Este era D. Diego
■de Leiva.
A esta sazón bajaban por la ladera abajo del bosque dos
caballeros bien armados y de gentil parecer ; traían sayos v
caparazones de raso carmesí y unas bandas amarillas y plumas
y gorras amarillas ; parecían húngaros, porque venían con el
hábito y traje húngaro. El uno de éstos ganó el primer paso,
fué preso en el segundo, combatiendo de la espada fué herido
en el dedo pulgar de la mano derecha, y porfiando á combatir
liubo de perder la espada y fué llevado á prisión á caballo. El
compañero fué preso en el primer paso. De suerte que llegaron
á una al castillo como vinieron. Estos eran el Príncipe de As-
colí y el compañero el Comendador mayor de Alcántara.
Luego llegaron dos, caballeros que traían sobre las armas
■sayos y caparazones de telilla azul; el uno se dijo D. Guilán
el Andador, y el otro D. Florestán. Este fué preso en el primero
paso; el D. Guilán combatió esforzadamente en todos tres pa-
sos, ganólos y mereció pasar la barca y entrar en la Isla Ven-
— 276 —
turosa, y aunque no ganó la espada, hízosele presente un eran-
celín de oro que tenía un rubí, y tornóse á salir por donde
había entrado con su honra. Este fué Juan Quijada, gentilhom-
bre de la boca del Emperador. Fué el primero que entró por su
esfuerzo en la Isla Venturosa. Su compañero era D. Diego de
Acuña.
Tras éstos llegaron monsieur de Jebres y otro caballero bor-
goñón ; traían sayos y caparazones de telilla de oro negra. Y
monsieur de Jebres ganó el primero y segundo y tercero paso,
entró en la Isla á probar su ventura en sacar la espada, y por-
que no pudo tornó á salir á caballo y con un crancelín que le
dieron. El compañero fué preso por el primer mantenedor.
Luego vino otro caballero español con unas armas doradas,
sacó capazón y sayo de terciopelo blanco y colorado y plumas
de la misma color. Ganó el primero y segundo y tercero paso,
pasó la barca, probó la ventura y fuéle dado un crancelín. Quedó
su nombre escrito en el número de los caballeros valerosos. Este
era D. Hernando de la Cerda, gentilhombre de la cámara del
Emperador.
Tras éste llegó un caballero sevillano ; sacó sayo y capara-
zón de terciopelo negro ; fué preso en el primer paso. Este era
D. Juan de Saavedra.
Luego vino un caballero flamenco con unas armas negras y
doradas; traía casaca y caparazón naranjado; lleváronlo á la
prisión en el primer paso.
Tras éste vino un caballero flamenco, que Barlus había por
nombre; trajo sayo y caparazón azul con unas franjas ele plata.
Fué preso en la segunda aventura, porque cayó del caballo al
correr de la lanza (aunque cayó harto despacio).
Luego vino un caballero que se dijo Gavarte de Valteme-
roso ; sacó sayo y caparazón de terciopelo amarillo y plumas
de la misma color, ganando el primero, segundo, tercero paso ;
fuéle dado otro crancelín ; su nombre quedó escrito. Este era
D. Luis Zapata.
Tras él llegó un caballero borgoñón ; sacó sayo y capara-
zón amarillo y plumas de la misma color ; fué preso cu el pri-
mer paso.
— 211 —
Luego llegó una dueña á caballo vestida de telilla de oro
-encarnada ; fué enviada por Urganda la Desconocida para saber
cuál de los tres caballeros que detrás de ella venían probaba
mejor las aventuras, porque todos tres estaban enamorados de
Urganda, y ella quería tomar por su caballero al que mejor pro-
base.
Luego vinieron los tres caballeros que á Urganda la Desco-
nocida servían ; traían sayos y caparazones de raso blanco y
las plumas de la misma color. Y el primero que combatió era
el Conde de Nieva ; ganó el primero y segundo y tercero paso
porque combatió reciamente, pasó la barca, probó la espada,
■diéronle un crancelín, salió por donde había entrado. Tras el
de Nieva probó monsieur de Champarin ; ganó el primero y el
segundo y en el tercero fué preso. El tercero de los tres fué
Gaspar de Robles, paje que fué del Emperador; ganó el pri-
mero, segundo y tercero paso, fuéle dado un crancelín como
.á los otros.
Y porque el Conde de Nieva desarmó é hirió al Conde de
Agamont, que era el postrer mantenedor, no pudo más man-
tener ; y así se puso en su lugar monsieur de Trullera, con
quien Robles y los demás que aquel pasó le ganaron combatie-
ron. Lo mismo aconteció al Conde de Ostrat, que fué herido
por otro aventurero y puso otro en su lugar que defendiese el
segundo paso que él guardaba.
Luego vino D. García de Ayala, gentilhombre de la boca
del Emperador ; sacó sayo y caparazón de telilla, y en el ca-
parazón muchas calaveras y huesos pintados; trajo doce can-
tores de la Reina María á caballo delante de sí cantando las
exequias de los muertos. Fué preso en el primero y llevado con
toda su música al Castillo Teuebroso, cantándole un responso.
Tras él llegó Mingo Val con sayo y caparazón de raso blanco
y amarillo y azul, y muchas plumas de lo mismo sembradas en
el caparazón. Fué preso por el primer mantenedor.
Vino luego un caballero borgoñón, y fué preso en el pri-
mero paso ; sacó sayo y caparazón de chamelote blanco sin
aguas.
Tras él vino monsieur de Malla, del mismo color ; ganó pri-
— 278 —
mera, segunda y* tercera aventura ; fuéle dado otro crancelín.
Tras él llegó Sucar ; sacó sayo y caparazón de tela de ora
morada ; ganó primera y segunda aventura ; fué preso en la
tercera.
Tras éste vino una cuadrilla de cinco caballeros ; traían,
sayos y las cubiertas de los caballos de tela de plata, y casi
todas ellas cubiertas de brosladuras de terciopelo colorado y
muchas borlas de las mismas colores en las cubiertas, y plumas
blancas y rojas. El primero de aquesta cuadrilla fué el Marqués
de Pescara, el cual ganó primera, segunda y tercera aventura,
y le fué dado un crancelín. Tras él entró monsieur de Norca-
me; fué preso en el primer paso. El Marqués de Vargas, que
entró tras él fué preso en el primero paso. Tras éste combatió
él Príncipe de Piamonte ; ganó primera, segunda y tercera aven-
tura • fuéle dado otro crancelín.
El último caballero de esta cuadrilla fué el Príncipe de Es-
paña ; en las tres carreras del primer paso, segundo y tercero
rompió muy bien su lanza, con la segunda tocó en la cabeza,
corrió gentilmente, ganó este primero paso y el segundo y el
tercero. lluego pasó á la Isla Venturosa, subió sobre la peña,
probó la espada y sacóla. Tenía la espada en el puño dos pie-
dras de gran valor, la una era un diamante y la otra un rubí.
Y estas piedras en la guarnición y la contera valían gran suma
de dineros. a
Ganada la espada, el Príncipe se la ciñó estando sobre la
peña, y en bajándose de ella echó mano á la espada y fué a
donde parecía la niebla que estaba sobre el castillo de ella. Y
como llegó á una puente levadiza, se levantó la nube y descu-
brióse el castillo. Al pasar de la puente levadiza combatió con
tres caballeros que guardaban el castillo, y andando comba-
tiendo con ellos rompió con la espada una redoma grande que
en la puerta del castillo estaba colgada, y luego fué desencan-
tando el Castillo Tenebroso, y caídas las puertas y las guardas
de él el Príncipe entró en el castillo }r halló en una sala un
hombre muy anciano y cano, que era el carcelero, vestido hasta
el suelo de tela de oro, al cual pidió Su Alteza las llaves de
los prisioneros. El carcelero se echó á sus pies suplicándole
— 279 —
le hiciese merced de otorgarle la vida, y así le fué otorgada, y
luego le entregó las llaves. El Príncipe abrió los prisioneros y
dióles libertad á todos los que en ellas estaban, y salió del
castillo con todos ellos y con el carcelero. Y de este manera
se acabó esta aventura.
Y aquella noche á las siete en el Palacio hubo gran banquete.
El Emperador y las Reinas y el Príncipe se sentaron en la ta-
bla y por el orden que el sábado pasado. Había también otra
mesa en el mismo lugar que la que aquel día. Al un cabo estaba
asentado el Príncipe de Piamonte y luego la Marquesa de Vargas
y tras ellos otras muchas damas y señores. Al otro cabo de esta
mesa estaba el Marqués de Astorga y luego la Princesa de Pi-
noy y el Duque de Olstannigo y la Condesa y el Obispo de
Lieja y otros muchos señores y damas de aquellas tierras bajas.
Fueron de mesa 44.
Ya que comenzaban á cenar en la una mesa y en la otra ser-
vido el primer servicio, la Reina María se levantó de la mesa
v también su Alteza y se pasaron á la otra y se sentaron en ella
la Reina María á un lado y Su Alteza al otro. Y Su Majestad
y la Reina de Francia viendo que se habían sentado la Reina
María y el Príncipe en la otra mesa mandaron llevar á ella la
vianda que en la suya tenían y fuéronse á cenar con ellos. Duró
1'. cena más de hora y media y fué bien festejada y regocijada.
Hubo músicas de cantores y de otros instrumentos. Acabada
la cena hubo grandes y muchas danzas. Su Alteza danzó con la
Princesa de Pinoy y con alguna de las damas de la Reina María.
Y miércoles á 28 de Agosto en la noche, estando Su Majes-
tad y las dos Reinas presentes en la sala de Palacio y andando
muchos caballeros y damas danzando entre las nueve y las diez
horas de la tarde, entraron en ella por el aposento de la Reina
de Francia cuatro caballeros con cuatro damas armados y he-
chos máscaras. Ellos sacaron unas ropas de tela de oro morada
hasta el suelo con capillas grandes á la antigua forrada de felpa
blanca y negra á manera de armiños. Traían plumas blancas,
negras y moradas. Ellas sacaron sayas de tela de oro del mismo
color ; las vueltas de los caballeros eran de felpa negra y blanca
armiñada. Venían todas á la antigua y andando ellos danzando
— 280 —
con ellas entraron por el aposento del Emperador otros cuatro
caballeros armados y enmascarados ; sacaron mucetas á la tu-
desca de tela de oro; las calzas, jubones y zapatos eran de lo
mismo ; las plumas blancas y rojas y azules. Estos llegaron á
querer tomar las cuatro á ios que las traían ; visto el descome-
dimiento, queriendo defenderlas, echaron las ropas y máscaras
por el suelo y caladas las vistas comenzaron á combatir y duró
un rato el combate. Los otros cuatro caladas las vistas hicieron
lo mismo.
Y- estando en esto entraron por la puerta de la sala seis ca-
balleros armados y enmascarados; sus vestidos eran de tela
de oro verde á manera de salvajes. Y viendo el combate tra-
bado entre los caballeros que traían las damas y los otros fué-
ronse denodadamente hacia donde ellos estaban peleando con
todos ellos, y tomadas las damas se salieron con grande pres-
teza de la sala, y puestas en un carro que allí traían se fueron
á un castillo que estaba una legua de Bince hacia Bruselas,
que la Reina había mandado edificar solamente para este efecto
y para lo que adelante se dirá.
Y los cuatro caballeros de las máscaras, viéndose afrentados
sin las damas que habían traído, fueron á suplicar á Su Ma-
jestad les diese licencia para poder ir á combatir aquel castillo
y dar libertad á sus damas que estaban presas. El Emperador
les dio licencia para que libremente lo pudiesen hacer.
Y luego al día siguiente, jueves 29 de Agosto, habiendo
estos caballeros a juntado sus deudos y amigos que serían más
de 400 combatientes sin los hombres de armas que serían o'.ros
tantos, fueron á sitiar el castillo y llevaron las piezas de arti-
llería que fueron menester.
El Emperador se fué este día con las Reinas á una casa
de placer que la Reina María tenía -cerca del castillo, la cual
era bien hermosa y linda. Estaba en un alto puesta junto á un
bosque que llamaban Maridmon. Y por amor de la Reina María
(cuya era) era cuadrada y toda de ladrillo y piedra ; había en
ella muchos y muy buenos aposentos y en algunos de ellos
fuentes ; á las puertas y ventanas de todos los cuatro lados eran
verdes, las vidrieras blancas y muy claras. Cercábala un foso
— 281 —
de quince pasos de ancho y de hondos una pica ae agua bien
clara. Entraban á la casa por dos puentes levadizas que de
una parte y otra estaban. Entre el foso y la casa había una
fontana de cuatro caños; junto al foso estaba un jardín que
poco había se comenzara á labrar ; era muy lindo y las calles
de él eran de ladrillo ; tenían por los lados unos canales de
piedra. En medio del jardín estaba una fuente de las mejores
que se podrían hallar y sobre ella estaba una estatua de mármol
que representaba la abundancia, toda de una pieza ; había en
él de todos los géneros de árboles, yerbas y flores.
En saliendo por la puente levadiza de la casa á mano iz-
quierda estaba una galería para que el Emperador y las Reinas
y Su Alteza viesen el combate del castillo. Ella estaba muy
bien pintada y en algunas partes dorados, mayormente al cielo
de ella y las columnas. Y á la mano derecha, más abajo de la
casa, casi en medio del castillo y de ella, plantaron la artillería
que era 16 piezas gruesas y su trinchera y cestones.
El castillo estaba 470 pasos de la casa en un valle cercano
á unas lagunas pequeñas; tenía un foso sin agua y dos bas-
tiones de ladrillo y el lienzo de linde el un bastión al otro era
también de ladrillo y eran de dentro bien tierra filanada. Lo
demás del castillo era tabla y lienzo.
Había muchas tiendas en el campo asentadas junto al bos-
que. Y estando ya el campo en orden (como si de veras hubiera
de pasar el negocio) , porque á la verdad fué aquello una ima-
gen y representación viva de un castillo cercado que procuraba
defenderse de contrarios que trabajaban por batirlo y entrarle ;
siendo el Príncipe de Piamonte Capitán general de este campo
y monsieur de Laín, señor del castillo y de 200 infantes que
en él estaban.
Ya que el Emperador y las dos Reinas y el Príncipe llegaban
cerca de la casa y del castillo, así los de él como los del campo
comenzaron á escaramuzar. Y el Emperador se apeó á la puerta
de la casa y sin entrar en ella se fué á la galería (de que arriba
se hace mención) y en ella se sentó juntamente con las dos
Reinas, y Su Alteza á la tabla, y estando comiendo veían las
escaramuzas y combate, que cierto era cosa digna de ver.
— 282 —
Esta mesa fué servida de 24 ninfas ó ceas muy ricamente
adornadas. El primer servicio sirvieron ocho de ellas, traían
los platos en unas canastillas llanas de mimbres doradas y pla-
teadas. En cada canastilla traían las dos de ellas cuatro platos.
Delante de éstas iban dos mayordomos, era el uno monsieur
de Falconete y el otro el mayordomo de la Reina María. Saca-
ron unas ropas largas á la antigua ceñidas de tela de plata,
rajeadas de seda morada ; y sobre ellas traían otras mayores y
más largas trabadas por el collar de telilla de plata rajada ; de
la misma telilla traían los tocados á la turquesa y unos eran
celines de laurel á la imperial. Delante de estos dos mayordo-
mos iban cuatro violones tocando, vestidos de las mismas co-
lores. Das ninfas llevaban unas ropillas cortas de telilla de oro,
y debajo de ellas traían sayas de tela de plata rajeadas de mo-
rado y zapatos de terciopelo morado ; en las cabezas sobre los
cabellos traían redes de sus mismos cabellos y en - cada nudo
de estas redes muchas piedras. Dos mayordomos servían á la
mesa como mayordomos y las ninfas como gentileshombres de
la boca.
El segundo servicio trajeron otras ocho deas vestidas á la
rústica ; traían los platos en unas cesticas doradas y delante de
ellas venían dos mayordomos de la Reina María, vestidos de
unas ropillas cortas de telilla azul, oro y amarillo y verde con
medias mangas y rapacejos de oro en los extremos de ellas. De-
bajo de estas ropas traían sayas de tela de oro amarilla y verde
y zurrones y sombreros de la misma telilla con unos pasamanos
de oro y de seda verde. Delante de estos dos mayordomos iban
cuatro gaitas vestidos de las mismas colores. Dos de las rústicas
sacaron unas ropillas cortas con inedias mangas de telilla de oro
amarilla y verde con muchos rapacejos y sayos de tela de plata
y sombreros y zurrones de telilla de oro con muchos pasamanos
de oro y seda verde. Traían cadenas de oro atravesadas por
el cuerpo debajo del brazo izquierdo.
Da tercera vianda ó servicio trajeron otras ocho deas, cada
una de las cuales representaba á la d'osa Diana; traían los pla-
tos en canastillas doradas y plateadas. Delante de ellas venían
dos mayordomos del Emperador, el uno era D. Juan Manrique
— 283 —
de Lara, el otro Luis Quijada. Sacaron unas ropillas cortas de
telilla de plata con muchos rapacejos de oro y sayos y sombre-
ros de tela de oro verde y unas cornetas de cazadores. Delante
de estos mayordomos iban cuatro cazadores tocando sus cor-
netas vestidos de las mismas colores. Las deas Dianas sacaron
unas diademas ó tocados á la antigua y en ellas grandísima pe-
drería ; en estos mismos tocados había unas medias lencetas.
Traían unas medias ropillas de telilla de oro con muchos rapa-
cejos y debajo de ellos sayas de tela de oro azul ; en las espaldas
traían aljabas con saetas y en las manos unos arcos. Esta tabla
fué servida de muchos y diversos manjares. Duró la comida
una buena hora.
Entretanto andaban las escaramuzas entre los del castillo
y los del campo, usando de todos los ardides, mañas y cautelas
é industrias que se suelen guardar en una guerra muy de veras.
La artillería tiró ruciadas con las cuales se hizo razonable ba-
tería y así acordó el Capitán general de dar el asalto al castillo,
habiendo primero puesto la gente de su campo en cuatro' escua-
drones, dos de infantería y dos de caballería. Y de esta manera
se dio el salto al castillo; pero no lo pudieron ganar, porque
se defendieron bien los que en él estaban, y así se retiraron y
volvieron al campo. Luego tornó la artillería á tirar otra ru-
ciada y hecha tiraron y volvieron al campo y dieron el segundo
asalto. Aunque los del castillo trabajaron de defenderse toda-
vía lo tomaron, porque la artillería les derribó los baluartes y
la mayor parte del lienzo que era su defensa.
Todo esto se representó al natural, é hicieron asimismo to-
dos los ingenios, industrias que gente cercada solía hacer para
su defensa y provisión. Por la otra parte hicieron todas las di-
ligencias necesarias para estorbarles el castillo. Hicieron los ar-
cabuceros todos los ademanes y acometimientos que suelen ha-
cer para llegar á dar el asalto. De suerte que no parecía que era
fingido nada¿ sino que todo se hacía de veras y al propio ; sola-
mente faltó el miedo que en los verdaderos trances suele reinar
en los ánimos; todo lo demás se representó perfectamente.
Tomado el castillo dióse libertad á las cuatro damas que en
él estaban presas, las cuales vinieron luego en su carro triunfal
— 284 —
á besar las manos al Emperador por la merced que las ñahía
hecho en librarlas de manos del señor de aquel castillo. El
Emperador con las Reinas y Su Alteza salieron fuera de la
galería á recibirlas ; habiendo estado un rato con ellas, que eran
de las principales señoras de aquellas tierras, en gran placer y
regocijo se volvieron á entrar en la casa, y las cuatro damas
se volvieron en su carro á Bince, y también el Emperador tras
ellas. Duró esto desde las once horas hasta las cuatro de la
tarde.
Y luego el día siguiente que se contaron 30, hubo en la
plaza de la villa de Bince un torneo de á caballo entre 70 caba-
lleros, estando el Emperador y las dos Reinas presentes acom-
pañados de muchos señores y damas. La plaza estaba (por causa
de las barreras que en ella se pusieron) larga y angosta ; tenía
en lo ancho 50 pasos, poco más ó menos; en largo tenía una
carrera de caballo ; quedaron cuatro puertas para entrar y salir
por ellas, las dos en un cabo y las otras dos en otro.
En frente de las otras por una puerta entraron 30 caballeros
repartidos en sus cuadrillas; cada cuadrilla constaba de cinco,
traían sus libreas diferentes de las otras. Por la otra puerta en-
traron los otros 30 por la misma orden repartidos ; y los unos
y los otros tornaron á salir por las puertas contrarias por donde
entraron. Entre las dos puertas, así las de un cabo como las
del otro, había cuatro padrones ; las barreras de los lados de la
plaza servían de otros dos padrones.
Los caballeros corrían primero lanzas por este orden. En-
traban cinco que eran de una cuadrilla y poníase cada uno en
sus padrones de una parte, y de la otra hacían lo mismo otra
cuadrilla, y todos juntos se venían á encontrar cada uno con
él caballero que se le veía poner delante. Corridas las lanzas,
cada cuadrilla volvía á salir por otra puerta. De manera que la
cuadrilla que. acababa de romper no estorbaba la entrada á la
que quería entrar ; ni en esto hubo desorden ni confusión. Rom-
pió cada cuadrilla seis lanzas, porque tantas veces entraron.
Acabado esto se pusieron los 30 caballeros á un lado de la
plaza y los otros 30 al otro lado y comenzaron los unos contra
los otros de combatir las espadas. Duraría la junta y combate
— 285 —
de las espadas más de dos horas. Hubo galanas libreas; la del
Príncipe salió de brocado con muchas recamaduras de oro y
plata. Su Alteza rompió en este torneo dos lanzas y combatió
muy bien de la espada ; metió por padrinos al Duque de Alba
y á Gutierre López de Padilla, uno de sus mayordomos.
Acontecieron en aqueste torneo cuatro desgracias : la pri-
mera fué que llovió, cosa extraña ; la segunda, que de un en-
cuentro dieron con el caballo de D. Juan Manrique de Lara en
el suelo muerto; la tercera, que á monsieur de Arbes, gentil-
hombre de la cámara de Su Majestad y Justicia mayor de la
villa de Envers, le rompieron un brazo ; la cuarta, que á un
caballero borgoñón le dieron un encuentro en el muslo que se
le metió una astilla de la lanza por él, de que murió.
Esta noche hubo gran banquete y sarao en el Palacio del
Emperador ; cenó con las dos Reinas y Su Alteza en el lugar
que otras veces ; también los otros señores y damas por la misma
orden que se ha dicho. Alzadas las mesas hubo grandes danzas
y muchas; el Príncipe danzó con una dama dicha Molambe.
Después del sarao tuvo la Reina María aparejada una cola-
ción en otra pieza, la cosa más superba y de mejor invención
que se había visto. Luego que el Emperador y las Reinas co-
menzaron á entrar por esta sala comenzó á bajarse una mesa
desde un cielo que en lo alto de ella estaba sin que nadie viese
con qué ingenio ni artificio, sino que venía del cielo. El cielo
estaba extrañamente pintado con signos y planetas, sol y luna,
y todo el otro ejército de estrellas ; imitaba (en cuanto era po-
sible) al verdadero porque á aquella hora resplandecía hermosa-
mente. Tenía cada estrella y cada figura de aquellas celestes'
verdadera lumbre detrás.
Y luego que la dicha mesa se puso en su lugar pareció estar
llena de muchas y hermosas flores y frutas. Y acabada la co-
mida dé aquellas frutas (lo que á cada uno de Sus Altezas más
agradaba) se hundió, y luego descendía otra del cielo, llena
asimismo de variedad de frutas, y después que comieron de
ellas hizo la mesa lo que la pasada y hallóse Su Majestad y las
Reinas sin mesa ninguna, sentados en sus sillas.
Y estando platicando entre sí en buena conversación des-
— 286 —
cuidados comenzó el cielo á tronar y relampaguear mucho; y
en cesando los relámpagos comenzó á granizar confites y llover
agua de azahar y nevar azúcar. Y porque la colación no fuese
seca había en la dicha sala una riquísima fuente que tenía cua-
tro caños y por los dos de ellos corría vino blanco y tinto y por
los otros dos agua de olores maravillosos. Duró esta colación
0
más de una hora y con ella hubieron fin las fiestas que la Reina
María hizo hacer en su villa de Bince por recreación del Em-
perador y Príncipe D. Felipe su hijo.
CAPITULO XXXIII
De la traslación que se hizo del cuerpo de la Princesa Doña
María, mujer del Príncipe, á la capilla de los Reyes en la
ciudad de Granada, porque después que Su Alteza murió
había estado depositado en el monasterio de San Pablo, de.
ValladoMd, yendo con el dicho cuerpo D. Pedro Manuel,
Arzobispo de Santiago.
En este año por mandado del Emperador fué trasladado el
cuerpo de la Princesa Doña María, de gloriosa memoria, mujer
que había sido del Príncipe D. Felipe, á la capilla de los Reyes
de la ciudad de Granada, porque hasta entonces había estado
depositado en San Pablo de Valladolid. Y el día que se hubo de
sacar, vino el Príncipe Maximiliano y la Princesa Doña María,
sii mujer, al dicho monasterio, y la Princesa y sus damas sa-
lieron con el cuerpo hasta fuera de la iglesia, y el Príncipe
Maximiliano y todos los Grandes y caballeros de la Corte fue-
ron á pie acompañándolo hasta dejarlo fuera de la villa. Sa-
lieron con el cuerpo todas las órdenes, cofradías y toda la cie-
ncia.
Salió con el Príncipe Maximiliano el Duque de Escalona y
todos Tos Consejos y oficios ordinarios de la Corte.
Llevó el cuerpo á Granada el Arzobispo de Santiago, y con
él fueron el Conde de Valencia, hijo del Duque de Xájera, y
el hijo del Conde de Castro y D. Juan ele Acuña y otros caba-
— 287 —
lleros parientes del mismo Arzobispo que le quisieron honrar
en aquesta jornada, y otros muchos capellanes y cantores.
Y por todas las ciudades y lugares que pasaron hicieron al
cuerpo muy gran recibimiento con grandes lutos y cera, dicién
dolé los oficios divinos y exequias acostumbradas decir á seme-
jantes personas.
Y á 26 días del dicho mes llegó el cuerpo de la Princesa al
lugar de Alborolt, dos ó tres leguas de la ciudad de Granada,
de donde salió aquel día por la mañana el Capellán mayor de la
capilla Real con los capellanes y cantores y ballesteros de maza ;
yendo cabalgando en procesión llegaron al dicho lugar de Al-
borolt, á la sazón que apeaban el cuerpo de la Princesa, y
todos, dejando sus cabalgaduras, lo metieron en la iglesia y
lo pusieron sobre un túmulo cubierto de negro que allí estaba
hecho, y se le dijo un responso con gran solemnidad, diciendo
el Capellán mayor la oración, el cual asimismo dijo la misa con
sus capellanes muy solemne y devota.
Y hecho esto se fueron á comer donde el Capellán mayor
convidó á todos los que con él habían venido, y les dio abasta-
damente lo que les fué necesario. Y á las cuatro horas de la
tarde volvieron á la iglesia, donde se dijo una vigilia de tres
lecciones con mucha música, que puso gran devoción.
Y estando diciendo el oficio vino allí el Arzobispo de Gra-
nada con mucha clerecía de su iglesia y el Conde de Tendilla
con muchos caballeros de la ciudad, delante de los cuales lo¿
de la capilla Real dijeron un responso muy solemne, reiterán-
dolo dos veces. Y acabado se fueron todos á la posada del Ar-
zobispo de Santiago, donde concertaron la hora que otro día se
haría el recibimiento en Granada. Y con esta conclusión que
allí se tomó se volvió el Arzobispo de Granada y el Conde y los
que con él vinieron.
Y otro día siguiente, después de haber dicho la misa el Ca-
pellán mayor con todos los cantores se volvió á Granada, y á
la una de la tarde comenzaron á salir de la dicha ciudad todas
las cofradías y oficios con sus pendones negros y cirios y hachas
ei: procesión por su orden y antigüedad. Salió también el es-
tandarte Real con todos los caballeros de cabildo, el Corregí-
— 288 —
cor de justicia, yendo el Alférez vestido de luto con doce
mozos de espuelas vestidos de lo mismo y con bastones negros,
y tras él todos los oficiales y Escribanos públicos y Procurado
res, y tras ellos los Jurados y Regidores, Corregidor y Justicia,
todos con hachas de cera en las manos, y luego toda la clericia
de la ciudad con cruces de todas las parroquias con mangas ne-
gras, y entre ellos los frailes de todas las Ordenes, hasta los de
!a Cartuja, que serían 500 frailes y los clérigos hasta 600. Iba
á la postre de todos el Arzobispo de Granada y el Obispo de
Guadix.
Y por esta orden dicha fueron hasta un cadalso que estaba
hecho fuera de la puerta Delvira, muy alto, cubierto de luto,
donde esperaron que llegase el cuerpo. Y salió asimismo ei
Conde de Tendida con toda la gente de guerra á caballo, todos
con hachas, y llegaron hasta San L,ázaro, donde ya venía el
cuerpo de la Princesa. Y así á caballo se volvieron con él hasta
el dicho cadalso con todas las cofradías y oficios que allí esta-
ban, y pusieron sobre él el dicho cuerpo y se le dijo un res-
ponso de cantores, y el Arzobispo de Granada le dijo la oración.
Y de allí tomaron los Regidores de la ciudad el cuerpo en sus
hombros y lo metieron en la dicha ciudad, yendo delante los
oficios y cofradías, frailes y clérigos que dicho hemos, y tras
ellos la gente de guerra, y á la postre iban los Arzobispos de
Granada y Santiago y el Obispo de Guadix, y luego toda la Au-
diencia Real, Presidente, Oidores, Alcaldes, letrados y oficia-
les, todos con velas blancas encendidas.
Y como llegaron junto á la iglesia de Santiago, donde estaba
hecho otro cadalso, pusieron el cuerpo sobre él mientras se le
decía un responso como antes se había hecho á la puerta de
Delvira, y de allí fueron hasta la Puerta Nueva de la iglesia,
por donde entraron y llegaron hasta donde estaba hecho un tú-
mulo en medio del crucero de la dicha obra, cubierto todo de
paños de negro, donde estaba un altar muy rico á manera de
monumento con sus columnas cubierto de oro y azul, dentro
del cual pusieron el dicho cuerpo y le dijeron el mismo res-
ponso que en los pasados, siendo una hora de la noche, y de
allí metieron el cuerpo en la capilla Real, donde en medio de
— 289 —
ella estaba hecho un gran cadalso cubierto de terciopelo negro
y un paño de brocado, y de las cuatro esquinas cuatro colum-
nas con sus basas y chapiteles plateadas y doradas y puestas
sus molduras de las unas á las otras de talla dorada, y en medio
dos ángeles de bulto en el aire con un escudo en las manos con
las armas de Castilla y Portugal, todo lo cual subía muy alto,
v sobre ello otro andamio con sus gradas y en medio de él un
mundo plateado que salía de un pilar con muchos ramos de
cruces de madera negros, y á cada esquina otro ramo de cruces
de la misma manera, y en cada ramo de estos cinco ramos de
cruces estaban puestas 172 velas de cera blanca, y las dos pri-
meras gradas después del mundo plateadas, y las de allí abajo
de negro todas, asimismo llenas de candelas de cera blanca con
cuatro banderas de tafetán á las cuatro esquinas con las dichas
armas.
Estaba toda la capilla entapizada de paños negros con las
armas de Portugal, y de la reja adentro estaba colgada la tapi-
cería de la capilla Real, y metido el cuerpo causaban gran res-
plandor las hachas y velas que dentro estaban, que era cosa de
ver. Y por el mucho humo fueron quitadas las vidrieras, y se
dijo allí un responso por ser ya tarde y no haber lugar de más.
Y así se fué cada uno á sus posadas, y en todo este día nunca
cesaron los clamores de las campanas de todas las iglesias de la
ciudad .
Y otro día siguiente por la mañana fueron á la capilla Real
toda la clericía de la dicha ciudad y los frailes y los de la Au-
diencia Real ; Justicias y Regimientos y el Conde de Tendilla
con los caballeros y gente de guerra, y los. Arzobispos de San-
tiago y Granada y el Obispo de Guadix, y predicando el Arzo-
bispo de Santiago, estando encendida toda la cera de la capilla.
Y acabado se fueron á sus posadas. Y á las cinco de la tarde
volvieron á la iglesia los mismos que habían estado a la ma-
ñona, y se dijeron tres lecciones con mucha solemnidad, y dijo
el oficio el Arzobispo de Granada.
Y otro día se tornó á decir otra misa por el mismo Arzobispo ,
v predicó un fraile agustino dicho Munatonas, que había ve-
nido con el cuerpo de la Princesa. Y acabado el oficio y el res-
19
._ 290 —
ponso se fueron á sus posadas. Y otro día sábado vinieron todos
á la capilla Real por la misma orden que se había hecho antes,
y se hizo el oficio por el Arzobispo y predicó un fraile Jerónimo
de la Orden de San Francisco. Y este día en la tarde á las seis
horas se comenzó el oficio, el cual hizo el Arzobispo de San-
tiago y otros dos Canónigos de la Iglesia Mayor de Granada,
y tomaron el cuerpo de la cama donde estaba del un cabo el
Arzobispo de Granada y del otro el Obispo de Guadix, y en
medio el Licenciado Deza, Presidente que en aquel tiempo era
de la Cancillería, y el Conde de Tendilla de la otra parte, y lo
llevaron hasta la 'bóveda, y metido, entraron el Arzobispo de
Granada y el Obispo de Guadix y el Capellán mayor y otros
muchos caballeros, y dejándolo dentro se tornaron á salir, y así
se 'acabó el oficio todo, y pusieron luego una tumba grande-
como la de la Emperatriz y á su mismo lado con el paño de
brocado que traía.
CAPITULO XXXIV
Cómo después de partido el Príncipe D. Felipe de España se
le quitaron sus cuartanas ai Príncipe Maximiliano, y las
fiestas que hubo en Vaüadolid, é ida de la Infanta Doña
Juana á la villa de Aranda, y otras cosas que acontecieron'
en este tiempo en la Corte.
Después de partido el Príncipe D. Felipe para Italia, como
el Príncipe Maximiliano se hallase de mejor disposición, deter-
minó de hacer vida más maridable con la Princesa Doña María
si ¡ mujer, porque desde la noche que fueron desposados nunca
más había llegado á ella á causa de su mal, y así de allí ade-
lante comenzaron á dormir juntos, y á hacerse muchas fiestas
y regocijos en la Corte. Y las primeras justas que se hicieron
fueron unas justas delante Palacio de seis por seis ; la una
bandera era de cortesanos y la otra de criados de Maximiliano.
La de los cortesanos tuvo por cabeza de bando al Adelantado
de Canaria, que hizo la fiesta, el cual con los de su cuadiilla
salió de terciopelo blanco recamado de tela de plata, y de la
— 291 —
otra banda fué cabeza D. Pedro Sarmiento, gentilhombre de la
cámara de Su Alteza, y D. Luis Laso, hermano de D. Pedro
Laso, Mayordomo mayor del Príncipe. Salió esta cuadrilla de
amarillo. Duro la justa hasta _ la noche, que fué cosa de ver,
porque así los justadores como los demás salieron muy bien
aderezados.
Hubo asimismo de allí á veinte días otra fiesta de justas, la
cual se hizo en la plaza, y fué mantenedor D. Enrique Enríquez,
hijo del Conde de Alba de Liste, y puso un aparador de plata,
y justaba con cada aventurero cualquiera de las piezas que el
aventurero quería, y las que así se ganaban por los unos y pol-
los otros se enviaban luego á las damas, cada uno á la que más
le agradaba. Y en esta fiesta justó el Príncipe Maximiliano, y
sin Su Alteza iustaron D. Pedro Sarmiento y D. Luis sus cria-
dos, y el Adelantado de Canaria, y el Marqués de Cogolludo, y
el Conde de Valencia D. Antonio de Luna, y otros caballeros,
así españoles como hi'vngaros, que serían hasta doce.
Y el Marqués de Villena hizo este dia una fiesta á las Prin-
cesas y á sus damas muy solemne, porque les dio una colación
ó merienda que fueron tres servicios, cada servicio de cuarenta
y siete platos grandes. Y luego á la noche hubo sarao que fué
muy bueno, donde se dio la joya de más galán que había salido
en la justa al Príncipe Maximiliano, y con mucha razón, porque
había salido con dos compañeros vestidos de blanco y verde y
negro, matizadas las colores tan en proporción y tan fuera de
uso común que pareció muy bien á todos. Llevaba asimismo
unas armas doradas y seis mozos de espuelas de las mismas co-
lores. Y cuando le dieron la joya, luego allí en el sarao la dio
á Doña Isabel de Osorio, diciendo que pues que á él se la ha-
bían dado por gentil hombre, que él la quería dar á una gentil
dama.
Y de ahí á tres días determinó que la Infanta Doña Juana se
fuese á la villa de Aranda con sus damas y casa, porque hast i
allí tenía compañía á la Princesa Doña María por la indisposi-
ción del Príncipe y dormían juntas. Fué con la Infanta Doña
Juana para tenerla en cargo, y como mayordomo suyo, un
-caballero de Burgos llamado D. Luis Sarmiento, que había sido
— 292 —
muchos años Embajador en Portugal y había venido á Castilla
con la Princesa Doña María, de gloriosa memoria, por caballe-
rizo mayor.
Y después de esto delante de Palacio hubo tres ó cuatro ve-
ces justas, en las dos de las cuales justó el Príncipe Maximi-
liano, el cual por el mes de Marzo fué en romería á Santiago
de Galicia por la posta, y fué el Conde de Bena vente con él. y
lo llevó por su tierra á la ida y á la venida, haciéndole mucha
fiesta. Tardó en el camino Su Alteza trece días, durante los
cuales le vino un caballero de la casa del Rey de Romanos su
padre á traerle el título de elección de Rex^ de Bohemia. Y de
allí adelante él y su mujer se comenzaron á llamar Reyes de
Bohemia, aunque en las firmas que hacían sola la Reina se fir-
maba Peina, y el Príncipe Maximiliano como solía.
Y en este año acontecieron en Palacio dos cosas notables :
la una que el Condesito de Ribadavia, que sería de edad de
trece ó catorce años, estándose burlando con una dama de
Palacio de su edad, hija de D. Benito de Cisnero y de Doña
Petronila de Mendoza, vecino de Madrid, le dijo el muchacho
que por qué no se casaba con él y ella le respondió que porque
era muchacho, y él le dijo cómo tenía edad cumplida para ellor
y ella le respondió que llamase un clérigo, y él salió á buscarlo,
y como todos pensasen que era cosa de niñería ó de burla no
quiso ninguno ir con él, y viendo esto el mozo le dijo que para-
casarse los hombres no había necesidad de clérigo (cuando no lo
había) y que le tomase por marido delante de los que allí esta-
ban, pues eran muchos y bastaban para aquello, y ella dijo:
Yo os tomo por mi marido, y él : Os tomo por mi mujer. Y
acabado de hacer esto se fué ella á la Reina de Bohemia, su
señora, diciéndole que estaba desposada con el Conde de Riba-
davia. Y sabido esto por la Condesa madre del Conde, tomó el
caso impacientísimamente y fué á los Marqueses de Villena y
Mondéjar y á los otros Grandes que había en la Corte á que-
jarse de lo que había pasado, y habló sobre ello á la Reina,
pretendiendo que el muchacho era de poco seso y menor de
edad, y que no había sido válido el desposorio por haber todo
pasado en burlas. Y decían haber enviado su hijo á Portugal
-293-
con su hermana la Duquesa de Verganza. Y la Reina de Bohe-
mia mandó que estuviese la dama á manera de presa en el apo-
sento bajo de Palacio en compañía de la mujer de D. Pedro
Laso de Castilla, que era húngara, y el Mayordomo mayor de
Su Alteza. Y las partes escribieron al Emperador lo que sobre
esto mandaba hacer,
Y la otra cosa notable fué que el Rey de Bohemia tenía un
mozo de cámara gentil hombre que se llamaba (está en claro) ,
y se quiso decir que traía amores con Doña Leonor de Zúñiga.
guarda de las damas, los cuales se levantaban de los aposentos
de sus amos abriendo ciertas puertas para ello, para lo cual
tenía la moza gran aparejo, hurtando de noche las llaves á su
ama de la cabecera de su cama, lo cual se alcanzó á saber por-
que una mujer se levantó de noche y vio ciertas puertas abier-
tas y fué corriendo á despertar á Doña Leonor y se lo dijo, la
cual mirando por sus llaves y hallándolas menos se levantó y
vio las puertas' abiertas y al cabo de ellas á su criada, con la
cual no halló hombre ninguno. Pero por algunas sospechas que
de ellos tenían por haberlos visto juntos hablar muchas veces,
los prendieron á entrambos, los cuales siempre negaron, diciendo
ella que había abierto aquella noche las puertas por estar en
Palacio contra su voluntad, por haber muchos años que había
prometido ser monja, y que se quería ir á meter en un monas
terio, porque su ama no se lo había querido dejar hacer. Lo
cual se consultó con el Emperador y Su Majestad mandó que se
casase con ella y fuese desterrado por diez años á Oran, y des-
terrado perpetuamente del Reino si contra él se hallase algo.
Y después de esto, por el día de San Juan, se hicieron dos
■solemnes fiestas de toros y juegos de cañas, y en la primera hubo
ocho cuadrillas de á diez caballeros cada cuadrilla ; cada cua-
drillero era señor de título, y fué el uno de ellos el Rey de Bo-
hemia y el otro el Marqués de Villena y otros señores de este
arte. Y en la segunda fiesta habría obra de 50 caballeros, los
más de ellos principales. Corriéronse en cada fiesta 12 toros y
otra vez se lidiaron delante Palacio y siempre hubo caballeros
que esperaron toros (que era cosa que Su Majestad holgaba
mucho de hacer).
— 291
CAPÍTULO XXXV
Cómo el Emperador envió á Rama á Martín Alonso de los Ríos,
gentilhombre de su casa, para tomar concordia con el Papa
sobre lo que pedía de la ciudad de Pías encía. Y cómo Su
Santidad envió por dos veces á llamar á los Cardenales, Ar~
zobispos y Obispos que estaban en la oiudad de Trento para
que fuesen á *Romat porque tenía necesidad de consultar
con ellos ciertas cosas cumplideras á la fe. Y la muerte de
Su Santidad.
Arriba dejamos dicho cómo después de la muerte del Duque
de Piasen cia Pero Luis Frenesí o* D. Hernando de Gonzaga,
Capitán geneial en Italia por el Emperador, se había metido en
la ciudad en nombre de Su Majestad, la cual fué muchas veces
requerido por Su Santidad para que le mandase volver la dicha
ciudad, que era de su nieto el Duque Octavio', y como el Em-
perador lo trajese con esto en palabras, Su Santidad á esta
causa nunca le había querido conceder que los Cardenales y los
otros Prelados que estaban en el Concilio en la ciudad de Bo-
lonia se viniesen á la de Trento (donde antes había sido con-
vocado). Lo cual visto por el Emperador, determinó de enviar
á Roma á Martín Alonso de los Ríos, gentilhombre de su casa,
con cartas para Su Santidad, prometiéndole 4.000 ducados de
renta en el Reino de Ñapóles para el Duque Octavio su nieto,
por que desistiese de la demanda de Plasencia y le entregase
también la de Parma (pues eran antes del Ducado de Milán) y
lo cual decían no haber recibido muy bien Su Santidad, y que
todavía quería se le restituyese la ciudad de Plasencia. Y para
hacer mayor extorsión al Emperador determinó luego de en-
viar un breve al Cardenal Pacheco en que le mandaba en virtud
de santa obediencia dentro de cuarenta días fuese á Roma, y
lo mismo al Arzobispo de Palermo, como consta por el breve
que Su Santidad le envió, que traducido de latín en romance
contenía lo siguiente :
— 295 —
PAULO PAPA TEBCEBO
Salud y apostólica bendición al venerable hermano Pedro,
Arzobispo de Palermo.
En tal estado son venidas las cosas de la república cristiana
que del todo tengan necesidad de madura provisión. Por lo cual
pensando lo que sobre caso tan arduo debamos hacer, determi-
namos no sólo tomar el consejo de nuestros hermanos los Car-
denales de la Santa Romana Iglesia, mas de muchos otros Pre-
lados, entre los cuales como no hubiese ocurrido tu fraternidad
nos convino enviarla á llamar. Por lo cual te amonestamos en
el Señor, y en virtud de santa obediencia te mandamos que
parezcas ante Nos personalmente dentro de cuarenta días des-
pués que esta te fuere notificada, donde oiremos de buena gana
los pareceres que nos darás para en provecho público y uni-
versal.
Dada en Roma acerca de San Pedro, á diecisiete días de
Julio.
Y asimismo envió otros dos breves para el Obispo de Bada-
joz y de Calahorra y para los demás Obispos, diciéndoles que
como personas de conciencia y ciencia tales convenían á nego-
cio importante á la cristiandad, quería tomar con ellos consejo
y parecer.
Y el Cardenal y Arzobispos y Obispos lo enviaron á con-
sultar con el Emperador, y Su Majestad fué de parecer que se
excusasen lo mejor que pudiesen. Y así lo hicieron, diciendo
al Papa que hasta que las cosas que á la Iglesia Universal con-
venían, por las cuales ellos habían sido llamados, se compusie-
sen y sosegasen, los hubiese Su Santidad por excusados.
Lo cual el Papa no recibió con mucho sabor, y así respon-
dió al Embajador que él tenía por tan cristiano á Su Majestad
que no impediría obra tan santa y justa. Y D. Diego de Men-
doza le respondió que antes el Emperador lo deseaba y procu-
raba, mas no de la forma que Su Santidad lo quería, y esto
era lo que él impedía.
Y así pasaron muchas pláticas cerca de esta materia, supli-
— 296 — •
candóle fuese servido de no dar molestia á aquellos Prelados
de Trento. Y D. Diego después de esto se partió de Roma para
la ciudad de Sena á componer ciertas discordias que habían su-
cedido entre los vecinos de aquella ciudad.
Y en este tiempo Su Santidad mandó despachar ciertos bre-
ves para los Obispos de Trento, el trasunto del uno de los cua-
les, vuelto del latín en nuestro común hablar, es el siguiente :
PAULO PAPA TEBCEBO
Salud y bendición apostólica al venerable hermano Pedro,
Arzobispo de Palermo.
A lo que respondes á nuestras letras que te escribimos para
la comunicación y consulta de las cosas que pertenecían á la
universal república cristiana, lo cual habíamos de consultar con-
tigo y con los otros Prelados, que te tuviésemos por excusado
hasta tanto que el Señor Omnipotente compusiese las altera-
ciones y tumultos que había en su Iglesia. Si en este tiempo
no vinieses á Nos recibiríamos tus excusaciones (si fueran legí-
timas y tales que las pudiéramos aprobar).
Pero considerando así como escribes tú no de tu voluntad,
pero por nuestro mandado haber ido ahí, no fácilmente nos
persuadimos que lo mismo podrás hacer ahora al presente vi-
niendo á Nos como para lo mismo seas ahora llamado, por lo
cual según dices fuistes ahí traído, conviene á saber, para que
con común parecer se tratasen las cosas que pertenecían al pro-
vecho público y gloria de Dios é instauración de la Iglesia, por
lo cual no vemos que te puedas excusar legítimamente con las
causas que alegas y. que no querrás faltar á tu oficio y de la
Iglesia y dejar obedecer á tu cabeza, siendo constreñido á ello
mucho tiempo ha, así por palabra como por juramento.
Pero como quiera que la. cosa fuere, no desistiremos de nues-
tro propósito, así como persona en quien Dios puso el cuidado
de su manada, y no apartándonos de nuestro mandamiento te
tornamos á llamar otra vez para la misma consulta.
Dada en Roma, cerca de 'San Pedro, á 7 de Septiembre.
Y asimismo envió otro breve al Cardenal Pacheco, la subs-
— 297 —
lancia del cual no difería nada más de intitularle Cardenal y
decirle ser obligado á asistir con él para el regimiento de la
Univeisal Iglesia, á lo cual había faltado.
Ivlevó también el que había traído los breves, que era un
camarero del Cardenal de Monte y Embajador en Bolonia, una
carta juntamente con el breve para el Cardenal de Trento, y la
substancia de ella era la obligación que él y todos los Prelados
tenían para obedecer á su cabeza y vicario de Cristo, y dicién-
dole otras muchas cosas, y que si no iban por temor no ser
retenidos ó detenidos ó por no perjudicar á la pretensión de los
de Trento, que para esto podría Su Santidad dar palabra á Su
Majestad para que cada y cuando .hubiesen dicho sus pareceres
se pudiesen volver. Y que tuviese memoria que por ellos no se
dijese que un Cardenal y Prelados tan honrados no quisiesen
obedecer á su cabeza, lo cual no quisiese Dios que aconteciese
por ellos ni en tiempo de Su Santidad, y que considerasen la be-
nignidad y amor grande con que los volvía á llamar y no por
precito ni expreso mandamiento y sin censuras, sino exhortán-
dolos. Y pues esto era así no dejasen de ir á la presente ocasión,
lo cual todo pusiesen delante á Su Majestad para que así en
esto como en todo lo demás tocante al estado de la Iglesia to-
mase asiento y concordia, pues había dos años y más que an-
daban en aquello y tan claramente se veía haber mucho peligro
en la tardanza.
Y como los Prelados vieron sus breves se juntaron á hablar
sobre ello y determinaron de estar muy conformes y recios á
lo que Su Majestad se determinase, mientras Su Santidad no
procediese más reciamente. Y escribieron al Emperador supli-
cándole lo considerase muy bien para que se tomase alguna or-
den, no perjudicando á la pretensión que Su Majestad tenía
del Concilio de Trento. Y di jóse que Su Santidad convocaba
muchos Prelados para que después de hecha la reformación
poder declarar ser justa y válida la traslación del Concilio he-
cha á Bolonia, y volverlo á trasladar á Roma y concluirlo allí,
haciéndose señor de él.
Y después de esto sucedió que el Obispo de Badajoz y el
de Calahorra Viendo el mandado de Su Santidad, pareciéndoles
— 298 —
que no cumplían con sus conciencias con eximirse con las cau-
sas que daban para no ir á su llamado, acordaron de irse á
Roma. Lo cual como supiese Su Majestad les envió á decir que
¿cómo habían salido de Trento, pues sabían que había sido in-
justamente hecha la traslación del Concilio á Bolonia? y que
con su ida daban á entender lo contrario, y que eran causa que
el Papa hiciese lo que tenían en pensamiento y que no se efec-
tuase el Concilio general para que habían sido llamados. L,os
cuales respondieron que ellos eran Obispos y sujetos al Papa,
el cual era su cabeza y que determinaban de hacer lo que les
mandaba, y que Su Majestad vería que no lo hacían con condi-
ción de haber capelos, pues no lo podían ser Cardenales (y esto
dijeron porque ambos eran bastardos).
Pero quiso Nuestro Señor que antes que llegasen á Roma
muriese el Papa. Y la ocasión de su muerte se dijo haber sido
el Duque Octavio, su nieto, el cual como fuese á la ciudad de
Parma en posta, queriendo entrar en el castillo el alcaide no
se lo consintiese, pareciéndole que pues iba así que debía ser
muerto el Papa. Y le dijo que él tenía aquella tenencia por su
abuelo, y sin su licencia no determinaba de dejarle entrar. Y el
Duque acordó de escribir á Su Santidad sobre ello, diciéndole
las muchas alteraciones que había en la ciudad de Parma, y
que él determinaba que antes que del todo se diese al Empera-
dor se concertase con Su Majestad sobre aquel Estado para
que le diese la recompensa en Ñapóles ó donde fuese servido.
Y como el Papa recibiese esta carta se dijo haber tomado tanto
enojo que se le acrecentó cierta mala disposición que tenía de
un catarro y le saltó luego en hidropesía, de que murió de allí
en cinco ó seis días. Y fué á 10 de Noviembre.
Y después de su muerte Ascanio Colona con la gente que en
aquel tiempo pudo haber se fué sobre los lugares que el Papa
le tenía tomados de su Estado junto á Roma y los recobró todos
muy fácilmente, excepto Roca del Papa y otra fortaleza que
Su Santidad había mandado derrocar (como dijimos) en el año
de cuarenta.
- 299 —
CAPITULO XXXVI
De algunas cosas que en este tiempo acontecieron en la villa
de Valladolid y cómo la Reina de Bohemia parió una hija.
Y cómo el Emperador mandó acrecentar dos Oidores más
de los que estaban en el Consejo de las Indias, y de una
carta que Su Majestad dio contra los que mercasen pan
para revenderlo.
Estando el Rey de Bohemia el día de Corpus Cristi en la
Iglesia Mayor de la villa de Valladolid para salir en la proce-
sión, hubo cierta diferencia entre los Canónigos y Cabildo de
aquella iglesia con los Capellanes y cantores de la capilla del
Rey y de la Reina su mujer sobre la manera en que habían de
ir en la procesión los unos y los otros. Y aunque Su Alteza
dio allí el medio y orden que le pareció convenible, rogándoles
que se sosegasen y que aquello hiciesen por amor de él, aque-
lla vez no aprovechó nada, porque ellos pretendieron de no ir
en la procesión si no fuese llevando el lugar que ellos querían.
Y así salió la procesión y el Rey en ella, quedándose los Canó-
nigos y Cabildo en la iglesia. Y otro día visto su mal mira-
miento mandaron Sus Altezas y los del Consejo que los dichos
Canónigos fuesen desterrados del Reino y que saliesen luego
otro día después de dada la sentencia de la Corte, la cual se
templó después. Mandó esto contra los principales que habían
tenido la culpa en la inobedi ciencia, y así cumplieron, muchos
este destierro.
Y en este tiempo viendo el Emperador que se había acre-
centado mucha población en las Indias Occidentales y que se
venían ya á dividir en tantos Reinos y provincias, y que siendo
tantos no se podían gobernar por pocos, acordó de ensanchar
su Consejo de Indias para que en él hubiese más letrados que
entendiesen en las cosas de aquellas partes, y así acrecentó otros
dos Oidores en el dicho Consejo, que fueron el Licenciado Riva-
— 300 --
deneira, Oidor que era de la Cancillería de Valladolid, y el otro
el Licenciado Briviesca, Alcalde de Corte .de la Cancillería.
Estaban antes en el dicho Consejo Gutierre Velázquez, que
era el más antiguo, y el Licenciado Gregorio López y el Doctor
Hernán Pérez de la Fuente, que en este tiempo estaba en la
ciudad de Sevilla tomando residencia á los oficiales de la Casa
de la Contratación de las Indias y entendiendo en otras cosas
necesarias que Su Majestad le envió á mandar que entendiese,
principalmente una para que tomase todos los libros de los mer-
caderes de sus cuentas y viese por ellos si habían enviado di-
nero fuera del Reino, y el otro era el Licenciado Tello de San-
doval, á quien Su Majestad había enviado el año de cuarenta y
cuatro á la provincia de la Nueva España para que tomase resi-
dencia al Visorrey D. Antonio de Mendoza y á los de la Can-
cillería y á los oficiales del Rey, y vino el año de cuarenta y
seis, habiendo hecho muy bien su oficio. Y por Presidente de
este Consejo ya dijimos arriba que el Emperador había puesto
á D. Luis Hurtado de Mendoza, Visorrey que era en el Reino
de Navarra.
Y como la Reina de Bohemia estuviese preñada, vino á pa-
rir una hija el primero día de Noviembre, día de Todos los
Santos, y por haber muerto allí en Valladolid la Princesa Doña
María, su cuñada, de parto, no quiso parir en la dicha villa y
fué á Cigales, lugar dos leguas de allí.
Y en este año como el Licenciado Muñoz, siendo Obispo de
Tuy, antes de ser elegido por Presidente de Valladolid, hubiese
visitado la Cancillería de Granada, la cual como fuese vista
por los del Consejo y consultada por el Emperador, y por vir-
tud de ella quitaron los oficios de Oidores al Doctor Peñaranda
y al Licenciado Melchor de León, quitaron asimismo de otros
oficios menores, como eran Receptores, Prelatores y Escribanos
á muchos.
Y en este año fué preso por mandado de D. Hernando de
Gonzaga, Capitán general de Su Majestad en Italia y Gober-
nador del Estado de Milán, un fraile llamado' Fray Clemente
de Chavar, de la Orden de San Francisco, natural de Chavar,
pueblo de la Ribera de Genova, por sospecha que de él se te-
— 301 —
nía que andaba en conciertos de entre el Rey de Francia y de
algunos principales de Genova. Diósele tormento y confesó todo
todo (sic) el negocio y trato que tenía con un Juan Bautista
Forniel, principal ciudadano de la ciudad de Genova, para que
entregase aquella ciudad al Rey de Francia, haciendo para ello
primero ciertos alborotos y bandos en la ciudad que diesen
causa que el Rey de Francia pudiese salir con su intención. Y
mandó D. Hernando de Gonzaga traer el fraile á Genova para
ponerlo con Juan Bautista, que lo negaba todo.
Y en este año el Patriarca Presidente del Consejo Real y
los Oidores del dicho Consejo de Su Majestad mandaron im-
primir la pragmática que estaba hecha contra los que compra-
sen pan para revender, para que mejor supiesen los arrendado-
res de pan lo que habían de hacer y guardar.
La substancia de la cual era mandar al Presidente y á los
de su Consejo Real, y á los Presidentes y Oidores de sus Can-
cillerías, y Alcaldes y alguaciles de su Corte y Cancillerías, y
!x todos los Corregidores, asistentes, Gobernadores y á otros Jue-
ces y Justicias de todos los lugares, villas y ciudades de sus
Reinos y Señoríos, por cuanto él era informado que muchas per-
sonas habían tomado principalmente oficio y manera de vivir de
comprar trigo, cebada y centeno para revenderlo, por donde
el valor del pan se había subido en excesivos precios, y como
cerca de ello hubiese dado algunas cartas y provisiones no ha-
bía sido bastante remedio, lo cual redundaba en daño universal
de la república de sus Reinos y Señoríos, mayormente de los
pueblos y personas miserables que poco podían. L,o cual como
vSu Majestad esto viese y lo hubiese visto y platicado por los
de su Consejo acordó de mandar dar su carta en la dicha razón,
por la cual mandó y expresamente defendió que de aquí -en
adelante persona alguna de cualquier condición y calidad que
fuese no fuese osado de comprar trigo, cebada, centeno ni avena
en poca ni en mucha cantidad para tornarlo á revender, so
pena que el que lo comprase hubiese perdido todo el dicho pan
que así comprase, y repartiese en cuatro partes, la una para la
persona que lo acusase y denunciase, la otra para el Juez que
lo sentenciase y las otras dos partes para los pobres del lugar
— 302 —
adonde acaeciese. Y demás de esto por la primera vez fuese
desterrado del lugar en que viviese por seis meses y por la se-
gunda vez por un año y por la tercera vez por tres años.
Y que en cuanto á lo pasado, si algunas personas hubiesen
comprado algún pan para tornarlo á vender hasta el día de la
publicación de esta su carta, mandó Su Majestad que las per-
sonas que hubiesen vendido el dicho pan tornasen los dineros
que hubiesen recibido, sin embargo de cualesquiera ventas y
contratos que hubiesen hecho y otorgado, los cuales mandó
que no se guardasen ni ejecutasen.
Y asimismo mandó Su Majestad porque su intención no era
de estorbar el comercio y trato de sus Reinos en los lugares
que habían de ser proveídos de acarreo, declaró y mandó que
no se entendiese lo en esta pragmática contenido con los re-
cueros y trajineros ni otras personas que tenían por trato y cos-
tumbre de llevar mercaderías de unas partes. á otras y en el
retorno de ellas compraban pan para tornarlo á vender, y á los
que compraban pan para llevar á vender de unos lugares á otros
para la provisión y bastimento de ellos, con tanto que estos ta-
les después que hubiesen mercado fuesen obligados á venderlo
y vendiesen en pueblos donde lo llevasen luego que lo hubie-
sen mercado, por manera que no lo ensilasen ni guardasen
para revenderlo ni encarecerlo. Y mandó á sus Justicias que
cumpliesen y ejecutasen todo lo en esta pragmática contenido,
y que no consintiesen que persona alguna fuese ni pasase contra
el tenor y forma de lo susodicho, lo cual para que fuese público
y notorio lo mandó pregonar en su Corte.
CAPITULO XXXVII
Cómo el Jerife, Rey de Marruecos J vino sobre la ciudad de Fez
y la tomó, prendiendo al Rey de Fez, qu.e en ella estaba. Y
otras cosas que acontecieron en este año.
En el año de cuarenta y tres dejamos dicho cómo el Rey del
Sus se había apoderado de la ciudad de Marruecos, habiendo
— 303 —
habido primero cierto recuentro con el Rey de la dicha dudad,
que era su hermano. Y el Rey de Fez, vista la discordia que
había entre los dos hermanos, habiendo venido con Ejército so-
bre Marruecos, y el Rey de Marruecos había salido á él y des-
baratándolo y cautivado, llevándole preso á la ciudad de Ma-
rruecos, donde lo había tenido cinco ó seis meses preso, al cabo
de los cuales lo había soltado haciendo con él paces, con que
el Rey de Fez le dio la provincia de Mequinez, y desde este
tiempo siempre había habido muchos recuentros entre el Rey
de Fez y el de Marruecos, hasta el año de cuarenta y ocho en
la primavera que el Rey de Marruecos vino sobre Fez.
Y á vista de Mequinez salieron los Alcaldes principales de
Fez á hablar con él, por estar mal con el Rey de Fez, por ser
hombre tan para poco y tomarse del vino, y le dijeron que ellos
eran contentos de darle toda la tierra con tal que les había de
dejar sus haciendas y rentas que tenían, y al Alcaide de Te-
tuán le habían de dejar en su tenencia. Y el Rey de Marruecos
les respondió que él era contento de no tomarles sus haciendas,
pero que el que era Alcaide de Tetuán y en I^arache los había
de enviar al Reino del Sus y á Marruecos, y que si con aquella
condición lo querían por Rey de Fez, si no que se fuesen en
buena, hora que por fuerza lo procuraría de tomar. Y ellos res-
pondieron que mirarían en ello.
Y con esto se volvieron á la ciudad de Fez y se juramenta-
ron entre ellos de morir antes que darle dicha ciudad. Y el Rey
de Marruecos juró de no volver á Marruecos hasta haber to-
mado á Fez.
Y en este tiempo tuvo muchas escaramuzas y recuentros,
así con los de Fez como con su sobrino Muley Cidan, hijo de
su hermano, Rey que era de Marruecos, que con mucha gente
había venido en favor del Rey de Fez y hecho paces con él,
casándose con una hija suya. Y este Muley Cidan y el Rey de
Fez pusieron al de Marruecos en mucho trabajo y estrechó.
Y así anduvo el Rey de Marruecos con su gente más de
diez ó doce meses junto á la ciudad de Fez, estrechando á los
que dentro estaban los mantenimientos, no dejándolos sembrar.
Y en este tiempo tuvo tratos con los de Fez, los cuales como
._ S04 —
se viesen en tanta necesidad y tuviesen á su Rey en poco, de-
terminaron en dársele. Y así entró el Rey de Marruecos en fin
de Enero de este año en Fez el Viejo, el cual luego se le dio,
y lo mismo hizo Fez el Nuevo. Y allí tomó el Rey de Marrue-
cos preso al de Fez y se casó con una de sus hijas, y sus dos
hijos decían haberlos casado lo mismo con otras dos.
Y al Rey de Fez envió preso á la ciudad de Marruecos,
yendo su madre con él y sus mujeres y caballeros algunos cria-
dos. El hijo mayor del Rey envió al Rey del Sus (i) . Y el Rey
de Vélez, que estaba dentro de la ciudad de Fez cuando entró
el Rey de Marruecos en ella, se fué huyendo y se acogió en la
ciudad de Vélez de la Gomera : porque no le quisieron recibir
en el Peñol se embarcó y fué huyendo á Melilla.
Y el Rey de Marruecos viejo requirió luego á su hermano
que cumpliese con él lo que le había prometido, que era darle
á Marruecos habiendo ganado á Fez. Y el Rey de Marruecos,
que era de Fez, le respondió que no quería.
(Ahora viene una apostilla autógrafa de Alonso de vSanta
Cruz, pero debido al encuadernador hay cortadas algunas pa-
labras y varias no se pueden leer).
Envió á llamar que viniese á Fez con sus mujeres y casa, y
éste le respondió que él no quería parecer ante él. Visto esto
por el Rey de Fez Jerife, le quitó el mando de Tafilete que le
daba. Y desposeído de este Señorío se metió en una ermita con
dos ó tres mujeres, haciéndose ermitaño. Y su hijo de éste,
llamado Muley Ciclan, fué á Tibusarante, más hacia quinta de
Tafilete, y allí le fué cogido mucha gente de á caballo, y sonle
sujetos los de (deben faltar palabras).
Y luegohizo Rey de Marruecos á Muley Abdel Cader, su
segundo hijo, porque lo quería más y era más hombre que el
hijo mayor, que se decía Muley Mahamet, al cual hizo Rey
de Tarudante y de Sus hasta la provincia de Guinea. Y el Rey
de Marruecos, que ahora era de Fez, después que entró en la
dicha ciudad siempre procuró de allanar y pacificar la gente,
matando los principales por dar pacificación en el Reino, como
(1) Apostilla autógrafa en la cual debe faltar alguna palabra.
— 305 —
había hecho Marruecos, por donde los moros estaban mal con
él y le tenían por Rey tirano y hombre que no cumplía su pa-
labra. Y sus hijos habían venido con gente algunas veces á
correr las fronteras de las ciudades de Ceuta y Alcázar y
Tánger.
Y el Rey de Vélez que se había venido á recoger á Melilla
por causa del Rey de Fez y por huir de su furor fueron por él
las galeras del Emperador y lo trajeron en España, á la ciudad
de Málaga. 'El cual después de haberse estado allí algunos días
se fué á la villa de Valladolid, donde entonces estaba la Corte.
Y en este tiempo fué proveído por Su Majestad por Visorrey
del Reino de Navarra el Duque de Maqueda D. (está en claro)
de Cárdenas, y D. Luis Velasco, que estaba en el dicho cargo
en el entretanto que el Emperador proveyese, fué proveído por
Visorrey de la Nueva España, en las Indias Occidentales. Y á
D. Antonio de Mendoza, que estaba en el dicho cargo, mandó
Su Majestad ir por Visorrey á la provincia del Perú, en las
mismas Indias, y asimismo proveyó Su Majestad por Visorrey
del Reino de Galicia á D. Pedro de Navarra, Mariscal de Na-
varra, asistente que era de la ciudad de Sevilla. Y proveyó asi-
mismo el Obispado de Tortosa al Doctor Juan Gil, Canónigo de
la Iglesia Mayor de Sevilla, muy excelente letrado en santa
Teología. Y el Obispado de Cuba en las Indias Occidentales al
Maestro Uranga, Catedrático de Teología en Salamanca. Y dio
el Obispado de Avila, que había vacado por muerte de D. Diego
de Mercado, al Licenciado Álava, Obispo que era de Astorga,
haciéndole juntamente Presidente de la Cancillería de Granada,
la cual presidencia daba primero Su Majestad al Obispo de Ba-
dajoz D. (está en claro) de Navarra, hermano del Mariscal y
Visorrey que hemos dicho que era de Galicia, el cual estaba
en Trento, que había ido allí al Concilio, y no lo quiso excu-
sándose con decir que oficios así seglares no los podía tener
ningún Prelado con buena conciencia sin residir en su Obis-
pado ó en el bien público de la cristiandad como él estaba, que
no se tuvo en poco la tal repudiación, según los tiempos co-
rrían. Y el Obispado de Astorga dio á D. Pedro de Acuña,
Oidor que era del Consejo de la Inquisición.
20
— 306 —
Murió en este año el Licenciado Soto, Obispo que era de
Mondoñedo, y también el Licenciado Ramírez de Villaescusa,
Obispo que era de Segovia, y el Dr. Aceves, Obispo de Ciu-
dad Rodrigo.
(Delante del último folio de la Crónica hay uno de letra
autógrafa de Alonso de Santa Cruz, el cual pongo aquí por pa-
recer una continuación de este capítulo ó principio de otro).
(Este folio es sumamente difícil de leer, tanto que ha habido
muchísimas palabras que no he podido descifrar ; pero gracias
á la amabilidad del dueño del manuscrito, D. Gaspar Diez de
Rivera, se han podido aclarar bastantes ; pero todavía ha habido
algunas palabras que se nos han resistido).
Liase de advertir que el Rey de Marruecos envió á llamar
al Jerife mayor para que viniese á favorecerle contra el Rey
de Fez, y él fué con la gente de á caballo que tenía y hubo al-
gunos recuentros con gente del Rey de Fez, y puso muchos
de los lugares del Rey de Marruecos debajo del dominio del
Rey. Y el Rey de Marruecos después de verlo muy querido de
la gente de su Reino y poderoso, queriendo el Jerife venir á
Marruecos no le dejó entrar, por lo que el Jerife puso gente
contra él y entró por fuerza en la ciudad y á voluntad de los más
principales de ella y prendió al Rey de Marruecos, lo envió á
Meca y de allí se huyó pensando de ir al Cabo de Gata (sic)
y los alarbes lo tomaron y lo llevaron al Jerife, el que lo mandó
cortar la cabeza, y así quedó pacífico el Rey de Marruecos.
Y como á esta causa el Jerife Rey de Marruecos, hermano
mayor, viese cómo su hermano había tomado la villa de Taru-
dante, le envió á decir que aquel lugar era de frontera y con-
quista, no embargante que estaba en el Reino de Sus, porque
así fué estipulado entre ellos que la conquista de (ilegible)
fuese del Rey de Marruecos. Y el hermano Rey del Sus alegó
que aunque era de su conquista, que la gente de cristianos que
allí estaba le hacían de allí muchos años su treta, y que por
esta- razón la conquistó, y que se sentase por el Capitán que
(ilegible) y otras personas principales de lo que sentó (sic) el
Rey de Marruecos, y así se acabó entre ellos la guerra.
— 307 —
Año cincuenta.
Después de tomada Fez salió Muley Mahomet el Harran,
hijo mayor del Rey de Fez Jerife, y con mucha gente de á
caballo y de á pie fueron la vuelta de Tremecén, y la ciudad se
le dio en llegando, porque los moros no estaban bien con el Rey,
y así entró dentro y la poseyó pacíficamente, y al cabo de al-
gunos días se salió de allí, dejando á su hermano Muley Ab-
dala para que la conservase y gobernase y se volvió á Fez,
donde murió; díjose que lo atosigaron. En su enterramiento
se hizo gran fausto, porque fueron en él más de veinticinco ó
treinta mil hombres de á pie y de á caballo, y su padre lo acom-
pañó, y él fué el que lo tomó para enterrarlo, y lo enterraron
en el enterramiento de los Reyes de Fez.
Y en este año se juntaron los turcos de Argel á los alarbes
de las fustas y volvieron á tomar Tremecén. Muley Abdala
salió con sus gentes á ellos y los turcos se desbarataron, y él
se refugió en Tremecén. Y los turcos pusieron su real sobre
Tremecén. Y el Jerife Rey de Fez, como tuvo noticia que los
turcos venían sobre Tremecén, envió á su hijo segundo, llamado
Muley Abdel Cader, con diez ó doce mil hombres en socorro del
hermano, el cual entró en Tremecén en medio del día con sus
fustas. Y luego aquella noche determinaron de irse los turcos
la vuelta de Mostagán, que es tierra del Rey de Argel, y de-
jaron la artillería que no pudieron llevar y algunas cosas del
bagaje junto á la ciudad de Tremecén.
Y luego por la mañana, visto por los moros de la ciudad
que los turcos eran idos, determinaron de salir contra ellos y
los alcanzaron luego, y los ajarbes y turcos escaramuzaron fuer-
temente contra los moros de Tremecén y les mataron mucha
gente con la artillería. Pacificóles con volverse, retrayéndose
á Tremecén y dejar los turcos volverse á Argel.
Cincuenta y uno.
Este año se tornaron á juntar con los turcos de Argel mu-
chas gentes de los comarcanos y tornaron á volver sobre Tre-
— 308 —
mecen, donde estaban los dos hermanos hijos del Jerife, los
cuales salieron de la ciudad contra los turcos y alarbes y junto
á un río se dieron la batalla, donde fueron desbaratados los
hermanos después de haberse tirado con la artillería y escope-
tería, y mataron al hermano mayor Muley Abdel Cader, y el
otro hermano herido la vuelta de Fez, y los turcos se entraron
victoriosos en Tremecén y la poseyeron pacíficamente. Y esto
aconteció por el mes de Enero de este año.
FIN DE LA CRÓNICA
ÍNDICE
DE L.A
OCHTAVA F» A R 'T E
DE LA
Crónica del muy Alto y muy Poderoso Católico y Justo
Príncipe D. Carlos, Emperador de Romanos y Hey de Alemania,
y de España primero de este nombre.
Páginas»
- CAPITULO PRIMERO
De las cosas que acontecieron el año de mil quinientos cua-
renta y siete. Primeramente cómo estando el Emperador en la
villa de Hala, en la provincia de Suevia, se le vino á ren-
dir la ciudad de Ulma y el Duque de Vitemberg. Y cómo
Su Majestad se vino á Ulma, donde se le vinieron á dar
obediencia las ciudades de Augusta y Argentina y todas
las más de Alemania que estaban en la Liga. Y las condi-
ciones con que Su Majestad las recibió en su gracia 7
CAPITULO II
Cómo el Emperador, sabiendo que el Duque de Jasa había
tornado á recobrar las tierras que el Rey de Romanos y el
Duque Mauricio le habían tomado y que tenían sus inteli-
gencias con los del Reino de 'Bohemia, determinó de ir con-
tra él con su Ejército, juntándose en el camino con el Rey
de Romanos y Duque Mauricio, y con la gente que traían
fué sobre el campo del dicho Duque y lo venció y desbarató,
tomando su persona en prisión y la del Duque de Brancuie. 12
— 310 —
Páginu.
CAPITULO III
Cómo el Duque de Jasa fué preso en la batalla y Su Majestad
le perdonó la vida con ciertas condiciones que le puso, y de
la partida del Rey de Romanos para Bohemia con Ejército
de gente para sojuzgar. Y cómo Landgrave se vino á rendir
al Emperador, el cual lo recibió haciendo con él ciertas
capitulaciones que había de guardar. Y cómo finalmente to-
das las ciudades marítimas y las demás de Alemania vinie-
ron á dar la obediencia al Emperador , 32
CAPITULO IV
De las cosas que Felipe de Landgrave de Hesia prometió cum-
plir en satisfacción de sus muchas malas obras hechas con-
tra el Emperador Carlos Quinto : 4?
CAPITULO V
Cómo el Rey de Romanos, estando en la ciudad de Praga, en
el Reino de Bohemia, tuvo algunos recuentros con los de la
ciudad, donde como fuesen vencidos determinaron de venir
á la obediencia del Rey, y Su Alteza los perdonó, dándoles
ciertos capítulos que cumpliesen, lo cual ellos hicieron 46
CAPITULO VI
De las sesiones y cosas que en este año se hicieron y fueron
determinadas en el Concilio que se celebró en la ciudad de
Trento 50
CAPITULO VII
De ciertos cánones que en la sexta sesión fueron aprobados
por el Santo Concilio, los cuales habían sido determinados
por los Santos Padres en los Concilios que habían tenido.... 54
— 311 —
Páginas.
CAPITULO VIII
De las Cortes que el Emperador mandó hacer en la ciudad de
Augusta, donde vinieron todos los Electores y muchos otros
Príncipes y Prelados y Procuradores de las ciudades del
Imperio. Y las cosas que por Su Majestad fueron propues-
tas en las dichas Cortes 70
CAPITULO IX
De lo que en suma respondieron los Príncipes, Prelados, Con-
des y Barones del Imperio á la proposición que Su Majes-
tad les había hecho 76
CAPITULO X
De la respuesta dada por los Príncipes electores á la proposi-
ción que Su Majestad les había mandado pi oponer estas
dichas Cortes ¡ 80
CAPITULO XI
Cómo el Príncipe Don Felipe fué á Nuestra Señora de Guada-
lupe á estar la Semana Santa. Y de allí fué á tener Cortes
á la villa de Monzón, en el Reino de Aragón, las cuales
después de acabadas se volvió á la villa de Alcalá de He-
nares. Y de algunas muertes de Reyes y otros señores que
en este año hubo y mercedes que Su Majestad hizo de Obis-
pados y Encomiendas y otros oficios. Y de cosas que aconte-
cieron en Italia 86
CAPITULO XII
De cómo fueron hechos en las Indias occidentales tres Arzobis-
pados, y los del Consejo Real, por mandado del Emperador,
remitieron á las Cancillerías todos los pleitos eclesiásticos y
otros que ante ellos pasaban para que ellos conociesen siem-
pre de ellos. Y otras muchas cosas que en este año pasaron. 92
— 312 —
Páginas.
CAPITULO XIII
Cómo el Conde de Flisco se quiso alzar en la ciudad de Genova
en nombre del Rey de Francia, y no habiendo efecto su
intención fué ahogado en la mar, retrayéndose á sus gale-
ras, saltando de una á otra para irse con ellas á ponerse
en salvo, y la justicia que la Señoría hizo de los que habían
sido participantes en la traición con el dicho Conde 94
CAPÍTULO XIV
Cómo fué muerto á puñaladas él Duque de Plasencia Pero Luis
Frenesio por ciertos caballeros de la dicha ciudad, la cual
fué entregada á D. Hernando de Gonzaga, Capitán general
y Gobernador del Estado de Milán, debajo de cierta capitu-
lación que con él hicieron en nombre de Su Majestad 97
CAPITULO XV
De las cosas que acontecieron el año 1548. Primeramente de
cierta protestación que hizo D. Diego de Mendoza al Sumo
Pontífice Paulo Tercero en nombre del Emperador D. Car-
los, estando Su Santidad en el Sacro Senado, á 23 días de
Enero 103
CAPITULO XVI
Cómo el Emperador, con parecer de grandes letrados y hom-
bres de buena vida, determinó de dar cierta orden y manera
de vivir así en la fe como en costumbres á la gente del Im-
perio, sometiéndola á lo que en el general Concilio se de-
terminase 114
CAPITULO XVII
Cómo el Emperador en estas Cortes mandó hacer cierta paz
pública entre los Electores y Príncipes del Imperio. Y dio
— 313 —
Páginas.
cierta instrucción que habían de guardar acerca de la po-
licía de las ciudades de Alemania y de la reformación del
juicio de la Cámara Imperial 162
CAPITULO XVIII
Cómo el Emperador D. Carlos dio la investidura de Elector y
de otros Estados á Mauricio, Duque y Conde Palatino de
Sajonia. Y las solemnidades que en el tal acto se hicieron. 167
CAPITULO XIX
De las fiestas que se hicieron en Alcalá de Henares, estando
allí el Príncipe D. Felipe. Y cómo Su Alteza hizo llama-
miento de Cortes para Valladolid, donde mandó mudar la
Corte. Y la venida del .Duque de Alba en postas desde Ale-
mania á la dicha villa 177
CAPITULO XX
De las peticiones que los Procuradores de Cortes dieron á Su
Majestad de cosas cumplideras al servicio de Dios y de
estos Reinos. Y lo que Su Majestad respondió á las dichas
peticiones ó capítulos ISO
CAPITULO XXI
Cómo el Príncipe D. Felipe fué por las Infantas sus hermanas,
que estaban en Alcalá de Henares, y las trajo á Valladolid.
Y de otras cosas que acontecieron á señores de estos Reinos
y provisiones que Su Majestad hizo de Obispados 210
CAPITULO XXII
De lo que el Emperador hizo en la ciudad de Augusta después
que fueron acabadas las Cortes y reformadas las cosas de
la fe y de la policía de las ciudades del Imperio, 214
— 314 —
Páginas-
CAPITULO XXIII
Cómo el Príncipe ordenó su casa por mandado del Emperador
su padre al uso de Borgoña, nombrando chamarlanes y ma-
yordomos y gentileshombres y todos los otros oficios de su
casa 216
CAPITULO XXIV
De las ordenazas que el Príncipe D. Felipe mandó hacer para
que fuesen guardadas de los oficiales de su Casa Real, so las
penas en ellas contenidas 220
CAPITULO XXV
De la venida del Príncipe Maximiliano á España, y cómo lo
salió á recibir el Condestable de Castilla dos jornadas de la
villa de Valladolid, y el casamiento que se hizo entre el
dicho Príncipe y la Infanta Doña María, hija del Empera-
dor Don Carlos. Y de la partida del Príncipe D. Felipe á
Barcelona. Y de otras cosas que pasaron en la dicha villa... 223
CAPITULO XXVI
Cómo el Príncipe D. Felipe partió de la ciudad de Barcelona
y de allí fué á Castellón y á Rosas y á Colibre, puertos de
España, y á la villa de Perpiñán, y de allí pasando el golfo
de Narbona fué á Aguas Muertas, lugar de Francia, donde
estuvo algunos días por no hacerle tiempo para su viaje,
al cabo de los cuales se partió y llegó á la ciudad de Ge-
nova, pasando por cerca de Marsella y por Saona 228
CAPITULO XXVII
Del muy solemne recibimiento que fué hecho al Príncipe en la
ciudad de Genova y los muchos arcos triunfales é inven-
— 315 —
Paginas.
ciernes que allí hubo, y los banquetes y fiestas que á Su Alteza
fueron hechos en la dicha ciudad 234
CAPITULO XXVIII
Cómo fué hecho al Príncipe D. Felipe un solemnísimo recibi-
miento en la ciudad de Milán, de muchos arcos triunfales
con muchas y muy sutiles letras é invenciones. Y los seño-
res y caballeros que acompañaron á Su Alteza. Y los muy
ricos vestidos y libreas que sacaron. Y otras cosas que allí
acontecieron '. 241
CAPITULO XXIX
Cómo el Príncipe Maximiliano y la Princesa Doña María su
mujer quedaron por Gobernadores de estos Reinos por el
poder que Su Majestad envió á Sus Altezas, juntamente con
cierta instrucción y orden que habían de tener acerca de la
expedición de los oficios y otras cosas, y la orden que habían
de tener acerca de la gobernación de la justicia 248
CAPITULO XXX
De las cosas que acontecieron en el año 1549. Primeramente
las fiestas que D. Hernando de Gonzaga, Capitán general
del Emperador en Italia, hizo en Milán al Príncipe D. Fe-
lipe, y en el desposorio de su hija con el hijo de Ascanio
Colona. Y cómo Su Alteza partió de Milán para la ciudad
de Mantua, donde el Duque y Cardenal su tío y el Duque de
Ferrara le hicieron muchas fiestas y regocijos 263
CAPITULO XXXI
Cómo el Príncipe D. Felipe fué á la ciudad de Trento, jjasando
por muchos lugares de la Señoría de Venecia. Y el recibi-
miento que le fué hecho en la dicha ciudad y las fiestas y
banquetes que allí se le hicieron por parte del Cardenal de
Trento 263
— 316 —
Páginas.
CAPITULO XXXII
De ciertas fiestas que la Reina María hizo al Emperador y al
Príncipe D. Felipe su hijo en la villa de Bince por el mes
de Agosto 267
CAPITULO XXXIII
De la traslación que se hizo del cuerpo de la Princesa Doña
María, mujer del Príncipe, á la capilla de los Reyes en la
ciudad de Granada, porque después que Su Alteza murió
había estado depositado en el monasterio de San Pablo, de
Valladolid, yendo con el dicho cuerpo D. Pedro Manuel,
Arzobispo de Santiago 286
CAPITULO XXXIV
Cómo después de partido el Príncipe D. Felipe de España se
le quitaron sus cuartanas al Príncipe Maximiliano, y las
fiestas que hubo en Valladolid, é ida de la Infanta Doña
Juana á la villa de Aranda, y otras cosas que acontecieron
en este tiempo en la Corte 2S0
CAPITULO XXXV
Cómo el Emperador envió á Roma á Martín Alonso de los Ríos,
gentilhombre de su casa, para tomar concordia con el Papa
sobre lo que pedía de la ciudad de Plasencia. Y cómo Su
¡Santidad envió por dos veces á llamar á los Cardenales,
Arzobispos y Obispos que estaban en la ciudad de Trente
para que fuesen á Roma, porque tenía necesidad de consul-
tar con ellos ciertas cosas cumplideras á la fe. Y la muerte
de Su Santidad '. 294
CAPITULO XXXVI
De algunas cosas que en este tiempo acontecieron en la villa
de Valladolid y cómo la Reina de Bohemia parió una hija.
rif i-7
Olí —
Páginas.
Y cómo el Emperador mandó acrecentar dos Oidores más
de los que estaban en el Consejo de las Indias, y de una
carta que Su Majestad dio contra los que mercasen pan
para revenderlo 299
CAPITULO XXXVII
Cómo el Jerife, Rey de Marruecos, vino sobre la ciudad de Fez
y la tomó, prendiendo al Rey de Fez, que en ella estaba. Y
otras cosas que acontecieron en este año 302
TABLAS ALFABÉTICAS
ADVERTENCIAS
i.* Las cifras en letra numeral (romanas), ó sea I, II, III,
IV, V, indican el tomo de la obra ; las que siguen, entre co-
mas, con guarismo moderno ó arábigo, la página del respectivo
tomo. Cuando en varias páginas seguidas se menciona el mis-
mo nombre de persona ó lugar no se consignan todas, sino la
primera y la última, unidas por guión.
2.a En el texto de la obra y en estas tablas los nombres de
personas y lugares se han impreso tal como se leían en la copia
del manuscrito original, y á ciencia cierta en muchos casos de
que el autor ó el copiante los habían escrito mal, así como so-
naban, y á veces de modo distinto en unos y otros capítulos
de la Crónica, prescindiendo de la ortografía del correspondiente
idioma (francés, inglés, alemán, etc.), ó dándoles forma es-
pañola, como era muy común en aquellos tiempos entre nues-
tros escritores.
TABLA ALFABÉTICA
de los nombres de personas citadas en esta Crónica.
Abdalá. — Véase Muley.
Abdel Cader.— V. Muley.
Abderehen (el moro).
ni; 291.
Abmanetín (el capitán turco).
IV; 67.
Abraham Beque.
m; 549, 551.
Abrai, Abrahim, Abrahim, Abran
Eassá.. Bajá.
III; 217, 218, 415, 418, 533, 534.
Abrayuvasa (el general turco).
III; 24.
Absun (monsieur de).
IV; 297, 300, 301, 372, 387, 388,
Acevedo (Diego de).
IV; 268. .
V; 217, 224, 228, 229.
Aceves (el doctor).
V; 93, 306.
Acoss (Enrique) .
V; 115.
Acosta (Alvaro) .
I: 184.
Acosta (el capitán),
•IV; 569.
Acre (Rencio de).
III; 16.
Acuña (Antonio de).
I; 61, 333, 358-360, 366-369, 377,
420-423; 452-457, 461-463, 465,
471-477, 480, 506.
' II; 231, 232.
Acuña (Diego de).
IV; 339, 341.
V; 179, 217, 276.
Acuña (el licenciado) .
I; 346, 399.
Acuña (Fadrique de).
I; 117.
Acuña (Juan de).
I; 235.
IV; 167-169, 268.
V; 217, 267, 268, 274, 286.
Acuña (Ñuño de).
III; 495, 496.
Acuña (Pedro de).
III ; 143.
V; 305. -
Acuña (Rodrigo de).
ni; 471.
Acuña (Vasco de).
IV; 347, 395, 397.
Adantrio (el canciller).
IV; 531.
Adorno (Antonio).
II; 242.
Adorno (conde Jerónimo) .
I; 508, 511..
Adriano de Utrech, Adriano VI.
I; 23, 86-99. 101, 108, 113, 116.
117, 123, 154, 504, 505.
II; 66, 75,. 252, 255.
Adulfo (el duque).
IV; 107.
Adurahamel (el rey).
21
— 322
I; 41.
Aeste (Francisco de).
IV; 245, 247, 254.
Afán de Rivera (Pedro).
IV; 542.
Añito.
I; 122.
Agá (el maestre de genízaros) .
II; 27.
Agamet, Agamont, Agamonte (con-
de de).
IV; 434-436
V; 268, 269, 273, 277.
Agorbas (el platero) .
I ; 379.
Agramonte (barón de).
II; 414.
Agramonte (mosioar de) .
III; 391.
Aguena (Juan Pedro).
III; 399.
Agüera (Diego de).
I; 379.
Agüera (el doctor).
I; 378.
Águila (Diego del).
I; 122.
Águila (el doctor del).
V; 218.
Águila (Ñuño del).
IV; 344.
Águila (Sancho de).
I; 155.
Águila (Suero del).
I; 155, 261, 246, 377.
Aguilar (el armero).
I; 381.
Aguilar (el bachiller).
I; 380.
Aguilar (conde de).
I; 358, 458, 466.
III; 89, 259.
IV; 9.
V; 213.
Aguilar (Jerónimo de).
I; 211.
Aguilar (Marcos de).
II: 316.
Aguilar (marqués de).
T; 68, 155, 229.
III; 258, 331, 430, 435, 467, 4.HH
499.
IV; 95, 243, 333.
Aguilar (marquesa de).
III; 12.
Aguiíara (conde de).
IV; 289, 290.
Aguilara (conde de).
IV ; 393.
Aguilera (el capitán).
V; 234.
Aguilera (el comendador).
II; 298.
Aguilera (Hernando de).
IV; 379.
Aguirre (Alonso de).
T; 225.
Aguirre (el capitán).
I; 452.
Aguirre (el consejero).
I; 134.
Aguirre (el licenciado).
I; 399, 455.
Agustín (micer) .
II; 77.
Aillón (el licenciado).
III; 480.
IV; 444.
•Aimeries (Mr. de).
I; 430, 431.
Ajal (el caballero de).
IV; 300, 301.
Alaba (el licenciado).
IV; 332.
Aladuli (el señor).
III; 411, 414.
Alaejos (el señor de).
III; 10.
Alarcón (el capitán).
IV ; 570.
Alarcón (el gobernador de la Pulla).
II; 101.
Alarcón (el señor de).
I; 138.
II; 160, 175, 299, 400, 402.
Alarcón (Fernando de).
323
III; 14, 16, 178, 261, 220.
Alarcón (Francisco de) .
III; 143.
Alarcón (Hernando de).
II: 68, 70.
III; 323.
IV; 96, 97.
Alarcón (el marqués).
III ; 271, 272, 279.
Alarcón (Sancho de).
III; 522, 523.
Álava (el licenciado).
V; 305.
Alba (condesa de).
V; 212.
Alba (duque de).
I; 11, 23, 24, 25, 30, 41, 57-08,
. 92, 113, 115, 140-142, 184, 198,
217, 229.
II; 248-.
III: 141, 170, 255, 271-273, 277,
323, 331, 356, 365, 397, 398,
400, 403, 404, 406, 410, 507,
510.
IV ; 9, 50, 55, 57, 59, 118, 119, 152,
167, 168, 243, 268, 270, 272,
336, 341, 342, 346, 458, 492,
503, 504, 509-522, 525-527,
532-534, 537.
V; 8, 9, 18-40, 177-179, 212, 216,
225-229, 243, 253, 262-267,
273, 274, 285.
Alba (el licenciado).
IV; 454.
Alba (Pedro de).
II; 246.
Alba de Liste (conde de).
I; 184, 248, 333, 334, 350, 357,
457, 469.
V; 212, 291.
Albanés (Alvaro).
III; 270.
Albania (duque de).
II; 157, 158..
III; 336.
Albania (Mr. de).
II ; 186.
Albert (Bernal).
IV; 173.
Albertini (el capitán).
I; 380.
Alberto (él marqués).
IV; 509, 510, 519, 523, 527.
V; 16, 17, 26, 34, 35.
Albice Farnese (Pirro).
III; 324.
Albornoz (Rodrigo de).
II; 170, 175
Albret (Enrique de).
II; 213.
Albris (Juan de).
V; 97.
Alburquerque (duque de).
I; 357.
II; 319.
III; 509.
IV; 9, 10, 23, 200, 202, 248, 336.
366, 441, 454.
V; 224.
Alcalá (el bachiller de).
I; 380.
Alcaraz (el capitán).
III; 486.
Alcaraz (el maestro).
II; 89.
Alcaudete (conde de).
III; 316, 317.
IV; 78, 119, 302, 305, 306.
Alcazaba (Simón de).
III ; 26.
Alcítriense (el cardenal).
II; 40.
Alcocer (Luis de).
III; 269.
Aldama (Lorenzo de)
IV; 567.
Aldana (el capitán).
V; 22.
Aldatario (el obispo).
II; 300.
Aldemburga (gravio de).
V; 167.
Aldere/te (Alonso de).
I; 381.
Alebán (el capitán).
III; 266.
324 -
Alejandro VI.
II; 34, 297.
Alemán (Juan).
I; 231, 415, 498, 516.
II; 148, 152, 167, 175, 178, 180,
220, 333, 427, 428, 462, 463.
Alencon (madama de) .
II; 174.
Alencon (Mr. de).
I; 497.
II; 98.
Aliamate (el capitán).
III; 185.
Ali Hamet.
IV; 78, 79, 85-87.
Aliprando (el coronel).
IV; 373, 374.
Alixandro (el duque).
III; 82, 90.
Almagro (Diego de).
III; 121-123, 189, 194, 225, 490-
495.
IV; 327-332.
Admaraz (Diego de).
I; 377.
Almarazati (Abraham).
III; 291.
Almazán (el licenciado) .
V; 218.
Almeida (Esteban de).
IV; 49, 144, 541.
Almildez (Pero ó Pedro).
II; 171.
IV; 213.
Almirante (Juan).
II; 70.
Almísattnco (el capitán turco).
IV; 67.
Alonso (Diego).
I; 382.
Alonso de Guzmán (Juan).
IV; 262, 267.
Alonso de los Ríos (Martín).
III; 115, 281.
V; 294.
Alsacia (duque de).
IV; 258.
AUamira (conde de).
I; 41.
III; 90, 141.
IV; 9, 339.
Alvarado (Alonso de).
III; 493, 494.
IV; 330, 331.
Alvarado (García de).
IV; 330.
Alvarado (Gonzalo de).
III; 486.
Alvarado (Hernando de).
IV; 99, 100
Alvarado (Juan de).
IV; 131, 212, 213.
Alvarado (Pedro de).
II; 167, 169.
III; 490, 491.
IV; 129, 131, 133, 213, 219, 481.
Alvarez (el licenciado).
IV ; 319, 563, 565, 570.
Alvarez (Francisco) .
IV; 99.
Alvarez (Vicente).
V; 219.
Alvarez Cueto (Diego).
IV; 562-565.
Alvarez Holguín (Pero).
IV; 330, 331.
Alvarez Pacheco (Iñigo).
V; 218.
Alvaro (el licenciado).
IV; 476.
Alviano (Bartolomé de).
I; 38, 39, 72, 73, 77, 82.
Amato (el bajá).
IV; 273.
Ambara (conde de).
III; 77.
Amicen (Enrique).
IV; 103.
Amurato (el turco).
I; 79.
Ana (la archiduquesa).
II; 308, 314, 315.
Ana (la reina) .
IV; 490.
Anaburque (duque de).
III; 96.
— 325
Anatolia (el bajá de la).
IV; 273, 274.
Anaya (Francisco de).
I; 378.
Anbad (el capitán).
II; 99.
Ancona (el cardenal de).
III; 68, 81, 85.
Andamburge (conde de).
IV; 516.
Andrada (Fernando ó Hernando de).
I; 8, 112, 226, 229, 504.
II; 432.
III; 10.
Andrea (Juan) .
III; 462.
Andrea (micer) .
I; 23, 25.
Andújar (Luis de).
II; 24.
Angeles (Bartolomé de los).
III; 292.
Angeles (Francisco de los).
II; 271, 302, 459.
IV; 95.
Angisola ó Anguijola (el conde Juan).
V; 98, 99, 256.
Anguien (conde y monsieur de).
IV; 289, 294, 368, 371, 373, 376,
380, 381, 387, 391.
Anguilara (conde de).
II; 272.
III ; 402, 538.
IV; 244.
Angulema (duquesa de).
III; 59.
Angulema (Francisco, señor de) .
I; 20; 62, 80.
II; 259, 293.
Angulema (Margarita de).
II. 173.
Ángulo (Juan de).
I; 382.
Anibau (monsieur de) .
IV; 174.
Annebaut (Mr. de).
II; 99.
Antrenoue (conde de).
II; 106.
Añasco (Juan de) .
IV; 443.
Aponte (el comendador).
III; 202.
Araceü (el cardenal de).
I; 196.
Aragón (Alonso de).
I; 94, 95, 223, 375.
Aragón (Ana de).
I; 85, 371, 430.
Aragón (Antonio de).
III; 178, 261, 399, 406, 432, 43-1.
IV; 212.
Aragón (Blasco de).
III; 260.
Aragón (Fernando de), duque de Ca-
labria.
I; 9.
II; 226, 245, 432.
Aragón (Francisco de).
III; 90.
Aragón (Hernando de).
V; 217.
Aragón (Juan de).
I; 223, 375.
II; 432.
III; 329.
Aragón (Martín de).
II; 444.
Aragón (Miguel de).
II; 246.
Aramberga (conde de).
V; 273.
Aranda (conde de).
II; 418, 432.
Arangetili (barón de).
I; 138.
Arbes (monsieur de) .
V; 285.
Arce (Diego de).
I; 382.
Arce ó Arze (el maestre de camp')-
III; 409, 432, 456, 535, 537.
IV; 504, 511.
V; 24, 216.
Arce (García de).
I; 382.
- 326
Arce (Hernando de).
II; 23.
Arcos (duque de).
I; 371, 429.
II; 227, 229, 230.
Arcos (Félix de).
IV; 380, 387.
Arcoth (duque de).
I: 404.
Archidona (María de).
I; 34.
Archot (marqués de).
I; 276.
Areje (Simón de).
III; 203.
Arellano (Carlos de).
T; 336, 349, 453.
Areliano (Tristán de).
IV; 98.
Arenburg (señor de).
IV; 258.
Arexo (Sinán de).
III; 266.
Arezcot (el duque).
V; 216.
Argut Arráez.
IV; 556, 557.
Ariar.o (duque de).
III; 270.
Arias (Cristóbal)
III; 431.
Arias (Pedro).
III; 78.
Arias de Avila (Pedro).
II; 170.
III; 121, 542.
IV ; 218, 219, 442.
Arias Maldonado.
IV7; 562.
Arias Pardo.
IV; 200.
Ariscot (duque de).
IV; 254, 255, 436.
Ariscot ó Ariscóte (marqués de).
III; 69, 90
Alistan (señor de).
IV; 505.
Armagnac (conde y Mr. de).
I; 8.
II; 99.
Armans (Mr. de).
II; 224.
Armestos !el caballero).
I; 123.
Arscot, Arscochot (marqués de).
II; 112, 215.
III; 71.
Artal (Jerónimo) .
IV; 220.
Arves (monsieur do). •
IV; 435.
Arze (el maestre de campo). — V. Arce.
Arre (Alonso de).
I; 381.
Ascanio (el señor) .
TI;. 408.
IV; 116, 435.
Ascoli (príncipe de).
III; 323.
IV; 268, 270, 342. 343.
V; 243, 255, 265, 268, 269. 275.
Ascot (marqués de).
III; 59.
Asculeta (harón de la).
III; 261, 270.
Aste (Alonso de).
III; 224.
Aste (Francisco de).
III; 365, 435.
IV; 397, 431.
Astorga (Juan de).
V; 219.
Astorga (marqués de).
I; 198, 229, 357, 369.
III; 79, 82, 89, 259.
IV; 270, 272.
V; 224, 228, 229, 243, 262, 265.
266, 269', 273, 279.
Atabafiba.
III; 166-173, 189, 190, 192-195.
Ataid (Alonso).
IV: 141.
Atín (Juan).
II; 408.
Aubigny (Mr. de).
I; 4, 5, 8, 10.
- 327 —
II; 99.
Aubijou (Mr. de).
II; 99.
Augusta (el cardenal de).
II; 40.
IV; 487, 488, 492, 505, 525, 536.
V; 172, 215, 264-266.
Augusto (el duque).
V; 173-175.
Austria (Alberto de).
II; 107.
Austria (archiduque, duque de).
I; 403.
II; 40, 261.
Austria (archiduquesa de).
I; 125.
Austria (Jorge de).
II; 261.
IV; 130, 449.
Austria (Leopoldo de).
IV; 95.
Ausun (monsieur de).
IV; 219. .
Autrey (señor de).
II; 112.
Avalos (Cesáreo de).
IV; 555.
Avalos (el licenciado).
I; 380.
Avalos (Gaspar de).
II; 119, 120, 246.
IV; 21, 238.
Avalos (Hernando de).
T; 217-219, 224-227, 271, 377, 464,
465.
II; 68, 69, 82, 237-239, 319.
III ; 11.
Avalos (Iñigo de).
IV; 555.
Avalos (Rodrigo de).
III; 464.
IV; 393, 406.
Avellaneda (Juan de).
V; 217.
Avila (Diego de).
I; 83.
III; 272.
Avila (Francisco de).
III; 99.
Avila (Gómez de).
I; 377.
Avila (Iñigo de).
V; 218.
Avila (Juan de).
I; 258, 381.
V; 217.
Avila (Luis de).
ni; 90, 260.
IV; 50.
V; 268.
Avila (Pedrarias de).
I; 78.
III; 121.
Avila (Pedro de).
I; 377, 455.
III; 90.
V; 217, 268.
Avila Alvarado (Alonso de).
I; 211.
Avila y de Zúñiga (Luis).
IV; 487.
Ayala (Bernardino de).
V; 218.
Ayala (García de).
V; 268, 277.
Ayala (Iñigo de).
I; 476, 478.
Ayala (Juan de) .
I; 248.
Ayala (Martín de).
V; 213.
Ayas Bassá.
ILT; 450, 452.
Ayola (Juan de) .
III; 487-489.
Ayponte (el maestre de campo),
IIT; 199.
Azal (el caballero).
III; 457, 458.
Azpeitia (Martín de).
I; 134.
Badur (el rey).
III; 548.
328 —
Baeza (Alonso de).
Til; 505.
TV; 47.
Baf rea (Cristóbal') .
III; 459.
Bai Boda, Baiboda de Transilvania
(Jorge, Juan, etc).
II; 278, 279, 401.
IV; III, 191.
Bailen (conde de).
IV; 263, 265, 267.
Ba!anzon (señor de).
II; 454.
III; 127, 361, 376.
BeSbas (Hernando).
I; 379.
Balboa (Juan de).
IV; 78, 86.
Balboa (Martín de).
IV; 332.
Balburge (Guillermo de).
V; 70.
Baldo (Guido).
III; 539.
Baldo (Julio).
III; 539.
Balencian.
I; 442.
Baliot de la Concordia (conde).
III; 345.
Balsa (Juan).
IV; 332.
Baltanás (Andrés de).
I; 382.
Bandoma (los de).
IV; 431.
Bango (Federico de).
II; 216.
Banrós ó Rosenio (Martín).
IV; 206.
Bañón (Juan de) .
IV ; 38.
Baños (marqués de).
IV; 38.
Baoa, Balboa? (Juan de).
IV; 86.
Barahona (Alonso dé).
I; 455, 456
Barba de Campos (Isabel).
IV; 271.
Barbanson (monsieur de) .
IV; 159, 528.
V; 273, 274.
Barbarroja.
I; 132, 185, 186.
II; 161, 162, 320, 416.
III; 26, 27, 67, 134, 185, 188, 201-
203, 237, 244, 263, 265, 267,
276-280, 282, 303, 342, 374,
377, 411, 412, 414, 417, 450-
453, 466, 523-527, 531.
IV ; 28, 30-33, 35, 68, 288-291, 293,
295, 389, 393, 396.
Barbason (señor de).— V. Barbanson,
Barbesieux (Mr. de).
II; 99.
Barbiano (Alberico).
II; 307.
Barbiano (Antonio) .
II; 394.
Barbiano (Ludovico) , .
II; 394, 395
III; 74.
Barben (monsieur de).
V; 275.
Barbosa (Duarte) .
II; 20.
Barco (Pedro de).
IV; 565.
Baresi (Francisco) .
I; 122, 123.
Bargas (Juan de).
III; 27.
Baro (Bernardino) .
I; 423.
Bars (Guillermo des).
III; 29.
Bartolomé (el embajador).
II; 75.
Barrientes (Cristóbal de).
IV; 331.
Barrientos (Pedro de).
I; 379.
Basa (Juan del.
IV; 328.
Bastida (Fioramonte de la).
— 329 —
IV; 37.
Bastida y Potenciaría (marqueses de).
TV; 38.
Bastidas (Rodrigo de).
ni; 542.
Baviera (duque de).
I; 199.
m ; 84, 85, 94, 95, 356, 365, 390,
398.
IV; 102, 205, 458, 487, 488, 490-
492, 508, 517.
V; 70, 172.
Bay (Edémonte de).
IV; 38.
Bayard (Jilberto) .
IV; 408.
Bayardo (Mr. de).
II; 70.
Barayote (Lobo) .
II; 322.
Bay boda (Juan). — V. Bai Boda.
Bayuelos (el regidor).
IV; 454.
Bazán (Alvaro de).
I; 442.
II ; 320.
III; 104, 264, 282, 389, 399. 403.
410, 506, 540.
IV ; 79, 81, 309, 312.
V; 224.
Bazán (Pedro de).
I; 357.
Bazán (Rodrigo de).
. V; 218, 275.
Bearne (príncipe de).
I ; 491.
Beauge (Federico de).
II; 98.
Becerra (el capitán).
IV; 169, 172.
Bederrobada (monsieur de).
V.; 274.
Bójar (duque de).
II; 92, 226, 248, 283.
III; 136, 141.
IV; 8, 23.
Belayo (Juan).
IV; 461.
Belchite (conde de)
II; 432.
Belinson (señor de).
III; 384.
Beljoyoso (oonde Luis).
II; 467.
Belmonite (Juan Manuel, señor de)
III; 10.
Beltrán (el doctor).
I; 346, 399.
II; 93.
IV; 317.
Belzares (los).
III; 545.
Bellica (Hernando de).
I; 381.
Bello (el doctor).
I; 346.
Bemelberg (Conrado de).
V; 174.
Benaicázar (conde de).
I; 168.
Benaicázar (el capitán).
III; 490.
IV; 568, 570
Benaicázar (Sebastián de).
III : 545, 547.
Benavente (conde de).
I; 30, 198, 229, 256, 357, 422, 450.
II; 432.
III; 258, 324, 331, 356, 365,
398, 400, 435, 507, 510.
IV; 9, 10, 23, 238, 268, 270, 335.
V; 179, 210, 292.
Benavente (Juan de).
I; 378.
Benavides (Francisco).
V; 219.
Benavides (Juan de).
V; 218, 268.
Benavides (Luis de).
IV; 338.
Benavides (Manuel de).
I; 5.
Benavides (Mendo de).
IV; 307, 308, 392.
Benavides (Rodrigo de).
V; 218.
— 330 —
Benedicta (la Sra. Doña).
V; 231.
Benítez (Alonso).
IV; 84.
Benito (Juan).
I; 378.
Benivello (conde).
IV; 209.
Bentivoglio (Alejandro).
II; 96, 304.
Berberán (Enrique) .
II; 418.
Berenguel (el capitán).
III; 264, 403.
Berenguel (el general Don).
IV; 70.
Berghes (Mr. de).
I; 92.
Berjes (madama de).
IV; 433.
Ber langa (marqués de) «
IV; 9.
Berlebeo.
III; 23, 24.
Bermejo (Rodrigo) .
III; 471.
Bernal (el doctor).
IV; 317, 319.
Bernardíno (el licenciado).
I; 379.
Bernardino (Francisco) .
IV; 370, 387, 388.
Bertoldo (el conde).
II; 315.
Berry (duque de).
I; 81.
Beure, Beur (Mr. de).
I; 23, 25, 160, 182.
II; 454.
Bezana (el basa de).
IV; 30, 31.
Biamonte (Juan de).
I; 59.
Bienmarcado (Bernardino).
IV; 381.
Bierry (Mr. de).
II; 99.
Bievres (señor de).
II; 215.
Bilbao (Juan de).
I; 379.
II; 11, 13.
Besignano (príncipe de).
I; 229.
Blanca de Navarra.
I; 84.
Blancacio (Aníbal).
IV; 300.
Blosir (monsieur de).
V; 230.
Bobadilla (la).
I; 263, 347.
Bobadilla (el tundidor).
I; 259, 260.
Bobadilla (Diego de).
I ; 460.
Bobadilla (Isabel de).
IV; 442.
Bobadilla y de Mendoza (Francisco).
IV; 454.
Boca Negra (el capitán).
III; 529.
Bocona (el bajá de).
III; 138.
Bohemia (el rey de).
I; 125, 295. 434.
Boissy ó Amboise (Mr. de).
II; 100.
Bolena (Ana) .
III; 418, 420, 421.
Bolfgango (conde Palatino) .
Y; 172.
Bolívar (el capitán).
IV; 174.
Bolonia (el cardenal de).
IV; 116.
Bolonia (micer).
II; 298.
Boloña (Ana).
III; 318.
Bom (monsieur de).
IV; 397.
Bonarance (el abad).
V; 115.
Bonclans (Mr. de).
II; 152, 153.
- 331
Bonifacio VIII.
II; 107.
Bonneval (Mr. de).
II; 99.
Bonnivet (Mr. de).
I; 194. »
Bononia (Francisco y Nicolás).
I; 122.
Bononia (Gerardo de).
I; 121, 122.
Bcracio.
II; 297.
Borbón (el cardenal de).
IV; 57.
Borbón (el condestable de).
I; 63, 497.
Borbón (duque de).
II; 67-70, 82-84, 96, 97, 101-104.
106, 111, 112, 158, 159, 165-167,
176, 177, 202-206, 261, 285-29?,
398.
III; 56, 375.
IV; 430.
Borbón (Francisco de).
IV; 371.
Borbón (Hércules de).
II ; 287.
Borbón (Luis de).
IV; 464.
Borbón (Pedro de).
III; 16.
Borbón (señor de).
III; 58.
Borgcn. Borbón? (Francisco de).
IV; 387.
Borgoña (Alfonso de).
II; 215.
Borgoña (Carlos, duque de).
IT; 184.
IV; 107, 109, 110.
Borgoña (duqueB de).
I; 167.
IV; 109.
Borgoña (Juan de).
II; 110.
Borgoña (Margarita de).
II; 107.
Borgoña (María de).
II; 184.
Borgoña (el rey de armas),
II; 442-451.
Borja (Francisco de).
IV; 333.
Borja (Juan de).
I; 380.
IV; 333.
Borja (Luis).
I ; 382.
Borosio (Jerónimo).
II; 297.
Borsid (el doctor).
IV; 253.
Borromeo (el conde TJtilian).
III; 319.
Bcrromeo (Federico) .
II ; 397.
Bosu (mosior ó monsieur de),
III; 260, 324, 331.
V; 91.
Botier (monsieur de)
IV; 283-286.
Bousel (Pedro de).
II; 444, 445.
Boutiéres (Mr. de).
II; 99.
Bozula (Federico).
I; 509.
Brabo (el licenciado).
I; 379.
Brabo (Juan) .
I; 377, 457.
II; 10.
Braganza (duque de).
I; 76, 184.
II; 93.
Brancuic (duque de) .
IV; 102, 367, 459, 488.
Brancuig, Branscuig (duque de).
IV; 523.
V; 12, 35, 36, 40, 42, 45, 172-
176, 224, 228.
Brancuig (Ernesto de).
V; 31, 32.
Brancuíge (conde y duque de).
IV; 157, 251, 252, 504.
Brancuige, Branscuig (Enrique de).
— 332 -
IV; 504.
V; 172.
Brandamburg (Alberto de).
IV; 504, 517
V; 13, 37.
Brandamburg (Juan de).
IV; 509, 510, 522, 531.
Brandamburg (marqueses de).
IV; 397, 407.
Brandanburg, Brandenburg (m a r-
qués de) .
I; 194, 209, 229, 276, 281, 401,
402.
II; 164. '
III; 94, 95, 331, 398.
IV; 205, 206, 247, 488.
V; 33, 34, 42, 43, 70, 170, 171,
176.
Brandenburg (Juan Jorge de).
V; 19, 26.
Brandenburgo. — V. Brandanburg.
Branderbuque.— V. Brandanburg. -
Bransvic (duque de).
III; 365, 398.
Branzuic (duque de).
II; 465, 466.
Bras? n (monsieur de).
IV; 434.
Bravancia (duque de).
IV; 107, 258-260.
Bravo (Antonio).
V; 218.
Bravo (Juan). — V. Brabo (Juan).
I; 549, 460.
Bravo (Sancho).
III; 432.
IV; 505.
Bredesdres, Brevederades (monsieur
de).
V; 267, 273.
Brenot (Nicolás).
II; 211.
Brestain (conde de).
V; 70.
Bretaña (duquesa de).
I; 6, 77.
Brian (marqués de).
IV; 38.
Brion (barón y Mr. de).
II; 99, lio, 151-153, 181, 184.
Brisca (marqués de) .
IV; 38.
Briseu (Mr. de).
II; 99.
Briviesca (el licenciado).
V; 300.
Broguiete (marqués de).
IV; 37.
Bropero (el doctor).
IV; 103.
Brunsvique (duque de).— V. Bransvio.
Bucero (Martín).
IV; 103.
Buena (conde dé).
IV; 398.
Buendía (conde de).
I; 117. 248, 337, 420.
IV; 9.
Buendía (condesa de).
I; 248, 337.
Buesi (Mr. de).
I; 202.
Buítrago (Antonio de).
I; 261, 378.
Bui trago (Pedro de).
I; 378.
Buosio (señor de).
ni; 219.
Bura, (conde de).
IV; 505, 516-518, 522, 523, 528-
536.
V: 9, 12, 170.
Bura (monsieur de).
IV; 510, 532, 538.
Burbonio (Francisco) .
II; 466.
Burel (conde de).
II; 404.
Burenses (barón de).
II; 99.
Burgo (Andrea de).
III ; 81.
Buria (mosior de).
ni ; 409, 410.
Busiquio (Vitor;
III; 533.
— 333 —
Bustamante (Hernando de).
III; 476, 477.
Bustillo (el maestro).
I; 379.
Bustillo (Hernando de).
I; 448.
Bustillo (Lope y Pedro de).
I; 382.
Busu (señor de) .
II; 112.
Buticelo (Pedro).
II; 467.
Butier (monsieur de).
IV; 371, 376.
Buzcan (el capitán).
III; 496.
Buzelli (Francisco de).
II; 84.
Gabán i Has (Luis de).
I; 215.
Cabanillas (mosén).
II; 461.
Cabana (el capitán).
IV; 287.
Cabeza (Juan de).
V; 218.
Cabeza de Vaca.
III; 480, 483-486.
IV; 96.
Cabeza de Vaca (el doctor).
I; 377.
II; 10.
Cabeza de Vaca (Juan).
II; 10
Cabeza de Vaca (Luis).
IV; 315.
Cabezón (Antonio) .
V; 218.
Ca'nilmonte (Juan de).
II; 235.
Cabot, Caboto (Sebastián).
II; 89.
III; 486.
Cabra (conde de).
I: 5, 27, 99, 226.
II; 16, 172.
IV; 9, 23, 454.
Cabrera (Alonso de).
ni; 486, 489.
Cabrera (Ana de).
I; 198.
Cabrera (duque de).
II; 23.
Cabrera (Hernando de).
II; 23.
Cabrera (Juan de).
I; 448, 449.
Cabrero ((Pedro de).
IV; 568.
Cabrero (el doctor).
I; 346, 399.
Cabreros (García).
I; 381.
Cáceres (Diego de).
I; 261.
Cáceres (Hernando de) .
1; 381.
Cáceres (Juan de).
I; 379.
Cacin (Cidi).
II ; 160.
Cachadiabio ó Cachidiablo (el corsario).
II; 162, 320.
III; 203, 266.
Cachi prieto.
I; 37Q.
Cachorro ( .Lian) .
I; 380.
Cachorro Peligero (Juan)
I; 348.
Cafarra (Juan).
V; 89.
Cafaralla (monsieur).
IV; 435.
Cairadin Basa.
III; 283.
— V. Barbarroja.
Calabazanos (Diego de).
I; 383.
Calabria (duque de).
I; 4, 9, 64, 414.
II: 35. 417.
— 334 —
IV; 203, 204. ■
V; 179.
Calderón (el capitán).
IV; 378.
Calderón (Juan) .
IV; 378.
Calenje (rnosior de).
III; 398.
Cámara (Manuel de).
IV ; 140.
Camarasa (marqués de).
V; 94.
Camarata (conde de).
I; 120, 138-140.
Camarino (duque de).
IV; 112, 113, 199, 246, 360, 382,
383, 434, 436, 459, 474, 475
Cambialancia (Desiderio).
V; 97.
Cambray (duque de).
I; 125.
Campegio (el cardenal).
III; 96.
Campo (Gonzalo de).
III; 471.
Campo (Jorge de).
III; 18.
Campo (Pedro de).
I; 381.
Camponavarro (María, maestra cié) .
I; 118.
Campo Redondo (Peranzules de).
IV; 331.
Canaga Sardo (el capitán turco).
III; 266.
Canaleto (el capitán ó el general) .
III; 188, 189, 528.
Canapus (monsieur de).
IV; 54.
Canibaldo (mosior).
III ; 319.
Canin de Gonzaga (el).
III; 390, 404.
Cano. — V. Sebastián del Cano.
Cañete (marqués de).
III; 11.
IV; 50, 95, 238
Cañete ( señor de) .
I; 485.
Caonte (Morelo de).
IV; 37.
Cápela (mker Vicencio) .
III; 522.
Caraballo (un tal).
III; 481.
Caraballo (Juan).
II; 20.
Caradino.
III; 185, 411.
— V. Barbarroja.
Caramanín (el capitán turco).
i IV; 78, 79, 85, 86.
Caraola (el cardenal).
III; 404.
Caravajal (el licenciado).
IV; 317, 318, 563, 569, 570
Caravajal (Francisco dé).
IV; 565, 566.
Carbajal ó Carvajal (Bernardino de),
I; 47, 70, 113.
Caréaseme (Juan de).
1; 379.
Cárcavo (Vicente).
V; 97.
Cárdenas (Gutierre de).
III; 260, 323.
Cárdenas (Luis de).
II; 317.
Cárdenas V. Elche (marqués dé).
Cardona (Alonso de).
I ; 198, 216, 443.
Cardona (Antonio de).
I; 198.
Cardona (duque de).
I; 198.
II; 432.
III; 255.
V; 88.
Cardona (Juan de).
I; 510, 511.
Cardona (Luis de).
IV; 173. •
Cardona (Pedro de).
I; 198.
II; 407.
Cardona (Raimundo de).
— 335 —
V; 244.
Cardona (Ramón de).
I; 18, 51-55, 72, 73, 77, 78, 82,
. 437, 513.
III; 536.
IV; 374, 377, 378, 393.
Carlos (el duque).
II; 110.
Carlos (el infante Don).
IV: 540.
Carlos, príncipe de Viana.
I; 84.
Carlos, príncipe y duque de Angulema.
II; 187.
Carmenta (Alonso de).
IV; 87.
Carnicer (el doctor En).
II; 119.
Carniza (luán).
III; 90.
Caro (Juan).
I; 235.
Carpara (conde de).
III; 450.
Carpí (señor de).
I; 491.
Carpió (conde de).
II; 242, 254, 288.
III; 340, 371.
Cartagena (el cardenal de).
I; 275.
Carvajal (Alonso de).
I; 477.
Carvajal (Bernardino de).
I; 501.
II; 78.
Carvajal (Diego de).
I; 371, 472, 474, 477.
Carvajal (el doctor) .
I ; 93, 97, 113, 134, 160, 229.
II: 124.
Carvajal (el licenciado).
IV; 95, 541.
Carvajal (García de).
IV; 543.
Carvajal (Gutierre de).
II ; 98.
Carvajal (Luis de).
V; 217.
Carvajal (Rodrigo de).
IV; 141.
Carranza (Bartolomé de) .
IV; 476.
Carrara (marqués de).
IV; 38.
Carreño (el capitán).
IV; 168, 172.
Carreto (Marco Antonio).
III; 178, 181.
Carreto (Verino y Cipión del).
V; 97.
Car rezo (Hipólito de).
IV; 390.
Carrillo (Alonso).
III ; 184, 198.
Carrillo (Hernando).
V; 217.
Carrillo (Luis).
I ; 462.
IV; 344.
Carro y Pelus (Alonso).
III; 269.
Cas (José de).
I; 420.
Casa de Pesaro (Jerónimo de la)
HI ; 453.
Casar Bassá.
III; 219.
Casas (Bartolomé de las).
IV; 216, 222, 320.
Casas (Francisco de las).
II; 170-172.
Casimiro (el marqués).
II; 310, 311, 315.
Cassin Bassá.
III; 532-534.
Castañeda (el conde).
III; 141.
V; 268.
Castañeda (el secretario).
I ; 346.
Castel (marqués de).
IV; 37.
Castelvi (micer) .
II ; 12, 13.
Casttelvilla (duque de).
- 336 -
III ; 264.
Castellano (León) .
II; 310, 312-314.
Castellano de Mus (el).
III; 116, 117.
Castellano de Villalba (Juan).
II ; 23.
Castellar (conde de).
IV; 263.
Castilla (Alonso de) .
II: 23.
Castilla (Diego de).
III ; 522.
IV; 338.
Castilla (el almirante de).
IV; 27-33, 36, 155, 209, 210, 271,
287.
V; 88, 228, 229, 240, 243, 262,
265, 266.
Castilla (el condestable de).
IV; 336.
V; 223, 224.
Castilla (el príncipe D. Juan de).
•I; 23.
Castilla (Juan de).
V ; 218.
Castilla (Luis de).
IV ; I31r 212.
Castilla (Pedno dé).
V; 217.
Castillo (Alonso del).
ni ; 486.
IV; 96.
Castillo (Andrés de).
III; 484, 485.
Castillo (el bachiller).
I; 348, 379.
Castillo (Francisco del).
IV; 92.
Castrioto (Fernando).
II ; 98.
Castro (Alonso de).
IV; 476.
Castro (Antonio de).
IV; 338.
Castro (conde de).
I; 458.
ni; 427.
IV; 454, 541.
V; 93, 286.
Castro (duque de).
IV; 115, 474,
V; 103.
Castro (el capitán).
IV; 329.
Castro (José de).
IV ; 485.
Castro (Leonor de).
III; 466.
IV; 333.
Castro (Ñuño dé).
IV; 331.
Castro (Pedro de).
V; 218.
Castro (Rodrigo de).
IV; 143.
Castroverde (Hernando de)
IV; 366.
Castro Villa (duque de).
V; 28.
Castro Villares (duque de).
III; 315.
Catalina de Navarra.
I; 84, 134, 169.
Catalina (la infanta y princesa Doña) .
I; 5, 9, 224, 256, 262, 272. 457.
II; 92.
Catalina, reina de Inglaterra.
I; 75, 515, 516.
Catalina, reina de Portugal.
I; 92, 225.
Cataneo (Federico).
II; 100.
Catelón (Jerónimo de).
III; 18.
Catinario (Mercurino) .
III; 73.
Cavanillas (mosén).
I; 97.
Cavaro (el cjnde).
V; 243.
Cayetano (el cardenal).
I; 196, 411.
Cazorla (el adelantado de).
I ; 37.
Ccbellon (Juan).
— 337
IV; 174.
Geinos (el licenciado) .
II ; 469.
Celeli (el bajá).
III; 412.
Celeli (Mahomet) .
III ; 412.
Ctnaga Sardo (el renegado).
IV; 77, 309.
Cendal (el electo de).
IV; 209. *
Ceneite (marqués de) .
I; 234, 414, 418, 419, 442-445
II ; 14, 320.
III; 81, 83, 85, 86, 88.
Cénete (marquesa de).
IV; 203.
Centeno (Diego) .
IV; 568.
Cepeda (el licenciado).
IV; 319, 563, 567, 569.
Cepeda (el oidor).
IV; 563-565.
Cerda (Hernando de la).
IV; 441.
V; 276.
Cerda (Luis de la).
II; 432.
III; 90, 260, 397, 468.
IV; 10.
V; 218.
Certo (Bartolomé de).
III; 458.
Cervellón (Felipe).
II; 408.
III; 18.
Cervellón (Juan).
II; 393.
IV; 169.
Cervera (el inquisidor).
I; 121.
Cerrato (el licenciado).
IV ; 319, 320.
Gesariano (Rodolfo) .
II; 298.
Cesarino (Julián).
in ; 399.
IV: 156, 210.
Cesisnaga (Sancho de).
IV; 86.
Cibo (el cardenal).
III; 356, 429.
IV; 382.
V; 233.
Cibo (Julio).
V; 213.
Cibo (Lorenzo).
IV; 38.
Cicisneque (barón de).
. IV; 374, 375.
Ctcisneque (Cristóbal dé).
IV; 377.
Cidan V. Muley.
Cid Mu rana.
II ; 162.
Cierre (Juan Pablo de).
III; 403, 455, 463.
Cieza (Rodrigo de) .
I; 245.
C ¡fuentes (conde de).
I; 16, 218.
III; 141, 258, 376, 435, 504
IV; 9, 10, 25, 262.
V; 88, 255, 262, 268.
Cimay (príncipe de).
I; 92.
Cisneros (Benito de).
I; 112.
V ; 292.
Civitá Sartit Angelo (marqués de).
II; 98.
Claiete (Mr. de la).
II; 99.
Clarenceao (el rey de armas).
II; 322, 327, 344.
Claros de Guzmán (Juan).
IV ; 263.
Claudia de Francia.
I; 6, 16, 20.
TI; 259.
Clemente Vil.
II; 81, 158, 163, 222, 239, 240,
250, 252, 255, 256, 253, 264-
266, 269-272, 278, 281, 284.
291, 293, 299, 303, 400, 459.
III; 80, 188, 223, 230.
22
338 —
Clemente (el protonotario) .
I; 97.
Glermont (Mr. de).
II; 99.
Cleves (duque de).
I; 125.
IV; 106, 108, 167, 194, 247, 250-
252, 259, 291, 396, 427, 458,
486, 491.
V; 20, 33.
Cleves (Mr. de).
I; 92.
Clugion (Agustín).
III; 533.
Coachcpoca, Coalchopoca (el cacique).
I; 374.
Coalla.— V. Coello.
Gobarrubias (el factor).
III; 471.
Coblagri (barón de).
V; 207.
Cobos (Diego de los) .
IV; 47, 48, 242.
V; 94.
Cobos (Francisco de los) .
I; 2U6.
II ; 247, 432.
III; 204, 257, 260, 291, 435, 512,
519.
IV; 23, 129, 134, 145, 270, 541.
• V; 91.
Coca (señor de). — V. Fonseca (Anto-
nio de) .
Cocles (monsieur de) .
IV; 375, 377.
Coello, Coalla (el licenciado).
I; 134, 399.
Cogolludo (marqués de).
III; 141, 259. #
V; 224, 291.
Cojezófar (el capitán).
III; 496, 497, 549-551.
Colancio (Blas).
I; 138.
Cclapio (Fray).
I; 414.
Colenberg (Ebeyardo) .
TV; KI3.
Gclón (Bartolomé) .
I; 186.
Colón (Cristóbal).
I; 40.
II; 89.
Colón (Diego).
I;. 40, 184, 209.
Colón (Hernando).
II; 88.
Colona (Ascanio) .
II; 270.
IV; 114-116.
V; 253, 298.
Colona (Camilo).
II; 408.
Coiona (el cardenal).
II; 269, 303.
III; 78, 117
Colona (Esteban) .
III; 539.
Colona (Fabricio) .
I; 10, 52, 53
IV; 435.
V; 253, 254.
Coiona (Marco, Marco Antonio).
I; 508, 509.
II; 69.
III; 141.
Colona (Pirro).
III; 430, 433
IV; 279, 285, 286, 292, 294-297,
300, 301, 369, 380-389, 440,
508.
Coiona (Pompeo).
III; 14.
Colona (Próspero).
I: 81, 438, 439, 504J 508-512.
II; 67-69, 254, 270.
Colona (Sergio).
II ; 298.
Colona (Vespasiano).
II; 400.
Collados (Juan de).
I; 379.
Collazo (el capitán, maestre de cam-
po).
I; 186.
Demacro (el secretario).
— 339 -
II; 235.
Comares (marqués de) .
I; 68, 117, 188.
Ccncerataina (conde de).
I; 419.
Concordia (conde Galeote de la).
III; 383:
Conchillos (Lope de).
I; 14, 15.
Conde (mosior de) .
III; 260.
Condoyano (conde de).
III; 296.
Conrado (el conde) .
IV; 397.
Constantino (el maestro).
V; 218.
Constanzia (el cardenal de).
II; 40.
Gnntareno (Alejandro).
III; 534.
Conté (Jacomete).
V; 97. v
Gontharchio (Antonio).
III; 499
Ccntreras (el clérigo).
IV; 542.
Copis (el obispo).
II; 297.
Copúlate (Julio).
V; 99.
Córate (conde ó marqués de) .
II; 415. .
Corbera (monsieur del.
V ; 274.
Córdoba (Alonso de).
IV; 78, 84.
V; 217.
Córdoba (Alvaro de).
III; 90.
IV; 23, 271, 342.
V; 91.
Córdoba (Antonio de).
I; 53, 226.
Córdoba (Diego de).
V; 223.
Córdoba (Elvira de).
II; 172.
Córdoba (Fernando de).
I; 99.
IV; 307.
Córdoba (Francisco de).
IV; 23.
Córdoba (Gerardo de).
III; 427.
Córdoba (Hernando de).
II; 453.
IV; 454.
Córdoba (Iñigo de).
V ; 217.
Córdoba (Juan de).
I; 419.
IV; 23.
Córdoba (Luis de).
II; 78, 172.
Córdoba (María de).
V; 223.
Córdoba (Martín de).
IV; 78, 302, 308.
Córdoba (Pedro de).
II; 315.
IV; 23.
Córdova (Alonso de).
III; 260.
Córdova (Diego de).
V; 217.
Córdova (García de).
III; 260.
Córdova (Luis de).
V; 217.
Corella (de Valencia).
I; 233.
Coria (el cardenal de).
V; 232, 233.
Cornejo (el alcalde).
I ; 346.
II; 10.
Cornejo (el doctor y alcalde).
I ; 108, 127, 134, 460.
Corona (Camilo).
IV; 245.
Corsino (Valerio).
III; 522.
Cortés (Hernando ó Hernán).
I; 211-214, 371-374, 499-501.
II; 22, 168, 170, 171, 316, 319,
— 340 —
468, 469.
DI; 471, 475, 479, 486.
IV; 219.
V; 213.
Cortés (Luis).
IV; 343, 344.
Cortés (Martín).
IV; 344.
V; 213, 268.
Corti (Pedro) .
II; 99.
Coruña (conde de).
I; 162.
V; 94.
Correa (Antonio) .
IV; 143.
Correa (el embajador).
II; 92.
Correa (Pedro).
I; 116.
Correchilitarco, capitán turco.
IV; 67.
Correzo (Hipólito de).
III; 398.
Cota (Luis).
IV; 250.
Cotanero (Gaspar).
IV; 181.
Couzelles (el comisario).
II; 99.
Crecentín (conde de).
III; 535.
Crespín (mosén).
I; 442.
Cretingo (el anabaptista).
III; 222.
Cristerna de Dacia (la infanta).
III; 219, 220.
Cristerno ó Cristeno de Dinamarca.
III; 174, 219.
IV; 368.
Cristian II de Dinamarca.
II; 71-73, 75.
Croix (Adrián de).
II; 216.
Croix (el cardenal de).
I; 232, 277, 404, 501.
Croix (Guillermo de).
II; 112, 214, 215.
— V. Croy.
Croix (Mr. de).
II; 150, 152.
Croy (Adrián de)
II; 104.
Croy (Felipe de).
I; 219.
— V. Ascot.
Croy (Guillermo de).
I; 23, 168, 330, 331.
V. Chievres y Croix (Guiller-
mo de).
Gruña, Coruña? (conde de).
IV; 9.
Cruz (Juan de la).
IV ; 449, 476.
Cruz (Isabel de la).
III; 21.
Cubano (marqués de).
IV; 38.
Cucia (mosior de).
III; 322.
CuéSIar (Alonso de).
I; 379, 380.
CuéElar (Antonio de).
I ; 378.
Cuéilar (el canónigo).
I; 382.
Cuéüar (marqués de).
III; 259.
IV; 336.
V; 88.
Cueto (el capitán).
IV; 174.
Cueva (Alonso de la).
III; 260.
V; 217.
Cueva (Beatriz de la).
IV; 129, 132-134.
Cueva (Beltrán de la).
I: 147, 442.
Cueva (Cristóbal de la).
IV; 454.
Cueva (Diego de la).
ni; 190, 260.
IV; 334, 343.
V; 224.
- 341
Cueva (duque, D. Luis de la).
IV; 22.
Cueva (Gabriel de la).
V; 217.
Cueva (Juan de la).
I; 152, 442.
Cueva (Luis de la).
I; 371.
III; 90,. 139, 140, 259.
IV; 144,
Cueva (Pedro de la).
III; 105, 260, 397.
IV; 432, 542.
Cufán (Marco Antonio de).
III; 405.
Cufí (Ismael) .
I; 79.
Gursino (el capitán).
II; 397.
Cusín Basa.
III; 418
OH
Chabar.nes (Jacobo).
II; 100.
Chaire Chelipe.
III; 180, 183, 184.
Chalcrcs (Filiberto ríe).
II; 214.
Champarin (monsieur de).
V; 277.
Chapis (Clemente) .
II; 174.
Charcus (conde de).
IV; 157.
Chaulx (Mr. de la).
I; 86, 123, 135, 136, 160,
504.
II; 216, 225, 291, 319, 322,
Chaumont d'Amboise (Mr. de).
II; 100.
Chavar (Clemente).
V; 300.
Chaves (Francisco de).
IV; 329.
Chebres (Mr. de).
II ; 455.
503,
432.
— V. Chievres.
Chelva (vizconde de).
I; 419.
Chendemo (el turco).
I; 79.
Chenetes (señor de).
III; 383.
Cheneyo (un tal).
IV; 461, 464.
Cheri (Lorenzo) .
II; 158.
Cherí (Rienzo de).
II; 83-85.
Cherim Farras.
I; 214.
Cherrin (Abdalla).
II; 161.
Cherry (Cidi).
II ; 116.
Chierre (Juan Pablo de).
ni; 100, 101.
Chievres (Mr. de).
I; 83, 123, 125, 143, 159, 161, 164-
166, 168, 182-185, 195, 197-
199, 202, 203. 207, 208, 215-
219, 222-227, 229, 231, 236,
273, 321, 330, 362, 401, 403,
404, 414.
Chilicusima (el cacique).
III; 191, 192.
Chinay (princesa de) .
II; 215.
Chinchilla (Diego de).
I; 382.
Chinchón (conde de).
I; 357, 480.
III; 258, 331.
IV; 9, 272.
D
Dacia (Cristerno de).
III; 111, 220.
Dalgut ó Dargut Arráez.
IV; 66, 67, 70.
Dareacan (el captan).
III; 496.
Darías de Sayavedra (Hernán).
342 -
IV; 263, 265.
Deán de Lovaina (El).
V. Adriano.
Debe! i (señor).
III; 378, 393, 394.
Debrion (señor) .
III; 373-
Deca ó Deza (Diego de).
T; 13, 27, 29.
II; 78.
Decocles (el coronel).
IV ; 373.
Degabaote (el capitán).
III; 393.
Deistán (mosior) .
III; 397.
Delange (monsieur de) .
IV; 157.
Delegrabe (madama) .
IV; 433.
Delesquina (Antonio).
I; 381.
Delgadillo (el licenciado).
II; 468.
Delimentes (el capitán).
III; 411.
Denia (marqués y marquesa de) .
I; 97, 113, 224, 255, 262, 27-2, 290,
386, 388.
IV; 9, 336, 452.
Derribeto (Pompeo).
IV; 38.
Descaiange (mosior).
III; 390.
Deschenetes (señor).
III; 362.
Desmay (el príncipe).
I; 23.
Desmuries (el bastardo).
I; 497.
Besparrot (señor).
III; 369, 370.
Despíndoia (Agustín).
III; 302, 398.
Destutano (el príncipe).
• III; 315.
Destor (el alférez).
II; 99.
Deza. — V. Deca (Diego de).
Deza (el licenciado).
V; 290.
Diamonte (Francisco de) .
V; 244.
Díaz (Juan).
V- 219.
Díaz (Melchor).
III; 486.
Diaz de luco (Berna!) .
IV; 449, 454, 476.
Díaz de Rojas (Ruy).
I; 61, 451.
Diez (Melchor).
IV; 97, 99.
Dinamarca (el rey de).
I; 125, 486, 487, 490.
II; 401, 403, 408, 409.
V ; 42, 45.
Diure (monsieur de) ,
IV; 28.
Dolmos (Berenguer) .
III ; 275.
Domingo (el capitán) .
IV; 87.
Domisa (el coronel).
III; 398.
Donceles (el Alcaide de los)
I; 17, 33, 51, 06, 68.
Dorantes (Andrés de).
IV; 96.
Doran to (Andrés).
III; 479.
Doria (Andrea) .
TI; 269, 305, 401, 403,
411, 454, 460.
III; 26, 142, 143, 178-
239, 255, 256, 263,
276, 279, 280, 294,
398-400, 403, 404,
L51, 453, 506, 507,'
524, 526, 528, 531,
IV; 29, 68, 69, 71, 76,
243, 291, 293, 295.
V; 90, 228, 241
Doria (Antonio) .
III; 144, 182, 183, 202,
281, 404, 522.
405, 408-
180,
184,
264,
273-
301,
389,
408 :
450,
519,
522,
532
114,
242,
264, 280,
— 343 —
Doria (Cristofín)
III ; 179-182.
Doria (el cardenal).
V; 233.
Doria (el príncipe) .
V; 95, 96, 232, 239.
Doria (Erasmo)
II; 410, 413
III; 143.
Doria (Estéfano).
V ; 217.
Doria (Felipe).
II; 413.
Doria (Fclipín, Filipínj.
II ; 405, 406, 408, 412, 415.
III ; 180.
Doria (Francisco) .
III ; 143, 147, 181, 522, 523.
IV; 71.
Doria (Franco) .
III; 263, 282, 283, 294.
Doria (Juanetín)
IV; 66, 67, 69-71, 168, 203, 288,
293, 295, 297.
V; 95, 96, 241.
Doria (la princesa).
V; 241.
Doseld (Jorge Segismundo).
V; 115.
Drons ó Dros (Carlos).
IV; 284, 296, 297, 369, 370, 373,
375, 377.
Duarte (Francisco).
IV ; 71, 505.
Duarte, Príncipe de Gales.
I; 5, 9.
Dubreo, Dudellego (el almirante).
IV; 462, 463. -
Ducrest (Mr.).
II; 99.
Dudar Moscayre (Barbarroja) .
II; 161.
Duras (Tomás).
II; 89.
E
Egidio (el cardenal).
I; 196.
Elche (marqués de) .
I; 440, 476.
III; 259.
Elpidío (conde de Helsestan).
I; 117.
Emberes (señor de).
III; 60, 61.
Emondense (Arnaldo).
IV; 107.
Eméndense (Carlos) .
IV; 108
Emondense (conde).
IV; 106.
Eneas (el capitán).
II ; 274.
Enobarbo (Barbarroja).
I; 132.
Enrique (Alonso).
I; 378.
Enrique, Conde de Nasao.
II; 215, 248.
Enrique de Inglaterra (el príncipe).
I; 9.
Enrique (el duque).
I; 36.
Enrique (el infante Don).
I; 216.
Enrique (el infante Fortuna Don) .
II; 23.
Enrique V5II de Inglaterra.
I; 73.
II; 82.
IV; 464.
Enrique, rey de Francia.
V; 93.
Enrique, rey de Navarra. — V, Enri-
que, señor de Labrit
Enrique, señor de Labrit.
I; 136, 202, 431-433, 487.
II; 77, 196.
IV; 426.
Enríquez (Alonso) .
I; 378.
II; 77.
III; 480.
Enríquez (Diego) .
I; 474.
— 344 -
Enríquez (Enrique).
IV; 87.
V; 291.
Enríquez (Fadrique) .
I; 13, 198, 274, 337-349, 357, 358,
369, 371, 428, 456-459.
JII; 540.
IV; 337, 542.
V; 217.
Enríquez (Fernando) .
III; 540.
IV; 95.
Enríquez (Francisco).
V; 218.
Enríquez (Hernando) .
I; 501, 502.
IV; 238, 542.
Enríquez (Juan) .
IV; 337.
Enríquez (Luis).
IV; 337.
Enríquez (Martín).
IV; 338.
Enríquez de Ribera (Fadrique).
IV; 95.
Enríquez de Ribera (Pedro).
IV; 95.
Enríquez Manus (Jacobo).
V; 115.
Eque (Leonardo).
V; 115.
Equio (Juan).
IV r 103.
Ereton (el gentilhombre) .
III; 419.
Escala (barón de la).
IVT; 374.
Escalemberg (Giroslao).
II; 310.
Escálete (barón).
III; 264.
Escalona (duque de).
I; 113.
III ; 82.
IV; 8, 23, 336.
V; 212, 225, 286.
Escodes (monsieur de) .
IV: 301.
Escopero (Cornelio).
III; 518.
Escudero (el doctor).
V; 180.
Escudo (el señor del).
I; 437.
II; 98.
Esforcia (Alejandro).
III; 219.
Esforcia (duque de).
I; 103.
Esforcia (Francisco).
I; 507, 508, 510.
II; 66, 69, 240, 242, 254, 260, 261,
286, 293, 307, 393-395, 398.
III ; 73, 74, 175, 379, 389.
Esforcia (Galeacio María).
II; 258.
Esforcia (Juan).
III; 219.
Esforcia (Juan Galeazo).
II ; 258. •
Esforcia (Luis) .
II; 258-260.
Esforcia (Máximo) .
II; 260.
Esforcia (Mucio).
V ; 242.
Esforza. — V. Esforcia.
España (Francisco de) .
V; 218.
España (el cardenal de).
I ; 92, 135, 154, 237, 241-245, 248,
253, 260, 274, 286, 345-348,
357, 371, 428, 457.
Espina (el licenciado) .
I ; 382.
Espíndola (Agustín de).
III ; 518, 533.
Espíndola (el coronel) .
III; 404.
Espíndola (un).
IV; 449.
Espinosa (Gómez de).
II; 20.
Espinoy (conde de).
II; 112, 216.
Espira (Jorge) .
- 345 —
III; 545.
Espreche (Jorge).
V: 21.
Esquina (Diego de).
I; 379.
Esquive! (Diego de).
I; 377.
Esquive! (un tal).
III; 485.
Este (Alonso de) .
II; 287.
Esleían ico (el negro) .
III; 485, 486.
IV; 96.
Estella (Cristóbal de).
V; 218.
Esteno, rey de Suecia.
II; 71-74.
Estés (monsieur de).
IV; 381.
Estrada (Alonso de).
II; 170, 171.
Estroci (Pedro, Pero).
TV; 380, 382, 383, 389, 391, 392.
V; 98.
Estrosi (Felipe).
III; 429, 433, 434, 455, 539.
Estrosi (Vieencio).
III; 455, 459.
Fadrique (el almirante D.)
I; 98, 198, 359.
II; 9.
V. Enríquez.
Fadrique, rey de Ñapóles. — V. Fede-
rico.
Fajardo (Alonso).
I; 420.
V; 88.
Fajardo (Juan).
I; 377, 378.
Fajardo (Luis) .
III; 259.
IV; 542.
Fajardo (Pedro).
I; 217, 336, 440, 441.
II; 283, 461.
IV; 542.
V; 94.
Falces (el abad de) .
II; 456.
Falces (marqués de).
I; 457.
V; 217, 228.
Falcan (el capitán).
IV; 131, 132.
Falconete (inosior) .
III; 260.
V; 274.
Falconi (el licenciado y Francisco).
I: 382.
Falero (Rodrigo).
I; 210.
Falset (Perichín).
V; 219.
Farnese (Pino A Íbice).
III; 324.
Farnesío (el cardenal).
IV; 116, 360, 383.
Farnesio (Pero Luis).
IV; 389.
Farras V. Cherim Farras.
Favorino (el criado Don).
II; 293.
Febus, Rey de Navarra.
I; 84,
Federico, Conde Palatino.
I; 277.
III: 138.
Federico, marqués de Mantua.
II; 396.
Federico, rey de Ñapóles.
I; 4, 9.
Federman.
III; 547.
Felich (Mauricio de) .
V; 174. (
Felipe I.
I; 3, 5, 7, 12-15, 17-23, 29. 32.
165, 218.
II; 15, 107, 193.
Felipe II (el príncipe Don).
II; .82, 283, 357.
IV; 28, 152, 153, 160, 199, 203,
— 346 —
241, 261. 268, 346, 347, 450,
452, 453, 457, 487, 540.
V; 80, 177, 209-216, 220-238, 241,
248, 252, 263, 267, 286, 290.
Félix (el conde).
IV; 385-388.
Feitrio (Francisco María).
III; 453.
Ferbin (monsieur de) .
V; 267.
Feria (conde de).
IV; 119, 169, 243, 249, 434-438,
441, 459.
V; 87.
Fernández (Simen).
II; 89.
Fernández de Ángulo (Martín).
I; 135.
Fernández de Córdoba (Diego).
I; 17.
Fernández de Córdoba (Gonzalo).
I; 3-5, 7-10, 30, 31, 34, 54, 83,
86, 87.
II; 247.
Fernández del Espinar (Alonso).
I; 264.
Fernández de Velasco (Pero ó Pedro) .
III; 92.
IV; 238.
V; 223.
Fernández Martínez de Aguilar (luán)
III; 512.
Fernando (el archiduque) .
II; 193, 240, 275, 277, 312-314.
Fernando el Católico.
I; 2, 11, 13, 19, 20, 22, 23, 25-
28, 30-39, 43-48, 50-52, 56-59,
78, 80, 83-86, 88-97, 110. 115,
120, 165, 171, 184, 287, 299,
316, 319, 362, 426.
II; 88.
Fernando (el infante Don).
T: 9, 84, 89, 90, 93, 96, 98, 101,
104, 125, 139, 154, 155, 163,
164, 175, 182, 185, 232, 434.
II; 41, 43, 93, 117, 156.
Ferramolín (el ingeniero).
' III; 269, 281.
Ferramosca (Ascanio César).
II; 405, 407.
Ferramosca (César).
II; 167, 271, 272.
Ferrara (duque de).
I; 45, 49, 51, 54, 55, 438.
II; 287, 293, 398, 401.
III; 66, 91, 118, 224, 315, 365.
IV; 116, 390, 391, 505, 509.
V; 253, 261-263.
Ferrer (mosén Luis) .
I; 2S, 32.
Ferrero (Miguel de).
I; 15.
Ferrucho (el capitán).
ni; 100, 101.
Fienes (Mr. de).
I; 276.
Figueroa (el capitán).
I; 477.
III; 536.
IV; 370.
Figueroa (el embajador).
V; 230.
Figueroa (el licenciado) .
IV; 217, 221, 222.
Figueroa (el regente).
IV; 439.
Figueroa (Gómez de).
IV; 436, 441.
V; 268.
Figueroa (Juan de).
I; 429, 430, 458.
IV; 439.
Figueroa (Luis de).
I; 128.
Filatera (marqués de) .
IV; 37. 38.
Filiberto (el embajador).
I; 5.
Final (marqués de).
III; 261.
V; 231.
Fionte Asperge 6 Fontesperge (Gas-
par de) .
III; 397.
Flajé (monsieur de).
IV; 435.
347 —
Fleníneo. — V. Fluminio.
FUSCO (conde de).
V; 94, 96-98.
Fioranges de la Marca,
II; 99.
Florencia (duque de).
III; 315, 365.
IV ; 36, 373, 382, 394, 459..
y ■ 90.
Florenz (Juan) .
JI; 294.
Flores (Francisco) .
V; 217.
Fluc (Gaspar) .
V; 19*
Fluco (Julio) .
IV; 103.
Fluminio, Flenineo (el señor).
V; 243, 261.
Foix (conde de).
I; 84.
Foix (el mariscal de).
II; 98.
Foix (Gastón de).
I; 84.
Foix (Germana de).
II; 213.
Foix (Mr. de).
I; 53, 54.
Foix (Tomás).
II; 100.
Fojano (Camilo de).
V; 99.
Fons (señor de la).
IV; 408. *
Fonseca (Alonso de).
I; 5, 229.
II ; 92, 93, 226, 248, 282.
ITT; 10, 197.
V; 217.
Fonseca (Antonio de) .
I; 63, 65, 97, 100, 161, 228, 245-
248, 254-263, 272, 285-288,
323, 325, 332, 455.
II; 319.
III: 10, 90.
Fonseca (Juan de).
I; 97, 160, 200, 225, 229, 245-247,
272.
II; 169.
III; 260.
Fonseca (Vicente de).
III; 478.
Fontesperge ó Fiontesperge (Jorge de)
III; 390.
Forniel (Juan Bautista).
V ; 301.
For tabaleo.
II; 298
Fortuna (el infante).
II; 23.
Fosdenaboy (marqués de).
IV; 38.
Fragoso (César) .
II; 305, 306.
111; 455, 459, 463, 508.
IV; 129, 130, 158, 162, 192.
Fragoso (Julio) .
V; 97.
Francés (Jerónimo) .
I; 381.
Francisco, duque dé Milán.
II; -200.
— V. Milán (duque de).
Francisco (e,l licenciado) .
I; 399.
Francisco, rey de Francia.
I; 80-83, 124, 134, 147, 201-203,
233, 264, 265, 430-437, 487,
489-498, 504, 507, 508, 511-
517.
II; 66, 85, 96, 175, 224, 241-243,
252, 254, 293, 408-410.
III; 225, 314, 352, 358, 393, 464,
465, 499, 508, 509, 511.
IV; 157, 407.
V; 91.
Francisco Marín, duque de Urbino.
I; 147-149.
Fregoso (Octaviano).
I; 512.
Freiré Gallego (Gómez).
IV ; 334.
Frenesio (Alexandro).
III; 223.
Frenesio (el cardenal) .
- 348 -
III; 68, 53S
Fustemberga (duque de) .
IV; 57, 475, 505, 528.
IV; 397.
Frenesí 0 (Horacio).
Fustemberge (duque de).
V; 93.
IV; 505.
Frenesio (Octaviano) .
Fusíembergue (Cristóbal de) .
III; 537-539.
IV; 459.
Frenesio (Octavio) .
Fustembergue (Federico de) .
IV; 509.
III: 457.
V; 102.
Fustemburque (Conde Guillermo de)
Frenesio (Pero Luis).
III; 346.
III; 303, 315, 323, 331, 390, 452,
537.
Q
V; 86, 97, 103, 294.
Gaabray (Pedro)
Frenet (Nicolau) .
I; 379.
IV; 407.
Gabia (conde de).— V. Gavia.
Fresco (Juan Bautista) .
Gacüopo (Domingo).
V; 97.
V; 97.
FrescobOtO (Gaspar) .
Gaetano (Fernando).
V; 97.
II; 414.
Frías (duque de) .
Gagio (Mr.).
I; 386.
I; 121.
IV; 8, 10, 152.
Gaitán (Pedro).
Frondes Pergue, Frontesperte (Gas-
III; 275.
par y Jorge) .
Gajavedo (Jerónimo).
II; 285.
V; 97.
III; 319.
Galarán (Juan) .
Fuensaiida (conde de).
I; 382.
I; 218.
Galarza (el licenciado).
IV; 9, 270.
V; 251.
V; 88.
Galaza (Juan Tomás de).
Fuentes (conde de).
III; 390, 399.
II; 432.
Ga!eato (el hijo de Ludovico Pío).
Til; 331.
III; 197
Fuentes (el capitán).
Gales (el príncipe de).
I; 482.
i¡V
Fuentes (Pedro de).
Galípoli (el capitán).
I ; 382.
III; 137.
II; 317.
Galisano (el conde).
Fu Ico (Julio).
I; 120.
V; 115.
Galuzo (Antonio) .
Fusio (Tomás) .
III; 532.
I; 511, 512.
Galves (el síndico).
Fustemberg (Conde de).
I; 380.
IV; 459.
Gambayo (el cardenal).
V; 70.
IV; 382.
Fustemberg (Guillermo de) .
Gambes ó Cambéis (conde de).
IV; 401, 404.
III; 59.
V; 17.
Gandía (duque de).
- 349
II; 216, 419, 420, 442.
IV; 333.
V; 88.
Qaray (Francisco de).
I; 209, 210, 372.
II; 169.
G arces (micer) .
I; 216.
García (Antonia) .
IV; 16.
García de León (el bachiller).
I; 379.
García de Loaisa (Fr.).
IV; 19, 318
García Manrique.
IV; 323, 463-
García Méndez (el alférez).
IV; 32, 34.
Garcilaso (el capitán) .
IV; 565.
Garcilaso de la Vega.— V. Vega.
Gargud Arráez.
IV; 30.
Garín (Federico) .
V; 243.
Garrafa (Francisco).
III; 399.
Gastaldo (Juan Bautista).
III; 141, 319, 393, 406.
IV; 397, 505.
V; 274.
Castalio (Hernando) .
V; 243.
Gatelar (monsieur de) .
IV; 290, 292, 294.
Gatinara (Mercurino) .
I; 187.
II ; 124, 148, 248, 426, 453.
Gatinara, Gattinara (conde de).
I; 487, 492.
Gaures (conde de).
II; 216.
Gauri (conde de).
II; 112.
Gavia (conde de) .
IV; 155, 370.
Gayarzo (conde de).
V; 261.
Gayaso (el conde),
II; 464.
Gejara (Aníbal de).
III; 365.
Gelves (conde de).
IV; 454.
Genaro (Aníbal de).
III ; 399.
Genova conde de).
II; 97
Georgio (el capitán).
II; 40, 279, 311, 315.
Gerbes (el xeque de los).
I; 270.
Germana (la reina).
I; 19, 31, 37, 76, 96, 124, 126,
183, 209, 229.
II; 112, 122, 123, 164, 215, 245.
Germana (madama) .
I; 16.
Gil (Juan) .
V: 305.
Gilberto, conde del Carpió.
II; 289.
Ginebra (conde de).
II; 101.
Ginisber?.
III; 452.
Girgenti (Jacobo) .
I; 122.
Girón (el licenciado).
IV; 146, 242.
Girón (Pedro).
I; 34, 35, 105-109, 151, 223. 225,
334, 335, 337, 346, 358-360.
367, 361', 370, 420, 421, 467.
II; 461.
Godínez (el alcalde).
I; 483.
Godínez (el regidor).
I; 378.
Godoy (Francisco de).
IV; 213.
Gogera (el capitán) .
II; 408.
Golísano (el conde).
III; 323.
Gomáriz (Pedro).
— 350 -
I; 381.
Gómez (Alvaro).
III; 271.
Gómez (Esteban).
II; 93, 319, 320.
Gómez (Juan) .
I; 382.
Gómez (Rui).
IV; 457.
Gómez de Hoyos.
I; 377, 455, 456.
Gómez de Orozco, el Zagal (Alvar)
III; 291, 292.
Gómez de Sayas.
I; 379.
Gómez de Silva (Rui ó Ruiz).
IV; 268, 342, 343
. V} 177, 216, 224, 268.
Gómez de Solís (el capitán).
I; 5.
Gómez de Tordona.
IV; 329.
Gómez Fraile.
IV; 334.
Gómez Zagal (Alvar).
ni* 281.
IV; 60, 68, 69.
— V. Gómez de Orozco.
Goreñer (Guillermo) .
II; 67.
Gonzaga (Alejandro de).
V; 244.
Gonzaga (Andrea de).
V; 243.
Gonzaga (Carlos de).
IV; 376, 378.
Gonzaga (César de).
V; 242, 243, 256.
Gonzaga (el Canín de). — V. Canín.
Gonzaga (Fadriqúe de).
IV; 90.
Gonzaga (Federico de)
I; 436.
II; 400.
Gonzaga (Fernando de).
III; 15, 101-103, 270, 293, 294.
IV; 67, 245, 407.
V: 262
Gonzaga (Francisco de).
IV; 90.
Gonzaga (Hernando de).
III; 101, 114, 115, 136, 138, 323,
397, 398, 401, 403, 406, 522.
IV; 114, 254-256, 366, 394-399,
402, 434-441, 552, 556.
V; 97, 100, 102, 213, 232," 242,
243, 253-255, 294, 300, 301.
González (Juan).
I; 417.
González (Luis).
I; 382.
González de Ataid (Martín)..
IV; 141.
González de Avila (Gil).
I; 170-172.
González de Benavides (Gil).
IV; 231.
González de Mendoza (Pero ó Pedro).
II; 13.
III; 201, 270.
IV; 30.
V; 268.
González de Valderas (Pero).
I; 377.
Goranbet (Lorenzo de).
III; 58.
Gorgoth (Lorenzo de).
II; 462.
Gostera (barón de la).
IV; 133.
Gozian (el general).
III; 140.
Grado (Alvaro de).
III; 143, 269, 301, 455, 459, 462,
463, 536.
Grajales (señor de).
IV; 243.
Gramón (mosior de).
III; 260.
Granada (Juan de).
V; 255.
Gran Capitán (El).— V. Fernández de
Córdoba (Gonzalo).
Granóla (Marqués de).
IV; 38.
Granvela (mosior, monsieur, cardenal
— 351 -
ó señor de) .
II; 420, 421, 425-429.
III; 71, 260, 291, 352, 391, 467,
509, 519.
IV; 43, 103, 199, 202, 221, 251,
255, 402, 405, 407, 439, 492.
Grijalva (Juan de).
I; 191, 192, 211, 212.
Grimao (mosén) .
IV; 133.
Grite (Luis).
III; 93, 245.
Griti (Andrea) .
III; 540.
G ropo I i (marqués de).
IV; 38.
Guache (marqués de).
III; 262.
Guadalajara (el bachiller).
I; 377;
Guadarrama (Alvaro de).
I; 245.
Guasto (marqués del).— V. Vasto
(marqués del) .
Guatimccín.
I; 500, 501.
Güeldres (duque de).
I; 14, 15, 32, 125.
II; 196, 197, 244, 418.
III; 62, 376.
IV ; 207, 250.
Guemont (conde de).
IV; 459.
Guerra (García).
I; 282.
Guerrero (Agustín).
IV; 214.
Guevara (Antonio de) .
I; 360, 366-368.
II; 119, 122, 246, 319, 432.
IV; 454.
Guevara (Baltasar de).
IV; 342.
Guevara (Diego de).
I; 86, 99, 135, 399.
Guevara (el doctor).
I; 86.
II; 247.
III; 12, 150, 205, 303.
Guevara (Fernando de) ,
I; 122.
Guevara (Iñigo de).
IV; 342.
Guevara (Hernando de).
III ; 291.
Guevara (Juan de) .
III; 518.
IV; 279-282, 379.
Guevara (Pedro de).
III; 101, 115.
Guevara (Santiago de).
111; 469, 471.
Guido (el conde).
III; 431.
Guiena (el rey de armas) .
II; 322, 323, 333, 419, 420, 422,
428, 429, 443, 445.
Guillermo (el capitán).
I; 75.
Gcíma (conde de) .
V; 34.
Guirinay (monsieur de).
V; 269.
Guisa (duque de).
IV; 401, 431, 432.
Guisa (monsieur de) .
IV; 54, 55, 57.
Guiítimín.
I; 382.
Guivara (el capitán).
IV; 331.
Guivara (el doctor).
III; 435, 504, 505.
IV; 47, 48, 145, 146, 217, 242, 348.
Guivara (Juan de).
IV; 393.
V; 40, 46.
Guivara (Vasco de).
IV; 565.
Guizana (Francisco de).
IV; 173.
Gula- (marqués de).
IV; 38.
Gursa (el cardenal de).
I; 193.
- III; 95.
- 352
Gusina (Gabriel de).
I; 443. .
Gutiérrez (Juan) .
III; 480. v
Gutiérrez (Felipe).
IV; 562.
Gutiérrez de Tunjón.
III ; 472.
Gutiérrez López.
IV; 90.
Gutiérrez Velázquez (el licenciado).
IV ; 319.
Guzmán (Alonso de) .
I; 85.
Guzmán (Diego de).
I; 377.
Guzmán (Enrique de).
I ; 26.
III; 260.
IV; 333, 335.
Guzmán (Francisco de).
I; 454.
Guzmán (Gabriel de).
I; 472.
Guzmán (Gonzalo de).
I ; 93, 94, 377.
Guzmán (Juan de).
I; 26.
Guzmán (Luis de).
II; 407.
IV; 82.
Guzmán (Ñuño de).
II; 316, 468, 469.
III; 486.
IV; 130, 219.
Guzmán (Pedro de).
III; 90, 258.
IV; 241, 254, 263.
V; 217
H
Hali mecen (el capitán turco).
I; 200.
Halipando Madrucho.
IV; 504.
Hamet. — V. Muley.
Hamete. — V. Muley.
Hamete Gamarazan.
III; 291.
Haneto (Philipo).
I; 487.
Haro (condesa de).
I; 358, 467.
IIT; 12.
Haro (Cristóbal de).
II; 93.
Haro (Diego de).
V; 217.
Haro (duquesa de).
II; 320.
Haro (Luis de).
IV; 30, 35.
Haro y Varáez (Luis de).
III: 281.
Hasa (duque de).
III; 94, 96.
Héctor (el conde).
IV; 370.
Helche (marqués de).
IV ; 238.
— V. Eiche.
Heisestan (conde de).
II; 117.
Henao (conde de).
I; 494.
Henao (el senescal de) .
IV; 459.
Heredia (Diego de).
I; 377.
Heredia (Juan de).
I; 380.
Heredia (Manuel de).
I; 380.
Hedía (Pedro de).
III; 542.
IV; 220.
Hermosilta (el capitán).
III; 182, 184, *198, 202.
Hernández (Alonso) .
I; 382.
Hernández (Francisco).
I; 211.
Hernández (Gonzalo).
I; 192.
Hernández (Ñuño).
IV; 137.
- 353 —
Hernández (Pero).
IV; 335.
Hernández de Ángulo (Pero).
I; 382.
Hernández de Córdoba (Diego).
I; 188.
II; 172.
Hernández de Córdoba (Francisco).
I; 186, 192.
Hernández de Córdoba (Luis).
I; 188.
Hernández de la Cueva (Francisco) .
II; 319.
Hernández de Linares.
I; 382.
Hernández de Ocampo (Garci-).
I: 377.
Hernández de Velasco (Iñigo).
I; 92, 118, 147, 160, 198, 350,
358, 386.
Hernando (el infante Don).
IV; 432, 435.
Herrada (Juan de).
IV ; 328, 330.
Herrera (el alcalde y licenciado),
I; 33, 134, 346, 348.
Herrera (el comendador).
II; 251.
Herrera (el escribano).
I; 381.
Herrera (el licenciado y obispo) .
II; 93, 172.
Herrera (Juan de).
III; 275.
Herrera (Miguel de).
I; 457, 469.
Herrera (Luis de).
I; 381.
Hesia (el landgrave de).
IV; 492, 495, 498-502.
V; 43, 45.
Hesen, Hesin (el landgrave de).
III; 374.
V; 38, 39.
Hijar (Antonio de).
III; 320.
Himón (el conde).
IV; 38.
H inguen (Francisco) .
I; 486-488, 491.
Hinojosa (Alonso de).
IV. 568.
Hipólito (el coronel).
IV; 389.
Hobremonte (monsieur de).
V; 267.
Hoces (Diego de).
IV; 332.
Hoces (Fancisco de).
ni; 469.
Hoces (Juan de).
II; 164.
Hochistraten (conde de).
IV; 459.
Hombre! (el delfín).
II; 108.
Home (Lope).
II; 89.
Hoyert (Juan) .
V; 174.
Hoyos (Gómez de). — V. Gómez do
Hoyos.
Hoz (Antonio de la) .
I. 380.
Hugo (Don)... de Moneada.
II; 173, 177, 416.
Hungría (el príncipe de).
IV; 431, 432, 435, 504.
Hungría (el rey de).
I ; 125, 434, 435, 493.
II; 244, 263, 266, 276, 285. 401,
453.
Hungría (Fernando de).
II; 432.
III; 93.
Hungría (Luis de).
III; 22, 242.
Hurtado (Juan).
IV; 542.
Hurtado (Pedro).
IV; 542.
Hurtado de la Vega (el corregidor).
I; 379.
Hurtado de Mendoza (Diego).
I; 233, 234, 485.
IV; 95, 238.
23
— 354 —
V; 217.
Hurtado de Mendoza (Lope).
III; 10.
Hurtado de Mendoza (Luis).
I; 370.
II; 116.
III; 256, 541.
IV; 26, 82, 449.
V; 300.
Ibáñez (Pero).
I; 380.
1 barra (Juan de).
I; 380.
II; 408.
I barra (Pedro de).
III; 536
Icart (Luis).
IV; 172.
I cerón (el capitán).
IV; 35.
Icife (el moro).
III; 548, 551.
Idiáguez (el secretario).
V; 41.
I jar (Antonio de).
III ; 419, 461, 462, 464.
Imperatore (Francisco).
I; 138, 140.
Imperatore (Fredusio de).
I; 138.
Imperatore (Pompilión de).
I; 122.
Imperial (Bautista).
V; 97.
Inestrosa (el comendador).
I; 252.
Infantado ó Infantazgo (duque del).
I; 198.
II; 160.
IV; 8, 22, 459.
Infante (Juan).
IV; 231.
Inglaterra (el cardenal de).
I; 203, 230-233, 266, 487-493,
513-516.
II; 148, 149.
Inglaterra (el rey de).
I; 5, 51, 74, 75, 78, 89, 125, 201,
230-233, 264-266, 432, 487-
493, 513-517.
II; 67, 82, 104, 111, 124, 148-150,
157, 199-201, 240-244. 324,
327, 396, 401, 411, 455.
V; 90, 91.
Iñiguez de Garpizano (Martín).
III; 471-73.
Inocencio (el cardenal)
II; 395.
Isabel la Católica.
I; 2, 11-13, 21, 25, 184, 263, 287.
296, 316, 426.
V. Reyes Católicos.
Isabel (la emperatriz).
II; 124, 225-230, 245, 249.
9sabe!, reina de Dinamarca.
II; 245.
Isabel, reina de Portugal.
I; 1.
Isla (Francisco de).
IV; 281-283.
Ismael Cufí.
I; 79.
Istuin (mosior de).
III; 260, 398.
Jacobo (el embajador) .
II; 239.
Jacobo Juan (el embajador).
II; 75.
Jácome (el artillero).
I; 379.
Jaén (el capitán).
III; 274, 409, 432, 460.
Jaén (el cardenal de).
V; 264.
Jaén ( Pascual de).
I; 383.
Jaime de Escocía.
I; 74, 75, 125.
Jamburg 6 Jamburge (el coronel).
IV; 524.
V; 8, 12.
Jamis (Mr. de).
355 —
I; 435.
Janzbalther.
V; 18.
Jaramilio (Juan).
IV; 231.
Jartel (Sebastián) .
IV; 505-507, 514, 525.
V; 10, 11.
Jasa (duque de).
IV; 486, 491', 507-410, 517, 525,
529, 531, 535, 536, 538.
V; 9, 12, 16-18, 20, 22, 25-30,
32, 36, 40.
Jasa Juan de).
IV; 529.
Jebres ( monsieur de) .
V; 276.
Jelves (conde de los).
IV; 9.
V; 217, 228, 268.
Jerife (El).
V; 302-307.
Jesta (Juanín) .
I; 380.
Jeulez (Mr. de).
I; 276.
Jiménez (el cardenal Fr. Francisco;.
— V. Ximénez.
Jiménez de Quesada (Gonzalo).
III; 543, 545, 547.
Jirón (el licenciado).
III; 404.
IV; 47.
Jofre (el aposentador).
I; 252, 253.
Jomeri (Albertrín).
II; 285.
Jorge (el capitán general).
II; 118.
Juan V. Jacobo.
Juan (el deán).
I; 379.
Juan (el falso príncipe Don).
II; 13, 14.
Juan (el marqués).
IV; 504.
Juan (el príncipe Don).
I; 2, 23, 77, T84.
Juan, rey de Navarra y Aragón.
I; 2, 56-67, 83, 84, 141.
II; 153.
Juan Federico de Sajonia.
IV; 501, 502.
V; 13.
Juan Luis (el alférez).
V; 98, 99.
Juan III de Portugal.
II ; 88, 93, 195, 225. 244, 263, 329.
IV; 142.
Juana (la infanta Doña).
V; 225, 252, 290, 291.
Juana (la princesa Doña).
I; 3, 5-7, 9, 11, 12.
Juana (la reina Doña).
I; 13-23, 26, 28, 31, 32, 36, 50,
89, 92, 104, 108, 109, 112-116,
168, 169, 204, 207, 219, 224.
256, 262, 272, 345, 360, 383,
386, 395, 457.
II; 9, 15, 92, 193.
IIJ; 521.
IV; 50.
V; 198. 252.
Juana, reina de Navarra).
II; 107.
Juanas (Fray).
II; 83.
Juanes (el licenciado) .
I; 325.
Juanicorto (el capitán).
I; 470.
Juara (Tomás de).
V; 252.
Juárez (Juan).
II; 297.
IV; 542.
Juárez (Luis).
IV; 81.
Juárez de Garavajal (Illán).
IV; 563.
Juárez, Suárez, de Figueroa (Gómez).
V; 217.
Judío (El).
II; 162.
Juliel (duques de).
356 —
IV; 110.
Juliel (duquesa de).
IV; IOS.
Juliel (Gerardo, duque de).
IV; 107.
Juliel (Guillermo, duque de).
IV; 108.
Juliel (Renaldo, duque de).
IV; 106.
Julier (duque de).
V; 169.
Juliers (duque de).
I; 276.
Julio II.
I; 44, 47, 48, 52, 69, 80.
Justárs de León (el licenciado).
I ; 381.
L
Labal (monsieur de) .
IV; 432, 434, 437.
Labio (Juan).
V; 97.
Labrit (Carlos de).
II; 414.
Labrit (el bastardo de).
II; 153.
Labriit (Enrique de).
Ií; 113, 153, 232, 233.
Labrit (Juan de).
I; 56, 84, 117, 118, 124, 134.
Labrit (señor de).
II; 98.
IV; 426, 427.
Labud (Enrique de) .
IV; 57.
La-Chaulx (Mr. de).
II; 225, 432.
Lada (Francisco de).
I; 381.
Ladrón (Juan Bautista de) .
III ; 535.
— V. Lodron.
Lain, Lanin (monsieur).
V; 274, 275, 281.
Laín (Nicolás).
V; 115.
Lallon (el Sr. de).
II; 99.
Lamas (Juan de).
IV; 174.
Landa (conde Caludio de).
III; 319, 398.
Landgrave (el).
IV; 361, 456, 459, 486-491, 501,
502, 504, 507, 5U8, 510, 511,
514, 516-519, 522, 525, 531,
536, 538.
V; 9, 36-46.
Landgrave (Felipe) .
IV; 487, 492, 495.
Landgravia (duque de).
IV; 205.
Lando (conde Agustín).
V; 98-100.
Lando (Pedro).
IV; 40.
Lange (monsieur de) .
II; 290.
IV; 174, 209, 211, 212.
Lanovelara (colide de).
IV; 154.
Lanoy (Carlos de).
I; 100, 169, 513.
II; 34, 69, 101, 158, 178, 180,
235-237, 286, 299, 321.
Lanoy (Fernando de).
IV; 435.
Lanuza (Juan de).
I; 86, 91, 228.
II; 432.
V; 217, 268
Lara (Manrique de).
III; 259.
Lárez (el escribano).
I; 382.
La-Roche Aymond y La-Roche du
Meyne.
II; 99.
Laso (Luis).
V; 291.
Laso (Pedro).
II; 319.
Laso de Castilla (Pedro).
V; 293.
Laso de la Vega (Pero).
357
I; 123, 219, 225, 226, 261, 271,
358, 360, 377, 428, 429.
Lasco (Jerónimo) .
III; 246.
Latorre (Juan de).
I; 378. ,
Lautrech, Lautrec (Mr. de).
I; 53, 63, 507, 510, 511.
II; 304-307, 321, 393-402, 405.
408, 409, 413, 414, 456, 460.
III; 372.
Lauxach (Mr. de).
I; 222.
Lavedan (vizconde de) .
II; 99, 100.
Laxao (Mr. de).
II; 107, 113.
III; 260.
Lázaro (el capitán) .
III; 431, 455.
Leandro (el asesor).
II; 418.
Ledesma (Francisco) .
V; 94.
Leguizamo (el alcalde).
I; 119, 336.
II; 10.
Leguizano (Tristán de;.
V; 218.
Leiningen (Conde de).
V; 176.
Leipa (señor de) .
V; 176.
Leiva (Antonio de).
I; 459, 508, 509.
II; 67, 68, 96, 238, 283, 303-307,
394-398, 410, 454, 464-467.
III; 17-19, 66-69, 72, 75, 84, 97,
115, 117, 136, 138, 175, 178,
220, 293, 318-323, 356, 365,
390-392, 397, 404.
Leiva (Diego de).
V; 218, 268, 275. .
Leiva (Jerónimo de) .
III; 78.
Leiva (Sancho de).
II; 428.
III; 320, 403.
Lemafaz (marqués de).
IV ; 38.
Lem breque (señores de).
IV; 43.
Lemos (Antonio de).
IV; 345.
Lemos (conde de).
I ; 30.
Lemos (condesa).
IV; 454.
Leni (señor de).
IV; 295.
Lentre (monsieur de).
IV; 55.
León X.
I; 69-71, 80, 83, 147, 175, 199,
405, 430-434, 437-439, 502.
II; 250-255, 405.
León (Francisco de).
I; 381.
León (García de) — V. García de León.
León (Melchor de).
V; 300.
Leonor de Navarra.
I; 84.
Leonor (la infanta Doña).
I; 159, 162-164, 169, 183.
Leonor, reina de Francia.
II; 111, 192-194, 220, 265.
III; 508, 509, 517.
IV; 49, 57.
Leonor, reina de Portugal.
I; 184, 223, 502-
II; 66, 67, 109, 176, 177. 179
195, 283, 287.
Lerma (duque de).
IV; 261.
Lerma (el capitán).
IV; 570.
Lerma (García de).
III; 317, 543.
IV; 220.
Lescun (Mr.)
II ; 215.
Lesparre (Mr. de).
I; 467-469, 479.
Lesquína (el capitán).
I; 379.
— 358 —
Leyden (Juan de).
III; 221.
Lezana (Urban de).
I; 383.
Lezcano (el capitán).
II; 7.
III; 184, 201, 207, 462.
Lezcano (Ignacio de).
I; 454.
Libernia (duqiie de).
IIT; 56.
Lieja (el cardenal de).
I; 193.
Lima (Jorge de).
V; 219.
Limbudg (barón de).
V; 70.
Limburgo (conde de).
I; 281.
Línaburge (barón de).
V; 170.
Linares (Andrés de).
I; 382.
Liní (señor de).
IV; 459.
Liquerque (señor de).
III; 127, 133, 392.
Listulnio (Jaeobo).
IV; 103.
Lizana (Jacobo de).
IV; 37.
Loaisa (el clérigo) .
IV; 562, 563.
Loaisa (el comendador).
II ; 316-318.
III; 12, 468, 471.
Loaisa, Loaysa (el doctor).
I; 376, 428.
Loaisa, Loaysa (García de).
II; 93, 240, 248, 283, 295, 452.
IV; 49, 318, 541.
Lobon (el licenciado) .
I; 393.
Lobo — V. Bayaroto.
Lodión, Lodrón (conde de).
IIT; 149, 320, 398.
IV; 156, 168.
Lodrón (Ludovico) .
II; 304, 305.
Lodroño (Bautista).
II; 307.
Loges (Mr. de).
I; 498. •
Logroño (el doctor).
IV; 542.
Lombay (marqués de).
III; 258, 466.
IV; 25, 49, 333.
Lombay (marquesa de).
■ III; 12.
IV; 25.
Lombenque (el vizconde).
III; 313.
Longavilla (duque de).
II; 100.
López (Alonso).
I; 383.
López (Diego).
I; 381.
V; 219.
López (el doctor Tero).
V; 180.
López (Gregorio).
V; 300.
López (Iñigo).
I; 478.
López (Juan).
V; 219. •
López (Pedro).
II; 246.
López Benajara (Diego).
II; 216.
López Coronel (Iñigo).
I; 378.
López de Galatayud (Pero).
I; 378.
López de Cárdenas (Garci).
IV; 99-101.
López de Medrano (Diego).
V; 217.
López de Padilla (Gutierre),
I; 98, 220.
III; 398.
V; 217, 228, 273, 285.
López de Padilla (Pero).
I; 98, 220, 272.
~ 359 -
López de Porras (García).
I; 379.
López de Villacanes (Diego).
I; 382.
López de Villalobos (lluy).
IV; 481, 485, 486
López de Vivero (Juan).
IV; 344.
López de Zúñiga (Iñigo).
V; 218.
López Mejía (Diego).
V; 217.
López Pacheco (Diego).
I; 229.
Lorata (marqués de) .
III; 261.
Lorena (duque de).
I; 125.
II; 244.
III; 508.
IV; 55, 57, 257, 401, 409, 428.
Lorena (duquesa de) .
I; 125.
IV; 440.
Lorena (el cardenal de).
III; 320, 355, 467, 512.
IV; 54, 57, 432, 433, 435, 436. 439.
Lorena (marqués de) .
III; 188.
Lorenzo (el pelaire).
I; 215.
Lorero (Luis de).
IV; 143.
Lorges (Mr. de).
II; 99.
Loroña (García de).
III; 551.
Losada (Pedro de).
I; 378.
Lovaina (el deán de).— V. Adriano,
Luca (Juan de).
I; 122.
Luca (señores de).
I; 125.
II; 217.
Lucemburg (duque de).
III; 551.
Lucena (el capitán).
I; 477, 478.
LUCO? (Rey de).
IV; 126.
Lu doy ico (Juan).
II; 96.
Lufrea (Cristóforo de).
ni; 457.
Lugo (Alonso de).
ni; 543.
Lugo (Pedro de).
III; 317, 543, 547.
Luí (monsieur de).
IV; 436.
Luis, duque de Orleans.
II; 258.
Luís (el gentil-hombre) .
II; 100.
Luís (el infante Don).
I; 185.
II; 93.
Luis (el maestre y médipo).
I; 135.
Luis, rey de Francia.
I; 3, 4, 6, 10, 11, 14, 16, 20, 30,
31, 38, 44, 45-49, 56, 57, 69,
71, 77, 80-83, 214, 259.
Luis, rey de Hungría.
II; 278, 279. 281.
Luisa de Francia (la princesa).
I; 125.
Luisa (madama) .
n; 233.
Luisa, regente de Francia.
II; 150.
Luísí (el bajá).
ni; 450.
Luna (Alvaro de).
IV; 555.
Luna (Alvaro ó Antonio de).
IV, 134, 371.
Luna (Antonio de).
I; 335.
V; 212, 218, 291.
Luna (Carlos de).
V; 218.
Luna (conde de).
I; 247.
III; 259.
360
IV; 333, 335.
V; 243, 255, 262.
Luna (duque de).
I; 68.
Luna (Juan de).
I; 458.
III; 434, 539.
IV; 394, 557, 558.
V; 100.
Luna (María de).
I; 370.
Luna (Miguel de).
V; 217.
Lurcán, Lurcaón (el capitán).
III; 550.
Lusman (el capitán).
IV; 67.
Lutenburg (el landgravio).
IV; 488.
L útero (Martín) .
I; 401, 404-415.
IV; 103, 246, 397, 476.
Lutrec (monsieur de).
IV; 460.
— Lautrech.
Lutreque (mosior de).
III; 361.
Luxa (el bastardo de).
II; 99.
NI
Macarenas (Ñuño).
IV; 137.
Macedonia (príncipe de).
IV; 475.
Macias (el piloto).
III; 479.
Machacao ó Machicao (el maestre de
campo) .
III; 136, 139, 177, 184, 185,
197-199.
Machín de Monguia.
III; 273, 526, 528.
IV; &, 35.
Machuca (el capitán).
IV; 169, 172.
Mademburga (gravio de).
V ; 167.
Madremaluco (el Capitán).
III; 496.
Madrid (Diego de).
I; 378.
Madrid (Pedro de).
I; 380.
Madrid (Rodrigo de).
I; 380.
Madrigal (Alvaro de).
IV; 173.
Madrucho (el coronel);
IV; 504-507, 513, 523, 527.
Madrucho (Luitprando) .
V; 8, 18.
Magallanes (Fernando, Hernando de).
I; 210.
II; 17-20, 93, 317.
Magdalena (el comendador de Ja).
IV ; 341.
Magno (Juan).
II; 74.
Magreche (Sandinico) .
V; 115.
Maguer (el doctor).
IV; 361.
Maguncia (el cardenal de).
I; 275-281, 405.
II; 42, 87.
III; 94, 106, 224.
IV; 102.
Mahomet.
II; 26, 28, 30.
— V. Muley.
Mahomet Bajá.
IV; 273.
Mahomet Celebí.
III; 412.
Mahomet el Harran. — V. Muley.
Mahomet Tantes.
III; 291.
Mahomete. — V. Muley.
Mahometo. — V. Muley.
Mailli (el capitán).
II; 100.
Malatesta Bailón.
III; 14.
Maldonado (Arias).
IV ; 562.
— 361 —
Maldonado (Diego).
IV; 562.
V; 219.
Maldonado (el capitán).
I; 469.
Maidonado (el doctor) .
II; 93.
Maldonado (el licenciado) .
II; 468, 469
IV; 226.
Maldonado (el oidor).
II; 93.
IV; 215.
Maldonado (Francisco de).
I; 377, 457, 459.
IV; 214, 215, 231, 444, 566, 567.
Maldonado (Gonzalo de).
II; 172.
Maldonado (Pedro de).
III; 26.
Maldonado (Pero de).
I; 377.
Malenton (Felipe).
IV; 103.
Malfa (duque de) .
III; 101-103, 113, 115, 354.
IV ; 284, 285.
Malfa (príncipe de) .
III; 142.
Malfet (Tomás).
I; 16.
Malgra (marqués do).
IV; 38.
Malseta (príncipe dé) .
III; 261.
Maluenda (el doctor).
IV; 104.
V; 115.
Maluonda (el licenciado).
I; 380.
Malla (monsieur de).
V; 277.
Mamederaman Meriza ó Mamedea-
meneriza (el capitán y rey).
III; 495, 497.
Mamudecan (el rey).
III; 496, 549.
Mandrucio (Cristóbal).
V; 104, 106.
Manhort (Hugo de).
V; 115.
Manrique (Alonso).
I; 86, 112, 135, 184, 229.
II; 16, 78, 118, 229, 246, 283,
417, 433, 452, 459.
III; 90, 260, 540.
IV; 49, 334, 343.
Manrique (Antonio) .
I; 112, 376, 466, 470.
Manrique (Bernaldo) .
III; 427.
Manrique (Bernardino) .
IV; 269, 270, 339.
Manrique (Francisco).
IV; 144, 193.
Manrique (García) .
III ; 323.
Manrique (Gómez).
V; 217.
Manrique (Gutierre) .
I; 483.
Manrique (Inés).
III; 12.
Manrique (Jorge).
II; 317.
III; 469.
Manrique (Juan).
III; 70, 89, 90.
Manrique (María) .
IV; 238.
Manrique (Pedro).
I; 476, 478, 484.
III; 90.
IV; 543.
Manrique (Pero).
I; 375.
IV; 454.
Manrique de Guzmán (Diego).
I; 350.
Manrique de Lara (Bernardino)
V; 217.
Manrique de Lara (Juan) .
III; 259.
V; 170, 268, 273, 274, 285.
Mansfeld (conde de).
IV; 459.
362 —
V; 21, 34-36, 174, 175, 268,
269, 274.
Manso (el doctor).
TI; 93.
Mantua (duque de).
III; 93. 101. 389, 409.
IV, 90, 209, 409, 459.
V; 253, 257, 258, 261, 263.
Mantua (duquesa de).
IV: 409.
Mantua (el cardenal de).
TU; 220.
IV; 113.
V; 257, 262.
MaMua (marqués de).
1 ; 10. 55, 438, 439, 509.
II; 68, 69, 244, 398, 401, 456.
III; 72, 93.
IV; 88, 113.
Manuel (Juan).
I; 14, 20, 31, 199, 207, 436,
502-504.
II; 432.
Manuel (Lorenzo).
III; 78, 260. 397.
IV; 432, 436.
Manuel (Pedro).
III; 197.
IV; 562.
V; 217, 268, 286.
Manuel, rey de Portugal.
I; 1, 3, 164, 184, 185, 210, 502.
II; 16, 192.
Manuel (Rodrigo).
V; 217, 268.
Manus (Jacobo Enrique).
V; 115,
Manzanedo (Bernardino de).
T; 128.
Manzanedo (el licenciado).
I; 381.
Mapocho (el indio).
III ; 492.
Maqueda (duque de).
IV; 9, 200, 238.
V; 305.
Marca (Erardo de la).
I; 232.
Marca (Roberto de la).
I; 232, 431-435, 486-488, 491, 493.
II; 42, 99, 254, 460.
Marcha (Roberto de la).
III; 336, 339. 367, 370.
Marche Sitique (el capitán).
II; 285.
Mardeces (Diego, conde de).
IV; 103.
Margarita de Austria.
I; 125, 431, 435, 486, 514.
II; 150, 211-213, 233, 400.
III : 537-539.
Margarita (la princesa madama).
I; 1, 23, 32, 85, 92, 232.
III; 310.
IV; 382.
Margarita (la señora).
II : 274.
María (la infanta Doña).
I; 17, 434.
IV; 28.
V; 177, 179, 210, 215, 223.
María (la princesa Doña).
I ; 18, 20.
II; 148, 150, 224.
IV; 261, 262, 268, 450, 452, 453.
457, 540.
V; 225, 248, 251, 252, 286, 290-
292.
María (la reina Doña).
IV; 41, 59, 251, 396, 431, 433,
436, 456, 487.
V; 267, 269, 270, 279, 285.
María, reina de Ñapóles.
I; 188.
María, reina de Portugal.
I; 3.
II; 109, 152, 153, 179, 195.
Maríalva (conde de).
1 ; 185.
Marín (Juan).
III; 399.
Marino (Alonso).
II ; 248.
Marino (Hernando).
II; 238.
Marinan (duque de).
— 363 —
V; 47.
Marinan (marqués de).
III: 117, 398, 405.
IV; 440.
Marinarlo (marqués de).
IV; 504, 506.
V; 13, 37, 47.
Mario (Juan).
IV; 477.
Marmolejo (el alférez).
IV; 124.
Maro (mosior).
III; 419.
Marqués (Francisco).
I ; 348, 379.
Marquina (el secretario).
IV; 459.
Marquino (el zapatero) .
I ; 381. '
Marsi (madama de) .
IV ; 43S.
Martín (Francisco).
IV; 329.
Martín Mengo, Martín Mingo (Ga-
briel) .
II ; 25, 29, 32.
III; 138, 164.
Martinengo (lorge).
IV; 383.
Martínez (el doctor).
I; 377.
Martínez de Irala (Domingo).
III; 488.
Martínez de Lesua (Sancho).
II; 443.
III ; 18.
Martínez Silíceo (Juan).
IV; 95, 128, 262, 267, 540.
V; 87.
Martiningo (Fray). — V. Martín Mengo
ó Mingo (Gabriel).
Martino (micer Juan) .
III; 114.
Martinos (Los).
II; 157.
Mártir, Martyr (Pedro).
II ; 93, 249.
Marramaldo (Fabricio).
III; 14, 16, 99-101, 141, 261, 270,
366, 390, 399.
Mascarenas (Beatriz).
III ; 535.
Masent (conde de).
V; 267.
Masía (conde d<> ) .
III; 261.
Masquefa (el capitán).
IV; 35.
Matan (el rey de).
II; 19.
Maitañudo (rey de Zebú).
II; 19, 20.
Mateo (Juan).
IV; 300.
Matienzo (el licenciado) .
II; 468.
Maugeron (Mr. de).
II; 99.
Mauricio (el duque y elector).
IV; 488, 491, 529, 531.
V; 12-21, 24, 26, 28-32, 36-38,
43, 215, 264, 265.
Maximíano (el coronel).
III ; 404.
Mauro (el capitán).
IV; 378.
Maximililano (el conde).
III; 219, 293, 294, 319, 322.
Maximiliano (el duque).
I: 82.
Maximiliano (el emperador).
I; 2, 6, 8, 14, 15, 20, 23, 28, 39.
45. 51, 55, 72-74, 80-90 193.
II; 40, 75, 193, 260.
Maximiliano (el príncipe ó archi-
duque) .
TV; 396, 456, 460, 490, 504, 522.
V; 169, 177, 179, 210, 213, 215.
223-227, 251, 252, 286, 390-292.
Maximiliano de Hungría.
IV; 431.
Máximo (Dominico de) .
II; 297.
May (micer) .
III; 71.
Maza (Juan Bautista de).
364 —
IV; 275.
Mechelburg (el duque).
IV; 488.
Médicis (Alejandro de).
III; 315, 356.
Médicis (Oosmo de).
IV; 40.
Médicis (el cardenal de) .
I; 70, 139, 436-438, 502-504, 507.
II; 81.
Médicis (Joaquín Jacobo de).
III; 116.
Médicis (Juan de). — V. Salviatis.
Médicis (Juan Jacobo de).
II; 303, 304, 393, 397, 398.
III; 319, 398, 405, 408.
Médicis (Juanín de).
IV; 460.
Médicis (Lorenzo de).
I; 147, 148.
III ; 428, 429, 540.
Medina (el comunero) .
I; 383.
Medina (Hernando de).
V; 219.
Medina de Ríoseco (duque de).
III; 510.
Medina Sidonia (duque de).
I; 26, 27, 33, 76, 85, 86. 105,
151, 334, 335, 371, 429.
IV; 8, 10, 23, 261, 266, 271.
Medina Sidonia (duquesa de).
I; 371.
Medinaceii (duque de).
III; 468.
Medinirrao (el capitán).
III; 495, 496.
Merlino (el doctor).
I; 377.
Mega (conde de).
V; 267.
Mejía (el comendador).
I; 370.
Mejía (Rodrigo).
I; 370.
Melía (duque de) .
IV; 212, 475.
Melgar (Joanes de).
I; 381.
Melgarejo (el fraile).
II; 298.
Melón (el porquerón).
I; 236.
Melsa (el príncipe de) .
II; 401, 402.
Meium (Francisco de).
II; 216.
Mello (marqués de).
■ V; 243.
Memoranci, Memoransí (Hanne, ma-
riscal de).
II; 155, 175.
III; 512.
Menara (el alcaide de).
IV; 303.
Méndez (Diego) .
IV; 332.
Méndez de Sotomayor (Luis).
III ; 184, 198, 269.
Mendiuchaga (el capitán).
IV; 87.
Mendoza (AlVarez de).
V; 94.
Mendoza (Alvaro de).
III; 90.
V; 217, 268.
Mendoza (Antonio de).
T; 370.
III; 486.
IV; 96, 97, 99, 212, 213, 319,
481-485.
V; 300, 305.
Mendoza (Bernardino de).
III; 281, 292 301, 536, 540. .
IV: 83, 85-88, 168, 293.
V; 217.
Mendoza (Diego de).
I; 228, 416, 418, 444, 443.
II; 459.
TU; 71, 487.
IV ; 245, 479, 556.
V; 86, 103, 104, 106, 112, 114,
295.
Mendoza (el cardenal) .
IV; 432.
Mendoza (Francisco de).
— 365
I; 472.
II; 172.
III- 12, 197, 269, 540.
IV; 80, 338, 345, 36(5, 449.
V-W, 268.
' ,tt i . a*\ — V Hurtado
Mendoza (Hurtado de), v.
de Mendoza.
Mendoza (Iñigo de).
I ; 400.
V; 217.
Mendoza (Jerónimo de)
III; 143, 146, 178, 184, 322, 409.
IV ;' 256.
Mendoza (Juan de).
I; 377, 458.
IV ; 88, 261, 262, 439.
V; 217.
Mendoza (Lorenzo de).
IV ; 279.
Mendoza (Luis de).
II; 461.
Mendoza (María de).
IV ; 32, 152, 261, 541.
V;'94.
Mendoza (Pedro do).
III; 486-489.
Mendoza (Petronila de).
V; 292.
Mendoza (Rodrigo de).
II; 14, 79, 92.
__ V. Cénete (marques aej.
Mendoza de Haro (Luis)
V; 218.
Meneses (Jorge de).
III; 474.
Mercader (Francisco) .
I; 370.
Mercader (Juan).
I; 154.
Mercado (Diego de).
V; 305.
Mercado (el alcalde).
I; 36.
Mercado (Francisco).
I; 378.
Mercado (Juan de).
III; 75, 78.
Merino (Gabriel).
I; 505.
III; 26.
Merino (Juan).
II; 460.
Merino (Pero) .
I ; 378. •
Mesa (Antonio de).
I; 380.
Mesa (Bernardo de).
I; 375, 487.
Mexía (Alonso).
I; 380.
Mexía (Gonzalo).
I; 261.
Mexía (Rodrigo).
I; 256.
__ V. Mejía.
Mezquita (Diego de).
III; 496.
Mezquita (el capitán).
II; 20.
Mícoiinger (el caballero).
• III; 138.
Mieres (monsieur de).
III; 433, 455/456, 458, 459.
Miguel (el príncipe Don).
I; 1,2-
Milán (duque de).
I; 72, 73, 80-83, 504, 505, 50/,
510.
II; 66, 237, 238, 240, 242, 251,
' 304, 401, 465.
111-75,77,97,115,174, 175,219,
'220, 318, 342, 360, 381.
IV; 196, 440.
Milán (Duquesa de).
III; 389.
Minerva (el cardenal de la).
I; 196, 407.
II; 296.
Minfre (Ricardo).
II; 149.
Mingo (Pero).
Mingo Bal, Mingo Bel, Mingo Val,
Mingoval.
I; 495.
IV; 65.
— 366 —
V; 269, 271.
Miranda (conde de).
I- 358, 458, 470, 506, 507.
III; 10, 435.
Miranda (condesa de).
IV; 272.
Mtrandula (conde de la).
III; 261, 390.
Míranmamaxa (el general y rey).
III; 496.
Mirueña (Juan de).
I; 378.
Misna (bulgravio de)'.
V; 70.
Misniaburg (marqués de).
V; 167.
Módica (cunde de).
I; 198.
III; 507.
IV; 238.
Mohedano (el doctor).
V; 90.
Mojica (el licenciado).
I; 134.
Mola (monsieur de).
IV; 375, 377.
Moiertibais (señor de).
IV; 459.
Molfito (príncipe de) .
III; 270.
Momen (el alcaide).
IV; 310.
Mompensier (señor de).
III ; 392.
Monaco (señor de).
II; 112, 217.
Moneada (Guillen de).
III; 409.
Moneada (Hugo de).
I; 120, 121, 149, 208, 267-270,
349.
II; 82-85, 101, 112, 154, 155, 173,
177, 178, 180. 220, 269-272;
287, 299, 321, 402-407, 412,
416, 449, 513.
Moneada (Juan de).
II; 461, 464.
III; 260.
Moncalve (el capitán).
IV; 249.
Mondéjar (marqués de).
I; 370.
II; "116, 461.
III; 239, 255, 256, 270, 277. 282,
540.
IV; 26, 82, 83, 333, 449, 541.
V; 88, 250, 268, 292.
Mondena (Tomás de).
III; 455.
Monfalconet (barón de).
V; 170, 273
Moníerrán (marqués de).
III; 82, 85 . 91, 120.
Monf errar (marqués de).
IV; 381.
Monferrara (marqués de).
I; 125.
IV; 409.
Monferrer (marquesa de).
III; 409.
Monfort (Mr. de).
II: 453.
111 ; 70.
Mon.guía (Machín de). — V. Machín de
Monguía.
Moni (monsieur) .
IV; 393.
Monico (señor de).
IV; 42S.
Moniiia (Jerónimo).
II; 30.
Menieón (el conde).
II; 404.
Morcpcsier (mosior de).
III; 322.
Menpessat (Mr. de).
II; 99.
Monroy (Gutierre de).
IV; 140, 141.
Montalvo (Hernando de).
V; 211, 251.
Monte (cardenal de) .
I; 184, 229.
IV; 478, 480.
V ; 69, 104, 108, 109, 297.
Monte (Gonzalo) .
- 367
I; 379.
Morcteagudo (conde de).
IV ; 9, 32.
V; 94.
Monteaito (duque de).
III- 315.
Moníejan (Mr. de).
IÍI; 402, 465.
Monte jo (el capitán).
I; 213.
II; 170.
IV; 219.
Monteleón (conde de).
I; 121, 122.
Montelio (conde de).
II; 460.
Mcntemayor (Alonso de).
IV; 570.
Montemayor (marqués de).
V; 210, 211.
Montemayor (Pedro de).
III; 478..
Monterreso (marqués de).
IV; 38.
Monterrey (conde de).
III; 141.
IV; 9, 269, 270, 272.
Montes daros (marqués de).
III; 258.
IV; 9.
Monteta (marqués de).
IV; 38.
Monte y Lizana (marqueses de).
IV; 38.
Montezuma. — V. Motezuma.
Montigen (el mayordomo Mr. de) .
II; 99.
Montigent (Mr. de).
II ; 99.
Montmorency (el capitán).
II; 99.
Montmorency (el mariscal y señor de).
II; 99, 159, 224, 420, 446, 447.
III; 393.
— V. Memorancí.
Montoya (el licenciado).
II; 10.
Morales (Cristóbal de).
IV; 66, 155, 211, 212, 279, 281,
371.
Morales (Gaspar de).
I; 78.
Morcase© (marqués de).
IV; 38.
Moreno (Antón).
I; 380.
Moreno (Antonio) .
IV; 169.
Moreno (el d'octor).
V; 218.
Moreno (Jerónimo).
II; 262.
Morette (Mr. de).
II; 100.
Mormillo (César).
V; 89.
Moro (Tomás).
III; 318.
Morón (Jerónimo) .
II; 238, 398.
Moscoso (el doctor).
IV; 104.
Moscoso (Luis de).
IV; 447.
Moscoso (Rodrigo de) .
V; 217.
Mosontínco (el capitán).
IV; 67.
Mota (el capitán) .
I; 378, 382.
Mota (el maestro).
II; 147.
— V. Ruiz de la Mota.
Motezuma.
I; 212-214, 372-374, 499, 500.
Moya (marqués de) .
I; 387, 442-444, 446-449, 480.
III; 79, 89.
Moya (marquesa de) .
I; 263.
Mu Haforahen (el rey).
II; 115.
Mujica (Martín de).
I; 135.
Mulazon (marqués de).
IV; 38.
— 368 —
Mulcihlazen (el jeque)
II; 161.
Mulcroseí (el rey ó príncipe).
III; 120.
Muley Abdalá.
V; 307.
Muley Abdel Cader.
V; 304, 307. ■
Muley Arraxid.
III; 203.
Muley Asen.
III; 203, 353.
Muley Badiala.
III; 316.
Muleycidán, Muley Cidán.
IV; 310, 311.
V; 303, 304.
Muley Chanti.
III; 202.
Muley Hameíe.
IV; 135.
Muley Hamida.
III; 302, 303.
Muley Hasén.
III; 238, 239, 271, 280, 283, 302.
Muley Mahamet.
V; 304.
Muley Mahomet el Harran.
V; 307.
Muley Mahomeíe.
IV; 135.
Muley Mahomete.
IV; 305.
Muley Mauset.
III; 120.
Multasen.
III; 120.
Mulinazar.
IV; 310.
Mumburg (duque de).
V; 35.
Munatonas (el fraile).
V; 289.
Muñoz (Alonso).
V; 218.
Muñoz (el licenciado).
V; 93, 300.
Muñoz de Herrera (Pedro).
I; 476.
Muraría. — V. Gidi Muraría.
Muros (Diego de).
II; 172.
Mus (el castellano de).
III; 116, 117.
Mustaíá Bassá ó Bajá.
II; 26-28.
III; 450.
IM
Nadal (Jaime) .
I; 380.
Nájera (duque de).
I; 31, 66, 68, 112, 466-470.
III; 435, 507, 510.
IV; 9, 144, 152, 243, 459.
V; 179.
Nancey (Mr. de).
II; 99.
Ñapóles (César, Cesáreo ó Cesaro de).
III; 117, 319, 433, 462, 463.
IV; 210, 278-281, 283, 292, 296-
299, 379.
Narváez (el maestro).
V; 218.
Narváez (Panfilo de).
I; 499.
III; 479, 480.
IV; 96, 442-444, 447.
Nasao, Nasau (conde de).
II; 92, 113, 165, 429, 432.
III; 71, 138, 365, 408.
IV; 28, 41, 399.
V; 70.
Nasao (Juan de).
V; 12.
Nassau (Mr. de).
I; 92, 143, 434, 486-488, 491, 494.
497, 498.
— V. Nasao.
Nastoncenoris (mosior de).
III; 419.
Navarra (el mariscal de).
I; 59, 118, 506.
II; 80, 81.
V; 305.
Navarra (Pedro de). — V. Navarra (el
- 369
mariscal de) .
Navarras (señor de).
I; 241.
Navarro (Juan).
IV; 39, 286.
Navarro (Pedro) .
I; 9, 31, 36-43, 50, 52, 82, 83,
132, 512.
II; 115, 396, 401, 414, 415.
Navas (marqués de las).
IV; 9, 10, 487.
V; 217, 228, 229, 243, 255, 265.
Naveros (el doctor).
IV; 250, 441.
Naves (el doctor).
IV; 252.
Nebéres (condes Guy y Luis de).
IV; 60.
Neberes (señor de).
III; 59.
Nederes (conde de).
III; 47.
Negrete (Juan) .
I; 378.
Nemours (Mr. de).
I; 5, 8.
Neoforque (duque ele).
V; 91.
Neuenao (Adán).
II; 309.
Nevers (Mr. de).
II; 98.
Nicelo (el conde).
II; 315.
Nicuesa (Diego de).
I; 77.
Niebla (conde de).
IV; 263, 265, 267.
Nieto (Alonso).
I; 259.
Nieva (conde de).
III; 259.
IV; 9.
V; 268, 277.
Nieva (Pedro de la).
III; 406.
Niño (el licenciado).
IV; 565.
Niño (Fernando).
IV; 238.
Niño (Hernando).
IV; 49, 542.
Niño (Juan).
V; 217, 226, 227.
Niño (Rodrigo) .
III; 78.
Niño de Rojas (Juan).
V; 218.
Niperdolingo (Bernaldo).
III; 221.
Niza (Marcos de).
IV; 96.
Nogueroa (Mendo de).
II; 231.
Ñor bar. de Villalpando (el alcalde).
I; 382.
Norcame (monsieur de).
V; 278.
Norcarísnen (monsieur de).
V; 267.
Novalesa (señor de la).
IV; 279.
Novelara (Aníbal de).
III; 431, 455.
Noy (Carlos de la).
I; 276.
— V. Lanoy.
Nucibay (el capitán).
IV; 213.
Nulli (el cardenal de).
IV; 408.
Núñez (Blasco).
IV; 204, 559, 561-566.
Núñez (Francisco).
I; 378.
Núñez (Ramiro).
I; 155, 377.
Núñez (Vela).
IV; 317, 319, 561, 563, 564, 570
Núñez Cabeza de Vaca (Alvar).
III; 479, 480.
Núñez de Balboa (Blasco).
III; 121.
Núñez de Guzmán (Gonzalo).
I; 335.
Núñez de Guzmán (Pero).
24
— 370 -
I; 99, 155, 335.
Núñez de Guzmán (Ramiro).
I; 98.
Núñez de Herrera (Pero).
I; 475, 480, 485.
O
Ob'm (Mr. de).
II; 180.
Obremcnt (monsieur de).
V; 274.
Ocaña (Jerónimo) .
I; 451.
Ocno.
V; 258.
Octavio (el duque).
IV; 505, 524.
V; 263, 294, 298.
Octobono.
V; 97.
Ochoa de Salazar.
V; 217.
Ojeda (Alonso de).
I; 77.
Oler ¡o (Francisco).
III; 264.
O I id (Cristóbal de).
I; 211.
II; 169-172.
Oliva (conde de).
I; 419.
Olivares (conde de).
III; 331.
IV; 9, 263, 265, 267.
V; 217, 228, 229, 243, 265.
Olivares (el condestable).
V; 225.
Olívela (marqués de).
IV; 38.
Olmedo (Francisco de).
V; 218.
Olmos (Gonzalo de).
III; 494.
Olstannigo (duque de).
V; 279.
Olstingui (duque de).
V; 269.
Oña (Pedro de).
I; 352.
Oñate (conde de).
I; 450, 451.. 456.
III; 259.
IV; 9.
Oñate (Cristóbal de).
IV; 131, 212, 213.
Oracío (el capitán).
IV; 371.
Oracio (Micer).
IV; 385.
Orange (príncipe de).
I; 229.
II; 78, 101, 105, 112, 154, 206,
214, 285, 293, 295, 399, 303,
400, 402, 403, 405, 409, 412,
415, 454, 460.
III; 14, 58, 72, 100, 375.
IV; 28, 207, 249, 253, 367, 397,
399.
Orantes (Andrés de).
III; 484-486.
Ordas vi Ordax (Diego de).
I; 211.
„ IV; 231.
Qrduña (el zapatero).
I; 381.
Orgaz (conde de).
III; 258.
IV; 9, 10.
Oria (Antonio de).
IV; 245, 556, 557.
Orleans (duque de).
II; 152, 224.
III; 347, 363, 384, 386, 387, 508.
IV; 50, 51, 57, 194, 360, 421,
424, 425. 431-439, 456, 457.
Orleans (Luis de).
II; 258.
Orliens (Ingebald de).
III; 47.
Oropesa (conde de).
III; 259.
Orozco (el comendador).
I; 476.
Ortega (Cristóbal de).
V; 218.
- 371
Ortega (Juan de).
I; 164.
Ortega (Pero) .
I: 377.
Ortegadlio (el capitán).
III; 455.
Orteganirt (el coronel).
III; 459.
Ortemburg (conde de).
V; 176.
Orviña (F. de).
I; 377.
Osorio (Alonso de). *
V; 217.
Oscrio (Alvaro de).
I; 94, 369.
III; 540.
Osorio (conde de).
I; 358, 458.
III; 504.
Osorio (Diego de).
I; 333.
Osorio (Francisco de).
I; 358, 446-449.
Osorio (hijos de Pedro).
I; 472. .
Osorio (Isabel de).
V; 291.
Osorio (Juan de).
I; 358, 377, 446-449, 453.
Osorio (Rodrigo) .
IV ; 344.
Osorno (conde de).
II; 453.
III; 403.
IV; 9, 46, 221, 242, 272, 454,
541, 543.
Osorno (condesa de).
III ; 12.
Qsíain (duque de).
IV; 368.
V; 268.
Osteriines (los).
IV; 368.
Ostrat (conde de).
V; 273, 274, 277.
Ostrat (monsíeur de).
V; 267.
Ostrejo Bajá.
IV; 273.
Otabrich (el duque).
V; 214.
Otinga (conde de).
III; 25.
Oto (el duque).
IV; 508. •
Oto Enrique (el conde).
IV; 519.
O tuguen (conde de).
V; 70.
Pacheco (Diego) .
I; 113.
Pacheco (el capitán) .
I; 452.
Pacheco (el cardenal).
V; 264, 294, 296.
Pacheco (el obispo).
IV; 476.
Pacheco (Juan).
III, 90, 260.
IV; 307.
Pacheco (María de).
I; 463, 464, 477, 480, 483-485,
505, 506.
Pacheco (Pedro) .
IV; 449, 454.
Pacheco (Pero) ,
IV; 95.
Pachecho ¿ Pacheco ? (Francisco) .
III; 497.
Padilla (Antonio de).
I; 376.
Padilla (Diego de).
I; 254.
Padilla (García de).
I; !61, 168, 225, 229.
II; 124, 247, 434.
Padilla (Gutierre de).
I; 93, 98.
Padilla (Jerónimo de).
I; 451.
Padilla (Juan de).
I; 220, 225, 227, 247, 260-263,
— 372 -
272, 346, 357, 377, 421-424,
428, 429, 446, 447, 451, 452,
456-461, 463.
II; 10.
V; 217.
Padillo (Juancho de).
IV; 169.
Pagan (el capitán).
IV; 169.
Palacio (el escribano).
I; 382.
Palacios (Pedro de).
I; 382.
Palanco (el licenciado).
III; 435.
Palasén (el capitán).
IV; 391.
Palata (Juan Tomás de).
III; 366.
Palatino (el conde).
I; 193, 194, 204, 276, 277, 281.
II; 20, 42.
III; 94, 95, 138, 257, 398.
IV; 102, 103, 246, 487, 489, 508,
519, 534, 539.
V; 7, 11, 43, 170, 204.
Palavesino (Alejandro). .
V; 98, 99.
Palavesino (Camilo).
V; 98.
Palavesino (Cepión) .
V; 98.
Palavesino (conde dé).
V; 97, 98.
Palazón (marqués de) .
IV; 38.
Palenzuela (Hernando de).
I; 382.
Palisse, Paiize (Mr. de la).
I; 5, 10, 38, 53, 62, 63, 67, 488,
489, 492.
II; 100.
Paliza (mosior de).
III; 322, 391, 392.
Palma (conde de).
I; 226.
III; 141.
IV; 453, 455.
V; 218.
Palma (el capitán).
IV; 249.
Palma (señor de).
I; 8.
Palomares (el capitán).
I; 234, 419, 420, 440, 441.
Palomino (el gobernador).
III; 542.
Pallares (Lope de).
I; 381, 386.
Pallares (marqués de).
II; 432.
Panda (Juan María de).
III; 399.
Panigalo (marqués de).
IV; 38.
Paniz (el capitán).
V; 229.
Papenhaima (Espandolfo, Pandolfo)
V; 171, 175, 177.
Parada (el licenciado).
II; 468.
Pardo (Arias).
IV; 200.
Pardo (Francisco).
I; 378.
Paredes (el bacbiller).
I ; 380.
Paredes (Juan de).
I; 383.
Paredes (Miguel de).
V; 218.
Parismon (el cardenal de).
V; 104.
Parra (el doctor de la).
I; 375, 501.
Pasamente (Miguel de).
I; 128.
Paserer (Jorge).
V; 115.
Paternionen (Juan Tomás).
1 : 122.
Paulino (mosieur de). — V. Pulin.
Paulo tercio ó Paulo III.
IIT ; 223, 230, 366, 423, 498, 506,
117.
IV; 174, 175, 187, 454, 476.
— 373 —
V; 92, 100, 103, 295, 296.
Pavía (el . cardenal de).
I; 46, 147.
Paz (Pedro de).
II; 171.
Paz (Rodrigo de).
II; 172.
Pedrarias de Avila V. Avila (Pe-
drarias de) .
Pedrera (Alonso de la).
I; 451.
PelUj Pelus (monsieur de).
II; 101.
III; 260.
V; 267.
Penge (el capitán).
V; 231.
Peñalosa (el comendador).
II; 101, 102, 149, 150, 224.
Peñaranda (el doctor).
V; 300.
Peraltada (conde y vizconde de) .
IV; 172, 173.
Peralada (Vizcondesa de).
I; 198.
Peralmides Chirinos.
II; 170.
Peralta (Diego de).
I; 379, 381.
Peralta (Francisco de).
I; 381.
Peralta (Iñigo de).
IV; 505.
Perdal (el enano).
IV; 334.
Pereda (Sancho de).
I; 382.
Pérez (Alvar) .
I; 379.
Pérez (Juan).
I; 380.
Pérez (Vicén).
I; 235, 419, 420, 440, 442-445.
Pérez de Andrada (Hernán).
IV; 140.
Pérez de Bargas (Luis).
IV; 69.
— V, Pérez de Vargas.
Pérez de Cabrera (Juan).
V; 195, 209.
Pérez de la Puente (Hernán).
V; 300.
Pérez de Quesada (Hernán).
III; 547.
Pérez de Vargas (Luis).
LH; 281.
IV; 114, 118, 126, 210, 212, 245.
249, 257, 285, 397.
Peri (Johan), Peri Johan (Fray).
n ; 25, 32.
Perineter (el capitán).
IV; 206.
Pernoth (Nicolau) .
II; 419.
— V. Granvela.
Persia (conde de).
I; 404.
Perrenot (Nicolao) .
III; 291, 512.
Pesaro (Jerónimo de) .
ni; 450, 454.
Pescara (marqués de) .
I ; 439, 504, 508, 511, 512.
II; 70, 82-85, 96, 97, 165, 232,
233, 237, 251, 254, 257, 258,
293, 398, 409.
IV; 555.
V; 229, 243, 262, 265, 268, 278.
Pescara (marquesa de) .
III; 329.
Petrucio.
I; 122.
Petrucio (Antonio María).
III; 355.
Perucho.
n; 157, 272.
PflugO (Julio) .
V; 169.
Piamonte (el prior).
V; 231.
Piamonte, Biamonte, Viamonte (Juan
de).
I; 59.
Piamonte (príncipe de).
IV; 504, 510, 522.
V; 169, 267-269, 278-281. -
— 374 —
Picaño ó Picaño (Luis).
III; 143, 145, 147, 184, 198, 536.
Picenaro (Bautista) .
III; 399.
Piedra (Juan de la).
II; 85.
Piedra (Marcuardbs) .
V; 175.
Pimentel (Alonso) .
II; 357.
V; 268.
Pimentel (Antonio).
IV; 238.
Pimentel (Bernardino) .
I; 164, 357.
IV; 336.
Pimentel (Juan).
II; 284.
V; 268.
Pimentel (Pedro) .
I ; 335.
II; 10.
IV; 336, 346.
Pina (el regidor).
IV; 80.
Pinatelo (Héctor) .
III; 179, 239.
Pinatello (Patricio) .
II; 34.
Pincij Pincy (princesa de).
V; 269, 279.
Piñón (Bernal de).
IV; 173.
Pirro bajá.
II ; 24, 25, 28, 30.
Pisa (A cardenal de).
I; 45.
II; 303.
Pistcrio (Juan).
IV; 103.
Pitigiano, Pitiliano (el conde).
I; 38, 39.
II; 272.
IV; 382.
Pizaño (Gonzalo) .
IV; 39.
Pizaño (Luis).
III; 406, 430, 433, 457,
IV; 39, 168, 243, 504.
— V. Picaño.
Pizaño y Císneros (Luis).
III; 269.
Pizarro (el marqués) .
IV; 564.
Pizarro (Francisco) .
III; 121, 122, 164, 189, 193, 225,
490, 491, 493-495.
IV; 318, 327, 442, 555, 563.
Pizarro (Gonzalo).
II [; 121, 493, 494.
IV; 559-563, 565-570.
V; 252.
Pizarro (Hernando).
III; 166, 168, 169, 190, 191. 196,
225, 490, 493, 494.
IV; 327, 559-563.
Pizarro (Juan).
III; 491.
Plasencia (duque de) .
V; 97, 98, 294.
Pleisa (barón de).
V; 167.
Pliego V. Priego.
Polanco (el licenciado).
I; 134, 428.
III; 150, 205.
Polonia (el rey de).
II; 244.
Pollo (Reginaldo).
IV; 477.
Pomereux (Mr. de).
II; 99.
Pomo (conde de).
III; 96.
Ponce de León (Luis).
n; 316.
Ponce de León (Pedio).
II; 461.
Pont de Gherry (Sr. de).
II; 112.
Pomtíbre (conde de).
III ; 57.
Pontremol (conde de).
III; 459.
Ponzanelo (marqués de).
IV; 38.
- 375
Ponzano (Antonio de).
IV; 38, 39.
Ponzano (marqués de) .
IV; 38, 39.
Porcian, Porcien (conde de).
I: 229.
II; 112.
Portalejo (el porquerón) .
I; 236.
Portillo (el alguacil).
I; 378.
Portillo (Pedro de).
I ; 256.
Portocarrero.
I; 213.
Portocarrero (Inés) .
IV; 95, 542.
Portocarrero (Luis) .
I; 8.
IV; 455.
Portocarrero (Pedro).
I; 100, 217.
IV; 95.
Portugal (Alvaro de).
III; 468. ,
IV; 454.
Portugal (Donis de).
IV; 454.
Portugal Fadrique de).
I; 97. *
II; 92.
ni; 259.
Portugal (Fernando ó Hernando de) .
I; 453, 454.
Portugal (Jorge de).
I; 429, 430.
III; 90.
IV ; 334, 454
Portugal (Juana de).
IV; 271.
Portugal (Luis de).
III; 259.
Portugal (María de).
II; 152.
IV; 261.
Portugal (el rey D. Juan de).
- V. Juan III de Portugal.
Portugal (Teodosio de).
IV; 263, 267.
Portugalete (Francisco de).
V; 218.
Portundo (Rodrigo de).
III; 67, 104.
Portuondo (Pedro de).
II; 82, 461.
Porras (Hernando de).
I; 377.
Porras (Juan de).
I ; 378.
Posíren (duque de).
V; 43.
Potencia (conde de).
I; 138.
Potenciaría (marqueses de).
IV; 38.
Poton (Mr. de).
II; 99.
Poza (marqués de).
IV; 338.
V; 94.
Prada (mosior de) .
ni; 259.
Pradián (el capitán).
IV; 376.
Prado (el mercader) .
I; 382.
Prado (Francisco de).
IV; 36, 154, 155, 210-212.
Prata (Mr. de).
II; 142, 221, 224, 233, 234, 415,
432.
III; 260.
Pratas (Monsieur de).
IV; 28.
Prates (mosior de) .
III; 71.
Pretenda (el capitán).
III; 532.
Prenilly (Sr. de la). •
II; 112.
Prevenda (Luis de).
III; 265.
Prexamo (el catedrático).
I; 381.
Priego (Alonso de).
I ; 377.
— 376 —
Priego (marqués de).
I; 27, 33, 164.
Proana (Carlos de).
IV; 280.
Prodebans (conde de).
III; 58.
Próspero (e!). — V. Colona (Próspero).
Prunsuich (duque de).— V. Branzuic.
(duque de) .
Puebles (Pedro de).
IV; 561, 570.
Puentiebre (Sr. de).
II; 206.
Puerto Carrero, Portocarrero (Pedro)
I ; 100.
II; 319.
Pulin ó Paulino (monsieur de).
IV; 289, 290, 393.
Pupet (Charles de).
III; 29.
Q
Quesada. — V. Jiménez de Quesada.
Quijada (García).
I; 501.
Quijada (Gutierre) .
I; 146, 150, 152, 254, 258, 325.
IV; 374, 376, 378.
Quijada (Juan).
V; 267, 269, 276.
Quijada (Luis).
III; 301.
V; 216.
Quilich (Eduardo).
V; 115.
Quintana (el doctor).
II; 246.
Quintana (Pedro de).
V; 217.
Quintanilla (AJonso de).
I; 254", 261, 358, 360.
Quiñones (Antonio de).
1; 377.
Quiñones (Luprescio de).
V; 218.
Quireft (el alarbe).
IV; 307.
Quiroga (el licenciado).
II; 467.
Quistro (Juan Jerónimo de).
III; 18.
R
Ragevitz, Ragueviitz.
V; 172, 176.
Ramírez (el licenciado).
IV; 49.
Ramírez (Sebastián).
II; 469.
III; 427.
IV; 144, 318.
V; 93.
Ramírez de Villanueva (el licenciado).
IV; 49.
Ramírez de Viliascusa (el licenciado)
IV; 332.
V; 306.
Ramos (Juan).
I; 383.
Ranchaspieque (Jorge de).
III; 397.
Rangon (conde Guido).
III; 138, 404.
Rat (el capitán).
III ; 393.
Raitisbona (Jorge de). s
IV; 117.
Ratisbona José de).
III; 125.
Ravena (Benedicto de).
II; 25.
III; 199, 269.
IV; 83, 142, 172.
Ravena (el cardenal de).
IV; 382.
Ravensteín (Mr.)
I; 92, 276.
Rebolledo (Francisco).
I ; 449.
Regastain (conde de).
V; 70, 176.
Reina (Juan de).
IV; 95.
Remonete (el capitán).
- 377 —
IV; 281, 282.
Ren (marqués de).
ni; 261.
Renata, princesa de Francia.
I; 125, 266.
Renes (monsieur de).
V; 93.
Renesfurge (Jorge de).
IV; 504-506, 523, 528.
Rengon (Claudio).
III; 17, 18.
Requesens (Juan de).
IV; 238.
Requesens (Luis de).
IV; 541.
Reux (barón, Sr., Mr. de).
II; 98, 104-106, 112, 114, 153.
Reux (condesa de).
V; 269.
Reyes Católicos.
I; 1-4, 7-9, 11, 12, 26, 145.
— V. Fernando el Católico é Isa-
bel la Católica.
Ri (Señor de).
V; 170.
Ribadavia (conde de).
II; 23.
HI; 259.
V; 292.
Ribadavia (condesa de).
IV; 342.
Ribagorza (conde de).
I; 30, 68.
II; 418, 432.
Ribera (el doctor).
II; 89.
Ribera (el maestre de campo).
I; 378.
1U; 16.
Ribera (Juan de).
1; 218, 225, 227, 462, 473, 474,
478, 480.
Ribera, Rivera (Perafán de).
IV; 95.
V; 217.
Ricafort (milort de).
III ; 419.
Ricardo (Francisco).
IV; 103.
Ríe (señor de).
IV; 459.
Rincón (Antón ó Antonio).
III; 433.
IV ; 29, 130, 158, 162, 192.
Rincón (el licenciado).
I; 379.
Rincón (marqués de).
IV; 38.
RÍO (Rodrigo del).
I; 380.
Ríos (Alonso de los).
III; 474, 475.
Ríos (Antonio de los).
in; 473.
Riva (Gabriel de la).
III; 454.
Rivadavía. — V. Ribadavia.
Rivadeneíra (el licenciado).
V; 299.
Rivagorza.— V. Ribagorza.
R i vero (Pedro de).
IV ; 340.
Roa (el maestre).
IV; 231.
Roa (Francisco) .
I; 380.
Robladillo (Juan de).
I; 382.
Robledo (el capitán).
IV; 174.
Robles (Gaspar de).
V; 267, 269, 277.
Robles (Gutierre de).
I; 422.
Roca (príncipe de la).
TJJ; 319.
IV; 404.
Rocamartín.
I; 198.
Rocandolfo (el capitán general).
II; 8.
IH; 138.
IV; 111.
Rochaput (Mr. de).
II; 174.
Rodríguez (Antonio).
378 —
I; 378.
Rodríguez (Gaspar).
IV; 562.
Rodríguez (Gil).
I; 379.
Rodríguez (Martín).
I; 380.
Rodríguez de Pisa (Juan).
II; 43.
Rodríguez de Villafuerte (Juan).
II; 168.
Roelas (Pedro de las).
V; 218, 268.
Roos (señor de).
II; 216.
Rofense (el obispo).
III; 317, 318.
Rojas (Antonio de).
I; 120, 160, 238, 241, 345, 421.
II; 23, 92, 93, 319.
III; 90.
IV; 261, 338.
V; 216, 229.
Rojas (Bernardo de).
I; 97.
Rojas (Diego de).
II; 355.
Rojas (el capitán).
I; 379.
Rojas (Enrique de).
III; 90.
Rojas (Fernando de).
I; 113, 371.
Rojas (Gabriel de).
IV; 562, 565.
Rojas (Gómez de).
IV; 562.
Rojas (Hernando de).
I; 454, 476, 484.
IV; 338.
Rojas (Juan de).
I; 472, 478.
Romanía (el Berler Bey de la). *
IV; 31.
Romano (Simón).
III; 15, 16.
Romanos (el rey de).
IV; 458, 460, 488, 491, 529.
Romero (el bachilleí).
I; 382.
Rondón (conde Guido).
III; 418.
Ronquillo (el alcalde).
I; 134, 242-244, . 246, 247, 251,
258, 282, 285, 325, 326, 332.
II; 231.
IV; 22, 23.
Ronquillo (el licenciado).
IV; 455.
Ropero (el doctor).
IV: 251.
Ros (el agermanado) .
I; 418.
Rosa (Jacobo de la).
I; 122, 123.
Rosa (monsieur de la)
IV; 377.
Rosan Bajá.
IV; 273.
Rosel (el gentil-hombre) .
II; 149.
Rosenio (Martín).
IV; 205, 206, 208.
Rosis (conde de).
ni; 377.
Rotellín (marqués de) .
II; 100.
Roterdano (Erasmo) .
II; 283.
Rotolino (marqués de).
III ; 319.
Rúa (Francisco de la).
I; 383.
Rúan (Jorge, cardenal de).
I; 44.
Rueda (Pedro de).
I; 382.
Rufey (Mr. de).
II; 99.
Rui Gómez. — V. Gómez.
Ruiz (Francisco).
III; 269.
Ruiz (Fray Francisco).
I; 154, 220.
Ruiz (Miguel).
I; 382.
- 379 -
Ruiz (Pero).
I; 382.
Ruiz de Alarcón. (Pedro).
I; 476.
Ruiz de la Motta (García).
T ; 253.
Ruiz de la Mota (Pero).
I; 161, 162, 167, 168, 202, 225,
229, 37o, 414.
Ruiz de Villegas (Pero).
II; 89.
Rus (conde de).
III; 240.
Rus (monsieur de).
IV; 65.
Saavedra (Alvaro de).
III; 471, 475.
Saavedra (Carlos de).
V; 218, 268.
Saavedra (Juan de).
V; 267, 268, 276.
Saavedra Gerón (Alvaro) .
II; 316-318.
Saavedra Figueroa.
III; 143.
Sabello (Juan Bautista).
IV; 505, 525.
Saberburgfo (el cardenal).
I; 400.
Saboch (Filipo) .
II; 181.
Saboya (duque de).
I; 23, 125.
II; 248, 293.
III; 83, 85, 90, 318, 319, 344-347,
■355, 381-384, 390, 392, 394, 397,
406, 409, 463, 515.
IV; 113, 114, 191, 196, 290, 292-
294, 300, 301, 409, 426, 428,
429.
V; 70, 231, 243.
Saboya (duquesa de) .
III; 389, 392, 400, 409.
Saboya (el bastardo de).
II; 98.
Saboya (Luisa de).
II; 178.
III; 119.
Sadoquimud (capitán turco).
IV; 67.
Saco de Zabona (Rafael).
V; 97.
Sagano (duque de).
V; 167.
Sagrario (Pedro) .
I; 383.
Sainte Meine (Mr. de).
II; 99.
Saint Jean (Mr. de).
II; 99.
Saint Marsault (Mr. de).
II; 99.
Saint Paul, San Paul (Mr. de).
II; 98, 99.
Saint Vallier, San Yalier (Mr. ó se-
ñor de).
II; 112, 206.
Sajonia (conde Palatino de).
V; 167.
— V. Palatino (conde).
Sajonia (duque de).
I; 194, 277, 405-407, 411.
ni; 106, 224.
IV; 103, 205, 361, 367, 397, 401,
456, 489-492, 499-502, 514,
516, 519.
V; 16, 20, 21, 70, 91, 170-175.
Sajonia (Georgio de).
III; 224.
Sajonia (Juan de) .
IV; 492.
V; 13, 33.
Sajonia (Juan Federico de).
IV; 492, 495, 498.
V ; 173, 175.
Sajonia (Mauricio de). — V. Sajonia
(duque de) .
Sala (conde de) .
III; 398.
Salado (el capitán).
I; 381.
Salamanca (el coronel).
in; 464.
Salamanca (Juan) .
_ 380 —
n; ii9.
Salarráez (el capitán turco).
ni; 266.
Salas (Miguel de).
III; 275.
Salazar (el capitán).
- III; 471.
IV; 256.
Salazar (Gonzalo de).
II; 170, 171.
Salcedo (Juan de).
I; 383.
Saldaña (Antonio de).
III; 255.
Saldaña (conde de).
III; 79, 89.
Salerno. príncipe de) .
III ; 264, 315, 398, 399.
IV; 374, 377, 379, 386, 434.
Salinas (conde de).
I; 458, 463.
IV; 540.
V; 224.
Salinas (Marqués de).
II; 272, 432.
Salinas (vizconde de).
III ; 58.
Salmerón (el licenciado).
II; 469.
IV; 318.
Salmía (conde de).
V; 176.
Salmona (príncipe de).
III; 261, 315.
IV; 374, 376, 379, 383, 386, 459,
505, 511, 523, 526-528, 555.
V; 21, 26, 28.
Salo (barón de).
I; 139.
Saluce ó Saluces (marqués de).
I; 125.
II; 97, 216.
III; 391, 393.
Salucio (Francisco) .
II; 98.
— V. Saluce.
Saluz, Saluzo, Saluzio (marqués de).
II; 186, 236, 414.
III; 319-321. 409, 431, 432.
— V. Saluce.
Salvatierra (conde de).
I; 456.
Salvatierra (el inquisidor).
I; 379.
Salviatis (el cardenal de).
II; 163, 229, 300.
Samano (Juan de).
IV; 318.
V; 251.
Sampedro Mudarra (el doctor).
I; 381.
Sampó (conde de).
III; 16-18, 65.
Sampol (monsieur de) .
III; 507.
Sampol, Sampolo (conde de).
II; 186, 410.
Sampolo, Sampolio (el cardenal de).
V; 104.
Sanabria (Juan de).
V; 9.
San Ángel (Michael de).
I; 444.
San Bonet (Mr. de).
II; 443-445.
San Brancazo (barón de).
IV; 289.
San Cales (monsieur de).
IV; 391.
San Cebrián (Juan de).
I ; 382.
Sancti Quatro (el cardenal de).
III; 85.
IV; 116.
Sánchez (Alonso).
III; 78.
Sánchez (Diego) .
I; 383.
Sánchez (Francisco) .
I; 382, 383.
Sánchez de Bazán (Gil).
V; 218.
Sánchez de Palenzuela (Diego).
I; .382.
Sánchez de-Valenzuela (Lope).
I; 61.
— 381
Sande (Alvaro de).
IV; 75, 117, 121, 124, 168, 245,
249, 254, 257, 395, 397, 441,
504, 511.
Sandoval (Gonzalo de).
II; 168.
Sandoval (Tello de).
IV; 317, 319.
V; 300.
San Francisco (Antonio de).
I; 381.
Sangrio (Jerónimo de).
IV; 209.
Sangue (Jerónimo de).
IV; 292, 294.
San Julián (monsienr de).
IV; 369, 386, 388.
San Miguel ó Sanmigue! (el capitán).
III; 536.
IV; 154, 286, 287, 301, 390, 391
San Miguel (el maestre de campo).
IV; 372, 380, 387, 389, 392, 393.
San Millán (el maestro).
V; 93.
San Pablo (conde de).
II; 460.
San Paul, Saint Paul (Mr. de)
— V. Saint Paul.
San Pol (conde de).
IV ; 55, 57.
— V. Sampol (conde de).
San Polo, Santo Polo (conde de).
II; 466.
— V. Sampol (conde de).
San Román (Bernardino de).
I; 382.
Sansa (mosior de) .
III; 321.
San Segundo (conde de).
III; 141, 398.
San Sereno (conde de).
IV; 398-400.
San Servas (Perico de).
IV; 341.
San Severino (Federico de).
I; 70.
San Severino (Galeazo de).
II; 98, 100.
Sanseverino (monseñor) .
III; 322.
SANTA CRUZ (Alonso de) Autor
de esta Crónica.
III; 435, 465.
IV; 24, 41, 82, 459, 476.
V; 214, 304, 306.
Santa Cruz (el cardenal).
I; 47.
V; 104.
Santa Eufemia (señor de).
I; 370.
Santa Flor (el cardenal).
IV; 474, 475.
Santa Flor (conde de).
III; 538.
IV; 391, 475.
Samtesteban (conde de).
III; 141.
— V. Santisteban (conde de).
Santiago (Bartolomé de) .
II; 10.
Santiago (el bachiller).
I; 382.
Santiago (el licenciado).
I ; 134, 335, 377.
Santicuatrio (el cardenal de). — Véase
Sancti Quatro.
Santisteban (conde de).
I; 59, 119, 228, 449.
Santisteban (el regidor).
I; 256.
Santo Domingo (Alonso) .
I; 128. -
Santo Polo (conde de).
II; 467.
— V. Sampol.
Santos (Pedro de los).
III; 455.
San Valier V. Saint Vallier.
Saravia (Alonso de).
I; 358, 360, 378.
II; 10.
Sarcono (Ambrosio) .
II; 279.
Sardo (Cenaga).— V. Cenaga Sardo.
Sarmiento (Antonio).
IV; 31, 271.
382 —
Sarmiento (Bernardino) .
II; 23.
Sarmiento (Diego).
II; 464.
III; 99, 427.
Sarmiento (Francisca).
II; 23.
Sarmiento (Francisco).
III; 182-184, 197, 269, 301, 433,
518, 521, 522, 530.
IV; 29, 31, 34, 35
Sarmiento (García).
V; 218.
Sarmiento (Juan).
IV; 155, 156.
Sarmiento (Luis).
IV; 29, 261, 271.
V; 291.
Sarmiento (Luisa).
IV; 271.
Sarmiento (María).
IV; 23, 134.
Sarmiento (Pedro).
I; 501.
II; 283.
III; 197.
IV; 238, 339.
V; 291.
Sarno (conde de).
III; 143, 261, 269, 272.
Sarona (marqués de).
V ; 243.
Sarria (marqués de) .
IV; 268, 270.
Sauvage (Juan de).
I; 86, 143.
Sayavedra (el capitán).
IV; 210, 378, 570.
Scepero (Cornelio) .
III; 245.
Scorchalupe (Juan Lucas).
I; 122.
Sebastián del Gano (Juan).
II; 164.
III; 469--471.
Sebastiano (conde).
III; 405.
Segorbe (duque do).
I ; 68, 418.
II; 122, 123.
IV; 204.
V; 88.
Selva (Martin Juan de).'
II; 181.
Senabique.
II; 298.
Séptimo (Baltasar).
I; 122.
Sequín (Francisoo) .
II; 41-43.
Serrano (el capitán).
I; 378.
Sesa (duque de) .
I; 30, 87, 138.
II; 158, 409.
III; 323.
IV; 9, 21, 23, 24, 119, 129, 134
V; 225, 228, 229, 243, 255, 262.
Seses (Angelo de).
II ; 298.
Sevillón (Pedro) .
I; 380.
Síorcia, Sforza (Francisco).
I; 436, 505, 510.
II; 453, 455, 456, 467.
III; 62.
Sforcia., Sforza (Luis).
I; 3.
Sforcia, Sforza (Paulo).
II; 465.
— V. Esforcia.
Síchfeben (Eustaquio de).
V; 115.
Sifra (mosón).
II; 418.
Sila (Rodrigo de)
I; 382.
Siles (Juan de).
I; 380.
Silogues (monsieur de).
IV; 290.
Silva (Alonso de).
IV; 334.
V; 217.
Silva (Hernando de).
I; 476, 478, 480.
— 383 —
V; 217.
Silva (Juan de).
I; 16.
IV; 262.
V; 217.
Silva (Pedro de).
III; 180.
Silvera (Antonio de).
III; 496, 497, 551, 552.
Silvera (Juan de).
IV; 49.
Simoneta (el obispo).
V; 254.
Sinan de Arexo. — V. Arexo.
Sión (el cardenal de) .
I; 277, 438, 439, 507.
Sipola (marqués de).
IV; 38.
Sipontino (el obispo).
II; 300.
Sirnay (princesa de).
II; 112.
Siruela (conde de).
I; 458.
IV; 9, 542.
Sistein (Mr. de).
I; 514.
Sobajo (Juan).
I; 159, 161, 163, 164, 187.
— V. Sauvage.
Sofi (El).
I; 132, 133.
III; 410, 411, 413-418, 450.
IV; 442.
Soldán (El).
I; 133, 196.
Solier (Juan).
I; 377.
Solimán Bassá ó Bajá.
III; 548-550.
IV; 273.
Solimán (Soldán, Sultán, el Gran
turco) .
II ; 23, 24.
III; 22, 126, 178, 201, 218.
IV; 273.
Soüno (Sultán, el Gran turco).
I; 132-134, 195, 376, 498.
II; 10, 160.
Solís (Alonso de).
III; 480.
Solís (el comendador).
I; 55.
IV; 543.
Solís (Juan de).
II; 18.
Solmes (conde de).
V; 70.
Solórzano (Pedro de).
IV; 505.
Soma (duque de).
II; 414.
IV; 391.
Somara (conde de).
V; 244.
Sonete (Juan). ■
I; 380.
Sora (duque de).
I; 404.
V; 93.
Sorella (el tejedor).— V. Sorolla.
Soria (Lope de).
III; 104.
Soria (Pedro de) .
ni; 78.
Soriñan (marqués de).
III; 319.
Sorolla (el agermanado).
I ; 215, 417, 418, 443.
Sosa (Diego de).
IV; 140.
Sosa (Francisco de).
I; 375.
Soto (Diego de).
IV; 318.
Soto (Domingo de).
IV; 476.
Soto (el capitán).
III; 490.
Soto (el licenciado).
IV; 454.
V; 306.
Soto (Francisco de).
IV; 442, 448.
Sotomayor (Diego de).
I; 424.
384 —
Sotomayor (Garci Méndez de).
IV; 34, 35.
Sotomayor (Pedro de).
I; 378.
II; 10.
IV; 30.
Specion (Juan Bautista).
III; 537.
Speranza (Charles de).
III; 143.
Stages (vizconde de).
II; 99.
Steinberg (Luis) .
I; 194.
Stillano (príncipe de).
III; 90.
Sturm (Jacobo) .
V; 115.
Suárez (Alonso) .
I; 225, 375.
Suárez (Cristóbal) .
III; 12.
Suárez (el licenciado).
II; 93.
Suárez (Francisco).
I; 448.
Suazo (el licenciado).
II ; 171, 172.
Suazola (Pedro).
III; 260.
Suecia (el rey de).
II; 71-74.
Surratura (monsieur de).
III; 463.
Sutensen (conde de).
III; 62.
Svendi (Lázaro) .
V; 35.
Taide (Tristán de).
III; 478.
Talayera (el doctor).
I; 335.
Tallacor (duque de).
V; 253.
Tallemont (príncipe de).
II ; 98.
Tamayo (el capitán).
I; 380.
lampas ó Tampes (madama de).
III; 520.
IV; 433, 438.
Tanbenhain (Cristóbal de).
V; 174.
Tapia (Cristóbal de).
II; 169.
Tapia (el capitán).
I; 119.
Tapia (Francisco de).
I; 379.
Tarcota (capitán turoo).
IV; 67.
Tarifa (marqués de).
IV ; 9, 10, 95, 542.
Tarnobu (Juan, conde).
III; 111.
Tartaria (el rey de).
IV; 273.
Tavera (Juan de).
II; 23, 27, 92, 93, 357.
III; 10, 150, 197, 204, 435.
IV; 8, 24, 41, 43, 49, 145, 270,
347, 450, 452, 453, 541.
V; 217.
Tejada (el contador).
III; 471.
Tejada (el doctor).
IV; 319.
Tejeda (el doctor).
IV; 563 566, 567.
Télles, Téllez (Alonso).
I; 228.
III; 90.
Tóllez Girón (Alonso).
I; 237, 239, 241.
Tello (el doctor).
I; 422.
Tello (Juan).
IV; 332.
Temino (el licenciado).
IV; 541.
Tenamaxtle (jefe indio).
IV; 215, 216.
Tenda (monsieur de).
335 —
III; 509.
Tendí I la (conde de).
IV; 333.
V; 287, 288, 290.
Tendola (marqués de) .
IV; 38.
Tentugal (conde de).
I; 184.
Terme (duque de).
II; 414.
Terranova (duque de).
I; 87.
Terranova (marqués de) .
III; 261, 264, 270.
IV; 435.
Terrena te (el rey de).
II; 21.
Teva (conde de).
IV; 9, 82
Tezano (marqués de).
IV; 38.
Tienda (conde de) .
V; 230.
Tidore (el rey de).
II; 21.
Tiro (conde de).
III; 139.
Tobar (el regidor).
I; 423.
Toledo (Antonio de).
IV; 268, 336, 346, 505.
V; 20, 28, 217, 255, 265, 268.
Toledo (Diego de).
I; 167, 284.
Toledo (Enrique de).
III; 90, 260.
Toledo (Fadrique de) .
I; 97, 113, 229.
II; 248.
III; 261, 452.
IV; 336, 346.
Toledo (Francisco de) ,
III; 427.
IV; 76, 431, 556.
V; 104.
Toledo (García de).
I; 40-43, 270, 497.
III; 261, 264.
IV; 40, 70, 74, 76, 244, 542.
V; 227.
Toledo (Gómez de).
I; 501.
Toledo (Hernando de).
II; 27, 80.
Toledo (Juan de).
II; 78.
IV; 95.
V; 217.
Toledo (Leonor de).
IV; 40.
Toledo (Luis de).
V; 217.
Toledo (Pedro de).
IV; 36, 40, 114.
V; 89.
Tolosa (Ramón de).
I; 114.
Tomisa (el coronel).
III; 390.
Tomoreo (Paulo).
II; 278, 279.
Tonnerre (conde de).
II; 100.
Tordesillas (el bachiller).
I; 382.
Tordesillas (el cuadrillero).
I; 383.
Tordesillas (el regidor).
I; 236, 237.
Torlon (monsieur de).
V; 267.
Tornelio, Tornielo (Felipe, Filipo)
II; 397.
IV; 274, 276.
V; 244.
Tornice (Felipe).
III; 406.
Torniel (oonde Felipe).
III; 141, 319, 399.
— V. Tornelio.
Tornos (Francisco de) .
. II; 181.
Toro (Alonso de).
III; 275.
Toro (el doctor).
I; 380.
25
— 386
Toro (Luis de).
IV; 83.
Torquemada (el alguacil).
I; 382.
Torquemada (el escribano).
I; 383.
Tortosa (el cardenal de).
I; 228, 235, 285, 385, 388,
467.
Torre (Beinal ó Bernaldo de la).
IV; 483-485.
Torre (el licenciado).
I; 382 385.
Torre (Hernando de la).
II; 318, 319.
III; 474, 476, 477, 479.
Torres (el capitán).
III; 399.
Torres (Fernando de).
I; 215.
Torres Rodrigo de).
I; 382.
Tournon (Mr. de).
II; 99.
Tournoth (Mr. de).
I; 469.
Tovar (Alonso de).
V; 217.
Tovar (Diego de).
III; 184, 197, 198.
Tovar (Francsco de).
III; 90, 540
IV; 70.
Tovar (Hernando de).
IV; 338.
Tovar (Juan de).
II; 320.
Tovar (María de).
II; 320.
Tova (Pedro de) .
I; 380.
IV; 99.
Tovar (Sancho de).
IV; 338, 339, 345.
Trafi (monsieur de).
V; 267.
Tramulla (monsieur de).
IV; 55.
395,
Trane (monseñor) .
til; 323.
Tranjeto (duque de).
II; 414.
Treme I ion (Ludovico).
II; 100.
Tremes (monsieur de).
IV; 377.
Tremouille (Mr. de la).
I; 72.
II; 100.
Trertto (el cardenal de).
III; 95.
IV; 488, 492, 503, 504.
V; 68, 95, 103, 172, 224-228, 233,
243, 263-266, 297.
Trento (príncipe de).
V; 106.
Tréveris (Ricardo, arzobispo de).
I; 194, 274, 278, 279, 414, 415.
n; 41, 42.
Tribulcio, Tribuleis (el cardenal)-
II; 303.
ni; 392.
Tribulcio (Teodoro)
II; 409, 410, 412.
Trinidad (señor de la).
IV; 372.
Tros (monsieur de).
V ; 274.
Trullera (monsieur de la).
IV; 435.
V; 277.
Tuchimani (el corsario).
III; 203.
Tumer Hiermé ó lllermé.
V; 17, 20, 21, 23, 32, 36.
Turingia (el landgrave de).
V; 70, 167.
Turrón (Miohael).
I; 445.
U
Ual (Val) de Bretaña (Mr. de la).
II; 186.
Uldemburg (conde de).
V; 70.
Ulloa (Femando, Hernando de).
387 -
I; 335, 358, 360, 377.
Ulloa (Francisco de).
IV; 97.
Ulloa (Juan de).
I; 335.
Ulloa (Pedro de).
I; 378.
Ulloa Sarmiento (Diego de).
I; 377.
Ungocimano (Fray).
IV; 401.
Uranga (el maestro).
V; 305.
Urbal (Mr.).
I; 56.
Urbina (Juan de).
II; 290, 296, 414.
III; 15.
Urbino (duque de).
I; 52, 53, 55, 147-150.
II; 68, 301, 465.
III; 18, 19, 77, 83, 85, 453, 538.
IV; 113.
V; 93.
Urdaneta (Andrés de).
III; 479.
Ureña (conde de).
I; 27, 34, 105-107, 109, 146, 147,
150, 152-154.
Ursino (Camilo).
III; 454.
Ursino (el cardenal de).
I; 194.
II; 303.
Ursino (Julio).
III; 455, 459, 460.
Ursino (Valerio).
ni; 320.
Uruvio (Miguel).
I; 380.
Use de Marmeloyo (Jerónimo)
V; 97.
Usel, Vsel (el comisario).
II; 99.
Utiel (el doctor).
II; 246.
Utrech (el preboste de).
II; 423.
Uzeda (el licenciado),
I; 379.
Vaca (Diego de).
I; 447.
Vaca (Luis de).
II; 23, 93.
III; 427.
Vaca de Castro (el licenciado).
IV; 327-331, 564-567.
Vachacao ó Vachicao (el capitán).
IV; 566, 568.
Vadillo (Pedro de).
ni; 542, 543.
Vaivoda (Juan).
III; 137.
— V. Bai Boda.
Val de Bretaña (Mr. de la).
II; 186.
Valdés (Alonso).
II; 247.
Valdés (el capitán).
I ; 63, 64, 382, 378.
Valdés (el escribano) .
I; 382.
Valdés (el licenciado).
IV; 49, 541.
Valdescorial (señor de).
" I ; 375.
Valdespina (marqueses de).
IV; 36-38.
Valdivia (el capitán).
I; 211.
Valdivieso (el comendador).
I; 378.
Valdivieso (el doctor).
I; 379.
Valencia (conde de).
III; 258.
V; 286, 291.
Valencia (Felipe de).
V; 218.
Valencia (Martín de).
IJJ; 469, 470.
Valentín (Diego).
in ; 292.
- 388 —
Valentina de Milán.
II; 258, 259.
Yalori (Bartolomé).
III; 433.
Valori (Felipe) .
III; 433.
Val Siciliana (marqués de).
III; 178, 261.
Valtierra (el doctor).
II; 93.
Valladolid (Jerónimo de).
I; 382.
Valladolid (Pedro de).
I; 382.
Valle (el maestro).
V; 94.
Valle (marqués del).
II; 469.
III; 486.
IV; 97, 119.
V ; 213, 226, 268.
Vallón (Rodulfo).
IV; 376, 379.
Vandoma ó Vandomo (monsieur de).
III; 186, 187.
IV; 55, 58.
Vandomo (madama de).
III; 520.
Vanrousen (Martín).
IV; 194, 197.
Vargas (el capitán).
V; 234.
Vargas (el licenciado).
I; 93, 97, 160.
IV; 476.
V; 103.
Vargas (Fadrique de).
IV; 340.
Vargas (Francisco de).
I ; 168, 228, 252, 345, 348.
Vargas (Hernando de).
II; 116.
Vargas (Juan de).
III; 99, 114, 407, 464, 518, 521.
Vargas (Marqués de).
V; 267, 269, 278.
Vargas (marquesa de).
V; 269, 279.
Vargas Silva (Hernando de).
III; 143.
Varze (Tomás).
V; 97.
Vastain (conde de).
V; 268.
Vaste (Bernardino de) .
V; 218.
Vasto (marqués del) .
I; 439.
II ; 82, 96, 97, 293, 298, 305, 393,
400, 402, 405-409.
III ; 15, 97, 99, 115, 117, 136, 138,
139, 176, 178, 239, 261-263,
266, 267, 273, 274, 293, 294,
315, 323, 331, 365, 391, 397,
406-409, 430-433, 455-458, 461-
463, 518, 534, 535.
IV; 36, 39, 40, 112, 114, 126,
128, 130, 154, 156, 157, 167,
168, 192, 209, 211, 212, 278,
279, 284, 285, 2S8, 291-295,
298, 299, 301, 372, 373, 376,
379-383, 385, 386, 388-393,
406, 457, 552, 556.
Vázquez (Antonio) .
I ; 292.
Vázquez (Juan).
I; 379.
III; 504, 506.
V; 179, 180.
Vázquez (Martín).
IV; 231.
Vázquez Coronado (Francisco).
IV; 96-102, 131,. 231.
Vázquez de Molina (Juan).
III; 151.
V; 94, 250, 251.
Vázquez de Tapia (Bernardino).
IV; 231.
Vega (Garcilaso de la).
I ; 219.
III; 389.
IV; 331, 439, 562, 565.
Vega» (Hernando de)
I; 18, 160, 228, 252.
II; 319.
Vega (Juan de).
- 389
III; 259.
IV; 10, 95, 243, 333, 382 386,
387, 552, 556.
V; 98, 106, 211.
Veintemilla (Cipión).
III; 239.
Vela (Gonzalo).
I; 261.
Velasoo (Antonio de).
V; 217.
Velasco (Arnaldo de).
I ; 346.
Velasco (el capitán).
I; 382.
Velasco (el licenciado).
IV; 476.
Velasco (Franoisco de).
V; 217.
Velasco (Iñigo de).
I; 35, 229, 274, 457.
II ; 78, 79, 235, 283.
Velasco (Juan de).
II; 77, 82
Velasco (Luis de).
IV; 338.
V; 93, 305.
Velasco (María de).
I; 126, 127. ,
Velasco (Miguel de).
III; 90, 260, 323.
V; 218.
Velasco (Pedro) .
V; 217.
Velasco (Sancho de).
III; 90, 260.
Velázquez (Diego).
I; 186, 210, 211, 213, 499.
II; 168.
III; 479.
Velázquez (Gutierre) .
I; 126.
V; 300.
Velázquez (Juan).
I; 97, 164, 211.
Velázquez (Pedro de).
V; 218.
Velázquez de Guéllar (Juan).
I; 126, 127.
Vólez (Diego).
I; 506.
Vólez (marqués de los).
I; 217, 336, 440-444.
II; 283.
IV; 9, 10, 23, 128, 542.
V; 94.
Vólez (el rey de)
IV; 311.
Vólez de Guevara (Pedro ó Pero).
I; 424, 466, 467.
III; 97, 98, 260.
Velín (mosior de).
III; 518.
Veilut (Andrea).
I; 380.
Vendino (micer Mario) .
III; 114.
Vendóme (Mr. de) .
I; 498.
II; 184.
— V. Vandoma.
Venecia (duque de).
III; 540.
Venegas (Fernando).
II; 246.
Venerto (Christóforo de).
I; 122.
Venturí (Juan).
III; 450, 453, 454.
Venvoisiere (Mr. de la).
II; 101.
Venza (marqués de la).
IV; 38.
Vera (Alonso de).
I; 346.
Vera (Diego de).
I ; 65, 185, 208, 267-270, 349, 400,
470-472, 479.
II; 164.
III; 471.
Vera (el capitán).
I ; 424.
Vera (Pedro de).
III; 469-471.
Verdugo (Francisco) .
IV; 78.
Verdugo (Melchor) .
— 390
III; 491.
Vergancía ó Verganza (duque de).
IV; 263, 265-268.
Verganza (duquesa de).
V; 293.
Vergara (el capitán).
IV; 331.
Vergi (Guillermo de).
II; 216.
Verglies (Mr. de).
I; 487.
Verjí (señor de).
IV; 459.
Vertenbergue (duque de).
III; 362, 374.
Vesiñano (príncipe de).
III; 459, 461, 463.
Vía (Maeto de). .
II; 31.
Viamonte (Francisco de).
I; 469.
IV; 144.
Viamonte (Hernando de).
III; 90.
Viamonte (Juan de).
III ; 518.
Viana, Viena (conde de).
III ; 319.
V; 167.
Vibola (Leonardo de).
IV; 37.
Vicencio (Nicolao) .
I; 138, 139, 143.
Vidame de Chaitres (Mr. de).
II; 99.
Vigo (Gonzalo de).
III; 472.
Vilar (conde de).
III; 319.
Vilerio de Lisadan (Filipo).
II; 163.
Villadiego (Andrés y Francisco).
I; 382.
Villaescusa (Diego de).
I; 147.
Villaescusa (el doctor).
I; 2, 359.
Villaf ranea (Francisco de).
I; 381.
Villaf ranea (marqués de).
I ; 68, 184, 229.
III; 179, 316.
IV; 37, 40, 244, 542.
Villafuerte (el tendente).
III; 542.
Vülagómez (un tal).
IV; 381.
Villahermosa (duque de).
I; 68.
Villalar (Diego de).
I; 501.
II; 247.
Villalba (el coronel).
I; 61, 62, 118.
Villalobos (Rui López de).— V. López
de Villalobos (Ruy).
Villalpando (Hernando de).
I; 382.
Villamarino (Bernaldo de).
II; 408.
Villamurie! (el doctor).
I; 376.
Villandrando y sus hijos.
I; 454.
Villanova (Ángel de).
II; 460.
Villanueva (conde de).
I; 184.
Villanueva (Tomás de).
IV; 449.
Villaquirán (Valeriano de).
I; 49.
Villarro (Alonso de).
IV; 307.
Villasante (Alonso) .
II; 357.
Villasaña (el alcalde).
I; 100.
Villasaña (el consejero).
I; 134.
Villastes (conde de).
V; 229.
Villegas (el licenciado).
I; 455.
Villena (el licenciado).
I; 379.
— 391
Villena (marqués de).
.1; 115, 154, 167, 168, 198, 229,
449, 464, 465, 469.
IV; 270, 272.
V; 87, 291-293.
Villiers de l'lsle (el gran maestre).
II; 24.
Vincort (señor de).
IV; 459.
Violo (marqués de).
IV; 38.
Viot (Mr. de).
II; 99.
Vique (Jerónimo).
I; 199.
Virago (Pedro de).
II; 467.
III; 16.
Virueña (Miguel de).
IV; 214.
Virués (Alonso de).
III; 427.
Viseo (el cardenal de).
IV; 186.
Visiniano (príncipe de).
III; 261, 264, 331, 356.
Vistarino (Ludovico).
HI; 398.
Vistirto (Jerónimo).
III; 399.
Vitelo (Alejandro).
III; 429, 430, 433, 434.
IV; 115, 505.
Vitemberg (Udalrico de).
V; 15.
Vitenberg ó Vitemberg (duque de).
ni; 224.
IV; ¿46, 534
.V; 7, 9, 11, 14, 15, 43, 70, 215,
216.
Viterbo (el cardenal Egidio de).
I; 149, 150.
Vivas (Alonso).
IV; 117, 515.
V; 32, 214.
Vives (Alonso de).
IV; 449.
Vizocaino (Juan) .
II; 408.
Volfgange der ¿Baibrug? (duque de).
V; 46.
Volterra (el cardenal de).
I; 139.
Vozmediano (el capitán) .
I; 369.
W
Walturg (barón de).
V; 170.
Wurtemberg (Ulrioo, duque de).
II; 197.
X
XabinL(Mr. de)..
II ; 29. .
Xalon (Fíliberto de).
ni; 58.
Xaurani (Sr. de).
n; 99.
Xebres (señor de) .
III; 60.
— V. Chievres.
Xemi (mosior de) .
III; 321.
Ximénez (Fray Francisco).
I; 9, 13, 36, 37, 95, 97, 99-102,
104-106, 108, 113, 115-120,
123, 125, 127-129, 132-137,
140-142, 155, 160-163, 165,
168, 185, 218, 348, 506
n; 162.
— V. Jiménez de Cisneros,
Xirache (marqués de).
III; 239.
Xuárez (Antonio) .
I; 381.
Yáñez (Juan) .
IV; 332, 449.
Zai (El).
III; 137.
Zallagallo (marqués de).
IV; 38.
— 392
Zambrano (el bachiller) .
I; 381.
Zamora (Francisco de).
I; 382.
Zamora (Gonzalo de).
I; 381.
Zapata (Bernardino) .
I; 381.
Zapata (el licenciado).
I; 97, 134, 160, 162, 252, 345, 399.
Zapata (Francisco y Pero).
I; 348.
Zapata (Gabriel).
V; 218.
Zapata (Juan) .
I; 346, 348, 377.
Zapata (Luis).
V; 268, 276.
Zapata (Lope) .
V; 218.
Zapata de Cárdenas (Pero).
III; 78, 118.
Zarate (Agustín).
IV; 365.
Zarate (el alcalde).
I; 119.
Zelín (el gran turco).
I; 78.
Zenete. — V. Cénete.
Zimbron (Sancho) .
I; 378.
Zofi (El).
III; 202, 217, 218.
Zolnera (conde de).
V; 171.
Zuazo (Alonso de).
I ; 129.
Zucrero (Juan).
I; 417.
Zufi (El).
III; 246.
Zugro (Reinaldo de).
IV; 37.
Zuinglio.
III; 112.
Zúñiga (Alonso).
II; 10, 226, 283.
Zúñiga (Alvaro de).
I; 142, 452, 454, 473, 474, 477.
Zúñiga (Antonio de).
I; 117, 140-142, 147, 447-454,
460-465, 471-486, 505, 506.
II; 23.
V; 268.
Zúñiga (el capitán).
I; 38, 424.
Zúñiga (el doctor).
I; 377.
Zúñiga (Juan de).
III; 465.
IV; 172, 203, 238, 268, 540.
V; 217.
Zúñiga (Leonor de).
V; 293.
Zúñiga (Pedro de).
I; 452, 462, 473, 483.
II ; 248.
III; 10, 258.
Zúñiga y Sotomayor (Francisco).
III; 136.
Zurbano (Jerónimo).
IV; 563-565.
^y-v-<
TABLA ALFABÉTICA
de los nombres geográficos citados en esta Crónica.
Abgusburge, Absburgue.
III; 245, 248.
Abre el Ojo (isla).
IV; 483.
Abrojo (El).
I; 163.
Abruzo.
I; 510.
II; 399, 401.
Acapichiqui (Tierra de).
IV; 144.
Acatique.
IV; 130, 214.
Ada ó Adda.
I; 439.
II; 69, 465.
IV; 388.
Adava (provincia) .
IV; 139.
Aden.
III; 549, 551.
Adra.
IV; 85.
Aeste.
I; 10.
II; 207.
Aezooa.
I; 61.
África (ciudad) .
III; 285.
Aguanil.
I; 187.
Agua Pendente.
III; 352.
Aguas Muertas.
III; 518-520.
IV; 190.
V; 171, 228, 229.
Aguer (cabo de) .
IV; 135, 136, 138, 140-142, 309.
Águila (El).
I; 462, 473, 474, 479.
Águilar de Campóo.
I; 160, 161.
Águilas (Las).
IV; 83.
Aguilera.
I; 155, 160, 161, 182.
Aicamburc.
IV; 360.
Ailla.
IV; 174.
Ajofrín.
I; 465, 476.
Ala.
III; 136.
V; 264.
Alaejos, Alahejos.
I; 228, 260, 261, 263.
Alandera.
IV; 265.
Alanzon (ducado de).
IV; 425.
Alanzuet.
IV; 508.
Álava.
- 394 —
I; 66, 455, 456.
Alba (abadía).
IV; 268.
Alba (ciudad de Italia).
III ; 433, 455, 459, 460, 462.
IV; 209, 392.
Albacete.
II; 226.
Alba de Tormes.
II; 92.
V; 178.
Alba Real.
IV; 273-278.
Albi (castillo) .
IV; 297-300.
AlbíS (río).
V; 22, 27, 32, 47.
Alborán. — V. Arbolan.
Alborolt.
V; 287.
Albufera (La).
IV; 204.
Alcalá de Henares.
I; 9, 162, 168, 451-453.
IV; 204, 242, 453, 540, 541.
V; 86, 89, 177, 210, 215.
Alcaraz.
I; 449.
II; 226.
Alcázar (Marruecos) .
V; 305.
Alcira.
I; 416, 420, 443.
Alconetar.
II; 92.
Aldea Tejada.
IV; 268.
Alejandría (Egipto).
I; 134.
II; 161.
Alejandría (Italia).
I; 507, 508.
II; 68, 95, 305-307, 393.
IV; 40, 389.
V; 241, 242.
Alejandría de la Palla ó de la Pallia.
I; 55, 72.
III; 389.
IV; 36.
Alencon.
II; 194.
Alestj Aieste.
III; 42.
Alfaques ó Al-Faques.
IV; 70, 71, 73, 74, 76, 77.
Algarbes.
I; 205.
Algeciras.
I; 205.
Alguer.
IV; 118.
Alicante.
II; 12.
Aljarafe (El).
I; 35.
Almazar.
IV; 68.
Almeirin.
I; 185.
Almería (España) .
II; 16, 248, 461.
Almería (Indias) .
I; 372, 374.
Almonacid.
I; 476, 477, 480.
II; 121-123.
Almoradis.
IV; 137.
Almunia (La).
II; 102.
Alpes.
I; 81, 508.
II; 67, 287, 288, 304, 393, 395;
399, 464, 466.
Alpsia.
V; 45.
Alpujarras.
II; 17.
Alquer.
IV; 139.
Alta Burga.
III; 23.
Aluere.
I; 73.
Amberes.
I; 85, 89, 487.
■v^
595
— V. Anvers.
Ambois.
IV; 51.
Amersfort.
IV; 258.
Amienes.
III; 46.
Amulas.
IV; 174.
Amprouena.
II; 184.
Ampudia.
I; 450, 456, 457.
Amusco.
I; 422.
Anapola.
III; 401.
Ancona.
I; 148, 149.
Andena.
IV; 287.
Ar.desana.
IV; 284-287, 370, 372.
Ando.
III; 45.
Andrevas (señorío de).
IV; 417.
Andrusa.
III; 198.
Andújar.
I; 405.
Anela.
IV; 296.
Angeles (Los).
II; 470.
V; 92.
Angulema.
IV; 51.
Anicoyan.
IV; 447.
Anna.
IV;. 406.
Anniaeste.
IV; 415.
Antequera.
I; 483.
Antibes.
II; 82, 83.
Antibre.
III; 407.
Antivo.
III; 399.
Anvers.
IV; 62, 65.
Apalachen (Tierra ó provincia).
ni; 481, 482.
IV; 443.
A pariera.
III; 49.
Apulla.
II; 399, 400.
IV; 32.
— V. Pulla.
Aquila.
I; 10.
II; 158, 399. .
Aquipana (provincia) .
IV; 447.
Aquisgrán.
I; 233, 266, 275-279, 401.
II; 40.
III; 106, 107.
IV; 360, 458.
V; 70.
A race.
IV; 100.
Araje, Araja.
IV; 293.
V; 230.
Aranda de Duero.
I; 83, 154, 155, 160, 182, 183.
II; 226.
V; 87, 224, 290, 291.
Arbenga.
IV; 293.
Arbolan, Alborán (isla).
IV; 84, 85.
Arceo, Arzeu.
IV; 84.
Arcila.
I; 36, 40.
Arcos.
I; 32, 33.
Archidona.
II; 234.
Ardenas (Selva de).
— 396 —
V; 171.
Arélate (reino y ciudad).
V; 171.
Arenas.
III; 389.
Arenburg (castillo de).
IV; 258.
Arequipa.
IV; 562, 566.
Arévalo.
I; 126, 127, 176, 247, 254, 256,
272, 287, 288, 422, 424, 451.
Argel.
I; 41, 132, 185.
II; 162, 416.
III; 26, 27, 281, 412, 414.
IV; 66, 78, 79, 85, 111, 116-122,
145, 153, 165, 193.
V; 305.
Argeles.
IV; 168.
Argentaría (valle de).
. I; 81.
Argentina.
IV; 103, 458.
V; 7, 17.
Arguienais? (1). — V. Eliaguiya.
Argos.
III; 532, 534.
Arjés de Asan.
IV; 412.
Arloy.
IV; 207.
Armagnac.
I; 57.
Armenia la Mayor.
I; 79.
A roña.
II; 397.
Arscot.
II; 214.
Arta de la Prevesa.
III; 523.
Artoes.
III; 34.
Artois.
I; 492.
II; 156, 189, 190, 208.
III; 36, 39-43, 45, 46, 48, 55.
IV; 414-418, 421.
Arras.
I; 74, 233.
II; 110, 189. ■
III; 36, 37, 39, 45
IV; 65, 417.
Arratia.
I; 456.
Arrecifes (isla de los).
IV; 482.
Asaes.
III; 402, 404, 405.
Asconia (provincia) .
IV; 207.
Asia, Hasa, Hesse.
III; 222, 224.
Asia Mayor.
IV; 556.
Assisi.
I; 149.
Aste, Asti.
I; 72.
II; 189, 242, 304, 393.
III; 50, 390, 391, 408, 430, 431,
433, 459, 464.
IV; 285, 292, 298, 379, 382, 389,
393.
Aste (condado de) .
III; 91.
IV; 423.
Asterez.
IV; 525.
Astorga.
I; 19.
V; 305.
Astudillo.
I; 422.
Atenas.
I; 205, 353.
(l) Esta y otras referencias de voces dudosas corresponden á nombres que transcribe Sando-
val en su «Historia de la vida y hechos del Emperador Carlos V>, si bien conviene advertir que la-
ortografia geográfica de este autor es poco más ó menos tan imperfecta como la de Santa Cruz.
397
Atienza.
I; 20, 119.
Atrar (El).
III; 202.
Aube.
II; 215.
Aucona (vizcondado de).
IV; 417, 423.
Auconies.
IV; 421.
Audenarde.
I; 496, 498.
Augusta.
III; 94, 106.
IV; 458, 505-507, 524, 525, 535,
537.
V; 7, 8, 10-13, 70, 94, 167, 214,
215, 249, 265.
Auvernia.
II; 202.
Auxerre.
II; 193, 194.
Auxon, Auxonne.
II; 173, 213.
Avarino.
III; 199.
Avene, Avenes.
IV; 401, 415.
Aversa.
II; 299, 414.
Avesnes. — V. Zaners.
Ávida.
III; 401.
Avila.
I; 185, 208, 243, 248, 249, 251,
252, 261, 272, 273, 286, 289,
384, 424, 426.
V; 305.
Aviñón.
IV; 195.
V; 171.
Aye.
III; 433.
Azamor.
IV; 138, 141-143, 309, 311.
Azemur.
I; 76.
B
Babilonia.
I; 407.
III; 418.
Bacalaos (Tierra de los).
II; 93.
Badajoz.
II; 88, 89, 93.
III; 468.
IV; 263, 268.
Baeza.
I; 371, 429.
II; 280.
IV; 25, 149.
Bagdat.
III; 418.
Baglione.
II; 402.
Bahama (canal de).
IV; 567.
Bahía Honda.
IV; 443.
Bairenburga.
V; 70.
Banderas (Valle de).
IV; 216.
Barcelona.
I; 11, 193, 196, 198, 199, 202,
205, 209, 210, 214, 215, 221,
222, 224, 267, 400.
II; 17, 159, 160, 162, 165, 411.
461.
III; 176, 177, 239, 255, 261, 434,
501, 506, 507.
IV; 78, 168, 169, 199, 201, 203,
221, 241-243, 261, 262.
V; 223, 227, 228.
Barleta.
I; 4, 8.
III; 50.
Barsu.
II; 215.
Bar-sur-Sena, Bar-sur-Seine.
II; 190, 193, 194.
III; 31.
Barrenees.
IV; 421. .
- 388 -
Barrí.
IV 3 401.
Basilicata.
I; 4.
Bastía.
III; 453.
Basusena.
ni; 52.
Baviera (ducado de).
IV; 246, 506.
Bayona.
I; 61, 62, 479.
II; 76, 79, 233, 443-445.
IV; 50, 51.
Baza.
I; 370.
II; 16.
III; 118, 119.
Bearne.
I; 60, 61.
Beauprés.
II; 203.
Becerril.
I; 422, 458.
II; 294, 321.
Behovia.
II; 8.
Bejeben.
III; 536.
Belgrado.
I; 493.
II; 327.
III; 137.
Beljoyoso.
II; 464.
Belcrado.
I; 351, 352.
Benalcázar (gobernación de) .
IV; 568, 569.
Benavente.
I; 19, 20.
Bendiguen.
IV; 520, 521.
Beovia (río de).
IV; 50.
— V. Behovia.
Berbería.
• I; 41.
IV; 73, 77, 78, 120.
Berchenijo.
IV; 208.
Bergamo.
I; 39, 73, 78, 80.
II ; 465.
Bermejo (mar) .
ni; 548.
Bermendois.
ni; 46.
Bernia (sierra de).
II; 120.
Bersel.
III; 535.
. IV; 40.
Besancon.
I; 5, 6.
Biagrasa, Bíagrassa.
n; 69, 396.
III; 464.
B ¡cocea.
I; 510.
Bievres.
II; 215.
Bígon.
ITI; 455, 458, 459, 461, 463.
Bilbao.
II; 148.
Bínce.
V; 267, 280, 284, 286.
Biserta.
III; 285, 301-303.
Blanco (cabo).
III; 451, 523.
Blos.
IV; 51.
Boada (río) .
IV; 138.
Boamitios (Los)
V; 171.
Boano (castillo).
III; 408.
Boecillo.
I; 423.
Bogotá.
III; 544, 545.
IV; 568.
Bohemia.
— 399 —
II; 308.
IV; 459 491.
Bojara.
III; 389.
Boldus.
IV; 65.
Bolones (El).
IV; 415, 417.
— V. Volanoes, Zaners.
Bolonia.
I; 49, 41, 55, 83.
II; 190, 309.
III; 67, 68, 76, 93, 174, 175,
362.
IV; 117, 205, 397, 405, 428,
431, 436, 440, 461-463.
V; 68, 69, 85, 86, 91, 103,
108, 113, 294, 297, 298.
Bolonias (condado de).
III; 44.
Bolonnés (condado de) .
IV; 41.
Boloña.
I; 45, 47.
III; 429.
Bollentives.
IV; 459.
Bomberga.
V; 42.
Bona (África) .
II; 162.
ni; 278-280, 285.
IV; 68, 69, 114.
Bona (Alemania) .
IV; 247.
Bonda (Tierra de).
III; 548.
Bonñngen.
V; 7.
Bonifacio.
IV; 118.
Bono (cabo) .
III; 301.
IV; 70.
Borbonés.
II; 102.
Borbon la Ney.
II; 203.
338,
429,
106-
Borgoña.
I; 24, 193, 205, 434.
II; 67, 110, 114, 152, 155, 173,
175, 184, 187, 194, 208, 235,
293.
III; 32, 48, 52.
IV; 257, 417, 418, 421-423, 425.
V; 166, 171, 216.
Borístencs.
V; 85.
Borneo. — V. Burneo.
Boscho.
II; 305.
Botillera, Botillería.
III; 431.
IV; 155, 210.
Brabante.
I ; 89, 205, 232, 275.
III; 34, 48, 174.
IV; 418, 421.
Bragint.
V; 42.
Brama.
IV; 458.
Brancuig.
V; 43.
Braniente.
V; 44.
Branivig.
IV; 458.
Braquena.
III; 46.
Brasil.
II; 18.
III; 487, 489.
Braus (castillo de).
IV; 51.
Bravancia (ducado de).
IV; 207, 456, 458.
Bravante (ducado de).
IV; 205, 257.
Bredevende, Bredeborde, Bredeverde
(señorío de).
III; 45.
IV; 417. .
Brema.
IV; 433.
V; 43.
400
Brentz (río).
IV; 525, 526, 534.
Bresa.
I; 55, 160.
Brescia.
I; 39, 78.
Bretaña (ducado de).
I; 20, 417
II; 7, 214.
Briangon.
II; 69.
Brindes, Brindis, Brindisi.
I; 39.
III; 15, 16, 452, 531.
B riñóla.
III; 401.
Briquirasco (castillo de).
III; 461.
Brisolengo.
V; 263.
Briuz.
V; 9.
Briviesca.
I; 357.
— Vibriesca.
Brochio.
I; 148.
Brueque.
III; 403.
Brujas.
I ; 85, 143, 266, 490, 514.
IV; 458.
Bruselas.
I; 23, 85, 101, 103, 104, 110,
232, 233, 435, 485, 494,
IV; 41, 59, 65, 102, 207,
255, 257, 359, 366, 432,
438, 441, 456-458.
V; 214-216, 280.
Buda.
II; 277, 278, 280.
IV; 105, 111, 192, 206, 274.
Buena Esperanza (cabo de).
II; 21, 295.
III; 475.
Buena Ventura (puerto de la)
IV; 328.
Buenos Aires.
113,
512.
253,
433,
III; 487, 489.
Buggenhout.
I; 232.
Bugía, Bujía.
I; 40-42, 132.
II; 115.
IV; 120, 127.
Buibon (castillo y sierra de).
IV; 136, 310.
Buitrago.
I; 452.
II; 174.
Buje.
IV; 214.
Bujía V. Bugia.
Bulaque.
I; 133.
Burbio (río).
IV; 36.
Burdeos.
I; 62.
IV; 51.
Burgo (El).
I; 439.
Burgos.
I; 20, 21, 29, 31-33, 43, 45, 48,
50, 51, 69, 83, 84, 94, 137,
178, 222-225, 247, 252-254,
262, 273, 286, 350, 353, 356-
358, 370, 371, 393, 398, 399,
428, 455, 457, 470, 471, 479.
II; 76, 92, 210, 355, 415, 419, 420.
III; 337.
IV; 50, 88, 89, 145, 151, 152.
348, 351.
V; 93, 249.
Burguete.
II; 77.
Burguillos.
I; 481.
Burique (castillo de).
IV; 287.
Burjasot.
II; 14.
Burneo, Borneo.
II; 20.
Busca.
III; 456.
— 401 —
Cabezón.
I; 371, 423.
Cabolimón.
III; 432.
Cabo Verde (islas de).
II; 89, 90.
Cabrera (isla de).
IV; 120.
Cáceres.
IV; 149.
Cadalso.
V; 87.
Gadaqués.
II; 159.
IV; 243.
V; 229.
Cádiz.
I; 44.
II; 355.
Cafranque (cabo) .
III; 301.
Cairo (El).
I; 133, 134.
Gaisal.
IV; 156.
Cajalgraso.
III; 432.
Cajamalca.
III; 166-169, 173, 189, 190, 193.
Cajas.
III; 167.
Cajatabo.
III; 192.
Calabazas.
I; 478.
Calabria.
I; 4, 5, 8.
II; 68, 146, 147, 159, 402, 404.
III; 452.
IV; 289.
Calais.
I; 203, 222, 231, 264-266, 487 .
488, 491, 493, 496, 498.
IV; 397.
Cala/tayud.
I; 84, 85,
Calatrava (Campo de),
IV; 25.
Calés.
ni; 370.
Calicutj Calicud.
I; 210.
II; 21.
Gaübia.
IV; 60, 61, 77.
Calis.
IV; 354.
Calzada de Béjar.
II; 92.
Callar, Caller.
III; 262.
IV; 118.
Cámaro.
III; 476.
Camao.
II; 319.
Camarino.
III; 539.
IV; 112.
V; 97.
Camarón.
III; 549.
Cambaya.
III; 495, 496,-548, 549.
Cambia.
III; 432.
IV; 209, 211.
Cambray, Cambrai.
III; 27, 30, 337, 338, 346, 353
361, 373, 382.
IV; 59, 257, 427, 428, 431.
Cambresi, Cambresic.
IV; 255, 257, 428, 431, 432.
Cami.
I; 487.
Camilo.
II ; 402.
Campanela.
II; 406.
Campania.
I; 4.
Campo (El) .
IV; 268.
Canales.
26
— 402 —
Ij 476, 477, 480.
Canaria, Canarias (islas de).
I; 205, 492, 493.
II; 17.
III; 487.
V; 249.
Candía.
II; 34.
Candigar (isla) .
IV; 482.
Canterbury.
I; 230, 514, 515.
Capadocia.
I; 79.
Cap-Breton.
II; 76.
Capecho.
I; 187.
Capitanata.
I; 4.
Capri.
III; 406.
Capua.
I; 4.
Carada.
III; 430, 431.
Cararnania.
III; 411, 412, 414, 417.
Caramís.
III; 411.
Caraques (Los) .
III; 490.
Carboneras.
I; 447, 449.
Carintia.
II; 277.
IV; 506.
Carinan.
III; 455, 458, 463, 464.
IV; 211, 222, 287, 296, 300-302,
368-370, 372-374, 381-386, 388,
389.
Carmania.
I; 79.
Carmenóla, Garmenolla, Carmenóla,
Carminóla.
III; 431, 432.
IV; 212, 296, 300-301, 368-370,
372-376, 378, 380, 381.
Carminarola.
III; 464.
Carniola.
II; 277.
Cartagena.
I ; 37, 38, 275, 348, 349, 442, 449.
II; 11, 269.
IV; 79, 83, 119, 128, 302.
Cartagena (Indias) .
IV; 220, 568.
V; 92.
Cartago.
III;' 263, 265, 266.
IV; 68.
Carrezo.
IV; 391.
Car r ion.
I; 369, 422.
II; 226.
Carruán.
IV; 73, 75.
Casal.
III; 409.
Casa ¡mayor.
II; 96.
Casano.
I; 38.
Casar de Monferrar.
IV; 388.
Casargraso.
IV; 376.
Caselion.
II; 393.
Cases.
II; 83.
Casfel.
V; 44.
Caspio.
IV; 432.
Castelomare.
II; 405.
Castellón.
III; 202.
IV; 210.
V; 228.
Castenalto.
III; 397.
— 403 —
Castilformajer.
IV; 285.
Castilgiielfo.
V; 102.
Castilnovo.
I; 9, 139.
II; 159, 355.
III; 400, 528-531.
IV; 27-33, 36, 155, 209, 210,
271, 287.
V; 89, 90.
Castiluchí.
V; 257, 258.
Castillo de la Plana.
I; 418.
Castillo del Lobo, del'Ovo.
I; 9.
Castolerao (ducado de).
IV; 425.
Castro.
III; 452.
Castrojeriz.
I; 347.
Castromocho.
I; 422.
Cataluña.
I; 7, 197, 207, 337, 347.
II; 210, 211.
IV; 77, 333.
Catania.
I; 138, 139.
III; 422.
Cataro.
III; 450, 453, 528.
IV; 29.
Caya (río) .
IV; 265.
Gayas.
IV; 567.
Cayas (Tierra de).
IV; 457.
Cazorla.
I; 370.
Ceba.
IV; 284, 285, 292.
Ceba (marquesados de) .
IV; 36, 40.
Celanda, Zelanda.
I; 85.
IV; 63, 65.
Celfín (ducado de).
IV; 421.
Cempoal, Zempoal.
I; 372.
Cendal.
III; 431.
Cénete.
V; 257.
Cerdaña.
I; 126.
II; 210, 211.
Cerdeña.
I; 43.
II; 460.
III; 262.
IV; 66, 117, 118, 556.
Cerete.
IV; 174.
Cerezola.
IV; 374, 375.
Confióla (La).
I; 7-9.
Certosa (La) .
I; 509.
Cervatos.
I; 422.
Cervera.
IV; 201.
— V. Corvera.
Cervia.
I; 39.
Ceteni.
IV; 246.
Ceuta.
V; 305.
Ceva.
III; 537.
Cüelut?, Clelen.
III; 42.
Cilicia.
I; 79.
Cimarra.
III; 451.
Cinco Iglesias.
IV; 274.
Ciqueñaque (río) .
— 404 —
IV; 307.
Citardia.
IV; 208, 259.
Ciudad de ios Reyes.
V ; "92.
Ciudad Real.
I; 482.
Ciudad Rodrigo.
V; 93, 306.
Civítavieja. Civita Vieja.
II; 302.
III; 261.
IV; 394.
Givola.
IV; 96-100.
Claramonte.
II; 202.
Cielen.- V. Cilelut.
Cleves (condado de).
III; 45.
Cleves (ducado de).
IV; 250.
Coaque (puerto).
III; 124.
Coca.
I; 228, 246, 260, 451.
Cocen taina.
I; 234.
Coibricia.
V; 16.
Coina.
IV; 214.
Colibre.
III; 168, 169, 174.
IV; 506.
V; 209, 227-229.
Colígua.
IV; 447.
Colina.
IV; 131.
Colmenar de Arenas.
II; 294.
Colonia.
I; 376, 379.
III; 106.
IV ; 247, 360, 457, 4f 8.
V; 70.
Collao (El).
ni; 491, 492.
Comar (castillo de).
IV; 275, 276.
Comersi.
IV; 394, 396-398.
Comistra.
ni; 199.
Como.
I; 507, 508.
II; 303.
III; 115.
Compostela.
III; 486.
IV; 130, 131.
Condía.
III; 320.
Conflans.
II; 110, 190.
Confluencia.
IV; 247.
Coni.
III; 321.
Conqua.
I; 406.
Constancia,
V; 214.
Constantina.
III; 238.
Gonstantinopla.
I; 79, 196.
II; 161, 277, 278, 280.
III; 411, 450, 548.
IV; 32, 68, 273, 274, 278, 298,
389, 394, 557.
Consuegra.
I; 142, 167, 446, 448, 452.
Copiaco, Copiapó? (valles de).
III; 492.
Corales (islas de los).
IV; 482.
Corazones (valle de los).
IV; 98, 99.
— V. «El de los Corazones».
Córcega.
I; 205.
III; 114, 115.
IV; 66, 118, 556.
Córdoba.
— 405 -
I; 33, 34, 205, 429
I; 39, 439, 507, 508, 511, 512.
II; 245.
II; 66, 68, 96, 239, 262, 303".
V; 249.
IV; 244, 245, 390-392, 426.
Corfú.
V; 101, 242, 257.
III; 450, 452, 453,
532.
Crepacot.
Coria.
IV; 257.
IV; 268.
Crisleven.
Corno?, Como?
I; 406.
V; 242.
Cromania.
Cortamilla.
V; 176.
IV; 36.
Cuba (Isla de).
Cortes.
I; 130, 186, 187, 210, 213, 499
II; 121.
II; 168, 172.
Cortona.
IV; 217, 218, 235, 442, 447.
III; 15.
V; 92, 305.
Coruña.
Cuéllar.
I ; 18, 19, 200, 208,
219, 222,
224;
I; 452.
227-230, 233, 235, 238,
239,
Cuenca.
271, 285.
I; 462.
II; 88, 91, 164.
V; 93, 195, 209.
III; 259, 468, 469
Cuina.
IV; 312.
IV; 130.
Corvera, Corbera.
Cuique.
I; 235, 416, 445.
IV; 100.
Corral de Almaguer.
Culiacán, Culoacán.
I; 449, 454.
IV; 97, 98, 1Q2.
Gorrón.
Cullera.
III; 144, 147, 178,
179, 181,
183,
I; 214.
184, 197-200.
Cunaque.
Cosenza.
II; 236.
I; 5.
Cuña.
III; 303.
ni; 114.
Cositachique.
Cusago.
IV; 444.
III; 219.
Coirón.
Cutfania (condado de).
III; 522, 523.
IV; 258-260, 416, 419.
Coza (provincia de) .
Cuyuacán.
IV; 445.
II; 168.
Cozumel.
Cuzco (El).
I; 191, 211.
III; 167, 173, 191, 225, 490-494.
Crecentín.
IV; 329-332, 562, 563, 566.
III; 535, 537.
V; 92.
IV; 155, 368, 370.
Crema.
OH
I; 39.
Chafalonía.
Cremes.
III; 451, 522.
III; 136, 139.
Champanel.
Cremona,
ni; 496.
— 406 -
Chanson.
II; 212.
Charcas (Los).
III; 492.
IV; 5G6, 568.
V; 92.
Üharlcis (condado de).
IV; 422.
Charoláis.
II ; 184, 212.
Chateau Thierry ó Tierri.
IV; 401, 405.
Cha telón, Chatelon so Marne.
IV; 401, 405.
Chatelsino.
II; 212.
Chavar.
V; 300.
Chávete.— V. Dechavete.
Chebay.
III; 139.
Chiapa.
II; 316.
V; 92.
Chiavarino.
IV; 274.
Chicaza. — V. Dechicaza.
Chile.
III; 491-493.
Chiümasa.
III; 172.
Chillas.
III; 433.
China (isla de la).
III; 472.
Chincha.
III; 192.
Chinchilla.
I; 472.
Chinchón.
I; 347, 447, 448.
Chipre.
II; 161.
IV; 559.
Chirasco.
III; 459.
Chubel.
III; 265, 267, 273.
Chupas.
IV; 331.
Chuquisaca.
III; 492.
Chusa (La).
III; 492.
D
Dahamun.
III; 267.
Damasco.
I; 133, 134.
IV; 558.
Danahim.
III; 267.
Danubio.
II; 278.
ni; 136.
IV; 111, 246, 274, 506, 507, 511,
518, 521-526, 537.
Danvílla.
IV; 207.
Dará.
IV; 135, 310, 311.
Darién.
I; 211.
Dauxerrois (condado de).
III; 31.
Davenes.
IV; 255.
Dechavete (provincia) ó de Chávete.
IV; 448.
Dechicaza (provincia) ó de Chicaza.
IV; 446.
Deguvos.
III; 112.
Delftnado, Delfinazgo (El).
I; 492.
II; 69, 114, 202, 214.
V; 171.
Delfos.
II; 161.
Demisiones (provincia) ó de Misiones.
IV; 448.
Denia.
I; 234, 416-419, 423, 445.
II; 404.
IV; 83.
407 —
Detres.
III; 406.
Díet.
IV; 253.
Dijon.
II; 110.
Dinamarca.
I; 490.
II; 71, 74, 75.
IV; 368, 428.
Dísdan.
I; 435.
Diu.
III; 495-497, 549, 552.
Dolce.
IV; 112, 113.
Dombu.
II; 203.
Donchery.
I; 491.
Dos Barrios.
I; 462, 471, 472, 479.
Dos Sícilias.
I; 193.
Douay, Duay.
II; 189.
III; 37, 38.
IV; 65, 412.
Duvres.
I; 230, 232, 514.
Draguignan.
II; 83.
Dueñas.
I; 248, 337, 357.
II; 294, 321.
Dulce (río).
IV; 220.
Dulce, Dulde.
V; 264.
Dulcínde (reino de).
III; 496.
Dura.
IV; 208, 241, 247, 249, 250, 253.
E
Ebro.
I; 466, 467.
Écija.
II; 245.
IV; 149.
Edimburgo.
IV; 430.
Egenoa.
IV; 66.
Egipto.
I; 134.
Egli.
IV; 558.
Egra.
V; 18-20, 22.
Elche.
I; 234, 417, 440.
II; 12.
«El de los Corazones» (pueblo).
III; 485.
Elere (río).
IV; 296.
Eleresus?, el Sóror?
III; 42.
Eli.
IV; 415.
Eliaguiya, por Nelli, Argnienais?
III; 42.
Elma.
V; 229.
Elocale.
IV; 443.
Elves.
IV; 265, 268.
Embers, Envers.
IV; 41, 65, 158, 197, 207, 456
458.
V; 285.
Embrouoysin? (condado de).
II; 202.
Enaoj Henao.
III; 48.
Enbulonois.
III-; 42.
— V. Zaners.
Entutepeque.
II; 168.
Envers, Envres. — V. Amberes, An-
versj Embers.
Entrefolcos (Tresforcas) (cabo de).
— 408
IV; 84.
Epernay.
IV; 404, 405.
Eras (islas de).
IV; 393.
Erelen.
IV; 19.
Escala (Paso de la).
I; 77.
Escalda.
I; 497.
Escalona.
I; 465.
III; 399.
V; 87.
Escardona.
III; 454.
Escaroz.
I; 468.
Escaule.
II; 405.
Esclavonia.
III; 454.
Escocia.
I; 74.
II; 71.
IV; 430.
Escombrera.
IV; 79.
Escriva (río) .
IV; 383.
Escura.
IV; 310.
Eschirazo.
III; 459.
Esdan.
I; 488.
Eslesia.
IV; 208.
Esmalkalde.
V; 44.
Espadan.
II; 122, 123.
Espanta-viento (cabo de)
IV; 289.
España (mar de).
I; 18.
Española (isla).
I; 69, 76, 77, 189, 211.
II; 169, 469.
IV; 217, 218, 220, 224, 235.
V; 92.
Especerías (islas de).
III; 468, 472.
Especia (puerto de la).
III; 518, 521, 522.
IV; 114, 117, 118, 126.
Espelque.
III; 15.
Esperg.
V; 9, 216.
Espernay.
IV; 401.
Espinar (El).
I; 243, 247.
Espique.
IV; 112.
Espira.
IV; 194, 205, 246, 247, 359, 360,
395, 396, 487, 489.
V; 70, 84, 216.
Espíritu Santo (río del).
IV; 444, 446.
Espruc.
IV; 506, 508.
Esquinfordia.
III; 126.
Estolón.
IV; 368, 373, 374, 381.
Estalona.
IV; 296, 301.
Estanay (señorío de).
IV; 409.
Estecino.
III; 454.
Estella.
I; 63, 466.
Estenay.
IV; 197.
Estías? Estrés?
III; 42.
Estrales.
IV; 415.
Estrallesmorlis?, por Estrayelles, Mar-
tes?
ni; 42.
- 409
Estrella de Meca.
ni; 549.
Estremoz.
II; 93.
Estrés. — V. Estías.
Estreven (condado de).
IV ; 418.
Estrigonia.
II; 279.
IV; 273-276.
Etampes.
II; 445.
Eterje (Tierra de).
IV; 422.
Eufrates.
III; 218.
Europa (punta de) .
IV; 79.
Evora.
IV; 264, 265.
Fabiana (isla) .
III; 200, 201, 262, 294, 301.
IV; 68, 69.
Faenza.
I; 89.
Faíamua, Falmouth.
I; 18.
Famagosta.
IV; 559.
Fazer.
IV; 558.
Ferrara.
I; 49.
IV; 205.
Fez.
I; 400.
IV; 79, 138, 139, 311.
V; 302-308.
Filatera.
IV; 38, 39.
Filete.
IV; 288.
Filipina (isla).
IV; 483, 484.
Finalcy.
II; 86.
Finisterre (cabo y villa).
IV; 312.
Fisíela (provincia) .
IV; 139.
Fiumara (La).
III; 452.
Fiume.
IV; 506.
Flaminea.
II; 396.
Flandes.
I; 3-7, 11-13, 15, 17, 23, 24, 31,
32, 85, 95, 105, 123-126, 138,
140, 143, 155, 159, 160, 168,
205, 222, 231, 232, 267, 431,
436, 447, 487, 492, 493, 498,
516, 517.
II; 7, 22, 76, 147, 156, 190, 194.
208, 355, 460, 463.
III; 34, 36, 37, 45, 16, 48, 55, 174.
IV; 21, 43, 60, 63, 162, 165, 166,
181, 190, 191, 253, 257, 347,
359, 360, 396, 404, 406, 412,
413, 418, 421, 429, 441, 456,
45S, 486, 534, 538, 556, 557.
Flechudo (pico).
IV; 220.
Floranges.
I; 435.
Florencia.
I; 45, 49, 55, 70.
TI; 285-289, 299.
111 ; 62, 97-99, 102, 103, 356, 428:
433, 515.
Florenziola, Florenzola.
III; 366.
V; 102.
Florida (La).
II; 93, 319, 320.
TU; 480, 481.
IV; 96, 220. 442, 445, 449.
Focar.
III; 406.
Fontainebleau, Sontenebleau.
IV; 52, 56, 463.
Foran.
— 410
IV; 292, 298.
Q
Forfanea.
IV; 40.
Gabi.
Foro Novo.
V; 241.
III; 365.
Gaeta.
Fosan.
I; 10.
III; 321, 322, 391, 392.
II; 269.
IV; 300, 372.
III; 178.
Fox (Condado de).
V; 90.
I; 492.
Gaete.
Fraibers.
V; 16.
V; 18.
Galicia.
Francanfort, Francfort.
I; 18/205, 219, 226.
I; 194.
IV; 309, 311.
IV; 458, 516, 517, 538.
V; 305.
V; 8, 11, 12, 41.
Galicia (Nuevo Reino de).
Franconia.
II; 469.
IV; 537.
— V. Nuevo Reino de Galicia.
F.ranfordia.
Galípol.
V; 70.
III; 531.
Freberg.
Gallo (isla del).
V; 16.
III; 123.
Frejus.
Gandía.
III; 400, 401, 407.
I; 214, 419, 420, 440-442, 445.
Fresen.
Gante.
IV; 506.
I; 2, 85, 232, 502.
Friburgo.
III; 108.
II; 117.
IV ; 41, 42, 58, 59, 61-63, 65, 190,
Frío!.
441, 458.
V; 215.
Garaente.
Frisa.
III; 401.
IV; 419, 422.
Garafana.
Fromentera (isla) .
II; 160.
IV; 119.
Garellano.
Fuenterrabía.
I; 10.
I; 6, 51, 57, 461, 470, 471, 478-
Gares.
482, 485, 493, 503.
IV; 296.
II; 8, 76-81, 91, 186, 223, 224,
Garganzola.
427, 436, 443-445.
n; 70.
IV; 50.
Garlasco.
Fuentes.
II; 70.
I; 422, 423, 450.
Garrovillas.
Fuentidueña.
II; 93.
V ; 212.
Gascuña.
Fundí.
I; 61, 63, 74, 470.
III; 202.
II; 235.
Furaan.
Gaso.
I; 133.
IV; 210.
411 —
Gata (cabo de).
V; 306.
Gelanda.
IV; 421.
Gelves ó Gerbes (Los).
I; 40, 42, 43, 208, 267-270, 348
400, 449.
Genova.
I; 10, 22, 51, 72, 504, 511, 512,
514.
II; 66, 69, 82, 85, 154, 159, 165,
207, 242, 269, 305-307. 393,
395, 398, 408-413, 460, 464.
III ; 176, 374, 404, 408, 410, 514,
517.
IV; 66, 74, 114, 126, 156, 179,
202, 203, 244, 289, 292, 293,
295, 383, 392.
V; 94, 97, 213, 223, 228, 230, 232.
234, 238, 240, 301.
Genova (Ribera de).
V; 300.
Gerbes (Los).— V. Gelves.
Gerona.
III; 506.
IV; 169.
Gíbraltar.
I; 26, 35, 205, 226.
IV; 78-79, 82-85, 354.
Gilolo.
II; 318, 319.
III; 473-478.
Ginestreto.
I; 148.
Giosa (señoríos de).
IV; 409.
Gira.
I; 41.
Girona.— V. Gerona.
Glinza (mar de).
IV; 558.
Goa.
III; 496.
Gocía. Gotia.
II; 71.
Goleta (La).
III; 203, 263, 266-277, 280-282,
288, 301, 541.
IV; 66, 70.
Golfo (puerto del).
III; 527, 528.
Gol laca (La).
IV; 132.
Gomera (isla de la).
III; 469.
Gomera (La). — V. Vélez de la Go-
mera.
Gonejen (Tierra de).
IV; 422.
Gota, Gotha.
V; 16, 33-35, 41, 42.
Grafa.
III; 407.
Grajales.
IV; 333.
Granada.
I; 2, 5, 21, 29, 96, 151, 217, 370,
429.
II ; 16, 36, 162, 234, 245, 248, 249,
264, 267, 271, 280, 461.
III: 121.
IV; 25, 82, 228, 333, 340.
V; 92, 212, 249, 286, 287.
Granada (Nuevo Reino de).
III; 544.
V; 92.
Grande (río).
III; 546, 547.
Grassa.
II; 85.
Gravelinga.
I; 265, 266.
Grecia.
I; 78.
II; 161.
Grosa (isla).
IV; 83.
Guacamba.
ni; 167.
Guacazalco.
II; 168.
Guacocingo ó San Miguel.
I; 373.
Guacho.
IV; 447.
Guadalajara.
— 4L2 —
Ij 160.
IV; 130-132, 204, 541.
Guadalajara (Indias).
IV; 213, 214, 481.
V; 92.
Guadaledit.
IV; 311.
Guadalupe.
I; 92-94, 98, 104.
II; 124, 176, 221.
V; 86, 87.
Guadix.
II; 248.
V; 213.
Guailas.
IV; 330.
Guajaca.
II; 168, 468, 470.
V; 92.
Guamachuco.
III; 167, 190.
Guamanga.
IV; 330.
Guanajes (islas de los).
IV; 217.
Guanuco.
IV; 561.
Guardia (La).
I; 453, 462, 471.
Guasuli.
IV; 445.
Guatimala, Guatemala.
II; 169, 170.
III; 490.
IV; 129, 132, 219, 224, 226, 320,
481.
V; 92.
Guaura (puerto de).
IV ; 564, 565.
Gudeñngen.
IV; 525.
Gueldres.
II; 196.
IV; 255-260.
Gueldres (ducado de).
IV; 106-110, 397, 416, 419, 421,
486.
Guiante (ducado de).
IV; 463.
Guiena (condado de).
I; 51, 60, 74.
IV; 417.
Guijo (El).
IV; 268.
Guinea.
II; 18.
V; 304.
Guiñes.
I; 233.
Guinguen.
V; 15,
Guinzo.
III; 137, 138.
Guipúzcoa.
I; 66.
II; 8.
IV; 50.
Guisa (villa y castillo).
III; 408.
IV; 254, 431.
Gula.
IV; 38, 39.
Gulielma.
I; 10.
Gulpián.
III; 433.
IV; 278, 280, 281, 288, 292.
Gunfaron.
III; 407.
Gunguen.
IV; 535.
Guniguen.
IV; 526.
Guynes (condado de).
III; 44.
H
Habana (La).
III; 481, 486.
Haidenen, H ai deven.
IV; 434, 435.
Hala.
V; 7, 40, 41, 44.
Hala de Jasa.
V; 36, 38.
— 413 —
Hambre (puerto del).
III; 122.
Hamburg.
V; 42.
Hampton.
Í] 517.
Hay.
IV; 401.
Haya (La).
IV; 65.
Hayo (provincia).
IV; 448.
Hecto.
V; 44.
Hedin (castillo) .
III; 36.
Heliez.
ni; 399.
Henao.
1; 494.
II; 208.
III; 34.
IV; 418, 421.
Hendaya.
II; 427, 442, 445.
Heras (islas de).
V; 230.
Hércules. — V. Puerto Hércules.
Hesdin.
I; 498.
II; 111, 156, 189.
Hetna.
IV; 168, 172, 174.
Hinsbergo.
IV; 208.
Holanda.
I; 85.
III; 48, 174.
IV; 63, 65, 257, 397, 419,
458.
Honduras.
II; 169-171, 468.
IV; 219.
V; 92.
Hornillos.
I; 31.
Huelva.
I; 35.
421,
Huesear.
I; 217, 370.
Huete.
I; 462.
Hungría.
I; 493.
II; 266, 275-277, 327.
IV; 111, 168, 175, 182, 273, 278,
361, 362, 410.
Hunguera.
V; 241.
I biza.
IV; 119.
I brea.
IV; 155, 279, 371.
Icazquí (Tierra).
IV; 446.
¡fes.
IV; 415.
Iglawa.
II; 308.
Ililicen.
V; 43.
I deseas.
I; 162, 473, 480, 481.
II; 221, 222, 268.
Inarta (provincia).
IV; 219.
Ingresta, Ingreatad.
IV; 487, 503, 508-511, 518.
Insbruch, Innsbruck.
I; 39.
IV; 246.
Irún.
I; 63.
Iscla, Isola (isla de).
I; 512.
IV; 393.
Ischia.
II; 403.
Istria.
IV; 506.
Ivosio.
IV; 207, 208.
- 414
Jacomestal.
V; 13.
Jael.
III; 551.
Jaén.
I; 20, 370, 375, 429.
II; 2-15, 280.
IV; 25.
V; 250.
Jafa.
IV; 558.
Jafet.
IV; 558.
Jalisco.
IV; 220.
Jalón.
IV; 402, 403.
Jamaica.
I; 130.
IV; 217.
Jambuc,
IV; 509.
Janalete (puerto de).
IV; 66.
Janeiro.
II; 1S.
Jardines (isla de los).
IV; 482.
Jarija.
IV; 330.
Jarlos (condado de).
IV; 410.
Jasa.
V; 13, 14.
Jatelemin.
II; 184.
Játiva.
T ; 64, 234, 235, 416, 419, 441-446.
II; 12, 14, 15, 35.
V; 88.
Jauja.
III; 190, 192, 193.
IV; 330.
Jelves (Los).
IV; 70, 76.
— V. Gelbes.
Jemazaro.
IV; 116.
Jerez de la Frontera.
I; 152, 153, 218.
IV; 82, 149, 262.
Jerusaién.
I; 205.
IV; 558.
Jimena.
IV; 82.
Jirolo (isla).
IV; 484.
Jobí (castillo de).
III; 115.
Jocatín (provincia).
IV; 448.
Jódar.
I; 472.
Jordán irío).
IV; 558.
Joremdorft.
V; 9.
Jorest.
II; 202.
Judá.
III; 548, 549.
Julier.
IV; 250.
Julier (ducado de).
IV; 205, 208, 241, 247, 259.
Jumaguen, Jumajen.
III; 495. 496.
K
Kuttenberg.
II; 309.
Labadía.
III; 462.
Laca.
II ; 157.
Lacame (provincia).
IV; 448.
Ladana.
IV; 285.
— 415 —
Ladice (río) .
IV; 246.
Ladrones (isla de los).
II; 19, 317, 318.
III; 472.
Laja.
IV; 312.
Lambesco.
III; 403.
Lambíguen.
IV; 517, 520, 525, 528, 529.
Lambriasco.
IV; 368.
Lamburg (ducado de).
IV; 421.
Lampairosa (valle de).
III; 461, 463.
Lancuerg.
IV; 509.
Landesana.
IV; 285.
Landresic.
IV; 250, 254, 360, 394.
Landriarto.
II; 467.
III; 16, 17.
Languedoc.
I; 492.
V; 229.
Lanzcuec, Lanzuec.
IV; 508, 509.
Larache.
V; 303.
Laredo.
I; 11, 516.
II; 7.
IV; 312.
Lario.
II; 397.
Lasecustique.
IV; 415.
Latora.
III; 544.
Lázaro.
I; 187.
Leco (puerto de).
IV; 62.
Legnago.
I; 73.
Lenbriut.
III; 48.
Leni, Lenin.
IV; 279, 280.
León (de España).
I; 19, 89, 119, 247, 251, 262, 273,
335, 337.
II; 280.
IV; 351.
León (de Francia).
IV; 159.
León (de Nicaragua).
HI; 121.
León (cabo).
II; 102.
León (golfo de).
HI; 262.
Lepanto.
HI; 148, 149, 533, 534.
Leque.
HI; 117.
Lérida.
I; 193.
IV; 201.
Leuco.
H; 397, 398.
Lieja.
I; 274, 432.
IV; 253, 428.
Ligni.— V. Lime.
Lila; Lile.
II; 187.
HI; 37, 38.
Lulo.
I; 462, 471, 479.
Lime (por Ligni).
UI; 42.
Liní.
IV; 394, 397, 398, 415.
Linsberg.
IV; 259.
Liorna.
IV; 66, 74, 126.
Lipar (isla).
ni; 531.
IV; 393.
Lipitanoa.
- 416 -
IV; 429.
IV; 396.
Lípsia.
Lotajo.
V; 13, 16, 20.
II; 464.
Lisboa, Lisbona.
Loteringia.
III; 486.
V; 171.
IV; 264.
Lovaina.
Livo.
I; 267, 273, 503.
ni; 401.
— V. Lobaina.
Lobaina.
Lozes.
IV; 65, 102, 207, 253,
465.
IV; 51.
Lobo. — V. Castillo del.
Lubec, Lubes, Lubecg.
Loca.
III; 196.
III; 17.
IV; 458-
Lodi.
V; 42.
I ; 511.
Lubri (el Louvre?).
II; 68, 87, 94, 95, 303
465,
466.
IV; 58.
V; 242, 256.
Luca.
Logroño.
II; 217.
I; 68, 467, 470, 506.
III; 358, 364, 365.
II; 77, 231.
IV; 39, 114, 116,
164, 192
196,
IV; 151, 152.
393.
V; 217.
Lucayos (Los).
Lombardía.
IV; 217.
I; 38, 46, 54, 55, 440,
502,
508-
Lucemburg, Lucenburg
(ducado
de).
511.
IV; 207, 208, 394-396, 402
409,
II; 35, 66, 67, 84, 86,
149,
159,
418, 421, 487.
232, 237, 269, 271,
286,
303,
Lucenberg, Lusenberg
(ducado
de).
304, 393, 396-401,
455,
460,
IV; 194, 196, 205.
464, 466.
Lucuburgue.
IV; 37, 126, 208.
III; 48.
Lomelina (La).
Luchiano.
IV; 371.
III; 103.
Lomello.
Lumberga.
II; 70.
IV; 362.
Londres.
Lumbier.
I; 18, 75, 515-517.
I; 59-61.
IV; 441.
Luria.
Lone.
IV; 556.
I; 435.
Lusacia.
Longue Meaule.
II; 310.
II; 445.
Lusiñán.
Lopuche.
IV; 51.
III; 402.
Lutrech.
Lora.
IV ; 65.
I; 176.
Luxemburgo.
Lorca.
I; 431, 435.
V; 94.
IV; 102.
Lorena (ducado de).
Luzara.
- 417 —
IV; 390, 391.
I; 422.
Lyon.
Magdalena (río) .
II; 102, 150, 151.
III; 544.
Magdemburg (burggraviado).
LL
V; 176.
Maguncia.
Llerena.
I; 194, 435.
I; 100.
IV ; 246.
V; 70.
M
Mahometa (La).
IV; 70, 73.
Mace.
Manon.
III; 460, 463.
III; 262, 282.
Macedonia.
IV; 118.
I; 79.
Maisen.
Macones, Maconnes, Maconoes.
V; 22, 23.
II; 190, 193, 194.
Mala.
III; 31.
III; 494.
Madafana (río de).
Malac.
III; 550.
IV; 486.
Madrid.
Malaca.
I; 7, 10, 105, 109, 110,
116,
117,
I; 210.
123, 128, 135, 137,
140,
154,
II; 21.
163, 243, 273, 286,
287,
348,
Málaga.
349, 357, 446, 447,
451,
472-
I; 41, 42, 455.
474.
II; 460, 461.
II; 92, 106, 115, 119,
160,
174-
IV; 21, 78, 82, 83, 87.
176, 220, 221, 233,
355,
357,
V; 305.
415, 417, 420, 436,
438,
454-
Malagón.
459.
IV; 25.
III; 346, 353, 386.
Malaqueta.
IV; 43, 90, 134, 241,
242,
261,
IV; 140.
315, 317, 453, 454,
540,
541.
Malina.
Madrigal.
IV; 115, 116.
I; 127.
Malinas, Malines.
II; 92.
I; 199, 487, 498.
Madrigalejo.
III; 48.
I; 92, 96, 97.
IV; 14, 65, 419, 456, 458, 556,
Maestrich.
557.
I; 274, 275.
Malón.
Mafredonia.
II; 175.
IV; 155.
Malta (isla).
Magador.
II; 163.
III; 549.
III; 200.
Magallanes (estrecho de).
Maluco, Malucos (islas del ó de los).
II; 316.
I; 210.
III; 469.
II; 21, 22, 88, 90, 93, 316-320.
Magaz.
III; 12, 13, 26, 471, 473-478.
27
418 -
IV; 481, 484, 485.
Mallorca.
II; 416.
IV; 78, 117, 118, 120.
Mámora (La).
IV; 139.
Mandamburg.
V; 38.
Manfredonia.
II; 402.
Manila.
IV; 445.
M anises.
I; 443.
Mano (puerto) .
V; 230.
Mantua.
III; 142, 424. 425.
IV; 90, 112, 113, 176, 205, 441.
V ; 104, 256, 258, 260-263.
Maran.
IV; 165.
Marañón (río) .
IV; 220.
Marbella.
IV; 82.
Marca (La).
II; 202.
Marchia.
II; 21.
Mariano (vía del).
I; 509, 510.
Marica.
II; 203.
Marino.
III; 322.
Marinan.
V; 256.
Marino.
IV; 116.
Marles. — V. Estrallesmorlis.
Mar Mayor.
Marna (río) .
IV; 402, 403.
IV; 442.
Marsala.
III; 293.
Marsan Jursan.
II; 213.
Marsella.
II; 35, 82-84, 86, 166, 255.
ni; 186, 187, 402, 404, 518.
IV; 244, 289.
V; 171, 228, 230.
Martos (la peña de).
I; 220.
Marruecos.
IV; 135, 137-140, 142, 309, 311.
V; 302-306.
Masa (La).
IV; 38,
Mascaraque.
I; 477.
Masconoes?, Mascony, Masconio (con-
dado de).
IV; 421.
Mascoris (condado de).
III; 52.
Masiers.
IV; 402.
Masin (castillo).
IV; 371.
Matan.
II; 19.
Mauli (río).
III; 492.
Maya.
I; 59, 61, 506, 507.
Mayan.
I; 187.
Mayor (mar). — V. Mar Mayor.
Mazagán.
IV; 141-144.
Mazagra.
IV; 307.
Mazalquivir.
I; 17, 37.
IV; 84.
Meca.
V; 306.
Mechoacán, Mechuacán.
II; 168, 470.
IV; 131, 132, 214.
V; 92.
Media,
I; 79.
— 419 -
Medina del Campo.
I; 2, 11, 12, 83, 241-247, 254-262,
272, 287-289, 395, 424, 455.
II; 9, 10, 92, 355.
IV; 268, 271, 317.
V; 204.
Medina de Pomar.
I; 455.
Medina de Rioseco.
I; 346, 347, 358-360, 367-369.
V; 179.
Medina Sidonia.
I; 223.
Mediterráneo.
II; 163.
IV; 362, 462.
Medollí.
IV; 113.
Méjico.
III; 486.
IV; 96, 102, 213, 216, 219, 226,
323, 449.
V; 92, 213.
— V. México.
Mejorada (La).
I; 13.
V; 178.
Meliano.
II; 303.
Melílla.
IV; 84, 85.
V; 304, 305..
M el tona.
IV; 307.
Meminguen.
V; 10.
Mendalao (islas).
ni; 472.
IV; 482-485.
Meninga.
IV; 246.
Menorca.
IV; 78, 118,
Mentón.
II; 85.
Mequinez.
V; 303.
— V. Miquinez.
Merlo.
IV; 415.
Mesa.
IV; 137.
Mesacoth.
I; 435.
Mes de Lorena.
IV; 396-398, 458.
Mesina.
I; 121, 122, 139.
II; 34.
III; 294, 301, 303, 451.
IV ; 66, 68, 70, 71.
Mestrech.
IV; 486, 487.
Meta (provincia).
III; 543.
Metafus (cabo de).
IV; 125, 127.
Metelin.
II; 161.
Meuse.
I; 481.
México.
I; 374.
II; 168-172, 468-470.
— V. Méjico.
Meziéres.
I; 491, 493 494.
Milán.
I; 38, 45, 49, 51, 71, 72, 82, 83,
436-439, 502, 507-514.
II; 66-69, 86, 100, 156, 176, 189,
207, 236-242, 251, 253, 257-
262, 267, 270, 271, 284, 293,
303-307, 393, 397, 401, 464-
466.
III; 50, 176. 219, 433.
IV; 36, 37, 39, 111-114, 244, 301,
360, 371, 382, 388, 393.
V; 97-101, 213, 240-242, 247, 253,
294.
Milán (ducado de).
I; 3, 6, 39, 51, 55, 72, 80.
IV; 112, 154, 162, 191, 193, 423.
425, 426, 429, 459.
Milán (marquesado de).
IV: 38.
- 420 —
Mílao.
I; 140.
Milburg.
V- 22, 23, 27.
Mindanao.
II; 317, 318.
Miquinez.
IV; 311.
Miradores.
I; 21.
Miranda.
I; 456.
Mirandula (La).
III; 197, 383.
IV; 390, 391, 396.
Misiones. — V. Demisiones.
Mistón, Mixton (peñol ó peñón).
IV; 130, 215, 216.
Mocejón.
I; 481.
II; 463.
Módena.
II; 287.
III; 118.
IV; 390.
Modón.
III; 183, 184.
Mogador.
IV; 137.
Mogoncia.
II; 303.
Mohacs.
II; 278.
Mois.
III; 401, 407..
Mojados.
I; 161, 163.
III; 204.
Mola.
III; 178.
Moldavia.
II; 311.
III; 111.
Molñto.
III; 262.
Molina.
I; 205.
II; 226.
Molin, Molins del Rey.
I; 199.
IV; 243, 397.
Momelion?, Mommelio.
IV; 426.
Mompensier.
II; 202.
Monaco.
II; 217, 404.
Monago.
III; 408.
IV; 294.
Moncaler, Moncaller, Moncoler.
III; 431, 455, 458, 460, 463, 464.
IV; 209, 283, 285, 301, 378.
Moncataro.
III; 454.
Moncribel.
III; 432.
Mondibí.
IV; 284, 296-298.
Mondier.
IV; 417.
Mondidier.
II; 190.
III; 44.
Mondiver.
III; 320.
Mondolfo.
I; 148.
Mondoñedo.
V; 306.
Monesterio.
III; 188, 221.
IV; 71-77, 461.
Monferrar (marquesado de).
IV; 393.
Monferrer.
III; 536.
Monfort.
II; 445.
Mongibel.
III; 422.
Monleón.
II; 78.
Monpellier.
I; 201-203.
Monreal.
— 421
1 3 61.
III; 293.
Mons.
I; 494.
Monserrate (Nuestra Sra. de)
V; 227.
Montaría.
IV; 212.
Montbrison.
II; 214.
Monte Alcino.
II; 272.
Montemayor.
IV; 265.
Monte Roso.
III; 352.
Montesa.
I; 414.
Montes Claros (sierras de).
IV; 137.
Monteterol.
III; 432.
Montiel (Campo de).
I; 482.
Montilla.
I; 33, 34.
Montreau.
II; 110.
Monveliar.
III; 373.
Monviedro V. Murviedro.
Monza.
I; 510, 511.
II; 69.
III; 115.
Monzón.
I; 84.
II; 415-418, 427, 442, 452.
III; 177, 466.
IV; 151, 153, 160, 167, 171, 186,
199, 221, 237.
V; 86-89, 93, 177, 179.
Mora.
I; 462, 474, 475.
Moravia.
II; 308.
IV; 277.
Morena (Sierra),
IV; 350.
Morías.
I; 18.
Mornier.
III; 116.
Mortalla?; Mortanga.
IV; 413.
Mortaria, Mortario.
II; 397.
III; 39.
Mortine.
III; 37.
Mosa (río).
IV; 250, 486.
Moscovia.
V; 35.
Mos de Henao.
IV; 432.
Mosela (río) .
IV; 397.
Mostagán.
IV; 302, 306, 307, 309.
V; 307.
Mostraes Bolones.
ni; 46.
Motil.
II; 21.
Motril.
II; 46]
IV; 85
Motruy.
IV; 429 .
Mousson.
I; 488, 491.
Moya.
I; 448, 451, 462.
Mucientes.
I; 20, 163.
Munque.
ni; 94.
Muladar, Murada!?
IV; 25.
Murcia.
I; 173, 205, 273, 336, 337, 370,
440-442.
V; 88, 94.
Muría.
II; 120.
~ 422
Murviedro.
I; 418, 419, 442.
II; 122.
N
Naduxete, Neudoche?
III; 42.
Nájera.
I: 506.
IV; 152.
Namur.
IV; 419, 421.
Nandacao (provincia).
IV; 448.
Ñapóles.
I; 4, 8, 9, 14, 16, 28, 39, 52, 54,
55, 86, 96, 124, 126, 138, 139,
149, 202, 207, 492, 512.
II; 10, 34, 35, 82, 87, 95, 147,
156-159, 189, 236, 237, 243,
254, 257, 266, 269, 272, 292,
396, 399-410, 414, 415, 436,
460, 466.
III; 318, 521, 533, 534.
IV; 114, 117, 118, 151, 156, 196,
289, 294.
V; 89, 298.
Ñapóles (reino de).
I; 3, 4, 10, 11, 22, 29, 30, 72.
IV; 68, 411. *
Napoule.
II; 83, 85.
Narbona.
II; 69.
V; 228, 229.
Narbona (golfo de).
III; 507.
Narví.
II; 300.
Nata.
III; 121.
Navarra.
I; 56-64, 84, 117-119, 124, 126,
171, 202, 205, 217, 431, 432,
456, 461, 464-470, 479, 485,
487, 491, 492, 506, 513.
II; 9, 36, 76; 196, 225, 427.
IV ; 162, 170, 333, 426.
Navidad (puerto de la).
IV; 481.
Negra (Selva-).
IV; 508, 509.
Negro Ponte (isla).
IV; 289.
Nelli?. — V. Eliaguiya.
Nemours (ducado de).
I; 57.
Neoburg, Neoburge.
IV; 507, 516-520.
Nepor (río) .
V; 35. •
Neubille. — V. Niclícela.
Neudoche. — V. Naduxete.
Nicaragua.
III; 121.
IV; 219, 224, 226, 320, 442.
Niclícela?, Neubille, Neuville.
III; 42.
Niebla.
I; 35.
Nilo.
I, 133.
Nípol.
III; 98, 99
Niza.
II; 82-85.
III; 399, 400, 407, 464, 500, 507,
511, 512.
IV; 114, 163, 164, 179, 180, 289-
295, 301, 408.
V; 230.
Ñola.
III; 202.
Nombre de Dios.
III; 121, 542.
IV; 328, 559.
Norduchez.
IV; 415.
Norlíne.
IV; 458.
Ncrling, Norlinga.
IV; 521-523, 530, 531, 534, 536.
537.
V; 7, 15, 17.
Normandía.
— 423
1; 74, 517.
IV ; 159.
Noruega.
II; 71.
Novara.
I; 72, 73, 509-512.
II; 66, 70, 86, 238, 286, 397, 467.
III; 464.
IV; 371.
V; 242.
Novavilla.
IV; 415.
Noyers.
II; 184, 212.
Noyon.
I; 125, 201, 202, 222, 223, 432.
Nuchastlán, Nuchistlán (peñón).
IV; 130, 215.
Nuestra Señora de Finisterre. — Véase
Finisterre.
Nueva España.
I; 212, 213, 371.
II; 22, 168, 169, 172, 316-318,
468-470.
III; 479, 480.
IV; 96, 97, 130, 212, 213, 219,
224, 231, 232, 317-319, 321-
323, 443, 448, 481-485.
V; 92, 213, 300, 305.
Nueva Galicia.
III; 486.
IV; 96, 130, 212, 213, 220, 323,
481.
V; 92.
Nueva Jerusalén.
III; 221.
Nueva Toledo.
ni; 490, 491, 495.
IV; 327, 331.
Nuevo Reino de Galicia.— V. Galicia
(Nuevo Reino de).
Nuevo Reino de Granada V. Gra-
nada (Nuevo Reino de).
Nuevo Reino de Toledo. — V. Nueva
Toledo.
Nules.
I; 442.
Numberg, Numberga.
IV; 208, 458.
V; 19, 70.
Nuremberga, Nuremberg.
I; 2, 280.
II; 43.
III; 126.
V; 18, 42, 70.
Nururnberg.
IV; 517.
O
Ocaña.
I; 1, 357, 358, 446, 451, 452, 462,
471-473, 476, 479.
IV; 28.
Odoicar (Tierra de).
IV; 422.
Odón.
I; 347, 447.
Olen.
IV; 368.
Olgineto.
II; 397.
Olías.
I; 478, 480. ■
Olite.
I; 61, 63.
Oliva.
I; 419, 420.
II; 120, 416.
Olivares.
II; 294.
V; 224.
Olme.
II; 72-75.
Olmedo.
I; 127, 176.
V; 178.
Ollería.
I; 445.
Once mil Vírgenes (cabo de las).
III; 470.
Onteniente.
I; 445.
Opón (sierras de) .
III; 544.
Oracio.
— 424 —
II; 402.
Oran.
I; 36-40, 132, 18S.
II; 11, 12.
III; 316, 317.
IV; 78, 84, 293, 302, 303,
309.
V; 393.
Orange.
II; 214.
Orduña.
I; 456.
Orense.
I; 19.
Orfanela (castillo de).
IV; 212.
Orgaz.
I; 478.
IV; 25.
Orihuela.
I; 173, 175, 234, 419, 420,
441.
Oriola.
I; 441.
Orleans.
IV; 51.
Oro (isla del).
II; 318.
Orquilla (río).
IV; 220.
Orsies.
III; 38.
Orso.
II; 406.
Osonia (Tierra).
IV; 276.
Ossera.
II; 175.
Ostia.
II; 298, 302.
Ostroviza.
III, 454.
Otinsue.
IV; 536.
Otranto.
I; 39.
III; 451, 452, 531.
Otraver.
306-
440,
III; 48.
Ovo.— V. Castillo del Lobo.
Oyarzun.
I; 63.
Pachacama.
III; 190, 191.
Pacha!.
II; 21.
Padua.
I; 39, 73.
Pairosa.
III; 462.
Palamido (monte).
III; 534.
Palamós.
II; 159.
III; 410, r¿3.
V; 227.
Palazon.
IV; 38, 39.
Patencia.
I; 422, 423.
II; 9, 10, 15, 92, 294, 321.
Palermo.
I; 121, 138. 139.
III; 293, 294, 301, 303.
Palestina.
I; 134.
Paliano.
IV; 116.
Palma.
IV; 455.
Palma (río).
IV; 392.
Palos.
II; 468.
Pamplona.
I; 56-68, 84, 466-470.
II ; 77, 79.
IV; 151, 153.
Panamá.
III; 121, 542.
IV; 226, 328, 560, 565-570
V; 92.
Panches (provincia de los).
— 425 —
III; 545.
Panuco.
I; 372.
II; 169, 170, 468.
III; 484.
IV; 216, 219, 323.
Panuco (río de).
IV; 449.
Papú (islas de los).
III; 476.
Paraguay (río).
III; 488.
Paraná (río).
III; 488.
Pardo (El).
I; 348.
Paredes.
I; 422.
París.
I; 6, 486.
II; 114, 420, 444-446.
IV; 53-55, 57, 58, 399-401, 403,
404, 412, 441.
Parma.
I; 72, 80, 436, 438.
II; 158, 255.
IV; 196, 383. 389, 390, 392.
V; 97, 102, 294, 298.
Pasau.
III; 136.
Pasto.
IV; 569.
Pateloroo.
II; 202.
Paterna.
I; 443.
Patos (puerto de los) .
ni; 489.
Pairas.
III; 147.
Pavía.
I; 49, 210.
II; 68-70, 86, 87, 95-102, 149, 157,
.158, 180, 233, 250, 304. 393-
396, 465-467.
III; 72, 73, 97, 175, 464.
IV; 244, 392.
V; 241, 242.
Penisculí.
III; 540.
Peñafiel.
I; 369.
Peñañor.
I; 450, 458.
Peñol, Peñón.
V; 304.
Peñón de Vélez V. Yélez.
Perdón (sierra del). — V. Reniega.
Perla (isla de las).
III; 121, 122.
Perona, Peronne.
II; 110, 190.
III; 44, 46, 408.
IV; 417, 432.
Perpiñán.
I; 11, 123, 125.
II; 427.
III; 506.
IV-; 144, 162, 165, 167-174, 200,
238.
V; 228,. 229.
Persia.
I; 79.
III; 449.
Pertux (paso del).
IV; 172.
Perú.
III; 189, 224, 389, 489, 490, 494.
IV; 219, 220, 224, 232, 317, 319,
323, 327, 328, 442, 559, 560,
565.
V; 92, 94, 305.
Pcrugia.
I; 148, 149.
Pernera (La).
II; 212.
Pesaro.
I; 148.
III; 539.
Pescara.
I; 39.
Peschiera.
I; 73.
Pesquera.
III; 136.
IV; 112.
- 426 -
Peste (Pest).
II; 97.
IV; 206.
Plana (La).
Peurín.
I; 442.
III; 408, 431, 432.
II; 122, 416.
Piamonte.
Plasencia (España).
I; 510.
I; 20, 85.
II; 82, 307.
Plasencia (Italia).
IV; 154, 156, 157, 162, 165,
174,
I; 55, 72, 80, 436.
196, 209, 294, 296, 301,
368,
II; 158, 255, 284, 287, 396, 399.
371, 373, 380, 382, 383,
389-
IV; 37, 40, 196, 244, 245, 383,
392.
389, 390, 392.
Pibrin.
X \ 86, 97, 98, 100-103, 256, 294.
IV; 156.
Plata (Río de la).— V. Río de la
Picardía.
Plata.
I; 73, 74, 498.
Plau.
II; 153.
V; 20.
IV; 441.
Pleisa (baronía de).
Picigeton.
V; 176.
III; 464.
Po.
Picones (Los).
I; 438, 511.
III; 492.
II; 464.
Pillar»!.
III; 455, 459, 464.
III; 458, 459.
IV; 129, 211, 279, 284, 287, 301,
Pinarascol.
369, 370, 380, 386, 388, 389.
V; 241.
V; 100.
Pin de Mel (torre de).
Pocucia.
III; 180.
III; 111.
Pina.
Poitiers.
I; 422.
IV; 51.
Piñarol, Piñerol.
Poítou.
ni; 460-463.
II; 194.
IV; 286, 426
Polonia.
Piñazón.
III; 111.
III; 455.
IV; 208, 428.
Piñoral.
Pomas (Las).
IV; 209.
II; 83.
Pioles.
— V. Pomedas de Marsella (Las)
IV; 302, 368-370, 381.
Pomblin (canal de) .
Piovara.
IV; 396.
IV; 154.
Pombo.
Pirineos.
III; 192, 193.
I; 61, 84.
Pomedas de Marsella (Las).
Pisa.
V; 230.
I; 46, 51, 55, 71.
Ponferrada.
IV; 40.
I; 19, 30.
Piura.
Pontecorvo.
III; 166.
I; 10.
Pizzighetto.
Pontestura.
— 427 —
IV; 370.
Ponthiévre.
II; 214.
Pontio, Pontiu, Pont.
II; 190.
IV; 417.
Pon tremo!.
IV; 38.
Pontrout (condado de).
III; 44.
Popayán.
IV; 328, 330, 568.
V ; 92, 93.
Poriancoh.
II; 117.
Porseu.
II; 215.
Portillo.
I; 425, 451.
Porto Fin, Porto fino.
I; 22, 27, 28.
III; 51.
Portolongo.
III; 182.
Porto Modigo (Tierra de).
IV; 293, 295.
Portovenere.
V; 227.
Portugal.
I; 35, 123, 184, 223, 260, 506.
II; 92, 89, 225, 295.
IV; 350, 428.
Portugalete.
I; 183, 455.
Posilipo.
II; 405.
Potamo.
III; 452.
Poza.
II; 355, 427.
Praga.
II; 308-310.
IV; 460, 491.
V; 13, 46, 50.
Prato.
I; 55.
Presolana.
II; 269.
Prevesa (La).
III; 523, 527, 531.
IV; 35.
Profin.
II; 159.
Prospeo.
II; 275.
Provenza.
II; 82, 111, 114, 159.
Puebla (La) .
I; 5.
Puebla de Sanabria.
I; 19
Puente de Duero.
I; 424.
Puente del Arzobispo.
V; 87.
Puente la Reina.
I; 66, 466, 468.
Puerto Fariña.
III; 263, 301, 303.
Puerto Fin V. Porto Fin.
Puerto Hércules.
II; 269.
Puerto Santo.
IV; 481.
Puerto Tebano.
IV ; 394.
Puerto Términos V. Términos.
Puerto Viejo.
III; 494.
IV; 566, 570.
Pulla (La).
I; 4.
IV; 30, 176.
Puna (isla de la).
III; 124.
Purificación (La).
IV; 131.
Puzol.
III; 541.
Q
Quenton.
V; 10.
Quer.
III; 431, 432, 455-458, 464.
-r 428 -
IV; 154, 155, 210, 211, 279, 285,
287, 380, 387, 393.
Querquenes (Los).
IV; 74.
Querquez.
IV; 71.
Quiguate.
IV; 447.
Quinquer.
V; 9.
Quírasco.
III; 462.
IV; 209, 292, 297.
Quito.
III; 194, 490, 545.
IV; 569, 570.
Quito (provincia del).
IV; 566, 568.
Quito (San Francisco del).
IV; 567.
Quivira.
IV; 101.
R
RaconiSj Reconis.
III; 432.
IV; 296, 300, 301, 368.
Raftal.
IV; 459.
Ragosa.
IV; 30.
Raje.
IV; 293.
Ramada (Tierra de la).
III; 543.
Ramaza.
IV; 558.
Rambla (La).
1; 429.
Rambuleto.
V; 91.
Ramua.
I; 15, 17, 513. ,
Rangaradia.
IV; 208.
Ranve.
III; 48.
Rasi.
IV; 403.
Ratisbona.
III; 125.
IV; 66, 102, 106, 111, 112, 181,
192, 198, 361, 367, 456, 458,
486, 487, 490, 499, 506-510.
V; 70-72, 75, 104.
Ravena.
I; 39, 46, 52, 54.
Ravensteín.
IV; 258.
Recequito.
V; 257. '
Reoonis. — V. Raconis.
Refort de San Lorenzo.
II; 184.
Regio.
I; 437.
II; 254, 287.
Reguesburque.
III; 245.
Reiten.
IV; 246.
Releveque.
III; 45.
Remun.
III; 37.
IV; 250.
Rendrazo.
III; 531.
Renedo.
I; 20, 36.
Reniega.
I; 467, 468, 479.
Renva (puerto de).
IV; 65.
Requena.
II; 122, 160.
Retirado.
V; 265.
Reyes (Ciudad de los).
IV; 226, 327, 328, 330, 560, 562,
563.
V; 92.
Reyes (islas de los).
IV; 482.
Rezo.
- 429 —
II; 465.
IV; 390.
Rhin.
IV; 246, 509, 517, 518, 539.
Riain.
IV; 507.
Ribol.
III; 463.
Ribolta.
I; 38.
Rijones.
IV; 289.
Rimach.
III; 218.
Rimaron.
IV; 431.
Rímini.
I ; 4, 39, 149.
Río de la Plata.
II; 18.
III; 486-489.
IV; 220.
Río-de-Pisuerga.
II; 22.
Rionegro.
I; 19.
Ríoseco.
I; 357.
Roa.
I; 161.
Roberete.
IV; 245.
Robre.
V; 264.
Rocadepapa, Roca del Papa.
IV; 115, 116.
V; 298.
Roca Tallada.
III; 399.
Rocgnes. — V. Rueques.
Rocimonda.
IV; 250, 251.
Rochelez, Roquelez.
V; 16.
Rodas.
I; 167.
II; 10, 24, 25, 35, 164, 317.
IV; 67, 175.
Rodé.
IV; 415.
Roiam. — V. Roye.
Roma.
I ; 46, 48, 50, 51, 69, 80, 154, 207,
407, 408, 411, 421, 423, 433,
436, 504, 505, 507, 513.
II ; 24, 34, 78, 158, 161, 269, 285-
291, 295, 296, 298, 300-303,
400, 404.
III; 352.
IV; 115, 117, 185, 202, 243, 244,
373, 382, 470.
V; 294-298.
Romagna.
II; 70.
Romanía.
I; 54.
IV; 385.
Romeral.
I ; 454, 462, 471, 472, 479.
Roncal.
I; 61, 63.
Roncesvalles.
I; 61, 62, 64.
II; 77, 78.
Ronco.
I; 53.
Roques.
IV; 415.
Roquetas.
I; 267.
Rosas.
IV; 243, 244, 293.
V; 228.
Rosellón.
I; 11, 126, 492.
II; 210.
Rotemburg, Rotenburg.
IV; 458, 517, 534-539.
V; 7.
Rouen.
I; 433.
Roulans.
II; 203.
Rovigo.
I; 78.
Roye?, Roiam.
— 430
II; 190.
ni; 44.
IV; 417.
Rubiano.
IV; 116.
Rueques?, Rocgnes.
III; 42.
Ruisellon (condado de).
IV; 167, 171.
— V. Rose I Ion.
Rusia.
II; 292.
Ruvo.
I; 5.
Saboya (ducado de).
II; 82.
IV; 156, 157.
V; 171.
Safi.
IV; 137, 139, 141-143, 309.
Sagona (ducado de).
V; 176.
Saint Dizier.
II; 216.
Saite.
I; 133.
Sajonia.
I; 406, 415.
V; 12, 176.
Sal (La).
II; 89, 90.
Salamanca.
I; 243, 248, 251, 273, 286, 335,
337, 354, 357, 457.
IV; 263, 268, 271.
V; 93, 94, 212, 217, 250.
Salazar.
I; 61. "
Salerno.
II; 402.
Salinas del Charoláis.
II; 212.
Salins.
III; 32.
Salmonte.
II; 158.
Salobreña.
II; 216, 461.
Salsas.
I; 11.
III; 467, 506.
IV; 174.
Salscno.
III; 452.
Saltica.
III; 321.
Salvatierra.
I; 61, 62, 470.
II; 78, 79.
Sampallon (provincia).
III; 546.
Sampó (castillo)
IV; 287.
Sampollo (condado de).
IV; 158, 162. 164
San Antón.
II; 89, 90.
San Babón (monasterio).
IV; 65.
San Balen, San Valen.
IV; 279, 281.
San Bartolomé (isla)
III; 472.
San Gebrián.
I; 422.
San Clemente.
II; 226.
Sanchodino.
V; 102.
San Damián.
IV; 381.
San de Siar, San de Sier.
IV; 394, 4Q1. 402.
San Dionis.
III; 388.
Sandomí.
III; 365.
Sandwich.
I; 232.
San Espruge.
IV; 506.
San Germán.
II; 158.
- 43Í
IV; 370, 378.
Sangüesa.
I; 61.
San Jorge Cavaves.
IV; 292.
San Juan (cala de).
IV; 79.
San Juan (isla).
I; 69, 130.
IV; 217, 220, 235.
V; 92.
San Juan (río).
III; 122, 123.
San Juan de Luz.
II; 224.
San Juan de Pie de Puerto.
I; 59, 61-65, 118, 470.
II; 79.
San Juan de Portalatina.
I; 211.
San Julián.
II; 18.
San Lorenoio (vizcondadb de).
IV; 417, 421, 423.
San Lorenzo.
III; 400, 401, 407.
San Lúcar, Sanlúcar.
I; 35.
II; 22.
San Luis.
III; 48.
San Marcelo.
III; 101.
San Martín.
IV; 373.
San Mateo.
III; 123, 124.
San Mateo (isla de).
ni; 469.
San Maximino.
II; 83, 84.
III; 402, 403, 406.
San Miguel.
II; 17.
ni; 166, 173, 189, 193, 194.
IV; 560, 566, 567.
— V Guacocingo.
San Miguel (castillo).
IV; 287.
San Miguel de Artois.
III; 42.
San Omer.
IV; 65.
San Pablo.
III; 323.
San Pedro,
II; 17.
San Pedro de Arenas.
III; 410.
San Pelayo.
II; 78.
San Pol.
in; sis.
San Pol de Lion.
II; 7.
San Quintín.
I; 494.
III; 408.
IV; 58, 254, 406, 431.
San Ragán (isla).
IV; 482.
San Remo.
II; 86.
San Sebastián.
I; 51, 63, 471.
II; 8, 75, 76.
IV; 170.
San Sier.
IV; 400.
Sansosprí (cabo)
IV; 295.
Santa Ana.
IV; 388.
Santa Cruz.
IV; 135, 136, 141, 309.
Santa Cruz (isla).
I; 191.
Santa Cruz (río).
II; 18.
ni; 469, 471.
Santa Fe.
II; 234.
III; 545.
Santa Lucía.
III; 469.
Sant Amant, Santamant, Santaman.
432 -
III; 39.
IV ; 402.
Santa Margarita (isla).
II; 159.
iV; 393.
V; 230.
Santa María (cabo).
II; 18.
Santa María del Campo.
I; 31, 32.
Santa María de los Remedios.
I; 187.
Santa María de Nieva.
I; 242-247, 260, 271, 285, 287.
Santa Marta.
III; 317, 542, 543, 546, 547.
IV; 220.
V; 92.
Santander.
I; 517.
II; 7, 8.
San tango!.
II; 467.
Santangelo (castillo de).
I; 70, 139.
Santa Panaya.
III; 183.
Santiago.
I; 19, 88, 225, 227, 235, 239, 249.
III; 123, 124.
V; 292.
Santiago (de Cuba).
III; 480.
Santiago (isla).
I; 210.
III; 168.
Sant Martin.
III; 39.
Santo Amaro.
IV; 413.
Santo Dalamario.
III; 399.
Santo Domingo.
I; 77.
IV; 226, 318.
V; 92.
Santo Domingo (isla).
IV; 217.
Santonochito.
III; 202.
Santran.
III; 535, 530.
San Valen V. San Balen.
San Vicente (cabo).
II; 294.
San Vicente (puerto).
III; 487.
San Vicente de la Barquera.
I; 160.
Saona.
I; 30, 31, 492.
II; 82, 305, 408, 409, 412.
III; 430, 507.
IV; 244.
V: 228, 230.
Sapiencia (puerto de la).
III; 144, 147.
Sarcel.
II; 162.
Sardinas (puerto de las).
III; 469.
Sartosa (La).
III; 101.
Sarrabal.
IV; 244.
Sarrasán (isla) .
IV; 284.
Saviñán.
III; 391, 392, 398.
Sebiñán.
IV; 209.
Secuanos (Los) .
V; 171.
Segorbe.
II; 122.
Segovia.
I; 20, 226, 235-251, 257, 261-264,
271, 272, 287, 347, 354, 424,
447, 457, 466, 480.
II; 174.
III; 150.
V; 178, 195, 197-199, 201, 249,
306.
Selatera.
IV; 38.
Selva Negra V. Negra.
— 433
Seminara.
I; 8.
Sempí. — V. Sinpe.
Sena.
II j 157.
III; 103, 113-115, 354.
IV; 556, 557.
Sena (condado de).
III; 117.
Sena (república de).
IV; 196, 393, 394, 428.
Senjuí.
IV; 415.
Sepúiveda.
I; 349.
II; 226.
Sevilla.
I; 2, 7, 26, 34-36, 43-47, 85, 97,
205, 210, 371, 437, 453.
II; 17, 78, 88, 92, 226-228, 234,
245, 468.
III; 196.
IV; 241, 262, 263, 271, 318, 328,
442, 559.
V; 213, 249, 300.
Sibibi.
III; 551.
Sicilia.
I; i, 8, 43, 86, 120, 126, 138,
139, 149, 188, 196, 205, 207,
492.
II; 10, 23. 35, 82, 163, 254, 404,
416, 460.
III; 522.
IV; 66, 69, 114, 167, 196.
Siciliano.
IV; 116.
Siena.
II; 272, 288, 299.
Silesia.
II; 310.
Sillán.
IV; 372.
Simancas.
I; 421, 450, 451, 456, 506.
II; 10, 80, 231, 232, 355.
V; 217.
Sinpe?, Sempi.
ni; 42.
Siponto.
I; 4.
Sisla (monasterio de La).
I; 478
IV; 25, 27, 28.
Soisons.
V; 171.
Solarona.
II; 151.
Solten.
IV; 528.
Soma.
IV; 376, 405.
Soma (río).
IV; 431.
Somarriba.
IV ; 376.
Somarriba del Bosque.
IV; 375.
Somosierra.
I; 452.
Soncea.
II; 156.
Soní.
IV; 433.
Sora (ducado de).
III; 539.
Soria.
I; 262, 273, 335-337.
II; 226.
Soris (condado de).
III; 52.
Sóror (el). — V. Eleresus.
Stiria.
II; 277.
Suchipilla.
IV; 215.
Suecia.
II; 71, 74, 75.
IV; 368.
Sueson.
IV; 401.
Suevía.
IV; 524, 539.
V; 7, 10.
Suez.
III; 548, 549.
— 434 —
Suiza.
Ij 80, 438, 507.
Suizos (Los).
V; 171.
Sulmona.
I; 10.
Sur (mar del).
I; 78.
II; 170.
Suria.
I; 134.
Sus (El).
IV; 135, 136, 140,
V; 302-306.
Susa.
III; 463.
IV; 70-72.
Susiques.
III; 319.
Sustreria.
IV; 208.
Tabarca.
IV; 69.
Tacamez.
III; 123.
Taconera (La) .
I; 58.
Tafalla.
I; 61, 63.
Tafilete.
IV; 311.
V; 304.
Tairona.
III; 543.
Tajo.
I; 481.
IV; 350.
Talavera.
V; 87.
Taleo (isla).
III; 472.
Talón.
IV; 373.
Tamar (río) .
III; 391.
141, 309-311.
Támara.
I; 422.
Támesis.
I; 515.
Tanavert, Tonavert.
IV; 517-521, 524.
Tanda.
III; 399.
Tánger.
V; 305.
Taranto, Tarento.
I; 4.
III; 522, 531.
Tariego.
I; 422.
Tartaria.
V; 35.
Tarudán, Tarudante.
IV; 138, 310.
V; 304, 306.
Tarragona.
IV; 201.
Táscala.
I; 372, 373, 500.
Tatiluco.
II; 469.
Tato.
IV; 273, 276.
Tauris.
III; 217-219, 410, 411, 414.
Tauro (monte).
III; 411.
Taxixe (Tarixa, Tarija?).
III; 492.
Tedeliz.
I; 41.
Telinguen.
IV; 520, 525.
Telinguen (condado de). '
IV; 536.
Tembleque.
I; 452-454.
Tenda (isla) .
IV; 483.
Tenerife.
II; 17.
III; 543.
Tenuxtítlan.
- 435 -
I; 372-374, 499-501.
II; 168.
V; 213.
Teñorez.
V; 18.
Tercera (isla).
III; 486.
Terme.
I; 138.
Términos (Puerto de).
II; 170.
Teruaba.
IV; 41.
Terranova.
I; 8.
Terrenate (isla).
II; 21, 22, 318.
III; 472, 478.
Terreves.
III; 401.
Tescheslavia.
II; 309.
Tesin, Tesino, Thesin (río).
II; 67-70, 86, 87, 97, 250
IV; 388, 460.
Teta de San Miguel (La).
IV; 415.
Tetuán.
V; 303.
Teutónica Proda.
II; 309.
Tezcuco.
I; 500.
Therouanne.
I; 74..
Thesin.— V. Tesin.
Tiber.
III; 104.
Tibida.
IV; 303.
Tibusaranite.
V; 304.
Tidori (isla).
II; 21, 22, 317-319.
ni; 473, 477.
IV; 484.
Tiebas.
I; 467.
Tiebrone. — V. Tirviona.
Tierras Bajas.
IV; 423, 424, 427.
Tíguez (río) .
IV; 101.
Timbúes (los).
III; 488, 489.
Tirol.
I; 205, 508.
Tirviona?, Tiebrone.
III; 42.
Toledo.
I; 1, 7, 37, 38, 162, 167, 168, 205,
217-228, 239-251, 261, 271,
286, 287, 346, 354, 357, 421,
422, 431, 440, 446-452, 462-
466, 472 474, 476-485, 505,
506.
II; 93, 123, 124, 146, 150-154,
160, 163, 165, 173, 174, 179,
221-223, 226, 280, 295, 459.
III; 19, 520.
IV; 7, 41, 43, 128, 208, 350, 358:
453.
V; 198, 211, 217, 249.
Tolón.
II; 159.
IV; 289, 295, 393.
Tolosa.
I; 492.
II; 79, 114.
Tomars.
III; 35.
Tonala (barranca de).
IV; 214.
Tonavert. — V. Tanavert.
Torbia (La).
LT; 85.
Tor de Laguna.
I; 137, 162.
Tordesillas.
I; 36, 37, 162, 169, 224, 256, 261-
263, 272, 273, 281, 289, 292.
294, 334-336, 346, 351, 357
358, 360, 366-371, 384-386,
395, 396, 425, 450, 456-458.
II; 9, 15, 92.
III; 204, 521.
— 436 —
IV; 50.
V; 252.
Torgas.
V; 26, 28, 32, 33.
Toringia. — V. Turingia
Tornava.
IV- 415.
Tornavert.
IV; 487, 507.
Tornay.
III; 36. 37, 39, 45, 48.
IV; 413, 417, 419.
Torneses, Tornesis, Tornises.
III; 39, 45. 48.
IV; 413, 417, 419.
Toro (por Tiro?).
III; 549.
Toro.
I; 251, 335, 337, 459.
IV; 10, 11.
Torona, Tortona.
V; 241, 242.
Torquemada.
I; 30.
Tortoles.
I; 31.
Tortosa.
I; 504.
II; 461.
V; 305.
Torre de Lobatón.
I ; 424, 428, 429, 456-459.
Torrejón de Yelasco.
II; 223.
Torresan.
III; 433.
Toscana.
I; 148.
Tournay.
I ; 74, 201, 203, 494-498, 514,
II; 156, 189.
Traba (río).
IV; 273.
Trani.
I; 39.
Trápana.
ni; 293, 303.
IV; 68, 70, 71.
517.
Trascaluce (Tierra).
IV; 445.
Treoere.
IV; 372.
Tremecén.
I; 51, 132, 185, 186.
II; 162.
III; 316, 317.
IV; 293, 302, 303, 305-307, 309.
V; 307, 308.
Trento.
I; 39.
III; 136.
IV; 112, 174, 182, 183, 187, 199.
202, 245, 382, 453, 454, 476,
543.
V; 50, 68, 69, 73, 77, 81, 85, 93,
103, 106-109, 111, 215, 263,
264, 294, 297, 298, 305.
Trento (río) .
ni; 399.
Tresen. Tressen.
V; 13, 16, 18, 20
Trever.
V; 171.
Tréveris.
II; 41.
Trezo.
II; 158.
Tribeda.
III; 317.
Tridente
V; 104, 106.
Trigueros.
I; 422.
Trin.
IV; 371, 372.
Trinidad (villa de la).
ni; 480.
Trípoli.
I; 40, 42, 43, 132.
II; 115, 164.
IV; 558.
Trontonez (El).
IV; 383.
Tros.
IV; 51.
Troya.
437 —
II; 400.
I; 421, 422.
Trujillo (España)
I; 86, 92.
Ulma.
IV; 246, 458, 505-507, 524-526,
II; 231.
529, 536, 537.
Trujillo (ludias)
V; 7, 8, 10-14, 18, 42, 70, 215.
IV; 560, 563, 566, 567
Tudaia.
Unillo.
I: 435.
1; 61.
V; 224, 225,
Upsala.
III; 71, 72.
Tudela de Duero.
Urbino.
I; 20, 450.
I; 147-149.
Túmbez.
III; 539.
III; 165, 166, 168.
Ursin.
IV; 560, 565, 566.
Túnez.
II; 402.
Utica.
I; 270.
III; 263.
III; 203, 237, 238, 263,
275, 276, 279, 280,
269,
412,
271,
413.
Utrec, Utreque, Utrech.
I; 432.
IV; 66-71, 75, 114, 303
.
IV; 456, 458.
Tunja (provincia) .
III; 545.
V
Turba (La).
IV; 80.
Valaquia.
III; 111.
Turena.
Valdecarlos.
II; 194.
I; 61.
Turien.
Valdecrín.
III; 44, 45.
II; 461.
Turín.
Valdetare.
III; 321, 322, 390, 397,
460, 463, 464.
433,
455,
IV; 37.
Val de Uxó.
IV; 174, 209, 278-281,
283,
285,
II; 122.
298, 301, 370, 371,
Turingia.
378,
393.
Valencia.
I; 7, 31, 32, 205, 214-217, 233-
V; 33, 42, 176.
235, 269; 274, 416-420, 440-
Turnies.
445, 513.
III; 37.
II; 11, 14, 15, 118-123, 160-165,
Turquía.
I; 78.
403, 4Q4. 411, 415, 416, 418,
426, 461.
Tuy.
V; 93.
IV; 203, 204, 350.
Valencianas, Valenciennes.
U
I; 494-497, 502.
IV; 59, 65, 253, 257, 359, 432.
Ubeda.
I; 371, 429.
Valjunqueras.
IV; 201.
IV; 149.
Valona.
Ucianque (Tierra).
IV; 447.
Uolés.
I; 195.
Valpo.
IV; 274.
- 438 -
Valtmonnton.
II; 298.
Valiadolíd.
I; 19-21, 27, 36, 37, 119, 120,
135, 137, 146, 147, 161-170,
199, 209, 223-226, 237, 248,
252, 256, 257, 260, 262, 271-
273, 284-287, 345, 346, 354,
369, 371, 375, 385, 386, 395,
396, 421-428, 451, 456, 457,
460.
II; 15, 35, 36, 42, 43, 75, 76, 88,
92, 249, 266, 277, 280, 281,
291, 293.
Til; 434, 435, 465, 466, 521.
IV; 50, 91, 128, 144, 151, 204,
221, 228, 237, 263, 268, 271,
272, 316, 318, 320, 326, 333,
347, 350, 429, 450, 452.
V; 92, 93, 177-179, 184, 205, 210.
212, 215, 216, 223-229, 248,
249, 252, 286, 290, 299, 300,
305.
Vapari (provincia) .
IV; 220.
Var.
II; 85.
Varadino.
II; 279.
Varón.
IV; 112.
Varto (río).
IV; 294.
Vayusa (La) .
III; 452.
Vedigulfo.
ni; 17.
Vejer.
I; 35.
Yélez (Peñón de).
I; 36, 40, 375, 376.
II; 116, 117.
III; 545.
V; 304, 305.
Vélez de la Gomera.
IV; 79, 81, 84, 85.
V; 304, 305.
Vélez-Málaga.
II; 461.
Veli.
IV; 253.
Velilla.
I; 481.
Velona.
III; 450-453.
IV; 70.
Velot, Venlot.
IV; 250, 251, 253, 291.
Vendigen.
IV; 517.
Venecia.
I; 71-73, 77, 125, 196.
II; 72.
III; 76, 429, 450, 453, 528.
IV; 40, 128, 155, 156, 428.
V; 263.
Venere, Veneri.
II; 159.
IV; 297, 298.
Venezuela.
III; 545.
V; 72.
Venlot.— V. Velot.
Venza (río).
IV; 392.
Vera.
I; 219.
II; 17.
Vera-Cruz.
I; 372, 499.
II; 169, 468.
Verceli.
III; 320, 321.
Verceto.
IV; 371.
Verde (cabo).
II; 21.
Veré.
IV; 404.
Verona.
I; 39, 55, 73, 77, 147.
Versaj Verse, Versen.
IV; 154, 370-372.
Versel.
IV; 389, 390.
Versen. — V. Versa.
- 439
Versey.
III; 365.
Vertenbergue, Víertembergue.
III; 353, 363.
Veusporg.
II; 117.
Víagrassa. Biagrassa.
II; 465.
Viana.
III; 174.
Yiapar: (río).
IV; 220.
Vibriesca (Briviesca) .
IV; 91.
Vicencia, Vicenza.
I; 39, 77.
IV; 177-180, 182, 476.
V; 104.
Viena.
II; 308.
III ; 22, 24, 137, 141
IV; 441, 507, 508.
Víertembergue. — V. Vertenbergue.
Vigevano.
II; 68, 70.
Vilcas.
IV; 331.
Villabrágima.
I; 358-360, 367, 368.
Villacastín.
I; 243, 247.
Villaescusa.
V; 93.
Víllafrades.
I; 146, 147.
Villafranca.
I; 81.
II; 17.
III; 399, 405.
IV; 38, 198, 301.
V; 263.
Villafranca de Niza.
II; 159.
ni; 507, 509, 517.
IV; 244, 288-290, 294, 295.
Villagrassa. — V. Grassa.
Villaíar.
I; 459, 461, 463, 475.
H; 10.
Villalba.
I; 450.
Villalón.
V; 204.
Viilalonga.
I; 419.
Víllalpando.
I; 351, 352, 355, 368, 369.
Villamuriel.
I; 248.
Villana.
III; 463, 464.
Villanova.
III; 401, 509, 517.
Villanova de Aste, Villanueva de
Aste.
IV; 209, 210.
Villanueva.
III; 509, 517.
Villanueva de Aste, Villanova de
Aste.
Villanueva de la Jara.
II; 226.
Villanuble.
IV; 272.
Villaseca.
I; 481.
Villavicíosa.
I; 159, 160.
V ¡llena (marquesado de).
I; 440.
V; 185.
Víncennes.
II; 419.
Vindilisora, Vindisora, (Windsor).
II; 148, 149, 199.
Vino.
IV; 302, 368-372, 381.
Víota.
III; 401.
Virton.
I; 431.
Visco (isla).
IV; 462.
Viso (El).
IV; 25.
Vitemberg, Vitemberge.
— 440
IV; 507, 529, 535, 538.
V; 10, 22, 26, 28, 31-36, 41.
Viterbo.
ni; 352, 354.
Vitoria.
I; 57, 455, 471, 478, 503-505.
IT; 79, 222.
IV; 50, 169.
Vitrí.
IV; 402.
Vizcaya.
I; 66, 205, 358.
Vlissingen.
I; 232.
Vofingen.
IV; 534, 536, 537.
VolanoeSj Bolones.
III; 42.
Volduque.
IV; 458.
Vormancia, Wormancia.
IV; 66, 192.
V; 71, 75.
Vormesj Vorms.
I; 376, 399, 400, 402, 412, 415,
416, 432, 434, 435, 486.
II; 40.
IV; 247, 360, 367, 441, 456, 457.
V; 70, 72.
Vullon.
I ; 488.
W
Winchester.
I; 517.
Windsor.
I; 18, 515, 516.
— V. Vindilisora.
Wermancia. — V. Vormancia.
Wormes, Worms. — V. Vormes, Vorms.
X
Xalisco.
II; 469.
Xante (isla).
III; 144, 451.
Xarlois.
III; 49.
Xataimot.
III; 49.
Yambilla.
IV; 401.
Yanaimalca.
ni; 192.
Yébenes.
IV; 25.
Yepes.
I; 451, 462, 463, 472, 473, 476.
Yezna (río).
IV; 304.
Yolelbi.
III; 49.
Yucatán.
I ; 186, 187, 191, 211, 212.
IV; 220.
Zacatilla.
II; 317.
IV; 131.
Zamora.
II; 176, 226, 247, 251, 333, 334,
452.
V; 212.
Zaners, Enbulonois? (por Avesnes en
Bolones).
III ; 42.
Zapardiel.
I; 254.
Zapotecas.
II; 316.
Zara.
III; 454.
Zaragoza.
I; 1, 3, 7, 63, 84, 183, 187, 188,
193, 197, 216, 218, 223, 504.
III; 466.
IV; 153, 199, 200, 237.
Zaraicejo.
I; 98.
- 441 -
Zatima.
IV; 139.
Zebú.
II; 19, 20.
Zelanda.
I; 434.
III; 48, 174.
IV. 419;
— V. Gelanda.
Zempoal. — V. Cempoal.
Zigeon.
V; 44.
Zuibica, Zurbica.
V; 13, 20.
Zuitsen.
II; 197.
Zutfanta.
IV; 106-110.
• — mvUP)V- i •Íi3tvv' —
D
v '■' i LO >UO¿-
\
Universify of Toronto
Library
DO NOT
REMOVE
THE
CARD
FROM
THIS
POCKET
Acmé Library Card Pocket
Under Pat. "Reí. Index Ftie'
Made by LIBRARY BUREAU